La lógica de la esperanza

Hoy día las esperanzas hacen nata y van matando el ánimo esperanzado de la gente, acostumbrándola a que la única esperanza radica en tener dinero. Hoy se necesita otra esperanza



La lógica de la esperanza
Por Jaime Yovanovic Prieto

Según la feudal Real Academia de la Lengua Española, esperanza es el estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos. El estado de ánimo o anímico viene de ánima, del latín animus y del grigo “soplo”, que se traduce como “alma” o “espíritu”, de allí la sinonimia con estado espiritual, que podemos trasladar a un estado síquico, que se modifica según las alegrías, tristezas, logros, etc. Mientras más resultados, más esperanza, o, como sucede con demasiada frecuencia, mientras más discursos o promesas, se juega con ese estado de ánimo que permite imaginar como posible un deseo o necesidad, visualizar como creible el discurso que toca los vacíos y requerimientos de las personas. Allí es donde se instala la demagogia y la mentira: la promesa, que hace reconfortar aunque momentáneamente el sufrimiento, el dolor y la necesidad, generando un compás de “espera” hasta que se cumple el deseo, lo que al no suceder, por ejemplo con las promesas de los partidos políticos, la gente abandoda las espectativas y se concentra en lo posible e inmediato, con lo que toda esperanza es expulsada para caer en el pragmatismo del sálvese quien pueda.

Carlos Muños Gutiérrez en http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/logica.pdf publica su texto llamado “Por una Lógica de la Esperanza”, donde nos introduce en el tema con un ejemplo bastante discutible que más bien desvía la atención hacia la estricta racionalidad contradictoria entre libertad y opción manoseando el concepto de espontaneidad, que bien puede ser instintiva o racional, veamos su frase:
“Ante dos haces de heno perfectamente iguales, indiscernibles, ¿cuál elegiría el asno de Buridán? ¿Podemos contestar a esta pregunta? Desde el punto de vista de la libertad o de la espontaneidad del asno, nuestra respuesta no tendrá más fundamento que la fortuna y sin embargo, si intentamos reconstruir el argumento que pudiera hacer decantar al asno hacia un haz u otro, entonces podemos afirmar que el asno se moriría de hambre. Porque si los dos haces de heno son absolutamente indiscernibles, el asno no tendrá ninguna razón que le permita elegir entre los haces y sin razón el asno no actuaría, moriría de hambre”.

En este ejemplo no es posible “reconstruir el argumento”, ya que la no racionalidad del asno no lo permite, pero llegar a la conclusión de que el asno no comería y moriría de hambre, es un truco retórico que no puede salir de la lógica abstracta, pues el asno muy asno será, pero lo más probable es que en los hechos se coma los dos haces partiendo por el que esté más cerca o el que le indique su olfato. ¿Dónde está el truco del autor? En hacer comparaciones utilizando medidas o parámetros que no corresponden, como llamar reina a la abeja que permite la confluencia y la continuidad del enjambre, como era la mujer en las comunidades anteriores al patriarcado o aún en la Edad Media (Ver Silvia Federicci en su obra magistral “Calibán y la bruja”). El feminismo no es cuento, es el rescate del común, distinto es que diversas ideologías lo disputen como “ismo”, como el comunismo, sentando sus aposaderas en el común.

¿A dónde quiere ir este autor con ese cuento? Simplemente a borrar de una plumada el instinto y lo natural de su racionalidad instalada como instrumento lógico para orientación mental de los comportamientos, como que los mapuche hubiesen hecho reglas para vivir el mundo de la vida compartida en comunidad, lo que ha sido al contrario, ha sido la experiencia de vida la que ha generado la definición y los perfiles de sus “usos y costumbres”. La esperanza es una visión de futuro y las comunidades tienen claro que caminan de espalda, ya que el futuro no es lo que vendrá, sino lo que fue. Pero para la cultura occidental que nos ha colonizado, la esperanza se liga a la racionalidad instrumental, es decir actuar acorde a los fines propuestos, lo que se denomina futurismo o escatología o finalismo: mi acto responde a metas establecidas, a obtener un resultado.

De allí que Max Weber define la acción social o la relación social como un acto individual hacia otro, del que espera un resultado, un utilitarismo relacional. Tomas Hobbes define en su libro “Leviatán” que la principal regla del derecho natural, emanada de la divinidad y que resume a todas las otras, es: “no hagas a los otros lo que no quieres que los otros te hagan a tí”, o sea que Yo soy el destinatario final de todo acto social o relacional y amo a otros solamente para que me amen a mi, o no los golpeo solamente para que no me golpeen. Se entiende que esos autores piensen así después de haber quemado miles de mujeres por “brujas”.
Una vez instalada la lógica individualista en las relaciones de la sociedad de personas separadas sobrevivientes a la destrucción de la vida en común, ahora toca instalar la “esperanza” como la espera de que se cumplan los deseos, las intenciones, las necesidades y las promesas, lo que hizo el señor patriarca al hacer adorar a un señor con barba sentado en un trono.

El choque de las esperanzas para atraer afines que lo sigan a uno y no al otro, reforzando las divisiones en la sociedad de personas fragmentadas, se dio a sangre y fuego en la lucha por destruir el común en la Edad Media, tanto el feudalismo como el naciente capitalismo necesitaban atraer multitudes, los feudales mediante la fe pregonaban el cielo como el futuro brillante, en tanto los capitalistas luchan por instalar la idea de la utopia, asimilable por medio de la razón, así como el dinero, el arma secreta para instalar un medio para materializar “esperanzas”, hasta que los feudales aceptan transformas sus tierras en medios de producción de capital.

Hoy día las esperanzas hacen nata y van matando el ánimo esperanzado de la gente, acostumbrándola a que la única esperanza radica en tener dinero. Hoy se necesita otra esperanza, que es el rescate del común, de la esencia gregaria del ser humano, pero a diferencia de la fe y de la razón, sólo podrá ser aprendiendo de los miles de años del pueblo mapuche y demás pueblos de nuestro continente Abya Yala, es decir vendrá de la experiencia y de la reconstrucción de los lazos interactivos con la madre tierra, como puede verse en el sensacional libro de Omar Felipe Giraldo “Utopías en la era de la supervivencia. Una interpretación del buen vivir” y también en el esclarecedor libro de John Holloway “Tomar el mundo sin tomar el poder”, donde se aprecia que la reconstrucción de las formas de vida comunitaria representa el fin de las esperanzas y el comienzo de las realidades del Buen Vivir, dejando de lado las esperanzas de que el cambio vendrá desde las estructuras del poder, de la lucha por el poder y de la “destrucción” del poder. El cambio está en nuestras manos, en el pro-común. Con los vecinos, a quienes debemos dejar de mirar como momios, izquierdistas, sapos, delincuentes, peladores y egoistas, para desplegar hacia ellos nuestros afectos sin esperar nada a cambio, ya que sólo ello podrá despertar y activar al gigante dormido: el amor.

Abrazos
Jaime Yovanovic
antipolitica16@gmail.com

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