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Partido de gobierno organiza ridícula Contramarcha de cocaleros en oposición a la grandiosa marcha contra la mega carretera desde Brasil

07.01.12

Bolivia: No son héroes
Por Lupe Cajías*

La contramarcha desde el Chapare avanza hacia La Paz. Pasó por Cochabamba sin conmover a la población. Seguramente sus protagonistas son pobres, el eslabón más débil de los cocaleros, quizá todavía no forman parte del circuito coca cocaína. Son marginados que enfrentan a los que aún son más débiles que ellos: los indígenas de las tierras bajas en el norte y en el oriente del país.
Seguramente hasta hace unas semanas no conocían ni enarbolaban una bandera blanca bordada en el centro con una flor que imita al patujú; el creador de la enseña no marcha con ellos. Él, que estuvo en las ocho marchas, defiende al bosque no a las plantaciones de coca.
Posiblemente, la portaestandarte no cosió con sus manos una enorme tricolor ni la lleva escondida para que no se la arrebaten los policías, los militares o las turbas del lumpen proletariado que actúan cuando los poderosos los azuzan.
Es casi imposible que un auténtico yuracaré, mojeño, trinitario, chimán deje sus deberes religiosos en las fiestas tan importantes para la religión católica; que una abadesa abandone sus tareas para la Novena navideña; que un cacique originario no esté en la celebración de los Santos Inocentes; que una familia no asista a los rezos para los Reyes Magos y descuide recordar la Epifanía.
Dudo que esté con ellos el pífano de las anteriores marchas ni siquiera los músicos. ¿Cuántos de los cocaleros habrán escuchado violines interpretando la música barroca de las misiones jesuíticas? ¿Cuántos macheteros los acompañarán?
¿Qué idioma hablan los dirigentes de la contramarcha?
Hay medios oficialistas y los paraestatales como “La Razón” que publican fotos y les dedican varias páginas. Hablan de mujeres embarazadas, del sufrimiento de niños marchistas (qué curioso, ahora la Ministra Nila Heredia nada dice sobre ellos). Podrán crear muchas notas artificiales; es inútil. Las leyendas populares no se fabrican.
¿Lograrán los contramarchistas que una centena de artistas les dediquen decenas de afiches, de carteles, de obras de arte?
¿Lograrán que un cantante popular independiente les arregle una canción para destacar su coraje? ¿Tendrán algún himno?
Aunque salgan los funcionarios públicos a recibirlos, ¿saldrán también las abuelitas con sus nietos? ¿Pintarán las madres cientos de cartelitos para que sus hijos les den la bienvenida? ¿Alguien preparará gelatinas de colores de la bandera nacional, pasteles con adornos de árboles y animalitos? ¿Sacarán las guarderías a los chiquitos para que conozcan a los que defienden la coca y destruyen el bosque? ¿Abrazará sollozando un banquero a un indígena? ¿Tañirán las campanas arrebato?
Toda repetición es un remedo, una caricatura. Difícilmente otra movilización, menos una que no parece auténtica, provocará la conmoción que lograron los marchistas que defienden el cumplimiento de las leyes y con ello la integridad y el manejo sostenible del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure (Tipnis).
Por todo ello, y mucho más, la contramarcha conseguirá apenas aplausos de militantes del Movimiento Al Socialismo (MAS) y atención del Gobierno, del Legislativo; quizá el Estado Plurinacional quiebre su palabra y abra la carretera.
Todo ello podrán conseguir, menos el entusiasmo ciudadano. No son héroes; no lo son ahora ni lo serán para la historia.


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