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El crepúsculo de las vanguardias

Samuel Bravo :: 29.03.17

Samuel Bravo, artista plástico, vocero del Consejo Comunal Madre Tierra (parroquia La Pastora, Caracas), miembro del Colectivo Cultural Toromayma y activista de la Plataforma del pueblo en lucha y del chavismo crítico.

El crepúsculo de las vanguardias
Por: Samuel Bravo | Martes, 28/03/2017 09:29
https://www.aporrea.org/actualidad/a243375.html

Desde hace siglo y medio, especialmente desde que Marx le impuso su hegemonía al movimiento revolucionario mundial, la izquierda internacional, más allá de todos los matices, tendencias e iglesias, se mantiene aferrada a dos imperativos categóricos: el primero consiste en creer que la revolución debe ser obra de las “vanguardias” y el segundo que la tarea inmediata de las mismas es la “toma del poder”. Pero en vista de tantas decepciones, sinsabores y estafas vendidas como píldoras milagrosas por esta misma izquierda, ¿no será acaso hora de replantear minuciosamente estas tareas supuestamente fundamentales?

Vanguardias ilustradas vs. masas ignorantes

Uno de los que más desarrolló el concepto de vanguardia, en política, fue Vladimir Ilich Lenin, que no solo creía en el papel determinante de los revolucionarios profesionales, sino que además lo aplicó al pie de la letra, al construir un partido revolucionario disciplinado y rígidamente jerarquizado. Este partido debía representar la crema y nata del proletariado y guiarlo por los gloriosos y heroicos senderos de la revolución. En las condiciones de la Rusia zarista de inicios del siglo XX, entendemos que era imposible llevar a cabo un proceso revolucionario sin un instrumento estructurado en función de una disciplina de hierro y más imposible aún hacer que triunfara sobre sus enemigos sin el orden militar más implacable, pues los enemigos del movimiento obrero y revolucionario no eran nada más y nada menos que las potencias europeas y el orden absolutista del zar ruso. Sin embargo, la crudeza de la realidad rusa de los primeros años del siglo XX no es un argumento suficiente para eximirnos de una profunda revisión del concepto de vanguardia, bien sea bajo la forma de partido, al estilo leninista, o de guerrilla, al estilo guevarista.

En primer lugar, este concepto expresa una actitud de arrogancia, a veces condescendiente, y otras veces francamente despreciativa, hacia el común de los mortales, pues presupone la existencia de una “masas” ignorantes, atrasadas y manipulables a discreción. La existencia de “vanguardias”, científicamente constituidas de acuerdo al momento “objetivo” del acontecer histórico, es imprescindible, según los científicos de la revolución, pues la plebe es casi siempre incapaz de darse cuenta de sus propias condiciones de opresión y mucho menos de los medios para su propia emancipación. ¿No eran los campesinos rusos los primeros defensores del zar y no fue el Che Guevara entregado al ejército boliviano por un campesino? ¿No fueron los esclavos negros los primeros defensores de la Corona Española en contra de los “patriotas”? ¿Qué mejores pruebas de la ignorancia de los pobres y de la necesidad de las vanguardias para conducir los destinos de la revolución? La oposición, es decir, la “dialéctica”, según los materialistas históricos, entre “vanguardias” y “masas” es la misma que existe, en opinión de los mismos, entre la ciencia y la ignorancia, la luz y las tinieblas, la verdad y la mentira, la razón y la superstición, el bien y el mal. De este presupuesto se deriva naturalmente que existe una jerarquía muy bien definida en el bando de los pobres y de los oprimidos, siendo la vanguardia la que ocupa el nivel más alto y sobre los hombros de la cual descansa la responsabilidad histórica de guiar, tal mesías, las masas analfabetas. La vanguardia se constituye, de esta manera, como una élite, una aristocracia, por debajo de la cual la clase obrera se empantana en su propia brutalidad, seguida por los campesinos (lejos detrás de los obreros, menos ignorantes) y, en el sub-suelo de la escala social, por el “lumpen-proletariado”, la vergüenza de los pobres, los indeseables, los peores que nada, en las filas del cual encontramos a los borrachos, drogadictos, prostitutas, malandros, etc. Tal como el rey-filósofo, en la filosofía platónica, asume la misión mesiánica de enseñarle la verdad al común de los mortales, la vanguardia revolucionaria ilustrada tiene la misión histórica de instruir al proletariado (la clase más consciente) y de liberarlo de las cadenas de la ignorancia que lo atan al fondo de la Caverna moderna. La misma palabra lo indica: una “vanguardia”, como parte del ámbito castrense rígidamente jarárquico, se refiere a la parte del mismo que va delante del cuerpo principal y que, por lo tanto, es cualitativamente superior.

El elitismo de las vanguardias las llevan, además, a convertirse en cúpulas que se adaptan con gran facilidad a la democracia burguesa y representativa. Sintiéndose superiores a “las masas”, se adaptan de maravilla a los parlamentos y cargos burocráticos, postergando indefinidamente el momento de hacer la revolución o, cuando consideran que la revolución ha triunfado, como en el caso de Venezuela, atornillándose a los cargos de poder. Vemos así como todos los diputados, alcaldes, gobernadores y concejales del Gran Polo Patriótico, en nuestro país, se han enquistado a todos los niveles del Estado, dejándolo intacto y olvidando por completo la promesa de desmantelar el “Estado burgués”. El filósofo francés Michel Onfray va incluso más allá en su crítica de la izquierda autoritaria: en su Política del rebelde lo escribe de forma lapidaria: “los revolucionarios de hoy son los reaccionarios de mañana. Muy a menudo, los opositores de ayer se revelan peores que sus antecesores en cuanto ocupan el trono”.

¿Necesidades de la gente o necesidades del partido?

En tal sentido, las vanguardias, en su papel hegemónico de guías, son aquellas que piensan saber interpretar a cabalidad las necesidades de las “masas”; saben lo que es bueno y lo que es malo para ellas, puesto que las mismas son incapaces de saberlo, sumergidas en su arcaica condición de oprimidas. Por lo tanto, son las que determinan cuáles son sus necesidades, que no son necesariamente las que elegirían de forma natural. Por ejemplo, los campesinos, la mayoría de las veces de mentalidad “pequeño burguesa”, según las ilustradas vanguardias, no entienden que la forma colectiva de poseer la tierra es infinitamente “superior” al modelo de posesión y de explotación individual. Por lo tanto, ya que el campesino no es capaz de determinar cuál es el camino hacia su propia felicidad, hay que forzarlo a ser “libre”, obligándolo a organizarse de forma colectiva, única forma que representa la antesala de la sociedad ideal sin clases. Ahora bien, ¿es acaso la vanguardia la mejor capacitada para determinar cuáles son las necesidades del común de los mortales? ¿No terminan sustituyendo sus propias necesidades, intereses y conceptos abstractos a los de la gente? Efectivamente, en todos los casos históricos de acceso al poder por parte de “vanguardias revolucionarias”, organizadas en partidos, los mismos sustituyeron los intereses de las grandes mayorías por las suyas propias. De esta forma, la Unión Soviética se convirtió en la unión de los soviets (”consejo” en ruso) controlados por el partido. Y la consigna “¡Todo el poder a los soviets!” se convirtió sencillamente en “¡Todo el poder al partido!”. La Venezuela “bolivariana” no escapa a esta regla: la “vanguardia”, constituida en PSUV, es la que debe “dictarle las líneas” al pueblo trabajador ya que es la única en poder determinar cuál es el camino hacia “la mayor suma de felicidad posible” para el pueblo. Y los que no se organicen en función de los “órganos del poder popular” (consejos comunales, consejos campesinos, de trabajadores, CLAP, etc) deben ser considerados como contra-revolucionarios. Llegamos, pues, a una situación absolutamente opuesta a lo que debería ser un proceso emancipador: el partido es el que debe controlar los consejos comunales y todas las supuestas organizaciones populares, pues representa la única garantía de éxito de la “transición al socialismo”.

Al extremo opuesto de esta actitud intervencionista, controladora y hegemónica del partido encontramos, por ejemplo, la actitud de otras fuerzas revolucionarias que, en la historia, demostraron por su ejemplo la posibilidad de otro tipo de militancia revolucionaria. Fue el caso del ejército makhnovista (la makhnovchina) en tiempos de la revolución rusa, fundamentalmente entre 1918 y 1921. Para su fundador, Nestor Makhno, el ejército revolucionario no debía tener incidencia en los consejos campesinos sino dejarles que planificaran la producción y diseñaran su forma organizativa. Los makhnovistas, cada vez que liberaban una localidad en Ucrania, colgaban carteles que decían lo siguiente: “la libertad de los campesinos y de los obreros les pertenece y no puede ni debe sufrir restricción alguna. Corresponde a los propios campesinos y obreros actuar, organizarse, entenderse en todas las áreas de la vida, siguiendo sus ideas y deseos (…). Los makhnovistas sólo pueden ayudarlos dándoles consejos u opiniones (…). Pero no pueden ni quieren, en ningún caso, gobernarlos”. Esta actitud coincidía con la del ideólogo anarquista Pedro Kropotkin, que escribía, en 1920, acerca de los soviets: “la influencia dirigente del partido (bolchevique) sobre la gente (…) ha destruido ya la influencia y energía constructiva que tenían los soviets, esa promisoria institución. En el momento actual, son los comités del partido, y no los soviets, quienes llevan la dirección en Rusia. Y su organización sufre los defectos de toda organización burocrática”. La caricatura del vanguardismo burocrático la tenemos actualmente en nuestro país: el abominable peso del partido de gobierno llega al punto que es él y únicamente él quien puede determinar cómo, cuándo y sobre qué materia debe organizarse la gente. El partido omnipotente y omnipresente es quien controla, por ejemplo, instituciones como Fundacomunal la cual, a su vez, planifica como deben organizarse los consejos comunales, sin dejarle ningún tipo de autonomía ni de margen de maniobra a los mismos. Ni hablar de los famosos CLAP (Comités Locales de Abastecimiento y Producción), caricatura grotesca de “organización popular”, controlada al 100 % por el partido y el gobierno y que, no por casualidad, maneja el tema más sensible y estratégico actualmente en Venezuela: la alimentación. El PSUV-gobierno logró, pues, lo que ningún otro gobierno anterior había logrado: liquidar por completo la organización independiente del pueblo.

¿”Dictadura del proletariado” o dictadura de las cúpulas?

Todo lo dicho anteriormente nos conduce naturalmente a considerar las vanguardias como necesariamente autoritarias e impositivas. Y esta realidad está condensada en el famoso y detestable concepto marxista de “dictadura del proletariado”. ¿Podemos acaso imaginarnos que pueda surgir una sociedad libre de una “dictadura”, por más “popular” que sea? Ya de por sí, la idea es totalmente incongruente. Pero además, cuando analizamos la experiencia soviética y las experiencias del socialismo impulsadas desde el Estado, nos conseguimos con que la dictadura del proletariado, ejercida por su “vanguardia” para supuestamente aplastar a su enemigo histórico, la burguesía, se convirtió sencillamente en dictadura del partido y de las cúpulas que lo dirigen. He aquí el pecado original de la conformación de las vanguardias: por pretenderse dueñas de la verdad, de la necesidad histórica y de la revolución, se terminan constituyendo como castas, cúpulas, élites que se imponen por encima de aquellos en nombre de quienes supuestamente pretenden luchar: los trabajadores. Los que ayer hablaban de libertad, de justicia y de respeto de los derechos humanos, una vez en el poder se convierten en los peores negadores de todas las libertades. No por nada Mijail Bakunin, ya en el siglo XIX, consideraba a Marx y a su bando como los representantes del “socialismo autoritario”. Las deportaciones masivas y las persecuciones del régimen soviético no hicieron sino darle dramáticamente la razón.

Lamentablemente, la actitud autoritaria y arrogante propia de toda vanguardia es una realidad cotidiana de nuestra “revolución bolivariana” y de sus “cuadros”, los del PSUV y de sus aduladores del Gran Polo Patriótico (GPP). El socialismo se convierte así en un dogma, el partido en un gendarme, el chavismo en un catecismo y Chávez en un dios. Y pobres de aquellos que se atrevan a disentir de la línea oficial. Son lanzados al banquillo de los acusados, calumniados, perseguidos, acusados de contra-revolucionarios, políticamente aniquilados o, a veces incluso, físicamente eliminados. El PSUV recurre, pues, a todos los ingredientes del vanguardismo más autoritario: los “cuadros” son los que deben mandar y las “masas” las que deben obedecer; la “formación de cuadros” debe ser la responsabilidad del partido, que los manda a Cuba para recibir una auténtica educación socialista y los “contra-revolucionarios” deben ser perseguidos sin contemplación. El carácter autoritario y represivo del partido-gobierno en Venezuela se ha incluso consolidado bajo la jefatura de Maduro, que no escatima esfuerzos en crear instancias represivas y excluyentes (CLAP, “colectivos”, OLP, Estados Mayores, etc) para controlar al pueblo y desmantelar cualquier intento de organización autónoma del mismo.

Por nuestra parte, estamos firmemente convencidos de que la “revolución bolivariana” al poder fracasó estrepitosamente. Y esto no debe ser atribuido exclusivamente al carácter reformista, burgués y social-demócrata del PSUV sino también al carácter intrinsicamente autoritario, anti-democrático, excluyente y arrogante propio del vanguardismo, que también caracteriza a todos los partidos del Gran Polo Patriótico, desde el ortodoxo y muy estaliniano Partido Comunista de Venezuela, que tiene larga trayectoria en la experiencia del “poder”, hasta los más reformistas, como el partido Podemos, pasando por todo un abanico de las más folclóricas expresiones seudo-izquierdistas (Redes, Tupamaros y UPV, por ejemplo). De tal manera que no podemos hablar de “malas” o de “buenas” vanguardias, de cuadros “más” o “menos” revolucionarios; lo que debemos cuestionar es la creencia misma en la necesidad de los partidos, de los cuadros, de las direcciones y de las vanguardias. Sus miembros se distancian voluntariamente del común de los mortales, creyéndose superiores a él. Es de todos sabido, por ejemplo, que durante los saqueos, en 1989, del mal llamado “caracazo” (que, según muchos testigos presenciales, fue en realidad un “guarenazo”) el pueblo pobre estalló bajo el efecto de un desespero incontenible ante las medidas económicas del gobierno de aquel entonces, y lo hizo sin la “dirección” de ningún partido ni organización política. Hay quienes consideraron, incluso, desde su arrogancia seudo-revolucionaria, que esa manifestación de barbarie debía ser condenada y que el “orden” debía ser restablecido. Ese abismo existente entre el “pueblo” y “sus” vanguardias se tradujo en un hecho más reciente pero igualmente emblemático: el célebre gesto de Hugo Chávez, al enarbolar un crucifijo el 14 de abril de 2002 en la madrugada, pidiéndole a sus miles de seguidores de volver a sus casas pacíficamente. Ponía, de esta manera, punto final a la rebelión popular del 13 de abril y se sentaba a negociar unos días después con los mismos conspiradores que, unas horas antes, habían querido sepultar el proceso popular de cambio. Así se manifiestan casi siempre las vanguardias y las direcciones políticas: o actúan de espaldas a las grandes mayorías o, peor aún, las traicionan. La lista de estos casos en la historia es interminable. Esta es la quintaesencia de las vanguardias y por ello consideramos que deben ser radicalmente revisadas en sus objetivos históricos, sus actuaciones y sus metodologías.

Surge entonces, como siempre, la misma gran pregunta: ¿qué hacer? ¿Desaparecer de un solo plumazo las vanguardias, los partidos, los fulanos “cuadros”? No se trata de eso, pues sería tan dogmático y absurdo como pensar que los mismos tienen la verdad entre sus manos. De lo que se trata es de aceptar que la famosa “crisis de los partidos” es una realidad planetaria. Los pobres del mundo llevan años manifestando su rechazo a estas obsoletas estructuras que se han convertido en aparatos ineficientes, burocráticos, corrompidos, rígidos, jerárquicos y, finalmente, alejados del sentir de las grandes mayorías. Lo que le proponemos a los camaradas que aún creen en la necesidad de estas estructuras es la conformación de un nuevo tipo de instancias para un nuevo tipo de militancia; una militancia que esté a la altura del clamor popular mundial que se ha expresado en los últimos años a través de fórmulas tan lapidarias como acertadas, por ejemplo el famosos grito “¡Que se vayan todos!” del pueblo argentino en el año 2001; o a través de experiencias de democracia directa como la de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO), en 2006, en México; o a través del alzamiento del pueblo griego, entre 2009 y 2014, en contra del paquetazo neo-liberal impuesto por su propio gobierno, así como por los grandes centros financieros europeos e internacionales. Lo que proponemos es que construyamos otro tipo de organizaciones, que no sean ni jerárquicas, ni autoritarias, ni excluyentes; unas organizaciones que sean capaces de responderle, por ejemplo, a las expectativas del pueblo colombiano que se expresó claramente, en el año 2016, por medio de un referendo, en contra de todas las cúpulas, tanto las del gobierno como las de las FARC; unas organizaciones que logren satisfacer las expectativas del pueblo venezolano que, el 6 de diciembre de 2015, se llevó a todos los partidos por los cachos, ejerciendo su voto castigo en contra de los cogollos, tanto de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) como del partido de gobierno (PSUV) y le dijo “¡Basta!” a la corrupción, a la burocracia pero también a la burguesía tradicional (recordemos, efectivamente, que, en estas elecciones legislativas, el número de electores que le dio su apoyo a la derecha tradicional no aumentó significativamente en relación con las elecciones anteriores de 2013); unas organizaciones que ya no sean, como dirían unos camaradas franceses, “grupúsculos que se disputan el control de la población y que mantienen con ella una relación de exterioridad”. Los pueblos oprimidos del mundo, engañados durante años por esa izquierda burocrática, autoritaria y elistesca que se comparte el poder con la derecha tradicional y transnacional, anuncian desde hace tiempo, parafraseando al filósofo alemán Federico Nietszche, el crepúsculo de las vanguardias. Por lo tanto, es tarea prioritaria, para “sepultar el viejo mundo”, apoyar ese esfuerzo colosal y acelerar la actual mutación histórica.

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Samuel Bravo, artista plástico, vocero del Consejo Comunal Madre Tierra (parroquia La Pastora, Caracas), miembro del Colectivo Cultural Toromayma y activista de la Plataforma del pueblo en lucha y del chavismo crítico. yekuanabravo@gmail.com


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