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La creatividad social no pide permiso

Ramón Vera Herrera :: 25.05.18

El legado de Iván Illich que asustó a las clases dominantes con su Desescolarización y el famoso Némesis Médica.

Desde los fuegos del tiempo
Ramón Vera Herrera
23 mayo 2018 0

La creatividad social no pide permiso
Iván Illich

Desde principios de los años 60 cuando Iván Illich expresó su pensamiento, y hasta su muerte en diciembre de 2002, su pensamiento tuvo tan fuerte significado que prefiguró eso que ahora llamamos la sociedad civil. Muchos de los planteamientos que él hizo, los hizo en grupo —porque siempre enfatizó no estar hablando solo y que su pensamiento no era producto de un pensamiento a solas sino de un pensamiento configurado en colectivo. Todo su grupo, el llamado Cidoc (Centro Intercultural de Documentación) prefiguró muchas de las cuestiones que apenas hoy empezamos a entrever como importantes, cruciales, urgentes, casi que cincuenta años después de que él las dijera.

El suyo es un pensamiento visionario y conforme pasan los años lo vamos viendo más y más visionario. En su momento la gente no lo vio así. Era un pensamiento intenso e interesante pero la gente no alcanzó a ver de golpe lo que él y su grupo estaban viendo.

Hoy se vuelve más y más pertinente retomar el análisis hecho por Iván Illich. Y algo que a lo mejor a ustedes les parece de lo más común: el Cidoc, este centro de documentación que fundara Iván Illich en 1961 y que existió en Cuernavaca durante los sesenta y setenta sobre todo, fue uno de los centros de documentación pioneros.

La diferencia entre un centro de documentación y una biblioteca es que esta última tiene muchos libros, archivos y documentos almacenados y espera la llegada de alguien que consulte todo el acervo ahí almacenado durante años. Sólo entonces existe una comunicación entre el acervo y el público que va a buscarlos. Un centro de documentación es como una biblioteca activa, que no espera que vayan a solicitar los documentos, sino que activamente produce información, documentación, trabajo de análisis de sistematización y lo está poniendo activamente al servicio de la comunidad. Y promueve que la comunidad lo consulte intentando un trabajo de difusión y contacto con la comunidad. Hoy con todo el flujo interminable e imparable de información, datos, análisis, tal vez no parezca tener relevancia esta recuperación de la historia. Pero hay en definitiva una importancia crucial.

Eso antes de los sesenta del siglo XX no existía. Existían las bibliotecas, y de pronto a gente como Iván Illich y su grupo, y a grupos en Brasil, se les ocurrieron los centros de documentación, curiosamente ligados siempre a procesos de la teología de la liberación en ese momento. Más tarde varios grupos en Centroamérica, notablemente el Departamento Ecuménico de Investigaciones (DEI) en Costa Rica, esta idea floreció y hasta sirvieron de refugio para exiliados políticos y perseguidos con propuestas de paz y revaloración de la vida y los derechos de los pueblos.

Para la gente que de pronto creen que las personas ligadas a la iglesia católica sólo son pederastas y cosas tremendas, hay un enormísimo bagaje de procesos muy cercanos a lo comunitario y a la liberación de los pueblos, y al muy profundo planteamiento de lo que son los procesos y el análisis comunitario en muchos centros y proyectos de origen católico, que no esperan nada de la gente salvo respeto por un trabajo callado y consecuente.

Iván Illich habría de ser uno de los pioneros de la idea de la reflexión conjunta como formación de todo saber.

Los años sesenta constituyeron un proceso crucial para la historia actual porque ocurría la primera globalización consciente del mundo; los medios de comunicación de pronto llegaban a todos lados, había interconexiones, metodologías informáticas muy tentativas, y de pronto se conectaba el mundo completo y había por primera vez la posibilidad de entender que no estábamos solos en el planeta, que México no era nada más parte de América Latina sino parte de toda una serie de procesos de lo que después se llamaría la globalización: la interconexión de eventos y la posibilidad real de cualquier evento, o proceso alcanzara una escala planetaria o llegara al último confín.

El mundo en realidad obedecía a ciertos supuestos implícitos. Todavía a finales de los 50’, la Revolución Cubana sorprendió a la gente de formas muy contundentes, lo mismo que las revoluciones africanas. Fueron las primeras revoluciones que empezaban a adquirir un carácter digamos de mundialidad, para no decirle globalidad. Y de pronto la gente se daba cuenta que había algo ahí que no habían visto, y que podíamos empezar a considerar eventos paralelos más allá de nuestras fronteras, no sólo nacionales sino culturales que empezaban a ser eco en uno y otro lado.

Tenemos que entender lo que fue México en ese rompecabezas de globalización, y lo que todavía es hoy México puesto que todavía no lo acabamos de reconocer con todos los cambios y tremendeces que hoy vive México y con toda la oscuridad tan profunda que ha caído sobre nuestro país en los últimos tres sexenios. Aun con todo el horror que vivimos hoy, México sigue teniendo esos signos que seguramente Iván Illich vivió.

En el momento en que los Beatles, un grupo de músicos nacidos en Liverpool (una ciudad devastada por la guerra, totalmente derruida e incluso casi que dos terceras partes abandonada), le decían al mundo por primera vez de una manera muy frontal que le estaban hablando al mundo entero, en el momento en que el rock rompía estructuras culturales en todas partes, en Cuernavaca se reunían personas como Iván Illich, Eric Fromm, monseñor Méndez Arceo, obispo de Cuernavaca inmerso en la teología de la liberación y el benedictino Lemercier —que a su modo intentaba romper las estructuras más anquilosadas de la iglesia, a partir de analizar la posibilidad de que los sacerdotes pudieran recibir terapia como parte de su formación de sacerdotes.

Entre todos ellos, que habían leído muchísimo pero que tenían una experiencia con gente real y con experiencias reales, comenzaron a detallar una crítica de la vida cotidiana, algo que se promovía en todo el mundo a partir de los trabajos de la Escuela de Frankfurt y de una crítica a Freud y la misma idea de la locura, a las instituciones de vigilancia y opresión como las cárceles, los hospitales, las escuelas y las fábricas.

De todo ese caldo de cultivo, con toda esa gente que se reunía en Cuernavaca, se rebasó incluso la idea de lo que era la sociedad civil según la había planteado Gramsci. Para el Cidoc y todos los amigos que se reunían eso tenía un contenido concreto de autogestión en los barrios, se impulsaba un enfoque holístico que ya incluía un enfoque de género, y la idea de complejidad central en Illich fue que la gente común (la mayoría de la población) que no tenía representación en ningún lado era (y es) en realidad el motor de todos los cambios posibles.

Si en la historia de las transformaciones sucesivamente se reivindicó la clase media ciudadana, el proletariado, o el campesinado como motores del cambio, para Illich es claro que viniendo de donde viniere, es la gente común la que finalmente está ahí esperando, mientras mira pasar todos los sistemas impuestos que se van sustituyendo. En ese sentido podemos decir que Illich es uno de los fundamentos contemporáneos de lo que otra gente conoce como autogestión y que para Illich no era sino creatividad social, lo que él conoce como convivialidad o “convivencialidad”.

Cuernavaca en ese momento fue algo muy fuerte en el mundo porque de pronto, de la organización mas profunda de los barrios de esa ciudad y sus poblados aledaños que hoy conforman la megaurbe presa del narco, la represión y la corrupción de Graco y compañía, surgió gente que trabajaba teología de la liberación y que sin embargo era gente que no tenía ninguna intención de convertir al catolicismo a nadie. Era gente que de algún modo estaba inmersa en procesos sociales muy desde la base social, desde los barrios o de las comunidades indígenas aledañas a Cuernavaca, y que NO intentaban llegar a aleccionar a la gente, no querían llegar como los extensionistas de siempre a decirle qué hacer a la gente.

Lo que plantearon desde el primer momento era que llegaban a escuchar lo que la gente decía, a escuchar la reflexión antigua de la gente, a escuchar lo que de algún modo la gente estaba en su efervescencia cotidiana intentando entrever, intentando entender, y a partir de eso comenzar un proceso de reflexión conjunta. Ese proceso de reflexión conjunta que los llevara a poder entender las posibilidades reales que tenían de incidir en los procesos y en las luchas y en los problemas y en los obstáculos que se les presentaban, les podría posibilitar tomar el futuro en sus manos e intentar transformar su realidad de un modo justo y equitativo, porque para el pensamiento de la época era importante ya el método de lograr las cosas. El fin NO justificaba ya los medios. Se trataba además de que fuera gozoso, que no fuera sacrificado. Que fuera un proceso que de algún modo incidiera en la vida cotidiana de las personas.

Lo curioso es que la Cuernavaca de ese momento toda esa conjunción llenó de procesos autogestionarios los barrios y los valles aledaños. Y por eso desde entonces a la fecha siguen existiendo en Cuernavaca y en todo Morelos procesos autogestionarios: unos fallidos, unos muy exitosos que siguen promoviendo asuntos y proyectos de mujeres, de salud, de educación, de información y de reflexión conjunta y por supuesto trabajo de base ya muy concreto en las comunidades indígenas, en luchas ecologistas y en los barrios más deprimidos de Cuernavaca y de todo Morelos, tanto en Cuautla como del oriente de Morelos donde funcionó alguna vez la comuna zapatista.

Todo eso contribuyó a parir, por lo menos en México, y tal vez a nivel mundial, eso que llamamos sociedad civil.

Hasta antes de la Cuernavaca de los años 60 y de ciertos procesos en Brasil de esa misma época, el termino sociedad civil estaba muy circunscrito a Gramsci y a los círculos académicos, o a los Consejistas de la Alemania de los 20’, pero no había tenido una concreción tan popular, (que no estuviera atada a un proceso revolucionario en curso), tan vasta y tan suelta como la que se le dio desde México. Si hiciéramos la historia de Cuernavaca tendríamos muchas historias que recuperar de estos años.

La autogestión inició en Cuernavaca en un momento en que en el mundo estallaba la globalidad por ver primera. Y entonces Iván Illich comenzó a hablar directamente de algo que muy central en Marx y que finalmente pocos han jalado ese hilo como para tenerlo muy presente todo el tiempo (una de las tantas tesis de Marx), que es que cuando hay un exceso de producción de un bien y por ende de un servicio, de pronto ese exceso de producción se torna en contra del mismo sistema que lo creó.

Estamos hablando de un problema del capitalismo y de un problema de lo que se le ha llamado industrialización. Es decir, que de pronto se crean demasiadas herramientas y procesos, llamémosle herramientas a los procesos y procesos a las herramientas. De pronto, tuvimos un exceso de mediaciones. Y al tener ese exceso de mediaciones a todo lo que nos compete se produjo un estado de enormidad que hace que la gente no sepa para donde hacerse, hace que la gente no sepa qué sigue, hace que no tenga su destino, su futuro inmediato, en sus manos. Y ahí es donde incide Illich en una crítica a la cultura.

Cuando la sociedad capitalista se mete en el camino de lo industrial, empieza todo a ser de un modo industrial, hasta llegar a eso que Illich llama monopolio radical, es decir que lo industrial monopoliza toda la producción, incluso el pensamiento y la imaginación. Ese monopolio es tan radical porque llega un momento en que a nadie en el mundo se le ocurre que haya otras maneras de pensar, otras maneras de idear las situaciones, otras maneras de solucionar problemas, otras maneras alternativas de cómo proceder en el mundo. El único modo es lo industrial, y en lo industrial está todo: la ciencia, la medicina, la educación. Incluso para los años sesenta Illich fue tan radical que la gente se pasmó y también por eso hasta ahora está siendo entendido su pensamiento. Illich produjo dos libros clave que asustaron mucho a la gente. El primero fue La sociedad desescolarizada y, más tarde en 1975, Némesis médica.

La gente decía: cómo, si todo mundo está proponiendo más educación para más personas, para los que no la han tenido; cómo es que llega un señor a decirnos que la educación es uno de los males del mundo; cómo cuando todo mundo propone servicios de salud viene un señor y nos dice que la forma en que la medicina ha homologado y erosionado la atención a la salud es un problema cuando que esa estandarización es la que ha permitido que haya salud en muchos lugares en donde no había ni siquiera el asomo de que pudiera haber una salida.

Entonces se le satanizó mucho en ese momento. A la gente le pareció tan aberrante que se le satanizó sobre todo porque tenía razón, pero su razón era tan preclara y abarcadora que la sociedad no supo cómo asir sus propuestas desde el ámbito de una opinión pública en los canales de la llamada cultura dominante (algo que sigue siendo muy difuso y confuso). Lo curioso es que satanizarlo era justamente responder de un modo industrial de pensar, donde a esos mismos críticos no les parecía posible un modo diferente de aproximarse a los problemas. Otros tenían su sesgo: obedecer a los intereses de las grandes empresas, a los intereses de la industria medica, a los intereses de la industria educativa.

Que quería decir en realidad Iván Illich con estas dos propuestas.

Lo que planteaba descubrir en la institución educativa es lo que él llamaba el currículum oculto de la educación: que lo que la educación promueve realmente no es que sepamos más, o no necesariamente; lo que promueve es que haya un escalafón donde vamos trepando una escalera de conocimiento de grado en grado, hasta el momento en que lleguemos a los grados más altos de la educación (que serían los de posgrado), en un acumulativo modo de convertir el saber en conocimiento, es decir, de convertir el saber en mercancía. Uno adquiere ésos que son normalmente saberes en las relaciones cotidianas, pero ahora los adquiere mediante su relación con alguien que es un especialista o que está calificado (por otros) como especialista; alguien que califica a otro de especialista decide que ese calificado como especialista va a venir a juzgar si la persona sabe o no sabe. En el momento que juzga cumplido que la persona sabe, en ese momento la promueve al grado siguiente, conforme la persona va adquiriendo más y más de esos conocimientos certificados que la van a promover de grado en grado. Y así va adquiriendo la posibilidad de tener más estatus social y, como tal, la posibilidad de conseguir más herramientas, más dinero, más prebendas, más posibilidades de moverse, más vínculos —acumulando no sólo conocimientos sino poder. Hay además el aliciente de poder juzgar también a otros que están en grados inferiores y a los que la persona (convertida ahora en experta certificada) va poder certificar y “contener en su inferioridad”.

Entonces, lo que en realidad es la educación —decía Illich— es un sistema de certificación paulatina de unos a otros, con lo cual lo principal y más grave que adquiere el educando es la idea de que siempre hay alguien superior al que hay que obedecer y al que hay que acatar; todo para poder ir trepando en la escalera de la educación hasta llegar a estar en los estratos más altos de la misma y poder entonces llegar a ser conocido plenamente dentro del conjunto de la sociedad que certifica a otros, como experto, como sabio, como luminaria de la ciencia, la política, la cultura: puro poder acumulado y convertido, cuando conviene, a dinero.

¿Hubo en ese proceso conocimientos que realmente sirvieron a otros?, seguramente. Pero lo principal es que, desde la Edad Media en adelante con las universidades, se estableció en el mundo un grado piramidal por el cual poder trepar socialmente. Algo que no ocurría cuando había un sistema feudal. La educación permitió poder ir trepando en la escala social, poder ir accediendo a más y mas vínculos. La educación proveyó al poder de una manera certificada de crear los vínculos y las conexiones necesarias para llegar a un nivel ideal de “grado-sabiduría”, de grandes conocimientos certificados.

¿Será esto lo ideal para la sociedad? Finalmente no. Se están fabricando especialistas que fragmentan la sociedad de modos muy brutales y, sobretodo, fragmentan el conocimiento, fragmentan el sistema de saberes, implícito en las relaciones sociales, para entonces producir estratificaciones nunca antes vistas.

Illich entonces nos propone: lo que tendríamos que lograr es zafarnos de este sistema educativo y emprender relaciones de aprendizaje reales, donde las relaciones sociales más cotidianas sean un sustrato concreto y de largo plazo para que la gente aprenda mutuamente y se sorprenda mutuamente proponiéndose soluciones, alternativas, figuraciones, concatenaciones, nuevas herramientas, métodos y sobre todo relaciones más plenas, en su complejidad y en la justicia y gozo que conllevan.

Tal como reconocían los pensadores anarquistas que promovieron las más profundas vertientes de la educación en el mundo como Freinet hasta llegar a Freire (que no creo que fuera anarquista), lo importante para cualquier enseñanza-aprendizaje son las relaciones sociales pertinentes, es decir, en donde ocurren las cosas, en donde ocurren los problemas, en donde está realmente la posibilidad de solucionar los asuntos, es donde hay que tener gente que pueda responder de una manera sabia, con aprendizaje y saberes, a las situaciones y problemas, a veces terribles, que se les presentan.

Illich sostiene que en la escuela se torna artificial el aprendizaje, la educación, llegando un momento en que las situaciones de la escuela nunca pueden emular (por cercanas que sean) a la sociedad. Nunca pueden emular lo que ocurre en las situaciones cotidianas. Incluso llegaba al extremo de afirmar que otras vertientes de la educación, aparentemente más sueltas, como la escuela activa, en realidad son maneras suaves o amables de acceder a una educación pero sin retirar la idea de trepar en el escalón, en el escalafón. Nunca logran una situación en que, como dirían los sufíes, la verdadera relación maestro-alumno es que nadie sabe quién es quién.

Esta idea de que nadie sabe quién es quién (y por eso todos reconocen la individualidad del otro u otra) es la idea más concreta de la autogestión y, al mismo tiempo, de la creatividad social. Algo implícito en Illich es que la creatividad más grande, la creatividad más profunda más vasta, más útil, diversa y sugerente es poder hacer a otros creativo.

Si eso es mutuo, estamos hablando de creatividad social. Creatividad social no es más que otra forma de llamarle a la autogestión: cualquier grupo que se organice o reflexione en común, intente entender en común los problemas que le aquejan e intente darle solución a esos problemas.

Pero para rescatar conscientemente el aprendizaje que podemos darnos en las relaciones sociales, tendríamos que acceder a otras maneras de ver el mundo; empezar a imaginarnos otras maneras de ver el mundo. Y dejar de pedir permiso para imaginar.


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