Clajadep :: Red de divulgación e intercambios sobre autonomía y poder popular

Imprimir

El mundo del poder

Raúl Prada Alcoreza :: 18.08.17

La responsabilidad del pueblo venezolano es salir del círculo vicioso del poder, que tiene dos caras, la de los enemigos, que, sin embargo, son cómplices de la reproducción del poder. La responsabilidad de todos los pueblos del mundo es apoyar al pueblo venezolano, porque en su lucha están jugándose el destino de todos los pueblos, de la humanidad; salir del círculo vicioso del poder y de los chantajes emocionales e ideológicos de los enemigos, que tienen más parecidos entre ellos que diferencias.

La responsabilidad del pueblo boliviano es salir del círculo vicioso del poder; ni volver atrás, como se dice, ni salvar a los impostores e usurpadores de la movilización prolongada y del proceso constituyente; sino abrir otros caminos, que se hacen camino al andar; hacia las sociedades autogestionarias y de autogobierno, que reinserten a la sociedad a los ciclos vitales ecológicos. La responsabilidad de todos los pueblos del mundo es apoyar al pueblo boliviano, en esta lucha en defensa de la vida, del TIPNIS, de la Constitución.

Lo mismo pasa con otros referentes histórico-políticos-sociales. Se trata de apoyar a los pueblos en pie de lucha, que buscan salir del círculo vicioso del poder; como ocurre con el pueblo kurdo, sobre todo respecto a las comunidades libertarias, autogestionarias y de autogobierno. Se trata de apoyar a las naciones y pueblos indígenas del continente, que defienden los espesores territoriales, las cuencas, la vida de los ecosistemas; estas naciones y pueblos contienen la información civilizatoria para salir del círculo vicioso del poder, que la civilización moderna y el sistema-mundo capitalista ha ocasionado.

El mundo del poder
Agosto 18, 2017
Raúl Prada Alcoreza

Dedicado a Nicmer Evans y Luisa Ortega; por el coraje de la verdad que contienen y expresan.

El mundo del poder no solamente corresponde al mundo de las representaciones o, por lo menos, parte de este mundo imaginario y de la ideología, sino que corresponde al mundo de las dominaciones; es decir, mundo conformado, por cierto, no solo por representaciones, exactamente, aunque estén, sino por tecnologías de poder; aunque también por coerciones, chantajes, forcejeos. Mundo material, si se quiere, no virtual, como parece ser el de las representaciones. Sin embargo, es un mundo que funciona de acuerdo a una estructura diferente al mundo efectivo; su eje aparente o, si se quiere, eje material e institucional de esta estructura, restringida a los campos y ámbitos del dominio del poder, es la “lógica” – si se puede hablar de lógica en este caso – de la dominación. Lo que rige el funcionamiento de las máquinas de poder es el cumplir con el ejercicio de la dominación; lograr efectuarla, realizarla como tal.

En relación a este eje de la estructura de poder, los demás ejes de la arquitectura de la dominación funcionan a su servicio; subsumidas a la “lógica” de la dominación. Por ejemplo, el lenguaje, la emisión y enunciación de los discursos funcionan no para decir algo que tenga sentido o responda a la lógica del lenguaje, si se quiere, a la lógica de la expresión, así como a la lógica de la razón, sino para hacer ruido y acompañar al ejercicio del poder; se diga lo que se diga. Este comportamiento discursivo se da por inercia.

Por otra parte, quienes ejercen el poder son subjetividades adecuadas a este ejercicio; cuyo deseo se reduce a “tener poder”, estar en este objeto oscuro del deseo. Se trata de sujetos nada creativos, sino, mas bien, en este sentido, castrados; eunucos al servicio del objeto oscuro del deseo. Recurriendo al lenguaje hegeliano, diríamos que se trata de consciencias desdichas, es decir, de sujetos desgarrados; en lenguaje nietzscheano, consciencias del resentimiento y consciencias culpables; la frustración convertida en deseo de venganza. Se trata de subjetividades revanchistas.

Pueden investirse de lo que sea; no se trata de atender a sus investiduras, a sus auto-representaciones, a los papeles del teatro político; sino de atender a lo que hacen, a la función que cumplen en el mundo del poder. Por ejemplo, pueden disfrazarse de “revolucionarios”, hacer escandalo para aparecer como tales, desgarrarse las vestiduras; pero, lo que importa, es lo que efectivamente hacen y la función que cumplen en las máquinas de poder y en los diagramas y cartografías de las dominaciones.

En lo que respecta a este hacer y a su función, el disfraz de “revolucionarios” es adecuado para poner en escena el espectáculo y lograr los efectos atrayentes de la dominación. Sobre todo, cuando se trata de la convocatoria al pueblo, a los desposeídos, a lo que denominaba Franz Fanon los condenados de la tierra. Este mensaje al pueblo recurre a recónditos mitos, mitos mesiánicos, mitos de la tierra prometida, mitos patriarcales. También al mostrarse con la simbología revolucionaria, convence, por lo menos, en una primera etapa, de que los que emiten este discurso “revolucionarios” están con el pueblo. Por eso, la dominación por la vía populista es eficaz, más eficaz que por la vía liberal, neoliberal y mucho más que por la vía conservadora.

El problema de esta forma de dominación, que hemos llamado forma de gubernamentalidad clientelar, es que cuando la convocatoria se agota, cuando el espectáculo, reiterado, recurrente, publicitario, propagandístico, se agota, ya no convence, pues contrasta con la realidad efectiva. Es cuando la forma de gubernamentalidad clientelar se convierte efectivamente en tal, dejando la convocatoria del mito, para ingresar a la expansión de las relaciones clientelares y mantener a cierta masa adecuada de apoyo.

Entonces pasamos de la etapa de la ilusión, propiamente ideológica, a la etapa del clientelaje y de la prebenda. Esta etapa también tiene su propia duración; se agota. Pues los recursos para mantener las relaciones clientelares y extenderlas no alcanza para todos; solo a una parte, las dirigencias, los de la cúpula partidaria, los empresarios beneficiados. Es cuando, se ingresa a la siguiente etapa, por así decirlo, la del empleo de la violencia, no solo sistemático de la violencia, que nunca se dejó de ejercer, aunque de manera matizada, sino al empleo descarnado de la violencia descomunal, al uso del recurso del terror.

Es cuando más se reclaman, los sujetos involucrados, de “revolucionarios”, de “defender la revolución”; es cuando exigen dramáticamente “fidelidad”, “lealtad” y hasta obediencia; es cuando más temen a la crítica y buscan acallarla tildándola de “contra-revolucionaria”, de coadyuvar a la “conspiración”, si es que no la acusan directamente de “conspiradora”. Es cuando se cierran todos los caminos y sólo queda uno, el de la violencia descomunal, desenvolviéndose desbordante y despavorida; cobrando sus víctimas. Es cuando se queda con mucho menos convocatoria y con menos base social; cuando pierden elecciones y se comienza a constatar su aislamiento. Ni su estridente publicidad ya puede ocultar la soledad del poder. Los contrastes no solamente son notorios y evidentes respecto a la realidad efectiva sino abismales.

En estas condiciones y circunstancias los gobernantes, los ocupantes del Estado, los que se creen “representantes del pueblo”, ante el callejón sin salidas en la que se encuentran, muestran sus más descomunales recursos o, mas bien, recurren a ellos. Inventan una realidad delirante, ni siquiera la que se transmite en la propaganda y publicidad, sino otra más exacerbada en cuando a su insostenibilidad. Resulta que la “revolución” está en peligro; que ellos, los gobernantes, que se proclaman como los únicos, consecuentes y ardientes “defensores” de la “revolución”, están obligados a tomar medidas de emergencia para preservar la “revolución”, la “soberanía” y, nada más ni nada menos, la “paz”, con métodos de la “violencia revolucionaria”. Es cuando se pasa a la cuarta etapa, la del Estado de excepción; el Estado en peligro suspende los derechos constituidos, suspendiendo a colación la democracia, que ciertamente era formal.

La convocatoria por parte del poder constituido, desechando al poder constituyente, a una Asamblea Nacional Constituyente, para lograr la “paz”, es una muestra del ingreso a la etapa del Estado de Excepción. El llevarla a cabo en contra del poder constituyente, que es el pueblo movilizado, es la realización violenta de esta Asamblea Constituyente espuria. Lo que viene después ya son las consecuencias de esta imposición; como suspender a la Asamblea Nacional Legislativa, elegida por el pueblo. Con esto se terminan de definir las formas manifiestas y elocuentes del Estado de excepción, de la violencia con la que nace el Estado y la violencia que retoma para volver a instaurarse como poder descarnado, sin barnices de la democracia formal.

El volver a insistir en una nueva elección dolosa de magistrados, después de haber impuesto a los magistrados a dedo, a pesar de haber perdido las elecciones, ahora, mediante una bochornosa manipulada selección, acompañada de tramposos exámenes de competencia y no menos engañosas preguntas sorteadas, es otra muestra del ingreso al Estado de Excepción. De manera más manifiesta, el retornar al conflicto del TIPNIS, después de haber perdido con la VIII marcha indígena – derrota gubernamental que se expresó en la promulgación de la Ley 180 de intangibilidad del TIPNIS -, volviendo a imponer la construcción de la carretera extractivista, que atraviesa el bosque del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Sécure, es la voluntad del Estado de excepción. Queda claro que no importa la Constitución, ni los derechos de las naciones y pueblos indígenas, tampoco los derechos de los seres de la madre tierra; queda claro que no importa ni siquiera la imagen, menos el decoro, ni guardar las apariencias; sino solo efectuar la marcha destructiva del modelo colonial del capitalismo dependiente. El poder se muestra desnudo, sin ropajes, sin ideología, salvo como abalorio, sin discursos, salvo como inercia, sin apariencia, salvo como fantasmagoría evaporándose en el aire.

La responsabilidad de los pueblos

¿En estas condiciones qué es lo que se puede hacer? Mejor dicho, ¿cuál la responsabilidad de los pueblos? ¿Qué se puede hacer para salvar lo poco que queda, el corto avance de un amague de revolución, que no solamente quedó inconclusa, sino que lejos de ello, se estancó en sus albores? Al parecer, solo movilizaciones sociales anti-sistémicas de la magnitud de las que iniciaron el llamado proceso de cambio pueden contar con la fuerza y la energía no solo de detener este descalabro, detener la decadencia, sino salir del círculo vicioso del poder. Pues no es ninguna salida volver a lo de antes, como se dice comúnmente, que es lo otra cara del círculo vicioso del poder; mucho menos, salvar a los encumbrados en el poder, disfrazados de “revolucionarios”; sino salir efectivamente del círculo vicioso del poder.

Esta es la responsabilidad de los pueblos. Al pueblo que le toque hacerlo tiene esta tarea histórica, por así decirlo, que tiene que ver no solo con el pueblo y el país de referencia, sino con el destino mismo de la humanidad. El pueblo que lo haga habrá comenzado a abrir otro horizonte histórico-social-político-cultural civilizatorio para todos los pueblos del mundo.

La responsabilidad del pueblo venezolano es salir del círculo vicioso del poder, que tiene dos caras, la de los enemigos, que, sin embargo, son cómplices de la reproducción del poder. La responsabilidad de todos los pueblos del mundo es apoyar al pueblo venezolano, porque en su lucha están jugándose el destino de todos los pueblos, de la humanidad; salir del círculo vicioso del poder y de los chantajes emocionales e ideológicos de los enemigos, que tienen más parecidos entre ellos que diferencias.

La responsabilidad del pueblo boliviano es salir del círculo vicioso del poder; ni volver atrás, como se dice, ni salvar a los impostores e usurpadores de la movilización prolongada y del proceso constituyente; sino abrir otros caminos, que se hacen camino al andar; hacia las sociedades autogestionarias y de autogobierno, que reinserten a la sociedad a los ciclos vitales ecológicos. La responsabilidad de todos los pueblos del mundo es apoyar al pueblo boliviano, en esta lucha en defensa de la vida, del TIPNIS, de la Constitución.

Lo mismo pasa con otros referentes histórico-políticos-sociales. Se trata de apoyar a los pueblos en pie de lucha, que buscan salir del círculo vicioso del poder; como ocurre con el pueblo kurdo, sobre todo respecto a las comunidades libertarias, autogestionarias y de autogobierno. Se trata de apoyar a las naciones y pueblos indígenas del continente, que defienden los espesores territoriales, las cuencas, la vida de los ecosistemas; estas naciones y pueblos contienen la información civilizatoria para salir del círculo vicioso del poder, que la civilización moderna y el sistema-mundo capitalista ha ocasionado.


https://clajadep.lahaine.org