De como la práctica “conservacionista” de ecologistas, ONGs y Filántropos internacionales agrede a las comunidades y son rechazadas por las autoridades tradicionales

26.Nov.10    Análisis y Noticias

Los Refugios de Conservación
Mark Dowie
Universidad de Berkeley, California
(University of California, Berkeley)

TAL COMO LO DEMUESTRAN otros capítulos de
este libro, millones de pobladores indígenas en
todo el mundo han sido expulsados de sus tierras
para darle espacio a las grandes compañías
petroleras, metalúrgicas, madereras, y farmacéu-
ticas. Pero son pocos los observadores del pro-
ceso que se dan cuenta que eso también ha
ocurrido por una causa aparentemente más
noble que la explotación del petróleo, el cobre,
los medicamentos o la madera: la conservación
del suelo. En la actualidad, la lista de empresas
responsables por la destrucción de culturas, pre-
sentada por los líderes indígenas en casi todos los
continentes no incluye solamente a Shell,
Texaco, Freeport y Bechtel sino también a grupos
“benefactores” como Conservation International
(CI), The Nature Conservancy (TNC), Worldwide
Fund for Nature (WWF), y Wildlife Conservation
Society (WCS). Incluso una organización
respetada y generalmente más sensible como la
Unión Internacional para la Conservación de la
Naturaleza (UICN) podría aparecer en la lista.
Este conflicto entre las comunidades indígenas y
la Gran Conservación se está haciendo cada vez
más amargo, aunque hay algunas señales prom-
etedoras en el horizonte.

A comienzos de 2004, se convocó por noveno año
consecutivo una reunión de las Naciones Unidas
para exigir la aprobación de una resolución que
proteja los derechos humanos y territoriales de los
pueblos indígenas. El Proyecto de Declaración de
las Naciones Unidas sobre los Derechos de los
Pueblos Indígenas dice, en una parte, “Los pueblos
indígenas no serán desplazados por la fuerza de sus tierras o ter-
ritorios. No se procederá a ningún traslado sin el consen-
timiento expresado libremente y con pleno conocimiento de los
pueblos indígenas interesados y previo acuerdo sobre una ind-
emnización justa y equitativa y, siempre que sea posible, con la
posibilidad de regreso”.
Durante la reunión, una de las delegadas indíge-
nas se puso de pie y dijo que si bien las industrias
extractoras seguían representando una amenaza
al bienestar e integridad cultural de su pueblo, ya
no eran el principal antagonista. Su nuevo y
principal enemigo, dijo, es “la conservación”.
Aunque probablemente falso, fue un comentario
retórico hiriente que conmovió a la comunidad
internacional conservacionista, al igual que la
avalancha de estudios y artículos críticos que le
siguió, donde se la llama al orden por su maltrato
de los pueblos indígenas.

Luego, seis meses más tarde, durante el III
Congreso de la UICN en Bangkok, Tailandia, el
jefe Masai Martin Saning’o se puso de pie frente
a un grupo de dedicados conservacionistas y
declaró “somos enemigos de la conservación”.
Los Masai no siempre se sintieron así, explicó. De
hecho, “nosotros éramos los conservacionistas
originales”, señaló. El salón se quedó en silencio
mientras Saning’o explicaba que “no queremos
ser como ustedes. Queremos que ustedes sean
como nosotros. Estamos aquí para cambiar su
idea de la conservación. Ustedes no pueden
lograrlo sin nosotros”.
La respuesta de los grandes grupos conserva-
cionistas, lamentablemente, ha sido negar que
son parte del problema, y a la vez generar sofisti-
cados mensajes de relaciones públicas sobre sus
muchas reformas, sin siquiera pedir disculpas.
Esta estrategia de reparación de imagen están
dirigidas principalmente a las preciadas fuentes
de financiación, que ya no son individuos y fun-
daciones de familias sino grandes fundaciones, el
Banco Mundial, el Fondo para el Medio
Ambiente Mundial (GEF por sus siglas en
inglés), gobiernos extranjeros, USAID, y, más
recientemente, empresas transnacionales.
Con ese tipo de respaldo financiero y político, los
grandes grupos conservacionistas emprendieron
una ambiciosa iniciativa mundial para incremen-
tar la cantidad de Áreas Protegidas (AP). En
1962, había unas 1,000 áreas protegidas oficial-
mente en todo el mundo. Hoy existen por lo
menos 108,000 áreas de este tipo. La superficie
de suelos protegidos se ha duplicado desde 1990,
cuando la Comisión Mundial de Parques se fijó
la meta de proteger el 10 por ciento de la super-
ficie del planeta. Esa meta ha sido superada, ya
que el 12 por ciento de toda la tierra, con un área
total de 18.8 millones de kilómetros cuadrados
(11.75 millones de millas cuadradas), está actual-
mente bajo la protección de la conservación. Esa
área es mayor que toda la superficie de tierra del
África e igual a la mitad de tierra dedicada al cul-
tivo en el planeta. A primera vista, este nivel de
conservación del suelo parece, sin lugar a dudas,
bueno. Pero el panorama se vuelve borroso
cuando consideramos los impactos sobre los
pueblos indígenas que han vivido en esas tierras
durante milenios.
En África, por ejemplo, durante la década de
1990, Chad incrementó su área protegida del 1 al
9.1 por ciento de su territorio nacional. Toda esa
superficie estaba habitada por lo que hoy son unos
600,000 “refugiados del conservacionismo”.
Ningún país que yo conozca, además de Chad y la
India (con 1.6 millones de estos refugiados) está
siquiera contándolos; los cálculos a nivel mundial
van desde cinco millones a decenas de millones.
Los refugiados del conservacionismo existen en
todos los continentes menos en la Antártida, y
según la mayoría de las opiniones, viven en cir-
cunstancias mucho peores que las anteriores,
expulsados de las tierras en las que habían pros-
perado, a menudo durante miles de años, en
condiciones que incluso quienes los desalojaron
reconocen que eran ecológicamente sustentables.
Aunque hay que distinguirlos de los “refugiados
ecológicos”—las personas forzadas a abandonar
sus una vez fértiles asentamientos debido al calor
insoportable, la sequía, la erosión, las inunda-
ciones, las enfermedades, u otras consecuencias
del caos climático—los refugiados del conserva-
cionismo son desalojados de sus tierras contra su
voluntad, mediante el uso de la fuerza o pacífica-
mente mediante el uso de métodos menos coer-
civos. Han llegado a definir los métodos más
benignos “desalojo gentil”. Y muy a menudo su
reasentamiento ocurre por orden o con la
aprobación de una gran organización interna-
cional no gubernamental (o BINGO, por sus
siglas en inglés) cuya misión oficial incluye la
palabra “conservación”.
La razón de ser de estos “desplazamientos inter-
nos”, como se llama oficialmente a estos desalojos,
generalmente incluye la percepción de una ame-
naza a la diversidad biológica de un área geográfica
importante, designada en varias ocasiones por
una o más BINGO como una “zona ecológica
sensible”, una “eco-región”, un “ecosistema vul-
nerable”, un “corredor biológico”, o un “paisaje
viviente”. Los grandes parques y reservas que
generalmente son creados por el gobierno del país
anfitrión, a menudo involucran un canje de deuda
por naturaleza, o un incentivo financiero similar,
combinado con una propuesta de la organización
que perdona la deuda para hacerse cargo del
manejo o de pagar el manejo del parque o reserva
y fijar las reglas del uso y habitación humanos.

En países donde estos desalojos de áreas protegi-
das son ilegales o por cualquier otro motivo difícil,
el proceso se disfraza con términos como “reasen-
tamiento voluntario”, “eco-gestión”, o “Proyecto
Integrado de Conservación y Desarrollo” (PICD)
diseñado y manejado por quien ejecuta el desa-
lojo. Se ofrecen incentivos a los refugiados, entre
los que se incluyen promesas de indemnización
que con demasiada frecuencia no se cumplen. En
algunos casos se imponen restricciones incom-
patibles con los estilos de vida de los pobladores a
quienes se les permite permanecer dentro del
área protegida o en sus límites. Y en muchos casos,
las comunidades quedan en el limbo durante
muchos años, bajo amenazas de expulsión a dis-
creción de las autoridades locales.

DE LAS MASACRES AL DESALOJO
La práctica de desalojar a la población de las áreas
protegidas y los parques nacionales comenzó en
Estados Unidos en 1864, con la expulsión militar
de los indios Miwok de los territorios donde
habían vivido durante cuatro mil años en el valle
Yosemite. El valle y sus comunidades Miwok
habían sido “descubiertos” por colonos blancos
durante la fiebre del oro de California. Las
expulsiones de otros pueblos continúan hasta el
día de hoy, si bien bajo circunstancias menos vio-
lentas que las atroces masacres de los Miwok. Un
incidente más reciente es la expulsión inminente
de algunas tribus indígenas de la región de los
Montes Azules de Chiapas en México, una acción
que comenzó a mediados de los años setenta y
que sería muy fácil que todavía pudiera terminar
en una guerra civil. Conservation Internacional
(CI), una organización fundada en 1987, está
profundamente involucrada en esa controversia,
y no precisamente del lado de las tribus. CI es
actualmente la más grande y más odiada de todas
las BINGO, tanto por su profunda arrogancia
institucional como por diferentes incidentes
particulares.

La ciencia apócrifa dice que el término “refu-
giado del conservacionismo” fue pronunciado
por primera vez por un funcionario de CI que,
cuando se dio cuenta de la enormidad del prob-
lema social que las políticas de su organización
estaban creando, acuñó el término. El término
refugiado es técnicamente inadecuado, ya que
muchas comunidades indígenas nunca han
establecido límites legales reconocidos por los
poderes coloniales. Ahora, sin embargo, muchos
indígenas están demarcando los territorios
donde han vivido durante milenios. Esto ayudará
a proteger sus tierras y, en el caso de que se pro-
duzca el desalojo, les permitirá reclamar el
reconocimiento de su condición de refugiados
según el derecho internacional.

Para ser justos, CI no es la única BINGO que ha
aprobado el desalojo de pueblos indígenas de los
bosques y sabanas. The Nature Conservancy,
Worldwide Fund for Nature, Wildlife Conservation
Society, y la IUCN que tiene su sede en Suiza,
todas ellas, han promovido activamente la
creación de nuevas áreas protegidas y subse-
cuentemente han ignorado los derechos a la
tierra de los pobladores humanos de esas esas
áreas. Y sin embargo, desde entonces estas cinco
BINGO han emitido fuertes declaraciones a
favor de los pueblos indígenas y sus derechos ter-
ritoriales. Y algunas, más notablemente las ofic-
inas de WWF en Suiza, Reino Unido y Canadá,
han empezado a trabajar estrechamente con las
comunidades indígenas, a menudo en sociedad
con agencias de asistencia como CARE.

Mientras los pueblos indígenas esperan por los
cambios prometidos en esas nuevas declara-
ciones, la comunidad internacional de derechos
humanos y la conservacionista siguen seriamente
enfrentadas sobre el asunto, cada lado culpando
al otro por las crisis que perciben. Los biólogos
de conservación, muchos de los cuales todavía
creen que los seres humanos y la biodiversidad
son por naturaleza incompatibles, sostienen que
el permitir que las poblaciones se reproduzcan,
cacen y recolecten en áreas protegidas, los con-
vierte en agentes de destrucción de la tierra vir-
gen y la diversidad biológica. Por otro lado, los
grupos de defensa de los derechos humanos
como Cultural Survival, First Peoples Worldwide,
Earthrights International, Survival International,
y el Forest Peoples Program acusan a las BINGO
de destruir las culturas indígenas, cuya diversidad
argumentan es esencial para la preservación de la
diversidad biológica. El papel destructivo de la tala
industrial de “desarrollo”, la minería, la agricul-
tura comercial, la bioprospección, y el turismo
comercial parece casi ausente en ese debate.

“SOLUCIONES” DE MERCADO
La propaganda que se le ha dado a las “solu-
ciones” a esta infeliz disputa ha sido imparable y
engañosa. Las BINGO presentan los planes de
co-gestión, el ecoturismo, la bioprospección, y
las asociaciones con la industria—que involucran
actividades como la cosecha de nueces para los
helados Ben and Jerry’s o aceites vegetales para The
Body Shop—como la mejor manera de proteger el
suelo y la comunidad con un sólo programa. Los
sitios web y los informes anuales de las BINGO
presentan bellísimas fotografías de pueblos
nativos con vestimentas tradicionales cosechando
plantas medicinales. Pero es muy dificil hallar
nombres o rostros de indígenas entre las fotos de
los directores de las BINGO, que se están
volviendo cada vez más corporativos en los últi-
mos años.

Estas soluciones “de mercado”, que pueden haber
sido implementadas con las mejores intenciones
sociales y conservacionistas, comparten un lam-
entable resultado, indescifrable detrás de la
cortina de humo de la lustrosa propaganda. En
casi todos los casos, los pueblos indígenas son
desplazados a lo más bajo de la economía mone-
taria, donde casi siempre se les suele contratar
como aprendices de guardabosques (nunca
supervisores), porteros, camareros, cosechadores,
y, si se las arreglan para aprender una lengua
europea, como guías ecoturísticos. Bajo este mod-
elo, la conservación se convierte en desarrollo, y
las comunidades nativas son asimiladas por las
culturas nacionales.

La asimilación implica invariablemente asumir
un lugar permanente en la sociedad debajo del
último escalón, en la medida en que comu-
nidades enteras de pueblos indígenas pasan de ser
independientes y autosustentables a ser profun-
damente dependientes y pobres. Los pueblos y per-
sonas que gradualmente se vuelven dependientes
de los mercados comerciales, los contratistas
empleadores y los gobiernos que operan bajo el
rubro mal definido como “desarrollo” son luego
presas fáciles de cualquier colonizador, en partic-
ular cuando está promocionando algo aparente-
mente muy bueno y valioso como la conservación.

Los observadores que han seguido de cerca los
procesos en las zonas evacuadas en casi todos los
continentes, han notado otras consecuencias lam-
entables. Los desalojados, privados de sus derechos
de usufructo, son empujados a acciones desesper-
adas de supervivencia, calificadas como “crimi-
nales” por los conservacionistas. Acostumbrados
a cazar sus presas con armas tradicionales para el
uso de su propia comunidad, los nativos expulsa-
dos a menudo compran rifles y empiezan a cazar
mayor cantidad de animales para vender en el
creciente mercado mundial de “carne de ani-
males silvestres”, que está en demanda en los
menús de los elegantes restaurantes de toda
Europa. Los pigmeos Batwa de Uganda entran a
veces a hurtadillas en el bosque Mgahinga, del
que fueron expulsados en 1991, para recoger
plantas medicinales y leña arriesgándose a ser
baleados a primera vista por los guardias pagados
de las tribus vecinas. Y grupos mucho menos
deseables—colonizadores, hacheros renegados,
cazadores de animales exóticos, agricultores de
cultivos comerciales de tala y quema, y rancheros
ganaderos—se están mudando a estas zonas sin
vigilancia en todo el mundo, que a falta de sus
custodios tradicionales han caído rápidamente
en el caos y la decadencia. En dichas zonas la bio-
diversidad disminuye casi a cero ya que las
especies o se van o perecen. Los conservacionistas
internacionales emiten entonces comunicados de
prensa lamentando la extinción y culpando a los
mismos cazadores ilegales y ladrones de madera
creados por sus propias políticas y acciones. A
decir verdad, todo parece indicar que es justa-
mente la presencia indígena la que ofrece la
mejor protección que las áreas protegidas puedan
recibir. Ésta es una lección que las BINGO han
tardado en aprender o aceptar.

Los pueblos indígenas en todo el mundo
empezaron a protestar contra la “conservación
excluyente”, y la consecuente destitución
económica y de otros tipos a fines de la década de
1980. En 1991, millones de ciudadanos nativos
ecuatorianos, que fueron expulsados de sus ter-
ritorios de origen por su propio gobierno
actuando en nombre de intereses extranjeros,
salieron a las calles y paralizaron el país durante
días. Uno a uno, los gobiernos de los países andi-
nos y de la amazonía se fueron dando cuenta que
sus poblaciones indígenas estaban dispuestas a
rebelarse contra el conservacionismo interna-
cional, como parte de su resistencia a la incur-
sión extranjera. El conservacionismo se había
convertido en una nueva forma de colonialismo.
Tenían razón.

En la política nacional todos esos países—
Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia,
Surinam, y las Guyanas—los enojados indígenas se
transformaron en una fuerza a tener en cuenta.
Los pueblos indígenas y sus organizaciones
comenzaron a llamar al orden a las BINGO. Pero
los líderes del conservacionismo internacional
continuaron negando la realidad, incapaces
todavía de reconocer su papel en la generación de
la pobreza y nuevos elementos criminales.

¿SEÑALES POSITIVAS ENTRE LAS BINGO?

La creación y defensa de la “conservación fortifi-
cada” fue inspiración de muchos de los antepasados
del ambientalismo estadounidense, más notable-
mente, de John Muir, quién usualmente asociaba
a los indios con la “suciedad” y la “depravación”,
y Samuel Bowles, que promovía el desalojo de los
pueblos indígenas de las zona con bellos paisajes.
Así que no debería sorprender a nadie encontrar
rastros de esa filosofía todavía hoy en algunos
grupos conservacionistas estadounidenses. Dicho
esto, la situación podría estar cambiando, al
menos en los campos en Sudamérica. En sep-
tiembre y octubre de 2004, realicé extensas
investigaciones de campo sobre el tema y encon-
tré que los personales de CI, TNC, WCS y WWF
están sumamente concientes de que el espíritu de
conservación excluyente sobrevive en las oficinas
centrales de sus propias organizaciones, a la par
de un sutil pero muy real prejuicio contra la
sabiduría indígena “no científica”.

Luis Suárez, el reciente nuevo director de
Conservation International en Ecuador, admitió
que su organización había cometido errores
graves contra las organizaciones indígenas en los
cuatro años anteriores, no sólo en Ecuador sino
también en Perú, y que en ese mismo momento
CI estaba haciéndose de serios enemigos en
Guyana, donde ha mostrado una gran falta de
respeto hacia dos tribus que viven en un área que
quieren convertir en parque nacional. El cues-
tionamiento público de las políticas y prácticas de
CI que hizo Suárez fue lo que le consiguió su tra-
bajo. Erick Meneses, director del muy polémico
proyecto de Vilcambamba de CI en el vecino
Perú, también admitió que su organización había
sido insensible a los problemas planteados por
dos tribus de la zona y que se había asociado
demasiado al Proyecto de Gas de Camisea, que
está perforando pozos y construyendo gasoductos
en toda la cordillera de Vilcambamba.

Los grandes grupos internacionales conserva-
cionistas todavía se inclinan a pensar y actuar
mundialmente, valorando los macroecosistemas
por sobre los ecosistemas regionales. Al hacerlo,
se han enfocado en los sistemas de manejo
mundial, en lugar de enfocarse en los sistemas
locales, dejando a los pueblos indígenas virtual-
mente impotentes, y disminuyendo la posibili-
dad de que su conocimiento y su ética ambiental
se valoren debidamente.

Dan Campbell, director en Belice de The Nature
Conservancy, confiesa: “Tenemos una organi-
zación que a veces intenta emplear modelos que
no encajan con las culturas de las naciones donde
trabajamos”. Y Joy Grant de la misma oficina
declaró, después de un prolongado desacuerdo
con los pueblos indígenas de Belice, que “la
gente es la clave ahora de todo lo que hacemos”.
Éstas son señales alentadoras, aunque todavía
esporádicas, de que los conservacionistas más
cercanos a la tierra están empezando a compren-
der las consecuencias sociales de la conservación
fortificada. Están intentando pasar su mensaje a
los cartógrafos satelitales y a los legisladores en
Washington que designan áreas protegidas colo-
cando alfileres en mapas infrarrojos de zonas que
desde el espacio se ven como territorios desocupa-
dos. Grady Harper, un brillante cartógrafo
satelital que trabaja en Venezuela para CI, cuando
le pregunté por Guyana me contestó, “No tengo
idea de lo que está ocurriendo en el terreno”.

Si las observaciones y las opiniones de los inves-
tigadores de campo fuesen tomadas en cuenta en
las oficinas centrales de CI, TNC y otras BINGO,
esta historia podría tomar un curso más alentador.
Ya hay modelos positivos de trabajo de conservación
socialmente sensible en todos los continentes, en
particular en Australia, Bolivia, Nepal y Canadá,
donde los conservacionistas internacionales han
trabajado en conjunto con las comunidades indí-
genas y han encontrado maneras creativas de
proteger el hábitat de la vida silvestre, mantener
la biodiversidad, y permitir que los seres
humanos prosperen en comunidades tradi-
cionales. Incluso en Brasil, donde fueron exter-
minadas muchas tribus durante el siglo pasado,
existen ahora parques solamente para indígenas y
reservas extractivas que al parecer están operando
en forma sustentable, con el reconocimiento ofi-
cial de los límites territorriales indígenas.

Sin embargo, en la mayoría de esos casos han sido
los indígenas los que iniciaron la creación del
área protegida (que es más probable que se
denomine “área de conservación comunitaria”).
La comunidad indígena por sí misma traza
entonces un mapa de los límites del área a ser
protegida, fija sus propias reglas y restricciones
operativas, y encuentra capital de financiamiento
independiente (no de conservación) para pagar
por el manejo de la reserva.

Una vez que se establece el área protegida, y se
aseguran los derechos territoriales, la comunidad
indígena invita a CI o a WWF a que envíen a sus
ecólogos y biólogos de vida silvestre para compartir
la tarea de proteger la biodiversidad, combinando
la metodología científica occidental con los
conocimientos ecológicos tradicionales antiguos.
Hay incluso señales de que los conservacionistas
occidentales están empezando a darse cuenta que
la mayoría de las áreas que han tratado de proteger
eran ricas en biodiversidad precisamente porque
los pueblos que vivían allí comprendían la diver-
sidad biológica profundamente, y practicaban la
sustentabilidad con la misma coherencia y claridad
que cualquier biólogo experto en conservación.
Los conservacionistas también han aprendido de
la experiencia amarga que los parques nacionales
y las áreas protegidas rodeadas de gente enojada y
hambrienta están condenados al fracaso. Como
observara Cristina Eghenter de WWF luego de
trabajar con las comunidades que rodeaban el
Parque Nacional Kayan Mentarang en Borneo,
“Resulta cada vez más evidente que los objetivos
de la conservación muy difícilmente se puedan
obtener o mantener a partir de políticas que gen-
eran impactos negativos en los pueblos indígenas.”

Pero es probable que no debamos depositar
demasiada esperanza en su epifanía, ni en unos
pocos modelos exitosos. A contracorriente de
estos pequeños triunfos está la lujuria desenfre-
nada por energía, maderas duras, medicinas y
metales estratégicos, que amenaza tanto los obje-
tivos de la conservación como los de la super-
viviencia cultural. Y, al menos por el momento,
las organizaciones internacionales conserva-
cionistas, particularmente Conservation
International, siguen trabajando muy cómoda-
mente en asociación con algunas de las empresas
más ambiciosas en materia de prospección
mundial de recursos naturales. Por supuesto que
si CI y otras BINGO se divorciaran de esas com-
pañías perderían millones de dólares en ingresos,
y el acceso al poder sin el cual creen sinceramente
que no podrían ser eficaces.