¿Por qué tanta importancia de dejar el planeta buscando otros mundos?

Saben que lo están destruyendo. les importa un maní.



la caza de una nueva Tierra

Esta semana la misión Juno de la NASA cautivó a los científicos y al público al llegar al planeta Júpiter luego de casi cinco años de viaje. Más silenciosamente, investigadores de todas partes del mundo también están mirando los planetas que hay más allá de los límites del sistema solar. Su misión, en la que Chile es protagonista, es encontrar algún mundo que sea similar al nuestro y que pueda albergar la vida.

Marcelo Córdova
08 de julio del 2016 / 23:08 Hrs

En el siglo XIV a. C., Aristóteles y Epicuro tuvieron una fuerte disputa. Pero su debate no giraba en torno a los placeres del espíritu, el propósito real de la muerte ni otros temas que obsesionaban a los filósofos de la época. El altercado iba mucho más allá de la existencia cotidiana de los humanos y de los límites mismos de la Tierra: mientras Aristóteles planteaba que nuestro planeta era el centro del universo, y por lo tanto, único, Epicuro argumentaba que el cosmos era infinito y contenía un número inconmensurable de mundos.

Tal como ocurrió con estos dos pensadores, el dilema sobre la existencia de otros planetas similares a la Tierra obsesionó a muchos investigadores, quienes poco a poco fueron dilucidando qué ocurría más allá de la órbita terrestre. Sin embargo, el camino no fue fácil y tuvo varios desvíos. En el siglo XVI Copérnico erró al decir que el Sol era el centro del universo, pero sí acertó al afirmar que la Tierra giraba en torno al astro. El filósofo italiano Giordano Bruno aventuró que otras estrellas visibles en el firmamento también podían albergar planetas, pero su teoría fue considerada una herejía y en 1600 la Iglesia Católica lo quemó en la hoguera.

Con el paso de los siglos, los científicos confirmaron que casi una decena de planetas gira en torno al Sol. Pero a pesar de esos hallazgos y avances, como el lanzamiento del primer telescopio espacial en los 60, la existencia de planetas alrededor de otras estrellas distintas al Sol, también llamados exoplanetas, seguía siendo un enigma. Hasta 1995, cuando los astrónomos suizos Michel Mayor y Didier Queloz usaron el telescopio del Observatorio de Haute-Provence, en Francia, para localizar a 51 Pegasi b. Este cuerpo, ubicado a 50 años luz, era el primer exoplaneta, el pionero de una verdadera carrera internacional por encontrar una Tierra 2.0.

Hoy científicos en todo el mundo, incluyendo Chile, han identificado más de 3.400 mundos de este tipo en más de dos mil sistemas planetarios. De hecho, el 10 de mayo la NASA anunció que su telescopio espacial Kepler había verificado la existencia de 1.284 nuevos exoplanetas, el mayor hallazgo de este tipo realizado hasta ahora. Gracias a esta y otras observaciones hoy se estima que una de cada cinco estrellas parecida al Sol tiene un planeta similar en tamaño a la Tierra en la llamada “zona habitable”, una ubicación que no es ni tan cercana ni tan lejana del astro y que es ideal para la posible existencia de agua líquida en su superficie, factor clave para la existencia de vida. De acuerdo a esos pronósticos, la Vía Láctea contendría unos 11 mil millones de planetas con tamaño semejante al nuestro.

“Parece como si fuera una carrera porque el ritmo de descubrimientos se sigue acelerando. En todo esto existe un objetivo: encontrar un planeta que se parezca lo más posible a la Tierra: un mundo rocoso con la masa de nuestro planeta, que circule en torno a una estrella como el Sol y cuya órbita sea similar para que tenga agua líquida. Ese planeta podría dar origen a la vida o albergarnos si algún día pudiéramos llegar a él”, explica el astrofísico Steve Desch, de la Universidad Estatal de Arizona, Estados Unidos, y líder de uno de los 16 equipos estadounidenses que la NASA financia para incentivar el estudio de estos nuevos mundos.

A comienzos de mayo, el físico Adam Burgasser, de la Universidad de California, en San Diego, también anunció junto a un equipo de científicos el hallazgo de tres planetas de dimensiones similares a la Tierra en la “zona habitable” de la estrella TRAPPIST-1. Estos mundos están a 40 años luz de distancia, una ubicación cercana en términos astronómicos y que en el futuro cercano podría permitir el estudio de su composición atmosférica y de indicios de vida. Burgasser hizo su estudio con el telescopio TRAPPIST instalado en el Observatorio La Silla, en la Cuarta Región de Chile.

Las distintas observaciones muestran que estos mundos son sumamente diferentes entre sí. Un ejemplo es el planeta HD 149026b, o Smertrios, descubierto en 2005 y ubicado a 257 años luz de la Tierra. Su temperatura en la superficie es de dos mil grados Celsius, tres veces más que Venus, el planeta más caliente del sistema solar. Un panorama muy distinto al de OGLE-2005-BLG-390L, un exoplaneta ubicado a 21.500 años luz y cuya temperatura es de 220 grados Celsius. También está DENIS-P J082303.1-491201 b, el exoplaneta más grande conocido hasta ahora y cuya masa es 29 veces superior a la de Júpiter, el mundo más grande del sistema solar. Incluso, a 40 años luz existe un planeta bautizado 55 Cancri e y que, básicamente, es un gran diamante.

“La humanidad adquirió la capacidad de detectar planetas en otras estrellas hace muy poco. Es muy difícil de hacer y todavía estamos inventando nuevos métodos. Cada vez que aplicamos una nueva técnica encontramos nuevos mundos. Una analogía es Galileo y la primera vez que dirigió el telescopio hacia el cielo hace 400 años. Vio innumerables nuevas estrellas simplemente porque fue el primero en ocupar una nueva herramienta”, comenta Paul Hertz, director de la División de Astrofísica de la NASA.

Rastreando un gemelo

Una de las técnicas más usadas para detectar exoplanetas es el método de tránsito. Cuando un planeta cruza en frente de su estrella –de ahí el nombre “tránsito”- genera un ligero cambio en el brillo del astro que permite realizar análisis. En 2009, la NASA lanzó un observatorio espacial diseñado para utilizar esta técnica al que bautizó como Kepler, en honor al astrónomo alemán del siglo XVII. Hasta ahora su misión ha sido todo un éxito y, de los más de tres mil exoplanetas identificados por los científicos, cerca de 2.300 han sido descubiertos por este instrumento.

Hoy la Nasa prepara un nuevo telescopio llamado TESS que será lanzado en 2017, el que investigará 500 mil astros en una zona del cielo superior a la estudiada por Kepler y donde se cree que se podrían encontrar otros tres mil exoplanetas. “Se enfocará en estrellas sumamente brillantes y cercanas, por lo que si detecta un planeta podemos realizar muchas mediciones adicionales”, afirma Steve Desch.

El mismo científico agrega que “si somos afortunados, TESS podría descubrir un planeta rocoso en la ‘zona habitable’ de su estrella. Entonces, el nuevo telescopio James Webb podría analizar su atmósfera y hallar evidencia para una Tierra 2 a mediados de la década de 2020”. El instrumento que menciona Desch es el sucesor del actual telescopio Hubble y será lanzado en 2018, portando instrumentos que medirán la presencia atmosférica de moléculas de dióxido de carbono, metano, vapor de agua y otros posibles indicadores de vida. “Si encontramos un planeta pequeño en la ‘zona habitable’ y con una atmósfera que contenga grandes cantidades de oxígeno, dióxido de carbono y otros elementos, entonces es muy posible que estemos ante la presencia de una biósfera”, señala James Jenkins, astrónomo de la Universidad de Chile y uno de los impulsores de la “Búsqueda de Planetas Extrasolares Calán-Hertfordshire”, una iniciativa conjunta entre la universidad nacional y su par británica.

Gracias a los instrumentos de La Silla y otros telescopios en el extranjero, él junto a un equipo descubrieron en 2012 uno de los exoplanetas más parecidos a la Tierra: un mundo en torno a Tau Ceti, astro ubicado a sólo 12 años luz. El hallazgo fue uno más del exitoso rastreo que se hace desde suelo nacional, una historia que partió en 2004 con el descubrimiento del primer exoplaneta “chileno” en torno a la estrella OGLE-TR-133. Jenkins afirma que “hoy tenemos más instrumentos que cualquier otro país para detectar exoplanetas. Por eso, Chile es la ‘tierra prometida’ para este trabajo”, afirma.

Hasta ahora se han encontrado varios candidatos a ser el gemelo de la Tierra, pero ninguno es idéntico. Por ejemplo, Kepler-452b gira en torno a una estrella similar al Sol y a una distancia parecida, mientras que su órbita tarda 385 días, casi lo mismo que un año terrestre. Sin embargo, es un 60 por ciento más grande, e incluso podría ser un gigante gaseoso como Júpiter.

La identificación de una Tierra 2 podría caer en manos de la Agencia Espacial Europea (ESA), que en 2024 lanzará su observatorio espacial PLATO con el fin específico de detectar planetas similares a la Tierra. Pero Steve Desch advierte que la confirmación de vida podría requerir años de estudios atmosféricos y geoquímicos: “Si estuviéramos mirando a una posible nueva Tierra, tal vez se requerirían entre 20 y 30 años para declarar que tiene condiciones favorables para la vida. Y aún en ese punto, es muy difícil que alguien planee de inmediato una misión interestelar”. No obstante, agrega, el hallazgo es sólo cuestión de tiempo: “Creo que en lo que me queda de vida encontraremos un planeta capaz de albergar vida. Nada sería más profundo que saber que la vida existe en otro lugar y que tal vez ya tenemos hacia dónde ir cuando finalmente dejemos este planeta”.

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