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Nicaragua y el destino de las revoluciones

Rubén Martín :: 22.07.18

Nicaragua muestra el fracaso de las revoluciones vanguardistas y centradas en la toma del poder estatal, pero a la vez vuelve a mostrar la vitalidad de las fuerzas rebeldes, inconformes, contestatarias que siempre emergen desde abajo. Así deben hacerse, construirse las revoluciones y mantenerse vigilantes, siempre contra los nuevos dominadores, así se vistan de comandantes revolucionarios.
Son justamente estas estrategias y horizontes éticos y políticos moldeables y pragmáticos los que tienen en cuestionamiento a las revoluciones. El horizonte de pragmatismo es el que termina derrotando a estos modos de hacer las revoluciones. Pero el fracaso de la revolución sandinista no echa por la borda los deseos y esfuerzos de cambio social radical, sino algunos modos de hacerlos. En sentido contrario existen ejemplos contemporáneos como la revolución kurda o la insurrección zapatista que muestran el camino donde ética y política no se disocian.
Los zapatistas, por ejemplo, han insistido desde hace años que los medios son tan importantes como los fines. Que si corrompes los medios, corrompes los fines. Por eso cuidan tanto las formas de hacer política. Lo mismo están haciendo los kurdos al norte de Siria, y al sur de Turquía.

Nicaragua y el destino de las revoluciones

Por Rubén Martín
SinEmbargo
julio 22, 2018

Todos los regímenes de dominación tienen su momento de no retorno. El momento de quiebre para la dictadura de Anastasio Somoza Debayle llegó la madrugada del 17 de julio de 1979. El dictador que gobernó de modo rapaz y sanguinario a Nicaragua desde 1965, se atemorizo de la insurrección popular que se alzaba en el país y decidió tomar su avión privado Learn Jet a las cuatro de la mañana de ese 17 de julio, para partir a Miami, acompañado de familiares y altos mandos políticos y militares. Tras de él, dejaron el país otros tantos mandos de la dictadura.

“A continuación comenzaron a salir de la rampa de la Fuerza Aérea, aviones C-47, aerocomander, helicópteros, grandes y pequeños y avionetas de todo tipo en forma desordenada. En mi vida había visto tal desorden en una pista de aterrizaje. Nadie informaba nada, ni nadie les pedía. Tomaban pista a la loca, escapaban de chocar en tierra y aire y salían uno tras otro, como un enjambre de asustados abejones”, escribió el periodista nicaragüense Filadelfo Alemán en el diario La Prensa de ese país (la crónica se puede consultar aquí: https://www.laprensa.com.ni/2017/07/17/nacionales/2264890-dia-anastasio-somoza-debayle-se-fue-nicaragua).

Dos días después, el pueblo insurrecto de Nicaragua y su brazo político-armado el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) llegó a Managua, a festejar el triunfo de la revolución. Era el 19 de julio de 1979. El frente revolucionario tomó el nombre de Augusto César Sandino, un dirigente popular nacionalista y anti-imperialista que luchó contra la invasión del ejército de Estados Unidos de 1927 a 1933.

La revolución sandinista tuvo su punto culminante en la masiva insurrección popular en 1979 resistiendo y combatiendo a la dictadura de la dinastía de los Somoza. Este alzamiento popular contra una de las dictaduras más sanguinarias de América Latina se convirtió en un referente mundial de cambio y esperanza de transformación social.

La cobertura televisiva, incluso de las empresas de medios mexicanas, mostraba las escenas de las barricadas levantadas en los barrios de las principales ciudades nicaragüenses como Mangua, León, Masaya, Matagalpa y Chinandega. Detrás de sus trincheras construidas con ladrillos y mosaicos, los nicas resistían la represión de la dictadura de Somoza, quien se negaba a dejar el poder. Antes de dejar el poder, guerra civil dejó más de 30 mil muertos.

Cuatro décadas después, el Gobierno del FSLN que encabezan el Presidente Daniel Ortega y su esposa y Vicepresidenta, Rosario Murillo, se han convertido en todo contra lo que lucharon. Cuarenta años después de la derrota de la dictadura somocista, el pueblo nicaragüense vive otra insurrección. Esta vez contra quienes encabezaron la revolución sandinista.

Las protestas en este ciclo de lucha comenzaron en abril pasado, por dos hechos sin aparente conexión pero que terminaron de catalizar toda la inconformidad con el Gobierno sandinista. El primero fue la protesta a la negligencia en el combate del incendio de la reserva ambiental Indio Maíz. La segunda fue la reforma al régimen de jubilaciones del instituto nacional de seguridad social.

La respuesta represiva a estas protestas no hizo sino alimentar la indignación y las manifestaciones contra el régimen. En pocas semanas la protesta pasó de los estudiantes autoconvocados, a los campesinos que han luchado desde hace años contra el megaproyecto del canal interoceánico que el Gobierno de Ortega entregó en concesión a un empresario chino.

La feroz represión del Gobierno de Ortega a las movilizaciones populares de los pasados tres meses son el colofón de una actuación política que contrasta con su discurso revolucionario. En su afán de llegar y mantenerse en el poder, el ex revolucionario pactó con la Iglesia, los empresarios y la derecha de su poder. En ese tránsito, rompió y combatió a sus antiguos compañeros de lucha revolucionaria. Ahora, en este momento, el que fuera comandante revolucionario se asemeja más a la dinastía político-empresarial de los Somoza que al FSLN.

Ortega y Murillo (su esposa, Vicepresidenta y quienes muchos consideran el verdadero poder tras el trono) son la nueva dinastía política de ese país, ejerciendo un poder político dictatorial al controlar todos los poderes públicos, los medios de información y entregar a sus hijos varias concesiones de actividad económica. Sólo los muy ilusos o dogmáticos pueden llamar a este régimen revolucionario o de izquierda. La que organización que fuera parte central de la rebelión contra la dictadura somocista, se convirtió en una nueva forma de opresión, aunque se vista de rojo y negro y se llame de izquierda.

Y esta circunstancia lleva a preguntarse sobre el destino de las revoluciones. Desde la francesa, hasta la rusa, pasando por la mexicana y la cubana. ¿Por qué las fuerzas sociales que detonan revoluciones terminan convirtiéndose en nuevos regímenes opresivos?

La respuesta, creo, no pasa por descartar las revoluciones como esfuerzos legítimos y necesarios de las sociedades para luchar, combatir y cambiar las situaciones de opresión y explotación que las agobian, sino en las formas y modos de esas revoluciones.

Nicaragua es el ejemplo. A 40 años, es evidente que el esfuerzo revolucionario contra la dictadura de Somoza no derivó en formas de vida más dignas y democráticas. Pero ese fracaso no invalida el esfuerzo revolucionario de 1979. Lo que invalida, y debe reprocharse, son las formas y métodos utilizados por quienes se beneficiaron de esa revolución popular.

El ejemplo nicaragüense termina por cuestionar las estrategias vanguardistas, estadocéntricas de las estrategias revolucionarias. Y además pone en el centro de la discusión los horizontes éticos que deben estar en el centro de todos los procesos de cambio y transformación social. Una vertiente de la izquierda marxista-leninista- trotskista consideraba que para alcanzar los fines de la revolución, no importaban los medios.

Desde hace dos décadas los neozapatistas de Chiapas han propuesto todo lo contrario. Los medios son tan importantes como los fines para una revolución. La revolución sandinista es el ejemplo. Hay evidencias de que la dirigencia del FSLN aceptaba ayuda financiera y armada de tipos impresentables como el mandatario corrupto de Venezuela Carlos Andrés Pérez, o de gobiernos antidemocráticos de Panamá o de organizaciones antidemocráticas y represivas como la Federación de Estudiantes de Guadalajara (FEG), todo con ganar la guerra y el poder. Otra vez: no importaban los medios, con tal de alcanzar los fines.

Son justamente estas estrategias y horizontes éticos y políticos moldeables y pragmáticos los que tienen en cuestionamiento a las revoluciones. El horizonte de pragmatismo es el que termina derrotando a estos modos de hacer las revoluciones. Pero el fracaso de la revolución sandinista no echa por la borda los deseos y esfuerzos de cambio social radical, sino algunos modos de hacerlos. En sentido contrario existen ejemplos contemporáneos como la revolución kurda o la insurrección zapatista que muestran el camino donde ética y política no se disocian.

Los zapatistas, por ejemplo, han insistido desde hace años que los medios son tan importantes como los fines. Que si corrompes los medios, corrompes los fines. Por eso cuidan tanto las formas de hacer política. Lo mismo están haciendo los kurdos al norte de Siria, y al sur de Turquía. Una revolución que concentra sus principales energías en cambiar la mentalidad de la población antes que combatir a sus adversarios.

Nicaragua muestra el fracaso de las revoluciones vanguardistas y centradas en la toma del poder estatal, pero a la vez vuelve a mostrar la vitalidad de las fuerzas rebeldes, inconformes, contestatarias que siempre emergen desde abajo. Así deben hacerse, construirse las revoluciones y mantenerse vigilantes, siempre contra los nuevos dominadores, así se vistan de comandantes revolucionarios.

Por Rubén Martín

Periodista desde 1991. Fundador del diario Siglo 21 de Guadalajara y colaborador de media docena de diarios locales y nacionales. Su columna Antipolítica se publica en el diario El Informador. Conduce el programa Cosa Pública 2.0 en Radio Universidad de Guadalajara. Es doctor en Ciencias Sociales. Twitter: @rmartinmar Correo: rubenmartinmartin@gmail.com


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