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Desde Madrid: (re)Construir la acción colectiva

Equilibrismos :: 05.02.15

Crear comunidad. Intentar un “nosotros”. Y ese “nosotros” no puede surgir de la nada a la que nos han arrastrados los mercados y sus instituciones, tiene que ser el resultado de una manera distinta de estar en el mundo.

Esta es la primera parte del texto sirvió de base para algunas de las intervenciones que hicimos como @equilibrismos en el debate ¿Asaltar las instituciones? y para la charla Reflexiones acerca de la deriva institucional de los movimientos sociales en el Encuentro del Libro Anarquista de Madrid.

Premisas

Partimos de dos premisas claras. La primera es que somos anticapitalistas y deseamos la abolición del estado, el capital y el patriarcado. No sólo porque es un sistema injusto, criminal, etc. sino porque a medio y largo plazo no hay solución dentro de él. Y esto es algo que creemos que hay que decir. Ahora bien, la segunda premisa es que estamos muy lejos de que algo así pueda producirse (al menos de la manera que nosotros queremos, quizás no estemos tan lejos de un colapso ecológico; estamos más cerca de la barbarie que del socialismo). A día de hoy, la cuestión de la posibilidad de una revolución social no está encima de la mesa. Toda nuestra intervención se mueve dentro de este marco conceptual: la existencia de un abismo terrible y muy decepcionante entre la necesidad de transformación radical y su posibilidad a corto plazo.

Un impasse histórico

A nivel histórico, no estamos en el momento clásico de los libros en el que un movimiento potencialmente revolucionario es escamoteado por la socialdemocracia. No estamos en la Alemania de 1918, o en la España de 1936. Ni siquiera los setenta en Europa occidental. Estamos más cerca de 1900 o de 1950… En un intermezzo, un impasse entre las derrotas de los setenta y lo que está por venir. Esto es algo que también dice más gente, desde Alan Badiou hasta algunos teóricos de la comunización, por ejemplo.

Partimos de la idea de que en una revolución confluyen dos “caminos” (que ahora mismo parecen, y son, paralelos). Por un lado, repertorios de acción colectiva muy condicionados, probablemente, por la matriz social en la que se producen: la estructura concreta de las relaciones de clase, los condicionantes ideológicos-culturales previos, etc. Algo parecido a lo que el operaismo italiano llamaba “composición de clase”. Pero esta acción colectiva no es ni revolucionaria ni anti-revolucionaria en sí misma, es contradictoria, con aspectos “radicales” y “conservadores” no sólo en los mismos conflictos sino también incluso en las mismas personas.

Por otro lado, una teoría revolucionaria heredera de las expresiones revolucionarias precedentes más avanzadas que elabora la crítica de sus fracasos y aciertos.

La idea es que según aparecen y se extienden las nuevas formas de acción colectiva, la teoría revolucionaria evoluciona recogiendo y aprendiendo de esas experiencias e integrándolas en su marco conceptual. A la vez, la participación de los revolucionarios en dichas luchas podría (en el mejor de los casos) ir favoreciendo los aspectos más radicales (más comunistas, en el sentido del “movimiento real” de Marx) y combatiendo, o tratando de combatir, los más conservadores desde la perspectiva de una transformación general de la sociedad. Transformación que en dichos conflictos individuales está ausente (cuando se hace una huelga o se para un desahucio, en general, no se piensa en hacer la revolución).

Entendemos que un momento revolucionario ocurre cuando, poco a poco, esas dos perspectivas se van acercando, se interrelacionan, van entrando en resonancia y en último término, un enorme grupo de proletarios y proletarias (gente que trabaja, que está en el paro o excluida del sistema; estudiantes, amas de casa, etc.) hacen suya la necesidad de echar abajo “el sistema” y la voluntad de llevarlo a cabo.

Sin embargo, en tiempos de impasse como los que estamos, ambos fenómenos son minoritarios y además están aislados, salvo por la participación personal de cierta gente en ambos.

El 15M

¿Por qué contamos todo esto? Desde este punto de vista es cómo vemos el 15M: como un momento de irrupción, muy diverso e incluso contradictorio, de la acción colectiva. Gente en la calle, hablando, discutiendo, practicando la acción directa, recuperando el espacio público, etc. Pero también, una tecnofilia a veces ingenua, una mitificación de la palabra “democracia”, cuando no del conflicto, una crítica escasa del capitalismo y no sólo de sus aspectos más nocivos, etc. Es decir, con sus cosas buenas y sus cosas malas. Pero es un momento que acaba y ha dejado un sedimento. Un sedimento tanto discursivo, como práctico o cultural (el espíritu del 15M) y también personal en la forma de pequeños núcleos resistentes.

¿Cuál es la parte de ese sedimento que nos interesa a nosotros? El 15M, con todas sus taras y derivas puso en juego ciertos conceptos y visibilizó la asamblea como forma de organización. A su vez, generó simpatía hacia el conflicto y desterró parte (solo parte) del poder de los medios de comunicación; Gamonal = ETA ya no cuela tan fácilmente… de hecho entra el humor en juego… un humor no gestado por los movimientos sociales, sino por partes de la propia sociedad. Hablar ahora de asambleas como espacio de reunión y toma de acuerdos en sitios tan dispares como un hospital o el trabajo es algo factible. Por supuesto hay reticencias, pero los propios asistentes dirimen sus tensiones. Esa cultura política colectiva mínima (que estamos esquematizando demasiado) es indispensable para poder seguir haciendo equilibrismos.

Por supuesto, otra parte de esos sedimentos discursivos, personales y prácticos es de dónde se está alimentando parte del imaginario del asalto institucional. Más marcado y constitutivo de las iniciativas que constituyen inicialmente Ganemos y más superficial en Podemos, donde, cada vez más, parece que esos elementos post15M son un nueva capa de barniz a una socialdemocracia bastante clásica.

¿Cuál fue para nosotros el principal problema del 15M? Que no se extendió más (o de forma general) al ámbito de lo cotidiano, que no se tradujo en una “cultura de lucha” (o si lo hizo fue de forma muy minoritaria) fuera de las plazas y hacia los trabajos, los hogares, etc. Pero esto, por otra parte, es normal. Llegó a donde llegó. Y uno de los factores más importantes para las limitaciones del 15M era, de hecho, la escasa “cultura de lucha” y de “acción colectiva” preexistente. Es decir, en parte es un problema de la pescadilla que se muerde la cola, un círculo vicioso que hay que romper.

Zapa

Desde la perspectiva del impasse, usamos una frase que resume nuestra postura: “no hay acción colectiva revolucionaria sin acción colectiva”. Desde otro punto de vista, podemos expresarlo como una perogrullada que con frecuencia se olvida: sólo donde hay una cultura política mínima (óbviese el gueto, por favor) se pueden proponer cuestiones que pongan sobre la mesa críticas radicales del capitalismo. Si no la hay, no hay manera de establecer puentes comunicativos con el resto de miembros de esa amalgama que algunos llaman pueblo. Lo que queremos decir es que estos tiempos de impasse exigen una labor de zapa.

Necesitamos luchas y proyectos que fortalezcan lo común, pero no como consigna o como modo de gestión, sino como expresión de vida. La metáfora geológica que utilizamos tan habitualmente apunta a este sentido. Cualquier proceso colectivo exige una cultura colectiva. Y entiéndase cultura en un sentido cercano al de naturaleza, esa forma de estar en la vida… La cultura de lucha es un bien colectivo, una historia y una operatividad compartidas. El resultado de un lento proceso de acumulación que se ha visto barrido desde hace unas décadas por lo que vienen a denominarse políticas neoliberales. El tiempo se ha acelerado y quienes participamos de las luchas sociales nos encontramos ciertamente desorientados. O lo que es más certero: nuestra desorientación es todavía mayor de lo que ya era.

Podemos desprecia los procesos colectivos y se centra en la necesidad de cuadros y estrategas. Nosotros apostamos por una implicación colectiva en los procesos de transformación social. La cuestión es que todo lo que fomente esa cultura contribuye a echar raíces, a generar un sustrato sobre el que poder trabajar y trazar mapas. Evidentemente, la sedimentación nunca fue un proceso demasiado veloz. Y eso choca con el acelerón de los acontecimientos que estamos viviendo. Por tanto ese es uno de los criterios que tenemos a la hora de apoyar o involucrarnos en una lucha o proyecto: si deja un poso que sustente los valores por los que apostamos. Y como apuesta no es ideológica, sino que se basa en la práctica.

Es en este contexto en el que surgen propuestas de integración institucional que se presentan como salidas del atolladero. La idea es lógica. Tras el saqueo económico y la fragmentación social surge la idea de asaltar las urnas y fantasear con la idea de revancha. Ocurre, además, que estas nuevas propuestas de intervención institucional ofrecen todo un amplio abanico de posibilidades de vinculación con el partido: desde la militancia en los círculos, hasta la participación en Plaza Podemos, pasando por votar y debatir por el móvil. Estos distintos grados de implicación conectan de maravilla con las necesidades de la gente, que en su mayoría no contempla como posibilidad pasar varias horas a la semana en una asamblea (lo que, por otra parte, es normal).

En este sentido es claro que nuestra propuesta parte en clara desventaja, ya que frente a estos mecanismos de “participación” somos conscientes de que nosotros vendemos una “mercancía defectuosa”, porque proponemos una forma de hacer que exige más dedicación y trabajo y que, sobre todo, no conecta con la satisfacción rápida. Plantea sólo posibilidades a medio plazo.

Lo que ocurre es que por mucho que estas formas de participación indirecta sean imbuidas de novedad por fomentar el uso de las nuevas tecnologías, forman parte de la vieja política. Porque votar por móvil o escribir en un foro no es llevar la política al terreno de lo cotidiano, sino al de la atomización. Por otro lado, salvo honrosas excepciones, lo cierto es que las últimas décadas de capitalismo han borrado el suelo bajo nuestros pies: las luchas carecen de raíces y herramientas, el conflicto es sistemáticamente desterrado del escenario social. Es en esta tierra de nadie donde surgen esas propuestas políticas que pretenden romper con lo anterior y traer aire fresco. Y aunque en algunos casos esté hablando de un escenario de ruptura, en realidad la musiquilla de fondo no es sino de pura y dura adaptación. Dicho en otras palabras: la conquista de las instituciones no supone inaugurar un nuevo tiempo, una vida nueva, sino que es un estertor del viejo mundo.

La movilización desde lo institucional

En el análisis de la propuesta de movilización desde lo institucional, nos parece clave detenernos en la indefinición que se advierte en este aspecto en Ganemos y Podemos, que defienden la posibilidad de usar las instituciones para generar movilización, crear “unidad popular”, generar una nueva “sociedad civil” o para llevar a cabo algo así como la “desobediencia institucional”. ¿Cómo se articula lo colectivo en o desde lo institucional? Es decir, cómo se articula de verdad, sin metáforas literarias. En este sentido las propuestas son sumamente vagas: ¿estamos hablando de manifestaciones masivas tipo la que acaba de convocar Podemos? ¿Estamos hablando de canalizar los recursos institucionales, dinero, etc. hacia otro tipo de asociaciones o empresas, siguiendo el modelo de Aguirre en el 2004? ¿De qué estamos hablando?

Por ejemplo, antes Podemos parecía tener sus círculos, que, como se dice en el blog Domingos en chándal, ofrecían la idea de hacer algo sin estar haciendo nada. Sin embargo, ahora ha quedado claro que la apuesta es la de un secretario general fuerte: política de arriba a abajo tuneada con elementos post 15M.

En la famosa entrevista para Diagonal, Iñigo Errejón desdeña en cierta medida a los movimientos sociales no porque la desmovilización quepa en el modelo de Podemos, sino porque entiende que ese modelo los trasciende. Frente a la lógica del movimiento social, minoritario por definición, opone el “torbellino popular y ciudadano”, con vocación de formación de mayorías. Pero esa construcción de mayorías se produce exclusivamente en torno al voto o, como mucho, en torno a la movilización multitudinaria desde arriba, no desde la autoorganización. Es lo mismo que pasa con la participación en Podemos: su modelo es el de una democracia tremendamente formalista, que propone votar desde el móvil en el aislamiento de tu casa, en un contexto en el que un grupo tiene una desproporcionada aparición mediática.

Todos sabemos que las leyes tienen dos fases que son reflejo de dos momentos distintos de correlación de fuerzas: la aprobación y promulgación de la ley (correlación de fuerzas en el ámbito de la representación) y su cumplimiento (poder social). Que una ley funcione exige una correlación de fuerzas favorable en ambos escenarios, y en el segundo, eso se traduce en la necesidad de una capacidad material para hacerla cumplir. En nuestro campo, esto significa que da igual que se prohíban las horas extras sin remunerar por encima de un techo de horas de trabajo semanales inscritas en convenio si no hay correa de transmisión social de esa ley, es decir, si no hay capacidad de imponerla cotidianamente en los centros de trabajo.
Por supuesto, se confía en dinamizar ese poder social desde el ámbito institucional, pero lo cierto es que cuando Laclau defiende esa posibilidad política, lo primero que se nos viene a la cabeza es la Conferencia Episcopal convocando, con subvenciones extra del PP, concentraciones en Colón contra la ley del aborto ZP, y no la defensa cotidiana de los derechos laborales.

Construir la acción colectiva

La movilización y la acción colectiva no son lo mismo. Autores como Zizek (o, desde otra óptica, García Linera) las confunden cuando entienden lo que llaman el “paradigma de la democracia directa” como un deseo de movilización permanente, pero lo cierto es que hay una diferencia importante entre una y otra: la movilización es una herramienta de presión, la acción colectiva es, además, un cortocircuito de las relaciones interpersonales cotidianas. Nuestra propuesta no es un Rodea al Congreso permanente, ni una orgía de macromanifestaciones diarias, sino una vinculación activa con nuestro entorno inmediato.

Frente a la apología de la movilización permanente, nuestra propuesta pasa por el respeto de las fases biológicas de los conflictos sociales: nacen, se desarrollan, a veces se reproducen, y mueren. En ese proceso generan ese sedimento del que hablábamos, una cultura de lucha en el sentido práctico, pero también dan lugar a un imaginario conceptual distinto, terminológico, de lo posible, lo deseable y lo indeseable.

Para acabar, es interesante volver a la idea del impasse y al análisis de la situación actual, donde la acción colectiva y la teoría revolucionaria se encuentran muy separadas. No nos preocupa que la acción colectiva sea más o menos revolucionaria, nos preocupa que apenas haya acción colectiva y que, cuando la hay, esté llena de incapacidades: que sea incapaz de desbordar a los sindicatos, incapaz de ir más allá de una defensa acrítica de “lo público”, incapaz de penetrar en los centros de trabajo del sector terciario, minoritaria y copada por el intereses partidistas como se ve en el tema de los desahucios. Nos preocupa, además, que las perspectivas teóricas más afines a las nuestras estén completamente fuera de dichas expresiones mínimas de acción colectiva.

Tenemos que tener claro que no vamos a volver a ninguna época dorada anterior: ni el 17, ni el 36, ni el 68, ni los 70. Lo que venga será en muchos aspectos nuevo, aunque mantendrá, por supuesto, un hilo de continuidad con dichas experiencias. Expresará viejos problemas bajo nuevas consignas. Algunos ejes de lucha desaparecerán, otros cambiaran la manera de expresarse y aparecerán otros nuevos. Surgirán nuevas prácticas y otras muy viejas prácticas resurgirán bajo nuevas formas. Pero eso, a día de hoy, no podemos más que vislumbrarlo mínimamente en las luchas que surgen.

Por último hay que entender que estás prácticas están y van a estar insertas en contradicciones, pero que en la medida en que se resuelven paulatinamente, aunque de manera parcial (la tensión que existe, por ejemplo, entre la propia conciencia ciudadana y la propuesta de unos compañeros de curro de siliconear las cerraduras el día antes de la huelga) generan tendencias; tienden a la solidaridad, a la acción directa, a la horizontalidad… E independientemente de que esa tendencias se desaten en mayor o menor medida, solo el movimiento genera más movimiento, solo la lucha genera el sustrato suficiente para que otras luchas emerjan, y desborden a las anteriores.

Nuestro esfuerzo no pasa por demonizar a quienes optan por la participación en el Estado. Lo que queremos es señalar que existe otro pensar donde el actual pensar parece que se rinde y asume las formas de intervención política de siempre como si fueran algo recién inventado. Más importante aún: que ese pensar y la acción que de él se derive deben ser colectivos. ¿Cuál es nuestra propuesta en positivo? Insistir en crear comunidad a partir de nuestra desposesión, en el hecho de que no estamos solos con nuestras respectivas vidas. Intentar un “nosotros”. Y ese “nosotros” no puede surgir de la nada a la que nos han arrastrados los mercados y sus instituciones, tiene que ser el resultado de una manera distinta de estar en el mundo. Lo dicho: una cultura, un lenguaje, una lucha que sea de todos y de nadie, que se haga fuerte paso a paso, que deje su marca en el mundo, que se sume a otros rastros dejados y que están por llegar. Por tanto, hay que tener cintura y no cerrarse en banda. Defender lo defendible, y como se ha señalado, su desbordamiento. Esta es nuestra propuesta: desbordar para avanzar poco a poco desde lo común, pero no perder jamás de vista que lo que se busca conquistar es la libertad. La vida misma, otra radicalmente distinta de esta que conocemos.


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