Venezuela: Teatro grotesco de la gubernamentalidad en crisis

La burguesía rentista de la forma de gubernamentalidad en crisis ha decidido la puesta en escena del teatro grotesco. Ya ni siquiera simulación, sino quitándole todo decoro, prefiere presentar la trama de manera descarnada, sin tapujos. La escena es la siguiente: La convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente, que no tiene nada de constituyente, sino, mas bien, se evidencia el carácter pleno de ser des-constituyente y de desmantelación de la Constitución lograda por el pueblo. Ante la evidencia de su falta de convocatoria y convencimiento, corroborada en las elecciones legislativas, donde el oficialismo perdió estrepitosamente, el gobierno clientelar propone una aritmética del poder, donde se pierde la lógica matemática, así como las condiciones necesarias y suficientes de la representación y de la igualdad; requisitos indispensables para la validez electoral. Cree la forma de gubernamentalidad clientelar en crisis que con esta maniobra, donde desaparece incluso la astucia; pues se presenta en toda la desmesura grotesca de su torpeza, sin cubrir las apariencias.



26.07.2017 22:16
Teatro grotesco de la gubernamentalidad en crisis
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Raúl Prada Alcoreza

La burguesía rentista de la forma de gubernamentalidad en crisis ha decidido la puesta en escena del teatro grotesco. Ya ni siquiera simulación, sino quitándole todo decoro, prefiere presentar la trama de manera descarnada, sin tapujos. La escena es la siguiente: La convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente, que no tiene nada de constituyente, sino, mas bien, se evidencia el carácter pleno de ser des-constituyente y de desmantelación de la Constitución lograda por el pueblo. Ante la evidencia de su falta de convocatoria y convencimiento, corroborada en las elecciones legislativas, donde el oficialismo perdió estrepitosamente, el gobierno clientelar propone una aritmética del poder, donde se pierde la lógica matemática, así como las condiciones necesarias y suficientes de la representación y de la igualdad; requisitos indispensables para la validez electoral. Cree la forma de gubernamentalidad clientelar en crisis que con esta maniobra, donde desaparece incluso la astucia; pues se presenta en toda la desmesura grotesca de su torpeza, sin cubrir las apariencias.

¿Cómo interpretar estos comportamientos políticos desesperados? Ya hemos hablado de los síntomas de la decadencia; lo que importa ahora es saber qué significan y qué implican, al momento de interpretarlos y descifrar el funcionamiento de la maquinaria del poder, chirriante y en evidente deterioro, alterada al desvencijarse.

Cuando ya no importa guardar las apariencias, cuando no importa ningún decoro, mucho menos simular legitimidad y pretender legalidad, cuando está a ojos vista la falta de ellas, cuando solo lo que importa es imponerse a como dé lugar, con la disponibilidad de fuerzas al alcance, estamos quizás ante el extremo y el colmo de la crisis política; esto es, jugar solo al Estado de excepción; en lo posible ocultándolo con estos procedimientos torpes, que solo hacen de barniz improvisado.

Lo anecdótico de todo esto es que se quiere imponer un Estado de excepción con el disfraz de “Asamblea Constituyente”; es más, lo más forzado del carnaval de mal gusto es investir a este Estado de excepción como si fuese la “defensa de la revolución bolivariana”, de la patria y, peor aún, de la “democracia”. ¿Cómo decodificar semejante prestidigitación?

Cuando se retorna a los orígenes mismos del Estado, que es este nacimiento violento, del Estado de excepción, es que se ha fracasado en todo. Se ha fracasado políticamente, además de económicamente; se ha fracasado con la conducción del proceso de cambio heredado. Se ha fracasado en la convocatoria, pues se la ha perdido; inclusive parece se empieza a constatar que se ha terminado fracasando en la preservación del clientelaje. El Estado de excepción es lo único que les queda a los detentadores de turno del poder; se autonombren como se autonombren.

En términos de desplazamientos, se pasa del Estado policial al Estado de excepción. Dejemos los discursos en suspenso, también las ideologías, así como todos los esfuerzas semánticos de justificación. Miremos los hechos, los eventos y sucesos en su elocuencia material. Observemos la disposición de las fuerzas del Estado, de las que dispone la forma de gubernamentalidad clientelar, y nos encontraremos con el funcionamiento apresurado de la maquinaria del poder. Como hemos dicho varias veces, con otras palabras, el Estado de excepción no solamente implica y significa el termidor de la revolución, sino, sobre todo, la abierta evidencia demoledora del fracaso.

En plena crisis política y de la crisis múltiple del Estado-nación no se le puede pedir a la clase política, sobre todo, a la parte gobernante, que actúe racionalmente. No lo va a hacer; no puede hacerlo. La clase política está atrapada en los entramados densos de los juegos de poder. En estas circunstancias atiborradas el mundo de las representaciones, de la que forma parte la ideología, se reduce a eso, a que el mundo no es más que violencia de un lado y de otro; cuando los bloques de fuerza no suman sino demarcan y excluyen. Se trata de un mundo representado como guerra santa o guerra contra los infieles, que son señalados como “traidores” o como “servidores del imperialismo”. Se trata de una forma de representación sin reflexión ni raciocinio; se pone en ejecución el guion preformado; los buenos se enfrentan a los malos, en una epopeya banalizada hasta la caricatura de los dibujos animados sin espesores. Salvo la recurrencia heredada, de tiempos inmemoriales, de la lucha del bien contra el mal.

¿De qué depende no dejarse imponer el Estado de excepción? Nuevamente, de la correlación de fuerzas, pero, también, de la lucidez del pueblo. ¿Cómo se logran las ventajas de ambas condiciones de posibilidad política? Por un lado, está el llamado de la gubernamentalidad clientelar; por otro lado, el llamado de la “oposición”; ambas expresiones entrabadas en los juegos de poder y orbitando en el campo gravitatorio del círculo vicioso del poder. La que hemos denominado la tercera vía, que dice ni unos ni otros, sino el pueblo autoconvocado, abre las posibilidades alumbradoras de otros senderos; que salgan de los chantajes emocionales, políticos e ideológicos; que salgan del círculo vicioso del poder. Buscando en los consensos populares, transiciones a alternativas a la decadencia, que se manifiesta de una y otra forma, con su máscara de “izquierda” o es su máscara “institucional”. Estas salidas, la de la tercera vía, también asumen la herencia heroica del pueblo alzado en el caracazo. Pueblo que sostuvo el proceso de cambio, en sus variantes electorales, constituyentes, y de defensa popular del gobierno nacional-popular y social. La defensa de la Constitución de 1999, es la defensa de esta herencia.

La tercera vía llama a la abstención y al voto nulo ante la premura de las elecciones para la Asamblea Constituyente espuria. Esta convocatoria busca dejar al gobierno clientelar más solo que la propia soledad en la que se encuentra embargado. Dejar patente que el gobierno convocante a la Asamblea Constituyente no tiene legitimidad, no respeta la legalidad ni la institucionalidad, menos la Constitución bolivariana, tampoco tiene convocatoria. Es una buena estrategia; empero, para llevarla a cabo se requiere también de convocatoria efectiva.

Son escasos los días que quedan, antes del día de las elecciones para la Asamblea Nacional Constituyente, ¿se podrá lograr la convocatoria que se requiere? Ciertamente, también, en la coyuntura álgida, están presentes las movilizaciones que ya duran más de tres meses; además de la convocatoria de la “oposición”. Lo que virtualmente hacen una mayoría. Sin embargo, el tema es la convocatoria de la tercera vía, la del chavismo crítico, la de la izquierda crítica, la de los intelectuales críticos, la de la fiscal general.

Por otra parte, está la experiencia social política y la memoria social del pueblo. Las posibilidades de otros desenlaces, distintos a los que postulan tanto el “oficialismo” como la “oposición”, parece que dependen primordialmente de la decisión popular. La experiencia social y la memoria social son el substrato de lo que hemos nombrado como el acontecimiento de la lucidez popular. ¿Puede acaecer esto en los contados días venideros? Ciertamente ya los barrios populares, por lo menos en parte, se han desplazado a la protesta y a la movilización; sin embargo, todavía, parece que hay una significativa parte del pueblo que es leal a la memoria del caudillo, de Hugo Chávez. ¿Se puede llegar a la convicción colectiva que la defensa del legado de Chávez es la defensa de la Constitución de 1999, contra un gobierno que pretende sustituirla por una Constitución hecha a medida y figura del despotismo clientelar?

Estas son preguntas que solo podrán ser esclarecidas después de ese día de las elecciones para la Asamblea Constituyente, derivada del ejecutivo. Mientras tanto queda el tiempo para todo el esfuerzo que se pueda por el activismo en apoyo a la tercera vía.

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