Brasil: Narcotraficantes y policías, harina del mismo saco. Marcha por la paz en favela culmina con dos muertos

Gobierno condena brutalidad policial, pero la misma presidenta militarizó la favela



Una marcha por la paz termina en guerra y dos muertes en la favela de Maré, en Río de Janeiro
Al menos 2 muertos en el tiroteo posterior a la protesta pacífica contra la violencia policial
El Mundo 24/02/2015 15:20 horas

Una manifestación pacífica y festiva contra la violencia policial que acaba con violencia policial y del narcotráfico, dos muertos y tres heridos, resume muy bien la bipolaridad de alegría y brutalidad que agita las favelas de Rio de Janeiro. Una mayoría trabajadora clamando cada día por una tranquilidad que no permiten ni el narcotráfico, ni la policía ni tampoco los militares, instalados en la favela de Maré desde marzo del año pasado por orden de la presidenta Dilma Rousseff para intentar ayudar a controlar uno de los epicentros del narcotráfico carioca. Tanto los agentes del orden como los bandidos se preocupan más en perseguirse entre ellos que en la integridad o la vida de sus vecinos inocentes.

De Maré partió la pacífica marcha y desde allí llegaron al hospital dos jóvenes muertos y tres heridos por un enfrentamiento entre narcotraficantes y policías que empezó justo después de la protesta, como queriéndola vaciar de sentido de inmediato. Según contaron fuentes del Hospital General de Bonsucesso (aunque la policía no confirmó las informaciones) a EL MUNDO, Renato da Silva, de 18 años, llegó al hospital con todo el cuerpo baleado y poco se sabe de las circunstancias de su muerte. A Brandon Aleixandre, de 17, le alcanzó un tiro en la cabeza mientras conducía su moto y llegó al hospital inerte y con la mitad del cuerpo, de cintura para abajo, quemado tal vez porque el vehículo hubiera ardido tras un disparo.

Giovana Roberta, de 15 años, fue herida en la pierna durante el tiroteo sin ni siquiera salir de casa. Luiz Filipe da Silva, de 17, recibió una bala en el abdomen cuando regresaba de la escuela y está internado. Hubo un herido más. En ningún caso se sabe aún si los disparos partieron de agentes, soldados o narcotraficantes.

“¡Si lo llego a saber no convoco esta marcha!”, lamentaba en medio del caos, aún antes de los tiroteos, un joven activista de la comunidad que se pasó toda la protesta cantando, bailando, tocando la pandereta y encarándose a cualquiera que intentara interrumpir la pacífica marcha lanzando piedras a la policía.

Ese lanzamiento de piedras, que en las zonas nobles es respondido con gas lacrimógeno y balas de goma, puede prender una llama mayor y derivar enseguida en disparos de la policía. Entre carteles como “Paz sin voz no es paz, sino miedo” y cánticos como “La policía llegó para matar al trabajador”, los vecinos de Maré y otros activistas marcharon de manera pacífica en un inicio, sofocando con contundencia ellos mismos a quienes querían armar follón.

La marcha tenía por un lado a los que convocaban y por la otra a decenas de vecinos, muchos de ellos preadolescentes sin camiseta, en bañador y chanclas, la mayoría sin ganas de violencia, que se sumaban a la marcha hartos de la brutalidad policial, que en los días previos había dejado a un albañil fallecido y a varios heridos en disparos de dudosa o nula legitimidad como los que llevaron a cabo contra una furgoneta de pasajeros simplemente porque el conductor no detuvo el vehículo.

“¡Cuidado que el ambiente está tenso!”, advertía una mujer a los periodistas y activistas que bajaban del autobús en el punto de partida. El sol cayendo detrás de las palmeras, el comercio activo de las pequeñas barracas y el olor a carne asándose en la calle no daban a entender eso, pero enseguida una tropa de cuatro militares desfila por allí como si estuviera en un Estado enemigo a pesar de tener en el uniforme la bandera de Brasil. Tanques y trincheras completan la realidad cotidiana “muy desagradable” que tienen que vivir los vecinos de Maré, en palabras de Vanessa da Silva, que escupe indignación poco después de que un militar le haya aplastado parte del chasis de la moto que conduce como trabajo. “Yo tengo miedo de los policías y de los soldados”, asegura.

En la marcha está también Fátima dos Santos Silva, una señora con el pelo pintado de rosa que pasó más de un año sin atreverse a denunciar el asesinato de su hijo en 2012. Se atrevió a levantar la voz en julio de 2013, cuando la muerte de su vecino Amarildo generó una gran indignación social poco habitual en los asesinatos en favelas, en gran parte debido a que se dio en medio de las históricas protestas. Como Fátima, Amarildo era de Rocinha, la mayor favela de Latinoamérica, ‘pacificada’ desde 2011.

La ‘pacificación’, publicitado proyecto de seguridad del Estado de Rio, es el proceso mediante el cual los agentes deben ir retomando el control del Estado en las favelas controladas por el narcotráfico, remedio mágico contra la violencia urbana que lleva meses en una profunda crisis especialmente en los complejos de favelas de la Zona Norte (Alemao y Maré, entre otros) tanto por los contraataques de los ‘narcos’ armados como por los numerosos casos de violencia policial que se han dado.

“Desde entonces, lo único que me da paz es levantar la voz por lo que pasó”, cuenta Fátima, que recorre infatigable todos los actos en los que pueda hacerse escuchar. “En una discusión, un policía disparó en el abdomen contra mi hijo y otro agente después de reprochárselo le dijo que finalizara la faena”, relata, y asegura que nunca encontraron arma con su hijo para poder decir que fue un enfrentamiento contra el tráfico, si bien tampoco hubo pericia o investigación policial en aquella época que permitiera esclarecer los hechos.

“¿Qué pacificación ni que nada, si los terroristas son ellos, si narcotraficantes y policías son harina del mismo saco?”, se pregunta, respaldada por cifras como la de las más de 500 personas asesinadas en 2014 en Rio de Janeiro. En 2013, fueron 2.200 en todo Brasil. Entre 2008 y 2012, murieron 11.000 civiles a manos de agentes en el mayor país de Sudamérica. En lo que va de 2015, el estado de Rio ha registrado 532 muertes violentas y al menos 64 fueron obra de la policía, pues quedaron registradas como auto de resistencia, o sea ejecución policial por resistencia a prisión del infractor.

Después de aproximadamente una hora de marcha pacífica -con alguna piedra aislada y uso de spray pimienta injustificado en la cara de dos manifestantes-, el orden se pierde cuando se escucha el estruendo de un tiro desde la Linha Amarela, una de las principales arterias de la ciudad y flanqueada por favelas a ambos lados. Parece que viene de la favela ligeramente elevada en la colina a la izquierda de la carretera, conocida como Vila Pinheiro, pero es difícil saber si ha sido un agente disparando al aire o un narcotraficante escondido entre las callejuelas.

Los manifestantes se dispersan, la mayoría desaparecen, otros pocos se quedan para ver qué sucede y uno o dos lanzan las últimas piedras antes de perderse de nuevo en la noche de la favela. Los agentes están nerviosos y corren casi sin rumbo, algunos se estiran en el suelo apuntando sus armas hacia adelante, como protección más que en busca de algún objetivo. Vuelan en el cielo las conocidas como balas “trazantes”, que tienen fósforo y se incendian al salir del arma dejando una estela de luz. Es una munición muy utilizada por los narcotraficantes de la Zona Norte de Rio de Janeiro, donde se encuentra el Complejo de Maré.

Cuando la manifestación ha terminado, un coche de militares apunta insistentemente a los hogares de la favela Vila Pinheiro, que en algunos pocos casos responde lanzando botellas que se rompen en el suelo. En medio del pánico de algunos y la indiferencia acostumbrada de otros vecinos, la escena de guerra no parece la de una urbe turística que recibe el apelativo de “Ciudad Maravillosa”. Durante unos minutos eternos y tensos no se escuchan disparos, pero unas horas después el hospital confirma a ELMUNDO.ES las dos muertes y los tres heridos. Una realidad tan cotidiana en las favelas de la Zona Norte que los medios locales ni siquiera la recogen.

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