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La comunidad, el trabajo y el pájaro Dodó

01.03.11

La comunidad, el trabajo y el pájaro Dodó

Algunos analistas de la comunidad consideran que el trabajo es la argamasa de la comunidad, como que fuese el eje o el elemento aglutinador. Se habla del cemento de la comunidad, que la mantiene firme y unida.

Ellos constituyen, a mi entender, parte de la camada intelectual que ha conseguido entender, aceptar y aplicar los conceptos counitarios más allá de la dinámica reivindicativa de los movimientos sociales, sin embargo en algunos es importante conseguir fondos del estado para desarrollar las actividades productivas a escala y en otros aparece el concepto de que la comunidad debe establecer vínculos con el mercado.

Eso puede ser analizado desde dos puntos de vista, de los principios, lo que no parece pertinente, pues si bien es posible establecer diseños y reglas no capitalistas o alternativas para una experiencia comunitaria, se trata de ver como ella sobrevive en medio de la vorágine institucional-mercantil y como se va moldeando a si misma desde la sociedad fragmentada hacia la vida comunitaria.

Desde otra mirada, Enric Durán (llamado el Robin Hood de los Bancos) y el Colectivo Crisis, junto a otras personas y agrupaciones, han levantado en Catalunya el encuentro de Los que no Queremos Vivir en el Capitalismo, donde constatan que es posible hacerlo articulando las más variadas formas de dinámicas en el espacio-hábitat común, cosa que fue discutida en Valparaíso, Chile, en el contexto del Primer Foro Mundial del Saber Aplicado, instalando ellos la propuesta sobre redes de afinidad conceptual, o sea, se entrelazan los que están de acuerdo, convencidos, de mentalidad anticapitalista. Algo parecido realizan de forma más reducida e incipiente los compañeros anarquistas agrupados en las llamadas sociedades de resistencia, órganos de estímulo a la produccción autogestionaria, cooperación y apoyo mutuo, también entre afines.

La población que no entiende estas propuestas queda al margen, no las acepta y queda entremedio del fuego cruzado de consignas, experiencias y propaganda entre los colectivos y redes de afinidad por un lado y entre el estado y el mercado por el otro. Similar es el caso, salvando las diferencias, de las comunidades indígenas, afrodescendientes, campesinas y barriales en Colombia, que viven entre las ofensivas, explosiones y disparos de las guerrillas por un lado y los paras y los militares por el otro.

Los asentamientos del MST en Brasil están subordinados a la organización partidaria, al estado, al mercado, bancos, ministerios, etc. por medio de una reforma agraria clásica que ha sido históricamente impulsada por la burguesía y las izquierdas que aspiran al poder. También por medio de una legislación que obliga a depender de los bancos, préstamos, insumos, herramientas, semillas, vehículos y etc. Después de los dos gobiernos de Lula, quien no quiso conceder ni un solo asentamiento, el MST, que llegó a contar casi con un millón de personas antes de ganar su partido el gobierno, hoy día no cuenta ni tan siquiera con la tercera parte de esa cifra y se siguen desprendiendo grupos y corrientes deseosas de recuperar la autonomía necesaria para luchar por la tierra o de ponerse a disposición de las políticas estatales de distribución de las canastas para pobres. De 6 organizaciones campesinas y de sin tierra que habían antes de Lula, Brasil cuenta actualmente con más de 100 organizaciones del campo. Hoy día el gobierno Lula ha desmovilizado de tal manera a la población repartiendo millones de canastas “contra la pobreza” en el norte del país, que ha consolidado el capitalismo brasileño de tal manera que el campesinado sólo tiene como futuro la organización en esos asentamientos, quedando practicamente imposible retomar la lucha directa por la tierra. La condición que pusieron la burguesía y los militares para apoyar el lulismo fue de contener y paralizar al MST. Misión cumplida. El MST hoy día no es ni la sombra de lo que fue anteriormente y se le deja cumplir funciones burocráticas y de propaganda siempre y cuando no ocupe tierras. Misión cumplida también. He ahí los riesgos de un gran movimiento que se sigue oponiendo a la vida comunitaria y a la autonomía entre sus bases. Ellos optaron desde el inicio por el concepto del trabajo como eje de construcción, así como la subordinación plena a las reglas del mercado.

Los zapatistas en México hasta ahora son los que mejor han sorteado esos peligros, erigiendo los municipios autónomos después de haber presentado la propuesta de negociaciones con el estado para implementar los acuerdos de San Andrés, que fueron aprobados por la delegación institucional y luego revocados por las instancias estatales. No faltó la disposición de diálogo, sin embargo con autonomía esas comunidades de Chiapas y luego de otros diferentes estados mexicanos siguieron aplicando los acuerdos alcanzados, que gozan de una fuerte legitimidad. Es claro que allí predomina la comunidad que se articula en torno a la tradición y las juntas de buen gobierno, así como en una relación de equilibrio con la madre tierra, no aceptándose que sea el “trabajo” el eje articulador. Algo similar se puede decir de las comunidades nasa del Cauca en Colombia, cuyas iniciativas y movilizaciones han estremecido el país, así como también las más variadas experiencias de comunidades originarias, campesinas, afrodescendientes y barrios urbanos, muchos aún en fase germinal.

Dicho esto, veamos el concepto del trabajo. Se trata de un concepto ideológico levantado por la intelectualidad liberal burguesa de la ilustración, el iluminismo y la enciclopedia, articulados en la masonería, organizaciones políticas y en las iglesias protestantes, como manera de argumentar la necesidad de liberar a los siervos de la tierra para que ofrezcan la que llegó a denominarse “fuerza de trabajo” al naciente capital en un nuevo tejido de relaciones de producción que, una vez hegemónico, permitió la toma del poder instalándose las relaciones políticas de ciudadanía, dependencia al estado, y de transferencia de la soberanía, la delegación en representantes electos al estilo jacobino. De allí a transferir el concepto de trabajo hacia otras fases de la historia fue la misma tarea que realizó Darwin para transferir las relaciones sociales al mundo animal. Si en la sociedad hay fuerza de unos contra otros, también se observa eso en entre los animales, si hay competencia, lo mismo, si el más grande se come al más pequeño, de igual manera. Tuvo que llegar Kropotkin en Rusia a demostrar que Darwin estaba equivocado, que en la naturaleza las relaciones son de equilibrio natural, armonía, cooperación y apoyo mutuo, sin embargo las teorías darwinistas permitían argumentar el carácter natural de las relaciones de poder.

También en esa época, primera mitad del siglo 19, de la revolución industrial, se comienza, siguiendo la misma lógica oportunista de transferencia, a decir que los animales también “trabajan”, siendo famosos los ejemplos de los castores y de las abejas, dejando al desnudo el carácter positivista y fenomenológico de las investigaciones sociales y naturales. Así los juglares y artistas callejeros, que se habían desprendido históricamente de la vida en común siguiendo las veleidades de la circulación mercantil, también “trabajaban” cuando eran llevados a presentar su performance en los castillos señoriales, salvo aquellos que quedaban al servicio directo de la corte, como había sucedido anteriormente con los patriarcas.

En realidad los castores no trabajan, sino que simplemente son orientados por el instinto atávico de identificar las tierras secas de las húmedas y sabiendo con ello donde colocar obstáculos al agua de los ríos, arroyos y afluentes, que se desvía hacia los terrenos que la necesitan. La obra de arte del equilibrio de la naturaleza llega hasta eso y mucho más, sin embargo se oculta en la enseñanza positivista de las prisiones escolares. Si observamos cada animal vamos a encontrar el instinto y el equilibrio natural. Las abejas son semejantes a los castores, pues van de flor en flor y sin saberlo no se encuentran “trabajando” cuando transportan el polen que no ha llevado el viento, simplemente viven el instinto, lo mismo cuando elaboran miel y otros elementos. Obviamente cuando aparecen los reyes y sus esposas, las reinas, se comienza a comparar y se llama reina a la abeja que cumple la función de asegurar el carácter gregario de la apis. Como las hormigas.

Tuvo que llegar la racionalidad de la producción capitalista con la planificación para realizar los ciclos mercantiles para que, junto al desprendimiento de la subordinación al determinismo divino, la capacidad de organizar y combinar ideas, conceptos y proyectos en la mente elevase el ego y la sensación semejante a los dioses en aquellos que poseían la “luz” del saber mientras los demás pemanecían en las tinieblas del sin luz, el alunni, el alumno. Así el renacimiento no sólo rescata las grandes obras artísticas y arquitectónicas de las poderosas civilizaciones griega y romana, sino especialmente los niveles alcanzados por la filosofía griega, escondiendo hábilmente que sólo pudo desarrollarse gracias a la filosofía india y china y gracias a las ciencias matemáticas, astronómicas y arquitectónicas de Egipto y Babilonia. Toda esa luminosidad emanada de ese aparataje del conjunto alcanzado del saber-poder argumentaba que ya no era hora de adorar dioses (salgan de las garras del señor feudal y vengan a colocarse en el mercado), sino a los sabios y a la ciencia, quienes cruzaban sus espadas con los dogmas de la fe, creciendo rápidamente en las llamadas profesiones liberales, en especial médicos y abogados, donde la filiación secreta a la masonería con sus claves y toques especiales de mano en mano les permitía coordinar esfuerzos y homogenizar criterios contra la persecusión llevada a cabo por los espías del reino y cuya subsistencia dependía del circulante monetario ya que no iban a ser “funcionarios” del rey o de algún privado. La fuente de subsistencia de estos profesionales liberales, poco dispuestos a “trabajarle” a alguien era, por ahora, únicamente el circulante, por lo que ansiaban que miles y millones de siervos se liberasen del yugo feudal para venir a contratarse en las incipientes empresas de los señores villanos y recibir el salario con el cual pagarían sus “servicios”. Vaya usted a llamar trabajo a esa función. La ventaja de ese servicio fue que permitía también contratarse con el estado, por lo que estos intelectuales parásitos tenían allí la gallina de los huevos de oro. No se extrañe usted de que los ministerios de control de la ciudadanía y homogenización de las conductas, tales como salud, educación y justicia, quedasen en todas partes en las manos de estos sujetos bien organizados y disciplinados por el partido masónico, los protestantes y demás intelectuales colectivos. En medio de esa parafernalia, no es de sorprenderse que los críticos deban desplegarse por medio del mismo lenguaje, conceptos, estructuras y funciones donde desenvolvían sus actividades, Marx como escritor y periodista, Engels como empresario. No creo que usted haya pensado que Marx se alimentaba de flores de los parques, no señor, comía de la mano de Engels, que por su vez vivía del robo del trabajo ajeno, esto es, la plusvalía de los obreros textiles, quienes no podían ni acceder a beneficios por parte de su patrón, ya que según él, si el empresario comparte con los trabajadores, eso es socialismo utópico, escribiendo como loco contra quienes planteaban que el empresario podía distribuir beneficios. Para él era simplemente o todo o nada, si los empresarios toman el poder, él estaría bien por que su empresa prosperaría, si los obreros toman el poder, el también estaría bien, o mejor quizás, porque era dirigente del partido obrero que debía administrar la máquina estatal. Eso explica la mentalidad positivista y estatista de Engels y como los burócratas clavan las garras en el dinero del trabajo ajeno, lo que en Rusia significó que una parte de esa capa del partido dirigente se alzase con parte importante del botín constituyendo el actual “empresariado” ruso y otra parte constituida por la mayoría de la policía secreta y una también buena parte del tesoro lleno de sudor y sangre obrera, para montar la poderosa mafia rusa. O ustedes creía ingenuemante que apareció de la nada como arte de birlibirloque? O que los yanquis metieron plata comprando algunos dirigentes y asegurándoles un futuro esplendor si derribaban a los jerarcas rojos? Dime lo que lees y te diré lo que piensas. Si lees puros libros nazis vas a ser un fascista redomado. Y si lees puros libros, revistas y diarios aprobados por el comité central, vas a ser una especie de pajaro Dodó.

Esa racionalidad instrumental, es decir el uso de la razón para determinar caminos, proyectos y resultados, la mente como un instrumento de uso para los intereses de la clase dominantes, es asumida plenamente por Engels, mucho más que por Marx, que parece por sus escritos entender mejor que su compañero, el carácter temporal del llamado “trabajo”, aunque sin duda habrá que explorar más aún en ese campo. Así Engels en su libro “Dialéctica de la Naturaleza”, donde no esconde que sigue a Darwin, sin ocurrírsele un pelo de las reflexiones que haría Kropotkin, escribe un capítulo que llama “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre”, sosteniendo que “trabajo” es la actividad orientada por un diseño mental previo, es decir, objetivos a alcanzar, ya que el desarrollo de los instrumentos permiten a ese homínido u hominoide alcanzar el estadio de homo sapiens. Un instrumento permite prolongar, extender, ampliar y reforzar la acción de partes del cuerpo, como un cuchillo de piedra sustituye a las uñas y dientes.

Sin ninguna duda, la confección de instrumentos y la transformación esperada del hueso o piel del animal, así como una rama de árbol, una piedra y tantos componentes naturales del entorno, así como su utilización para obtener los fines deseados de cortar, triturar, etc. contribuyen notablemente al desarrollo de la mente, conceptos y lenguaje. Dice Engels que con el fuego se puedo cocinar la carne y hubo una mayor contribución de proteina animal que permitió el crecimiento del cerebro, por lo que el desarrollo biológico y evolución de la especie fue en un proceso de retroalimentación con el desarrollo cultural, a mayor inteligencia y sus resultados, mejor alimentación.

Es claro que esa aseveración de la proteina animal puede ponerse en duda y de hecho hay autores que así lo manifiestan, sin embargo veamos que sucedía con el grupo humano, que incialmente era horda semejante a cualquier horda de macacos o lobos, es decir todos juntos resuelven sus necesidades. La palabra horda ha sido menoscabada por el llamado proceso de desarrollo civilizatorio, que cada vez que mira atrás sólo ve lo inferior. La película “Guerra del fuego” que pretendía hacer una muestra de como vivían esos antepasados, así como la aberración de la película “apocalipsis” dirigida por Mel Gibson, son tergiversaciones intencionales donde se trasladan comportamientos de la sociedad a la comunidad de la horda o de los mayas, a quienes se muestra como torturadores y llenos de sacrificios humanos.

Está claro que las migraciones desde hace millones de años se fueron dando por el crecimiento poblacional y el desprendimiento de parte de la comunidad que seguía tierra adentro o por la costa hacia otras regiones. Las actividades de sometimiento de otras comunidades fueron muy posteriores, pues no era posible mantener prisioneros, dada la limitación de los alimentos ni era así de facil la antropofagia, pues ya está probado que quienes se alimentan de carne humana tienen serias reacciones, modificaciones y deterioro en su organismo y de seguro quienes la practicaban no vivían más allá de algunas generaciones, al igual que no era posible mantener relaciones sexuales dentro de la comunidad sanguínea por el envenenamiento que viene a la sangre, por lo que, y ahí coincidimos con Engles, quien lo explica en su otro libro “El origen de la propiedad privada, la familia y el estado”, sólo sobrevivían las hordas o comunidades cuyos miembros se vinculaban con otros por fuera de su núcleo consanguíneo.

Es demasiado obvio que esos primeros de nuestros antepasados, desde hace ya casi 10 millones de años, tomaban de la naturaleza lo que necesitaban y cuidaban de mantener el resto, no por astucia para contar siempre con alimentos, sino que asumían conciencia del equilibrio natural, lo que explica que la espiritualidad de las comunidades, forma ancestral de conciencia que luego sería llamada “colectiva”, además de ser horizontal, sin señores sentados en un trono, era parte de una cosmovisión que articulaba al ser con la naturaleza toda. No había una utilización de la mente para el objetivo de comer o satisfacer otras necesidades, sino que era parte del instinto y de una práctica milenaria, la que en buena medida intentan rescatar las comunidades originarias de todo el planeta y que llaman el Buen Vivir. Se trata en el fondo del vivir natural de las abejas y los castores, sólo que esta vez expresando una autoconciencia o subjetividad de un sujeto común, un sujeto epistemológico y un sujeto que se vincula interactuando con el cosmos, que lo interpreta y lo respeta, ya que, y aquí nuevamente coincidimos con Engels, se trata de una parte de la naturaleza que piensa, por lo tanto es el cosmos que se piensa a si mismo.

Sólo que Engels otorga una autonomía desmedida a ese pensar, influido evidentemente por la crisis que vive la humanidad bajo el capitalismo y por la racionalidad instrumental burguesa junto al iluminismo, que lo lleva a despreciar y cuestionar severamente las primeras experiencias socialistas de su época, que buscaban justamente reconstruir espacios territoriales de vida en común, aunque el inglés Owen insistía que se podía hacer con propietarios de mentalidad abierta en los que llamó los falansterios. Se entiende el pánico del intelectual-empresario Engels, que arrabataba de las manos de sus obreros los folletos que llamaban a los trabajadores y empresarios a compartir, ya que los owenistas sentían placer de instalarse en las puertas de la fábrica de este “revolucionario” y pasarle panfletos a los oprimidos por el autor del manifiesto comunista. Trabaja, negro, trabaja, repetia Engels todas las mañanas pasando por entre las máquinas mecánicas y humanas, para luego sentarse en su oficina y escribir sobre la miseria del trabajo.

Por eso Engels transfiere al proceso de interacción con la naturaleza el concepto del “trabajo”, como actividad racional que busca extraer de la naturaleza lo necesario para vivir, sin distinguir (o haciéndose el ingenuo) el origen y la necesidad que había tenido la burguesía de utilizar ese concepto en su beneficio, pero que se entiende claramente por qué lo hace si advertimos que el modelo social que Engels propone es el de dictadura para la acumulación capitalista estatal en manos del partido llamado proletario, donde él está a la cabeza y que requiere obreros “trabajando” centralizadamente para dicha acumulación. El trabajo, entonces es esencial para la ideología engelista, a la que este empresario puso nombre de “marxismo” una vez que Marx falleció, a sabiendas de que en tres oportunidad, al menos son tres las que tenemos referencia, Marx escribió que no estaba de acuerdo con esa denominación. Dijo claramente: “yo no soy marxista” y no por humildad, sino que conciente del riesgo de transformar algunas de sus propuestas en un paradigma cerrado, paradigma que luego Lenin aprovecha para blindar (véase su afán por la “guía para la acción” y su notable simpatía por Maquiavelo con su “el fin justifica los medios”) y Stalin, muy oportuno, llama posteriormente marxismo-leninismo. Mao, más original que los anteriores, lo llamó marxismo-leninismo-maoismo, lo que enojó al fundador del Sendero Luminoso, por lo poco creativo del nombre, y le puso marxismo-leninismo-maoismo-pensamiento Gonzalo (Gonzalo, o mejor, Presidente Gonzalo, era el nombre de guerra de Guzmán, líder del senderismo, o mejor dicho del marxismo-leninismo-etcétera)

Así tenemos que los compañeros aludidos al comienzo, tal vez influidos por esa mirada paradigmática o por la necesidad del estado socialista para avanzar a la sociedad sin clases y sin estado, entienden la comunidad, que es forma de vida y no de organización social, y menos de trabajo, un espacio social donde prima la categoría del trabajo, es decir, planificación de actividades para conseguir objetivos en torno a la llamada producción de alimentos, objetos y servicios.

Si la gente en una localidad recupera o alcanza la práctica del Buen Vivir comunitario, sólo podrá hacerlo con autonomía, lo que significa independencia del estado, del mercado, de los partidos, de los paradigmas y del trabajo como relación social o individual con la naturaleza. Ello no quiere decir que no sea posible subsumir o asumir instituciones locales y ponerlas a disposición de la comunidad alterando su funcionamiento, tales como centros de estudiantes, juntas de vecinos, sindicatos, fábricas y aún municipios. Si la capacidad de las comunidades se extiende hacia otras localidades, como era la tarea inconclusa de la Comuna de París, perfectamente es posible dirigir con delegados rotativos las funciones que puedan dejarse al estado, como la venta del cobre chileno al exterior o la distribución de esos y otros ingresos a otras regiones.

Si ello puede hacerse en algunas comunidades, incluso puede subordinarse el trabajo que pueda permanecer como tal, como la extracción equilibrada del cobre, pero ya no que sea el trabajo el cemento de la vida comunitaria, sino remanentes necesarios hasta que sea posible subsistir sin depender de las exportaciones ni del mercado internacional alimentando al capital.

Como ejemplos de trabajo subordinado a la comunidad y no eje de ella, pueden ser las fábricas recuperadas argentinas, que hoy día glorifican el concepto del trabajo porque sus dirigentes en la gran mayoría levantan la estrategia de la toma del poder y construcción del capitalismo de estado, lo que podría revertirse si la comunidad circundante asume la conducción de los procesos productivos, incluyendo quien y cuando va a operar las máquinas de forma rotativa.

Otro ejemplo es la constitución de emprendimientos productivos autogestionarios barriales, donde sus participantes puedan funcionar rotativamente electos desde la propia comunidad, que a su vez determina cuanto y a donde va la producción.

Así, poco a poco es posible ir cambiando el concepto del trabajo en la práctica por el concepto de servicio no remunerado, inicialmente por medio del trueque, por ejemplo un peluquero cambia por un masaje o por lechugas, aunque se supone que la huerta comunitaria es de todos, al tanto que la producción masiva de alimentos o artículos de necesidad se hace por medio de la rotación utilizando el concepto de servicio comunal. Resulta absurda entonces la existencia del salario, del dinero y de la relación con el mercado externo, aunque inicialmente sea imprescindible hacerlo para traer dinero hacia la comunidad, que lo administra para las adquisiciones necesarias, priorizando por el trueque hacia otras comunidades.

De esa manera las vinculaciones con dinero, mercado, estado, instituciones, ideologías y trabajo, sólo son posibles bajo la hegemonía y subordinación de la vida en común, es decir, de todos los componentes de la comunidad, aunque en principio lo haga solamente la mitad del barrio.

Las combinaciones iniciales donde predominan los conceptos del dinero, trabajo e instituciones como “eje”, sólo conseguirán en plazos cortos ser reabsorbidas plenamente por el estado y el mercado.

Abrazos
Jaime Yovanovic Prieto (Profesor J)


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