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La grieta en Cataluña: como es la vida en una república a medias

Clarín :: 19.08.18

A casi un año del plebiscito por la declaración de independencia del estado español, como es hoy la vida cotidiana,

19/08/2018
Clarin

La grieta en Cataluña: cómo es la vida en una república a medias
A casi un año del plebiscito por la declaración de independencia del estado español, cómo es hoy la vida cotidiana.

“Ojo con Sants”, dicen en Barcelona. Cuidado con ese barrio de pasajes y calles angostas, edificios de ladrillos a la vista y fábricas de principios del siglo XX convertidas en parques. Aquí, la herencia anarquista todavía flota en el aire, en los centros vecinales donde flamea la bandera estelada de Cataluña con una estrella roja. “Ojo con Sants”, dicen, porque dentro de sus bordes empieza la República catalana.

Lejos de la Sagrada Familia, la Rambla y los puntos más congestionados por el turismo, la advertencia no implica inseguridad o violencia, sino un estado de movilización constante. La cantidad de carteles que claman “Libertat presos politics” o “Democràcia” colgados de las ventanas son proporcionales al número de organizaciones que militan por la independencia. A pesar de que hoy Sants es todo lo que podría llamarse un barrio de clase media, con casas bajas y viejos curioseando en los balcones, viene de una larga tradición industrial y obrera.

“Ajuste esa bandera”, ordena Jaume a un vecino montado sobre una escalerilla, mientras unas veinte personas aplauden. Hace pocos días un grupo de encapuchados arrancó la estelada de más de tres metros que colgaba en el frente del Centro Social. Hoy hicieron un acto para restituirla. “Rompen nuestros carteles, cortan los lazos amarillos, pintan sobre los murales, pero nosotros a los pocos días volvemos a dejar las cosas como estaban”, explica Jaume.

Símbolo. La estelada del triángulo azul y estrella significa independencia.
Símbolo. La estelada del triángulo azul y estrella significa independencia.

El procés catalán, como se conoce a las movidas que el independentismo lleva adelante desde hace años para lograr la ansiada soberanía, incluido el referéndum convocado por el ex presidente comunal Carles Puigdemont, mantuvo en vilo a la comunidad internacional a fines del año pasado. El 1° de octubre de 2017 la Generalitat convocó a un plebiscito sin la autorización de La Moncloa. Con un resultado –poco riguroso y considerado ilegal por el Tribunal Constitucional– del 90% a favor del sí y una participación de poco menos de la mitad del padrón, la declaración de independencia que siguió a los pocos días del referéndum, duró 8 segundos. Los suficientes para que la posible división de España se convirtiera en tapa de todos los diarios y comenzara un nuevo ciclo político con niveles de melodrama nacional.

Rompen nuestros carteles, cortan los lazos amarillos, pintan sobre nuestros murales, pero nosotros a los pocos días volvemos a dejar las cosas como estaban.

Jaume, militante catalán por la independencia del barrio de Sants.
Marchas, represión de la Policía Nacional y la Guardia Civil, intervención de los poderes comunales, cárcel y exilio de los líderes catalanes, confluyeron en una nueva elección donde volvió a ganar el independentismo. “Le echaron gasolina”, afirma Jordi Redondo-Marfull, presidente de la Junta Sants-Montjuïc, al referirse al accionar del gobierno de Mariano Rajoy. Después de casi un año, aún hay detenidos por el referéndum y carteles que claman por su libertad en todas las estaciones de subte.

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Tras la destitución de Rajoy, el gobierno socialista de Pedro Sánchez inició una etapa de diálogo con el nuevo presidente catalán, Quim Torra, que mantiene una línea dura del soberanismo (al punto que llegó a calificar a los españoles de “bestias”). Esta tensión política se replica en la sociedad. Algunos hablan de fractura, de familias separadas, de parejas rotas, de amigos que no se hablan; otros de manipulación mediática, de intolerancia, de una convivencia con sus rispideces, pero pacífica. Lo cierto es que la discusión está en la calle y se discute en catalán.

Todas las semanas, entre la plaza de Sants y la calle principal, Carrer de la Creu Coberta, se multiplican las asambleas, ferias y recitales. El domingo al mediodía, el Comité de Defensa de la República (CDR) invita al vermut popular. Fieles a las costumbres mediterráneas, los vecinos maridan la demanda de una nueva constitución con aceitunas negras, jamón serrano y un vasito de amargo. Dos parlantes conectados a un altavoz y un tablón atiborrado de pinxos aglutinan a una treintena de personas y alguna que otra cámara de televisión. Mientras unos reparten cintas, otros escriben un rompecabezas de opiniones en una pizarra. “Confederación de asambleas”, “el pueblo autoorganizado”, “parlamento de Cataluña”, se lee bajo una de las consignas.

Hablar castellano aquí produce un sobresalto, un mínimo extrañamiento que se disipa cuando los vecinos advierten que el interlocutor es extranjero. El idioma es uno de los estandartes de la causa independentista, por lo que hablar español suena a concesión y retroceso. “Somos bilingües, pero el catalán es nuestra lengua”, dice Raquel, una mujer rubia de unos 45 años que formó parte del anarquismo, pero luego optó por la construcción de un nuevo Estado. Ella milita desde hace pocos años y lo hace en más de una organización. Sus compañeros, Estela y Carles, hablan al mismo tiempo y se interrumpen hasta marear al interlocutor. Términos como “República” e “Independencia” se cruzan como parte de un solo discurso. Hablan de derechos humanos, de un gobierno progresista, de luchar contra la monarquía y el fascismo. Casi todos los independentistas tienen un hito fundante que los hizo movilizarse: el primer referéndum de 2009, los desalojos de centros culturales okupas, la reacción del gobierno nacional tras el referéndum, el llanto de una abuela al hablar de nuevo y en público su lengua materna.

La historia es parte del debate. “¿Vos sos argentina? Deberías odiar a los españoles”, dice un abuelo, y continúa: “Los españoles mataron a todos los indios”. La escena transcurre en una parada de bus. Antes de despedirse, el hombre recomienda aprender catalán.

La otra cara: unionistas. Marcha en contra de la Independencia en Barcelona, en octubre pasado.
La otra cara: unionistas. Marcha en contra de la Independencia en Barcelona, en octubre pasado.

Entre los edificios modernistas del Carrer de Roselló, las banderas parecen dialogar entre ellas. Esteladas con el triángulo azul y la estrella blanca, que simbolizan la independencia a secas; con el triángulo amarillo y la estrella roja, que proclaman un nuevo Estado europeo de izquierda; con el triángulo rojo y la estrella amarilla, que predica la unidad de los pueblos catalanes desde la Comunidad Valenciana hasta el sur de Francia. De hecho, en el supermercado chino de la esquina se consiguen las tres banderas, incluso, una española y otra del Barça.

En Cataluña, los penúltimos franquistas
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Los símbolos históricos se recuperan para discutir el presente. Las cintas amarillas por los “presos politics” recuerdan los lazos de la casa de los Austrias que los barceloneses usaban en el sombrero para manifestarse en contra del candidato borbónico a la corona de Madrid en 1705. Ya desde ese momento fue prohibido por el rey Felipe V.

En el viejo mercado del Born funciona el Centre de Cultura i Memòria. Ubicado sobre unas ruinas del siglo XVII, los paneles vidriados del patio central narran el sitio de Barcelona durante la Guerra de Sucesión, entre 1713 y 1714, tras la cual el gobierno perdió su autonomía. Este evento es recordado como el origen remoto del catalanismo (al punto que en lugares como Girona flamea el paño de Santa Eulalia, insignia de aquella resistencia). El Centre, inaugurado en 2013, todavía genera controversia. Ha sido acusado por los medios nacionales de divulgar una mirada sesgada y reivindicar el nacionalismo.

“España es un reino que nunca existió. Por eso, tenemos un conflicto civil cada 70 años”, plantea Germán, un historiador barcelonés. Mientras habla en la plaza de la Universistat, un hombre de unos 60 años lo escucha al pasar, lo mira fijo y niega con la cabeza sin detener el paso.

El clima general es de saturación y reticencia. Más aun, entre los que prefieren mantenerse dentro de España. “Unionistas”, se los llama, aunque en ese arco se mezclen los franquistas con los que simplemente no quieren una división. Los más tibios optan por el silencio o la palabra en voz baja, por lo menos hasta llegar a Madrid, donde las banderas españolas contrarrestan el impulso catalán y ellos se sienten menos condicionados.

Muchas personas no se hablan desde tiempos de la Guerra Civil. Hay hijos y nietos que lucharon en bandos opuestos y se masacraron. Tumbas sin nombre por todos lados.

David Burruezo , nieto de una mujer agredida por hablar catalán durante el franquismo
Lili, una mexicana en pareja con un terragonés y que vive hace más de 10 años en España, asegura que por primera vez se distanció con una amiga por diferencias en sus opiniones. “En las reuniones hace tiempo que se intenta no hablar de política. De hecho, siempre después de las elecciones nos íbamos de tapas y, en la última, cada uno se fue a su casa”, cuenta. Para ella, en el interior de Cataluña el ímpetu se siente todavía con más fuerza.

La memoria familiar marca, en muchos casos, las trayectorias personales. En la plazas, en los recitales, en las marchas, hay al menos dos generaciones bien diferenciadas: los mayores, que vivieron el fin de la Guerra Civil, y los más jóvenes que rondan los 30 y 40 años. No es casual que Alex recuerde a su abuela cosiendo la bandera catalana debajo del colchón durante la proscripción por el franquismo o que la gente ovacionase emocionada a los ancianos que fueron a votar en la consulta de octubre.

De hecho, la genealogía de Jordi Redondo-Marfull personifica los vaivenes del independentismo. Su abuelo materno, nacido en un pueblo de Catalunya, luchó con los republicanos durante la Guerra Civil; mientras su otro abuelo, falangista y español, se enamoró de Barcelona y al final se unió a los que buscaban independizarse.

“Habla en cristiano, puta”, dijo un policía franquista y abofeteó a la abuela de David Burruezo por hablar en catalán. Casi 70 años después, su nieto organiza caminatas en su memoria en la ciudad. “Muchas personas no se hablan desde tiempos de la Guerra Civil. Hay hijos y nietos que lucharon en bandos opuestos y se masacraron. Tumbas sin nombre por todos lados. La constitución de 1978 no permite revisar los crímenes. Parte de querer un Estado propio viene de una reivindicación histórica”, comenta frente a una iglesia con marcas de metralla, en la plaza Sant Felip Neri, que datan de los bombardeos de 1938.

El recorrido hacia la independencia no siempre es lineal. Extremeños, andaluces, hijos de sevillanos que se asentaron hace menos de una generación en la costa del Mediterráneo, también apoyan la causa. Incluso, algún extranjero como Florencia, una socióloga argentina que llegó hace un año y medio, ya reparte cintas amarillas en la asamblea barrial y habla en un catalán fluido.

Sants, Barcelona. Restituyen una bandera estelada que había sido robada de un centro social.
Sants, Barcelona. Restituyen una bandera estelada que había sido robada de un centro social.

El idioma une o separa. Carolina, una vendedora que vive hace 6 años en Barcelona, cree que la relación con los inmigrantes se complicó a causa del independentismo. Las búsquedas laborales excluyen a los candidatos que no tienen un catalán fluido, pero además cuenta que algún cliente del centro comercial donde trabajaba hasta prefirió hablar en inglés antes de contestarle en castellano.

“No hay ruptura social”, dice Roger y agrega: “La gente es tranquila. Los que hablan de quiebre es porque no tienen que verse la cara todos los días. De hecho, mi novia es unionista”. Si bien es verdad que las discusiones existen y muchos se quejan de la situación actual, la convivencia parece mantenerse en la tolerancia, al menos entre vecinos y compañeros de trabajo, que optaron por anular la discusión política.

“¿Viste a alguien que se pelee en la calle?”, pregunta Andrés, de la Asamblea Nacional, mientras reparte panfletos con una lista alternativa de empresas que podrían reemplazar a las españolas. Los más organizados todavía debaten sobre cómo seguir. Si la desobediencia civil, si dejar de pagar impuestos o si derivar el dinero a otra caja son opciones válidas.

Sin embargo, Germán asegura: “La gente está exhausta”, y la frase se repite en mails y llamadas telefónicas. “Esta es la hora de los políticos”, agrega. Mientras las discusiones entre la Generalitat y el gobierno madrileño continúan, lo cierto es que cada uno tiene una manera de sobrellevar la euforia, el cansancio o el vértigo de vivir en una república a medias.


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