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La militarización de la cuestión urbana

18.12.10

Un nuevo capítulo en la militarización de la cuestión urbana
La “reconquista del territorio”

Marcelo Lopes
Rebelión

Traducción de César Ortega

La geopolítica urbana de la “guerra al tráfico”

A partir de la desterritorialización de los traficantes de drogas al menudeo de la favela Vila Cruzeiro (25 de noviembre de 2010) y del Complejo de Favelas del Alemán (tres días después), en la Zona Norte de Río de Janeiro, la expresión “reconquista del territorio” y otras equivalentes pasó a ser profusamente utilizada por diferentes agentes del Estado. En los días inmediatamente subsecuentes a aquel que el periódico O Globo denominó de “El Día D de la guerra al tráfico de drogas”, la gran prensa escrita, hablada y televisada quedó saturada de alusiones a la “estrategia territorial” adoptada por la Secretaría de Seguridad Pública del Estado de Río de Janeiro, a la importancia de la recuperación del “control territorial” por parte del aparato de Estado y al revés sufrido por los traficantes al haber perdido algunos de sus más importantes (por la importancia logística) territorios.

Aunque muchos mapas hayan sido ya publicados muchas otras veces en circunstancias parecidas - por ejemplo, mapas con informaciones, que es raro que aportan datos realmente fidedignas, sobre el número de traficantes armados en cada gran favela de la ciudad -, jamás se vió antes, en los grandes periódicos (en especial en O Globo y en la Folha de São Paulo), tamaña profusión de mapas: algunos apenas con la localización de los “territorios a ser reconquistados” por el Estado, otros con un acompañamiento de la geografía del avance de las “fuerzas del orden”, y así sigue.

Las metáforas bélicas, también, pasaron a ser abundantemente empleadas. “La Guerra de Río” es una expresión consolidada ya hace varios años en el periódico O Globo, la Folha de São Paulo, el Estado de São Paulo e varios otros grandes periódicos no se quedan muy atrás. “Guerra”, “batalla”, “soldados del tráfico” y otras expresiones, hasta hoy cotidianas, pasan a convivir con otras, más desabridas, entre las cuales se destaca el “Día D”. Ironía de las ironías: el complejo de favelas que, a partir del “Día D”, se buscaba “reconquistar”, se llama, precisamente, Complejo del Alemán. A diferencia de la Normandía ocupada por las tropas del Tercer Reich, es que ahora los “enemigos”, ahora, son personas nacidas en el mismo país que los “libertadores” (“liberación”, además, ha sido otra expresión muy empleada); en su aplastadora mayoría, esos “enemigos” son jóvenes negros e mulatos, muchas veces delgaduchos, armados con enormes fusiles pero calzados con sandalias de goma. La juventud pobre de los espacios segregados es, en último análisis, el gran “enemigo” a temer, real o potencialmente, en el imaginario de las élites y de la clase media.

El uso de las metáforas bélicas, que ya viene de los anos 80 y se intensificó en la década siguiente - en especial después de la “Operación Río (I)”, en 1994, secunda uno de los hoy ya numerosos episodios de empleo de las Fuerzas Armadas en el combate al criminalidad cotidiana -, fue, ahora, todavía más estimulado por el empleo más decidido (y más coordinado con el o uso de las fuerzas policiales) de las tropas federales, en ocasiones anteriores: blindados de diversos tipos de los fusileros navales, blindados del Ejército, ochocientos hombres de la Brigada Paracaidista, helicópteros blindados de la Fuerza Aérea… Como se puede ver por los periódicos publicados en los últimos días de noviembre, el uso de las metáforas guerreras fue, también, complementado por la divulgación de ilustraciones vistosas de los blindados y de los helicópteros utilizados. Las comparaciones, constantemente hechas, entre el “arsenal” de los criminales y el armamento de las Fuerzas Armadas, así como entre el número estimado de “soldados del tráfico” y el efectivo de las fuerzas conjuntas al servicio del Estado, tenían un subtexto que, en boca de algunos comandantes militares (como el Comandante del Batallón de Operaciones Especiales, el célebre BOPE de la policía fluminense*, tornado célebre por los filmes “Tropa de Élite” y “Tropa de Élite 2”), a veces fue explicitado: los traficantes no tienen ninguna oportunidad, que se rindan mientras es tiempo. Una pregunta que prácticamente no se hizo: el hecho de que, durante décadas, ellos hayan desafiado al Estado, como gusta de expresar la gran prensa, ¿no tuvo algo a ver con la corrupción y, más allá de eso, con la propia lógica del Estado (y del capitalismo)?… Una vez más, se dejó en la sombra el tema de las viscerales articulaciones entre lo legal y lo ilegal, el “orden” y el “desorden”.

“La comunidad hoy pertenece al Estado”…

La frase arriba fue empleada, al día siguiente a la “reconquista” de la Vila Cruzeiro, por el subjefe operacional de la Policía Civil de Río de Janeiro, delegado Rodrigo Oliveira, y variantes de ella fueron utilizadas también por el gobernador Sergio Cabral y por otras “autoridades”. Que sea de mi conocimiento, ninguno de los especialistas (con o sin comillas) en seguridad pública que desfilaron, en sucesión frenética, en aquellos días de fines de noviembre, por las pantallas de televisión o por las páginas de los periódicos, parece haber observado el profundo significado simbólico de esas palabras.

De hecho, la “comunidad” nunca se “perteneció”. Aunque largamente desasistida y, obviamente, bastante estigmatizada por la clase media y por el propio Estado y la gran prensa, la tutela estatal, ejercida de modo que en general mezclaba (o alternaba) la brutalidad (arbitrariedades de la policía) y el clientelismo más rastrero, no dejó de hacerse presente. Cada vez más, a lo largo de los años 80, pero más todavía a partir de la década de 1990, esa tutela pasó a ser disputada y tuvo que acomodarse con la tutela ejercida por los jefes del tráfico de menudeo - los microrepresentantes del capitalismo criminal-informal.

En el transcurrir de las décadas, los narcotraficantes, regularmente extorsionados por policías, pasaron a hacer acuerdos con los agentes del Estado también de varias otras formas, en una promiscuidad que se tornó regla general: intermediación entre políticos (o candidatos) y las “comunidades”, en época de elección o no; interferencias menos o más “toleradas”, “negociadas” cotidianamente, junto programas gubernamentales, como el Favela-Bairro (de urbanización), con la finalidad de evitar intervenciones que pudieran causar estorbos a la seguridad o a los negocios de los traficantes; y por ahí va. No llegaron al ponto de organizarse para elegir a sus propios representantes en las cámaras de de representantes o en la Asamblea Legislativa. Eso quedó para las “milicias”, escuadrones de la muerte formados por (ex-)policías y (ex-)bomberos.

En los últimos años, las “milicias” que operan en el Gran Río intensificaron la expulsión de traficantes de varias grandes favelas y la venta de “protección” a la población pobre, estableciendo patrones de intimidación y extorsión que ya llegaron, inclusive, a algunos barrios de la ciudad formal. Por lo que todo indica, las “milicias” representan una otra forma de organización del capitalismo criminal-informal en Río de Janeiro, en lo que se refiere al comercio de drogas al menudeo y a otras actividades económicas: en vez de tan sólo extorsionar a los traficantes, policías y ex-policías pasaron a desterritorializar a los “criminales sin uniforme” (“criminales de uniforme” es como la población pobre de Río de Janeiro, obviamente no sin razón, muchas veces se refiere a la policía) y a operar, ellos mismos, diferentes tipos de negocios ilícitos. Irónicamente, entre esos negocios ilícitos (y al lado de la venta de “protección” contra los traficantes) está, al menos en algunos casos, el propio tráfico de drogas. También del ángulo (socio)político la ascensión de las “milicias” viene representando un nuevo y grave momento en la historia de Río: diferentemente de los “escuadrones de la muerte” de épocas pasadas, los “milicianos” de hoy se han autonomizado, en gran medida, no contentándose en prestar servicios para comerciantes de la periferia amenazados a asustados por pequeños bandidos; pasaron, ellos mismos, a operar sistemáticamente negocios, con base en la territorialización (control espacial) ejercido sobre ciertas áreas y sus poblaciones. Y, como ya se dijo, ya comenzaron a elegir a sus propios hombres de confianza para ejercer mandatos legislativos.

En Río de Janeiro, hace mucho tiempo que la población, escéptica de una policía reconocidamente corrupta y (en parte, porque) deficientemente remunerada, equipada y entrenada, hace bromas del tipo: “¡Socorro, llama al ladrón, que ahí viene la policía!” (Especialmente para la población de las favelas, atrapada y exprimida entre la cruz y la espada, por decir de alguna manera, los traficantes de menudeo, a veces, realmente representan casi un mal menor -cuestión, además, más allá de lo comprensible para la clase media, que, por esa causa, se acostumbró a acusar a los favelados, entre otras cosas, de ser “conniventes” con los traficantes, como si fuera una cuestión de elección). Frente a las milicias, cabe preguntarse: en el caso de espacios controlados no por criminales en el sentido más común, sino por (ex-)policías corruptos y criminales, ¿qué queda, a los ojos de la población pobre, de credibilidad del Estado, del que conoce sólo su faz represiva? Y más: ¿que se podrá esperar, en el largo plazo, en el caso de que la “inestabilidad” del menudeo del tráfico semiorganizado (constantes y sangrientas disputas territoriales, disputas por “mercado” y puntos logísticamente estratégicos) sea sustituida por la razonable “estabilidad” de una “paz miliciana”, flanqueada por diversos acuerdos y complicidades con la faz formal del Estado capitalista?… Son cuestiones como esa que yo, preocupado sobretodo con las consecuencias en materia de margen de maniobra para los movimientos sociales emancipatorios, levanté en mi libro Fobópolis.1

“Pertenecientes” al Estado (en su faz formal), los jefecillos microlocales del tráfico de drogas o a “milicianos”, las “comunidades”, de hecho, nunca se pertenecieron plenamente.

El papel de los medios de comunicación

El papel de la gran prensa se ha revelado crucial y, se puede decir, estratégico.

La (re)producción ampliada de los sentimientos de miedo e inseguridad de la población es inseparable, como procuré enfatizar en Fobópolis, del tripié constituido por el mercado de la seguridad (que fabrica armas, vende carros con blindaje especial y ofrece una legión de vigilantes particulares, pero también construye “condominios cerrados”, shopping centers y otros símbolos de la autosegregación de la élite y de la clase media alta), por el sistema político-electoral (que cada vez más explota el miedo del electorado, sea en relación al terrorismo - como en los Estados Unidos -, sea en relación a la criminalidad violenta ordinaria - como en el Brasil) y por el mercado de la información. En este momento, se observa, en Río de Janeiro, un cambio interesante de tono por parte de los medios, en especial por parte de la TV Globo (y de la Globonews, TV de cable) y el periódico O Globo: en vez de, fundamentalmente, explotar los hechos relativos a la criminalidad violenta, confiriendo Río de Janeiro una visibilidad parcialmente desproporcional (toda vez que, en lo que se refiere a varios tipos de crímenes violentos, empezando por los homicidios, desde la década de 1980, generalmente presentan índices más elevados que o Río), los medios “globales” pasaron a invertir en forma maciza en lo que podría ser llamada la construcción de una “épica” fuertemente ideológica: las Fuerzas del Bien contra las Fuerzas del Mal, el “Día D”, la colaboración y el apoyo de la población…

Corazones y mentes (los corazones mucho más que las mentes) vienen siendo inusitadamente movilizados para dar soporte de masas a las “operaciones de guerra” emprendidas por el Estado. La Red Globo, por mucho que haya, tímidamente, comenzado a noticiar, a partir del 30 de noviembre, relatos de abusos de las fuerzas policiacas contra habitantes de la Vila Cruzeiro y del Complejo del Alemán, no dejó de producir un estilo de cobertura periodística que, mucho más que ser acríticamente simpático a las acciones de “reconquista” en curso, se ha revelado incluso operacionalmente simbiótico con el Estado y casi indisociable de su dinámica.

El estilo de otras empresas periodísticas no ha sido muy diferente, si bien la Folha de São Paulo (o uno que otro articulista de la Folha, pero no todos) se viene mostrando, a ese respecto, un poco más comedida y un poco menos sensacionalista. Una pequeña nota de uno de los articulistas de la Folha (Nelson de Sá), publicada en una esquina de la página C5 de la edición de 29/11/2010, trae, sin embargo, lo que puede ser reputado como una de las llaves para nuestro entendimiento de la construcción de la “épica” arriba mencionada:. Amenazada por la Record en Río, la Globo “tiró” parte de la programación regular a partir del jueves 25, repitiendo la cobertura de la inundación que en 1966, en cinco días, con Walter Clark, la estableció como la TV de la ciudad.

Así fue hasta ayer, con la toma del Complejo del Alemán (…) - y su transmisión en vivo superó a la Récord por gran margen. Y prosigue así el articulista:

La cobertura global (…) se fundió al propio Estado, en compromiso semejante al de la Fox News en Irak. Su reportera llegó al Complejo del Alemán al lado de la policía. (…) El discurso de refundación del Estado y en las áreas retomadas fue único, de la cobertura como de las autoridades en la transmisión. (…) A decir de las relaciones públicas de la Policía Militar, “un nuevo tipo de guerra, también es una guerra mediática”.

Podríamos decir: es, esencialmente, y en varios sentidos, una “guerra mediática”…

La dimensión “biopolítica” de las Unidades de Policía Pacificadora (UPPs)

En excelente artículo publicado también en PassaPalavra, Eduardo Tomazine Teixeira examinó, meses atrás, algunas características de las Unidades de Policía Pacificadora (UPPs), implementadas ya en poco más de diez favelas de Río de Janeiro.2 Eduardo Tomazine contribuye, entre otras cosas, para llamar la atención hacia la geograficidad de la estrategia de las UPPs, como su localización preferencial (favelas enclavadas en medio a áreas turísticas y de residencia de los más privilegiados, en la Zona Sur de la ciudad).

Todo indica que las UPPs representan, al menos en parte, una especie de eficaz asfixia del tráfico de menudeo, puntualmente, al conseguirse una desterritorialización de los traficantes de menudeo en relación a algunas favelas. Es preciso destacar, con todo, y más allá de esta cuestión, no sólo lo que ya viene siendo comentado (generalmente de modo superficial, por parte de la gran prensa) en la ciudad, en lo tocante al temor de la clase media de una “migración” cada vez mayor de la violencia para la “ciudad formal”, debido a la desesperación de los traficantes que se verían sin gran parte de su fuente de renta habitual; es preciso subrayar que la estrategia de las UPPs, independientemente de sus otras limitaciones (y posible “perversidades”), es fundamentalmente irreproductible en gran escala.

Ya en 26 de noviembre, periodistas de la Folha de São Paulo, haciendo repercusión de declaraciones de la Secretaría de Seguridad Pública del Estado de Río de Janeiro, informaron que “no habrá instalación inmediata de una UPP en la comunidad [Vila Cruzeiro] - para eso sería necesario un efectivo de 2.000 a 3.000 nuevos policías, hoy no disponibles” (pág. C3). Como, en una escala global, los Estados Unidos bien saben (y como los antiguos romanos, Napoleón y Hitler, en parte dolorosamente, aprendieron muy bien), más temprano que tarde cualquier potencia militar percibe los límites para multiplicar sus contingentes de ocupación en “territorios enemigos”. La geopolítica urbana en curso de aplicación en Río de Janeiro, tan exitosa mediáticamente - del apoyo entusiasmado que la clase media y los experts en seguridad pública vienen dando a las UPPs al éxito de operaciones puntuales de “reconquista territorial” como la del así llamado “Día D”-, no es la excepción. Las UPPs serán instaladas en una pequeña fracción de las cerca de mil favelas de Río de Janeiro, y no podría ser diferente.

Existen, mientras tanto, otras consecuencias de las UPPs. Si los traficantes, físicamente, migran para favelas más distantes y allá se reinstalan, desalojando otros traficantes o territorializando nuevos espacio segregados, eso no contrariará frontalmente el cumplimiento del objetivo prioritario que es, a final de cuentas, garantizar mayor tranquilidad para la clase media y los turistas, pensando ya en la Copa del Mundo en 2014 y en las Olimpiadas en 2016. Pero hay más: conforme el diputado estatal Marcelo Freixo ya llegó, preocupado, a reconocer, existe un riesgo de que, con la valorización inmobiliaria que se viene observando en el entorno formal de favelas ya “pacificadas” e incluso en lo que concierne al mercado informal de ciertas favelas, la propia dinámica de valorización del espacio vaya, poco a poco, empujando para fuera de las favelas de la Zona Sur a los pobladores más pobres, que serían substituidos por grupos de poder adquisitivo un poco mayor - o mucho mayor, dependiendo de la localización. Es lo que se conoce, hace muchos años, como “expulsión blanca”. ¿Las UPPs, por lo tanto, están, en el mediano y largo plazos, al servicio del capital inmobiliario? Éste es un escenario altamente probable, y surgen los indicios y las evidencias de que, especialmente en una parte de la ciudad, eso ya comienza, despacio, a tornarse realidad.

¿Cuál sería, en fin, el significado de las UPPs, en el contexto de la geopolítica urbana en curso, y que envuelve diferentes aspectos?

La película “Tropa de Elite” pareció inducir al espectador a desdeñar preocupaciones críticas en torno del papel del Estado y del respeto a los derechos humanos, usando, como una de sus “ilustraciones” más emblemáticas, un grupo de estudiantes de la PUC (Pontificia Universidad Católica) que discutía las ideas del filósofo Michel Foucault. A la luz de la evidente importancia estratégica del control territorial en los marcos de la actual línea de la Secretaría de Seguridad Pública de Río, conforme ha subrayado insistentemente el secretario Mariano Beltrame, vale la pena, justamente, retornar a Foucault, inclusive para complementarlo (y, en parte, rectificar-lo) en dos puntos:

1) Por mucho que él haya colaborado de manera destacada y casi ímpar hacia la comprensión de la “microfísica del poder” y de la importancia de entender el poder (y la idea de poder) mucho más allá del Estado, el término “territorio” fue empleado por él, como regla, para referirse al aparato de Estado y a su soberanía. Mientras tanto, todo y cada poder que se ejerce, inclusive en las escalas más estrechas, “microfísicas”, posee una dimensión espacial, vale decir, propiamente territorial. Lo que está en curso, en Río de Janeiro, es un complejo conflicto de territorialidades, con intereses económicos y políticos divergentes por detrás (siendo que aún falta incorporar un agente al análisis, las “milicias”, lo que será hecho en la próxima sección). Y, por parte del Estado, claramente se ve el diseño, cada vez más nítido, de una geopolítica urbana.

2) Durante sus últimos cursos, Foucault probó y exploró el asunto de la “biopolítica”, que sería una “tecnología de poder” distinta de la “soberanía” (que un Estado ejercería territorialmente) y de la “disciplina” (que sería ejercida con el auxilio de estructuras espaciales como la prisión, el manicomio, etc.). La “biopolítica”, como el nombre sugiere, sería la tentativa de encuadramiento de poblaciones, no por medio de la represión, sino mediante un conocimiento de las características de la población (a través de censos, estadísticas, y estudios similares) y una tentativa de interferir, con base en eso, para hacer frente a situaciones contingentes y largamente inevitables (pero que de algún modo a ser enfrentadas), como las epidemias.3 Las preocupaciones con la “seguridad pública” igualmente deben, y con énfasis, ser articuladas con las actuaciones estatales en el campo “biopolítico”, no menos que los esfuerzos de encuadramiento específicamente soft y vinculados a las políticas y legislaciones de “bien-estar” (legislación laboral y de seguridad social, etc.), como fue el caso, históricamente, principalmente en ciertos países europeos - cosas que pueden ser entendidas como las versiones modernas del “poder pastoral”, para utilizar otra expresión foucaultiana.4 Todavía, Foucault se equivocó un poco al sugerir que el “poder pastoral”, más que al “territorio” (como es el caso del Estado en su búsqueda de preservación de la soberanía), apuntaría a las poblaciones, en su multiplicidad.5 Ahora, poblaciones y espacio son, siempre, indisociables - y, como se puede ver, las UPPs, al mezclar una promesa de políticas públicas “sociales” (compensatorias…) con una ocupación armada, presentan, cristalinamente, una dimensión “biopolítica”, más allá de las tradicionales acciones meramente represivas. De esa combinación deriva, además, en gran parte, su amplia aceptación, inclusive por una clase media “tolerante”. La territorialidad cuenta, y mucho, por lo tanto, y en todas las escalas, y en conexión con las políticas estatales de control más allá de la “soberanía” y de la “disciplina”, de la represión, del “vigilar y castigar”.

¿“Reconquista”?…

Para quien conoce y gusta de la Historia, la palabra “reconquista” se asocia a un proceso asociado a una espiral de fervor patriótico y fanatismo religioso: la reconquista de la Península Ibérica, con la expulsión definitiva dos moros por los españoles. Reconquista que, como se sabe, fue la antesala de la conquista de la América y la esclavización y el genocidio de las poblaciones amerindias.

Sea como sea, es necesario preguntarse: más allá de los efectos de chovinismo local (o, en menor grado, también propiamente nacional), con los sentimientos de “estamos venciendo” insuflados en gran parte de la población en medio de la “guerra mediática”, ¿qué es lo que, a final de cuentas, pueden incluso los más crédulos esperar en el medio y el largo plazo?

Las imágenes de las tropas del Ejército desfilando por callejuelas del Complejo del Alemán, inclusive con banda de música, en 2008, parecen haber caído en el olvido. Pareció a alguno/as (o a mucho/as), en aquella ocasión, que las “fuerzas del orden” se habían tomado posesión, definitivamente, de aquel “territorio enemigo”. No pasó mucho tempo para que, atropellado por los hechos, el efecto del alboroto mediático fuera reducido a nada.

¿Qué habría cambiado que justificaría mayor optimismo?

De cierta forma, es cierto que algo cambió: parece haber un grado de concertación y una “inteligencia sistémica” mayores ahora, y la entrada en escena de las UPPs es apenas un aspecto (aunque muy importante) del nuevo escenario. Que, entretanto, eso justifique “optimismo”, es, sin duda, una cuestión de perspectiva. O de intereses.

En la estela de las UPPs, y a pesar de la ola de incendios atribuidos a los traficantes de menudeo, la clase media está, después del “Día D”, más aliviada. Resta saber por cuanto tiempo.

En cuanto a los pobres, que son la gran mayoría de la población de la ciudad y del país (a despecho de los esfuerzos de celebración mediática de una “nueva clase media” en la cual, forzadamente, son enfilados los sectores de asalariados suburbanos, periféricos e incluso favelados capaces de adquirir ciertos electrodomésticos o un automóvil), seguramente continúan y continuarán siendo estigmatizados y segregados, aunque, a veces, en lugares más distantes - o, también, separados internamente, político-ideológicamente, entre “buenos pobres” (la “clase media baja” “ordenada” y “bien comportada”, residente en loteamientos irregulares o en favelas “pacificadas”) y “malos pobres” (los pobladores de ocupaciones de sin-techo, los ambulantes que insisten en su estrategia de sobrevivencia, los pobladores de favelas “no pacificadas”…). Admirable mundo nuevo!


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