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Repercusiones de la sorprendente multitudinaria manifestación por los presos vascos

08.01.12

HISTÓRICA MANIFESTACIÓN EN BILBO

110.000 personas dan un gran paso que acerca a los presos a casa
Una colosal marea inundó ayer el centro de Bilbo para exigir a los ejecutivos de Madrid y París que respeten los «derechos más elementales» de las personas presas y exiliadas a consecuencia del conflicto político que vive Euskal Herria. Todas las previsiones de Egin Dezagun Bidea se desbordaron convirtiendo la movilización -al menos 110.000 participantes según los cálculos de GARA- en la más numerosa de las que se recuerdan en más de una década.

Agustín GOIKOETXEA | BILBO
GARA

Tardará mucho tiempo en olvidarse la estampa vista y vivida ayer a la tarde en las calles de Bilbo, desbordadas por una colosal marea de ciudadanos vascos y personas venidas de otros lugares del mundo dispuestas a reivindicar el respeto de los derechos más elementales de los represaliados políticos.
En la intervención final, Jon Garai -en nombre de las 15.000 personas y centenares de agentes que impulsaron la iniciativa Egin Dezagun Bidea- fue meridianamente claro: «Ya no hay excusas. No caben más demoras. A partir de mañana, la sociedad vasca no espera otro escenario que no sea aquel en el que desaparezcan las crueles medidas de excepción que se aplican a los presos vascos, cerrando así una etapa gris, para abrir la puerta a un nuevo tiempo que nos lleve a una situación de libertad y de derechos para todas y todos, a una situación de paz definitiva sin presos ni exiliados».
Era uno de los mensajes transmitidos al final de la multitudinaria marcha desde la balconada de la Casa Consistorial bilbaína, a las decenas de miles de personas que se agolpaban en su entorno y a las otras decenas de miles que ocupaban el trayecto desde La Casilla y las calles adyacentes, inundando el centro del Botxo al grito de «Euskal presoak etxera».
Hora y media antes de la hora fijada para el inicio de la marcha, todo aventuraba a que la movilización de ayer iba a ser colosal, tal y como los propios organizadores habían ido anunciando en los días previos. A Bilbo habían llegado desde la mañana miles de personas dispuestas a participar en la manifestación y con el paso del tiempo esa previsión se materializó e incluso se desbordó aunque controlada por una eficiente organización de Egin Dezagun Bidea.
Los miles y miles de mujeres y hombres dispuestos a sumarse a la marcha se vieron sorprendidos por el imponente despliegue de la Ertzaintza, con decenas de furgonetas y agentes pertrechados con material antidisturbios. No sucedió nada, a pesar de que en algunos instantes los policías a las órdenes de Rodolfo Ares llevaron a cabo algunas maniobras provocadoras.
Cinco hileras interminables
El objetivo de los reunidos era otro y así quedó demostrado. Los primeros, los familiares de los cientos de represaliados políticos que dejaron sus visitas por la geografía carcelaria española y francesa para estar al frente de la manifestación en cinco interminables hileras que hacían estremecer a muchos de quienes les vieron pasar, mientras otros aplaudían y comenzaban a corear el repetido «Euskal presoak etxera».
Al comenzar a enfilar la calle Autonomía desde su confluencia con Gordoniz, tan solo se percibía entre la marea humana el ulular de los furgones de la Brigada Móvil de la Ertzaintza y unos metros detrás siete vehículos de la iniciativa Miretxin Gidariak, que se encargan semana tras semana de acercar a los familiares y amigos de los presos a las visitas.
Las cinco hileras de familiares, con igual número de quinqués a la cabeza, comenzaban la tortuosa marcha por una de las principales arterias de la capital vizcaína atestada. A los pocos minutos, cuando aún no se veía la pancarta de cabeza, miles de personas organizaron instintivamente columnas de manifestantes evitando la saturación. Cámaras y fotógrafos de prensa trasladaban la sensación de que no había elemento óptico capaz de captar a la muchedumbre.
Quienes también optaron por la huida del recorrido a la altura de Alameda Rekalde fueron los vehículos policiales, lo que fue saludado por muchos al dejar un poco más de espacio vital que ocupar.
La pancarta de la convocatoria con el lema «Eskubide guztiekin euskal presoak Euskal Herrira. Repatriate all Basque Prisoners» seguía a los cientos de familiares, portada por los cantantes Fermin Muguruza e Ines Osinaga, la bertsolari Alaia Martín, el actor Gotzon Sánchez, la exjugadora del Athletic Eba Ferreira, Idoia Muruaga, compañera de Igor Angulo, preso muerto en la cárcel de Cuenca, los exprisioneros vascos Joxe Mari Sagardui, Sotero Etxandi y Manu Ugartemendia, y el irlandés y diputado de Sinn Féin Pat Sheehan, y los miembros de Egin Dezagun Bidea Nagore García y Jon Garai.
Detrás, una amplia representación política, sindical e institucional con Maribi Ugarteburu, Txelui Moreno, Pernando Barrena, Rufi Etxeberria y Tasio Erkizia, de la izquierda abertzale; Pello Urizar, Unai Ziarreta y Maiorga Ramírez, de EA; Patxi Zabaleta, Rebeka Ubera y Dani Maeztu, de Aralar; Oskar Matute, de Alternatiba; Mertxe Colina, de AB; Joxe Iriarte Bikila, de Gorripidea; carlistas de EKA… No faltaron diputados y senadores de Amaiur como Xabier Mikel Errekondo, Iñaki Antigüedad, Sabino Cuadra, Urko Aiartza y Alberto Unamunzaga, junto al diputado general de Gipuzkoa, Martin Garitano.
Desde Catalunya llegaron delegaciones de ERC, con su diputado en Madrid Joan Tardà y la responsable de Relaciones Internacionales, Elisabet Nebreda; y de SI, con su presidente, Toni Strubell, y su secretario general, Uriel Bertran, al frente. Además, comités de solidaridad con la causa vasca desde Madrid, Aragón, Asturias, Castilla, Galicia y el Estado francés acudieron a la capital vizcaína, siendo saludada su llegada en comitiva.
También estaban Txiki Muñoz, secretario general de ELA, encabezando la delegación de esta central, mientras Ainhoa Etxaide lo hacía en la de LAB, departiendo con representantes de otros sindicatos como STEE-EILAS, Hiru, ESK y EHNE, o el integrante de CCOO Jesús Uzkudun, con la amplísima nómina de personas de la cultura, la educación o el deporte que apoyaban la convocatoria de ayer.
A lo largo de la marcha no dejaron de corearse consignas como «Presoak kalera amnistia osoa», «Errefuxiatuek Euskadin bizi behar dute», «Independentzia» o «Euskal presoak etxera», siendo visibles las pancartas en las que se recordaba la situación de los prisioneros enfermos.
La dimensión de la manifestación fue aún más nítida al llegar la cabeza a Zabalburu y encontrarse con que la plaza y las calles aledañas estaban colapsadas, situación que se mantuvo hasta que la comitiva de familiares alcanzó el Ayuntamiento. No cabía un alfiler y Beñat Zarrabeitia, emocionado, pidió a los asistentes que tratasen de ocupar el mayor espacio posible para que las decenas de miles que venían por detrás pudiesen moverse.
Dos estremecedores irrintzis dieron paso a la bertsolari Alaia Martín y a la intervención de Jon Garai e Inés Osinaga, en nombre de Egin Dezagun Bidea, que pidieron en principio un aplauso para el sacrificio de los familiares de los represaliados, al no haber acudido a las cárceles a visitarles para estar en Bilbo, y a todos los que hicieron realidad el lema de «colosal».
«Mayoría abrumadora»
Garai subrayó que quedaba de manifiesto que hay una «mayoría abrumadora de un pueblo que reclama el respeto a los derechos más elementales de las personas vascas que a consecuencia del conflicto político que a día de hoy sigue sin resolverse se encuentran presas o exiliadas». También, añadió Osinaga, que piden a los gobiernos español y francés que den pasos en la resolución del conflicto, primero respetando los derechos más elementales de los represaliados políticos.
«Que pongan fin a esta política penitenciaria anclada en criterios de venganza y represión» y que se aborde «de manera positiva el proceso para una solución definitiva al conflicto, abriendo las puertas al regreso de todas y todos los presos y exiliados vascos».
Tras esta última movilización sin precedentes, desde Egin Dezagun Bidea insistieron en que los responsables de Madrid y París deben dar pasos. Los primeros, enumeró la cantante de Gose, terminar con la política de dispersión y traer a Euskal Herria «a los presos vascos con todos sus derechos».
Asimismo, reiteraron la exigencia mayoritaria de que se derogue la doctrina 197/2006 y con ella desaparezca la cadena perpetúa con la que se castiga a decenas de prisioneros.
Además, exigieron la inmediata puesta en libertad de los presos que padecen enfermedades graves o incurables y la excarcelación de quienes han cumplido las dos terceras partes o las tres cuartas partes de la condena, y en el caso del Estado francés que se aplique la libertad condicional.
«Sabemos que el camino será fructífero, pero también será largo y requerirá de grandes esfuerzos y amplios compromisos», confesaron. «Hoy aquí hemos marcado un hito -resaltaron-, que sin duda nos refuerza y nos da un fuerte impulso para seguir recorriendo esta senda. Es por ello que debemos seguir trabajando a partir de mañana en pueblos, barrios y ciudades, generando nuevas situaciones que hagan cambiar las cosas».
Una jornada festiva y reivindicativa entristecida por la muerte repetina de un manifestante de Orereta
Bilbo vivió ayer una jornada festiva y reivindicativa en defensa de los derechos de los represaliados políticos vascos, que supuso el colofón a meses de trabajo en pueblos y ciudades de Euskal Herria. Un bonito broche final a una campaña repleta de compromiso que se vio empañada por la muerte repentina a primera hora de la noche de un vecino de Errenteria, Fausto Ansa, que había acudido a la marcha de Egin Dezagun Bidea y que se sintió indispuesto cuando se dirigía a coger el autobús en el parque Etxebarria para retornar a su domicilio. Desde la organización se solidarizaron con la familia y sus allegados.
La aglomeración en los accesos a Bilbo era patente ya desde media mañana. Así, a las 11.30 se registraban potentes colas en el peaje de la A-8 de Iurreta, donde confluían quienes acudían a la manifestación y quienes regresaban a casa tras las vacaciones navideñas. Además, justo a la salida la Ertzaintza tenía instalado un control y aparentemente apuntaba las matrículas de todos los vehículos que pasaban, además de hacer parar a algunos de ellos. Más cerca de la capital, en el túnel de Malmasín también se registraban fuertes retenciones.
Por lo demás, no hacía falta llegar hasta Bilbo para constatar las muestras de apoyo a los presos. Así, en todos los túneles de la parte vizcaína de esta A-8 había pancartas con un mismo lema: «Amnistia, askatasuna».
El ambiente en el Casco Viejo para el mediodía aventuraba una gran movilización social y los establecimientos hosteleros estaban a rebosar, creándose colas en muchos restaurantes del Casco Viejo, Indautxu, Bilbao la Vieja y San Francisco para comer un menú. Algunos se vieron obligados a comer un bocadillo o unos pintxos.
Desde Zazpi Katu Gaztetxea trataron de poner su granito de arena, organizando una kalejira y una posterior marcha hasta La Casilla. También lo hicieron los numerosos ciudadanos de Aragón, Països Catalans, Andalucía, Galicia, Madrid y Asturias, que fueron recibidos con aplausos en la misma calle Autonomía, como el apoyo que recabaron los solidarios con los presos que realizaron un gran mural en la pared de la estación de Abando y los que encendieron bengalas en el puente del Ayuntamiento.
Tampoco faltó espacio para la reivindicación a la altura de la sede del BBVA, en la Plaza Circular, donde se reivindicó la readmisión de un trabajador despedido por motivos políticos en esa entidad, la solidaridad con el joven gasteiztarra Ekaitz Samaniego o la vuelta de los presos navarros a su tierra.
Fue una jornada y una movilización en la que el mundo de la música, de la cultura en general, aportó lo suyo con las dos canciones interpretadas por el incombustible Fermin Muguruza -“Gora Herria'’ y “Hator, hator'’-, acompañado de Iñigo Muruguza, Xabi Solano, DZ (Zigor) y Jon Tron, con las que hicieron bailar a las decenas de miles de personas que marchaban aún por las calles de Bilbo o presenciaban el acto final en la Plaza Ernesto Erkoreka, a la vez que reivindicaban la vuelta de presos y exiliados, de hombres y mujeres represaliados por motivos del conflicto político que vive el país, a Euskal Herria, a sus casas, junto a los suyos. A.G.

Los presos provocan un expresión de cariño que desborda el «relato» oficial

Iñaki IRIONDO | BILBO
La inundación humana que ocupó ayer el centro de Bilbo, desbordando el recorrido previsto para la manifestación, va más allá de la reivindicación política y se adentra en el terreno de los sentimientos. Las presas y los presos políticos vascos concitan en amplios sectores de la sociedad una sensación de cariño y reconocimiento que ayer podía verse en las caras de gentes de todas las edades y en sus gestos cuando pasaban los familiares por delante de la pancarta. La foto de satélite de la marcha (no hay otra forma de dar una imagen justa de lo acontecido) no solo es un aldabonazo ante los gobiernos español y francés para que comiencen a aceptar las reivindicaciones en torno a los derechos de presos y presas; es también una muestra de que este pueblo no necesita ejercicios de relectura del pasado, puesto que tiene muy fresca la memoria de lo acontecido y de los actos de cada cual.
Es cierto que todos y cada uno de cuantos ayer participaron en la manifestación no comparte lo hecho por todos y cada uno de las presas y presos políticos vascos, pero también lo es que la mayoría los siente como una parte de sí mismos, de un pueblo que ha dotado a su lucha de un significado claro. Habría ayer en Bilbo quién solo pidiera el cumplimiento de la legalidad penitenciaria, y su presencia en la calle fue tan estimada como cualquier otra, pero había también muchos que se sentían unidos por un cordón umbilical al colectivo de encarcelados.
Sería bueno saber qué lectura real hacen en La Moncloa, en Ajuria Enea y en Sabin Etxea de que la mayor movilización ciudadana de las últimas décadas se haya producido precisamente en apoyo de las reivindicaciones de aquellos a quienes llaman «terroristas», lo sean por haber colocado una bomba o por haber dirigido un periódico como «Egin», por haber empuñado una pistola o por haber iniciado el debate que dio lugar al fin de la actividad armada. ¿Qué análisis de inteligencia remiten a sus superiores el CNI, la Guardia Civil o la Ertzaintza sobre una manifestación en la que en realidad nunca hubo ni un principio ni un final? ¿Qué les dicen cuando los seres sobre los que medios y políticos españoles tratan de focalizar el desprecio social son capaces de concitar semejante apoyo?
Media hora antes
Treinta minutos antes de la hora en la que teóricamente debía comenzar la manifestación, la calle Autonomía se había llenado ya de gente. Pero desde el mediodía ya se notaba, incluso en el centro de la ciudad, que iba a ser un día especial. La búsqueda de una mesa se convirtió en empresa difícil hasta en restaurantes acostumbrados a servir a altos cargos del Gobierno autonómico, que ayer tuvieron comensales que vestían con forro polar y calzado de monte.
La masa que se iba acumulando puso en guardia a los organizadores del acto, que ya con esa antelación dispusieron que los familiares de las presas y presos que iban a encabezar la marcha fueran adelantando posiciones y colocándose en la calzada, para cuando llegara el momento de tener que empezar a abrirse paso entre la multitud.
A las 17.30, el mero hecho de dar comienzo a la manifestación parecía imposible. Y, sin embargo, decenas de miles de personas son capaces de comportarse de forma disciplinada ante los llamamientos de los voluntarios de la organización que pedían que se apartaran como pudieran hacia las aceras, para que la marcha arrancara.
Y de forma disciplinada actuaron también esas miles y miles de personas cuando una decena de furgonetas de la E- rtzaintza primero, y una dotación a pie después, hicieron un innecesario ejercicio de presencia paseándose por el centro de los manifestantes.
Los mensajes de Ares, y otros
Hubo un momento en el que pareció que en el Departamento de Interior había quien quería demostrar que hablaba en serio cuando advirtieron que estaban dispuestos a disolver la manifestación si lo consideraban oportuno. Hubiera sido probablemente una tragedia. Pero nadie les dio excusas, pese a las infantiles provocaciones que se produjeron desde dentro de algunas furgonetas policiales.
No parece que todos los agentes tengan claro que una de sus misiones es la de garantizar el ejercicio de todos sus derechos a todos los ciudadanos, y las muestras de desprecio de algunos ertzainas fueron indisimuladas. También ha resultado evidente que a la Consejería de Rodolfo Ares no le gustaba la marcha, pero se tuvo que limitar a las amenazas previas y a sacar ruido con el helicóptero por encima de las cabezas de los manifestantes.
Y eso que el consejero hasta pareció dar muestras de preocupación por el bien de preso y familiares al pedir que se hicieran revindicaciones no colectivas, «viables» y «realistas» para no generar «frustración» en «ese mundo». Lo que sucede es que «ese mundo» lleva años comprobando que a los presos políticos vascos y a sus allegados se les aplica una estrategia colectiva de ensañamiento, por lo que su demanda es que también se acabe con ese dolor añadido de forma colectiva. Si quemar un contenedor no tiene el mismo castigo en Santurtzi que en Cuenca, ¿por qué pretenden convencer de que el tratamiento que recibe cada preso depende de sí mismo y no de una estrategia represiva predeterminada?
También cabe pensar que la histórica respuesta popular a la manifestación convocada ayer habrá generado desazón y hasta cierto escozor en el grupo mediático, cercano a Sabin Etxea, que durante toda esta semana ha estado tratando de poner piedras en el camino, con la divulgación de supuestos papeles internos que no acertaban a concretar si eran de ETA, del EPPK o de quién.
Pese a esos intentos de malmeter, que además escaso favor hacen a aquellos presos a los que hace como que defiende, pasadas las ocho de la tarde, cuando hacía ya casi una hora que había terminado el acto político con el que concluyó la marcha, la pancarta de «amnistía» que ejercía como coche escoba del pelotón cruzaba todavía por la Plaza Circular camino del Ayuntamiento.
Para entonces, miles de manifestantes habían desistido ya de acabar el recorrido y se habían dispersado por las calles adyacentes, para iniciar el difícil periplo de la vuelta a casa o para disfrutar de las posibilidades txikiteras que ofrece la capital vizcaina.
En sus conversaciones seguirán todavía hoy los recuerdos de la mayor manifestación que se ha conocido este país en este último periodo de una historia llena de movilizaciones.
«Un pueblo en marcha»
«Esta es la imagen de un pueblo en marcha al que ya no se le va a poder poner freno». De esta forma se expresaba un veterano dirigente de la izquierda abertzale, que completaba el recorrido de la manifestación acompañado de una ex consejera de Eusko Alkartasuna. «Es un paso importante para seguir dando más pasos», apostillaba ella. Su propia presencia juntos en la manifestación era expresión de las nuevas sinergias a las que han dado lugar los nuevos tiempos abiertos en Euskal Herria.
En los autobuses que llegaron a Bilbo desde los distintos pueblos de Euskal Herria se dio ayer una mescolanza de procedencia política de los manifestantes que no se había conocido con anterioridad. La persona que, superada la cuarentena, preguntaba ayer en la calle Autonomía dónde estaba La Casilla es que no ha estado en una manifestación en Bilbo en su vida.
¿Tienen Yolanda Barcina y Patxi López alguna explicación para este movimiento que claramente les desborda? ¿La tienen Antonio Basagoiti e Iñigo Urkullu? Pues es sencilla. Esta es una parte de la verdadera Euskal Herria que nunca han querido ver desde sus despachos. Es más, algunos han hecho todo lo posible por tratar de borrarla del mapa. Ahora quisieran también hacerla desaparecer del «relato» que pretenden que se escriba a su dictado. Pero la memoria de miles y miles de vascas y vascos sigue siendo muy buena. Y en sus recuerdos, en sus mejores recuerdos, las presas y los presos políticos ocupan un lugar destacado. En sus recuerdos, en sus mejores recuerdos, y en sus proyectos de futuro.

Lanzando el efecto dominó
La solución para los presos políticos vascos pasa por al menos cinco factores. La movilización social es uno de ellos. Están también, obviamente, la posición de los dos estados y la de los propios prisioneros. Y la presión de las instituciones vascas y la de la comunidad internacional. El éxito abrumador de la manifestación de Bilbo no traerá por sí misma la salida a este conflicto crucial, pero sí es una ficha lanzada con fuerza suficiente para desencadenar el necesario efecto dominó.

Ramón SOLA
En las vísperas y durante la manifestación de ayer se escucharon entre los participantes todo tipo de comentarios y debates sobre el acto en sí. Hay quienes la han visto como un auténtico abrelatas para el conflicto de los presos políticos vascos, pero hay también quienes piensan justamente lo contrario: que pese a su éxito rotundo, no servirá de mucho porque quien tiene esa llave es el Gobierno del PP.
En realidad, ambas opiniones comparten un mismo punto de partida erróneo: descontextualizar el elemento de la movilización social. La manifestación de ayer ni será definitiva por sí misma ni, por contra, supone un mero ritual a repetir cada año en torno a estas fechas. De momento, lo innegable es que constituye un torrente de participación, con una potencialidad enorme si se acierta en su gestión… y en la del resto de piezas que están sobre la mesa.
La primera ya se movió el 20 de octubre. El cese definitivo de la lucha armada de ETA puso en marcha un movimiento destinado a cambiar todo el tablero, pero todas las inercias acumuladas en estas décadas tiran aún -y tirarán durante un tiempo al menos- en dirección contraria. Ayer en Bilbo rodó, y con qué fuerza, otra pieza de este dominó: la de la movilización ciudadana. El reto ahora es que empuje a las demás.
Hay al menos otros cuatro factores en juego que marcarán qué ocurre con los presos políticos vascos y, en consecuencia, si este país cierra definitivamente la página de su último conflicto armado. Algunos son opuestos, pero paradójicamente pueden influirse mutuamente de forma positiva. Por ir al caso más extremo, resulta evidente que las últimas decisiones de EPPK allanan el camino al nuevo Gobierno español para que encarrile la salida a la situación de los presos a partir del mero cumplimiento de su legalidad, y en la misma medida está claro que si el Gobierno de Rajoy decidiera acercar y agrupar a los presos políticos vascos, facilitaría más aportaciones en positivo al nuevo tiempo.
Otro tanto ocurre con el resto de elementos que se cruzan en esta red. Así, la mayor o menor presión de las instituciones vascas incide en la de las españolas, la movilización ciudadana vasca influye al grado de implicación internacional… Se mire en cualquier dirección que se mire se pueden encontrar acciones capaces de desencadenar cambios en cascada. Y por eso mismo, no moverse o no tomar decisiones -o decidir mal- también enquista situaciones y fomenta bloqueos. Es en esta perspectiva global donde la manifestación de ayer en Bilbo cobra su importancia real. Supone una pisada a fondo en el acelerador capaz de poner en marcha muchas cosas si el resto de elementos están preparados: el motor encendido, el embrague pisado, la marcha adecuada bien metida…
Comenzando por el vector de la implicación ciudadana, el récord marcado ayer en Bilbo confirma que la situación actual y el futuro de los presos es una preocupación de primer orden para la sociedad vasca. Una preocupación extensísima, por la amplitud de la movilización, y también intensa, por su carácter sostenido en el tiempo. Desde hace varios años, la mayor manifestación anual en Bilbo, la que abarrota de modo más denso la calle Autonomía, es esta que abre el año. Ninguna, en cualquier caso, de la dimensión de la de ayer, ni por asomo.
La marca no se explica sólo como el resultado de una intensa campaña previa, de meses, ni de un eslogan acertado («kolosala izango da»). Esta vez ni siquiera ha hecho falta un catalizador inmediato potente (una tregua como la de 2006 -tras la que se manifestaron 81.000 personas- una redada, una muerte…) para que la marcha reviente las calles. El de ayer no es el fruto de un «calentón», sino de un sentimiento estable y extendido, muy profundo: esta sociedad no va a dejar que el tema de los presos se quede sin resolver ni se dilate en el tiempo innecesariamente.
Hay una increíble cantidad de gente dispuesta a mojarse para lograrlo, y toca organizarla en una dinámica permanente, insistente y a la vez paciente, con objetivos a corto, medio y quién sabe si largo plazo, con el corazón caliente y la cabeza fría.
Por pura cercanía, las instituciones y agentes vascos son un destinatario muy directo del mensaje lanzado ayer. Quien no vio o no quiso ver que había una abrumadora masa social tras la invitación a salir a la calle de Egin Dezagun Bidea cometió un error de cálculo de bulto.
Habrá que ver cuál es el efecto rebote inmediato de la movilización sobre las posiciones de PSE y PNV. Tratándose además de los dos partidos que en su día impulsaron la política de dispersión que ahora toca desmontar, lo coherente políticamente sería que adoptaran ahora un cierto liderazgo para tirar de este carro y sacarlo del cenagal. Ambos insinúan que lo harán en privado en sus conversaciones privilegiadas con Rajoy, pero sólo Iñigo Urkullu y Patxi López saben qué es lo que llevarán en la maleta a sus reuniones de febrero en La Moncloa. Y de momento hay muy pocas razones objetivas para creerles.
A López se le siguen pasando todos los trenes: primero fue su hoja de ruta claramente insuficiente en el Parlamento de Gasteiz, después su espantada en los días de la declaración de ETA, luego su ronda de partidos intrascendente, y hace sólo unos días su impotente discurso de fin de año como última opción perdida de enganchar con la mayoría social. Y respecto a Urkullu, su autismo sobre esta cita de Bilbo ha dejado la portavocía del partido en manos de dirigentes como José Luis Bilbao, que se ha tomado la mayor movilización celebrada en muchos años en el herrialde que gobierna como parte de «el calendario de fiestas de la izquierda abertzale». Esperemos que no sea ese el nivel general.
Por el momento, el Gobierno español ni está ni se le espera en este tema (menos aún al francés, aunque de éste ya sabemos que siempre hará lo que le marque Madrid). Pero es seguro que Rajoy habrá tomado nota de la fotografía histórica de ayer -sería imposible lo contrario-, como lo hará de lo que le digan López y Urkullu en febrero o de lo que ya han trasladado EPPK en sus últimos comunicados y con sus últimas iniciativas, ETA con su mano tendida al diálogo o los líderes internacionales con la Declaración de Aiete.
El escepticismo ante Madrid es una cualidad muy extendida en Euskal Herria por razones sobradas, pero hay que remarcar que no existe precedente alguno con el que comparar la situación de Rajoy, porque nunca un mandatario español lo tuvo tan fácil. Por decirlo en términos muy españoles, se las han puesto como a Fernando VII. Casi todo está sembrado y al PP únicamente le toca cosechar aplican- do el sentido común y la previsibilidad de que suele hacer gala su actual líder. A Rajoy «solo» le acechan las trampas que la misma derecha española ha puesto durante todos estos años (sus medios, sus víctimas, sus jueces…), pero sería decididamente absurdo que terminara atrapándose a sí mismo en ellas.
El Colectivo de Presos Políticos Vascos (EPPK) sí ha fijado posición: ha marcado una dirección, y muy clara. Sus últimas decisiones tienen el plus de haber sido tomadas en condiciones que harían prácticamente inviable el funcionamiento de cualquier organización; con sus miembros encerrados, alejados, aislados y machacados. En esa tesitura en la que lo lógico termina siendo que las posiciones se enroquen, EPPK ha hecho una apuesta rotunda por avanzar en la dirección de este proceso democrático y desbloquear su propia situación.
A partir de ahí, su capacidad de incidencia es enorme, en la medida en que son protagonistas claros y no sólo rehenes de los estados; son sujeto y no objeto. Los firmantes de Gernika ya lo dejaron claro con su acogida calurosa en setiembre. Y la manifestación de ayer supone también un gran espaldarazo al Colectivo y a su posición.
La comunidad internacional es el último factor en liza. Si se quiere, de momento el que menos incidencia directa tiene, pero que aparece como garantía en el caso de que Madrid y París se queden anclados. Si instancias internacionales de todo tipo ya denunciaban la política carcelaria antes, tras la decisión de ETA resulta absolutamente insostenible se mire desde el punto del mundo desde el que se mire y desde la ideología política desde la que se aborde.
Desde esa «lejanía» se sabe además que a Madrid no sólo le basta pulir un poco todo el actual marco de excepción. El ex ministro británico de Exteriores David Miliband lo explicaba en “El País'’ muy claro: «Europa no necesita a cientos de antiguos partidarios de ETA en la calle, descontentos y sin futuro viable (…) Tampoco queremos tener cientos de armas descontroladas (…) Y eso solo puede conseguirse hablando con ETA».
Irlanda y Sudáfrica, pero también Israel, Siria, Cuba, Myanmar…
En cualquier proceso de resolución o simple humanización de conflictos resulta crucial afrontar la cuestión de los presos. Hasta aquí una obviedad que, cuando se cita el caso vasco, tiene como ejemplos más asemejables las excarcelaciones en Irlanda y Sudáfrica. Sin embargo, en estas últimas semanas han sido frecuentes las noticias de este tipo también en diferentes puntos del mundo. Quizás en sus lugares de origen hayan suscitado polémicas o luchas internas, pero fuera de sus fronteras se han tomado como algo normal e incluso positivo.
El caso más conocido es el del canje de más de mil presos palestinos por el soldado Guilad Shalit, capturado hace varios años. El proceso se ha ejecutado en dos fases después de que el Tribunal Supremo de Israel avalara la situación. Las dos partes se declaran satisfechas.
Anteayer se sabía que el Gobierno de Myanmar liberaba a 6.656 prisioneros y reducía la pena a 39.000, en la tercera operación similar en meses. Una semana antes llegó a los titulares de todo el planeta la noticia de que Siria excarcelaba a 755 detenidos tras la llegada de observadores de la Liga Árabe. Y tres días antes Cuba anunciaba que sacará a la calle a 2.900 presos por motivos humanitarios. R.S.


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