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Conocimiento colaborativo

Servindi :: 14.12.13

Ya no podemos cifrar esperanzas en propuestas de poder político que esconden su verdadera naturaleza detrás de un discurso de inclusión vaciado de contenido, porque en poco tiempo esas propuestas han demostrado ser más de lo mismo

Todo conocimiento es producto de la interacción y de la colaboración sin fronteras y restricciones. El conocimiento no se empaqueta, no se envasa, no se traslada como si se tratara de un producto terminado, cerrado. El conocimiento está siempre en movimiento, está siempre abierto a enriquecerse y a transformarse, a absorber como esponja. No existe un solo conocimiento, hay conocimientos plurales y diversos en constante transformación.

No hay conocimiento sin colaboración, una colaboración que va más allá de la producción colectiva de información. La colaboración que se da en la elaboración del conocimiento es aquella que resulta de la participación activa en una vasta red de interacciones individuales y colectivas, donde todos y cada uno de los ciudadanos somos receptores de la información de otros, que procesamos de acuerdo a nuestros valores, a nuestra experiencia, a nuestra visión del mundo, para de esa manera construir un conocimiento individual que enriquece el conocimiento colectivo.

La gestión comunitaria del conocimiento no es un ejercicio artificial y artificioso de aislar a las comunidades en un microcosmo que no afecta el universo de las decisiones sobre el planeta. La gestión comunitaria del conocimiento significa crecer como comunidades sin fronteras para ocupar esa esfera pública que es donde se cruzan y dialogan las manifestaciones del poder político, económico, social y cultural.
El autismo colectivo

La ventaja de haber vivido en dos épocas es que uno ha sido testigo de cambios importantes que le permiten tener una visión de conjunto y una memoria histórica de largo plazo para mirar de manera crítica la fascinación tecnológica.

La esfera pública intangible tiene implicaciones en el espacio público físico y concreto que compartimos cotidianamente. Existe el peligro de que ese espacio físico se erosione y sea abandonado. El ágora, la plaza, el mercado o el parque, pueden convertirse solamente en espacio virtual. La tendencia va en ese sentido desde los sofisticados juegos como “Second Life” (que permite vivir una vida virtual paralela) hasta el simple chat que separa físicamente a las personas mientras produce la ilusión de acercarlas.

Cada vez más la tecnología de bajo costo y fácil manipulación adorna superficialmente a quienes tienen -como nunca antes, acceso más rápido a una mayor cantidad de información, pero que sin embargo carecen de capacidad de procesar la información y manifiestan en el uso de esa tecnología una perspectiva estrecha y ajena a referentes históricos que no sean inmediatos.

El resultado es una masa de autistas que vive solamente en un mundo virtual sin asidero en el mundo real, sin memoria de la historia de los años recientes, ni experiencia en interacciones sociales reales.

Lo real y lo virtual se confunden. Pienso en John Perry Barlow, co-fundador de la organización Electronic Frontier Foundation (EFF), pionero en el uso de las NTICs, que distingue la diferencia entre el espacio virtual y lo que el llama el “espacio carne” (meat space), es decir, la realidad de carne y hueso donde la interacción entre los seres humanos es insustituible, irremplazable.

El autismo colectivo afecta el tejido de las redes sociales reales porque las sustituye por redes virtuales donde el compromiso político y social se reduce a un clic en “me gusta” que supone cantidad pero no calidad participativa, y sin mayor esfuerzo deja la buena conciencia de haber puesto un granito de arena a una causa.

El promedio de horas diarias que los usuarios de la tecnología de la información dedican a los aparatos de los que dependen cada vez más, crece de tal manera que ya es difícil distinguir cuando están y cuando no están conectados. Los espacios libres sin conexión, es decir los momentos no mediados por las prótesis electrónicas, son cada vez menos.

No es extraño ver en conferencias o en el teatro o en salas de cine, un comportamiento adictivo que va más allá de la necesidad de utilizar la tecnología para el fin concreto de recibir información, comunicarse, o registrar audio o video. En la oscuridad de las salas de cine las luces de las pantallas de los teléfonos celulares se encienden como estrellas en una bóveda invertida cuando los usuarios sufren del síndrome de abstinencia. Necesitan cada cinco minutos mirar sus pequeñas pantallas convencidos de que siempre hay algo muy urgente en los mensajes de texto o en las llamadas que reciben.

A tal extremo llegan estas adicciones, que hay una veintena de nuevas enfermedades causadas por el abuso de las tecnologías de uso personal. Enfermedades que afectan al organismo por el sedentarismo de los usuarios, disminuyen la masa muscular, producen lesiones en las articulaciones del codo o de la mano, etc. Está el síndrome del túnel carpiano, la bursitis, la tendinitis, la epicondilitis (o codo de tenista, una ironía porque se aplica a quienes han abandonado completamente el ejercicio físico).
Reconquistar el espacio ciudadano

No es ociosa la anterior digresión porque lo que intento es mostrar la gravedad de lo que está sucediendo: abandonar el bien común, es decir, abandonar la acción colectiva como práctica social, significa abandonar la posibilidad de ejercer los derechos humanos. Estamos abandonando las formas directas de diálogo y de acción colectiva, cediendo el territorio de la comunicación y el espacio público a quienes prefieren mantenernos aislados, encerrados.

No es casual que esa falta de diálogo colectivo y su sustitución por formas de interacción virtuales, se traduzca en la pérdida –también colectiva, de la memoria histórica. La disminución de la capacidad de análisis de los usuarios más jóvenes, es directamente proporcional a la abundancia de información a la que tienen acceso, sin poder procesarla. El “copiar y pegar” que se ha convertido en una problema ético en las universidades, es tanto un síntoma de la incapacidad de pensar la realidad como de participar en los procesos sociales.

Es imprescindible rescatar formas de convivencia que no pasan por las relaciones de mercado, por la lógica del lucro y de la acumulación, sino por prácticas sociales que a partir del conocimiento compartido y de la comunicación participativa, generan acciones colectivas por el bien de los ciudadanos.

Ya no podemos cifrar esperanzas en propuestas de poder político que esconden su verdadera naturaleza detrás de un discurso de inclusión vaciado de contenido, porque en poco tiempo esas propuestas han demostrado ser más de lo mismo, depredadoras no solamente del medio ambiente y de los recursos naturales, sino de los derechos humanos y de la posibilidad de organizarse en la esfera pública de manera independiente.

El discurso del poder está viciado en su médula por el autoritarismo y la corrupción. El fin que persigue el ejercicio del poder justifica todos nuestros miedos. Por ello, sentirse parte de una mayoría absoluta de ciudadanos comunes, ser parte de una comunidad mundial de comunes sin otra afiliación que la solidaridad y la voluntad de vivir la cotidianeidad de otra manera, nos hace mantener la esperanza.
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Fuente: Bitácora Memoriosa, blog de Alfonso Gumucio: http://gumucio.blogspot.com/2013/12/conocimiento-colaborativo.html


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