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Interpretaciones de la obra de Shakespeare “La tempestad”

Raúl Prada Alcoreza :: 18.12.14

Filosofía, literatura y colonialidad.
Algunas de las obras más conocidas de Shakespeare pueden considerarse como crítica del poder

Filosofía, literatura y colonialidad
Interpretaciones de La tempestad

Raúl Prada Alcoreza

La tempestad es una obra de teatro de William Shakespeare; está considerada como parte de lo que llaman sus romances tardíos. Sin embargo, no hay que olvidar que algunas de sus obras más conocidas pueden considerarse como crítica del poder, obviamente en la forma literaria, figurativa, metafórica. Usando en la composición de la trama historias de reyes, dramas de nobles, amores pasionales; personajes absorbidos por la intriga, condenados por el tejido de la trama. Incluso, llevados, desde un principio, arrastrados por el destino, a la tragedia. Por ejemplo, la Hamlet, quizás de las obras de William Shakespeare la más conocida; mencionada, no solo en la crítica literaria, sino en la filosofía, en la crítica de la filosofía; no sólo interpretada en el teatro, adaptada de distintas maneras, sino también llevada a la pantalla. Se popularizo el dilema de Hamlet, el protagonista, el hijo del rey muerto: ¿ser o no ser? Dilema de Hamlet, príncipe de Dinamarca, hijo del fallecido rey Hamlet y Gertrudis, sobrino del rey Claudio, su sucesor. Ciertamente el drama entrelaza poder y pasión; el rey Claudio desposa a la reina, que viuda de su hermano, el rey muerto. Hamlet, hijo, desde un principio sospecha de la conspiración urdida contra su padre, incluso el asesinato, implicando en esta hazaña a su tío, el rey Claudio. Lo sugerente de la obra, fuera del exquisito lenguaje, las figuras desbordantes de las conversaciones, el ritmo febril de los diálogos reflexivos, son las descripciones detalladas, anecdóticas, de las conductas de los hombres de poder, la minuciosa revelación de sus estrategias y de tácticas, que nos recuerdan a los análisis de Nicolás Maquiavelo.

Podemos citar también, en el mismo sentido, a Macbeth, otra obra también muy conocida de Shakespeare. En Macbeth la tragedia se teje en el desenvolvimiento de la conspiración del protagonista principal, Macbeth, azuzado por su esposa ambiciosa, confabulación para asesinar al Rey Duncan, quien lo acababa de nombrar Thane de Cawdor. Al volver victorioso de la batalla contra los noruegos y finlandeses, que habían invadido Escocia, Macbeth se encuentra con tres brujas, quienes le anuncian la profecía que va a ser Thane de Cawdor y Thane de Glamis, posteriormente rey. Al contarle la profecía a su esposa, ella urde el complot.

El enviado del rey, como verificando, en parte, la profecía de las brujas, le dice a Macbeth:

And, for an earnest of a greater honor, he bade me, from him, call thee Thane of Cawdor: In which addition, hail, most worthy thane,

For it is thine.

Macbeth duda en cumplir dicho plan; empero, su esposa lo empuja, recusando sus temores. En la noche, Macbeth, instigado por su esposa, da muerte al rey, cuando duerme en su aposento. Macbeth ve visiones que lo atormentan, siente fuertes remordimientos; sin embargo, Lady Macbeth se encarga de aplacarlos. Incrimina a los criados del fallecido Duncan, tiñéndolos de sangre, a quienes Macbeth tiene el cuidado de matarlos también. A la mañana siguiente se descubre el crimen. Macbeth, siguiendo a su esposa, culpa a los sirvientes de Duncan, a los que previamente ha asesinado, supuestamente en un arrebato de furia para vengar la muerte del rey. Los hijos de Duncan, Malcolm y Donalbain, no creen la versión de Macbeth; pero, ocultan este animosidad. Para salvar su vida disimulan, manifestando una aparente credulidad. Ambos huyen, uno a Inglaterra, el otro a Irlanda. Sin competencia alguna, Macbeth es proclamado rey de Escocia, cumpliéndose así la profecía de las brujas.

Macbeth no está tranquilo, pues recuerda que, cuando retornaba de la batalla, acompañado por su amigo Banquo, las brujas también profetizaron, que los descendientes de su amigo serían reyes. Temeroso de esta segunda parte de la profecía, Macbeth manda a asesinar a Banquo y a su hijo Fleance. Consigue hacer asesinar a su amigo; pero, su hijo escapa a este crimen. En el banquete, poco después de que Macbeth sepa por los asesinos lo ocurrido, se aparece el fantasma de Banquo, quién se sienta al lado del lugar de Macbeth. Sólo Macbeth puede ver al fantasma, con el que entabla dialogo; en la conversación se hace evidente su crimen.

Inquieto Macbeth busca a las brujas para preguntarles. Para responderle, ellas conjuran a tres espíritus. El primero, advierte a Macbeth que tenga cuidado con Macduff, Thane de Fife. El segundo, predice alegóricamente que “ningún hombre nacido de mujer” podrá vencer a Macbeth; el tercero, pronuncia una curiosa profecía:

Macbeth seguirá invicto y con ventura si el gran bosque de Birnam no se mueve y, subiendo, a luchar con él se atreve en Dunsinane, allá en la misma altura.

Estas profecías serenan a Macbeth; sin embargo, no se queda del todo conforme. Pretende averiguar completamente si los descendientes de Banquo llegarán a reinar, como las brujas profetizaron. Respondiendo a su petición, asoman los fantasmas de ocho reyes, entre los que se encuentra el fantasma de Banquo, el amigo asesinado, mostrando un espejo en la mano, donde se revela que ocho descendientes de Banquo serían reyes de Escocia. En la narración, un vasallo de Macbeth le comunica que Macduff, otro noble escoces, ha desertado, en claro desacuerdo con Macbeth. En venganza, Macbeth opta por atacar el castillo de Macduff, masacrar a toda su familia. En la narración, el escenario se traslada a Inglaterra, donde Macduff, desconociendo todavía de la tragedia corrida por su familia, se entrevista con Malcolm, hijo mayor de Duncan, al que aconseja que reclame el trono, como corresponde, según las leyes de Escocia. Más tarde conoce lo acontecido con su familia.

Malcolm, hijo mayor del rey muerto, acompañado por Macduff, al mando de un ejército, invaden su patria, Escocia, apoyados por nobles Inglaterra. Macduff, Malcolm y el inglés Siward, conde de Northumberland, atacan el castillo de Dunsinane, donde se encontraba Macbeth. La tropa invasora se mimetiza, usando para camuflarse ramas de árboles del bosque de Birnam. Entonces, el bosque de Birnam se mueve, tal como había anunciado la profecía, atacado el castillo de Dunsinane, como si fuesen árboles móviles. Ante este asombroso ataque, Macbeth decide combatir. En el combate mata al hijo de Siward, después se enfrenta con Macduff. Seguro, de que ningún hombre nacido de mujer lo matará, confiando en su interpretación de la profecía de la bruja. Ante la lucha inminente con Macbeth, Macduff manifiesta que su madre había muerto una hora antes de que él naciera, ante esta evidencia, los médicos decidieron efectuar una cesárea para mantener hacer nacer a Macduff de las entrañas muertas de la madre fallecida. Entonces se devela el secreto de la profecía; Macduff no nació de una mujer viva, sino por cesaría, una vez muerta su madre. Macduff vence y mata a Macbeth. Malcolm es coronado rey de Escocia.

La tempestad no tiene esta trama, corresponde a otro escenario, que se parece al Caribe. Próspero, legítimo Duque de Milán, uno de los protagonistas principales del relato, ha sido sufrido también un complot y sus consecuencias; desterrado del ducado por su hermano Antonio. Prospero se encuentra en una isla, junto a su hija, Miranda, después de naufragar su embarcación. La obra comienza con una fuerte tormenta, desatada por Ariel, espíritu del aire, espíritu al servicio de Próspero, maestro en las artes mágicas y en la alquimia. La tormenta está consignada a ocasiona el naufragio de la embarcación donde se encuentra su hermano conspirador y su tripulación. Su hermano Antonio, su otro hermano, Sebastián, el rey de Nápoles, Alonso, su hijo Fernando, Gonzalo, consejero anciano, naufragan, encontrándose en la misma isla, perdidos. En la confusión del naufragio no tienen certeza si Fernando había sobrevivido o muerto. También se encuentran Adrián y Francisco, que son Lores. Por otra parte, el naufragio trae a la isla Trínculo, nombre asociado al verbo italiano “trincare”, que alude a “beber”. Nombre usado en la obra, atribuido a este personaje borracho. Acompañando a Trínculo se encuentra también Stefano, nombre, que en griego, significa “corona”; también, en este caso, se trata de un nombre adecuado, sólo que usado por Shakespeare en sentido contrario, aludiendo al desprecio de Stefano contra la realeza.

En contraste, en la isla, como parte de ella, nativo de la ínsula, se encuentra Calibán, esclavizado por Próspero. A propósito del nombre de Calibán, se desprende un debate etimológico; cierta crítica literaria ha asumido como sentido común que Calibán proviene de “Carib(be)an”. Algunos intérpretes incluso llegan a decir que la connotación implícita de Calibán es de “canibal”. De estas interpretaciones se sugiere que Calibán es el personaje que representa a los nativos del Nuevo Mundo, convirtiendo en una referencia de las fuentes de Shakespeare a la obra de Des Cannibales del conocido escritor francés Montaigne. En los diálogos de los personajes de La tempestad, sobre todo de Próspero y de Calibán, se hace remembranza, se nombra a Sycorax, la bruja, madre de Calibán. Sycorax también fue desterrada del norte del África, de Argelia.

El desenlace de Hamlet acaba en el arrepentimiento de Próspero, por efectuar su venganza; Próspero decide no culminar con su desquite, mas bien, perdona a sus enemigos. Termina aceptando el matrimonio entre Fernando y su hija Miranda. No se llega a este desenlace feliz, pedagógico, sin que el público no llegase a conocer, no sólo parte del desarrollo de su venganza, sino, sobre todo, el constante, sinuoso, complejo, enfrentamiento verbal, amenazante y físico, entre Próspero y Calibán.

Este enfrentamiento y este contraste van a ser resaltados por parte de la crítica literaria, aquella que podemos considerar política, incluso crítica del colonialismo, crítica del imperialismo, incluso crítica del capitalismo. Martin Mercado Vásquez toma como tema esta crítica literaria, crítica que se enfrasca, en el debate hermenéutico, en la disquisición en torno al significado histórico-político de Calibán. Martin Mercado, en su ensayo titulado Acotaciones reflexivas a la interpretación ideológica del personaje Calibán, propuesta por Robert Fernández Retamar, juzga la interpretación de Fernández, así como también, alrededor de esta interpretación y otras afines, la de otros intérpretes, que más o menos, van por el mismo rumbo[1].

Después de hacer recuento de una sucesión de interpretaciones de La tempestad, centradas en el significado desbordante de la figura de Calibán, Mercado pone el acento en los olvidos de Fernández. El primer olvido consiste en no tener en cuenta el contexto de interpretaciones, en torno a la obra de Shakespeare La tempestad, contentándose en tener como referencia sólo algunas, las más apegadas a la interpretación “ideológica”. En segundo lugar, lo que critica Mercado es la interpretación de Fernández del sentido de Calibán. Fernández asume que el mensaje del personaje Calibán es de liberación, en el sentido de la lucha de clases; se trataría de un mensaje de lucha social. Mercado no está de acuerdo, pues considera que Calibán es una figura susceptible, más bien, de acercarse a la interpretación de Aimé Césaire, quien considera as Calibán como expresión de la lucha anticolonial; lucha social por cierto; empero, no reducida a la interpretación marxista ortodoxa. En tercer lugar, Mercado no está de acuerdo con la etimología supuesta de Calibán, que, según la interpretación acostumbrada, derivaría de caníbal; por lo tanto, el nombre sería usado para calificar, si se quiere, para descalificar a lo que representa Calibán, quien, según Fernández, encarna a los oprimidos. En cambio, para Frantz Fanon, Aimé Césaire y Jhon Wadin, Calibán representa a los condenados de la tierra, a los colonizados.

Aimé Césaire hace una adaptación de La tempestad en una obra que titula Una tempestad. En esta adaptación Ariel, el espíritu del aire, se convierte en un mulato intelectual, Calibán en un esclavo afro; en la composición del relato de adaptación aparece Eshú, deidad dual, dios y demonio, deidad proveniente de la mitología africana subsahariana. Hasta ahí Martín Mercado sigue a Fernández Retamar. En cuarto lugar, Mercado observa que Fernández olvida que la adaptación de Aimé Césaire hace que Calibán pronuncie la palabra swahili uhuru, que significa liberación y lucha. Irónicamente, escribe Martin Mercado que Próspero, de un modo parecido al de Fernández Retamar, no cobra ningún interés por la palabra del “bárbaro leguaje”, aludiendo en esta apreciación a la enunciación de Césaire. Hay otros olvidos más, enumerados por Mercado. Uno de ellos tiene que ver con la aclaración que le hace Calibán a Próspero, cuando éste le encara haberlo sacado de la ignorancia, sacado de la condición salvaje, llevado a la civilización, enseñado a hablar el lenguaje culto. Calibán le dice que eso no esto no es cierto, que no le ha enseñado nada, menos a hablar, salvo chapurrear, para que él, Calibán, pueda entender las órdenes del amo. Par que pueda, cortar leña, lavar platos, pescar, plantar hortalizas, pues Próspero es demasiado holgazán para hacerlo. En cuanto a tu ciencia, la tiene Próspero bien guardada en esos libros que guarda con celo.

Otro pasaje, que cae en el olvido en la interpretación de Fernández Retamar, es la de cuando Calibán decide rechazar su nombre impuesto. Próspero se sorprende y le pregunta por qué. Le dice que ese no es su nombre. Ante esta iniciativa Próspero propone otro nombre, el de Aníbal, que le vendría bien. Calibán tampoco acepta este nombre; decide llamarse X.

Martín Mercado no está de acuerdo con la interpretación de que Calibán deriva de la palabra caníbal. Interpretación equivocada en la que caen la mayoría de los intérpretes y lectores de La tempestad, también de la adaptación Una tempestad. Prefiere recurrir a la exégesis de Eduardo J. Vior, quien cita el estudio de los profesores Vaughan y Vaughan. Estos investigadores dicen que el término Calibán deriva probablemente de la palabra gitana cauliban, que significa, negro, también oscuro.

En quinto lugar, Martín Mercado hace mención a otro olvido de Fernández; esta vez un olvido crucial para explicarse el comportamiento ambiguo y contradictorio de Calibán. Cuando Calibán se encuentra con Trínculo, al principio se asusta, cree que son demonios mandados a atormentarlo por Próspero, el mago. Trínculo le convida bebida alcohólica, emborrachando a Calibán, quien agradecido de haber sido privilegiado con ese deleite, esa bebida espirituosa, le dice que va a ser su esclavo; entonces Trínculo se convierte en su nuevo amo. Mercado interpreta este pasaje revelando las contradicciones y paradojas de la dominación y de la sumisión; el pasaje mostraría que no solo Calibán es esclavo por el acto de violencia, de sometimiento, de dominación, de Próspero sobre él, sino también que Calibán desea el amo, si no es Prospero puede ser otro. Martín Mercado dice que lo que se encuentra en la trama de La tempestad y en la trama de Una tempestad es mucho más complejo de lo que obtiene Fernández en su interpretación. Esta anotación la hace, reconociendo que la adaptación de Aimé Césaire muestra a un Calibán que no tiene miedo a nadie, ni a Próspero, ni a Trínculo, tampoco Stefano; que cuando se encuentra con estos dos últimos, que, a un principio, cree que son demonios; en vez de temerlos, mas bien, pacta con ellos, para asesinar a Próspero, y liberarse de su dominación.

En sexto lugar, Mercado señala otro olvido más de Fernández. Olvida la diferencia de desenlaces entre La tempestad y la adaptación de Césaire Una tempestad. Mientras en la obra de Shakespeare la obra culmina con el perdón de Próspero a sus enemigos y pidiendo, en compensación, su absolución. La adaptación de Césaire culmina con la constatación del enfrentamiento entre Calibán y Prospero, quien no acepta el perdón de Próspero, más bien, le señala el camino de la guerra anticolonial.

Hermenéutica y política

Más de dos siglos separan a Aimé Césaire de William Shakespeare. Contextos históricos distintos, mundos diferentes; William Shakespeare asistía al nacimiento de la modernidad, en tanto que Aimé Césaire asiste a una etapa avanzada de la modernidad, mundo labrado por las dramáticas y vertiginosas historias del sistema-mundo capitalista. Shakespeare junto a Cervantes, que lo anticipa, inauguran lo que se va a conocer como literatura; el campo propiamente literario, la novela, el teatro, el cuento, la escritura, las composiciones que hacen a la literatura. Césaire se nutre de la experiencia, la memoria, la acumulación de los sedimentos de los espesores literarios. Shakespeare no conoce, no experimenta, la política plena, en sentido moderno; en cambio, Césaire sí; milita en el Partido Comunista, después se desvincula, abriendo un horizonte que va más allá de la lucha de clases, que comprende una complejidad de luchas emancipativas, atravesadas por la guerra anticolonial y la descolonización. Shakespeare escribe la obra La tempestad, Césaire adapta la obra a una interpretación actualizada y política, como se acostumbra a hacer con las obras de teatro, adaptadas a contextos, así como adecuadas al cine. Todo esto forma parte de la enredadera de la interpretación interminable. Es casi insostenible pretender en Shakespeare una posesión anti-colonial; tampoco se puede forzar una visión colonialista. Shakespeare es la emergencia de la literatura, junto a Cervantes; tanto como Cervantes, son testimonios del nacimiento de la modernidad; a la vez son sensibles a este acontecimiento, su percepción estética busca no solo dar cuenta de la modernidad naciente, sino hacerla inteligle[RPA1]; esta vez con los recursos de la literatura. Compartimos la interpretación que encuentra en Shakespeare no solo una descripción irónica del mundo que emerge, sino, incluso una crítica de las formas de poder de entonces, crítica efectuada por medio de las expresiones estéticas. Si se puede hablar de cierta herencia, de cierto continuum entre Césaire y Shakespeare es esta inclinación por la literatura, por las expresiones estéticas; en Shakespeare como escritor de tragedias, de tramas, de obras de teatro, con distintos estilos, históricas, románticas, dramáticas, elucidando las técnicas y las pasiones del poder; en Césaire, como poeta, como ensayista, como crítico militante y político. Empero, este continuum se desplaza en geografías culturales de ruptura, de transformaciones y mutaciones. No habitan el mismo mundo, tampoco escriben de la misma manera.

No se puede interpretar la literatura de la misma manera que se lo hace con ensayos filosóficos, tampoco de la misma manera que se lo hace con escritos políticos. No solamente porque se trata de campos distintos, sino porque la estructura de composición de estos campos, la literatura, la filosofía, la política, es diferente; no se pueden homologar. Por lo tanto, exigen a la hermenéutica reconfiguraciones, apropiaciones, lecturas e interpretaciones distintas. La llegada a los lenguajes literarios, a los lenguajes filosóficos y a los lenguajes políticos es distinta. La forma de moverse, de descifrar sus enunciados, sus figuras, sus metáforas, sus alegorías, sus conceptos, es diferente; las técnicas empleadas para hacerlo son distintas. Si bien es cierto, que no se trata de ámbitos autónomos, como si no se tocaran, como algunos críticos literarios creen, también críticos de la filosofía y de la política asumen. Si bien estos campos se entrelazan como ecologías culturales, recorridas, reproducidas por las actividades humanas, que figuran, configuran y reconfiguran estos tejidos, tampoco se puede reconfigurar, interpretar y analizar como si fuesen el mismo referente o, por lo menos análogo, equiparable. Aunque se pueda decir, que nada escapa a la política, también nada escapa a la “ideología”, no se puede concluir que esta vinculación se repite de la misma manera. Una obra literaria no es filosófica de la misma manera que lo es el ensayo filosófico, una obra literaria no es política de la misma manera que lo es la formación discursiva política. Entonces, incluso, para develar el secreto político de la obra literaria, es menester emplear distintos recursos, quizás más apegados a las sensaciones, a las percepciones, a la imaginación, que a la racionalidad abstracta, incluso, en el caso de la comparación con la política, a la denuncia e interpelación política.

La literatura exige, para que se pueda acceder a sus sedimentos estratificados, a su memoria metafórica, la vivencia de las experiencias sociales, que anidan en los tejidos de la escritura. Aimé Césaire, sensible a la percepción estética, incursiona en La tempestad, sin necesidad de calificarla o descalificarla, sino asumiéndola como herencia intercultural, usando las desbordantes figuras y personajes de la obra para efectuar una interpretación política, que no se restringe a la denuncia, ni al reclamo de justicia, como acostumbran a hacer muchos políticos revolucionarios, muchos “ideólogos” que se reclaman de contestatarios. Césaire crea como lo hace Shakespeare.

Para terminar, hablando de olvidos, Martín Mercado Vásquez, que nos presenta un iluminador ensayo crítico, se olvidó del pasaje de La tempestad de donde Karl Marx saca su famosa frase de definición estética de la modernidad, que la interpreta como cuando todo lo sólido se desvanece en el aire.

Próspero les dice a su hija Miranda y a Fernando, su enamorado:

Te veo preocupado, hijo mío, y como abatido. Recobra el ánimo. Nuestra fiesta ha terminado. Los actores, como ya te dije, eran espíritus y se han disuelto en aire, en aire leve, y, cual la obra sin cimientos de esta fantasía, las torres con sus nubes, los regios palacios, los templos solemnes, el inmenso mundo y cuantos lo hereden, todo se disipará e, igual que se ha esfumado mi etérea función, no quedará ni polvo. Somos de la misma sustancia que los sueños, y nuestra breve vida culmina en un dormir. Estoy turbado. Disculpa mi flaqueza; mi mente está agitada. No te inquiete mi dolencia. Si gustas, retírate a mi celda y reposa. Pasearé un momento por calmar mi ánimo excitado. —

[1] Ver de Martin Mercado Vásquez Acotaciones reflexivas a la interpretación ideológica del personaje Calibán, propuesta por Robert Fernández Retamar. En Pensamiento de-colonial y literatura. Cuadernos de Literatura. Carrera de Literatura-UMSA; La Paz 2014


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