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Autonomías y emancipaciones. Ecos del subsuelo: resistencia y política desde el sótano I

20.12.10

ECOS DEL SUBSUELO: RESISTENCIA Y POLÍTICA DESDE EL SÓTANO I
Raul Zibechi

La insurgencia era un empeño motivado y consciente de
las masas rurales. No obstante, esta consciencia parece
haber recibido poca atención en la literatura que trata de
este tema. La omisión se encubre en la mayoría de los
relatos con metáforas que asimilan las revueltas campesi-
nas a fenómenos naturales (…) Se buscará, alternativa-
mente, una explicación a partir de una enumeración de
causas que desencadenan la rebelión como una especie de
acción refleja. En cualquiera de los casos, la insurgencia es
considerada como algo externo a la conciencia campesina
y la Causa se erige como sustituto fantasma de la Razón.
RANAJIT GUHA (La prosa de la contrainsurgencia)
Un rasgo deplorable del espíritu occidental consiste en
relacionar las expresiones y las acciones con fines exter-
nos o trascendentes, en lugar de considerarlas en un plan
de inmanencia según un valor intrínseco.
GILLES DELEUZE-FÉLIX GUATTARI (Rizoma)
En los últimos quince años, en América Latina, los movimientos que fue-
ron capaces de plantear desafíos de envergadura al sistema –revueltas,
levantamientos y movilizaciones que desestabilizaron el dominio de las
élites– nacieron en los «márgenes» de la sociedad establecida y están
siendo protagonizados por los más pobres, los privados de derechos socia-
les y políticos. Los movimientos de los «sin» –sin techo, sin tierra, sin
trabajo, sin derechos…–, han mostrado un vigor tal que se han colocado a
menudo en el centro del escenario político.
La irrupción de estos nuevos actores ha desplazado al movimiento
sindical de su tradicional protagonismo en buena parte de los países, tanto
como la fuerza social transformadora que fue, como por su capacidad de
promover cambios en las formas de acción social. Pero los movimientos
actuales también han desplazado a la izquierda, sobre todo en las coyuntu-
ras de crisis extrema que han vivido las sociedades cuando el modelo
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AUTONOMÍAS Y EMANCIPACIONES. AMÉRICA LATINA EN MOVIMIENTO
neoliberal comenzó a agrietarse. Esto ha sido visible de forma transpa-
rente durante las revueltas en Argentina (entre 1997 y diciembre de
2001) y Bolivia (setiembre-octubre de 2003), y de forma inicipiente tam-
bién durante la crisis uruguaya del invierno de 2002, cuando los más
pobres protagonizaron saqueos ante la pasividad del movimiento sindical
que, en ninguno de los casos, consiguió estar a la altura de las circuns-
tancias que se vivían.
Estos nuevos actores han provocado también hondas conmociones en
otros países: (indios y pobres urbanos de Ecuador, Venezuela, Paraguay y
México entre los más destacados); en Brasil los excluidos (sin tierra y, en
menor medida, sin techo) han planteado desafíos profundos a los sucesi-
vos gobiernos, incluyendo al encabezado por Luiz Inacio Lula da Silva. Lo
cierto es que la acción de los nuevos protagonistas, nacidos en la intersec-
ción de viejos actores reconfigurados y de los nuevos pobres producidos
por el modelo neoliberal, han conseguido modificar el mapa social y políti-
co del continente, poniendo al modelo por primera vez a la defensiva.
Por último, como lo demuestran las insurrecciones argentina y bolivia-
na, pero también las movilizaciones en Perú, Venezuela y Ecuador, existe
un nuevo protagonismo urbano visible incluso en las grandes ciudades que
hasta ahora habían sido los espacios más favorables al modelo neoliberal.
Los desafíos iniciales partieron desde las áreas rurales y pequeñas ciuda-
des, hacia comienzos de los noventa, en las que no había sido desarticula-
do el tejido social que hacía posible la resistencia. Sin embargo, en los
últimos años se han producido levantamientos urbanos que nos indican
que las luchas más importantes parten ahora de sujetos más heterogéneos
que la anterior clase obrera, luego de haber atravesado un proceso de
reconfiguración interna.
Que este conjunto de desafíos haya surgido desde los «márgenes»8
(o desde el «sótano», como acertadamente apuntó el subcomandante Mar-
cos), tiene profundas implicancias para el proceso de cambios sociales y
políticos, pero estimula también la reflexión en los movimientos y entre
quienes los acompañamos. Por un lado, los movimientos actuales han crea-
do nuevos espacios de organización y resistencia. Brevemente: Caraco-
les, territorios étnicos, cuarteles aymaras, que se erigen como regiones
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Utilizo las palabras «márgenes» y «marginalidad» en un sentido meramente descriptivo.
El vocablo «exclusión» se refiere a personas o sectores sociales que no están incluidos en
los derechos sociales, en ocasiones políticos, creados en el marco de los Estados nacio-
nales durante el período de vigencia de los Estados del bienestar.
ECOS DEL SUBSUELO: RESISTENCIA Y POLÍTICA DESDE EL SÓTANO
autónomas de hecho, explícitas o no9. Pero estos espacios no se reducen
ya a las áreas rurales, sino que los pobres están produciendo profundas
transformaciones urbanas entre las que sobresale la ciudad aymara de El
Alto, y cobran mayor visibilidad los desafíos lanzados desde los asenta-
mientos urbanos creados por los nuevos pobres en ciudades como Buenos
Aires, Montevideo y Asunción, por mencionar sólo los procesos que se
registran en el sur del continente, que es el universo que contempla este
trabajo.
¿Cómo se han configurado estos actores? ¿Cómo han pasado de
una situación de aparente pasividad a la situación actual en la que son
capaces de producir su propia vida y desafiar a los poderosos? ¿Esta-
mos ante una tercera oleada de movimientos, que agregaría a los viejos
y los nuevos una nueva categoría de movimientos nacidos del subsuelo
pobre y marginalizado?
Por otro lado, los nuevos sujetos no sólo desafían al Estado y a las
clases dominantes, también ponen en cuestión los saberes y las prácticas
de las izquierdas y de los viejos movimientos, sino también las teorizaciones
que surgieron a raíz de la emergencia de los «nuevos movimientos socia-
les», más allá de que compartan características y rasgos comunes. Plan-
tean grandes interrogantes sobre el futuro de las luchas sociales. Los Es-
tados benefactores y el desarrollo industrial por sustitución de importacio-
nes permitieron la creación de un amplio y bien organizado movimiento
sindical y partidos de izquierda con activa presencia en ese movimiento.
Sus estructuras organizativas estuvieron inspiradas en la lógica unitaria y
centralizadora de los Estados que era, a su vez, referente, objeto y objetivo
de su acción. La adopción de formas de lucha adecuadas a los fines de
presionar para negociar en mejores condiciones (la huelga y la manifesta-
ción, en primer lugar), eran útiles para conseguir sus demandas, les permi-
tían unificar a los trabajadores a través de la solidaridad de clase y alenta-
ron el nacimiento de un patrón de acción de carácter instrumental que
obtuvo buenos resultados.
En este nuevo período, ¿cuáles son las formas de organización y de
acción que adoptan los nuevos actores? ¿Cómo se relacionarán con el
Estado y con los partidos de izquierda? ¿Darán prioridad, como lo hizo el
movimiento obrero, a luchar por instalar gobiernos afines a sus intereses?
¿Se institucionalizarán? En suma: ¿cómo es, o será, la política de los que
9
Sobre los «territorios étnicos» en Ecuador puede consultarse : Galo Ramón Valarezo
(1993) y sobre los cuarteles aymaras a: Félix Patzi (2003).
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AUTONOMÍAS Y EMANCIPACIONES. AMÉRICA LATINA EN MOVIMIENTO
están en los márgenes del sistema, de los «no-taylorizados»? Y algo aún
más perturbador: ¿qué es la política en sociedades fragmentadas, con Es-
tados nacionales en decadencia y para sujetos que están en el subsuelo?
No pretendo responder preguntas que sólo el tiempo y la profundiza-
ción del protagonismo social podrán hacerlo. Sólo pretendo demostrar la
pertinencia de esas preguntas; o sea, que las nuevas formas de lucha y
organización no necesariamente serán «calco y copia» de las que practi-
caron el movimiento sindical y la izquierda de los sesenta. Hasta ahora,
concedimos la posibilidad de la diferencia a las comunidades zapatistas de
Chiapas10 y, en menor medida, a los demás movimientos de raíz india de
nuestro continente, pero no así a los nuevos actores, en particular a los
urbanos, que son el resultado de la actual fase excluyente del capitalismo.
Debajo de todo esto, tal vez no haya nada demasiado nuevo. Sucede,
sin embargo, que la crisis de los Estados y de los poderes dominantes y el
fortalecimiento de los movimientos sociales, en suma, «la combinación de
resquebrajamiento del sistema y las insurgencias subalternas, traen a la
luz fuerzas acumuladas en ese subsuelo» que hasta hace poco tiempo nos
resultaban invisibles (Hylton y Thomson, 2003:17).
La creación de espacios
Estamos transitando hacia nuevas relaciones entre sujetos y territorios.
En el período de hegemonía del movimiento obrero, el concepto de territo-
rio aparecía desdibujado ante la centralidad de las relaciones de produc-
ción. La clase parecía disolverse fuera de la fábrica, por más que el poder
de la clase obrera fuera incomprensible sin tener en cuenta los bastiones
en que ancló su potencia, en las periferias de las grandes ciudades conver-
tidas en comunidades obreras o espacios de contrahegemonía, estrecha-
mente vinculadas al taller y al municipio (Lojkine, 1988). En paralelo, el
discurso de la igualdad –tejido con las hebras de la ciudadanía que el Esta-
do benefactor canjeaba a cambio de reconocerle legitimidad– opacó una
realidad en la que se mantenían (y disimulaban) las diferencias, que hoy
emergen con toda su capacidad de desestructuración.
En poco tiempo se registraron profundos cambios de las territoriali-
dades en las que se instituyeron los Estados nacionales, las industrias
locales y las clases que las sostuvieron. La desterritorialización (huida
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El texto «Un mundo nuevo», del subcomandante insurgente Marcos puede ser una buena
síntesis de las respuestas zapatistas a estas y otras preguntas.
ECOS DEL SUBSUELO: RESISTENCIA Y POLÍTICA DESDE EL SÓTANO
del capital, desindustrialización, crisis de los sujetos y de la forma de
ocupar sus territorios) provocó emigraciones masivas dentro de las fron-
teras nacionales y, muy en particular, dentro de las diferentes tramas
urbanas, ya sea entre ciudades o bien dentro de las mismas ciudades
afectadas por la re-territorialización.
En todo caso, y esto es uno de los cambios más notables sucedidos en
América Latina, la potencia que emerge en los nuevos bastiones insurgen-
tes no aparece vinculada a la fábrica (inexistente, virtual o parte del meca-
nismo de exclusión) ni está mediatizada por el municipio, que ahora apare-
ce en franca relación de dependencia respecto de los nuevos sujetos a los
que no aspira a integrar ni puede ya representar; y que, en el mejor de los
casos, busca neutralizar por la vía del clientelismo.
Las nuevas relaciones entre territorios y sujetos parten de la desterri-
torialización anterior, que representa una herida en la trama urbana. La
huida del capital respecto de la clase obrera es, simultáneamente, una
huida de los espacios en los que el poder obrero territorializado lo aprisio-
naba. Pero cuando huye, «lo hace dejando atrás un rastro de devasta-
ción», porque «el capital, por naturaleza, crea unos ambientes físicos a su
imagen y semejanza únicamente para destruirlos más adelante, cuando
busque expansiones geográficas y des-ubicaciones temporales, en un in-
tento de solucionar las crisis de sobreacumulación que lo afectan
cíclicamente» (Harvey, 2004). Esa devastación se resume, en América
Latina, en desocupación y pobreza extrema, en la expulsión lisa y llana de
millones de trabajadores de la ciudad consolidada hacia los arrabales
inhóspitos, fétidos e inundables. En el Cono Sur tenemos tres ejemplos
relativamente recientes: la expulsión manu militari de 200 mil pobres de
la ciudad de Buenos Aires hacia la periferia, en 1977 por la dictadura
militar; la expulsión de 24 mil mineros y sus familias, en 1985 en Bolivia,
una parte de los cuales recaló en la ciudad de El Alto y otra parte, luego de
un extenso periplo, terminó afincándose en el Chapare para trabajar como
cultivadores de hoja de coca; y la expulsión a lo largo de dos décadas del
17 por ciento de la población de Montevideo, desde sus antiguos barrios
obreros y de clases medias hacia la periferia, donde 280 mil desocupados
y subocupados viven ahora en asentamientos irregulares.
De la ciudad integrada a la ciudad segregada. Sin embargo, el hábitat
es el espacio donde se forja una cultura y su territorialidad, «donde se
constituyen los sujetos sociales que diseñan el espacio geográfico apro-
piándoselo, habitándolo con sus significaciones y prácticas, con sus sen-
tidos y sensibilidades, con sus gustos y goces» (Leff, 1998: 241). Esta
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AUTONOMÍAS Y EMANCIPACIONES. AMÉRICA LATINA EN MOVIMIENTO
fractura espacial nos habla de una fractura cultural apoyada en diferen-
cias preexistentes, cuestión que tiene especial importancia en países que
creíamos relativamente homogéneos como Argentina, Chile y Uruguay.
Ahora descubrimos que esa supuesta homogeneidad social encubría, bajo
el manto de una cultura obrera que abarcaba al conjunto de los sectores
populares, un «algo más» que se nos revela también en fragmentos. Y es
que los conceptos que aprendimos acerca de la «cultura obrera» legados
por la «historia social» europea y estadounidense, tal vez no podían dar
cuenta de las particularidades y diferencias de las clases obreras de esta
porción del Sur11.
Ahora bien, ¿qué sucede con los sujetos que se forjan en los territorios
segregados? Reflexionando sobre la trayectoria de los seringueiros, Por-
to Gonçalves apunta con perspicacia que «nuevos sujetos se insinúan ins-
tituyendo nuevas territorialidades» (Porto, 2001: 208), una consideración
adecuada a condición de que reconozcamos que estamos hablando no
sólo de otros territorios sino también de otros sujetos. No de los mismos
sujetos reconfigurados, modificados por los nuevos espacios y estrategias
de supervivencia.
Los no ciudadanos, o sea aquella parte de la sociedad desciudadanizada,
los que perdieron sus espacios y sus lugares en la sociedad neoliberal,
están abriendo sus propios espacios en un proceso de luchas en el que se
despliegan como sujetos. Se trata de espacios creados, diseñados y con-
trolados por esos mismos sectores. Comprenderlo así supone invertir la
mirada: dejar de lado la mirada negativa y estadocéntrica –definiéndolos
por lo que no tienen (carentes, excluidos, marginados)– para adoptar otra
que tenga como punto de partida las diferencias que ellos han creado
para, desde allí, visualizar otros caminos posibles. De esta forma, los po-
bres de la ciudad se incorporan a la experiencia que ya venían haciendo
los pobres del campo –tanto los indios como los campesinos sin tierra–
que en un prologando proceso de luchas han creado o ampliado sus espa-
cios arrebatando millones de hectáreas al latifundio y los hacendados, o
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Lo cierto es que la homogeneidad cultural nunca existió, como han señalado quienes
trabajaron desde la perspectiva de la historia social, con E.P. Thompson a la cabeza.
Pero ahora estamos ante un problema mayor. Los cambios que se verificaron en nuestras
sociedades son de tal envergadura, que para comprenderlos no es suficiente el legado de
la historia social (historia de la clase obrera, básicamente); todo indica que deberíamos
inspirarnos –incluso en los países y regiones en los que no quedan casi vestigios de los
pueblos originarios– en los llamados «estudios subalternos», ya que la complejidad de una
sociedad fragmentada por «neocolonialización», requiere otros instrumentos analíticos
más adecuados que los que venimos utilizando, por lo menos en el Río de la Plata.
ECOS DEL SUBSUELO: RESISTENCIA Y POLÍTICA DESDE EL SÓTANO
bien consolidando los espacios que ya tenían (caso de las comunidades
indias) al recuperar el control de sus propias comunidades.
Los asentados crearon formas organizativas nuevas estrechamente
vinculadas al territorio: la unidad básica en lo cotidiano es la manzana,
que elige un responsable o «manzanero», quienes se reúnen en un cuer-
po de delegados que elige una comisión directiva. Las asambleas de
todos los vecinos del asentamiento se convocan para decidir los asuntos
más importantes. Este tipo de organización implica «la existencia de todo
un movimiento comunitario donde la vida del hogar parecía prolongarse
hacia la comunidad» (Merklen, 1995). En efecto, una de las caracterís-
ticas al parecer destacadas de la organización territorial es su carácter
comunitario, cuestión que no sólo indica que los nuevos movimientos
urbanos están en sintonía con los indígenas y sin tierra, sino que supone
lógicas de acción muy distintas a la de las asociaciones obreras de ca-
rácter instrumental.
Los desafíos al sistema son impensables sin la existencia de espacios
fuera del control de los poderosos. Según James Scott, la primera condi-
ción para que los grupos subordinados puedan enarbolar su discurso oculto,
es «que se enuncie en un espacio social apartado donde no alcancen a llegar
el control, ni la vigilancia, ni la represión de los dominadores (2000: 149). Los
espacios autocontrolados por los dominados son siempre espacios «lejos
de», lo que garantiza cierta autonomía, nacen y crecen en «los eslabones
débiles de una cadena de socialización» (2000: 152).
Hasta hace pocos años, el único sector social que contaba con espa-
cios autocontrolados eran las comunidades indias. Sobre todo luego de
que la cultura consumista hiciera desaparecer o desfigurara el papel de los
clásicos espacios obreros, como la taberna, y que las nuevas formas de
organización del trabajo neutralizaran los espacios de comunicación entre
los trabajadores. Sin embargo, los sacudones provocados por el neolibera-
lismo, en particular las migraciones internas aceleradas de las dos últimas
décadas, aumentaron las brechas y las grietas por donde los más pobres
han venido creando nuevas formas de sociabilidad y resistencia.
Si observamos de cerca los desafíos más importantes lanzados por los
sectores populares, veremos que todos ellos partieron de los «nuevos»
territorios, más autónomos y más autocontrolados que los que existieron
en los períodos anteriores del capitalismo: El Alto, en Bolivia; los barrios y
asentamientos de desocupados, en Argentina; los campamentos y asenta-
miento sin tierra en Brasil; los barrios populares en Caracas, y las regiones
indígenas en Chiapas, Bolivia y Ecuador. Más adelante veremos que la
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AUTONOMÍAS Y EMANCIPACIONES. AMÉRICA LATINA EN MOVIMIENTO
crisis de las viejas territorialidades supone, en paralelo, una crisis no me-
nos profunda de los sistemas de representación.
Afirmar(se en) las diferencias
Sabemos que sin diferencia no existen ni sujetos ni movimientos sociales.
Pero la diferencia es, también, una de las claves del cambio social, según
lo vienen mostrando los movimientos que están emergiendo en las dos
últimas décadas. En este período del capitalismo el sentido de las luchas de
clases parece haberse invertido. En el período del Estado benefactor las
luchas tenían un efecto integrador porque, más allá de las demandas con-
cretas que enarbolara cada sector social, el modelo de desarrollo era capaz
de ofrecerle un lugar a los sectores populares. En ese período, la lucha era
impensable sin elevar demandas al Estado. Los sindicatos, con sus estructu-
ras estadocéntricas, sus reglas y formas de la democracia representativa,
reforzaban esa tendencia. En la lucha los de abajo aprendían a ejercitarse
como ciudadanos. Por el contrario, en este período excluyente del capita-
lismo la lucha social de los excluidos tiende a reforzar las diferencias.
Las distancias entre el viejo movimiento obrero y sindical y los actores
actuales son nítidas en dos aspectos: las relaciones con el territorio y las
relaciones de re-producción. Las primeras suponen el paso de la hetero-
nomía a una autonomía relativa, evidenciada en el momento insurreccional.
La segunda, íntimamente vinculada a la anterior, supone el tránsito que
están haciendo los sujetos desde la dependencia del capital al control de la
producción y reproducción de sus condiciones de vida. Ambos suponen un
giro copernicano en el movimiento social urbano y constituyen, a mi modo
de ver, la principal diferencia entre los movimientos latinoamericanos y los
del primer mundo (Zibechi, 2003a).
Del arraigo y el control territoriales pueden deducirse un conjunto de
características que atraviesan a los nuevos movimientos. Una de las más
destacadas es que «el espacio es el lugar por excelencia para la diferen-
cia» (Porto, 2001: 45). Manejos diferentes de los espacios producen situa-
ciones diferentes. Frente a la anterior ciudad controlada por el capital,
incluyendo el diseño y la construcción de los barrios obreros por el Estado
o por la iniciativa privada, espacios de vida, sociabilidad y ocio regidos por
el tiempo fabril y la lógica de la acumulación, se erige ahora una nueva
ciudad fruto del deslizamiento-movimiento-fuga de una porción nada des-
deñable de la población obrera hacia espacios fuera del control del capital;
o por lo menos donde el capital tiene una presencia limitada y distante.
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ECOS DEL SUBSUELO: RESISTENCIA Y POLÍTICA DESDE EL SÓTANO
El asentamiento, aunque formalmente tiende a reproducir la trama
urbana de la ciudad consolidada, se cimenta en rasgos propios, siendo
quizá el más destacado la autoconstrucción del hábitat, desde la vivienda
hasta los espacios públicos y las calles. Aparece aquí un abanico de reali-
dades, atravesadas por las diferencias: en cuanto a los espacios en el
interior de la vivienda (donde sobresale un gran espacio central de integra-
ción familiar) respecto a la clásica vivienda obrera (inspirada en la
funcionalidad de pequeños ambientes compartimentados, calcados de la
vivienda de las clases medias), hasta las peculiaridades urbanísticas y ar-
quitectónicas que, en ciudades como El Alto, se traducen en el nacimiento
de un estilo inspirado en el barroco mestizo al que algunos arquitectos
denominan como «barroco posmoderno» (Limpias, 2002). El propio dise-
ño de los nuevos asentamientos, donde predomina la vivienda de una sola
planta, responde a una lógica distinta a la de la gran ciudad: «Mientras
unos se arrinconan y superponen incómodamente, los otros se expanden
libre y generosamente. Esta diferencia pos sí sola marca distintos caminos
en el urbanismo y la arquitectura, además de las diferencias culturales»
(Limpias, 2002).
En suma, concentración versus dispersión. El manejo de un espacio
«disperso» brinda a los nuevos sujetos otras posibilidades: una de las más
importantes consiste en la deconstrucción del control panóptico que supone,
necesariamente, cierto grado de concentración de la población12. Si la ciu-
dad construida a imagen y semejanza del capital –lógica de la concentra-
ción– anulaba la autonomía de los sujetos, la ciudad dispersa se abre a la
diferencia; pero la diferencia está asentada en los lazos, que son de carácter
comunitario. Parece, en estos casos, más adecuado a la realidad de estas
formas de asentamiento hablar de «lazos comunitarios» que de «comuni-
dad», para no eludir las diferencias con las comunidades tradicionales. En
todo caso, la intersección entre diferencia y lazos comunitarios es posible en
el territorio, convertido –muy en particular durante los momentos de la rebe-
lión– en unidad política exclusiva y excluyente (Clastres, 2003, 43-45).
En este sentido, la actitud del Estado argentino y del uruguayo en los
momentos de crisis fue la de prevenir el carácter excluyente de la territo-
rialidad de la diferencia, como pudo suceder exitosamente en El Alto. Los
1 2 Durante la insurrección boliviana de octubre de 2003, los rebeldes derribaron pasarelas
peatonales desde las que los militares vigilaban y disparaban sobre la población. Del
mismo modo, el control sobre los asentamientos –espacios planos dispuestos sobre
grandes superficies– supone para el aparato represivo ingresar al barrio ya que no existen
«alturas» desde las que poder vigilar.
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AUTONOMÍAS Y EMANCIPACIONES. AMÉRICA LATINA EN MOVIMIENTO
asentamientos y barrios pobres del cinturón de Buenos Aires fueron pre-
sos, en el contexto del 19 y 20 de diciembre, de un operativo policial des-
tinado a enfrentar unos barrios con otros, difundiendo rumores, actuando a
través de líderes vecinales o directamente a través de la policía. Idéntica
situación se verificó en Montevideo el 31 de julio y 1 de agosto de 2002, en
el pico de la crisis financiera y social. Sin embargo, encuentro enormes
similitudes entre las insurrecciones argentina (2001) y boliviana (2003),
que derivan de las dos consideraciones con que inicio este apartado.
Por ahora me interesa destacar que los sujetos actúan potenciando las
diferencias, profundizándolas; afirmando las diferencias y a la vez apo-
yándose en ellas. Si la lógica del movimiento obrero era negar la diferen-
cia (hacia «afuera» convirtiendo al obrero en ciudadano y hacia «adentro»
reproduciendo en la organización la lógica centralista y unitaria del estado-
capital), los nuevos sujetos rehúyen ambas actitudes. El camino recorrido
ha sido, también, diferente: la resistencia obrera en el seno del taller neutra-
lizó el taylorismo y lo desbordó como dispositivo de control y de producción;
la consiguiente huida del capital, o sea la victoria de la insubordinación obre-
ra, supuso la fuga (iniciada con la resistencia y el desborde) obrera de las
relaciones de producción y subordinación establecidas con el capital. En
paralelo, se produce un desborde de todas las instancias de control y
disciplinamiento, desde la familia hasta la escuela. La destrucción de los
espacios creados por el capital, condición de su huida (Harvey, 2004), dejó
el terreno libre para nuevas formas de apropiación del espacio por parte de
los insubordinados, lo que supuso el tránsito de la lucha por la tierra (como
valor de cambio y medio de producción) a la lucha por afirmar una territoria-
lidad (territorio como valor de uso, espacio donde se practica un modo de
vida asentado en una cultura). Pero esa re-territorialización no se produce
ahora sobre las mismas bases sino que nace de forma inversa: procede del
interior de sujetos en formación, portadores de una «otra» cultura-modo
de vida que se va fraguando en el proceso de resistencia-insubordinación.
Los grupos que emergen como movimientos lo hacen construyendo
nuevas identidades políticas y culturales. En ese sentido, el término «movi-
miento social» debe entenderse como rechazo del lugar asignado o im-
puesto y como cambio de lugar social, como deslizamiento en sentido es-
tricto, lo que hace que en ese punto «la geografía y la sociología se con-
fundan» (Porto, 2001: 198). Pero si una clase es, como señala E. P.
Thompson, un conjunto de relaciones históricas, esos «cambios de lugar»
llevan implícitos cambios en las relaciones. Veamos: las diferentes relacio-
nes con el territorio contribuyen a generar, en cada caso concreto, sujetos
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ECOS DEL SUBSUELO: RESISTENCIA Y POLÍTICA DESDE EL SÓTANO
diferentes. Pero estos sujetos crecen diferenciándose y haciendo de esa
diferencia peldaños de afirmación que redundan en más crecimiento dife-
renciado, no lineal sino –tendencialmente– circular. La lucha es entonces
distinta a la lucha obrero-sindical, y lo es en su sentido más profundo: la
lucha es para y por la defensa y potenciación de la diferencia.
La producción de vida en los territorios, marca una segunda ruptura
radical respecto del pasado industrial. Los sectores populares han puesto
en pie, por primera vez en el espacio urbano, un conjunto de formas de
producción autocontroladas, aunque articuladas y dependientes del mer-
cado. Sin embargo, este aspecto no puede hacer perder de vista el hecho
fundamental de que vastos sectores controlan ellos mismos sus formas y
tiempos de producción, no dominados ahora por el tiempo del capital y su
división del trabajo.
En una primera etapa, los nuevos pobres concentraron sus estrategias
de supervivencia en los servicios, reciclando materiales de desecho de la
sociedad de consumo o aprovechando las grietas para instalarse en áreas
como el comercio a través de microempresas o iniciativas familiares. Con
el tiempo, llegaron también a la producción manufacturera. La ciudad de
El Alto debe ser una de las más cuidadosamente analizadas por el Estado
y las organizaciones no gubernamentales. El 70% de la población ocupada
trabaja en el sector familiar (50%) o semiempresarial (20%)13. Ese tipo
de emprendimientos es mayoritario en el comercio y restaurantes (95%
de los ocupados), seguidos por la construcción (80%) y la manufactura
(75%). En esos sectores predominan los jóvenes: más de la mitad de los
empleados en la manufactura tienen entre 20 y 35 años, siendo la presen-
cia femenina abrumadora en el comercio y los restaurantes de las catego-
rías familiar y semiempresarial (Rojas y Gauygua, 2003).
En El Alto, el protagonista principal de los mercados laborales es «la
familia, tanto como unidad económica generadora de empleo o como con-
tribuyente de mayor número de trabajadores en calidad de asalariados»
(Rojas y Guaygua, 2003: 75). En esos espacios surge una «nueva cultura
laboral y social», signada por el nomadismo, la inestabilidad y relaciones
de trabajo diferentes.
Una investigación cualitativa en las unidades familiares, en las que
trabaja la mitad de la población activa de El Alto, concluye que no hay
separación entre la propiedad y la gestión de la unidad económica y del
13
Las unidades semiempresariales tienen menos de cuatro trabajadores, siendo uno o dos de
ellos familiares, en general el propietario que también trabaja, y otros dos son empleados.
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AUTONOMÍAS Y EMANCIPACIONES. AMÉRICA LATINA EN MOVIMIENTO
proceso productivo, y que en el sector semiempresarial esa separación se
registra sólo en el aspecto de la propiedad. La división del trabajo en el
taller, aún en los casos en los que la mercancía atraviesa diversos proce-
sos, es mínima; salvo excepciones todos los que trabajan pueden rotar sin
que el proceso productivo se resienta. En las unidades familiares predomi-
na el trabajo familiar no remunerado; en buena parte de los casos estudia-
dos, unos se enseñan a otros cómo hacer el trabajo y la administración del
tiempo empleado en la realización del producto es de exclusiva responsa-
bilidad de quien trabaja, siempre que cumpla a tiempo con los pedidos
(Poveda, 2003: 22-23). En muchos casos, el estudio señala que algunas
microempresas articulan un amplio conjunto de unidades familiares, pero
cuando el «propietario» les paga el trabajo suele entregar a las familias
«ayudas» o «préstamos en tiempos de necesidad» (Poveda, 2003: 17).
En estos talleres, Álvaro García Linera observa «una mayor autono-
mía de gestión laboral» ya que se trata de «una actividad productiva que
no queda bajo la directa vigilancia de la patronal» (1999: 118). Agrega que
estas formas de producción son no-capitalistas (aunque el mercado y el
capital las «refuncionaliza»), e insiste en que no son transitorias sino «la
forma histórica y a mediano plazo de la reproducción ampliada del capital
en Bolivia» (1999: 201). Quiero destacar que la mayoría abrumadora de
los trabajadores de El Alto, y del conjunto del país, no están sujetos a la
división taylorista del trabajo, dominan los tiempos de producción y prac-
tican una organización del trabajo casi indivisa, con capacidad de rota-
ción entre los distintos puestos. Este trabajador joven, con elevada pro-
porción de mujeres, muy pobre pero instruido (sólo 8 por ciento de analfa-
betismo en El Alto, pero el 52% han hecho como mínimo algún año del
secundario), con gran autonomía en sus trabajos, con una fuerte presencia
de lo familiar, es el que protagonizó la insurrección de setiembre-octubre
de 2003.
Mi pregunta es si existe alguna relación entre este tipo de desempeño
laboral-familiar autónomo y el hecho de que esos mismos sectores hayan
sido capaces de protagonizar una insurrección sin dirección ni dirigentes.
La pertinencia de la pregunta radica en que durante el período en que los
obreros cedieron la organización del trabajo a la patronal y la gestión de la
sociedad al Estado, para luchar necesitaban apoyarse en estructuras
jerarquizadas y centralizadas, y dependían de sus dirigentes –sindicales y
políticos– que los representaban y tomaban las decisiones.
La autonomía de este tipo de poblador respecto del capital corre pare-
ja con su autonomía respecto del Estado. En efecto, los problemas más
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ECOS DEL SUBSUELO: RESISTENCIA Y POLÍTICA DESDE EL SÓTANO
importantes de su vida cotidiana, desde la construcción y mantenimiento
del hábitat (vivienda, agua, alcantarillado y calles) hasta aspectos esencia-
les de la educación y la salud, han sido tomados en mano propia a través
de una impresionante red de organizaciones de base. Sólo en El Alto exis-
ten, según las diferentes fuentes, entre 400 y 550 juntas vecinales, a razón
de una cada mil habitantes mayores de diez años.
El camino de los excluidos bolivianos no es muy diferente del de otros
países del continente (Zibechi, 2003b). Incluso en un país como Argenti-
na, que tuvo una importante industrialización para los parámetros de la
región, la Central de los Trabajadores Argentinos (CTA) sostiene que los
cambios en el trabajo han llevado a que los incrementos salariales sólo
alcancen al 19% de la población activa, lo que representa apenas al 8% de
la población del país. Por esa razón, la CTA asegura que la acción sindical
no puede estar centrada en el salario. El 60% de la población activa está
desocupada, son trabajadores por cuenta propia y asalariados informales
no registrados (Nochteff y Güell, 2003).
Véase cómo en el aspecto productivo opera la misma lógica de la
dispersión que hemos detectado en la construcción territorial del hábitat.
Dispersión, que no descentralización, lógica estatista esta última que ope-
ra desde arriba y es exterior a los sujetos. La de la dispersión es una lógica
interior en la que los sectores involucrados despliegan su modo de vida
estableciendo una relación diferente con el territorio. Esa lógica interior
estaría indicando que, para sobrevivir, los sujetos optan por desplegarse en
el territorio en función de una lógica que surge de lo familiar-comunitario.
Quedan pendientes un conjunto de preguntas sobre la forma como se
desempeñan los emprendimientos sociales, culturales y económicos entre
los sujetos que viven en los «márgenes» del sistema. La más importante
me parece que está relacionada con el papel de lo familiar, estructurado
en torno a una nueva familia extendida. Parece evidente que la lógica
familiar, o doméstica, se expande hacia la sociedad y empapa las relacio-
nes que establecen los sujetos para producir y reproducir sus vidas; pero
también tiende a moldear las formas que los colectivos adoptan para de-
fenderse de las agresiones y para combatir a sus adversarios. ¿Estamos
ante una suerte de nuevo modo de producción doméstico? ¿O ante nuevas
territorialidades en formación que se apoyan en un «espacio doméstico y
de producción» (Porto, 2001: 203), que induce otras formas de desplegarse
los sujetos en el espacio?
Si, como pienso, la realidad va por el segundo carril, estamos ante la
creación de nuevas situaciones signadas por la profundización de las dife-
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AUTONOMÍAS Y EMANCIPACIONES. AMÉRICA LATINA EN MOVIMIENTO
rencias. El desocupado de los sectores populares que vive en asentamientos
afirma su diferencia convirtiéndose en piquetero y más tarde en productor
autónomo. El camino es muy similar entre otros grupos de la región, que
combinan la fuga de las relaciones capitalistas con la simultánea creación de
relaciones en la dispersión, como forma de afirmar la diferencia.


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