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El miedo a la mujer es el miedo a ser mujer


Raúl Prada Alcoreza :: 08.03.18

El machismo, en el fondo, es el miedo a la mujer. El macho la siente como alteridad, por eso busca cautivarla o, en su defecto, violarla. Tiene que poseerla para confirmar lo macho que es. Sin embargo, esta exageración denuncia, más bien, que teme no ser tan macho, teme ser mujer. El problema del macho con la homosexualidad es eso, miedo a la mujer, miedo a ser mujer.
Para las iglesias la mujer era el demonio, la seducción, la invitación al pecado. Las iglesias monoteístas y trascendentales fueron, de las instituciones iniciales, los más poderosos despliegues represivos de la edificación temprana del Estado patriarcal, los más poderosos despliegues de la inscripción de los dispositivos de poder masculinos sobre el cuerpo de las mujeres. En el caso del mal llamado “occidente”, no es pues casual que se haya desatado una guerra contra las mujeres durante tres siglos, el largo periodo de la “caza” de brujas. Tampoco es casual que en las sociedades de hegemonía de las religiones monoteístas y trascendentales se despliegue sobre el cuerpo de las mujeres toda una indumentaria que busca ocultar sus encantos. Son religiones atormentadas por la mujer, el cuerpo de la mujer; en el fondo manifiestan el deseo de la mujer, deseo imposible de cumplirlo, pues, otra vez, se trata del deseo del deseo. Incumplimiento absoluto que se encubre con la más descarnada violencia masculina.
Nuevamente, los fundamentalismos desorbitados muestran el miedo a la mujer, el miedo a ser mujer, el terror del valor abstracto civilizatorio, hombre, a los cuerpos, a la exuberancia de los cuerpos, que en el fondo es la angustia por la vida, a la que se teme.


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