Rey Prince, rey de reyes

A su música se puede entrar por cualquier parte: es toda puertas.



Rey Prince, rey de reyes
Hermann Bellinghausen
La Jornada

El siglo XX musical, tan amplio que ya no sabemos cómo clasificarlo, debe a los afrodescendientes de Estados Unidos no sólo todo lo que el jazz y el blues significan. De la negritud salieron cuatro músicos absolutos y definitorios, a quienes nadie pudo impedirles tocar, componer, organizar y vender su incesante creación en arrogante e irritante libertad: Duke Ellington, Miles Davis, Jimi Hendrix, Prince. Cada uno en su instrumento fue virtuoso impar. Nunca retrocedieron, nunca dejaron de evolucionar, de transformarse. Sólo Hendrix murió muy pronto, y su huella se interrumpe. La traían, se organizaban sus bandas, orquestas, quintetos, cuartetos, tríos necesarios. Peleaban con sus patrones blancos, perdían. Y siempre salieron ganando. Sabían lo que querían, con esa fijeza de Mozart, una disciplina sobrehumana y la música por dentro.

Prince no tiene paralelo en la historia de la música ¿popular? Ya no se diga del negocio, el entretenimiento y la exageración. Estaba todo él hecho de funk. Eso determina cuanto hizo, los sonidos que extrajo de instrumentos y máquinas, de sus músicos siempre impecables, los estilos que creó, robó o revolucionó. Su gama de voces. Su alucinante facilidad con la guitarra, como la que vimos en Hendrix. Y es sólo parte de su paquete completo. Del soul al hip hop, del neo jazz al puro rock, Prince deglutió lo que hoy llaman “pop” y lo hizo arte. Lo inventó y lo parodió a la vez. Como sucede con Miles, resulta abrumadora la cantidad de revoluciones por minuto que realizaba en el fluir de su música multiforme, arriesgada, agresiva.

Pocos artistas llegaron tan lejos y tan adentro del sexo en la música; esa fue su causa, el sello de casa, su promesa siempre cumplida del máximo placer. Como Ellington, Miles y Hendrix, fue un dandy de su mundo, un hedonista irredento. Pero Prince se voló la barda. Miles le daba la espalda al público en un onanismo inquietante, Hendrix se cogía en escena la guitarra echando chispas. Prince construyó una persona totalmente histriónica y extrovertida que supo prever el nuevo milenio y navegó con maestría las ondas, olas y redes de la modernidad; él mismo creó autopistas. Retó a la industria, mientras no dejaba de seducir a la audiencia blanca de todas las edades. Como los otros tres, acabó secuestrado por el público blanco, pero Prince nunca se destrabó de las barricadas de la negritud y dio peleas contra la policía mata negros, la libertad de expresión, la tolerancia sexual y las esclavitudes trasnacionales.

Empresario de sí mismo, director de producción, máquina de hacer y perder dinero, montó su freak show sin pudor alguno, impermeable al ridículo, la cursilería, el escándalo, y lo llevó hasta el final. También por eso podemos compararlo con David Bowie, sólo que éste cocinó su acto final con deliberación y Prince cayó de pronto, pum, en su incesante carrera para llegar a los sonidos que ya tocó mañana. Se desenchufó de pronto. Ni siquiera llegó a viejo.

My name is Prince/and I am funky. You sexy mother fucker. Besuqueaba el micrófono devanando las locas pasiones del deseo. No reparó en recetarnos un orgasmo, no cósmico sino literal y tembloroso, en Come. Hubo muchos. Los fajes son constantes. Y sus coristas y bandas, estrepitosamente femeninas desde The Revolution y Apolonia Six (trío de mujeres=seis tetas; a Prince nunca le preocupó ser fino, aunque podía ser exquisito si se lo proponía). A su modo, era feminista. Por lo mismo le encantaba afeminarse, tan de bigote, tan de peluca, maquilladote, polimorfo y sensual, una víbora con lentejuelas. Provocaba. A él debe la música, especialmente negra, el sello de alerta a los padres: “letras explícitas”. Lo impuso la mujer del vicepresidente Al Gore que un día encontró a su hija de 12 años escuchando Darlin’ Nikki, cachondísima rola típica de Prince. Con el tiempo, el sello infame sirvió para promocionar la música. Si un rapero o un funquero no merecía el sello, tal vez no merecía ser escuchado.

Apoyó con furia a los damnificados por el huracán Katrina. Su cuatro abuelos nacieron en Louisiana, venían de una estirpe de esclavos que logró dignificar su trabajo. El padre y la madre de Prince crecieron músicos en entera dignidad. De ellos nacería un chamaco que, ni modo, era genial. No hubo instrumento que se le negara.

Enamorado de sí mismo en delirio controlado, ya en Purple Rain (la película, 1984) uno decía, qué onda, este quién se cree. Ego falocéntrico, amanerado y voraz, superdotado para el escenario, capaz de cualquier sonido, de cualquier impropiedad o violencia, o el amor roto del más negro dolor. Tuvo precursores en James Brown, Sly Stone, Ottis Redding, George Clinton, Little Richards. Del falsete al barítono, tocando decenas de instrumentos, “cientos” decía él, tuvo el mismo genio de Miles para asociarse a los instrumentistas y cantantes necesarios, fue un diyéi de registro universal. A su música se puede entrar por cualquier parte: es toda puertas.

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