Poder, democracia y resistencias


Adriana López Monjardin
Revista Rebeldía
http://www.revistarebeldia.org

A primera vista, podría dar la impresión de que la democracia se fue quedando sin adversarios: muchas monarquías pactaron con ella, las dictaduras del proletariado cedieron plazas y las dictaduras del capital tienden a pasar con más frecuencia por las urnas. Pero esa primera impresión de consenso, de hegemonía, de unanimidad, se disipa con un acercamiento más fino. Resulta que la democracia no es la solución de los conflictos que atraviesan a las sociedades, sino el terreno en el que se disputan dichos conflictos. Pero, contra lo que postulaban los teóricos que reducían a la democracia a meros “procedimientos”, resulta que en las sociedades contemporáneas no se han logrado establecer ni estabilizar las reglas del juego legítimas para procesar los conflictos; y no sólo en el terreno de las leyes y las instituciones (que, por cierto, son en sí mismas un campo de batalla y a menudo generan más conflictos de los que resuelven) sino, sobre todo, en un espacio anterior: el de las definiciones, el de los modelos cognitivos, el de los campos semánticos. Cargada de múltiples significados, marcada por la ambigüedad, adjetivada como nunca, la democracia funciona, en la práctica política, como un paraguas polisémico bajo el cual se diseñan y se justifican los modelos de dominación, o bien se argumentan y se organizan las resistencias de abajo.

En este texto me propongo analizar ciertas expresiones antagónicas del quehacer político en el México contemporáneo, tratando de explorar las dimensiones culturales de las disputas por la democracia. Siguiendo las propuestas de Iuri Lotman, abordo a las culturas como esferas delimitadas —aunque no por fronteras sólidas sino por una especie de membranas permeables— donde se desarrollan procesos dinámicos que, a través de la memoria y el olvido, actualizan, excluyen o traducen continuamente los sentidos. Desde esta perspectiva, la memoria no se reduce a un mero depósito de textos heredados del pasado, sino que, mediante los procesos de selección con los que trabaja, puede generar también nuevos significados.

El punto de mira de este ensayo son tres eventos políticos relevantes, aquí considerados como “rituales de copresencia” y que constituyen formas privilegiadas del quehacer político en la medida en que permiten observar las interacciones que se entablan, más allá de las prácticas discursivas o de los proyectos para el futuro; y porque involucran la manera en que se relacionan no sólo los participantes entre sí, sino también todos ellos con los ausentes significativos. Como formas en las que se construyen tiempos y espacios específicos para las prácticas políticas, los rituales de copresencia nos revelan que, por más que la política inunde los medios masivos de comunicación y el ciberespacio, los cuerpos siguen siendo un anclaje fundamental de las tomas de posición. Aunque sea de una manera muy desigual, los participantes en un acto político se involucran de manera activa como emisores de un mensaje, en vez de quedar como meros receptores cuyas opiniones aparecen como un enigma, que ha dado lugar a la invasión de esa “ciencia sin sabio” que son las encuestas.

El contraste entre diversos rituales de copresencia nos permite explorar formas diferentes de hacer política. Si es cierto que las culturas y los significados no se explican cabalmente a sí mismas, sino que sólo pueden ser comprendidas en el ámbito de la alteridad, aquí, el contrapunto busca esclarecer. Por otra parte, si es cierto que la resistencia tiene, sobre todo, un carácter relacional, entonces la oposición entre las diferentes formas de hacer política puede ayudar a percibir sus filos.

Para poner a prueba estas propuestas, voy a abordar tres formas políticas delimitadas en el tiempo y en el espacio. La primera de ellas está conformada por las seis reuniones preparatorias y la reunión plenaria, convocadas por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional para organizar La Otra Campaña, y que se realizaron entre los meses de agosto y septiembre de 2005. La segunda, es el evento público donde el cuarto hombre más rico del plantea, Carlos Slim, dio a conocer el Acuerdo nacional para la unidad, el estado de derecho, el desarrollo, la inversión y el empleo, en un acto que se realizó en el Castillo de Chapultepec el 29 de septiembre de este año. La tercera comprende el inicio de las actividades públicas de las precampañas del Partido de la Revolución Democrática para nombrar a sus candidatos a la presidencia y a la jefatura de gobierno del Distrito Federal. En este último caso, se trata todavía de un evento inconcluso, porque su desenlace formal ocurrirá hasta el mes de diciembre. Todavía pueden pasar muchas cosas, como los fraudes electorales internos e impunes, ya habituales en el PRD; por eso, por ahora, este texto sólo apunta algunos rasgos iniciales.

Los tres procesos políticos, obviamente relevantes, escapan a las formas institucionales y legalmente reglamentadas del ejercicio democrático en México. Escapan por arriba y por abajo, en términos de tiempos, de espacios y de los actores involucrados. Se podría pensar que el último caso elegido, las precampañas perredistas, corresponde al ámbito de la política institucional; pero ocurre exactamente lo contrario: las prolongadas precampañas y las elecciones internas de los partidos políticos se han convertido en uno de esos campos de batalla en los que se generan y dirimen los conflictos al margen de las reglas del juego explícitas y asentadas en las leyes.

Los espacios físicos en los que se realizaron estos actos públicos tienen una fuerte carga simbólica, potenciada y explicitada por sus protagonistas. En el primer caso, el de los zapatistas, las reuniones del EZLN con las organizaciones políticas, sociales, indígenas, no gubernamentales, culturales, y con los participantes individuales se llevaron a cabo en tierras recuperadas a los finqueros después del levantamiento de 1994. Cada pueblo tiene un nombre y una historia: Dolores Hidalgo, Juan Diego y Javier Hernández son testimonio de un antes y un ahora, de una ruptura reciente y de los muertos caídos en la lucha contra el mal gobierno; expresan, literalmente, el dolor y la memoria, pero también la independencia conquistada en las tierras para quienes las trabajan con sus manos. Simbólicamente, en términos del espacio territorial, los ausentes relevantes son los finqueros que, por cierto, en esos mismos días del verano del 2005, seguían regateando con el gobierno, por enésima vez, el pago de las tierras recuperadas por los indígenas.

Para firmar el Acuerdo Nacional para la unidad, Carlos Slim explicó que se había elegido el Castillo de Chapultepec por su fuerte carga histórica y porque el Museo de Antropología se encontraba ocupado para esas fechas. Al suponer como intercambiables ambos espacios, los firmantes del Acuerdo de Chapultepec revelan, como ausente significativa, a la memoria popular; al elegir el único castillo que existe en México, pasan por alto el fantasma de Maximiliano, que todavía se pasea por el alcázar y por las habitaciones que compartió con Carlota; y al hacer un uso privado de un monumento histórico, ignoran las historias que (todavía) cuentan los libros de texto de las escuelas públicas.

Por otra parte, las precampañas perredistas, que se desenvuelven en las plazas públicas, marcan simbólicamente estos espacios al desvalorarlos. El discurso oculto de los estrategas electorales se puede resumir en una frase: “las plazas no votan”. Por eso, el formato de los actos de campaña, que se repite a sí mismo hasta el cansancio, es el de un templete parlante, donde las individualidades lo son todo; y una plaza aplaudiente, colmada por una masa indiferenciada, intercambiable, que funciona como mera escenografía de un mensaje dirigido a otros destinatarios, que, en este caso, se convierten en los ausentes significativos, y suelen ser los medios masivos de comunicación y los grupos de poder. Es verdad que este formato no es exclusivo del PRD y que lo comparte con otros partidos políticos, sobre todo con el PRI, que también tiene experiencia en llenar plazas.

La novedad de las campañas perredistas está en una secuencia previa, que se desplegó por completo en la precampaña para elegir al precandidato que enfrente al precandidato oficial del PRD al gobierno del Distrito Federal. La dinámica es la siguiente: primero es la foto, que tapiza bardas y postes; luego viene la encuesta; y después (dicen) van a elaborar el programa. Llama la atención que este ejercicio democrático de imprimir y pegar fotos y aplicar encuestas, ejecutado por empresas privadas y trabajadores asalariados, se realizó en la ciudad de México en nombre de “la izquierda”. Se podría pensar que ciertas facciones y personajes perredistas sólo invocaron a la izquierda para enfrentar a Marcelo Ebrard, el candidato oficial, pero yo creo que aquí hay un funcionamiento más complejo, que opera a través de la delimitación de los campos semánticos y tiene consecuencias para las prácticas políticas futuras.

Mientras que los firmantes del Acuerdo de Chapultepec asocian a la democracia, antes que nada, con la gobernabilidad y las instituciones; y los zapatistas la asocian, indisolublemente, con la libertad y la justicia, el PRD adoptó el programa de la derecha y asumió como propia una “democracia sin adjetivos”. Al mismo tiempo, comenzó a coleccionar adjetivos para matizar a la izquierda: moderna, responsable, propositiva, realista, centro-izquierda y, por supuesto, democrática. Ya es habitual que los perredistas afirmen o encubran su autodenominación como izquierda, según vengan los tiempos, los espacios y, sobre todo, los interlocutores; pero la novedad de las precampañas capitalinas está en los nuevos usos y significados que se atribuyen a la izquierda. Se trata de una cualidad que remite al pasado, que consta en el currículum de quien la reclama, como si se tratara de un título nobiliario, obtenido o heredado por acciones anteriores; y que no hace falta refrendar a través de la crítica y de las formas actuales de hacer política. Palabras prestigiosas como identidad y tradición actúan al servicio de esta resemantización de la izquierda.

La reiteración de los significados se va sedimentando, hasta llegar a constreñir los discursos. Cuando se articulan entre sí, los campos semánticos engendran modelos interpretativos que operan, en buena medida, gracias a la simple economía del lenguaje. Los implícitos —lo ya sabido, lo que no hace falta explicitar cada vez— se convierten en códigos compartidos que incluyen o excluyen a quienes participan en las interacciones comunicativas. Para comprender el funcionamiento simbólico del Acuerdo del Castillo de Chapultepec, vale la pena explorar los campos semánticos sobre los cuales se sustenta. Este funcionamiento simbólico va más allá de las palabras; involucra también a los actores y sus actuaciones. En México, toda la “opinión pública” percibió y comentó que se trataba de un Acuerdo promovido por los hombres más ricos de México (y muy pocas mujeres, por cierto). Pero esa no fue su carta de presentación. En su documento público, los firmantes se autodenominan “miembros de la sociedad civil”; “un grupo plural”. Invitaron a cantantes, escritores, locutores de radio y televisión y deportistas; y le dieron la batuta a un científico, premio Nobel de química. El hilo conductor que los agrupa no es, en efecto, el dinero.

Hay un cemento cultural que les permite aparecer juntos y proyectar su poder hacia otros actores sociales y políticos. Creo que se trata de una visión del mundo que conviene enunciar en inglés, porque así resulta más fiel y sintética. Es la que divide a los seres humanos entre winners y loosers. De hecho, en el Acuerdo del Castillo de Chapultepec, esta formulación aparece de manera explícita. Al hablar de la educación, el texto establece que ésta debe ser concebida como “La formación de las actitudes y hábitos que logran que una persona se desarrolle y un país triunfe”. Este enunciado da cuenta de lo que el poder trata de inculcar a los niñitos norteamericanos, que aprenden a insultar a sus compañeros de juegos desde un campo semántico que no tiene anclajes equivalentes en las culturas y las lenguas de México, porque se trata de un insulto ajeno al ámbito de la inteligencia, el valor y a la sexualidad, que son los de uso común en nuestro país. Los loosers no son, en México, personajes ubicuos; aunque existen: está, por ejemplo, el pobre diablo, como uno de sus modestos representantes. En cambio los winners, los triunfadores, los hombres de éxito, los caballos negros, los toros sin cerca y los gallos, invaden el mundo del espectáculo, sea político, deportivo o musical. Tal vez las feministas no hayan reparado en esto, pero resulta muy difícil imaginar equivalentes femeninos ¿yeguas negras? ¿vacas? ¿gallinas? No. El mundo de los winners está construido a imagen y semejanza de los varones.

Explorar el Acuerdo del Castillo de Chapultepec desde esta perspectiva ayuda a entender la fuerza performativa que emana de él, incluso más allá de sus postulados y de sus firmantes. Quienes quieren formar parte del mundo de los winners no pueden quedar fuera. Están obligados al consentimiento, por más que lo enuncien como un “sí, pero…”; o “sí, aunque con algunas notas a pie de página”, como dijo Andrés Manuel López Obrador. Un caso extremo y patético de este respaldo compulsivo es el que expresó Federico Ovalle, dirigente de la Central Independiente de Obreros Agrícolas y Campesinos. Según dijo en una entrevista de prensa, las seis agrupaciones que integran el Frente Nacional Campesino “ratificamos los objetivos incluidos en el acuerdo”, pero señalan la necesidad de “establecer cómo concretarlos para que no queden en buenas intenciones” (La Jornada, 2 de octubre de 2005, p. 11, nota de Laura Poy Solano). ¿Buenas intenciones? ¿para los campesinos y los obreros agrícolas? La única vez que se menciona a los trabajadores del campo en el citado documento es en una frase que trata de su “férrea voluntad, capacidad de trabajo y de adaptación”. El siguiente párrafo señala que “Muchas de las acciones concretas para alcanzar los objetivos no requieren de grandes inversiones o gastos. Pueden realizarse transformaciones sustanciales con pocos recursos y cambios aparentemente de poca relevancia. Es posible lograr cambios de fondo con cambios de forma”. Atrapado por un campo semántico donde la interpelación funciona de manera automática, Ovalle termina reclamando que se concreten las pequeñas inversiones, los pocos recursos y los cambios de forma y de poca relevancia.

Cuando los zapatistas proclaman como lema “más bajo, más lento, más débil”, trastocan, desde un espacio lúdico, con resonancias del mundo de los deportes y el espectáculo, esta fuerza compulsiva que interpela a cualquier persona y la obliga a cerrar filas, antes de pensar mucho en ello, al lado de los winners. A los caballos negros, los toros y los gallos, los zapatistas contraponen a las jirafas, reivindicando su desproporción, su alteridad; y tal vez no sea pura coincidencia que se trata de un animal que, aunque sea macho, lleva su nombre en femenino. La Sexta Declaración de la Selva Lacandona tiene como eje un llamado a la lucha contra la explotación, el despojo, la represión y el desprecio. Vale la pena explorar un momento este último, el desprecio, porque está emparentado con la subversión de ciertos códigos que resultan fundamentales para el ejercicio del poder, y porque corresponde a un campo semántico ajeno a los que usualmente se asocian con la economía y la política. Al igual que los otros, es un concepto relacional, pero tiene más que ver con la ética y con los sentimientos. Por supuesto, da cuenta de los agravios de los indígenas; pero va más allá: remite a la traición, a la burla, a “ese sentimiento que tan bien se conoce abajo”, como dijo el Subcomandante Insurgente Marcos. Se contrapone a la dignidad y al respeto, que son objetos discursivos recurrentes en los textos zapatistas. Evidentemente, las relaciones de poder tienen el propósito de asegurar la extracción de bienes materiales, sea en trabajo, servicios, productos o dinero; sin embargo, cuando se abordan desde una perspectiva fenomenológica, es decir, a partir de la manera en que las viven y las verbalizan los oprimidos, remiten a la dignidad, a los sentimientos y a la ética.

Si la Sexta Declaración y las reuniones preparatorias de la Otra Campaña son vistas desde los medios masivos de comunicación, destaca su contraposición con la clase política y con la política institucional. Pero la fuerza erística de los textos y de las formas de interacción que ahí se desarrollaron no se limita a esta polémica visible, explícita y contestada desde el campo institucional. La otra forma de hacer política, como lo hacía notar el antropólogo e historiador Francisco Pineda, todavía se define más por lo que no es, por lo que no quiere, que por los caminos que recorre. No obstante, las mismas prácticas vividas en común apuntan hacia esas otras formas de hacer política. En las reuniones preparatorias de la Otra Campaña destaca, por ejemplo, el tiempo que los participantes dedicaron a presentarse, a definirse, a nombrarse. Si el EZLN había convocado a unir las luchas en un espacio que no pretendiera hegemonizar y homogenizar a los participantes, el punto inicial de la Otra Campaña fue un prolongado proceso en el que cada organización, cada colectivo, cada persona habló (también a través de las canciones, el teatro, los juegos y el performance) sobre sus agravios, sus experiencias, sus historias, sus luchas, sus perspectivas, sus temores, sus acuerdos, sus diferencias y sus propuestas. No porque hubiera una agenda definida de antemano y desde arriba, sino porque el hecho mismo de abrir un espacio para la palabra y la escucha llevó a los participantes a que, uno tras otro, se explicaran a sí mismos, en un proceso en el que, no sin tropiezos, fluyó la autoorganización.

Mientras que los firmantes del Acuerdo del Castillo de Chapultepec hicieron todo lo posible por desdibujar sus identidades, encubiertas por un par de frases de autodenominación (recordemos que sólo se presentan como “la sociedad civil” y “un grupo plural”) y atenuadas por la inclusión de algunos winners del mundo del espectáculo, los participantes de la Otra Campaña pusieron por delante sus identidades, respondiendo a una convocatoria que los llama a sumar sin dejar de ser lo que son: los otros.

Bibliografía

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Scott, James. Los dominados y las artes de la resistencia. Ed. ERA. México, 2001.

Subcomandante Insurgente Marcos. “Abajo a la izquierda, más débil, más lento, más bajo”.

Subcomandante Insurgente Marcos. “En (auto) defensa de las jirafas”.

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