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Revolución en punto cero. Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas II

Silvia Federici :: 25.09.18

Segunda Parte: Globalización y reproducción social

Segunda Parte.
Globalización y reprodución social

6. Reproducción y lucha feminista en la nueva división internacional del trabajo (1999)

Introducción
Comenzando por el reconocimiento de que el patriarcado y la acumulación a escala mundial constituyen el marco estructural e ideológico en el cual la realidad cotidiana de las mujeres tiene que ser entendida, el movimiento feminista internacional no puede hacer otra cosa sino desafi ar este marco, junto con la división sexual e internacional del trabajo, a los cuales está íntimamente ligado.
Maria Mies, Patriarchy and Accumulation On A World Scale, 1986.
Todas las consideraciones desarrolladas hasta aquí pretenden conducir fundamentalmente a una tesis que queremos sostener, a saber, que el desarrollo capitalista siempre ha sido insostenible, sobre todo por su impacto humano; para entender esto, basta con planteárselo desde el punto de vista de quienes han muerto y siguen muriendo por su causa. En efecto, este, para nacer, supuso el sacrifi cio de segmentos ingentes de la humanidad, supuso exterminios en masa, producción de hambre y miseria, esclavitud, violencia y terror y, en su avance, sigue presuponiendo todo esto. Mariarosa Dalla Costa, «Capitalismo y reproducción», 1995.
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Es un hecho ampliamente reconocido que el movimiento de liberación de las mujeres ha adquirido durante las dos últimas décadas una dimensión internacional, ya que se han formado redes en todo el mundo, especialmente al abrigo de las conferencias internacionales promovidas por las Naciones Unidas. Así, hoy en día, parece que comprendemos los problemas a los que se enfrentan las mujeres mejor que en cualquier otro momento del pasado. Sin embargo, si examinamos las perspectivas que conforman las políticas feministas en Estados Unidos y en Europa, debemos concluir que la mayor parte de las feministas no se han reconocido ni han confrontado los cambios que la economía mundial ha provocado en las condiciones materiales de las mujeres y sus implicaciones para con la lucha feminista. A día de hoy, tenemos casos de investigación que muestran que la situación de las mujeres se ha empobrecido en todo el planeta. Pero pocas feministas reconocen que la globalización no solo ha causado una «feminización de la pobreza» sino que ha dado paso al surgimiento de un nuevo orden colonial y ha provocado nuevas divisiones entre las mujeres que las feministas deben afrontar. Incluso aquellas que se muestran críticas con las políticas promovidas por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) a menudo se decantan por posiciones reformistas que condenan la discriminación por motivos de género pero que dejan intacta la hegemonía global de las relaciones capitalistas. Por ejemplo muchas feministas deploran la «carga desproporcionada» que supone para las mujeres los planes de ajuste estructural y otros programas de austeridad, y recomiendan que las agencias de desarrollo presten más atención a las necesidades de las mujeres, o que promuevan que las mujeres «participen de los planes de desarrollo». Pero rara vez se posicionan contra los mismos programas o contra las agencias que los imponen, o reconocen que la pobreza y la explotación económica es un destino compartido con los hombres. También existe una clara tendencia a considerar los problemas a los que se enfrentan las mujeres como un asunto de «derechos humanos» y a intentar priorizar las reformas legales como las herramientas básicas de la intervención gubernamental. Esta perspectiva no consigue desafi ar el orden económico mundial que es la raíz de las nuevas formas de explotación que sufren las mujeres. También la campaña de denuncia de la violencia contra las mujeres, que ha despegado en los últimos años, se ha centrado en la violencia física y la violación en el entorno doméstico en línea con las directrices de la ONU. Pero ha ignorado la violencia inherente al proceso de acumulación capitalista, la violencia de las hambrunas, las guerras y los programas de contrainsurgencia, que han allanado a lo largo de los años ochenta y noventa el camino para la globalización económica.
En este contexto, mi primer objetivo es mostrar que la globalización del mundo económico ha causado una enorme crisis dentro de la reproducción social de las poblaciones de África, Asia y Latinoamérica, y que sobre estas bases se ha asentado una nueva división internacional del trabajo que se aprovecha del trabajo de las mujeres de estas regiones en benefi cio de la reproducción de la mano de obra «metropolitana». Esto signifi ca que las mujeres
uno de los tres miembros del panel independiente de inspección del Banco Mundial sea una mujer»; «comprometerse a informar a los grupos de mujeres de que tienen derecho a presentar quejas frente al panel de inspectores»; «instruir a los miembros del panel y a los de las ONG sobre cómo los cambios en los modos de vida de las mujeres son causa sufi ciente para presentar una queja»; «proveer de formación en la educación de género a todo el personal, incluyendo los miembros del FMI y del Banco Mundial». El texto continúa con recomendaciones similares. Para poder reformar el ajuste estructural Sparr propone que se adopte una solución «más creativa» (no especifi ca nada más) en lo relativo al trabajo no remunerado de las mujeres en los hogares, en las comunidades y en los cultivos; que el gasto público se oriente hacia la eliminación de las diferencias de género y que los impuestos se usen para crear guarderías y así poder aliviar la doble carga de trabajo de las mujeres, medidas todas ellas, según Sparr, compatibles con el modelo económico neoclásico.
de todo el mundo están siendo «integradas» en la economía mundial como productoras de mano de obra no solo a nivel local sino también para los países industrializados, además de producir mercancías baratas para la exportación global. Defi endo que esta reestructuración global del trabajo reproductivo abre una crisis dentro de las políticas feministas, ya que introduce una nueva división entre las mujeres que debilita la posibilidad de una solidaridad feminista global y amenaza con reducir el feminismo a un mero vehículo para la racionalización del orden económico mundial.
La Nueva División Internacional del Trabajo (NDIT)
Para poder evaluar las consecuencias de la NDIT sobre las mujeres, es necesario tener en cuenta qué queremos decir con este concepto, ya que la teoría convencional nos da una visión parcial de los cambios que han sucedido. La NDIT se identifi ca comúnmente con la reestructuración internacional de la producción de bienes de consumo que ha tenido lugar desde mediados de la década de los setenta cuando, en respuesta a la intensifi cación de los confl ictos laborales, las corporaciones multinacionales empezaron a reubicar sus plantas industriales, especialmente aquellas que pertenecían al campo del trabajo intensivo como son el sector textil y electrónico, en los «países en vías de desarrollo». Es por esto que se identifi ca la NDIT con la formación de zonas de libre comercio ―asentamientos industriales exentos de cualquier regulación laboral y que producen para la exportación― y de «líneas de montaje globales» por parte de las corporaciones transnacionales.
Basándose en esta teoría, tanto los mass media como los planifi cadores económicos han relanzado el mito del capitalismo como el gran promotor de la «interconectividad» y la equidad, logrando, esta vez, sus objetivos a escala planetaria. Según este argumento, estaríamos presenciando la industrialización del «Tercer Mundo». Afi rman que este proceso eliminará las jerarquías que han caracterizado históricamente la división internacional del trabajo y que tendrá un impacto positivo en la división sexual del trabajo. Las mujeres que trabajan en las zonas de libre comercio se benefi ciarían supuestamente de su incorporación al mundo laboral, ganando así una nueva independencia y la formación necesaria para competir en el mercado laboral internacional.7 Aunque aceptada por los economistas neoliberales,8 esta teoría no ha estado exenta de críticas. Robin Cohen observó que los movimientos de capital del «Norte» al «Sur» no son cuantitativamente sufi cientes para justifi car la hipótesis de una «nueva» división internacional del trabajo. A fi nales de la década de los ochenta, solo el 14 % de las actividades manufactureras se llevaban a cabo en los «países en desarrollo», y el boom industrial se había concentrado
7 Linda Lim, «Capitalism, Imperialism and Patriarchy», recogido en June Nash y Maria P. Fernández-Kelly (eds.), Women, Men and the International Division of Labor, op. cit., 1983, p. 81.
8 Véase el informe preparado por asistentes al Foro Económico Mundial en ocasión de su encuentro anual en Davos (Suiza) durante el verano de 1994. Pese a todo, en este informe la actitud dominante es la del miedo a que la esperada industrialización del Tercer Mundo pueda causar un declive económico en los países industrializados. Como crítica a estas tesis, que considera peligrosas para la expansión del «libre mercado», el economista Paul Krugman señala que las exportaciones del «Tercer Mundo» tan solo absorben el 1 % de los ingresos del «Primer Mundo» y que durante el año 1993 el capital total transferido del «Primer» al «Tercer Mundo» tan solo ascendió a 60.000 millones de dólares, «calderilla» según su punto de vista, «en un mundo que invierte más de 4 billones de dólares al año»; Paul Krugman, «Fantasy Economics», The New York Times, 26 de septiembre de 1994.
en unas pocas áreas: Corea del Sur, Hong Kong, Taiwán y México. También se ha hecho evidente que la introducción de las zonas de libre comercio ni desarrolla el tejido industrial de los países que las alojan, ni tiene un efecto positivo en sus niveles de empleo, mientras que sí supone un expolio de sus recursos. En lo tocante a las mujeres que trabajan en esas zonas sus organizaciones han denunciado que esta modalidad de trabajo genera un tipo adicional de «subdesarrollo» y supone incluso una forma oculta de esclavitud. Los salarios dentro de las zonas de libre comercio se mantienen por debajo de los niveles de subsistencia, muchas veces inferiores a los salarios mínimos de los países industrializados y mediante todo tipo de maneras de intimidación. En Indonesia los salarios recibidos en las zonas de libre comercio son tan bajos que las familias de los trabajadores deben completar los ingresos necesarios para la supervivencia.
Junto a ello, las mujeres se ven forzadas a trabajar largas horas en condiciones poco seguras, están sujetas a cacheos diarios para asegurarse de que no se llevan nada de las plantas; a menudo se ven forzadas a usar la píldora de control de natalidad para no quedarse embarazadas y trastocar la producción; y se restringe su capacidad de movimiento. En muchos casos se las encierra dentro de las fábricas sin permiso para salir hasta que hayan alcanzado la cuota de producción establecida; debido a esto han muerto cientos de mujeres en México y en China al no poder huir de los edifi cios mientras se producía un terremoto o el edifi cio estaba en llamas. Y en todos los países se las persigue cuando intentan organizarse laboralmente. Pese a las duras condiciones, las trabajadoras de las zonas de libre comercio no se han quedado de brazos cruzados frente a la penetración de las relaciones capitalistas en sus comunidades. Desde México a Filipinas pasando por las islas del Caribe, las trabajadoras de las zonas de libre comercio han construido redes de apoyo y organizado huelgas y movilizaciones que han puesto a la defensiva a los dirigentes empresariales y a los gobiernos que habían dado luz verde a la implantación de las zonas de libre comercio. No obstante, yerra cualquier esperanza que se haya puesto en que el impacto económico de estas zonas de libre comercio pudiese ser benefi cioso para las trabajadoras, en la medida en que la razón de ser de este tipo de zonas es la creación de entornos laborales en los que los trabajadores no tengan derecho alguno.
No es esta la única razón por la que debería revisarse la teoría convencional sobre la nueva división internacional del trabajo. Igual de importante es el hecho de que la teoría convencional siga reconociendo solo como trabajo y actividad económica la producción de mercancías mientras que no le presta atención alguna al trabajo reproductivo pese a décadas de ensayos feministas sobre la contribución de esta actividad a la acumulación de capital. Así, parece que la teoría convencional no tiene nada que decir sobre los cambios macroscópicos que la expansión de las relaciones capitalistas ha producido en las condiciones de la reproducción social en el «Sur Global». El único aspecto de la reproducción que habitualmente mencionan los teóricos de la NDIT es el impacto que el trabajo en las zonas de libre comercio tiene en la vida familiar y en la gestión del trabajo doméstico. De todas maneras esto es solo una pequeña parte de un proceso mucho más amplio que destruye las vidas de la gente sin la cual no serían posibles ni la nueva división internacional del trabajo ni las zonas de libre comercio.
los escombros (ibidem, p. 170), y solo después ayudaron a las heridas, gracias a las protestas de las trabajadoras que en el momento del terremoto se encontraban fuera de las fábricas esperando a entrar con el siguiente turno.
Si se observa la NDIT desde el punto de vista de la producción y la reproducción, se puede trazar una radiografía muy distinta a la mostrada por los defensores del Nuevo Orden Mundial. Antes de nada, porque se puede ver que la expansión de las relaciones capitalistas está fi rmemente sujeta (como ya lo estaba en tiempos de los cercamientos ingleses y de la conquista de América) a la premisa de la separación de los productores de los medios de (re)producción y de la destrucción de cualquier actividad económica que no esté orientada al mercado, comenzando por la agricultura de subsistencia. También podemos ver cómo la globalización económica ha conducido a la formación de un mundo proletario que no es propietario de ninguno de los medios de producción, forzado a depender de las relaciones económicas para su supervivencia pero sin acceso a ingresos económicos. Esta es la situación que el Banco Mundial y el FMI han creado en África, Asia y Sudamérica gracias a las políticas de liberalización. Estas políticas han minado tanto la reproducción social de las poblaciones del «Tercer Mundo» que incluso el Banco Mundial ha tenido que reconocer que ha cometido fallos. Nos han conducido a un nivel de pobreza sin precedentes en el periodo postcolonial, y han borrado los logros más importantes conseguidos por las luchas anticoloniales: el compromiso de los Estados de las naciones recién independizadas a invertir en la reproducción del proletariado nacional.
Los recortes masivos en el gasto gubernamental para servicios sociales, las repetidas devaluaciones de la moneda y las congelaciones salariales están en el centro de los «programas de ajuste estructural» y en la agenda neoliberal. También hay que mencionar las actuales expropiaciones de tierras llevadas a cabo por la agricultura comercial y la institución de un constante estado de guerra. Interminables guerras, masacres, poblaciones enteras obligadas a huir de sus tierras convirtiéndose en refugiados… no son solo las consecuencias de un empobrecimiento dramático que intensifi ca, como los medios de masas quieren hacernos creer, los confl ictos étnicos, políticos y religiosos. Son complementos imprescindibles para la privatización de las relaciones territoriales y el intento de crear un mundo en el que nada escape a la lógica del benefi cio. Estos son los últimos medios utilizados para expropiar a poblaciones que, hasta hace poco, tenían acceso a tierras y a los recursos naturales, de los que ahora se han apoderado las corporaciones multinacionales.
El ajuste estructural y la liberalización económica también han acabado con las políticas de «sustitución de importaciones» que habían adoptado los ex países coloniales durante la década de 1960 para lograr cierto grado de autonomía. Este paso ha provocado el desmantelamiento de la industria local, ya que al abrir el mercado doméstico a las importaciones extranjeras se ha permitido a las transnacionales inundar los mercados con productos importados con los que no puede competir la industria local. La construcción de las zonas de libre comercio no ha remediado esta situación sino que la ha explotado benefi ciándose de ella, permitiendo que las empresas extranjeras mantengan salarios inferiores a los niveles de subsistencia, razón por la cual, tal y como argumenta Saskia Sassen, las zonas de libre comercio se han convertido en trampolines para la migración.
La industrialización del «Tercer Mundo» es un mito, como lo ratifi ca el hecho de que, durante las décadas de 1980 y 1990, la transferencia de capitales del «Primer» al «Tercer Mundo» ha sido reemplazada por el traspaso de capital y trabajo del «Tercer» al «Primer Mundo». La escala a la que se desarrolla este fenómeno es inmensa.
Las remesas suponen en importancia y tamaño el segundo mayor fl ujo de dinero tras los ingresos derivados del petróleo. En algunas partes del mundo (por ejemplo en México), hay poblaciones enteras que dependen de ellas. Según el Banco Mundial, el volumen de las remesas ha pasado de los 24.000 millones de dólares, durante la década de 1970, hasta los 65.000 millones en los años ochenta, y estas cantidades solo se refi eren a las remesas que pasan a través del sistema bancario; no incluyen aquellas en especie, como por ejemplo muebles, aparatos de televisión y otros bienes que los inmigrantes transportan en los viajes a sus países.
La primera consecuencia del empobrecimiento al que la liberalización económica ha condenado al mundo proletario ha sido el despegue de un vasto movimiento migratorio del «Sur» al «Norte», subsiguiente a las transferencias de capital que el pago de la deuda externa ha causado.
Este movimiento migratorio de proporciones bíblicas, que supone un aspecto estructural del nuevo orden económico y que es inherente a la globalización del mercado de trabajo, evidencia la manera en la que se ha reestructurado la división internacional del trabajo. Y demuestra que la crisis de la deuda y el «ajuste estructural» han creado un sistema de apartheid global. Es por ello que el «Tercer Mundo» se ha visto transformado en una inmensa empresa de mano de obra barata, que funciona respecto a las economías metropolitanas de la misma manera que lo hacían los bantustanes27 respecto a las áreas blancas en Sudáfrica. No es casual que la salida de los mismos se vea regulada por un sistema similar de pases y restricciones, lo que garantiza que los inmigrantes se ven doblemente devaluados en los países de llegada, como inmigrantes y como trabajadores no documentados. Al introducir las restricciones que hacen que los trabajadores inmigrantes estén indocumentados, la inmigración se usa como método para reducir el coste de la mano de obra. Porque solo si los inmigrantes están social y políticamente devaluados pueden ser utilizados para contener las exigencias de la clase obrera local.
Para aquellos que no pueden emigrar o que no tienen acceso a las remesas que envían los emigrantes, la alternativa es una vida de penurias. Falta de alimentos, medicinas, agua potable, electricidad, escuelas, carreteras en buen estado, desempleo masivo… son para la mayoría su realidad cotidiana, refl ejada en un constante estallido de epidemias, disgregaciones de la vida familiar
27 Los defensores del apartheid argumentaban que la discriminación racial contra los negros estaba basada legalmente en que estos no eran ciudadanos de Sudáfrica, sino ciudadanos de otros estados independientes (llamados bantustanes), por lo que carecían de ciudadanía sudafricana y no tenían derechos que reclamar al gobierno de Pretoria. En efecto, el gobierno de Sudáfrica procedió a crear diez estados autónomos, se le retiró la ciudadanía sudafricana a la mayoría de los negros, que constituían el 80 % de la población sudafricana, y se les otorgó la nacionalidad de algún bantustán. Gracias a este argumento, a dicha población negra se le consideraba como «transeúntes» o «población temporal» que debía circular por el territorio de Sudáfrica solamente si estaba provista de pasaportes en lugar de pases. De 1960 hasta 1980, el gobierno forzó a un total de tres millones y medio de individuos a desplazarse hacia estas zonas para vivir allí, o en caso de que ello no fuera posible se les otorgó la nacionalidad de un «Estado» donde jamás habían vivido. [N. de la T.]
y el fenómeno de niños viviendo en las calles o trabajando en condiciones de esclavitud. También se refl eja la realidad en las intensas luchas, que a veces toman la forma de revueltas urbanas, mediante las cuales las poblaciones de los países «ajustados» intentan resistir al cierre de las industrias locales, al aumento de los precios de los productos básicos y de los transportes, y a la extorsión económica a la que están sujetos en nombre del pago de la deuda.
A partir de esta descripción, podemos ver que cualquier proyecto feminista que únicamente se preocupe de la discriminación sexual y que no acierte a situar la «feminización de la pobreza» en el contexto del avance de las relaciones capitalistas está condenado a ser irrelevante además de acabar por ser fi nalmente cooptado. La NDIT introduce una redistribución internacional del trabajo reproductivo que refuerza las jerarquías inherentes a la división sexual del trabajo y crea nuevas divisiones entre las mujeres.
Emigración, reproducción y feminismo internacional
Si es verdad que las remesas enviadas por los inmigrantes constituyen el mayor fl ujo de dinero mundial, tras los ingresos derivados del petróleo, entonces la principal mercancía que el «Tercer Mundo» exporta al «Primero» es la fuerza de trabajo. Dicho de otra manera, igual que en el pasado, también hoy, la acumulación capitalista es sobre todo una acumulación de trabajadores, un proceso que se da principalmente mediante la inmigración. Esto signifi ca que una parte signifi cativa del trabajo necesario para reproducir la mano de obra metropolitana lo llevan a cabo mujeres en África, Asia, Latinoamérica o en los antiguos países socialistas, principales puntos de origen de los movimientos migratorios contemporáneos. Este trabajo nunca computa en la deuda del «Tercer Mundo» pero sí que contribuye directamente a la acumulación de riqueza en los «avanzados» países capitalistas, ya que la inmigración se utiliza para contrarrestar el declive demográfi co, mantener los salarios a la baja y transferir el plustrabajo de las colonias a las «metrópolis». Esta es una realidad que las feministas deben reconocer, tanto para desenmascarar lo que supone la «integración en la economía global» como para desmistifi car la ideología de la «ayuda al Tercer Mundo» que esconde una inmensa apropiación del trabajo no remunerado de las mujeres.
Las mujeres de todo el mundo no solo producen los trabajadores que mantienen en funcionamiento la economía global. Desde comienzos de la década de los noventa se ha producido un salto en la emigración femenina del «Sur Global» al Norte, en el que proveen un porcentaje en continuo incremento de la mano de obra empleada en el sector servicios y el trabajo doméstico. Tal y como ha observado Cynthia Enloe, con la imposición de políticas económicas que incentivan la inmigración, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial han permitido a los gobiernos de Europa, Estados Unidos y Canadá resolver la crisis del trabajo doméstico que se encuentra en los orígenes del movimiento feminista, y ha «liberado» a miles de mujeres solo para que produzcan más trabajo exo-doméstico. El empleo de mujeres fi lipinas o mexicanas que, por una modesta suma, limpian las casas, crían a los niños, cocinan y cuidan a los mayores, permiten que las mujeres de clase media escapen de un trabajo que ya no quieren o no pueden hacer durante más tiempo, sin reducir simultáneamente su nivel de vida. Es evidente que esta es una «solución» problemática ya que crea relaciones entre las mujeres de «criadas-señoras» complicándolas aún más si cabe por los prejuicios que rodean el trabajo doméstico: la asunción de que no se trata de un trabajo real y que debería ser pagado lo menos posible, cuyos límites no están defi nidos, etc. El empleo de trabajadoras domésticas hace, además, a las mujeres (más que al Estado) responsables del trabajo reproductivo y debilita la lucha contra la división del trabajo en el interior de las familias, ya que libra a las mujeres de la tarea de obligar a los hombres a compartir las tareas domésticas. Para las mujeres inmigrantes, asumir un trabajo doméstico supone una elección dolorosa, ya que es un trabajo pagado pobremente y que requiere que cuiden de las familias de otros mientras que ellas tienen que dejar de lado a las suyas propias.
Durante las décadas de 1980 y 1990, se ha desarrollado otro fenómeno que demuestra el intento de volcar las tareas de reproducción de la mano de obra sobre las espaldas de las mujeres del «Tercer Mundo». Entre los hechos más signifi cantes se encuentra el desarrollo de un vasto mercado infantil de alcance internacional, organizado mediante sistemas de adopción, y que ha evolucionado en un negocio que mueve anualmente miles de millones de dólares. Hacia fi nales de los años ochenta, se calculaba que cada cuarenta y ocho minutos un niño adoptado entraba en Estados Unidos, y a comienzos de la década de 1990, solo desde Corea del Sur se exportaron 5.700 niños anuales a EEUU. Hoy, lo que las feministas han descrito como un «tráfi co de menores» internacional se ha extendido incluso a los antiguos países socialistas, sobre todo a Polonia y Rusia, donde el descubrimiento de agencias de venta de niños (en 1994 más de 1.500 fueron exportados a EEUU) ha levantado un escándalo nacional. Hemos podido ver también el crecimiento de las «granjas de bebés», en las que específi camente se producen niños para su exportación, y el empleo creciente de «mujeres del Tercer Mundo» como madres de alquiler. La subrogación materna, como la adopción, permiten a mujeres de los «avanzados» países capitalistas evitar la interrupción de sus carreras o hacer peligrar su salud por tener un hij o. En contraprestación los gobiernos del «Tercer Mundo» se benefi cian del hecho de que cada niño vendido trae divisa extranjera a sus arcas; y el Banco Mundial y el FMI aprueban tácitamente esta práctica puesto que la venta de niños sirve para corregir el «exceso demográfi co» y armoniza con el principio por el cual las naciones deudoras deben exportar todos sus recursos naturales, de los bosques a los seres humanos.
También hemos visto la masifi cación, especialmente en algunas partes de Asia (Tailandia, Corea del Sur, Filipinas), de la industria del sexo y el turismo sexual, sirviendo a una clientela internacional, incluyendo a la armada de EEUU que, desde la Guerra de Vietnam, utiliza estos países como zonas de «Descanso y Recuperación». A fi nales de los años ochenta, tan solo en Tailandia, de una población de 52 millones de personas, un millón de mujeres trabajaban en la industria del sexo. A esto debemos añadirle el inmenso incremento en el número de mujeres del Tercer Mundo o de los antiguos países socialistas que trabajan como prostitutas en Europa, Estados Unidos y Japón, a menudo en condiciones de semiesclavitud.
No menos importante es el «tráfi co» de «esposas por catálogo» que, en los años ochenta, se ha desarrollado a escala internacional. Tan solo en Estados Unidos, unos 3.500 hombres contraen matrimonio con mujeres que han seleccionado por catálogo. Las esposas son mujeres jóvenes que provienen de las zonas más pobres del sureste de Asia o de Sudamérica, aunque también hay mujeres de Rusia y de otros antiguos países socialistas que han elegido este método para emigrar. En 1979, 7.759 mujeres fi lipinas dejaron su país por este medio. El tráfi co de «esposas por catálogo» explota por un lado el empobrecimiento de las mujeres y, por otro, el sexismo y el racismo de los hombres norteamericanos y europeos, que desean una mujer que puedan controlar, y que confían en la vulnerabilidad de mujeres que dependen de ellos para poder quedarse en el país.
Tomados en conjunto, estos fenómenos muestran que lejos de ser una herramienta para la emancipación femenina la NDIT es el vehículo de un proyecto político que intensifi ca la explotación de las mujeres, y recupera formas de trabajo coercitivo que habíamos considerado extintas con la desaparición de los imperios coloniales. También relanza la imagen de las mujeres como objetos sexuales y como criadoras, e instituye entre las mujeres una relación similar a la que mantenían las mujeres blancas y negras durante el apartheid en Sudáfrica.
El carácter antifeminista de la nueva división internacional del trabajo es tan evidente que debemos preguntarnos hasta qué punto ha sido obra de la «mano invisible» del mercado, o ha supuesto una respuesta planifi cada a las luchas que las mujeres han mantenido contra la discriminación, el trabajo no remunerado y el «subdesarrollo» en todas sus formas. En cualquier caso, las feministas debemos organizarnos contra este intento de recolonización, en el que la NDIT es un vehículo que reabre la lucha en el terreno de la reproducción.
No es útil, en la práctica, criticar a las mujeres que emplean trabajadoras domésticas, como hacen algunas feministas. Mientras el trabajo reproductivo sea mantenido como una responsabilidad individual o familiar, puede que no dispongamos de muchas alternativas, especialmente cuando tenemos que cuidar de alguien que está enfermo o no es autosufi ciente, y además tenemos un trabajo fuera del hogar. Esta es la razón por la que muchas mujeres con hij os pequeños dependen de las ayudas sociales; pero esta alternativa está cerca de extinguirse. También existe el peligro de que, al condenar el empleo de las trabajadoras domésticas sin proponer ninguna alternativa, se refuerce la ilusión de que el trabajo reproductivo no es un trabajo imprescindible. Esta asunción ha plagado las políticas feministas de los años setenta y hemos pagado un alto precio por ello. Si el movimiento feminista hubiese luchado por hacer que el Estado reconociese el trabajo reproductivo como trabajo y hubiese adquirido responsabilidad fi nanciera por ello, puede que no hubiésemos tenido que contemplar el desmantelamiento de los pocos presupuestos sociales a los que podíamos optar, ni una nueva solución colonial a la «cuestión del trabajo reproductivo». También hoy, una movilización feminista que obligase al Estado a pagar por el trabajo reproductivo sería bastante efectiva en la mejora de sus condiciones y en la construcción de solidaridad entre las mujeres.
Consideraciones similares merecen los esfuerzos que las feministas realizan para convencer a los gobiernos de que legislen como delitos la violencia doméstica y el tráfi co de mujeres, ya que estas iniciativas no van a la raíz de los abusos perpetrados a las mujeres.
¿Puede el castigo poner remedio a las situación de abyecta pobreza que padecen y que lleva a los progenitores a vender a sus hij os o a introducirlos en la prostitución en algunos países? ¿Y cómo podrían los gobiernos de Asia o África mejorar la condición de las mujeres cuando el Banco Mundial y el FMI los fuerzan a cortar todos los programas de gasto social y a adoptar estrictos programas de austeridad? ¿Cómo podrían estos gobiernos proporcionar un acceso igualitario de las mujeres a la educación o mejoras en el sistema sanitario cuando los ajustes estructurales exigen que se recorten todos los subsidios para estos programas?50 ¿Estarán deseosos de enviar a sus hij as a la escuela cuando sus hij os están desempleados tras haber adquirido un diploma?
Si el feminismo internacional y la sororidad global son posibles, las feministas deben hacer suya la lucha contra los ajustes estructurales, contra el pago de la deuda externa y la introducción de las leyes de protección intelectual, las señales más visibles de los métodos por los cuales se está organizando la nueva división internacional del trabajo, y con los que se está provocando el hundimiento de los medios de subsistencia de la mayoría de la población del planeta.
Tal y como las feministas del «Tercer Mundo» han señalado a menudo, las desigualdades que existen entre las mujeres a nivel internacional también afectan a las políticas del movimiento feminista. El acceso a mayores recursos (transporte, préstamos, publicaciones, veloces medios de comunicación)
CAFA (Committ e For Academic Freedom in Africa), Newslett er, núm. 2, otoño de 1999; Newslett er, núm. 4, primavera de 1993; Newslett er, núm. 5, otoño de 1993.
permite a las feministas europeas y estadounidenses imponer sus agendas en las conferencias internacionales y jugar un papel hegemónico en la defi nición de cómo deben ser las luchas feministas y el feminismo.
Las relaciones de poder que genera la NDIT también se refl ejan en el papel que las mujeres juegan en las Organizaciones No Gubernamentales (ONG) metropolitanas que fi nancian «proyectos generadores de ingresos» para las mujeres del «Tercer Mundo». Además de movilizar el trabajo no remunerado de las mujeres para compensar la pérdida de servicios sociales que causa el ajuste estructural, estos proyectos generan una relación patrón-cliente entre las mujeres. Las ONG metropolitanas deciden qué proyectos fi nancian, cómo evaluarlos, a qué mujeres reclutan, todo esto sin contar con las mujeres cuya labor organizan. Debería tenerse en cuenta que la función que las ONG metropolitanas juegan respecto a las mujeres que «ayudan» es en parte respuesta al debilitamiento del papel de los maridos y el Estado como supervisores del trabajo de las mujeres en los países sujetos al ajuste estructural. Mientras que los hombres emigran, o no tienen el dinero necesario para mantener una familia, y paralelamente el Estado no cubre las necesidades o se supone que no tiene fondos para invertir en la reproducción social, emerge un nuevo régimen patriarcal, que sitúa a las mujeres del «Tercer Mundo» bajo el control del Banco Mundial, el FMI y de todas las ONG que gestionan «proyectos generadores de ingresos» y programas de «ayuda». Estos son los nuevos supervisores y explotadores del trabajo reproductivo de las mujeres, y este nuevo patriarcado se apoya en la colaboración de las mujeres europeas y norteamericanas que, como nuevas misioneras, son reclutadas con el objeto de entrenar a las mujeres de las «colonias» para capacitarlas y que desarrollen las actitudes necesarias para que lleguen a integrarse en la economía global.
Conclusión
Este análisis de la NDIT muestra los límites de la estrategia política feminista que no sitúa la lucha contra la discriminación sexual dentro de un marco de trabajo anticapitalista. También muestra que el desarrollo capitalista no solo continúa produciendo pobreza, enfermedades y guerras, sino que únicamente puede sobrevivir mediante la creación de divisiones dentro del proletariado, las mismas que descartan e imposibilitan la consecución de una sociedad libre de explotación. Es por todo esto que las políticas feministas deben subvertir la nueva división internacional del trabajo y el proyecto de globalización económica del que surge. Los movimientos de base feministas a lo largo del planeta exigen la devolución de las tierras comunales, el rechazo al pago de la deuda externa y la abolición de los ajustes estructurales y la privatización de tierras. Nos recuerdan que no podemos separar la demanda de la igualdad de la crítica al rol que el capital internacional tiene en la recolonización de sus países y que las luchas que las mujeres llevan a cabo cotidianamente para sobrevivir son luchas políticas y luchas feministas.

7. Guerra, globalización y reproducción (2000)
Primero llegaron los banqueros extranjeros, ansiosos de conceder préstamos a intereses abusivos; tras ellos llegaron los supervisores fi nancieros para asegurarse de que se pagaban los intereses; después aparecieron los miles de consejeros extranjeros que reclamaban su tajada. Por último, cuando ya el país estaba en bancarrota y perdido, fue el momento de que apareciesen las tropas extranjeras para «rescatar» al gobernador de su población «rebelde». Un último trago y el país había desaparecido.
Pakenham, The Scramble for Africa.
Hambriento, ¿quién te alimentará? Si tú quieres pan, ven con nosotros, los que no lo tenemos.
Déjanos enseñarte el camino.
Los hambrientos te alimentarán.
Bertolt Brecht, «O todos o ninguno».
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Tal y como demuestran la proliferación de conflictos en África, Asia y Oriente Medio y el entusiasmo mostrado en Estados Unidos por las intervenciones militares, durante las décadas de 1980 y 1990, la guerra está en la agenda global. Y la razón para ello es que la nueva fase de expansión capitalista de la que estamos siendo testigos y que requiere de la destrucción de cualquier actividad económica que no esté subordinada a la lógica de la acumulación capitalista es, necesariamente, un proceso violento. El capital corporativo no puede extender su alcance sobre los recursos del planeta ―de los mares a los bosques y de la fuerza de trabajo a nuestro acervo genético― sin generar una intensa resistencia a nivel mundial. Por otra parte, de manera intrínseca a la naturaleza de la actual crisis capitalista, no es posible mediación alguna y el desarrollo planifi cado en el denominado «Tercer Mundo» solo puede llevar a la guerra.
Que habitualmente no se reconozcan las conexiones entre economía global y guerra se debe a que la globalización a día de hoy, y aunque en esencia suponga una continuación del proceso imperialista del siglo XIX, se presenta a sí misma fundamentalmente como un programa económico. Sus principales, y más visibles, armas son los planes de ajuste estructural, la liberalización del comercio, las privatizaciones y la imposición de los derechos de propiedad intelectual. Todas estas políticas son las responsables del inmenso traspaso de riqueza de las «colonias» a las metrópolis, pero como no requieren de conquista territorial directa se asume que funcionan a través de medios meramente pacífi cos.
La intervención militar también está adoptando nuevas formas, ocultándose habitualmente bajo la guisa de benévolas iniciativas como «ayuda alimentaria» y «ayuda humanitaria» o, como sucede en Latinoamérica, como cooperación en la «lucha contra las drogas». Otra gran razón por la que no resulta tan obvio el matrimonio entre guerra y globalización ―el aspecto actual del imperialismo― es que la mayor parte de las «guerras globalizadoras» se combaten en el continente africano, cuya realidad cotidiana se ve distorsionada sistemáticamente por los medios de masas, que culpan de todos los problemas a los africanos, alegando «subdesarrollo», «tribalismo» e incapacidad para lograr y mantener instituciones democráticas.
África, guerra y ajustes estructurales
En realidad la situación actual en África muestra la estrecha conexión existente entre la implementación de los Programas de Ajuste Estructural (PAE), introducidos en los años ochenta por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional para facilitar el avance del capital multinacional, y el desarrollo de un continuo estado de guerra. Esto demuestra que los ajustes estructurales generan guerras y que la guerra, a su vez, completa el trabajo del ajuste estructural, ya que obliga a los países afectados a depender del capital internacional y de los poderes que este representa, comenzando por Estados Unidos, la Unión Europea y las Naciones Unidas. Dicho de otra manera, y parafraseando a Clausewitz, «el ajuste estructural es la guerra por otros medios».
El «ajuste estructural» promueve la guerra de muchas maneras. Este tipo de programas fueron impuestos a comienzos de los años ochenta por el Banco Mundial y el FMI a la mayor parte de las naciones africanas, supuestamente para promover la recuperación económica y así ayudar a los gobiernos a pagar las deudas que habían contraído durante la década anterior con el objetivo de fi nanciar proyectos de desarrollo. Entre las reformas que prescriben se encuentran la privatización de tierras (comenzando con la abolición de la propiedad comunal de tierras), la liberalización del comercio (es decir, la eliminación de aranceles a las mercancías importadas), la desregulación de las transacciones de divisas, la reducción del sector público, la no fi nanciación de los servicios sociales y un sistema de control que transfi ere de una manera efectiva la planifi cación económica de los gobiernos africanos al Banco Mundial y a las Organizaciones No Gubernamentales (ONG).
El supuesto objetivo de esta reestructuración económica era el relanzamiento de la productividad, la eliminación de la inefi ciencia y el incremento de las «ventajas competitivas» en el mercado global. Sin embargo, ha producido justo lo contrario. Más de una década después de la adopción de estos programas, las economías locales se han colapsado, la inversión extranjera no se ha materializado y las únicas actividades productivas en curso en los países africanos son una vez más, como sucedía durante el periodo colonial, la extracción de mineral y la agricultura orientada a la exportación, la misma que contribuye a la saturación del mercado global mientras que los africanos no tienen comida sufi ciente para alimentarse.
En este contexto generalizado de bancarrota económica, las violentas rivalidades han explotado por todas partes entre las diferentes facciones de la clase dominante africana, quienes, incapaces de enriquecerse ellos mismos mediante la explotación de la fuerza de trabajo, ahora luchan por el acceso al poder estatal como condición indispensable para la acumulación de riqueza. De hecho, el poder gubernamental es la llave para la apropiación y venta en el mercado internacional ya sea de los activos y recursos nacionales (tierra, oro, diamantes, petróleo, madera), ya sea de los recursos y riquezas que poseen sus rivales u otros grupos más débiles. Por esta razón, la guerra se ha convertido en el punto débil de la economía mercantil o, de una «economía de saqueo» según algunos autores, 8 que prospera con la complicidad de las compañías extranjeras y de las agencias internacionales, quienes, pese a todas sus quejas sobre la «corrupción», se benefi cian de ella.
Como en el caso de Rusia, la insistencia del Banco Mundial en la privatización de todos los recursos ha debilitado al Estado y ha acelerado este proceso. Del mismo modo, la desregulación de las actividades bancarias y de las transacciones de divisas (también exigida por el Banco Mundial) ha impulsado la extensión del comercio de drogas que desde la década de 1980 ha jugado un papel primordial en la economía política de África, contribuyendo a la formación de guerrillas privadas.9
Otra causa más de las guerras en África es el brutal empobrecimiento en el que los ajustes estructurales han hundido a la mayor parte de la población. A la vez que ha intensifi cado las protestas sociales, el ajuste estructural ha desmantelado, a lo largo de estos años, la «fábrica social» de muchos de estos países al forzar a millones de personas a huir de sus poblados y a viajar al extranjero para buscar nuevas formas de sustento; la lucha por la supervivencia ha preparado el terreno para la manipulación de los antagonismos locales y para el reclutamiento de los parados (en particular de los jóvenes) por parte de los bandos en confl icto. Muchos de los confl ictos «tribales» y religiosos (y no en menor medida que los confl ictos «étnicos» en Yugoslavia) fueron creados durante estos procesos. De las expulsiones masivas de inmigrantes y los disturbios religiosos en Nigeria a principios y mediados de los años ochenta, a las guerras de «clanes» en Somalia a comienzos de los noventa,10 y de ahí a las

los años ochenta el gobierno concedió a la milicia Murahaliin (compuesta por árabes baggara), el derecho a saquear el ganado de los dinka. «Sus asaltos eran frecuentes, extensos y devastadores. Los asaltantes robaban las cabezas de ganado, destruían los poblados, envenenaban los pozos y asesinaban indiscriminadamente. También estaban implicados en la esclavización de los prisioneros. Los supervivientes eran desplazados y huían hacia los asentamientos fortifi cados más cercanos, donde se veían obligados a vender el ganado y el resto de sus pertenencias a bajo precio», De Waal, Famine Crimes, op. cit., p. 94. Véase más información sobre estos procesos en la obra de Mark Duffi eld, «The Political Economy of Internal War: Asset Transfer, Complex Emergencies, and International Aid» en Joanna Macrae y Anthony Zwi (eds.), War and Hunger: Rethinking International Responses to Complex Emergencies, Londres, Zed Books, 1994, pp. 54-57.
8 Jean-Francois Bayart et al., The Criminalization of the State in Africa, Oxford, Reino Unido, International African Institute en colaboración con James Curry, 1999.
9 Ibidem; Phil Williams, «The Nature of Drug-Traffi cking Networks», Current History, abril de 1988.
10 Michael Chossudovsky, The Globalization of Poverty: Impacts of the FMI and the World Bank Reforms, Londres, Zed Books, 1998.
sangrientas guerras que enfrentan al Estado y a los fundamentalistas en Argelia, en el origen de la mayor parte de los confl ictos africanos contemporáneos han estado las «condiciones» impuestas por el Banco Mundial y el FMI, exigencias que han destrozado las vidas de la gente y socavado las condiciones necesarias para la solidaridad social.
No hay duda de que, por ejemplo, todos los jóvenes que han luchado en las numerosas guerras africanas de los últimos tiempos son los mismos que hace décadas podrían haber estado en las escuelas, e incluso haber tenido esperanza de buscarse la vida mediante el comercio o un empleo en el sector público, y que podrían haber mirado hacia el futuro con la esperanza de ser capaces de contribuir al bienestar de sus familias. De la misma manera, la aparición de los niños soldado en los ochenta y los noventa nunca hubiese sido posible si, en muchos de estos países, las anteriormente extensas familias no se hubiesen visto mermadas por las difi cultades económicas, y millones de niños no se encontrasen sin otro lugar al que acudir que las calles y tuviesen a alguien que se hiciera cargo de sus necesidades.
La guerra no es solo una consecuencia del cambio económico: también ha sido un modo de provocarlo. Cuando observamos los patrones dominantes en los confl ictos en África y en la intersección de la guerra con la globalización, hay dos objetivos que destacan claramente. Primero, la guerra obliga a la gente a abandonar sus tierras, separando de esta manera a los productores de los medios de producción, condición necesaria para la expansión del mercado de trabajo global. La guerra también reclama el uso de la tierra para fi nes capitalistas, impulsando la producción de cultivos comerciales y una agricultura orientada a la exportación. Particularmente en África, donde la propiedad comunal de las tierras aún es un fenómeno extendido, este ha supuesto uno de los principales objetivos del Banco Mundial, cuya raison d’étre como institución ha sido la mercantilización de la agricultura. Es difícil observar a los millones de refugiados o víctimas de las hambrunas que se ven obligados a dejar sus localidades sin pensar en la satisfacción que esto le debe producir a los dirigentes del Banco Mundial y a sus empresas agroalimentarias, quienes seguro ven la mano del progreso en ello.
La guerra también socava la oposición de las poblaciones a las «reformas del mercado» mediante la reconfi guración territorial y las disrupción de las redes sociales que proveen las bases necesarias para la resistencia. Es ciertamente signifi cativa la correlación ―bastante habitual en el África contemporánea― entre las protestas contra el FMI y los confl ictos sociales. Donde más visible aparece es en Argelia, donde el auge antigubernamental de los fundamentalistas islámicos se remonta a las revueltas de 1988 contra el FMI, cuando miles de jóvenes tomaron las calles de la capital durante varios días protagonizando la protesta más intensa y extendida desde los buenos tiempos de las luchas anticoloniales.
La intervención extranjera ―aprovechándose generalmente de confl ictos locales y transformándolos en confl ictos globales― ha jugado un papel primordial en este contexto. Esto se refl eja incluso en el caso de intervenciones militares de Estados Unidos que suelen observarse a través del prisma de la geopolítica o de la Guerra Fría, como el apoyo dado por la Administración Reagan a los gobiernos de Sudán y Somalia y a la Unión para la Independencia Total de Angola (UNITA en sus siglas en portugués). Tanto en Sudán como Somalia se estaban aplicando desde principios de la década de 1980 los PAE, cuando ambos países se encontraban entre los mayores receptores de ayuda militar de EEUU. En Sudán el régimen de Neimeri vio fortalecida su ofensiva contra la coalición de fuerzas que se oponían a los recortes exigidos por el FMI, gracias a la asistencia militar proporcionada por los estadounidenses, pero pese a todo no pudo prever el levantamiento que en 1985 le depondría. En Somalia, el ataque lanzado por Siad Barre contra la etnia de los isaaks recibió el apoyo militar estadounidense, otro episodio más de la guerra en curso impulsada por las agencias internacionales durante la última década contra las poblaciones dedicadas a la ganadería trashumante. También en Angola la ayuda militar que Estados Unidos prestó a la UNITA sirvió no solo para que el gobierno tuviese que renunciar al socialismo y a la ayuda de las tropas cubanas, sino que también le forzó a tener que negociar con el FMI, y fortaleció el poder de negociación de las compañías petroleras que operaban en el país.
La ayuda alimentaria como guerra soterrada
En muchos casos, los objetivos que no se pueden lograr mediante las armas se consiguen gracias a la «ayuda alimentaria», proporcionada por los Estados, Naciones Unidas y diferentes ONG, a menudo a ambos lados del confl icto (como en Sudán, Etiopía y Angola), a los refugiados y a las víctimas de las  
hambrunas causados por las guerras. La ayuda alimentaria se ha convertido en el componente principal de la máquina de guerra neocolonialista contemporánea y de la economía de guerra generada por ella. Por un lado ha justifi cado el que otras organizaciones además de la Cruz Roja reclamen el derecho a intervenir en áreas en confl icto para proveer ayuda (en 1988 las Naciones Unidas aprobaron una resolución asegurando el derecho de los donantes a enviar ayuda).20 Con estos mismos argumentos se justifi có la intervención militar de EEUU/ONU en Somalia en 1992-1993 (operación «Restaurar la Esperanza»).
Pero incluso cuando no va acompañada de tropas, el reparto de «ayuda alimentaria» en situaciones de confl icto siempre supone una forma de intervención política y militar, ya que prolonga la guerra al alimentar a los ejércitos que están combatiendo (a menudo más que a la población civil), y ayuda a la facción más fuerte ―la que está mejor equipada y puede aprovecharse de la distribución de alimentos― a ganar. Esto es exactamente lo que sucedió en Sudán y Etiopía durante los años ochenta, cuando, por medio del reparto de «ayuda alimentaria», Estados Unidos, Naciones Unidas y ONG como CARE se convirtieron en protagonistas en las guerras en curso en esos países.
20 Macrae y Zwi, War and Hunger, op. cit., pp. 11-12. En palabras de Alex de Waal: «El primer acuerdo de acceso a una zona de guerra negociado fue la Operation Lifeline en Sudán durante abril de 1989 […] y a esta le siguieron las intervenciones de 1991-1992, que adoptaron el concepto de operaciones de “mando conjunto”, por ejemplo en Etiopía del Este, donde UNHCR, UNICEF y WFP prestaban ayuda a los refugiados y a los residentes empobrecidos sin discriminación. El enfoque del mando conjunto se desarrolló posteriormente en la antigua Yugoslavia», Famine Crimes, op. cit., p. 69.
Junto con todo esto, la ayuda alimentaria contribuye al desplazamiento y la reubicación de las comunidades rurales al situar los centros de distribución de alimentos en función de las necesidades de las ONG; también debilita la agricultura local al provocar el colapso de los precios de los alimentos producidos localmente; e introduce un nueva fuente de confl ictos: la apropiación de grandes cantidades de alimentos para después venderlos en el mercado local o en el internacional provoca un nuevo motivo para el enfrentamiento y genera una economía de guerra, especialmente en los países que se han visto radicalmente empobrecidos.23
Tan cuestionables han sido los efectos de la asistencia alimentaria y tan dudosa su capacidad de garantizar la subsistencia de la población (a la que le hubiese resultado mucho más práctico el reparto de herramientas de labranza y semillas, y por encima de todo el fi n de las hostilidades) que hay que preguntarse si el propósito real de esta iniciativa no era darle el toque de gracia a la agricultura de subsistencia y la creación de una dependencia a largo plazo de los alimentos importados ―ambos puntos básicos de las reformas exigidas por el Banco Mundial y condiciones para la «integración» de los países africanos en la economía global. Esta consideración está más que legitimada si tenemos en cuenta que los efectos negativos del reparto de «ayuda alimentaria» eran de sobra conocidos desde 1960, cuando se convirtió en objeto de investigación y protesta en las antiguas colonias. Desde entonces, casi ha supuesto un axioma el «no ayudas a la población dándole comida sino dándole las herramientas para que se alimente por sí misma»; se sabe que incluso en situaciones de hambruna, lo que la gente necesita para sobrevivir por encima de todo es la posibilidad de mantener su capacidad agrícola y ganadera. Que la ONU y el Banco Mundial hayan podido olvidar esta lección es algo inexplicable, a no ser que supongamos que la aparición de la «ayuda alimentaria» en las operaciones relacionadas con las guerras contemporáneas haya tenido como uno de sus objetivos primordiales la mercantilización de las tierras y la agricultura además de la absorción de los mercados alimentarios africanos por parte de las industrias agroalimentarias.

de todo esto, ¡no pararon de quejarse de que sus esfuerzos humanitarios se veían entorpecidos cuando el EPLF y el TPLF recuperaban territorio! Alex de Waal, codirector de African Rights, nos ha proporcionado una visión interna y esclarecedora de esta farsa que es especialmente valiosa, teniendo en cuenta que él estuvo directamente implicado en los hechos que relata; véase Famine Crimes, op. cit., pp. 115-127.
23 Duffi eld, «The Political Economy of Internal War», op. cit.
A esto tenemos que sumar que las «operaciones de ayuda» dependientes de la intervención de ONG y de organizaciones de ayuda han marginado todavía más a las víctimas de los confl ictos y las hambrunas, a quienes se les niega el derecho a dirigir las actividades de ayuda, mientras que en los medios de comunicación las mismas ONG les retratan internacionalmente como seres indefensos incapaces de cuidarse por sí mismos. De hecho, tal y como señalan Joana Macrae y Anthony Zwi, el único derecho reconocido ha sido el de los «donantes» a distribuir ayuda, la cual, como hemos visto, ya ha sido utilizada
(en Somalia en 1992-1993) como excusa para una intervención militar.
Mozambique: un caso paradigmático de las guerras contemporáneas
El caso de Mozambique es el que mejor ejemplifi ca cómo primero la guerra y después la ayuda humanitaria pueden ser usadas para recolonizar un país, introducirlo en el mercado y romper su resistencia a la dependencia económica y política. De hecho, la guerra que RENAMO (siglas portuguesas de la Resistencia Nacional Mozambiqueña), representante del apartheid sudafricano y de Estados Unidos, mantuvo contra su propia población durante casi una década (1981-1990) contiene todos los elementos claves de las actuales guerras en la globalización:
1. La destrucción de las infraestructuras físicas y de (re)producción social del país para provocar una crisis reproductiva y reforzar la subordinación económica y política. Renamo lo logró mediante: a) el uso sistemático del terror contra la población (masacres, esclavizaciones, terribles mutilaciones) para obligarla a abandonar sus tierras y convertirla en refugiados (más de un millón de personas fueron asesinadas en esta guerra); b) la demolición de carreteras, puentes, hospitales, escuelas y, sobre todo, la destrucción de las actividades y recursos agropecuarios ―medios básicos de supervivencia de una población de granjeros. El caso de Mozambique muestra el signifi cado estratégico de la «guerra de baja intensidad» que, empezando por la colocación de minas terrestres, hacen imposible para las poblaciones el cultivo de la tierra, y fuerzan de esta manera una situación de hambruna que requiere de ayuda externa.
2. El uso de la «ayuda alimentaria» proporcionada a las poblaciones desplazadas y a las víctimas de las hambrunas como garantía de cumplimiento de las condicionalidades económicas, creando dependencia alimentaria a largo plazo y socavando así la capacidad del país de controlar su futuro económico y político. No debe olvidarse que la ayuda alimentaria supone un impulso magnífi co para la industria agroalimentaria estadounidense, que se benefi cia doblemente: primero, porque la libera de su ingente sobreproducción y, segundo, porque obtiene benefi cios con la venta de los alimentos a los dependientes países «socorridos».
3. El traspaso de la toma de decisiones del Estado a las ONG. Tan intenso fue el ataque a la soberanía mozambiqueña que, una vez que el país se vio forzado a pedir ayuda, Mozambique tuvo que aceptar que se le diese luz verde a las ONG para la gestión de las operaciones de ayuda, otorgándoles incluso el derecho a intervenir en cualquier parte del territorio, y de distribuir los alimentos directamente a la población en los lugares de su elección. Como ha demostrado Joseph Hanlon en el libro Mozambique: Who Calls the Shots?, el gobierno difícilmente pudo oponerse a las políticas de las ONG, incluso en el caso de organizaciones de extrema derecha como World Vision, que utilizaba la distribución de ayuda para hacer propaganda política y religiosa, o de ONG como CARE, sospechosa de colaborar con la CIA.
4. La imposición de condiciones de paz imposibles. Por ejemplo, la «reconciliación» y el reparto de poder con RENAMO ―el mayor enemigo del gobierno mozambiqueño y de su población, responsable de innumerables atrocidades y de la masacre de más de un millón de personas― han creado las condiciones para una desestabilización permanente del país. Esta cínica política de «reconciliación», ampliamente impuesta a día de hoy como «condición para la paz» a países como Haití y Sudáfrica, es el equivalente político de la práctica que se lleva a cabo al alimentar a ambas partes en un contexto de confl icto, y es una de las expresiones más claras del presente rumbo recolonizador, puesto que proclama que la población del «Tercer Mundo» jamás debería tener el derecho a la paz y a protegerse por sí misma de enemigos demostrados. Constatando así que no todos los países tienen los mismos derechos, ya que ni Estados Unidos ni la Unión Europea aceptarían ni en sueños este tipo de propuestas absurdas.
Conclusión: de África a Yugoslavia y más allá
El caso de Mozambique no es un caso aislado. No solo la mayor parte de los países africanos se encuentran prácticamente dirigidos por agencias y ONG apoyadas por EEUU, sino que la secuencia ―destrucción de infraestructuras, imposición de reformas del mercado, reconciliación forzosa con asesinos y entre enemigos «irreconciliables», desestabilización― se repite, en grados y combinaciones diferentes, en toda África a día de hoy, hasta tal punto de que países como Angola y Sudán se encuentran en permanente estado de emergencia, por lo que su viabilidad como entidades políticas está en entredicho.
Gracias a esta combinación de guerra militar y fi nanciera la resistencia popular africana contra la globalización se ha mantenido a raya, de la misma manera que fue contenida en Centroamérica (El Salvador, Nicaragua, Guatemala, Panamá), donde desde los años ochenta la intervención directa de EEUU ha sido la norma.
La diferencia radica en que, en África, el derecho de Estados Unidos y la ONU a mandar tropas se ha justifi cado habitualmente en el nombre del «mantenimiento de la paz», la «pacifi cación» y la «intervención humanitaria», posiblemente porque de otra manera el desembarco de marines (como se hizo en Panamá y Granada) podría no haber sido aceptado internacionalmente. Estas intervenciones representan, sin embargo, el nuevo rostro del colonialismo, y no solo en África. Este colonialismo busca el control de las políticas y recursos más que la conquista de territorios. En términos políticos, se trata de un colonialismo «fi lantrópico», «humanitario», «sin compromisos», que apuesta por la «gobernabilidad» más que por el «gobierno», ya que este último implica un compromiso con una estructura institucional específi ca, mientras que la empresa imperialista actual quiere mantener su libertad de elegir siempre la estructura institucional, las formas económicas y las localizaciones que mejor casen con sus necesidades. De todas maneras, como en el antiguo colonialismo, los soldados y los comerciantes no están muy lejos unos de otros, tal y como demuestra hoy por hoy la unión entre la distribución de la «ayuda alimentaria» y la intervención militar.
¿Qué signifi cado tiene este escenario para el movimiento contra la guerra?
Primero, podemos esperar que la situación desarrollada en el África «postajuste» ―con su mezcla de guerra económica y militar y la secuencia ajuste estructural / confl icto / intervención― se reproduzca una y otra vez en distintos lugares del planeta durante los próximos años. Podemos incluso esperar el desarrollo de más guerras en los antiguos países socialistas, puesto que las instituciones y las fuerzas que impulsan el proceso globalizador encuentran que la industria propiedad del Estado y otros restos del socialismo son un obstáculo para la «libre empresa» similar al que supone la propiedad común en África.
Por esto, es probable que la guerra de la OTAN contra Yugoslavia sea el primer ejemplo (después de Bosnia) de lo que está por venir, ya que el socialismo de Estado es reemplazado por la liberalización y el mercado libre, y el avance de la OTAN proporciona «el marco de seguridad» para la región. Tan similar es la relación entre la «intervención humanitaria» de la OTAN en Yugoslavia y la «intervención humanitaria» en África que empleados de las organizaciones humanitarias ―la infantería de la actual máquina de guerra― fueron enviados de África a Kosovo, donde han tenido la oportunidad de evaluar el valor relativo de las vidas de africanos y europeos a los ojos de las organizaciones internacionales, en función de la cantidad y calidad de los recursos proporcionados a los refugiados.
También se puede observar que la situación a la que nos enfrentamos es muy diferente de la del imperialismo desarrollado a fi nales del siglo XIX, cuando las potencias imperialistas de aquella época estaban sujetas a responsabilidades, bajo una defi nición territorial y social, por acuerdos estructurales y políticos. Por eso, aun en la época de las cañoneras y las metralletas, con las que se asesinaba a miles de personas desde lejos, los responsables de las masacres, las hambrunas y otras formas de asesinatos en masa siempre podían ser identifi cados. Sabemos por ejemplo que el rey Leopoldo de Bélgica fue

dueños de esclavos de Tailandia y Brasil evitan la responsabilidad sobre sus esclavos, que son «desechables» cuando ya no producen benefi cios. Véase Disposable People: New Slavery in the Global Economy, Berkeley, University of California Press, 1999.
responsable personalmente del asesinato de millones de personas en el Congo. Sin embargo, hoy, millones de africanos mueren cada año debido a las consecuencias de los ajustes estructurales, sin que nadie deba responder por ello. Al contrario, las causas sociales de muerte en África están empezando a ser tan invisibles como la «mano invisible» del capitalismo de mercado.
Por último, tenemos que ser conscientes de que no podemos movilizarnos únicamente contra los bombardeos, ni podemos exigir que paren los bombardeos y llamar a eso «paz». El escenario iraquí de postguerra nos ha demostrado que la destrucción de las infraestructuras de un país produce más muertes que los bombardeos en sí. Tenemos que comprender que, hoy en día, la muerte, el hambre, la enfermedad y la destrucción son realidades cotidianas para la mayor parte de la población del planeta. Más aún tenemos que entender que el ajuste estructural ―el programa político más extendido en el mundo a día de hoy que, en todas sus caras (incluyendo la African Growth and Opportunity Act [Ley de oportunidades y crecimiento para África]), representa el actual rostro del capitalismo y del colonialismo― signifi ca guerra. Por eso la agenda del movimiento contra la guerra debe incluir la eliminación en todas sus formas de los planes de ajuste estructural y, de forma más crucial, la construcción de un mundo que no se cimente sobre la lógica de la acumulación capitalista, si se quiere alcanzar el fi n de la guerra y de los proyectos imperialistas que esta encarna.

8. Mujeres, globalización y movimiento internacional de mujeres (2001)
Las imágenes de mujeres agarrando fi rmemente a sus hij os entre las ruinas de lo que una vez fueron sus hogares, o luchando por entretenerlos bajo las tiendas de los campos de refugiados, trabajando en las maquilas, en los burdeles o como empleadas domésticas en países extranjeros, han supuesto durante años la esencia de noticias e informes. Y las cifras estadísticas apoyan la historia de victimización descrita por esas imágenes, tanto que la «feminización de la pobreza» se ha convertido en una categoría sociológica. Aun así, los factores que motivan tal deterioro dramático de las condiciones de vida de las mujeres ―y que coincide irónicamente con la campaña de las Naciones Unidas para mejorar la situación de las mujeres1― no se entienden correctamente en Estados Unidos, ni siquiera en los círculos feministas. Las sociólogas feministas están de acuerdo en que las mujeres de todo el mundo están pagando un «precio desproporcionado» por la «integración en la economía global» de sus países. Pero las causas de esta miseria, de estos problemas, no se discuten, o se atribuyen al sesgo patriarcal de las agencias internacionales que gobiernan la globalización. Por ello, algunas organizaciones feministas han propuesto
Me refi ero a las actividades promovidas por la ONU en benefi cio de la emancipación de las mujeres, incluyendo las cinco Global Conferences on Women [Conferencias Globales de Mujeres] y la Women’s Decade [Década de las Mujeres] (1976-1986). Véanse los siguientes textos: Naciones Unidas, From Nairobi to Beij ing, Nueva York, Naciones Unidas, 1995; The World’s Women 1995: Trends and Statistics, Nueva York, Naciones Unidas, 1995; The United Nations and the Advancement of Women: 1945-1996, Nueva York, Naciones Unidas, 1996; Mary K. Meyer y Elizabeth Prugl (eds.), Gender Politics in Global Governance, Boulder, Rowman and Litt lefi eld Publishers, 1999.
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una nueva «marcha sobre las instituciones» con el objetivo de infl uir sobre el desarrollo global y hacer que agencias fi nancieras como el Banco Mundial sean «más sensibles respecto al tema del género». Otras organizaciones han empezado a presionar a los Gobiernos para que implementen las resoluciones de la ONU, convencidas de que la mejor estrategia es «la participación».
Sea como sea, la globalización es especialmente catastrófi ca para las mujeres y no porque la controlen agencias dominadas por hombres, que no son conscientes de las necesidades de las mujeres, sino por los objetivos que se ha marcado la globalización.
El objetivo primordial de la globalización es proporcionar al capital el control total sobre el trabajo y los recursos naturales y para ello debe expropiar a los trabajadores de cualquier medio de subsistencia que les permita resistir un aumento de la explotación. Y dicha expropiación no es posible sin que se produzca un ataque sistemático sobre las condiciones materiales de la reproducción social y contra los principales sujetos de este trabajo, que en la mayor parte de los países son mujeres.
Se victimiza a las mujeres también por ser culpables de los dos principales crímenes que se supone debe de combatir la globalización. Ellas son las que, a través de sus luchas y resistencias, más han contribuido a «valorizar» el trabajo de sus hij os y de las comunidades, desafi ando las jerarquías sexuales sobre las que se ha desarrollado el capitalismo, y las que han forzado a los Estados a aumentar sus inversiones en la reproducción de la mano de obra. También se han convertido en las principales defensoras del uso no capitalista de los recursos naturales (tierras, agua, bosques) y de la agricultura orientada a la subsistencia, interponiéndose como consecuencia en la mercantilización de la «naturaleza» y la destrucción de los comunes aún existentes.
Esta es la razón por la que la globalización en cualquiera de sus formas capitalistas ―ajuste estructural, liberalización del comercio, guerras de baja intensidad― es en esencia una guerra contra las mujeres; una guerra especialmente devastadora para las mujeres del «Tercer Mundo», pero que socava la forma de vida y la autonomía de todas las mujeres proletarias del mundo, incluyendo las que viven en los «avanzados» países capitalistas. De esto se desprende que la condición económica y social de las mujeres no se puede mejorar sin luchar contra la globalización capitalista y sin una deslegitimación de las agencias y de los programas que sustentan la expansión global del capital, comenzando por el FMI, el Banco Mundial y la OMC. Por ello, cualquier intento de «empoderar» a las mujeres «generizando» estas agencias no solo será improductivo, sino que producirá por fuerza un efecto mistifi cador, que posibilitará a estas agencias la cooptación de las luchas que llevan a cabo las mujeres contra la agenda neoliberal y por la construcción de una alternativa no capitalista.
Globalización: un ataque a la reproducción
Para comprender por qué la globalización supone un ataque contra las mujeres debemos hacer una lectura «política» de este proceso como una estrategia diseñada y dirigida a la rendición del «rechazo al trabajo» de la fuerza de trabajo mediante la expansión global del mercado laboral. Es la respuesta a un ciclo de luchas que, desde los movimientos anticolonialistas, pasando por el Black Power, hasta los movimientos feministas y obreros de los años sesenta y setenta, desafi aron la división internacional del trabajo y provocaron no solo una crisis histórica de benefi cios sino también una revolución social y cultural. Las luchas de las mujeres ―contra la dependencia de los hombres, por el reconocimiento del trabajo doméstico, contra las jerarquías raciales y
Sustainable Development, Rochester (VT), Schenkman Books, 1993; Vandana Shiva, Close to Home: Women Reconnect Ecology, Health and Development Worldwide, Filadelfi a, New Society Publishers, 1994; Radha Kumar, The History of Doing: An Illustrated Account of Movements for Women’s Rights and Feminism in India 1800-1990, Londres, Verso, 1997; Yayori Matsui, Women in the New Asia: From Pain to Power, Londres, Zed Books, 1999.
sexuales― supusieron un aspecto clave en esta crisis. Por lo que no es casual que todos los programas asociados a la globalización señalen a las mujeres como objetivo principal.
Los Programas de Ajuste Estructural (PAE), por ejemplo, pese a su promoción como herramientas para la recuperación económica, han destruido los modos de subsistencia de las mujeres, haciendo imposible que se reproduzcan ellas y sus familias. Uno de los objetivos principales de los PAE es la «modernización» de la agricultura, es decir, la reorganización de la misma en base al comercio y la exportación. Lo que conlleva un aumento del terreno dedicado a los cultivos comerciales y que más mujeres, las principales agricultoras de subsistencia del mundo, se vean desplazadas. Las mujeres también se han visto desplazadas por el retraimiento del sector público que ha provocado el desmantelamiento de los servicios sociales y del empleo público. También aquí las mujeres han sido las que han pagado el precio más alto no solo porque han sido las primeras en resultar despedidas sino también porque la falta de acceso a la asistencia sanitaria y al cuidado infantil marca para ellas la diferencia entre la vida y la muerte.
La creación de las «cadenas de montaje globales», con talleres en los que se trabaja en condiciones de semiesclavitud (sweatshops) a lo largo y ancho del planeta y que se alimentan del trabajo de mujeres jóvenes, también forma parte de la guerra contra las mujeres y la reproducción social. Es cierto que la posibilidad de trabajar en la industria del mercado global puede representar una oportunidad de adquirir mayor autonomía para algunas mujeres. Pero incluso aunque esto fuese verdad, es una autonomía que las mujeres pagan con su salud y con la imposibilidad de tener una familia debido a las largas jornadas de trabajo y a las terribles condiciones laborales en las zonas de libre comercio. Es una ilusión suponer que el trabajo en estas áreas industriales pueda ser una buena solución temporal para las mujeres en edad de casarse. Muchas de ellas terminan malgastando sus vidas encerradas en estas fábricas-presidio, e incluso aquellas que las abandonan arrastran secuelas físicas. Como en el caso de las mujeres jóvenes que, en Colombia o Kenia, trabajan en la industria de las fl ores, que tras años e incluso meses de trabajo se quedan ciegas o desarrollan enfermedades mortales debido a la constante exposición a fumigaciones y pesticidas.
Otra evidencia de la guerra que las agencias internacionales mantienen contra las mujeres, especialmente en el Sur, es el hecho de que tantas de ellas se hayan visto forzadas a migrar hacia el Norte, donde, a menudo, el único empleo que encuentran es el de trabajadoras domésticas. De hecho, son las mujeres del Sur las que hoy en día cuidan de los niños y de las personas mayores en muchos países de Europa y Estados Unidos, un fenómeno que algunos han descrito como el desarrollo de la «maternidad global» y de los
«cuidados globales».
En su proceso de consolidación, la nueva economía mundial depende seriamente de la desinversión estatal en el proceso de reproducción social. Tan crucial es la disminución de los costes laborales para los benefi cios de la nueva economía global que, en los lugares en los que la deuda y el reajuste estructural no han sido sufi cientes, las guerras han completado esta tarea. En otros textos he argumentado por qué muchas de las guerras habidas en los últimos años en el continente africano emergen claramente de las políticas de ajuste estructural, que exacerban los confl ictos y excluyen a las elites locales de cualquier otro modo de acumulación que no sea el pillaje y el saqueo. Pero aquí lo que quiero recalcar es el hecho de que gran parte de las guerras contemporáneas se dirigen a destruir la agricultura de subsistencia y en consecuencia su objetivo son las mujeres. Esto es cierto tanto en la «lucha contra la droga», que sirve para destruir los cultivos de pequeños campesinos, como en el caso de las guerras de baja intensidad y las «intervenciones humanitarias».
Aparte, existen otros fenómenos derivados del proceso globalizador que tienen consecuencias devastadoras en las mujeres y en la reproducción: la contaminación medioambiental, la privatización del agua ―última misión encomendada al Banco Mundial que arrogantemente predice que las guerras del siglo XXI serán las guerras por el agua―, la deforestación y exportación de bosques enteros. Existe una lógica en los regímenes laborales actuales que retrotrae a los tiempos de la etapa colonial, en los que los trabajadores se consumían produciendo para el mercado global y a duras penas se reproducían. Todas las estadísticas demográfi cas que miden la calidad de vida en los países «ajustados» son elocuentes respecto a este punto. Habitualmente muestran:
• Un aumento de la mortalidad y una reducción de la esperanza de vida (cinco años al nacer para los niños en África).
• La ruptura de estructuras familiares y de comunidades, lo que provoca un aumento de los niños que viven en las calles o que trabajan como esclavos.
• Un incremento en el número de refugiados, en su mayoría mujeres, desplazados debido a la guerra o a políticas económicas.
• Una expansión de zonas chabolistas inabarcables cuyo crecimiento es alimentado por la expulsión de los campesinos de sus tierras.
• Un aumento de la violencia contra las mujeres a manos de sus familiares, de las autoridades gubernamentales y de las tropas en combate.
También en el «Norte» la globalización ha arrasado con las políticas económicas que sostienen la vida de las mujeres. En Estados Unidos, supuestamente el ejemplo más exitoso de neoliberalismo, el sistema de asistencia social ha sido desmantelado ―en especial el fondo AFCD que afecta directamente a mujeres con niños a su cargo. Gracias a esto se ha pauperizado la vida de aquellas familias cuya cabeza es una mujer, y ahora las mujeres de la clase obrera deben tener más de un empleo para sobrevivir. Mientras tanto el número de mujeres en prisión no ha dejado de aumentar; así prevalece una política de encarcelamientos masivos, lo que es coherente con el regreso de economías de tipo colonial incluso en el corazón del mundo industrializado.
Luchas de mujeres y movimiento feminista internacional
¿Cuáles son las implicaciones que conlleva esta situación para los movimientos feministas internacionales? La primera respuesta que debemos dar es que las feministas no solo deben apoyar e impulsar la cancelación de la «deuda del Tercer Mundo» sino también involucrarse en las campañas de reparación, con el objetivo de que devuelvan a las comunidades devastadas por los ajustes estructurales los recursos que les han arrebatado. A largo plazo las feministas debemos darnos cuenta de que no podemos esperar ninguna mejora en nuestras vidas por parte del capitalismo. Por lo que hemos podido ver, tan pronto como los movimientos anticoloniales, de derechos humanos y feministas obligaron al sistema a hacer concesiones, este reaccionó con la respuesta equivalente a la de un ataque nuclear.
Si la destrucción de nuestros medios de subsistencia es indispensable para la supervivencia de las relaciones capitalistas, este debe convertirse en nuestro campo de batalla. Debemos unirnos a las luchas que sostienen las mujeres del Sur que han demostrado que las mujeres pueden sacudir incluso los regímenes más opresivos. Un buen ejemplo son las Madres de la Plaza de Mayo de Argentina, quienes durante años han desafi ado uno de los regímenes más represivos del mundo, en un momento en el que nadie en el país se atrevía a levantar la voz. Otro caso similar es el de las proletarias/indígenas de Chile quienes, tras el golpe militar de 1973, se unieron

para garantizar la alimentación de sus familias ―organizaron cocinas comunales y durante este proceso adquirieron conciencia de sus necesidades y su fuerza como mujeres.
Estos ejemplos muestran que el poder de las mujeres no proviene de arriba, no lo otorgan las instituciones globales como las Naciones Unidas, sino que debe construirse desde abajo y que solo a través de la autoorganización podrán las mujeres revolucionar sus vidas. De hecho, las feministas harían bien en tener en cuenta que las iniciativas de las Naciones Unidas en favor de las mujeres han coincidido con los ataques más devastadores contra ellas en todo el planeta, y que la responsabilidad de los mismos recae sobre las agencias miembro de las Naciones Unidas: el Banco Mundial, el FMI, la OIT y, por encima de todo, el Consejo de Seguridad de la ONU. Frente al feminismo fabricado por la ONU, con sus ONG, sus proyectos «generadores de ingresos» y sus relaciones paternalistas con los movimientos locales, se levantan las organizaciones de base que las mujeres han construido en África, Asia y Latinoamérica, para luchar por servicios básicos (carreteras, escuelas, clínicas), para resistir los ataques gubernamentales contra la venta callejera ―uno de los modos primordiales de subsistencia de las mujeres― y para defenderse mutuamente de los abusos de sus maridos.
Como cualquier otra forma de autodeterminación, el movimiento de liberación de las mujeres requiere de condiciones materiales específi cas, que comienzan por el control de los medios de producción y subsistencia. Como Maria Mies y Veronika Bennholdt-Thomsen razonan en The Subsistence Perspective (2000), este principio cuenta no solo para las mujeres del «Tercer Mundo» que han sido las principales protagonistas de luchas territoriales por la recuperación de tierras ocupadas por terratenientes, sino que también es importante para las mujeres de los países industrializados. Hoy en día en Nueva York, las mujeres se oponen a las apisonadoras para defender sus huertos urbanos, fruto de un enorme trabajo colectivo que ha unido a comunidades enteras, y revitalizado vecindarios anteriormente considerados zonas catastrófi cas.
Pero la represión a la que se han enfrentado estos proyectos muestra que necesitamos una movilización feminista contra la intervención estatal en nuestra vida cotidiana al igual que frente a la política internacional. Las feministas también debemos organizarnos contra la brutalidad policial, el reforzamiento del aparato militar y, sobre todo, contra la guerra. Nuestro primer y más importante paso debe ser oponernos al reclutamiento de mujeres en los ejércitos, hecho tristemente aceptado con el apoyo de algunas feministas en nombre de la igualdad y la emancipación de las mujeres.
Tenemos que aprender mucho de esta desafortunada política. La imagen de la mujer uniformada, conquistando la igualdad con los hombres mediante el derecho a matar, es la imagen de lo que la globalización puede ofrecernos: el derecho a sobrevivir a expensas de otras mujeres y de sus hij os, cuyos países y recursos necesita explotar el capital corporativo.

9. La reproducción de la fuerza de trabajo en la economía global y la inacabada revolución feminista (2008)
El trabajo femenino y la procreación se encuentran profundamente enterrados en el corazón de la estructura económica y social capitalista.
David Staples, No Place Like Home, 2006.
Es obvio que el capitalismo ha conducido a la sobreexplotación de las mujeres. Esto no produciría ningún tipo de consuelo si tan solo hubiese signifi cado el incremento de la miseria y la opresión, pero afortunadamente también ha provocado resistencia. Y el capitalismo ha comprendido que si ignora completamente o suprime la resistencia, esta puede tornarse más radical, e incluso eventualmente convertirse en un movimiento de emancipación y puede que hasta en el núcleo de un nuevo orden social.
Robert Biel, The New Imperialism, 2000.
El factor liberador que emerge del Tercer Mundo es la fuerza de las mujeres no asalariadas quienes aún no se han visto desconectadas de la economía vital por medio del empleo. Ellas sirven a la vida no a la producción de mercancías. Son la oculta columna vertebral de la economía mundial y el salario equivalente a sus vidas de trabajo se estima en 16 billones de dólares.
John McMurtry, The Cancer State of Capitalism, 1999.
153
El mortero se ha quebrado de tanto golpearlo, mañana iré a casa.
Hasta mañana, hasta mañana… porque lo golpeé tanto. Mañana iré a casa.
Canción de las mujeres hausa de Nigeria.
Introducción
El presente texto es una lectura política de la reestructuración de la (re) producción de la fuerza de trabajo en la economía global, pero forma parte también de la crítica feminista a Marx que, de una manera u otra, lleva desarrollándose desde los años setenta. Esta crítica se articuló por primera vez dentro del discurso de las activistas de la campaña Salario para el Trabajo Doméstico, especialmente por Mariarosa Dalla Costa, Selma James y Leopoldina Fortunati, entre otras, y fue recogida por Ariel Salleh en Australia y las feministas de la escuela Bielefeld, Maria Mies, Claudia Von Werlhof y Verónica BennholtdThomson. El eje central de esta crítica lo articula la afi rmación de que el análisis que Marx hizo del capitalismo se ha visto lastrado por su incapacidad de concebir el trabajo productor de valor de ningún otro modo que no sea la producción de mercancías y su consecuente ceguera sobre la importancia del trabajo no asalariado de las mujeres en el proceso de acumulación capitalista. Obviar este trabajo limitó la comprensión de Marx del verdadero alcance de la explotación capitalista del trabajo y de la función que el salario desempeña en la creación de divisiones dentro de la clase trabajadora, comenzando por la relación entre mujeres y hombres. Si Marx hubiese reconocido que el capitalismo debe apoyarse tanto en una ingente cantidad de trabajo doméstico no remunerado efectuado en la reproducción de la fuerza de trabajo, como en la devaluación que estas actividades reproductivas deben sufrir para rebajar el coste de la mano de obra, puede que se hubiese sentido menos inclinado a considerar el desarrollo del capitalismo como inevitable y progresista.
Y en lo que a nosotras respecta, un siglo y medio después de la publicación del El capital, debemos desafi ar la asunción de la necesidad y progresía del capitalismo al menos por tres razones.
Primero, porque cinco siglos de desarrollo capitalista han esquilmado los recursos del planeta más que creado las «condiciones materiales» para la transición al «comunismo» (como afi rmaba Marx) mediante la expansión de las «fuerzas productivas» en la forma de la industrialización a gran escala. La escasez ―principal obstáculo para la liberación humana según Marx― no se ha quedado obsoleta gracias a esta expansión. Al contrario, la carestía mundial es hoy en día directamente un producto del capitalismo. Segundo, mientras que el capitalismo parece aumentar la cooperación entre los trabajadores en la organización de la producción de mercancías, en realidad los divide de muchos modos: mediante una división desigual del trabajo, por medio del uso del salario que proporciona poder a los asalariados sobre los no asalariados; y mediante la institucionalización del sexismo y el racismo que el capitalismo naturaliza y mistifi ca a través de la organización de regímenes laborales diferenciados sobre la presuposición de diferentes personalidades, unas más aptas que otras según las tareas. Tercero, porque las luchas más antisistémicas del último siglo, comenzando por la Revolución China y Mexicana, tuvieron protagonistas que no eran única o mayoritariamente los sujetos revolucionarios previstos por Marx, los trabajadores industriales asalariados, sino que batallaron desde los movimientos campesinos, indígenas, anticoloniales, antiapartheid y feministas. Igual que hoy, con luchas sostenidas por los agricultores de subsistencia y los okupas urbanos, así como por los obreros de África, América Latina y China. Aún más importante, estas luchas las sostienen mujeres quienes, contra todo pronóstico, mantienen a sus familias pese al no valor que el mercado otorga a sus vidas, valorizando su existencia, reproduciéndose según sus intereses, incluso cuando los capitalistas determinan su inutilidad como fuerza de trabajo.
Entonces, ¿qué perspectivas hay de que la teoría marxista pueda servir como guía a la «revolución» en nuestro tiempo? De mi análisis de la reestructuración de la reproducción en la economía global se extrapola que si la teoría marxista debe infl uir en los movimientos anticapitalistas del siglo XXI, tiene que replantearse la cuestión de la reproducción desde una perspectiva planetaria. Refl exionar sobre las actividades que reproducen nuestras vidas disipa la ilusión de que la automatización de la producción pueda crear las condiciones materiales para una sociedad no fundamentada en la explotación, mostrando que el principal obstáculo para la revolución no es la falta de conocimiento tecnológico sino las divisiones que el desarrollo capitalista ocasiona en la clase trabajadora. De hecho, el peligro de hoy en día es que, además de devorar el planeta, el capitalismo desate más guerras como la que Estados Unidos ha lanzado en Afganistán e Iraq, azuzadas por la determinación de las corporaciones de apropiarse de todos los recursos naturales del planeta y de controlar la economía mundial.
Marx y la reproducción de la fuerza de trabajo
Sorprendentemente, dada su sofi sticación teórica, Marx ignoró la existencia del trabajo reproductivo de las mujeres. Él reconocía que, como cualquier otra mercancía, la fuerza de trabajo debe ser producida y, consecuentemente, posee un valor económico, por lo que representa «una determinada cantidad de trabajo social medio materializado en ella». Pero aunque exploró meticulosamente las dinámicas de la producción textil y la valorización capitalista, se mostraba sucinto al abordar la cuestión del trabajo reproductivo, minimizándolo al consumo de mercancías que los trabajadores podían comprar con sus salarios y al trabajo productivo que esas mercancías requieren. En otras palabras, como en el esquema neoliberal, en lo tocante a Marx, todo lo que se necesita para la reproducción de la fuerza de trabajo es la producción de mercancías y el mercado. Para Marx ningún otro trabajo interviene en la puesta a punto de los bienes que consumen los trabajadores o en la restauración física y emocional de su capacidad de trabajo. No se establece diferencia alguna entre la producción de mercancías y la producción de la fuerza de trabajo. La misma cadena de montaje produce a ambos. Por consiguiente, el valor de la fuerza de trabajo se mide en función del valor de las mercancías (alimento, vestido, vivienda) que se debe suministrar al trabajador para «asegurar la subsistencia de su poseedor», es decir, se mide en función del tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción.
Incluso cuando trata el tema de la reproducción de los trabajadores desde un enfoque generacional, Marx es extremadamente breve. Nos dice que los salarios deben ser sufi cientemente altos como para asegurar «los medios de vida de los sustitutos», sus hij os, para que la fuerza de trabajo pueda perpetuar su presencia en el mercado. De nuevo, los únicos elementos relevantes que reconoce en este proceso son los hombres, trabajadores que se autorreproducen, sus salarios y sus medios de subsistencia. La reproducción de los trabajadores se realiza por medio de la mercancía. Nada se dice acerca de las mujeres, el trabajo doméstico, el sexo y la procreación. En los pocos momentos que se refi ere a la reproducción biológica, la trata como un fenómeno natural, argumentando que es mediante los cambios en la organización de la producción que periódicamente se crea un surplus de población para satisfacer las necesidades variables del mercado de trabajo.
¿Por qué Marx obvió el trabajo reproductivo de las mujeres de una manera tan persistente? ¿Por qué, por poner un ejemplo, no se preguntó qué procesos de transformación deben sufrir las materias primas implicadas en el proceso de reproducción de la fuerza de trabajo para que su valor sea transferido a sus productos (como sí hizo en el caso de otras mercancías)? Mi refl exión es que las condiciones de la clase trabajadora en Inglaterra ―el punto de referencia de Marx y Engels― tuvieron que ver, al menos parcialmente, con esta omisión. Marx describió la condición del proletariado industrial de su tiempo tal y como lo veía, y difícilmente el trabajo doméstico de la mujer entraba en esta visión. Pero en lo relativo a la clase proletaria industrial, dentro del marco histórico y político de Marx, el trabajo doméstico sí que se reconocía como una rama específi ca de la producción capitalista. Aunque desde la primera fase de desarrollo del capitalismo, y en especial durante el periodo mercantilista, el trabajo doméstico se subsumió formalmente en la acumulación capitalista, no fue hasta principios del siglo XIX que el trabajo doméstico emergió como elemento clave de la reproducción de la fuerza de trabajo industrial, organizada por el capital y para el capital, en función de las necesidades de la producción fabril. Hasta 1870, en consonancia con la política de «extensión ilimitada de la jornada laboral» y de la máxima reducción del coste de producción de la fuerza de trabajo, el trabajo reproductivo se había reducido a su mínima expresión, generando las condiciones vitales, poderosamente descritas en el tomo uno de El capital, en el capítulo de «La jornada de trabajo», y en la obra de Engels La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845); es decir, una clase obrera casi incapaz de reproducirse, cuya esperanza de vida era de veinte años, y a la que la muerte alcanzaba en su juventud debido al exceso de trabajo.
Tan solo a fi nales del siglo XIX la clase capitalista empezó a invertir en la reproducción del trabajo, en conjunción con un cambio en los métodos de acumulación, al pasar de la industria ligera a la pesada, que requería de una disciplina laboral más intensa y que el trabajador estuviese menos consumido. En términos marxistas, podemos decir que el desarrollo del trabajo reproductivo y la consecuente emergencia del papel del ama de casa a tiempo completo fueron producto de la transición de la extracción de valor «absoluto» al «relativo» como modelo de explotación laboral. No es de extrañar que aunque reconociera que «la conservación y la reproducción constantes de la clase obrera son condición permanente del proceso de reproducción del capital», Marx añadiera a continuación: «El capitalista puede dejar tranquilamente el cumplimento de esta condición al instinto de propia conservación y al instinto de preservación de los obreros. De lo único que él se preocupa es de restringir todo lo posible, hasta lo puramente necesario, su consumo individual».
También podemos presuponer que las difi cultades de clasifi cación de una forma de trabajo no sujeta a valorización económica motivaron más si cabe a Marx a mantener silencio sobre este tema. Pero hay otra razón más, y más indicativa de los límites del marxismo como teoría política, que debemos tomar en cuenta, si queremos explicar por qué no solo Marx, sino generaciones enteras de marxistas educados en una época en la que el trabajo doméstico y la domesticidad ya habían triunfado se han mantenido ciegos ante este trabajo.
Podemos afi rmar que Marx ignoraba el trabajo reproductivo de las mujeres porque seguía anclado en una visión «tecnologicista» de la revolución, por la que la libertad se consigue a través de la maquinaria y se asume que el aumento de la productividad laboral supone el cimiento material para el comunismo; desde esta perspectiva, la organización capitalista del trabajo se contempla como el más alto estadio de racionalidad humana, lastrada por cualquiera de los otros modos de producción, incluyendo la reproducción de la fuerza de trabajo. Dicho de otra manera, Marx erró en no reconocer la importancia del trabajo reproductivo porque compartía el mismo criterio que el capitalismo sobre qué constituye trabajo y qué no, y porque creía en el trabajo industrial asalariado como el estadio en el que se desarrollaría la batalla por la emancipación de la humanidad.
Con pocas excepciones, los seguidores de Marx han reproducido las mismas asunciones (testigo de la continuación de esta historia de amor es el texto «Fragmento sobre las máquinas» en los Grundrisse [1857-1858]), demostrando que la idealización de la ciencia y la tecnología como fuerzas liberadoras ha seguido siendo un componente esencial de la perspectiva marxista de la historia y de la revolución hasta nuestros días. Incluso las Feministas Socialistas, aun reconociendo el trabajo reproductivo de las mujeres en el capitalismo, han tendido en el pasado a enfatizar su carácter presuntamente anticuado, retrógrado y precapitalista y a imaginar la reconstrucción socialista del mismo través de un proceso de racionalización, incrementando su nivel de productividad hasta aquellos alcanzados por los sectores punteros de la producción capitalista.
Consecuencia de esta creencia ciega en los tiempos modernos ha sido la incapacidad de los teóricos marxistas de comprender la importancia histórica de la revuelta de las mujeres durante la Segunda Guerra Mundial contra el trabajo reproductivo, y su expresión como Movimiento de Liberación de las Mujeres, al ignorar la redefi nición práctica que el movimiento hizo sobre qué signifi ca el trabajo, quién constituye la clase obrera y cuál es la naturaleza de la lucha de clases. Solo cuando las mujeres empezaron a abandonar las organizaciones de izquierdas, los marxistas reconocieron la importancia política del Movimiento de Liberación de las Mujeres. A día de hoy, todavía muchos marxistas no reconocen el carácter de género de gran parte del trabajo reproductivo, como es el caso del ecomarxista Paul Burkett ; o parecen mitifi carlo, como en la concepción de «trabajo afectivo» de Negri y Hardt. De hecho, los teóricos marxistas en general se muestran bastante más indiferentes hacia el trabajo reproductivo que el propio Marx, quien dedicó páginas enteras a la condición de los niños obreros, mientras que hoy en día supone un desafío encontrar una alusión a los niños en cualquier texto marxista.
Regresaré más tarde sobre los límites del marxismo contemporáneo para señalar su inutilidad a la hora de comprender el giro neoliberal y el proceso de globalización. Por ahora, es sufi ciente con decir que durante los años sesenta, bajo el impacto de las luchas anticoloniales y de las luchas contra el apartheid en Estados Unidos, la consideración de Marx del capitalismo y de las relaciones de clase se vio sujeta a una crítica radical por parte de los teóricos políticos tercermundistas como Samir Amin y Andre Gunder Frank, quienes criticaron su eurocentrismo y su priorización del proletariado industrial como principal productor de la acumulación capitalista y sujeto revolucionario. En cualquier caso, fue la revuelta de las mujeres contra el trabajo doméstico en Europa y Estados Unidos, y la posterior extensión de los movimientos feministas por todo el planeta, durante los años ochenta y noventa, los que lanzaron el replanteamiento más radical del marxismo.
La revuelta de las mujeres contra el trabajo doméstico y la redefi nición feminista de trabajo, lucha de clases y crisis capitalista
Parece, prácticamente como si de una norma social se tratase, que el valor del trabajo se reconoce, y casi que se crea, mediante el rechazo al mismo. Sin duda este ha sido ciertamente el caso del trabajo doméstico, que permaneció invisible y sin valoración hasta que surgió un movimiento de mujeres que rechazaban el trabajo reproductivo como destino natural. Fue la revuelta de las mujeres contra este tipo de trabajo durante las décadas de 1960 y 1970 la que desveló la centralidad del trabajo doméstico no remunerado para la economía capitalista, reconfi gurando nuestra imagen de la sociedad como un inmenso circuito de plantaciones domésticas y de cadenas de montaje, en las que la producción de los trabajadores se articula sobre una base cotidiana y generacional.
Las feministas no solo demostraron que la reproducción de la fuerza de trabajo requiere un abanico mucho más amplio de actividades que el mero consumo de mercancías, puesto que los alimentos deben prepararse para ser consumidos, la ropa tiene que ser lavada y hay que cuidar y reparar los cuerpos humanos. El reconocimiento e identifi cación que las feministas hicieron de la centralidad de la reproducción y del trabajo doméstico de las mujeres en la acumulación capitalista impulsó una reconsideración de las categorías marxistas y una nueva compresión de la historia y de los fundamentos del desarrollo capitalista. Desde los años setenta, la teoría feminista adquirió consistencia radicalizando el cambio teórico que habían inaugurado las críticas de los teóricos tercermundistas a Marx, al confi rmar que el capitalismo no es necesariamente identifi cable con el trabajo asalariado contractual, sino que, en esencia, es trabajo forzado, y al revelar la conexión umbilical entre la devaluación del trabajo doméstico y la devaluación de la posición social de las mujeres.
Este cambio de paradigma también tuvo consecuencias políticas. La más inmediata fue el rechazo de los eslóganes de la izquierda marxista así como de las ideas de «huelga general» o de «rechazo del trabajo», conceptos ambos que nunca incluyeron a las trabajadoras domésticas. Conforme avanza el tiempo, ha aumentado la asunción de que el marxismo, fi ltrado a través del leninismo y la socialdemocracia, ha expresado los intereses de un sector limitado del mundo proletario, el de los trabajadores masculinos blancos adultos, que han extraído su poder y su preponderancia durante largo tiempo del hecho de trabajar en los principales sectores de la producción industrial capitalista, en los que se daban los mayores niveles de desarrollo tecnológico.
El lado positivo es que el reconocimiento del trabajo doméstico ha posibilitado la compresión de que el capitalismo se sustenta en la producción de un tipo determinado de trabajadores ―y en consecuencia de un determinado modelo de familia, sexualidad y procreación―, lo que ha conducido a redefi nir la esfera privada como una esfera de relaciones de producción y como terreno para las luchas anticapitalistas. Es en este contexto en el que pudieron descodifi carse las políticas antiabortistas como mecanismos para la regulación de la producción de la fuerza de trabajo e interpretar como intentos de resistencia a la disciplina laboral capitalista el colapso de los índices de natalidad y el incremento del número de divorcios. Lo personal se volvió político y se reconoció que el Estado y el capital habían subsumido nuestras vidas y la reproducción al dormitorio.
A partir de este análisis, a mediados de los años setenta ―momento crucial en la construcción política del capitalismo, durante el cual se dieron los primeros pasos hacia una reestructuración neoliberal de la economía mundial―, muchas mujeres pudieron comprobar que la crisis capitalista que estaba teniendo lugar era una respuesta no solo a las luchas fabriles sino también al rechazo de las mujeres al trabajo doméstico así como al incremento de la resistencia al legado del colonialismo de las nuevas generaciones de africanos, asiáticos, latinoamericanos y caribeños. Contribuciones claves para estas perspectivas fueron las de las mujeres del movimiento de Salario para el Trabajo Doméstico, como Mariarosa Dalla Costa, Selma James o Leopoldina Fortunati, quienes demostraron que las luchas invisibles que las mujeres llevaban a cabo contra la disciplina doméstica estaban subvirtiendo el modelo reproductivo que había constituido el pilar del sistema fordista. Dalla Costa, por ejemplo, en «Emigrazione e Riproduzione» (1974) señaló que, desde el fi nal de la Segunda Guerra Mundial, las mujeres se habían enrolado en una guerra silenciosa contra la procreación, como evidencia el colapso de los índices de natalidad y la promoción de la emigración por parte de los gobiernos. Fortunati en Brutt o Ciao (1976) examinaba las motivaciones ocultas tras el éxodo de las mujeres italianas de las áreas rurales, su reorientación del salario familiar a la reproducción de las nuevas generaciones, y las conexiones entre la búsqueda de independencia de las mujeres desde la postguerra, el incremento de inversión en sus hij os y el aumento de combatividad de las nuevas generaciones de trabajadores. Selma James en «Sex, Race and Class» (1975) mostró que el comportamiento «cultural» y los «roles» sociales de las mujeres deben de ser leídos como «respuestas y rebeliones» contra la vida capitalista.
A mediados de los años setenta las luchas de las mujeres ya no eran «invisibles», sino que se habían convertido en abierto repudio contra la división sexual del trabajo y todos sus corolarios: la dependencia económica de los hombres, la subordinación social, el confi namiento a una naturalización del trabajo no pagado, y una procreación y una sexualidad controladas por el Estado. Contrariamente a la extendida y errónea concepción existente, la crisis no se limitó al sector de las mujeres blancas de clase media. De hecho, el primer movimiento de liberación de las mujeres en Estados Unidos estaba formado básicamente por mujeres negras. Fue el movimiento de las welfare mothers que, inspiradas en el Movimiento de Derechos Civiles, quien lideró la primera campaña del país en demanda de «salarios domésticos» estatales (bajo el nombre de Aid to Dependant Children), señalando el valor económico del trabajo reproductivo de las mujeres y declarando el welfare [subsidio social] como un derecho de las mujeres.
También se organizaron las mujeres en África, Asia y Latinoamérica, como demostró la decisión de la ONU de intervenir en el campo de las políticas feministas como patrocinador de los derechos de las mujeres, comenzando por la Conferencia Global de Mujeres que tuvo lugar en México en 1975. Ya he afi rmado en otros espacios que la ONU jugó el mismo papel, respecto a la expansión internacional de los movimientos de mujeres, que el que ya había jugado, en los años sesenta, en relación con las luchas anticoloniales.10 Como en el caso de su auspicio (selectivo) de la «descolonización», su autodesignación como agencia al mando de la promoción de los derechos de las mujeres, le permitió encauzar las políticas de liberación de las mujeres dentro de un marco compatible con las necesidades del capital internacional y del desarrollo de la agenda neoliberal. De hecho, la conferencia de Ciudad de México y las que siguieron sus pasos, se convocaron en parte por la certeza de que las luchas de las mujeres sobre la reproducción estaban redirigiendo las economías postcoloniales hacia un aumento en la inversión en la fuerza de trabajo doméstica y suponían el principal factor de fracaso de los planes de desarrollo del Banco Mundial para la mercantilización de la agricultura. En África, las mujeres habían rechazado coherentemente ser reclutadas para trabajar en los campos de cultivo de sus maridos, y en su lugar habían defendido la agricultura orientada a la subsistencia, transformando sus pueblos de lugares de reproducción de trabajo barato ―tal y como los retrata Meillassoux ― a zonas de resistencia a la explotación. Con la llegada de los años ochenta, esta resistencia se había identifi cado como el principal factor en la crisis de los proyectos de desarrollo agrícola del Banco Mundial, provocando un aluvión de artículos sobre la «contribución de las mujeres al desarrollo» y, más tarde, de iniciativas orientadas a integrar a las mujeres en una economía monetaria, como las promovidas por las ONG de «proyectos de generación de ingresos» y concesión de microcréditos. Dados estos acontecimientos, no es sorprendente que la reestructuración producida por la globalización del mundo económico haya conducido a una inmensa reorganización de la reproducción, así como a una campaña contra las mujeres en nombre del «control de población».
A continuación se delinean las modalidades de esta reestructuración producida por la globalización del mundo económico, identifi cando las tendencias principales, sus consecuencias sociales y su impacto en las relaciones de clase.
Silvia Federici, «Going to Beinjing: How the United Nations Colonized the Feminist Move-
Antes, en cualquier caso, debería explicar por qué continúo utilizando el concepto de fuerza de trabajo, incluso cuando algunas feministas lo han criticado como reduccionista, señalando que lo que las mujeres producen son individuos vivos ―niños, familiares, amigos― no fuerza de trabajo. La crítica se acepta. La fuerza de trabajo es una abstracción. Como Marx explicaba, haciéndose eco de las palabras de Sismondi, la fuerza de trabajo «no es nada… si no se la vende» y se utiliza. De todas maneras, mantengo este concepto por varias razones. Primero, para así poder iluminar el hecho de que en la sociedad capitalista el trabajo reproductivo no signifi ca nuestra libre reproducción o la de otros según nuestros deseos. Hasta el punto de que, directa o indirectamente, se intercambia por un salario, el trabajo reproductivo está, en todas sus facetas, sujeto a las condiciones impuestas sobre él por la organización capitalista del trabajo y las relaciones de producción. En otras palabras, el trabajo doméstico no es una actividad libre, «es producción y reproducción del medio de producción indispensable para el capitalista, del propio obrero». Como tal, está sujeto a todas las coacciones que derivan del hecho de que su producto debe satisfacer los requerimientos del mercado de trabajo.
Segundo, arrojar luz sobre la reproducción de la «fuerza de trabajo» revela el carácter dual y la contradicción inherente en el trabajo reproductivo y, en consecuencia, su carácter inestable y potencialmente rupturista. La fuerza de trabajo solo puede existir en el individuo y su reproducción debe ser simultáneamente producción y valorización de las cualidades y habilidades humanas deseadas, así como adaptación de estas a los estándares de vida externamente impuestos por el mercado de trabajo. Tan imposible como trazar una separación entre el ser vivo individual y su fuerza de trabajo, es trazar una línea entre las dos caras del trabajo reproductivo. No obstante, mantener este concepto conlleva y expresa la tensión, la potencial separación, y sugiere un mundo de confl ictos, resistencias y contradicciones llenos de signifi cado político. Entre otras cosas (y esta compresión fue crucial para el movimiento de liberación de las mujeres) nos muestra que podemos rebelarnos contra el trabajo doméstico sin miedo a arruinar nuestras comunidades, ya que este tipo de trabajo encarcela tanto a las productoras como a los «reproducidos».
Sigue siendo importante mantener, frente a las actuales corrientes postmodernas, la separación entre producción y reproducción. Es cierto que se ha difuminado la diferencia entre producción y reproducción en un sentido muy importante. Las luchas en los años sesenta en Europa y Estados Unidos, especialmente dentro de los movimientos feministas y estudiantiles, han mostrado a la clase capitalista que la inversión en la reproducción de las siguientes generaciones de trabajadores «no compensa», no supone una garantía de incremento de la productividad laboral. Por esta razón la inversión estatal en la fuerza de trabajo no solo ha declinado drásticamente sino que la reproducción se ha visto reestructurada en forma de servicios productores de valor que la clase trabajadora debe adquirir y pagar por ellos; de esta manera, el valor que producen estos servicios se materializa de manera inmediata, en lugar de verse supeditada a la actividad de los trabajadores que reproducen. Sin embargo, en cualquier caso, la expansión del sector servicios no ha signifi cado el fi nal del trabajo doméstico no remunerado, propio de los hogares, ni tampoco ha abolido las divisiones sexuales laborales (en las que se encuentra inmersa y que todavía divide producción y reproducción según quiénes sean los sujetos de esas actividades) ni la función discriminatoria del salario ni de la falta del mismo.
Finalmente, hablo de trabajo «reproductivo» en lugar de «afectivo» porque, en su carácter dominante, este último término describe solo una parte limitada del trabajo que requiere la reproducción de los seres humanos y elimina el potencial subversivo del concepto feminista de trabajo reproductivo. Desvelando su función en la reproducción de la fuerza de trabajo, se revelan las contradicciones inherentes a este trabajo, porque el concepto de «trabajo reproductivo» reconoce la posibilidad de formar alianzas cruciales y cooperativas entre los productores y los reproductores: madres e hij os, profesores y estudiantes, enfermeras y pacientes.
Mantener en mente esta faceta particular del carácter del trabajo reproductivo nos permite entonces preguntarnos: ¿cómo ha reestructurado la globalización económica la reproducción de la fuerza de trabajo? ¿Y cuáles han sido los efectos que esta reestructuración ha producido en los trabajadores y especialmente en las mujeres, tradicionalmente los sujetos principales del trabajo reproductivo? Y, por último, ¿qué es lo que podemos sacar en claro de esta reestructuración concerniente al desarrollo capitalista y cuál es el papel de la teoría marxista en las luchas anticapitalistas de nuestra época? Primero se analizarán brevemente los cambios principales que la globalización ha producido en el proceso general de la reproducción social y las relaciones de clase, y después se tratará de manera más extensa la reestructuración del trabajo reproductivo.
Nombrar lo intolerable: la acumulación primitiva y la reestructuración de la reproducción
La reestructuración de la economía mundial ha adoptado cinco estrategias básicas para dar respuesta al ciclo de luchas sociales que entre los años sesenta y los setenta transformaron la organización de la reproducción y las relaciones de clase. Primero, se ha producido una expansión del mercado de trabajo. La globalización ha producido un salto histórico en el tamaño del mundo proletario, tanto mediante un proceso global de «cercamiento» que ha provocado la separación de millones de personas de sus tierras, sus trabajos y sus «derechos consuetudinarios», como mediante el aumento del empleo de las mujeres. No es sorprendente que la globalización se nos aparezca como un proceso de acumulación primitiva, que ha asumido formas variadas. En el Norte, la globalización ha asumido la forma de la deslocalización y la desconcentración industrial, así como de la fl exibilización, la precarización laboral y el método Toyota o JIT [Just In Time, «justo a tiempo»]. En los antiguos países socialistas, se ha producido la desestatalización de la industria, la descolectivización de la agricultura y la privatización de la riqueza social. En el Sur, hemos sido testigos de la «maquilización» de la producción, la liberalización de las importaciones y las privatizaciones de las tierras. El objetivo, de todas maneras, era el mismo en todas partes.
Mediante la destrucción de las economías de subsistencia y la separación de los productores de los medios de subsistencia, al provocar la dependencia de ingresos monetarios a millones de personas, incluso a aquellas imposibilitadas para adquirir un trabajo asalariado, la clase capitalista ha relanzado el proceso de acumulación y recortado los costes de la producción laboral. Dos mil millones de personas han sido arrojados al mercado laboral demostrando la falacia de las teorías que defi enden que el capitalismo ya no necesita cantidades masivas de trabajo vivo, porque presumiblemente descansa en la creciente automatización del trabajo.
Segundo, la desterritorialización del capital y la fi nanciarización de las actividades económicas, posibilitadas por la «revolución informática», han creado las condiciones económicas por las que la acumulación primitiva se ha convertido en un proceso permanente, mediante el movimiento casi instantáneo del capital a lo largo del planeta, al haber derribado una y otra vez las barreras levantadas contra el capital por la resistencia de los trabajadores a la explotación.
Tercero, hemos sido testigos de la desinversión sistemática que el Estado ha llevado a cabo en la reproducción de la fuerza de trabajo, implementada mediante los programas de ajuste estructural y el desmantelamiento del «Estado de bienestar». Como se ha mencionado anteriormente, las luchas llevadas a cabo durante los años sesenta han enseñado a la clase capitalista que la inversión en la reproducción de la fuerza de trabajo no se traduce necesariamente en una mayor productividad laboral. Como resultado de esto, surgen ciertas políticas y una ideología que resignifi ca a los trabajadores como microemprendedores, supuestamente responsables de la inversión en ellos mismos y únicos benefi ciarios de las actividades reproductivas en ellos materializadas. En consecuencia se ha producido un cambio en los ejes temporales existentes entre reproducción y acumulación. Los trabajadores se ven obligados a hacerse cargo de los costes de su reproducción en la medida en que se han reducido los subsidios en sanidad, educación, pensiones y transporte público, además de sufrir un aumento de los impuestos, con lo que cada articulación de la reproducción de la fuerza de trabajo ha devenido un momento de acumulación inmediata.
Cuarto, la apropiación empresarial y la destrucción de bosques, océanos, aguas, bancos de peces, arrecifes de coral y de especies animales y vegetales han alcanzado un pico histórico. País tras país, de África a las islas del Pacífi co, inmensas áreas agrícolas y aguas costeras ―el hogar y los medios de subsistencia de extensas poblaciones― han sido privatizadas y hechas accesibles para la agroindustria, la extracción mineral o la pesca industrial. La globalización ha revelado, sin lugar a dudas, el coste real de la producción capitalista y de la tecnología lo que hace imposible hablar, tal y como Marx hizo en los Grundrisse, de «la gran infl uencia civilizadora del capital» que surge de su «apropiación universal tanto de la naturaleza como de la relación social misma» donde «la naturaleza se convierte puramente en objeto para el hombre, en cosa puramente útil; cesa de reconocérsele como poder para sí; incluso el reconocimiento teórico de sus leyes autónomas aparece solo como una artimaña para someterla a las necesidades humanas, sea como objeto del consumo, sea como medio de la producción».
En el año 2011, tras el derrame de petróleo de BP y el desastre de Fukushima ―entre otros desastres producidos por los negocios corporativos―, cuando los océanos agonizan, atrapados entre islas de basura, y el espacio se ha convertido en un vertedero además de en un depósito armamentístico, estas palabras no pueden sonar más que como ominosas reverberaciones.
Este desarrollo ha afectado, en diferentes grados, a todas las poblaciones del planeta. Aun así, como mejor se defi ne el Nuevo Orden Mundial es como un proceso de recolonización. Lejos de comprimir el planeta en una red de circuitos interdependientes, lo ha reconstruido como un sistema de estructura piramidal, al aumentar las desigualdades y la polarización social y económica, y al profundizar las jerarquías que históricamente han caracterizado la división sexual e internacional del trabajo, y que se habían visto socavadas gracias a las luchas anticoloniales y feministas.
El centro estratégico de la acumulación primitiva lo ha conformado el mundo colonial, mundo de plantaciones y esclavismo, históricamente el corazón del sistema capitalista. Lo llamo «centro estratégico» porque su reestructuración ha proporcionado los cimientos y las condiciones necesarias para la reorganización global del mercado de trabajo. Ha sido aquí, de hecho, donde hemos sido testigos de los primeros y más radicales procesos de expropiación y pauperización y de la desinversión más ingente del Estado en la fuerza de trabajo. Estos procesos están perfectamente documentados. Desde principios de los años ochenta, como consecuencia de los ajustes estructurales, el desempleo en la mayor parte de los países del «Tercer Mundo» ha crecido tanto que la USAID [Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional] podía reclutar trabajadores ofreciendo tan solo «comida por trabajo». Los salarios han caído de tal manera que se ha comprobado que las trabajadoras de las maquilas tienen que comprar la leche por vasos o los huevos y tomates por unidad. Poblaciones enteras se han visto desmonetarizadas, al mismo tiempo que se les ha arrebatado las tierras para concedérselas a proyectos gubernamentales o a inversores extranjeros. Actualmente, medio continente africano se encuentra bajo emergencia alimentaria. En África Oriental, del Níger a Nigeria y hasta Ghana, el suministro de electricidad ha desaparecido, las redes eléctricas nacionales han sido desarticuladas, obligando a aquellos que tienen dinero a comprar generadores individuales cuyo zumbido llena las noches, difi cultando el sueño de la gente. La sanidad estatal y los presupuestos de educación, los subsidios a los agricultores, las ayudas para las necesidades básicas, todas ellas han sido desmanteladas, reducidas drásticamente y suprimidas. En consecuencia, la esperanza de vida está descendiendo y han reaparecido fenómenos que se suponía que el capitalismo había borrado de la faz de la tierra hace mucho tiempo: hambrunas, hambre, epidemias recurrentes, incluso la caza de brujas. En aquellos lugares en los que los «planes de austeridad» y la apropiación de tierras no pudieron concluir su tarea, la ha rematado la guerra, abriendo nuevos campos para la extracción de crudo y la recolección de diamantes o coltán. Y en lo que respecta a la población objetivo de esta desposesión, se han convertido en los sujetos de una nueva diáspora, que arroja a millones de personas del campo a las ciudades, que cada vez más se asemejan a campamentos. Mike Davis ha utilizado la frase «planeta de ciudades miseria» en referencia a esta situación, pero una descripción más correcta y vívida hablaría de un planeta de guetos y un régimen de apartheid global.
Si además tenemos en cuenta que, mediante la deuda y el ajuste estructural, los países del «Tercer Mundo» se han visto obligados a desviar la producción alimentaria del mercado doméstico al mercado de exportación, convertir tierras arables y cultivables para el consumo humano en terrenos de extracción mineral, deforestar tierras, y convertirse en vertederos de todo tipo de desechos así como en campo de depredación para las corporaciones cazadoras de genes, entonces, debemos concluir que, en los planes del capital internacional, existen zonas del planeta destinadas a una «reproducción cercana a cero». De hecho, la destrucción de la vida en todas sus formas es hoy tan importante como la fuerza productiva del biopoder en la estructuración de las relaciones capitalistas, destrucción dirigida a adquirir materias primas, «desacumular» trabajadores no deseados, debilitar la resistencia y disminuir los costes de la producción laboral.
Hasta qué punto ha llegado el subdesarrollo de la reproducción de la fuerza de trabajo mundial se refl eja en los millones de personas que frente a la necesidad de emigrar se arriesgan a difi cultades indecibles y a la perspectiva de la muerte y el encarcelamiento. Ciertamente la migración no es tan solo una necesidad, sino también un éxodo hacia niveles más altos de resistencia, un camino hacia la reapropiación de la riqueza robada, como argumentan Yann Moulier Boutang, Dimitris Papadopoulos y otros autores. Esta es la razón por la que la migración ha adquirido un carácter tan autónomo que difi culta su utilización como mecanismo regulador de la reestructuración del mercado laboral. Pero no hay duda alguna de que si millones de personas abandonan su país hacia un destino incierto, a cientos de kilómetros de sus hogares, es porque no pueden reproducirse por sí mismas, al menos no bajo las condiciones necesarias. Esto se hace especialmente evidente cuando consideramos que la mitad de los migrantes son mujeres, muchas con hij os que deben dejar atrás. Desde un punto de vista histórico esta práctica es altamente inusual. Las mujeres son habitualmente las que se quedan, y no debido a falta de iniciativa o por impedimentos tradicionalistas, sino porque son aquellas a las que se ha hecho sentir más responsables de la reproducción de sus familias. Son las que deben garantizar que sus hij os tengan comida, a menudo quedándose ellas mismas sin comer, y las que se cercioran de que los ancianos y los enfermos reciben cuidados. Por eso cuando cientos de miles de ellas abandonan sus hogares para enfrentarse a años de humillaciones y aislamiento, viviendo con la angustia de no ser capaces de proporcionarles a sus seres queridos los mismos cuidados que les dan a extraños en otras partes del mundo, sabemos que algo dramático está sucediendo en la organización del mundo reproductivo.
Debemos rechazar, de todas maneras, la afi rmación de que la indiferencia de la clase capitalista internacional frente a la pérdida de vidas que produce el capitalismo es una prueba de que el capital ya no necesita el trabajo vivo. Más cuando en realidad la destrucción a gran escala de la vida ha sido un componente estructural del capitalismo desde sus inicios, como necesaria contrapartida a la acumulación de la fuerza de trabajo, acumulación que inevitablemente supone un proceso violento. La recurrente «crisis reproductiva» de la que hemos sido testigos en África durante las últimas décadas se encuentra enraizada en esta dialéctica de acumulación y destrucción de trabajo. También la expansión del trabajo no contractual y otros fenómenos que deberían ser considerados como abominaciones en un «mundo moderno» ―como las encarcelaciones masivas, el tráfi co de sangre, órganos y otras partes del cuerpo humano― deben ser leídas dentro de este contexto.
El capitalismo promueve una crisis reproductiva permanente. Si esto no ha sido más visible en nuestras vidas, por lo menos en muchas partes del Norte Global, es porque las catástrofes humanas que ha causado han sido en su mayor parte externalizadas, confi nadas a las colonias y racionalizadas como un efecto de una cultura retrógrada o un apego a tradiciones erróneas y «tribales». Sobre todo durante la mayor parte de los años ochenta y noventa, los efectos de la reestructuración global apenas se notaron en el Norte, excepto dentro de las comunidades de color, o bien se presentaron como alternativas liberadoras frente a la regimentación de la rutina de 9 a 17, si no anticipaciones de una sociedad sin trabajadores.
Pero observado desde el punto de vista de la totalidad de las relaciones capital-trabajo, este desarrollo demuestra el esfuerzo continuo del capital de dispersar a los trabajadores y de minar los esfuerzos organizativos de los obreros dentro de los lugares de trabajo. Combinadas, estas tendencias han abolido los contratos sociales, desregulado las relaciones laborales, reintroducido modelos laborales no contractuales destruyendo no solo los resquicios de comunismo que las luchas obreras habían logrado sino amenazando también la creación de los nuevos comunes.
También en el Norte, los ingresos reales y las tasas de empleo han caído, el acceso a la tierra y a los espacios urbanos ha disminuido, y el empobrecimiento e incluso el hambre se han extendido. Treinta y siete millones de personas en Estados Unidos pasan hambre, mientras que el 50 % de la población norteamericana, según un estudio de 2011 pertenece al segmento de población de «bajos ingresos». Añadamos a esto que la introducción de la tecnología, supuestamente diseñada para ahorrar tiempo, lejos de reducir la duración de la jornada laboral la ha extendido hasta el punto de que en algunos países como Japón se han vuelto a ver personas muriendo por exceso de trabajo, mientras que el tiempo de ocio y la jubilación se han convertido en un lujo. El pluriempleo es, hoy en día, una actividad necesaria para muchos trabajadores en Estados Unidos, mientras que personas de sesenta a setenta años, viendo que les han retirado las pensiones, están regresando al mercado de trabajo. Aún más signifi cativo es el hecho de que estemos siendo testigos del desarrollo de una fuerza de trabajo vagabunda, itinerante, compelida al nomadismo, siempre en movimiento, en camiones, tráileres, autobuses, buscando trabajo allá donde aparezca una oportunidad, un destino que antes se reservaba en Estados Unidos solo a los temporeros que recogían las cosechas de los cultivos industriales, cruzando el país como pájaros migratorios.
Junto con el empobrecimiento, el desempleo, las horas extras, el número de personas sin hogar y la deuda, se ha producido un incremento de la criminalización de la clase trabajadora, mediante una política de encarcelamiento masivo de la clase obrera que recuerda al Gran Encierro del siglo XVII, y la formación de un proletariado ex-lege, constituido por inmigrantes indocumentados, estudiantes que no pueden pagar sus créditos, productores o vendedores de mercancías ilícitas, trabajadoras del sexo. Es una multitud de proletarios, que existen y trabajan en las sombras, que nos recuerda que la producción de poblaciones sin derechos ―esclavos, sirvientes sin contrato, peones, convictos, sans papiers― permanece como una necesidad estructural de la acumulación capitalista.
Especialmente crudo ha sido el ataque producido sobre la juventud, particularmente sobre la de la clase trabajadora negra, potenciales herederos del Black Power, a los que nada les ha sido concedido, ni siquiera la posibilidad de un empleo seguro o del acceso a la educación. Sin embargo también para muchos jóvenes de clase media su futuro está en duda. La educación se consigue a un alto precio, provoca endeudamiento y la probable imposibilidad de devolución de los créditos estudiantiles. La competición por el empleo es dura, y las relaciones sociales son cada vez más estériles ya que la inestabilidad impide la construcción comunitaria. No sorprende pues que, entre las consecuencias sociales de la reestructuración de la reproducción, haya habido un incremento del número de suicidios juveniles, así como un repunte de la violencia contra las mujeres y los niños, incluyendo el infanticidio. Es imposible, entonces, compartir el optimismo de aquellos que, como Negri y Hardt, han argumentado en los últimos años que las nuevas formas de producción creadas por la reestructuración global de la economía ya proveen la posibilidad de formas más autónomas y más cooperativas de trabajo.
Aun así, el asalto a nuestra reproducción no ha pasado incontestada. La resistencia ha adoptado diferentes formas y muchas de ellas se han mantenido en la sombra hasta que se han convertido en fenómenos de masas. La fi nanciarización de todos y cada uno de los aspectos de la vida cotidiana mediante el uso de las tarjetas de crédito, préstamos, endeudamiento, especialmente en Estados Unidos, debe plantearse desde este punto de vista como una respuesta al declive de los salarios y a un rechazo a la austeridad impuesta por ello, más que simplemente un producto de la manipulación fi nanciera. En todo el mundo, está creciendo un movimiento de movimientos, desde los años noventa; este ha desafi ado todas y cada una de las facetas de la globalización ―mediante manifestaciones masivas, ocupaciones de tierras, construcción de economías solidarias y de otros métodos de desarrollo de los comunes. Más importante todavía, la reciente expansión de levantamientos masivos prolongados y movimientos en la estela «Occupy», que a lo largo del último año han barrido gran parte del mundo, desde Túnez y Egipto, pasando por la mayor parte de Oriente Medio, hasta España y Estados Unidos, ha abierto una brecha que permite entrever que la idea de una gran transformación social parece posible de nuevo. Tras años de aparente aceptación de la situación actual, en los que nada parecía capaz de parar los efectos destructores de un orden capitalista en declive, la Primavera Árabe y la expansión de acampadas a lo largo de Estados Unidos, uniéndose a los muchos asentamientos ya formados por la creciente población de sin techo, muestra que los de abajo se están movilizando de nuevo, y que una nueva generación se dirige a las plazas decidida a reclamar su futuro, eligiendo formas de rebelión que pueden potencialmente tender puentes entre las principales brechas sociales.
El trabajo reproductivo, el trabajo de las mujeres y las relaciones de género en la economía global
A la luz de este contexto, debemos preguntarnos qué tal le ha ido al trabajo reproductivo con las transformaciones de la economía global, y cómo estos cambios han remodelado la división sexual del trabajo y las relaciones entre hombres y mujeres. También aquí sobresale la diferencia substancial entre producción y reproducción. La primera diferencia que hay que tener en cuenta es que mientras que la producción ha sido reestructurada mediante un salto tecnológico en las áreas claves de la economía mundial, no se ha producido ningún avance tecnológico en la esfera del trabajo doméstico que reduzca signifi cativamente el trabajo socialmente necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo, pese al masivo incremento de mujeres empleadas fuera del hogar. En el Norte, el ordenador personal ha penetrado en la esfera reproductiva de gran parte de la población, permitiendo que comprar, socializarse, adquirir gran parte de la información e incluso algunas formas de trabajo sexual puedan hacerse hoy en día en red. Ciertas compañías japonesas están promoviendo la robotización del acompañamiento y de la amistad. Entre sus inventos se encuentran los «robots enfermeras» que pueden bañar a los mayores y los amantes interactivos personalizados en función de los gustos y fantasías de los clientes, que estos ensamblarán en sus hogares. Pero ni siquiera en los países más desarrollados tecnológicamente se ha producido una disminución signifi cativa del trabajo doméstico. En vez de ello, el trabajo doméstico ha sido mercantilizado, redistribuido sobre los hombros de las mujeres inmigrantes del Sur y de los antiguos países socialistas. Y las mujeres continúan haciendo la mayor parte de dicho trabajo. Al contrario de lo que sucede con la producción en otros campos, la producción de seres humanos es irreducible en gran medida a la mecanización, ya que requiere de un alto grado de interacción humana y de la satisfacción de complejas necesidades en las que elementos físicos y afectivos se encuentran inextricablemente unidos. Que la reproducción humana es un trabajo intensivo es más evidente todavía en el cuidado de los niños y de los mayores, que requiere, incluso en sus elementos más físicos, de la provisión de una sensación de seguridad, consuelo, anticipación de los miedos y deseos. Ninguna de estas actividades es puramente «material« o «inmaterial», no es posible fraccionarlas de manera que puedan ser mecanizadas o reemplazadas por un fl ujo virtual de comunicación internáutica.
Esta es la razón por la que, más que ser tecnifi cados, el trabajo doméstico y el trabajo de cuidados han sido redistribuidos y cargados sobre las espaldas de diferentes sujetos mediante su comercialización y globalización. Al incrementarse la participación de las mujeres en el trabajo asalariado, especialmente en el Norte, grandes cuotas de trabajo doméstico se han visto externalizadas del hogar y reorganizadas mercantilmente mediante el aumento de la industria de servicios, que a día de hoy constituye el sector económico dominante desde el punto de vista del empleo asalariado. Esto quiere decir que se consumen más comidas fuera del hogar, que se lava más ropa en las lavanderías o en tintorerías, y que se compra más comida precocinada lista para su consumo.
También se ha producido un descenso en las actividades reproductivas como consecuencia del rechazo de las mujeres a la disciplina inherente al matrimonio y la crianza de los niños. En Estados Unidos, el número de nacimientos ha caído de los 118 nacimientos por cada mil mujeres durante los años sesenta hasta los 66,7 de 2006, y se ha producido un incremento en la edad de las madres primerizas de los 30 años en 1980 a los 36,4 en 2006. El descenso del crecimiento demográfi co ha sido especialmente importante en Occidente y en Europa oriental, donde en algunos países (por ejemplo Italia y Grecia) la «huelga» de las mujeres contra la procreación continúa, dando como resultado un régimen de crecimiento demográfi co cero, que está incrementando la preocupación entre los políticos, y que es el factor oculto y primordial tras los llamamientos en pro de la expansión de la inmigración. También se ha producido una disminución en el número de matrimonios y parejas casadas en EEUU, del 56 % de los hogares en 1990 al 51 % en 2006, y a la vez se ha incrementado el número de personas que viven solas ―si trasladamos las cifras a Estados Unidos, un aumento de siete millones y medio: de veintitrés millones de personas que vivían solas a treinta millones y medio― en un treinta por ciento.
Más signifi cativo todavía es que, en el periodo subsiguiente al ajuste estructural y la reconversión económica, se haya producido a nivel internacional una reconversión del trabajo reproductivo por la cual gran parte de la reproducción metropolitana ahora la llevan a cabo mujeres inmigrantes provenientes del Sur global, especialmente en lo relativo al cuidado de los niños y los ancianos y en la reproducción sexual de los trabajadores masculinos. Desde muchos puntos de vista esto ha supuesto un desarrollo extremadamente importante. Sin embargo, dentro de los círculos feministas, las implicaciones políticas de las relaciones de poder que crea entre mujeres y de los límites que surgen de esta mercantilización de la reproducción todavía no se han asumido ni comprendido del todo. Si bien los gobiernos festejan la «globalización de los cuidados», que les permite reducir la inversión en reproducción, queda claro que esta «solución» acarrea un tremendo coste social, no solo para las mujeres inmigrantes de manera individual sino también para las comunidades de las que son originarias.
Ni la reorganización del trabajo reproductivo bajo un prisma mercantil, ni la «globalización de los cuidados», ni mucho menos la «tecnologización» del trabajo reproductivo, han «liberado a las mujeres» ni eliminado la explotación inherente al trabajo reproductivo en su forma actual. Si utilizamos una perspectiva global se puede observar que no solo las mujeres siguen cargando con la mayor parte del trabajo doméstico en todos los países, sino que además, y debido a los recortes en servicios sociales y a la descentralización de la producción industrial, la cantidad de trabajo doméstico que realizan, remunerado y no remunerado, se ha incrementado, incluso para las mujeres que tienen otro trabajo fuera de casa.
Tres factores principalmente han provocado el alargamiento de la jornada laboral de las mujeres y el aumento de trabajo en el hogar. Primero, que las mujeres han actuado como parachoques de la globalización económica, compensando con su trabajo el deterioro de las condiciones económicas producido por la liberalización de la economía mundial y el incremento en desinversión social acometido por los Estados. Especialmente crudo ha sido su efecto en los países sujetos a los programas de ajuste estructural en los que el Estado ha reducido totalmente el gasto en salud, educación, infraestructuras y necesidades básicas. Como consecuencia de estos recortes, en la mayor parte de África y Sudamérica, las mujeres deben gastar ahora más tiempo de lo que empleaban antes en la obtención de agua y en la preparación de alimentos, y además deben lidiar con enfermedades más frecuentes ya que la privatización de la sanidad ha vuelto prohibitiva para la mayoría la posibilidad de acudir a las clínicas, a la vez que la malnutrición y la destrucción medioambiental han incrementado la vulnerabilidad de las personas frente a las enfermedades.
En Estados Unidos, también, debido a los recortes presupuestarios, muchas de las tareas que se hacían en los hospitales y otros organismos públicos, han sido privatizadas y transferidas a los hogares, ocultando el trabajo no asalariado de las mujeres. Hoy en día, por ejemplo, los pacientes son dados de alta casi nada más fi nalizar la cirugía y enviados a casa, siendo el hogar el que debe absorber un abanico de tareas médicas postoperatorias y terapéuticas (como por ejemplo con los enfermos crónicos) que en el pasado habrían realizado enfermeras profesionales y doctores. La asistencia pública a los mayores (limpieza y cuidados domésticos, cuidados personales) también se ha visto recortada, y los servicios que proveía, reducidos.
El segundo factor que ha devuelto la centralidad al trabajo doméstico en el hogar ha sido la expansión del «trabajo en casa» debido parcialmente a la descentralización de la producción industrial y la expansión del trabajo informal. Tal y como David Staples describe en No Place Like Home (2006), lejos de ser una forma anacrónica de trabajo, el trabajo en casa ha demostrado ser una estrategia capitalista a largo plazo, que hoy en día ocupa a millones de mujeres y niños en todo el mundo, en ciudades, pueblos y suburbios. Staples señala acertadamente que el trabajo se está redirigiendo de una manera inexorable hacia el hogar mediante el incremento del trabajo en casa, en el sentido de que mediante una organización laboral basada en el modelo doméstico, los empresarios pueden hacerlo invisible, minar los esfuerzos de sindicarse de los trabajadores y reducir hasta el mínimo los salarios. Muchas mujeres eligen este tipo de trabajo en un intento de conciliar la obtención de un salario con el cuidado de sus familias; pero el resultado es la esclavización a un trabajo que proporciona un salario «muy lejos del salario medio que se pagaría por la misma tarea en su lugar de producción habitual, y que reproduce la división sexual del trabajo anclando aún más profundamente a las mujeres al trabajo doméstico».
Por último, el aumento en el empleo femenino fuera del hogar y la reestructuración de la reproducción no han eliminado las jerarquías laborales de género. Pese al aumento del desempleo masculino, las mujeres todavía ganan solo una fracción de lo que ganan los hombres. También hemos sido testigos de un incremento en la violencia contra las mujeres, impulsada en parte por la competición económica, en parte por la frustración que los hombres experimentan al no ser capaces de cumplir su rol como proveedores de la familia, y más importante todavía, impulsados por el hecho de que los hombres ahora tienen menos control sobre los cuerpos y el trabajo de las mujeres, ya que muchas más mujeres disponen de su propio dinero y pasan más tiempo fuera del hogar. En un contexto en el que el descenso salarial y la extensión del desempleo hacen que les sea más difícil tener una familia, muchos hombres utilizan los cuerpos de las mujeres como moneda de intercambio y de acceso al mercado mundial, mediante la organización de la pornografía y la prostitución.
El aumento de la violencia contra las mujeres es difícil de cuantifi car y lo signifi cativo de su aumento se aprecia mejor cuando la consideramos en términos cualitativos, desde el punto de vista de las nuevas formas que ha tomado. En muchos países, bajo el impacto del ajuste estructural toda la estructura familiar se ha desintegrado. Muchas veces ocurre de mutuo consentimiento ―cuando uno de los dos o ambos progenitores migran o se separan en busca de algún tipo de ingreso económico. Pero muchas veces, supone un hecho aún más traumático cuando, por ejemplo frente a la pauperización y el empobrecimiento, los maridos abandonan a sus mujeres e hij os. En algunos lugares de África y la India, también se han registrado ataques a mujeres mayores, que se han visto expulsadas de sus hogares e incluso han sido asesinadas después de ser acusadas de brujería o de estar poseídas por el diablo. Este fenómeno probablemente refl eja una crisis familiar aún más grave en lo relativo al apoyo a las personas mayores, quienes ya no son vistas como seres productivos sino como una carga frente a la rápida disminución de recursos. Es signifi cativo que estos actos aparezcan asociados al desmantelamiento en curso de los sistemas de propiedad comunal de las tierras. Pero también es una manifestación de la devaluación que el trabajo reproductivo y los sujetos que lo producen han sufrido frente a la expansión de las relaciones monetarias.
Otros ejemplos de violencia contra las mujeres visibles en el desarrollo de la globalización han sido el aumento de asesinatos de viudas en la India, el aumento del tráfi co de mujeres y de otros métodos de trabajo sexual coaccionado, además del escalofriante aumento de mujeres asesinadas o desaparecidas. Cientos de mujeres jóvenes, la mayor parte de ellas trabajadoras de las maquilas, han sido asesinadas en Ciudad Juárez y en otras ciudades fronterizas entre México y Estados Unidos, aparentemente víctimas de violaciones o de redes criminales que producen y trafi can con pornografía y snuff movies. También se ha producido un importante incremento del número de mujeres asesinadas en México y Guatemala. Pero sobre todo lo que ha aumentado ha sido la violencia institucional: la violencia de la pauperización absoluta, de las condiciones laborales inhumanas, de la migración en condiciones de clandestinidad. Si bien no se debe obviar que esta migración también puede observarse desde el punto de vista de la revuelta, de una búsqueda de mayor autonomía y autodeterminación, de relaciones de poder más favorables, a través de la huida del hogar.
De este análisis debemos extraer diferentes conclusiones y refl exiones. Primero, que la lucha por el trabajo asalariado o por «unirse a la clase trabajadora en el lugar de trabajo» como le gusta denominarlo a algunas feministas marxistas, no es el camino a la liberación. El trabajo asalariado puede ser una necesidad pero no puede considerarse una estrategia política coherente. Mientras que el trabajo reproductivo siga devaluado, mientras siga considerándose una tarea privada y responsabilidad exclusiva de las mujeres, estas siempre tendrán menos poder que los hombres para oponerse al Estado, y permanecerán en condiciones de extrema vulnerabilidad social y económica. También es importante reconocer que existen serios límites al desarrollo del esquema mercantil a partir del cual se puede reorganizar el trabajo doméstico y reproductivo. Como, por ejemplo, ¿hasta qué punto podemos reducir o mercantilizar el cuidado de los hij os, los mayores o los enfermos sin imponer un gran coste a aquellos que están necesitados de cuidados? El grado de deterioro de nuestra salud al que nos ha llevado la mercantilización de la producción alimentaria (con aumentos de la obesidad incluso entre los niños) es bastante signifi cativo. En lo tocante al trabajo reproductivo, la «solución» de traspasar esta carga a otras mujeres, tal y como se está haciendo hoy en día, tan solo crea nuevas desigualdades entre las mujeres y alarga la crisis reproductiva, al desplazarla temporalmente sobre las familias de aquellas mujeres que trabajan como cuidadoras asalariadas.
Lo que necesitamos es un resurgimiento y un nuevo impulso de las luchas colectivas sobre la reproducción, reclamar el control sobre las condiciones materiales de nuestra reproducción y crear nuevas formas de cooperación que escapen a la lógica del capital y del mercado. Esto no es una utopía, sino que se trata de un proceso ya en marcha en muchas partes del planeta y con posibilidades de expandirse frente a la perspectiva de un colapso del sistema fi nanciero mundial. Los gobiernos están usando la crisis para intentar imponer regímenes de austeridad en nuestras vidas durante los próximos años. Pero mediante las ocupaciones de tierras, la agricultura urbana, la agricultura comunitaria, mediante las okupaciones de viviendas, la creación de diversas formas de trueque y redes de intercambio, de ayuda mutua, de sistemas sanitarios alternativos ―por nombrar tan solo algunos de los campos en los que está más desarrollada esta reorganización del trabajo reproductivo― está emergiendo un nuevo modelo económico, que tal vez pueda transformar la concepción impuesta sobre el trabajo reproductivo, rompiendo con su actual estructuración como tarea opresiva y discriminatoria y redescubriéndola como el campo de trabajo más liberador y creativo para la experimentación de las relaciones humanas.
Como he afi rmado, esto no es una utopía. Las consecuencias de la economía mundial globalizada podrían haber sido ciertamente mucho más nefastas de no ser por el esfuerzo de millones de mujeres para asegurar el sustento a sus familias, sin importarles el valor que se les concede dentro del mercado capitalista. Mediante sus actividades de subsistencia, así como de diferentes métodos de acción directa (desde la ocupación de tierras públicas a la agricultura urbana), las mujeres han ayudado a sus comunidades a evitar la desposesión total, estirado los presupuestos y llenado de comida las ollas. Pese a las guerras, las crisis económicas y las devaluaciones, mientras que el mundo se caía a pedazos a su alrededor, las mujeres han continuado plantando maíz en campos abandonados, cocinando alimentos para venderlos en los arcenes de las carreteras, creando cocinas comunales ―ollas comunes como en Chile y en Perú―, interponiéndose de este modo a la mercantilización de la vida y dando pie a procesos de reapropiación y recolectivización de la reproducción, indispensables si queremos recuperar el control sobre nuestras vidas. Los movimientos Occupy y de toma de las plazas de 2011 suponen de alguna manera una continuación de estos procesos ya que las «multitudes» han comprendido que ningún movimiento se puede mantener si no hace de la reproducción de aquellos que en él participan su eje central, transformando de esta manera la manifestaciones de protesta en momentos de reproducción y cooperación colectivas.

10. Sobre el trabajo afectivo (2011)
Acuñado a mediados de los años noventa por los marxistas autónomos para refl ejar las nuevas formas de trabajo creadas por la reestructuración de la economía mundial, el término «trabajo afectivo» se ha convertido en un concepto de uso común dentro de los círculos radicales alcanzando cotas casi de concepto proteico. Pese a lo breve de su existencia, su alcance se ha expandido al intentar proporcionar una defi nición precisa a una tarea difícil. El «trabajo afectivo» (TA a partir de ahora) como concepto se utiliza a día de hoy para describir las nuevas tareas-trabajos desarrollados dentro del sector servicios o para conceptualizar la naturaleza del trabajo en la era postfordista; para otras personas supone un sinónimo de trabajo reproductivo o un punto de partida para un replanteamiento y una reestructuración de las bases del discurso feminista.
Claramente, se trata de un concepto que ha atrapado el imaginario del pensamiento radical. A continuación argumentaré las razones de esta atracción, planteando diferentes interrogantes acerca del alcance de la reconfi guración que la utilización de este concepto provoca en nuestra percepción sobre la incidencia de los cambios acaecidos en la organización social de la producción y sobre qué proyectos políticos sustenta el mismo. Más particularmente, cuestiono la comparación realizada entre el TA y las categorías de trabajo con las que las feministas marxistas han analizado y comprendido el trabajo reproductivo en el capitalismo y la relación mujer-capitalismo. Desde mi punto de vista el TA arroja luz sobre aspectos signifi cativos de la mercantilización de la reproducción pero se torna problemático si se toma como el principal signifi cante
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de las actividades y relaciones que sustentan actualmente la reproducción de la fuerza de trabajo. En este caso marca un retroceso respecto a la comprensión y la explicación que proporcionó el movimiento feminista de los años setenta de estas relaciones, puesto que su uso oculta la persistencia de la constante explotación que supone el trabajo doméstico no remunerado de las mujeres e invisibiliza las luchas que en este terreno se están llevando a cabo.
Desde este punto de vista y subrayando las críticas a esta invisibilización, analizo la teoría del TA a partir de los trabajos de Negri y Hardt, sus principales defensores, pero también examino el uso de dicha conceptualización en la teoría social contemporánea y su recepción por parte de las pensadoras feministas. Mi interés es predominantemente político. El objetivo es dilucidar qué recursos y herramientas proporciona el concepto de TA y la teoría que lo sustenta para la comprensión y el desarrollo de las luchas anticapitalistas contemporáneas, qué posibilidades de pensamiento nos brinda y cómo expande el imaginario colectivo.
Mi planteamiento en este contexto es un acercamiento «partisano», puesto que muchas de las respuestas proporcionadas por los marxistas autónomos cuestionan el análisis de la reproducción social que ha supuesto el núcleo de mi trabajo durante al menos las tres últimas décadas. Este análisis se basa en la asunción de las diferencias cualitativas existentes en el capitalismo entre la producción de mercancías y la producción de fuerza de trabajo y entre el trabajo asalariado y el no asalariado, una tesis que la teoría del TA rechaza, al menos tal y como los marxistas autónomos la han desarrollado.
El trabajo afectivo y la teoría del trabajo inmaterial de Imperio a Multitud y Commonwealth
El análisis del TA debe partir de un examen del trabajo desarrollado por Negri y Hardt puesto que es aquí donde se defi nió primeramente el concepto de TA, y la confi guración que le dieron ha determinado el marco que ha conformado a posteriori los debates. Sin embargo, el TA no es un concepto aislado en el trabajo de Negri y Hardt, sino más bien un aspecto de la teoría del trabajo inmaterial que conforma el corazón mismo de su trabajo. Es por ello que primero centraré el análisis en este marco más amplio en el que se inserta el TA y en el proyecto teórico/político con el que Negri y Hardt se han comprometido en su trilogía Empire (2000), Multitude (2004) y Commonwealth (2009).
Este compromiso podría ser descrito como un intento de relanzar la teoría marxista de cara a una generación de activistas e intelectuales para la cual, en palabras de Maurizio Lazzarato, el comunismo se ha convertido en una hipótesis muerta, así como un esfuerzo para disipar el pesimismo generado por una concepción postmodernista de la historia. Con el fi n de lograr los objetivos arriba mencionados, Negri y Hardt han desarrollado una teoría que afi rma que las luchas de los años sesenta obligaron al capitalismo a instaurar un nuevo orden económico que por sí mismo ya representa la transición a una sociedad postcapitalista, ya que esta reconfi guración proporciona mayor autonomía al trabajo en relación al capital, incrementa la producción de cooperación social y disuelve las bases materiales en las que se han asentado y fortalecido las relaciones desiguales de poder, fomentando una recomposición política de la fuerza de trabajo global.
En líneas generales (sus argumentos principales han sido debatidos de forma amplia y extensa), esta teoría afi rma que la reestructuración de la economía mundial, y en particular las revoluciones de la información y la informática, ha dado paso a una fase del desarrollo capitalista, ya anticipada de manera parcial por Marx en los Grundrisse, en la que la ciencia se convierte en la fuerza productiva principal y en la que el componente cognitivo/cultural de la mercancía constituye el combustible del proceso de valorización, por lo que el trabajo inmaterial (TI) se transforma en la forma dominante de trabajo.
Definido como un trabajo que produce objetos no-físicos: códigos, información, símbolos, imágenes, ideas, conocimientos, subjetividades, relaciones sociales,5 el TI vendría a definir una esfera específica de actividades y trabajadores (por ejemplo, informáticos, artistas, diseñadores) y tal vez a ampliar las jerarquías impuestas por la división social del trabajo. Sin embargo se nos asegura que este no es el caso. El TI no crea jerarquías u otras distinciones significativas, ya que en cierto momento, todas las formas de trabajo se transformarán en inmateriales,6 en consonancia con el principio articulado por Marx en el capítulo «Maquinaria y gran industria»7 que estipula que en cada una de las fases del desarrollo capitalista la forma dominante de trabajo asimilará hegemónicamente en sí misma a todas las demás, transformándolas de esta manera a su propia imagen.8 Por eso el TI no instituye, en la actual economía global, una línea divisoria entre el trabajo intelectual y el manual, entre la cabeza y la mano, ni tampoco supone una separación entre el trabajador y las facultades intelectuales de la producción, tal y como sí lo hacía el trabajo intelectual en las anteriores fases del capitalismo como, por ejemplo, afirmaba Alfred Sohn-Rethel.9

que en el momento en el que la ciencia se convierte en el principal modo de producción se crea un situación cualitativamente novedosa en la que el tiempo de trabajo deja de ser la medida del valor.
5 Hardt y Negri, op. cit., 2004, pp. 65-66; Hardt y Negri, op. cit., 2009, pp. 132, 287.
6 Hardt y Negri, Multitud, op. cit., pp. 107, 338, 349.
7 Karl Marx, Capital, vol. 1, Londres, Penguin Classics, 1990 [ed. cast.: El capital, vol. 1, México, Fondo de Cultura Económica, 1959].
8 Hardt y Negri, Multitud, op. cit., pp. 135-136; Hardt y Negri, Empire, op. cit., p. 292. El fragmento clave en el que Marx enuncia este «principio» es el siguiente: «Con el desarrollo del régimen fabril y la transformación de la agricultura que este régimen lleva aparejado, no solo se extiende la escala de la producción en todas las demás ramas industriales, sino que cambia también su carácter. El principio de la industria mecanizada, consistente en analizar el proceso de producción en las fases que la integran, y en resolver los problemas así planteados por la aplicación de la mecánica, la química, etc., es decir, de las ciencias naturales, da el tono en todas las industrias» (Marx, Capital, vol. 1, op. cit., p. 384).
9 Sohn-Rethel señala que el advenimiento del taylorismo determina una nueva división del trabajo intelectual y manual que agrupa una intelectualidad técnica y organizativa aliada con el capital frente a la fuerza de trabajo manual productora de las mercancías materiales; véase Alfred SohnRethel, Intellectual and Manual Labor: A Critique of Epistemology, Londres, Macmillan, 1978, p. 157.
Al contrario, el TI instituye una relación positiva y cualitativamente nueva entre el trabajo y el capital, por la cual el trabajo se convierte en una labor autónoma, autoorganizada y productora de cooperación social, una realidad a la que Negri y Hardt denominan «lo común». Se ofrecen dos razones para esta transformación. De un lado, las luchas de los trabajadores han forzado al capital a abandonar el terreno de la producción hacia el terreno más seguro de la fi nanciarización, dejando a los trabajadores como amos del primero. Del otro, al contrario que el trabajo manual, el trabajo basado en la información/ conocimiento no puede ser controlado o supervisado, y tampoco puede ser confi nado a ninguna localización específi ca ni tiempo determinado. Según esto, estaríamos presumiblemente frente a un fenómeno cualitativamente diferente: la emergencia de zonas liberadas en pleno corazón del capitalismo tecnológico que coexistirían con la explotación actualmente en curso, la cual no tendría lugar en el transcurso de la organización directa de la producción sino mediante actos de desposesión llevados a cabo por el capitalismo en el tramo fi nal del proceso laboral, por ejemplo, mediante la «captura» a través de la imposición de las leyes de propiedad intelectual.
Tercero, y más importante, Negri y Hardt sostienen que, gracias a la inmaterialización de la producción, desaparecen todos los contrastes que han caracterizado a la era industrial ―productividad/improductividad, producción/reproducción, trabajo/ocio, tiempo de vida/tiempo de trabajo, trabajo asalariado/no asalariado― por lo que el trabajo deja de ser una fuente de diferenciación y de relaciones de poder desiguales. En lugar de las viejas divisiones, Negri y Hardt visualizan un proceso titánico de reproducción social tal que cada una de las articulaciones de la vida social pasa a ser un espacio de producción y la sociedad misma se transforma en una inmensa máquina de trabajo que produce tanto valor para el capital, como conocimientos, culturas, subjetividades. Citando a Foucault, Negri y Hardt denominan a este nuevo régimen producción biopolítica afi rmando que, aun siendo trabajo, este se transforma en política al adoptar las características típicas del intercambio político ―es decir, al transformarse en un acto comunicativo, interactivo y afectivo― y simultáneamente en un campo de entrenamiento para la autoorganización de los trabajadores. Más importante todavía es que no dependa de una base material, ya que así no permite el mantenimiento de la producción de jerarquías diferenciadoras, al ser todos los sujetos sociales ecuánimemente creadores de la riqueza producida. De ahí que la imagen de la «multitud» sea la que encarne el sujeto político del trabajo inmaterial que presumiblemente incorpora las diferencias pero sin establecer ningún tipo de jerarquía o división. Tal y como escriben Hardt y Negri:
No existe una diferencia cualitativa que separe a los pobres de los trabajadores asalariados; en su lugar, existe cada vez más una condición común de existencia y actividad creativa que defi ne a la multitud en su conjunto […] En realidad, siempre fue ambigua la antigua distinción marxista entre trabajo productivo e improductivo, o entre el trabajo productivo y reproductivo. Hoy deberíamos prescindir por completo de ella.
En resumen, según Negri y Hardt, la posibilidad de una transformación social sustantiva ya se encuentra de hecho en la agenda, ya que la llegada del TI y de la biopolítica signifi can que ya podemos construir una alternativa, comenzando por nuestro día a día, desde la cotidianidad, y que lo que falta por lograr es la expansión de nuestra capacidad de producción colectiva y de intercambio de conocimiento además de educarnos a nosotros mismos para el autogobierno.
Esta teoría supone una perspectiva altamente empoderadora por lo que es fácil entender por qué sus presupuestos han resultado tan exitosos. El mensaje positivo y su focalización en el trabajo y en el antagonismo de clase han supuesto un importante giro teórico bienvenido tras tantos años de «deconstrucción» postmoderna. Tal vez resulta todavía más atractivo relanzar la idea de que la revolución es ahora, más que ser una posibilidad confi nada a un futuro indefi nido, constantemente pospuesto, y poner en el centro del análisis político la problemática de la «transición». Al mismo tiempo, los cimientos empíricos de sus dogmas principales son bastante inestables al ser extremadamente dependientes para su validación de la asunción de «tendencias» y «modas», y estar su mensaje político a menudo plagado de contradicciones
La evidencia de que el capitalismo hoy en día se alimenta primordialmente de formas inmateriales de producción es cuestionable tanto en los hechos como políticamente, incluso si aceptamos que lo que Negri y Hardt describen es a día de hoy tan solo una tendencia. Con más consistencia se puede afi rmar que la fuerza motriz de la economía mundial ha sido la capacidad del capitalismo internacional de apropiarse de las masas trabajadoras globales de campesinos expropiados y de amas de casa, es decir, de la inmensa cantidad de trabajo no contractual, incrementando así de manera exponencial los porcentajes de extracción de plusvalía. Igual de discutible es la postulada autonomía de los «trabajadores inmateriales». Dos décadas después de la revolución de las «punto com» ha desaparecido en gran medida la ilusión de que el trabajo digital pudiese proveer un oasis de creatividad y libertad, tal y como indica la aparición del término «esclavos de la red». Incluso para los trabajadores más creativos, la autonomía se ha convertido en algo transitorio, una actividad insostenible o ha producido el efecto de una completa identifi cación del trabajador con los intereses de los empresarios. También deberíamos mostrarnos escépticos ante las alabanzas lanzadas a una cooperación social en la organización del trabajo que no especifi ca con qué propósitos se lleva a cabo. Por ejemplo, ¿cuál es el potencial político de la cooperación, que requiere y crea el TI, si en el corazón de la biopolítica la producción de herramientas bélicas es una actividad tan «comunitaria» como la crianza de los niños? ¿Y si todas las diferencias entre el trabajo salariado y no asalariado se amalgaman?
También existen confl ictos con el concepto de «multitud», la fi gura mítica descrita como el uno y el todo, singularidad y multiplicidad, indefi nida en términos de género, raza, origen étnico, empleo… término que Negri y Hardt han identifi cado como el principal signifi cante de la fuerza de trabajo mundial. Su carácter incorpóreo la hace sospechosa, especialmente cuando la imaginamos compuesta por expertos trabajadores inmateriales, inmersos en un fl ujo mundial de comunicaciones en red. ¿Podría ser (parafraseando a Antonella Corsani) que esta criatura amorfa sea el último paraíso de la fuerza de trabajo masculina metropolitana que ahora ya no tiene necesidad de identidad puesto que su dominio no se encuentra en disputa?
Hay otra evidencia indicativa de que la multitud se encuentra primordialmente compuesta por trabajadores masculinos metropolitanos. Negri y Hardt, por ejemplo, describen la reestructuración postfordista de la producción como un derrame de trabajo de la fábrica al territorio. Pero en realidad, la mayor parte del trabajo industrial se ha «derramado» sobre el «Tercer Mundo», mientras que el crecimiento del sector servicios ha sido en su mayoría producto de la mercantilización del trabajo reproductivo y, en consecuencia, se ha producido un «derrame» en el territorio pero no desde la fábrica sino desde el hogar.
Por último, la hipótesis de una homogeneización inevitable del trabajo bajo la hegemonía del TI no puede ser validada. Marx estaba equivocado a este respecto, ya que el capitalismo ha requerido y se ha benefi ciado históricamente de formas de trabajo drásticamente diferentes. Esto es evidente si observamos el desarrollo capitalista desde el punto de vista del trabajo doméstico y reproductivo (de la misma manera que si lo observamos desde la óptica de aquellos a los que el desarrollo capitalista ha «subdesarrollado» sistemáticamente). Como han demostrado las historiadoras feministas, el capitalismo nunca ha podido industrializar el trabajo doméstico, pese a que la familia nuclear no pueda ser considerada un legado de las relaciones precapitalistas. El trabajo doméstico fue una creación del capitalismo de fi nales del siglo XIX, construido en el auge de la industrialización tanto para pacifi car a los trabajadores masculinos como para impulsar el cambio de la industria textil a la pesada (en términos marxistas, de la plusvalía absoluta a la relativa), que requiere una explotación más intensiva de la mano de obra y en consecuencia un aumento en la inversión en su reproducción. Su creación fue parte de la misma estrategia capitalista que dirigió la institución del salario familiar y que culminó en el fordismo. Una completa industrialización del trabajo doméstico, como la intentada en los primeros años de la Revolución Bolchevique, era indudablemente una opción, recomendada por algunos socialistas e incluso algunas feministas. Aun así, ni durante el siglo XIX ni en las siguientes décadas del siglo XX se acometió esta tarea. Pese a la época de cambios que sufrió el capitalismo, el trabajo doméstico nunca fue industrializado.
Lo que esto demuestra es que la afi rmación marxista de que la forma dominante de trabajo iguala a todas las demás consigo misma debe ser revisada, una vez probada como errónea frente a la experiencia del trabajo doméstico no remunerado. También debe ser moldeada para acomodarse a factores no directamente económicos, como la necesidad de disgregar/dispersar a los trabajadores una vez se encuentran fuera de la fábrica y/o como la incapacidad de romper su resistencia a la completa regimentación de sus vidas. Esto signifi ca que puede alcanzarse un régimen de «subsunción real» aun sin un proceso de homogeneización total en las formas y las condiciones del trabajo y que las discontinuidades son fundamentales para la reproducción de las relaciones capitalistas.
Lo que queda por ver es el papel que el TA juega en la teoría del TI. El TI, de hecho, tiene tanto un componente cognitivo como uno afectivo, una división sugerente de los dos principales aspectos de la reestructuración de la economía global en las áreas metropolitanas: el crecimiento del sector servicios y la informatización del trabajo. En este sentido, el TI puede ser fragmentado y de hecho el TA es a menudo utilizado para describir la mercantilización del trabajo reproductivo. Pero sería un error concluir que el TA es una expresión de la división generizada del trabajo. Este es un equívoco que Negri y Hardt promueven activamente al referirse al componente cognitivo del TI como el desarrollo inteligente del trabajo y al afectivo (citando a Dorothy Smith) como «el trabajo en su modo corporal». Mediante esta estructuración jerárquica y generizada de las actividades, Negri y Hardt le hacen un guiño al movimiento feminista, al subrayar que la faceta femenina de la ecuación social no ha sido olvidada y que su visión de las nuevas formas de la fuerza productiva abarca la totalidad de la vida social. Yo afi rmo, sin embargo, que más que arrojar luz sobre la división generizada del trabajo, el TA nos lleva más allá. El trabajo afectivo no hace referencia a la división generizada de los trabajos, aunque a veces se defi na como «trabajo de mujeres». El TA remite al carácter interactivo del trabajo, a su capacidad de promover fl ujos de comunicación, por lo que es polivalente en función de las actividades asociadas con él. Esto se hace evidente cuando consideramos cómo se construye el concepto de TA y cómo se utiliza en el actual mapa laboral.
El origen de los afectos y del trabajo afectivo
El concepto del TA se origina en la fi losofía de Spinoza, el fi lósofo holandés del siglo XVII que en las décadas de 1970 y 1980 se convirtió en la bandera de la revuelta antihegeliana dentro del pensamiento radical francés e italiano y un punto de referencia dentro de la investigación de la naturaleza del poder inspirada por el trabajo de Michel Foucault. Spinoza es un autor que tanto Negri como Hardt han estudiado, sobre el que han escrito libros y que han encontrado profundamente inspirador como indica la constante presencia de su marco ontológico en sus trabajos, especialmente en Commonwealth. Spinoza proporciona el espíritu, la fi losofía y la sabiduría para la reconstrucción que proponen Negri y Hardt de la teoría marxista. Como para Deleuze y Guatt ari, para Negri y Hardt, el naturalismo y el inmanentismo de la ontología materialista renacentista de Spinoza es la respuesta a la visión hegeliana de la historia como el despliegue de las fuerzas trascendentes, que relega a los aspirantes a revolucionarios al papel de ejecutores del desarrollo histórico. Spinoza también proporciona la conexión crucial entre la «naturaleza humana» y la economía política mediante la noción de «afecto», la semilla ontológica de la que ha nacido el TA.
Los escritos cruciales para trazar una genealogía del afecto y del trabajo afectivo se encuentran en la Tercera Parte de su Ética (1677), en la que Spinoza desarrolla una visión materialista, no cartesiana, de la relación alma-cuerpo enraizada en la idea del «ser» como afectividad, esto es, como un proceso constante de interacción y de autoproducción.
Los «afectos» en Spinoza son modifi caciones del cuerpo que incrementan o disminuyen su capacidad de actuar. Spinoza especifi ca que estas pueden ser fuerzas activas y positivas si surgen de nosotros, o pasivas, «pasiones» negativas, si lo que las provoca es externo a nosotros. Por esto, su ética es una exhortación a cultivar los afectos activos y empoderadores como la alegría, a liberarnos de los negativos, pasivos, y a prevenirnos de caer en la esclavitud de las pasiones. Es esta la noción de «afectividad», como capacidad de actuar y de que se actúe sobre nosotros, incorporada en la visión política de Negri y Hardt. El «afecto» no signifi ca un sentimiento de cariño o amor. Más que eso signifi ca nuestra capacidad para la interacción, nuestra capacidad de movimiento y de ser movidos dentro de un fl ujo sin fi n de intercambios y encuentros que presumiblemente expanden nuestras capacidades, y que demuestra no solo la productividad de por sí infi nita de nuestro ser sino también el carácter transformador y en consecuencia político de nuestra vida cotidiana.
Una de las funciones de la teoría del trabajo afectivo es la de transponer el concepto fi losófi co de «afecto» al plano económico y político, demostrando en este proceso que en la sociedad capitalista actual el trabajo realiza y amplifi ca esta disposición ontológica de nuestro ser fomentando así la capacidad para la autoorganización y autotransformación que evoca el concepto de «afecto». Esta es la lectura que yo hago de la tesis que afi rma que en el capitalismo contemporáneo la afectividad se ha convertido en un componente de cada forma de trabajo ya que el TI es altamente interactivo y moviliza no solo las energías físicas sino también toda la subjetividad de los trabajadores. Mediante esta afi rmación, Negri y Hardt sugieren una alineación única entre las posibilidades ontológicas de nuestro ser y las actividades económicas de nuestra vida económica, marcando el advenimiento de una nueva fase histórica, como si supusiese el «comienzo de la historia». El TA también sirve para extender el alcance del TI incluyendo de esta manera un amplio rango de actividades características de la mercantilización del trabajo reproductivo y, de una manera aún más ambigua, la reproducción fuera del mercado. Pero, tal y como veremos más tarde, la principal función que desempeña el TA es la degenerización del trabajo, sugiriendo que las características que una vez se asociaron al «trabajo reproductivo de las mujeres» actualmente se han generalizado, por lo que, en lo que respecta al trabajo, los hombres se parecen cada vez más a las mujeres. Este es el porqué, como he señalado anteriormente, más que evocar una división sexual del trabajo, el TA anuncia el fi n de esta división, al menos como factor signifi cativo de la vida social y como base para un punto de vista y análisis feminista.
El trabajo afectivo y la degenerización del trabajo
Cómo se lleva a cabo la «degenerización» del trabajo es algo que puede observarse mediante el seguimiento de las mutaciones sufridas por el trabajo afectivo en su transición del plano ontológico al plano económico. Como ya se ha afi rmado anteriormente, el TA posee tanto una dimensión sociológica como una ontológica. Del mismo modo que la parte cognitiva del TI se concreta en las actividades engendradas por la informatización del trabajo y el uso de Internet, a menudo se dice que el TA describe actividades dentro del sector servicios, en especial, los referidos a la mercantilización de la reproducción. A este respecto, el trabajo de la socióloga feminista Arlie Hochschild sobre la «mercantilización de las emociones» y el «trabajo emocional» ha supuesto una clara infl uencia en el desarrollo del TA.
El análisis de los cambios que habían tenido lugar durante los años ochenta en los puestos de trabajo estadounidenses desarrollado en The Managed Heart (1983) fue precursor de sus esfuerzos. Ya en este libro, y citando la obra de Daniel Bell, The Coming Post-Industrial Society (1973), Hochschild afi rmaba que, con el declive de la producción industrial (que en 1983 había descendido hasta suponer tan solo el 6 % del total del empleo) y el aumento del sector servicios, «en nuestros días, la mayoría de trabajos exigen competencias en relación al trato con personas más que con cosas, competencias en las relaciones interpersonales más que competencias técnicas». De esta manera, ya entonces la autora había situado en el punto de mira el «trabajo emocional» que, por ejemplo, deben ejercer las azafatas para calmar la ansiedad de los pasajeros, proyectar una sensación de seguridad, reprimir el enfado o la irritación frente al abuso y hacer sentirse valorados a aquellos a los que atiende. También en subsiguientes afi rmaciones, Hochschild regresaba a este punto para investigar las consecuencias psicológicas y sociales de la mercantilización de los servicios que antes proveían las familias siguiendo los pasos de la masiva entrada de las mujeres en la fuerza de trabajo asalariada.
Desde el punto de vista desde el que describen Negri y Hardt el TA, el tipo de industria que ocasionalmente le asocian y el tipo de trabajadores a los que se refi eren, todo indica que se trata de un pariente cercano del «trabajo emocional» de Hochschild. En palabras de los autores, «el trabajo afectivo es el que produce o manipula afectos, como las sensaciones gratas o de bienestar, la satisfacción, la excitación o la pasión». Se nos dice que este es el tipo de trabajo que encontramos en la industria del ocio y de la publicidad; podemos deducir su creciente importancia del hecho de cada vez más los empresarios exigen que sus trabajadores tengan buena actitud, posean habilidades sociales y sean educados; se consideran trabajadores afectivos los «asistentes legales, azafatas de vuelos», trabajadores de locales de comida rápida que deben «servir con una sonrisa».

De todas maneras existen diferencias signifi cativas entre la teoría de Hochschild y la de Negri y Hardt. El análisis de Hochschild no deja duda alguna de que las mujeres son los sujetos centrales del trabajo emocional y de que, aunque este sea un trabajo asalariado de atención al público, en esencia se trata del mismo tipo de trabajo que las mujeres han realizado siempre. Tal y como subraya, frente a la falta de otro tipo de recursos y dependiendo de los hombres para la obtención de dinero las mujeres siempre han transformado sus emociones en valores (activos), ofreciéndoselos a los hombres en contraprestación por los recursos materiales de los que ellas carecían. En palabras de la autora, el aumento del sector servicios ha incrementado la sistematización, la estandarización y la producción en masa del trabajo emocional, pero su existencia todavía radica en el hecho que desde la infancia las mujeres han sido entrenadas para tener una relación instrumental con sus emociones.
Además Hochschild establece una relación directa entre la mercantilización de las emociones y el rechazo de las mujeres a continuar con el trabajo doméstico no remunerado. De hecho, su análisis del trabajo emocional es parte de un trabajo de investigación más amplio sobre los efectos de la «revolución feminista» en la situación social de las mujeres y dentro de las relaciones familiares. Una de sus principales preocupaciones es la crisis de cuidados que el empleo asalariado de las mujeres ha desatado debido a la ausencia de cambios dentro de los lugares de trabajo (asalariados) y a la falta de incremento del apoyo institucional para el trabajo reproductivo, así como a que no ha aumentado la buena disposición/predisposición de los hombres en el reparto de los trabajos domésticos. El panorama que nos retrata es preocupante: niños que tienen que hacerse cargo de ellos mismos, habitualmente tan resentidos por la cotidiana ausencia de sus progenitores que estos últimos incluso alargan su jornada laboral para evitar enfrentarse a ellos; ancianos destinados a residencias y a una vida de aislamiento; y en general un mundo más duro en el que las relaciones que no conllevan una relación monetaria se ven cada vez más y más devaluadas.
En lo que a estos aspectos se refi ere, la teoría del TA de Negri y Hardt parte de la de Hochschild. Pese a que los ejemplos del TA son extraídos de los trabajos del sector servicios que habitualmente son realizados por mujeres y que a menudo también se etiquetan como «trabajos de mujeres», este tipo de trabajo no se describe de una forma generizada. Al contrario, tal y como hemos podido ver, se afi rma que es un componente de la mayor parte de las formas de TI, trabajos que presumiblemente son cada vez más comunicativos, interactivos y productores de relaciones sociales. Es en este sentido que Negri y Hardt hablan de la «feminización del trabajo» . Esta referencia no apela a la entrada masiva de las mujeres dentro de la fuerza de trabajo (asalariada), sino a la «feminización» del trabajo realizado por los hombres, lo que justifi ca por qué no se dan en ninguno de sus textos más que referencias por encima a formas de trabajo con una especifi cación de género, como la procreación o el cuidado de los niños. Negri y Hardt no están interesados en el «trabajo de las mujeres» como tal, ya sea remunerado o no, dentro o fuera de la casa, aunque podríamos describirlo como el mayor espacio común de «trabajo afectivo» del planeta. De la misma manera, parecen no ser conscientes de las masivas luchas, visibles e invisibles, que las mujeres han llevado a cabo contra el chantaje de la «afectividad», y que culminan en la lucha de las welfare mothers y del movimiento de liberación de las mujeres. Cuando se describen las revueltas de los trabajadores durante los años sesenta y setenta, que según su punto de vista condujeron a la reestructuración de la economía global, Negri y Hardt se centran exclusivamente en el proletariado industrial. Es en la masa proletaria de Fiat y de River Rouge en la que ellos reconocen la fuerza motriz del cambio del capital a una forma diferente de producción. En contraste, nada transpira en sus textos del rechazo de las mujeres, pese a que generalmente se ha reconocido que este ha sido la mayor y más transformadora revolución de nuestro tiempo. Como consecuencia de esta omisión se entiende que la teoría del TA no pueda explicar las dinámicas que dirigen la socialización de la reproducción y la nueva división internacional del trabajo reproductivo. Como hemos visto, Negri y Hardt hablan del trabajo derramándose desde las fábricas a la sociedad, haciendo caso omiso de la revolución doméstica que tuvo lugar durante los años sesenta y setenta, que volcó gran cantidad de tareas que antiguamente se realizaban en el hogar al mercado laboral. También obvian el hecho de que más que emerger con la producción, el trabajo reproductivo, tal y como se reconfi guró en la era postfordista, se ha volcado en gran medida sobre las espaldas de las mujeres inmigrantes.
De hecho, tanto el TA como la producción biopolítica no pueden responder a las cuestiones clave de la vida de las mujeres a día de hoy: la crisis a la que las mujeres se están enfrentando al tratar de reconciliar el trabajo remunerado con la reproducción, además del hecho de que la reproducción social aún recae sobre el trabajo no remunerado de las mujeres, ya que la misma cantidad de trabajo que se ha extraído del hogar es la que ha vuelto a él como consecuencia de los recortes en sanidad, en cuidados hospitalarios y de la reducción del pequeño comercio, debido también a la expansión (mundial) del trabajo doméstico, pero por encima de todo a la continuidad del hogar como un imán que atrae el trabajo impagado o mal pagado.
Visto todo lo anterior, podemos trazar algunas conclusiones preliminares. La generalización del trabajo afectivo, es decir, su diseminación sobre cada forma de trabajo, nos lleva a una situación prefeminista, donde no solo la especifi cidad sino la misma existencia del trabajo reproductivo de las mujeres y la lucha que estas llevan a cabo en este terreno se vuelven invisibles de nuevo.
El trabajo afectivo en la literatura feminista
Mientras que en el pensamiento de Negri y Hardt el TA representa una característica general del trabajo en la era postfordista, entre las estudiosas feministas el concepto ha proporcionado una herramienta de análisis para la exploración de nuevas formas de explotación laboral (mayoritariamente femeninas), así como para el análisis de los nuevos modos de subjetividad y de proyectualidad, estimulando la investigación empírica sobre los cambios sufridos por el trabajo reproductivo y sus sujetos al entrar en la esfera pública/ mercantil. Estos análisis, en la forma de casos de estudio de las actividades reproductivas en el sector servicios, sin embargo, no han apoyado las teorías de Negri y Hardt de la «hipótesis de la autonomía». Comparado con la cadena de montaje, el «trabajo afectivo» puede aparecer como más creativo, ya que los trabajadores deben enrolarse en una constante rearticulación/reinvención de su propia subjetividad, elegir cuánto de «sí mismos» quieren ceder al trabajo, e intervenir en confl ictos de interés. Pero deben hacer esto bajo la presión de las condiciones de un trabajo precario, un intenso ritmo y una racionalización y regimentación neotaylorista del trabajo que solo hubiésemos creído posible en el anterior régimen fordista.
Las contradicciones a las que se enfrentan los trabajadores cuando las relaciones laborales se transforman en «afectivas» y subjetivizadas están bien documentadas en las investigaciones desarrolladas por Emma Dowling, Kristin Carls, Elizabeth Wissinger y Allison Hearn (entre otras) sobre el TA en el trabajo de camarera, de dependienta en una tienda de una gran superfi cie, de modelo o en la promoción de la «marca personal» en programas de televisión (respectivamente). Cada una de ellas proporciona una fascinante descripción de lo que implica poner la propia subjetividad, la personalidad y los afectos en la esfera del trabajo asalariado bajo condiciones de creciente competitividad, y de la cada vez mayor capacidad de supervisión tecnológica por parte de los empresarios. Dowling, por ejemplo, señala que no solo estaba aleccionada (como camarera en un restaurante exclusivo en Londres) para situar los elementos «afectivos» (conversación, entretenimiento, valorización del cliente) en el centro de su servicio para proporcionar una «experiencia gastronómica», sino que para ello tenía que hacerlo de acuerdo a unas directrices codifi cadas y altamente estructuradas «meticulosamente detalladas en una “secuencia de servicio” establecida en 25 puntos, que especifi caban a qué distancia tenía que establecerse el contacto visual, cómo estrechar las manos y cuán fuerte debía hacerse».
También Carls afi rma, esta vez en relación a la industria de venta al detalle, que más que abrir nuevas posibilidades de cooperación y de «apropiación colectiva de las condiciones laborales», la creciente focalización en el afecto es un mecanismo central y una estrategia para el control laboral. En un contexto laboral caracterizado por el recorte de gastos, la competitividad y una estricta regimentación del trabajo de todo tipo, desde los códigos de vestimenta a los descansos para ir al lavabo, todo es regulado y reforzado mediante múltiples formas de vigilancia; la focalización en el afecto y la interactividad en las relaciones entre trabajadores-gestores y trabajadores-clientes favorece la interiorización de los códigos de conducta y de la responsabilidad por el éxito en la consecución de los objetivos de la empresa, y la individualización de las prácticas laborales más que la solidaridad con otros trabajadores ―todas ellas dinámicas intensifi cadas por la precarización del trabajo y la permanente inseguridad respecto al futuro laboral.
La precariedad también emerge como un componente esencial de la disciplina laboral dentro de la obra de Elizabeth Wissinger en su análisis del trabajo afectivo dentro de la industria de la moda, y del trabajo de modelo en particular. Esta es una actividad en la que realmente la vida se difumina con el empleo, dado el continuo trabajo sobre el propio cuerpo y la percepción de la imagen propia mezclada con la proyectada, elementos básicos en la vida de una modelo. Pero la aparente autovalorización esconde altos niveles de trabajo no remunerado, y además hace que los trabajadores acaten tanto las promesas de recompensas constantemente aplazadas como un régimen que los identifi ca como totalmente prescindibles y por el cual pueden ser inmediatamente despedidos si dejan de ser «divertidos», «incluso antes de acabar el trabajo».
Por último, el análisis de Hearn sobre la promoción de la marca personal en los reality-shows desafía directamente la asunción de que el trabajo afectivo sea una actividad creativa o un vehículo para la expresión personal. Demuestra que, al extraerse de las emociones y la personalidad de los trabajadores, la imagen personal mostrada se encuentra cincelada por dictados específi cos y estructuras disciplinarias, y que la venta de la «subjetividad» y de las experiencias vitales es una estratagema de los gestores para reducir los costes de producción, al pretender que realmente no hay ningún tipo de trabajo envuelto en ello.
Podrían multiplicarse los ejemplos, pero obtendríamos resultados similares.
En resumen, más que ser una forma autónoma, autoorganizada, espontánea, productora de las formas elementales del comunismo, para los trabajadores del TA se trata de una experiencia mecánica, alienante, realizada bajo un mandato directo en el que son espiados y realmente medidos y cuantifi cados respecto a su capacidad para producir valor tanto como en cualquier otra forma de trabajo físico. También se trata de una forma de trabajo que genera un sentimiento más intenso de responsabilidad e incluso ocasionalmente de orgullo en los trabajadores, minando de esta manera cualquier potencial rebelión contra la injusticia sufrida.
Las anteriores descripciones acerca del TA pueden generalizarse. Pocas de las actividades laborales del TA crean lo común «internamente en el trabajo» y de forma «externa al capital» tal y como Negri y Hardt lo imaginan. Como señala Carls, «el desarrollo de la cooperación y de la agencia colectiva no es un proceso autónomo, inherente a la lógica de la reorganización postfordista del trabajo». Las relaciones que se dan entre camareras o dependientes y clientes, entre niñeras y los niños que cuidan, entre enfermeras o celadores y pacientes de los hospitales, no son productoras espontáneas de «lo común». En el puesto de trabajo neoliberal, donde la falta de personal hace que los acelerones estén a la orden del día y la precariedad genera altos niveles de inseguridad y ansiedad, el TA es más propicio a las tensiones y a los confl ictos que al descubrimiento de los comunes. De hecho es una ilusión creer que en un régimen laboral en el que las relaciones laborales están estructuradas en benefi cio de la acumulación, el trabajo pueda tener un carácter autónomo, estar autoorganizado y escapar a mediciones y cuantifi caciones.
Que el capitalismo no pueda «capturar» toda la energía/productividad del trabajo vivo no va en detrimento del hecho de que el trabajo subsumido bajo la lógica capitalista llega a la mente de los trabajadores, manipulando, distorsionando y estructurando nuestra propia alma. Esto se ve reconocido por Maurizio Lazzarato cuando atestigua que bajo la hegemonía del TI «la personalidad y la subjetividad de los trabajadores tienen que estar preparadas para organizarse y recibir órdenes». Hochschild estaría de acuerdo; esta autora ha detectado diferentes estrategias a las que recurren los trabajadores para dar respuesta a las técnicas que utilizan los gerentes empresariales para apropiarse de su energía emocional. Algunas personas les dan su alma, consagrando todo su ser al trabajo, haciendo de las preocupaciones de los clientes las suyas propias; otras se disocian totalmente del trabajo, «representando» mecánicamente el contenido afectivo del trabajo esperado de ellos; y también hay quien por su parte intenta navegar entre estos dos extremos. Pero seguro que en ningún caso es «lo común» lo que se produce, en un desarrollo automático inmanente al trabajo mismo. Poniéndolo en otros términos «lo común» no puede ser producido cuando tenemos que ofrecerles bebidas a los clientes sin importar sus posibles problemas de hígado o si debemos convencerles de comprar un vestido, un coche o unos muebles que puede que no sean capaces de pagar, sin escatimar en hincharles el ego, dando consejos y comentarios según prescripciones previas. De hecho, como ya se ha comentado, lo que aparece como «autonomía» es frecuentemente la interiorización de las necesidades del empresario.
De hecho, tal y como ejemplifi có perfectamente el azafato Steven Slater con su decisión de dejar de ser complaciente con sus clientes y abandonar su puesto de trabajo lanzándose por el tobogán de emergencia del avión, las luchas contra el TA existen, y probablemente uno de los principales límites de la teoría de Negri y Hardt es haber ignorado esta realidad.
Y sin embargo este error no es casual. La insistencia de Negri y Hardt en defi nir la afectividad primordialmente como cooperativa, autoorganizada e interactiva descarta el reconocimiento de las relaciones antagonistas que son constitutivas de este trabajo. También excluye la elaboración de estrategias que permitan a los trabajadores afectivos superar el sentimiento de culpabilidad que acompaña al rechazo a efectuar un trabajo del que depende la reproducción de otras personas. Solo cuando consideramos el trabajo afectivo como trabajo reproductivo, en su doble y contradictoria función, como la reproducción de los seres humanos y simultáneamente como la reproducción de la fuerza de trabajo, podemos imaginar y plantear distintas maneras y formas de lucha y de rechazo que empoderen a los que cuidamos en vez de destruirlos. La lección dada por el movimiento feminista ha sido crucial a este respecto, ya que ha reconocido que el rechazo de las mujeres a la explotación y al chantaje emocional, que se encuentran tanto en el núcleo del trabajo doméstico no remunerado como en el trabajo de cuidados remunerado, a su vez libera a aquellos que dependen de este trabajo.
De todas maneras, este reconocimiento y el acercamiento estratégico al TA no es posible mientras que esta actividad no se presente como un trabajo organizado por y para el capital y se siga mostrando como una actividad que ya ejemplifi ca el tipo de trabajo que tendría lugar en una sociedad postcapitalista.
Conclusiones
Es signifi cativo que los análisis llevados a cabo bajo el enunciado de trabajo afectivo se hayan concentrado en las nuevas formas de trabajo de marketing y especialmente en el trabajo reproductivo mercantilizado (realizado en su mayoría por mujeres). Esto, por un lado, no es sorprendente; la mercantilización de muchas de las tareas reproductivas ha supuesto una de las principales novedades dentro de la nueva economía mundial, resultado también de las luchas y revueltas mantenidas por las mujeres contra el trabajo doméstico no remunerado durante los años ochenta y noventa. Por otro lado, esto se ha convertido en algo problemático, ya que la focalización en el trabajo reproductivo mercantilizado se arriesga a ocultar los archipiélagos de actividades no remuneradas que aún se llevan a cabo en los hogares y los efectos que esto tiene en la posición de las mujeres también como trabajadoras asalariadas. Aún más importante, el estrés dominante en el trabajo mercantil y (según la visión de Negri y de Hardt) el colapso de las distinciones entre producción y reproducción, asalariado y no asalariado, amenaza con ocultar un factor fundamental en la naturaleza del capitalismo: la acumulación capitalista se alimenta de la inmensa cantidad de trabajo no remunerado, y por encima de todo, sobre la devaluación sistemática del trabajo reproductivo, lo que se traduce en la desvalorización de grandes sectores del mundo proletario, hecho que obligaron a reconocer las luchas de los no asalariados durante los años sesenta. Este reconocimiento corre el riesgo de perderse cuando el «trabajo afectivo» se convierte en el prisma exclusivo a través del cual leemos la reestructuración de la reproducción o se transforma en el indicador de una visión global donde las distinciones entre trabajo productivo y reproductivo, asalariado o no asalariado se obliteran totalmente.


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