Clajadep :: Red de divulgación e intercambios sobre autonomía y poder popular

Imprimir

Memorias de una joven formal II

Simone de Beauvoir :: 07.03.19

Tercera, cuarta parte y final de la obra completa

TERCERA PARTE

SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL

Inaugur? mi nueva existencia subiendo la escalera de la biblioteca Sainte-Genevi?ve. Me sent? en el
sector reservado a las lectoras ante una gran mesa cubierta como las del curso D?sir, de lustrina negra,
y me hund? en La comedia humana o en Las memorias de un hombre de calidad. Frente a m?, a la
sombra de un gran sombrero cargado de p?jaros, una se?orita de edad madura hojeaba viejos n?meros
del Journal Officiel: hablaba a media voz y re?a. En esa ?poca la entrada de la sala era libre; muchos
mani?ticos y semi atorrantes se refugiaban en ella; monologaban, canturreaban, mordisqueaban
cortezas de pan; hab?a uno que iba y ven?a tocado por un sombrero de papel. Yo me sent?a muy lejos
de la sala de estudios del curso; por fin me hab?a lanzado en la batalla humana. ??Ya ocurri?: ya soy
una estudiante!?, me dec?a alegremente. Llevaba un vestido escoc?s cuyo dobladillo yo misma hab?a
cosido, pero nuevo, hecho a mi medida; compulsando los cat?logos, yendo y viniendo, ajetre?ndome,
me parec?a que mi aspecto era encantador.
Hab?a ese a?o en el programa Lucrecio, Juvenal, el Heptamer?n, Diderot; si hubiera seguido siendo
tan ignorante como lo hab?an deseado mis padres, el choque habr?a sido brutal: lo advirtieron. Una
tarde cuando yo estaba en el escritorio, mi madre se sent? frente a m?; vacil?, se ruboriz?: ?Hay ciertas
cosas que tienes que saber?, dijo. Yo tambi?n me ruboric?: ?Ya las s??, dije r?pidamente. Ella no tuvo
la curiosidad de informarse de mis fuentes: para nuestro com?n alivio la conversaci?n se plant? all?.
Algunos d?as despu?s me llam? a su cuarto; me pregunt? con cierta molestia ?en qu? estaba desde el
punto de vista religioso?. Mi coraz?n se puso a latir con fuerza: ?Y bueno ?le dije?, hace tiempo que
ya no creo m?s.? Su rostro se descompuso. ??Mi pobrecita!?, dijo. Cerr? la puerta para que mi hermana
no oyera el resto de nuestra conversaci?n. Con voz implorante, esboz? una demostraci?n de la
existencia de Dios, luego tuvo un gesto de impotencia y call? con los ojos llenos de l?grimas. Lament?
haberle hecho da?o, pero me sent? muy aliviada: por fin iba a poder vivir sin m?scara.
Una noche, al bajar del ?mnibus S, vi en la calle el auto de Jacques: hac?a unos meses que ten?a un
autito. Sub? la escalera de dos en dos. Jacques ven?a a vernos menos a menudo que antes; mis padres
no le perdonaban sus gustos literarios y sin duda sus sarcasmos lo fastidiaban. Mi padre reservaba el
monopolio del talento a los ?dolos de su juventud; seg?n ?l el ?xito de los autores extranjeros y de los
autores modernos s?lo se explicaba por el esnobismo. Para ?l, Alphonse Daudet era mil veces superior
a Dickens; cuando le hablaban de una novela rusa se encog?a de hombros. Un alumno del conservatorio, que ensayaba con ?l una pieza de Jeannot titulada La vuelta a la tierra, declaro un d?a con ?mpetu:
??Hay que inclinarse ante Ibsen!? Mi padre lanz? una carcajada: ??Pues yo no me inclino!? Inglesas,
eslavas, n?rdicas, todas las obras del otro lado de la frontera le parec?an aburridas, nebulosas y pueriles. En cuanto a los escritores y a los pintores de vanguardia especulaban c?nicamente con la tonter?a
humana. Mi padre apreciaba la naturalidad de ciertos j?venes actores: Gaby Morlay, Fresnay,
Blanchard, Charles Boyer. Pero consideraba ociosas las b?squedas de Copeau, de Dullin, de Jouvet, y
aborrec?a a los Pitoeff, esos gringos. Consideraba que quienes no compart?an sus opiniones eran malos
franceses. Por eso Jacques esquivaba las discusiones; conversador, seductor, bromeaba con mi padre,
cortejaba risue?amente a mi madre y ten?a buen cuidado de no hablar de nada. Yo lo lamentaba porque
cuando por casualidad se descubr?a, dec?a cosas que me intrigaban, que me interesaban; no lo
encontraba nada presuntuoso; sobre el mundo, los hombres, la pintura, la literatura, sab?a mucho m?s
que yo: yo hubiera querido que me permitiera sacar provecho de su experiencia. Aquella noche, como
de costumbre, me trat? como una prima menor; pero hab?a tanta gentileza en su voz, en sus sonrisas,
que me sent? feliz simplemente por haber vuelto a verlo. Con la cabeza hundida en la almohada sent?
que los ojos se me llenaban de l?grimas. ?Lloro, luego amo?, me dije deslumbrada. Diecisiete a?os:
era la edad.
Entrev? un medio de forzar la estima de Jacques. ?l conoc?a a Robert Garric que dictaba el curso de
literatura francesa en el instituto Sainte-Marie. Garric hab?a fundado y dirig?a un movimiento, los
90
91 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
Equipos sociales, que se propon?a extender la cultura en las capas populares: Jacques pertenec?a a su
equipo y lo admiraba. Si yo lograba hacerme distinguir por mi nuevo profesor, si ?l alababa mis
m?ritos ante Jacques, quiz? ?ste dejara de considerarme como a una colegiala insignificante. Garric
ten?a un poco m?s de treinta a?os; rubio, ligeramente calvo, ten?a una voz alegre y un leve acento de
Auvernia; sus explicaciones de Ronsard me deslumbraron. Puse especial cuidado en mi primera
disertaci?n, pero s?lo una monja dominica, que segu?a los cursos vestida de civil, recibi? las
felicitaciones; apenas nos destac?bamos Zaza y yo del resto de la clase con una onza de indulgencia.
Th?r?se ven?a mucho m?s atr?s.
El nivel intelectual de Sainte-Marie era mucho m?s elevado que el del curso D?sir. La se?orita
Lambert, que dirig?a la secci?n superior, me inspir? respeto. Profesora de filosof?a, de unos treinta y
cinco a?os de edad, llevaba un flequillo negro que endurec?a su rostro donde brillaban ojos azules, de
mirada incisiva. Pero yo no la ve?a nunca. Debutaba en griego, advert? que no sab?a nada de lat?n: mis
profesores me ignoraban. En cuanto a mis nuevas condisc?pulas no me parecieron m?s alegres que las
anteriores. Eran alojadas e instruidas gratuitamente; en cambio, se ocupaban de la ense?anza y de las
disciplina de las clases secundarias. La mayor?a, ya casi solteronas, pensaban con amargura que no se
casar?an nunca; la ?nica posibilidad que ten?an de vivir decentemente era triunfar en sus ex?menes: esa
preocupaci?n las obsesionaba. Trat? de conversar con algunas de ellas pero no ten?an nada que
decirme.
En noviembre empec? a preparar matem?ticas generales en el instituto cat?lico: las mujeres se
sentaban en las primeras filas, los varones en las ?ltimas; les encontr? a todos una misma cara tupida.
En la Sorbona, los cursos de literatura me aburrieron; los profesores se contentaban con repetir con
voz blanda lo que antes hab?an escrito en su tesis del doctorado; Fortunat Strowski nos contaba las
piezas de teatro a las que hab?a asistido durante la semana: su labia cansada me aburri? pronto. Para
consolarme observaba a los estudiantes, los estudiantes sentados a mi alrededor en los bancos de los
anfiteatros: algunos me intrigaban, me atra?an; a la salida sol?a seguir largo rato con los ojos a una
desconocida cuya elegancia o gracia me asombraba: ?a qui?n iba a ofrecerle la sonrisa pintada sobre
sus labios? Rozada por esas vidas extra?as recobraba la ?ntima y oscura felicidad que hab?a conocido
de ni?a en el balc?n del Bulevar Raspail. Pero no me atrev?a a hablar con nadie y nadie me hablaba.
Abuelito muri? al final del oto?o despu?s de una interminable agon?a; mi madre se envolvi? en
crespones e hizo te?ir mi ropa de negro. Esa librea f?nebre me afeaba, me aislaba y me pareci? que me
condenaba definitivamente a una austeridad que empezaba a pesarme. En el Bulevar Saint Michel los
muchachos y las chicas se paseaban en grupos, re?an; iban al caf?, al teatro, al cine. Yo, cuando hab?a
le?do tesis durante todo el d?a y traducido a Catulo, de noche hac?a problemas. Mis padres romp?an con
las costumbres orient?ndome no hacia el casamiento sino hacia una carrera; sin embargo, en la vida
cotidiana segu?an someti?ndome; ni pensar en dejarme salir sola, sin ellos, ni en evitarme obligaciones
de familia.
El a?o anterior mi principal distracci?n hab?an sido mis encuentros con mis amigas, nuestras
charlas; ahora, salvo Zaza, me hastiaban. Asist? tres o cuatro veces al c?rculo de estudios donde se
reun?an bajo la presidencia del abate Tr?court, pero la op
92 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
m?s cercano, la puerta se abrir?a: la hab?a traspuesto y segu?a encerrada. ?Qu? decepci?n! Ya ninguna
esperanza precisa me sosten?a: esta prisi?n no ten?a barrotes, yo no pod?a entrever salida. Quiz? hab?a
una, pero ?d?nde? y ?cu?ndo la encontrar?a? Todas las noches bajaba el tacho de basura; mientras
vaciaba en el tacho com?n las c?scaras, las cenizas, los papeles viejos, interrogaba al cuadrado de cielo
sobre el patio; me deten?a a la entrada del edificio; los escaparates brillaban, los autos se deslizaban
sobre la calzada, los transe?ntes pasaban; afuera la noche viv?a. Yo volv?a a subir la escalera,
apretando con repugnancia el asa un poco grasienta del tacho de la basura. Cuando mis padres sal?an a
comer yo me precipitaba a la calle con mi hermana: rond?bamos sin derrotero, tratando de asir un eco,
un reflejo de las grandes fiestas de que est?bamos excluidas.
Lo que me hac?a soportar peor mi cautiverio era que no estaba a gusto en casa. Alzando los ojos al
cielo mi madre rogaba por mi alma; aqu? abajo gem?a por mis extrav?os: toda comunicaci?n estaba
cortada entre nosotras. Al menos conoc?a las razones de su desaz?n. Las reticencias de mi padre me
asombraban y me dol?an m?s. Hubiera debido interesarse en mis esfuerzos y en mis progresos,
hablarme amistosamente de los autores que yo estudiaba: s?lo me demostraba indiferencia y hasta una
vaga hostilidad. Mi prima Jeanne era poco dotada para los estudios, pero muy sonriente y muy cort?s;
mi padre repet?a a quien quer?a o?rlo que su hermano ten?a una hija deliciosa, y suspiraba. Yo estaba
despechada. No sospechaba el malentendido que nos separaba y que deb?a pesar mucho sobre mi
juventud.
En mi medio se consideraba entonces incongruente que una mujer siguiera estudios serios; aprender
un oficio era decaer. Por supuesto mi padre era vigorosamente antifeminista; se deleitaba, ya lo he
dicho, con las novelas de Colett? Yver; estimaba que el lugar de la mujer est? en el hogar y en los salones. Naturalmente admiraba el estilo de Colette, el talento esc?nico de Simone; pero como apreciaba
la belleza de las grandes cortesanas: a distancia; no las hubiera recibido bajo su techo. Antes de la
guerra el porvenir le sonre?a; esperaba hace una carrera pr?spera, especulaciones felices, y casarnos a
mi hermana y a m? en la alta sociedad. Para brillar en ella consideraba que una mujer no s?lo deb?a
tener belleza, elegancia, sino tambi?n conversaci?n, lecturas, por eso se alegr? de mis primeros ?xitos
escolares: f?sicamente yo promet?a; si era adem?s inteligente y cultivada ocupar?a con brillo mi lugar
en la mejor sociedad. Pero si bien le gustaban las mujeres brillantes, no sent?a el menor gusto por las
pedantes. Cuando declar?: ?Ustedes, chicas, no se casar?n, tendr?n que trabajar?, hab?a amargura en su
voz. Yo cre?a que nos compadec?a a nosotras; pero no, en nuestro laborioso porvenir Ve?a su propia
decadencia; recriminaba contra el destino injusto que lo condenaba a tener hijas al margen de la
sociedad.
Mi padre ced?a a la necesidad. La guerra hab?a pasado y lo hab?a arruinado, barriendo sus sue?os,
sus mitos, sus justificaciones, sus esperanzas. Yo me equivocaba cuando lo cre?a resignado; no ces? de
protestar contra su nueva condici?n. Apreciaba por encima de todo la buena educaci?n y las buenas
maneras. Sin embargo, cuando me encontraba con ?l en un restaurante, un subterr?neo, un tren, me
sent?a molesta por su manera de alzar la voz, su gesticulaci?n, su brutal indiferencia por la opini?n de
sus vecinos; manifestaba con ese exhibicionismo agresivo que no pertenec?a a su especie. En la ?poca
en que viajaba en primera empleaba su cortes?a refinada para mostrar qui?n era; en tercera lo
demostraba negando las reglas elementales de la educaci?n. Casi en todas partes afectaba una actitud a
la vez azorada y provocante que significaba que su verdadero lugar no estaba all?. En las trincheras
hab?a hablado naturalmente el mismo lenguaje que sus camaradas; nos cont?, divertido, que uno de
ellos hab?a declarado; ?Cuando Beauvoir dice mierda, se convierte en una palabra distinguida.? Para
probarse su distinci?n se puso a decir mierda cada vez m?s a menudo. Como ya no frecuentaba sino a
personas que juzgaba ?vulgares? insist?a sobre esa vulgaridad; como ya no era reconocido por sus
92
93 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
pares sinti? un agrio placer en hacerse juzgar mal por sus inferiores. En raras oportunidades ?cuando
?bamos al teatro y que su amigo del Od?on lo presentaba a una actriz conocida? recobraba todas sus
gracias mundanas. El resto del tiempo se aplicaba tanto en parecer trivial que al final, nadie salvo ?l,
pudo pensar que no lo era.
En casa gem?a sobre la dureza de los tiempos; cada vez que mi madre le ped?a dinero para la casa
hac?a un esc?ndalo; se quejaba particularmente de los sacrificios que le costaban sus hijas; ten?amos la
impresi?n de habernos impuesto indiscretamente a su caridad. Si me reproch? con tanta impaciencia la
falta de gracia de mi edad ingrata fue porque sent?a rencor contra m?. Yo ya no era solamente un fardo:
iba a convertirme en la encarnaci?n viviente de su fracaso. Las hijas de sus amigos, de su hermana, de
su hermano, ser?an se?oras: yo no. Por supuesto cuando pas? mis bachilleratos se alegr? de mis ?xitos:
lo halagaban y le evitaban muchas preocupaciones: no me costar?a ganarme la vida. No comprend?
que, en su satisfacci?n se mezclaba un ?spero despecho.
??Qu? l?stima que Simone no sea un var?n: hubiera entrado en el Polit?cnico!? Yo hab?a o?do a
menudo a mis padres expresar ese lamento. Un polit?cnico era alguien para ellos. Pero mi sexo les
prohib?a alimentar tan altas ambiciones y me destin? prudentemente a la administraci?n; sin embargo,
aborrec?a a los funcionarios, esos devoradores del presupuesto, y me dec?a con resentimiento: ??T?, al
menos, tendr?s una jubilaci?n!? Yo agravaba mi caso optando por la ense?anza; pr?cticamente
aprobaba mi elecci?n, pero estaba lejos de aprobarla en el fondo del coraz?n. Despreciaba a todos los
profesores. Hab?a tenido como condisc?pulo a Stanislas Marcel Bouteron, gran especialista en Balzac;
hablaba de ?l con conmiseraci?n: le parec?a irrisorio que alguien gastara su vida en polvorientos
trabajos de erudici?n. Alimentaba contra los profesores agravios m?s serios; pertenec?an a la peligrosa
secta que hab?a sostenido a Dreyfus: los intelectuales. Ebrios de su ciencia libresca, empecinados en su
orgullo abstracto y en sus vanas pretensiones al universalismo, ?stos sacrificaban las realidades
concretas ?pa?s, raza, casta, familia, patria? a las tilinguer?as por las cuales estaban muriendo Francia y
la civilizaci?n: los Derechos del hombre, el pacifismo, el internacionalismo, el socialismo. Si yo
compart?a esa condici?n ?no ir?a a adoptar esas ideas? Mi padre fue perspicaz: enseguida le result?
sospechosa. M?s adelante me asombr? de que en vez de guiar prudentemente a mi hermana por el
mismo camino que yo prefiriera para ella lo aleatorio de una carrera art?stica: no soport? arrojar a sus
dos hijas en el bando enemigo.
Ma?ana yo traicionar?a a mi clase y renegar?a de mi sexo; mi padre tampoco se resignaba a eso:
ten?a el culto de la doncella, la verdadera. Mi prima Jeanne encarnaba ese ideal: todav?a cre?a que los
chicos nac?an en los repollos. Mi padre hab?a tratado de preservar mi ignorancia; antes dec?a que aun
cuando yo tuviera dieciocho a?os me prohibir?a los Cuentos de Francois Copp?e; ahora aceptaba que
leyera cualquier cosa; pero no ve?a mucha distancia entre una joven informada y la Gargonne cuyo
retrato acababa de trazar un libro infame de V?ctor Marguerite. ?Si al menos yo hubiera salvado las
apariencias! Habr?a podido arregl?rselas con una hija excepcional a condici?n de que evitara
cuidadosamente ser ins?lita; yo no lo logr?. Hab?a salido de la edad ingrata, me miraba de nuevo con
agrado en los espejos; pero en sociedad hac?a mal papel. Mis amigas y la misma Zaza representaban
con desenvoltura su papel mundano; aparec?an el d?a de recibo de su madre, serv?an el t?, sonre?an,
dec?an amablemente nader?as; yo sonre?a mal, no sab?a atraer, ni ser ingeniosa ni hacer concesiones.
Mis padres me citaban como ejemplo a j?venes ?notablemente inteligentes? que, sin embargo,
brillaban en los salones. Yo me irritaba porque sab?a que su caso nada ten?a en com?n con el m?o: ellas
trabajaban como aficionadas mientras yo ya era una profesional. Ese a?o preparaba las licencias de
literatura, lat?n, matem?ticas generales y aprend?a el griego; yo misma hab?a elegido ese programa, la
dificultad me divert?a; pero precisamente para imponerme alegremente semejante esfuerzo era
necesario que el estudio no representara algo al margen de mi vida sino mi vida misma: las cosas de
93
94 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
que hablaban a mi alrededor no me interesaban. Yo no ten?a ideas subversivas; en verdad no ten?a
ninguna idea, sobre nada; pero todo el d?a me ejercitaba en reflexionar, en comprender, en criticar, me
interrogaba con precisi?n la verdad: ese escr?pulo me volv?a inepta a las conversaciones mundanas.
Despu?s de todo, aparte de los momentos en que aprobaba mis ex?menes, yo no hac?a honor a mi
padre; por eso le daba una enorme importancia a mis diplomas y me alentaba a acumularlos. Su
insistencia me convenci? de que estaba orgulloso de tener por hija a una mujer cerebral; al contrario:
s?lo los ?xitos extraordinarios pod?an conjurar la molestia que eso le causaba. Si yo afrontaba tres
licencias me convert?a en una especie de Inaudi, un fen?meno que escapaba de las normas habituales;
mi destino ya no reflejaba la decadencia de la familia sino que se explicaba por la extra?a fatalidad de
un don.
Evidentemente yo no me daba cuenta de la contradicci?n que divid?a a mi padre, pero no tard? en
sentir la de mi propia situaci?n. Me conformaba muy exactamente a sus voluntades: parec?a enojado;
me hab?a consagrado al estudio y me reprochaba que me lo pasara con la nariz sobre los libros.
Cualquiera hubiera podido creer al verlo tan taciturno que yo hab?a elegido contra su voluntad ese
camino que ?l en verdad hab?a elegido para m?. Yo me preguntaba de qu? era culpable; no me sent?a a
gusto en mi pellejo y ten?a el coraz?n lleno de rencor.
Para m? el mejor momento de la semana era el curso de Garric. Yo lo admiraba cada vez m?s.
Dec?an en Sainte-M?rie que, hubiera podido hacer una carrera brillante en la Universidad; pero no
ten?a ninguna ambici?n personal; ni siquiera se ocupaba de terminar su tesis y se dedicaba en cuerpo y
alma a sus Equipos; viv?a como un asceta en un edificio popular de Belleville. Daba bastante a
menudo conferencias de propaganda y por intermedio de Jacques fui admitida con mi madre a una de
ellas; Jacques nos introdujo en unas salas lujosas donde hab?an instalado hileras de sillas rojas de
respaldos dorados; nos hizo sentar y se fue a dar apretones de mano: parec?a conocer a todo el mundo;
?c?mo lo envidi?! Hac?a calor, me ahogaba en mi ropa de luto y no conoc?a a nadie. Garric apareci?;
olvid? todo y hasta a m? misma; la autoridad de su voz me subyug?. A los veinte a?os, nos explic?,
hab?a descubierto en las trincheras las alegr?as de una camarader?a que suprim?a las barreras sociales;
no acept? verse privado de ella despu?s de que el armisticio lo hubiera devuelto a sus estudios; esa
segregaci?n que en la vida civil separa a los j?venes burgueses de los j?venes obreros, la sinti? como
una mutilaci?n; adem?s estimaba que todo el mundo ten?a derecho a la cultura. Cre?a en la verdad de
ese pensamiento expresado por Lyautey en uno de sus discursos marroqu?es: m?s all? de todas las
diferencias existe siempre entre los hombres un com?n denominador. Sobre esa base decidi? crear
entre estudiantes e hijos del pueblo un sistema de intercambio que arrancar?a a los primeros de su
soledad ego?sta, a los otros de su ignorancia. Aprendiendo a conocerse y ? quererse trabajar?an juntos
en la reconciliaci?n de las clases. Pues no es posible, afirm? Garric, en medio de los aplausos, que el
progreso social salga de una lucha cuyo fermento es el odio: s?lo podr? alcanzarse a trav?s de la
amistad. Se hab?an unido a su programa algunos camaradas que lo ayudaron a organizar en Reuilly un
primer centro cultural. Obtuvieron apoyos, subsidios y el movimiento se ampli?; ahora agrupaba a
trav?s de toda Francia a unos diez mil adherentes, varones y mujeres y mil doscientos que ense?aban.
Garric era personalmente un cat?lico convencido, pero no se propon?a ning?n apostolado religioso;
entre sus colaboradores hab?a ateos; consideraba que los hombres tienen que ayudarse en un plano
humano. Concluy? con una voz vibrante que el pueblo es bueno cuando lo tratan bien; neg?ndose a
tenderle la mano, la burgues?a cometer?a un error fatal cuyas consecuencias caer?an sobre ella. Yo
beb?a sus palabras; no desarreglaban mi universo, no implicaban ninguna negaci?n de m? misma, y sin
embargo, sonaban en mis o?dos con un sonido totalmente nuevo. Sin duda a mi alrededor predicaban
la abnegaci?n, pero le se?alaban como l?mites el c?rculo familiar: fuera de ah?, nadie era un pr?jimo.
94
95 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
Los obreros en particular pertenec?an a una especie tan peligrosamente extra?a como los alemanes y
los bolcheviques. Garric hab?a barrido esas fronteras, s?lo exist?a sobre la tierra una inmensa
comunidad en la cual todos los miembros eran mis hermanos. Negar todos los l?mites y todas las
separaciones, salir de mi clase, salir de mi pellejo; esa voz de orden me electriz?. No imaginaba que
uno pudiera servir m?s eficazmente a la humanidad que dispens?ndole luces, belleza. Me promet?
afiliarme a los ?equipos?. Pero sobre todo contemplaba maravillada el ejemplo que me daba Garric.
Por fin encontraba a un hombre que en vez de soportar un destino hab?a elegido su vida; dotada de una
meta, de un sentido, su existencia encarnaba una idea y ten?a la soberbia necesidad. Ese rostro
modesto, de clara sonrisa, pero sin belleza, era el de un h?roe, de un superhombre.
Volv? a casa exaltada: me estaba sacando, en la entrada, mi abrigo y mi sombrero negros cuando me
qued? repentinamente inm?vil; los ojos clavados en la alfombra gastada o? dentro de m? una voz
imperiosa: ??Es necesario que mi vida sirva! ?Es necesario que en mi vida todo sirva!? Una evidencia
me petrificaba; me esperaban tareas infinitas, era enteramente exigida; si me permit?a el menor
derroche traicionaba mi misi?n y perjudicaba a la humanidad. ?Todo servir??, me dije, con la garganta
anudada; era un juramento solemne y lo pronunci? con tanta emoci?n como si hubiera comprometido
irrevocablemente mi porvenir frente al cielo y a la tierra.
Nunca me hab?a gustado perder el tiempo; me reprochaba, sin embargo, haber vivido en forma
aturdida y en adelante explot? minuciosamente cada instante. Dorm? menos; me vest?a de cualquier
manera; ni me miraba en el espejo: apenas me lavaba los dientes; no me limpiaba nunca las u?as. Me
prohib? las lecturas fr?volas, las conversaciones in?tiles, todas las diversiones; si no hubiese sido por la
oposici?n de mi madre habr?a renunciado a los partidos de tenis del s?bado por la ma?ana. Iba a la
mesa con un libro; aprend?a los verbos griegos, buscaba la soluci?n de un problema. Mi padre se irrit?,
me empecin?, y por fin cedi?, excedido. Cuando mi madre recib?a amigas me negaba a ir a la sala; a
veces ella se enojaba, yo ced?a; pero me quedaba sentada en el borde de la silla, apretando los dientes
con un aire tan furibundo que no tardaba en despedirme. En la familia y entre mis ?ntimos se
asombraban de mi abandono, de mi mutismo, de mi descortes?a; pronto me consideraron un monstruo.
Sin duda alguna, fue en gran parte por resentimiento que adopt? esa actitud; mis padres no me
encontraban de su agrado; me hice francamente odiosa. Mi madre me vest?a mal y mi padre me
reprochaba estar mal vestida: me convert? en una fregona. Ellos no trataban de comprenderme; me
hund? en el silencio y en la man?a, busqu? la opacidad total. Al mismo tiempo me defend?a contra el
aburrimiento. No estaba dotada para la resignaci?n: llevando al paroxismo la austeridad que me hab?a
ca?do en suerte hice de ella una vocaci?n; privada de placeres eleg? el ascetismo; en vez de arrastrarme
l?nguidamente a trav?s de la monoton?a de mis d?as marchaba hacia adelante, muda, la mirada fija,
tendida hacia una meta invisible. Me embrutec?a de trabajo y el cansancio me daba una impresi?n de
plenitud. Mis excesos tambi?n ten?an un sentido positivo. Hac?a tiempo que me hab?a prometido huir
de la atroz trivialidad cotidiana: el ejemplo de Garric transform? esa esperanza en una voluntad. Me
negu? a tener m?s paciencia: entr? sin m?s, en la ruta del hero?smo.
Cada vez que ve?a a Garric, renovaba mis votos. Sentada entre Th?r?se y Zaza, esperaba, la boca
seca, el instante de su aparici?n. La indiferencia de mis compa?eras me sorprend?a: me parec?a que
hubiera habido que o?r latir todos los corazones. Zaza no estimaba a Garric sin reserva; le fastidiaba
que llegara siempre tarde. ?La puntualidad es la cortes?a de los reyes?, escribi? un d?a sobre un
pizarr?n. ?l se sentaba, cruzaba las piernas bajo la mesa, descubriendo sus ligas color malva: ella
criticaba ese abandono. Yo no comprend?a que se detuviera en tales nader?as, pero me alegraba que as?
fuera; me hubiera costado soportar que otra recogiera con tanta emoci?n como yo las palabras y las
sonrisas de mi h?roe. Hubiera querido conocer todo de ?l. Mi infancia me hab?a entrenado en las
t?cnicas de la meditaci?n; las utilic? para tratar de representarme lo que llamaba, seg?n una expresi?n
95
96 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
suya, su paisaje interior; pero trabajaba sobre indicios muy pobres: sus cursos y las cr?ticas un poco
apresuradas que publicaba en la Revue des Jeunes; adem?s yo era demasiado ignorante para sacarles
partido. Hab?a un escritor que Garric citaba a menudo: P?guy; ?qui?n era? ?Qui?n era ese Gide de
quien una tarde, casi furtivamente y excusando su audacia con una sonrisa, hab?a pronunciado el
nombre? Despu?s de la clase entraba al despacho de la se?orita Lambert: ?qu? se dec?an? ?Ser?a yo un
d?a digna de conversar de igual a igual con Garric? Una o dos veces so??: ?Las chicas como t?, Hell?,
est?n hechas para ser las compa?eras de los h?roes.? Atravesaba la plaza San Sulpicio cuando
bruscamente esa profec?a fulgur? en la noche mojada. ?Marcelle Tinayre hab?a hecho m? hor?scopo.
Primeramente conmovida por un joven poeta rico y negligente, Hell? terminaba por rendirse ante las
virtudes de un ap?stol de gran coraz?n mucho mayor que ella. Los m?ritos de Garr? eclipsaban a mis
ojos el encanto de Jacques: ?habr?a encontrado mi destino? Manej? t?midamente ese presagio. Garric
estaba casado: era chocante. Dese? solamente existir un poco para ?l. Dobl? mis esfuerzos para ganar
su estima: lo logr?. Una disertaci?n sobre Ronsard, la explicaci?n del Soneto a Elena, una lecci?n
sobre d?Alembert, me valieron elogios embriagadores. Seguida por Zaza me puse a la cabeza de la
clase y Garric nos convenci? de que nos present?ramos en marzo al certificado de literatura.
Aun sin medir toda la violencia Zaza consideraba excesiva mi admiraci?n por Garric; ella estudiaba
sobriamente, sal?a un poco, consagraba mucho tiempo a su familia; no se apartaba de los viejos surcos;
no hab?a sido tocada por ese llamado al que yo respond?a con fanatismo: me apart? un poco de ella.
Despu?s de las vacaciones de Navidad, que ella hab?a pasado en el pa?s vasco, cay? en una extra?a
apat?a. Asist?a a los cursos la mirada muerta, no se re?a m?s, hablaba apenas; indiferente a su propia
vida, el inter?s que yo sent?a por la m?a no encontraba en ella ning?n eco: ?Lo ?nico que desear?a ser?a
dormirme y no despertarme nunca m?s?, me dijo un d?a. Yo no le di importancia. Zaza hab?a
atravesado a menudo crisis de pesimismo, atribu? ?sta al temor que le inspiraba el porvenir. Ese a?o de
estudios era para ella un respiro; el destino que tem?a se acercaba y probablemente no se sent?a con
fuerzas para resistirle, ni para resignarse a ?l: entonces aspiraba a la despreocupaci?n del sue?o. En mi
fuero ?ntimo le reproch? su derrotismo: ya implicaba, pens?, una abdicaci?n. Por su lado ella, en mi
optimismo, ve?a la prueba de mi adaptaci?n al orden establecido. Ambas separadas del mundo, Zaza
por su desesperaci?n y yo por una esperanza loca, no logr?bamos que nuestras soledades nos unieran:
al contrario, desconfi?bamos vagamente la una de la otra y el silencio crec?a entre nosotras.
Mi hermana era feliz ese a?o; preparaba su bachillerato brillantemente: en el curso D?sir le
sonre?an; ten?a una nueva amiga a quien quer?a mucho, se ocupaba moderadamente de m? y yo supon?a
que ella tambi?n ser?a en un porvenir cercano una burguesita tranquila. ?Poupette se casar??, dec?an
mis padres con confianza. Yo todav?a me encontraba a gusto con ella, pero de todas maneras no era
sino una chica; yo no le hablaba de nada.
Alguien hubiera podido ayudarme: Jacques. Yo renegaba de las l?grimas que una noche me hab?a
apresurado en verter: no, no lo quer?a; si quer?a a alguien, no era a ?l. Pero deseaba su amistad. Un d?a
en que fui a comer a casa de sus padres, en el momento de pasar a la mesa nos demoramos un
momento en el sal?n para decir cosas sin importancia. Mi madre me llam? al orden con su voz breve.
?Disc?lpanos ?le dijo Jacques con una sonrisita?, habl?bamos de La M?sica Interior de Charles
Maurras.? Com? mi sopa tristemente. ?C?mo hacerle saber que hab?a dejado de burlarme de las cosas
que no comprend?a? Si me hubiera explicado los poemas, los libros que le gustaban, yo lo habr?a
escuchado. ?Habl?bamos de La M?sica Interior?? A menudo me repet? esa frase saboreando su amargura donde asomaba un dejo de esperanza.
En marzo pas? brillantemente mi certificado de literatura, Garric me felicit?. La se?orita Lambert
me hizo ir a su escritorio, me escrut?, me mir? de hito en hito y me pronostic? un porvenir brillante.
Pocos d?as despu?s Jacques comi? en casa; antes de irse me llam? aparte: ?Vi a Garric anteayer; habla96
97 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
mos mucho de ti.? Con voz interesada me hizo algunas preguntas sobre mis estudios y mis proyectos.
?Ma?ana por la ma?ana te llevo a dar una vuelta por el Bois en auto?, concluy? inopinadamente. ?Qu?
tam-tam en mi coraz?n! Hab?a conseguido lo que buscaba. ?Jacques se interesaba en m?! Era una
hermosa ma?ana de primavera y yo andaba en auto sola con Jacques alrededor de los lagos. ?l se me
re?a en la cara: ??Te gustan las paradas bruscas??, y yo me iba de narices contra el parabrisas. ?Pero
entonces era posible a nuestra edad conocer todav?a alegr?as infantiles! Evocamos nuestra infancia:
Ch?teauvillain, la Astronom?a popular, el Viejo Charles y las latas que yo recog?a: ??C?mo te llev? por
la nariz, mi pobre Sim!?, me dijo alegremente. Yo tambi?n trat? de decirle mis dificultades y mis
problemas con frases entrecortadas: ?l meneaba gravemente la cabeza. Alrededor de las once me dej?
en el tenis de la calle Boulard y me sonri? con malicia: ?Sabes, dijo, se puede ser muy bien, aun siendo
licenciada.? La gente bien, la gente muy bien: ser admitido entre esos elegidos era la m?s alta
promoci?n. Atraves? la cancha de tenis con paso triunfal: algo hab?a ocurrido, algo hab?a empezado.
?Vengo del Bois de Boulogne?, anunci? orgullosamente a mis amigas. Cont? mi paseo con tanta
alegr?a e incoherencia que Zaza me examin? con una mirada sospechosa: ??Pero qu? le pasa esta
ma?ana?? Era feliz.
Cuando Jacques llam? a nuestra puerta la semana siguiente, mis padres hab?an salido; por lo
general, en ese caso chacoteaba con mi hermana y conmigo durante un ratito y luego se iba: se qued?.
Recit? un poema de Cocteau y me aconsej? varios libros; enumer? una cantidad de nombres que yo
nunca hab?a o?do y me recomend? en particular una novela que se llamaba, seg?n cre? comprender, El
Gran Mole. ?Pasa ma?ana a la tarde por casa, te prestar? libros?, me dijo al despedirse.
Elise, la vieja sirvienta, me recibi?: ?Jacques no est?, pero ha dejado en su cuarto cosas para usted.?
Hab?a borroneado unas palabras: ?Disc?lpame viejita y ll?vate los libros.? Encontr? sobre su escritorio
unos diez vol?menes de colores frescos de caramelos; los Montherlant eran verde pistache, un Cocteau
rojo frambuesa, los Barres amarillo lim?n, los Claudel, los Val?ry de una blancura de nieve realzada
de escarlata. A trav?s del papel transparente le? y rele? los t?tulos: El Potomak, Los alimentos
terrestres, El anuncio hecho a Mar?a, El para?so a la sombra de las espadas, De la sangre, de la
voluptuosidad y de la muerte. Muchos libros ya hab?an pasado entre mis manos, pero ?stos no
pertenec?an a la especie com?n; yo esperaba de ellos extraordinarias revelaciones. Casi me asombr?,
cuando los abr?, poder descifrar sin dificultad las palabras habituales.
Pero no me decepcionaron: qued? desconcertada, deslumbrada, transportada. Salvo las raras
excepciones que he se?alado, consideraba a las obras literarias como monumentos que exploraba con
m?s o menos inter?s, que a veces admiraba, pero que no me concern?an. De pronto hombres de carne y
de hueso me hablaban, de la boca al o?do, de ellos mismos y de m?; inspiraban aspiraciones,
indignaciones que yo no hab?a sabido formularme, pero que reconoc?a. Saque? Sainte-Genevi?ve: le?
Gide, Claudel, Jammes, la cabeza ardiente, las sienes latientes, ahog?ndome de emoci?n. Agot? la
biblioteca de Jacques; me abon? a la ?Casa de los amigos de los libros? donde tronaba en sayal gris
Adrienne Monnier: yo estaba tan hambrienta que no me contentaba con los dos vol?menes a los que
ten?a derecho; met?a clandestinamente m?s de media docena en mi portafolio; la dificultad era
reponerlos luego sobre los anaqueles y mucho temo no haberlos restituido todos. Cuando el tiempo
estaba lindo iba a leer al Luxemburgo, al sol, caminaba exaltada alrededor del estanque repiti?ndome
frases que me gustaban. A menudo me instalaba en la sala de trabajo del instituto cat?lico que me
ofrec?a a pocos pasos de casa un asilo silencioso. All?, sentada ante un pupitre negro entre piadosos
estudiantes y seminaristas de largas faldas, le?, los ojos ba?ados en l?grimas, la novela que Jacques
admiraba entre todas y que se llamaba no El Gran Mole sino El Gran Meaulnes. Me abismaba en la
lectura como antes en la oraci?n. La literatura tom? en mi existencia el lugar que hab?a ocupado la
religi?n: la invadi? por entero y la transfigur?. Los libros que me gustaban se convirtieron en una
97
98 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
Biblia de donde extra?a consejos y socorro; copiaba largos extractos; aprend? de memoria nuevos
c?nticos y nuevas letan?as, salmos, proverbios, profec?as y santifiqu? todas las circunstancias de mi
vida recit?ndome esos textos sagrados. Mis emociones, mis l?grimas, mis esperanzas no eran por eso
menos sinceras; las palabras y las cadencias, los versos, los vers?culos no me serv?an para fingir; pero
salvaban del silencio todas esas aventuras ?ntimas de las que no pod?a hablar con nadie: entre yo y las
almas hermanas que exist?an en alguna parte, fuera de mi alcance, creaban una especie de comuni?n;
en vez de vivir mi insignificante historia particular, participaba en una gran epopeya espiritual.
Durante meses me aliment? de literatura; pero era entonces la ?nica realidad a la cual me era posible
acceder.
Mis padres fruncieron el ce?o. Mi madre divid?a los libros en dos categor?as: los libros serios y las
novelas; consideraba a estas ?ltimas como una diversi?n, si no culpable al menos f?til, y me reproch?
que dilapidara con Mauriac, Radiguet, Giraudoux, Larbaud, Proust, horas que habr?a tenido que
emplear en instruirme sobre el Beluchist?n, la princesa de Lamballe, las costumbres de las anguilas, el
alma de la mujer o el secreto de las Pir?mides. Habiendo rozado con la mirada a mis autores favoritos
mi padre los juzg? presuntuosos, alambicados, barrocos, decadentes, inmorales; reproch? vivamente a
Jacques que me hubiera prestado entre otros a ?tienne de Marcel Arland. Ya no ten?an posibilidades
de censurar mis lecturas, pero a menudo se indignaban escandalizados. Esos ataques me irritaban. El
conflicto que se incubaba entre nosotros estall?.
Mi infancia, mi adolescencia hab?an transcurrido sin tropiezos: de un a?o al otro me reconoc?a. Me
pareci? de pronto que una ruptura definitiva acababa de producirse en mi vida; recordaba el curso
D?sir, el abate, mis camaradas, pero no comprend?a m?s nada de la tranquila colegiala que yo hab?a
sido unos meses antes; ahora me interesaba en mis estados de ?nimo mucho m?s que en el mundo
exterior. Me puse a llevar un diario ?ntimo; escrib? como exergo: ?Si alguien, quienquiera sea, lee estas
p?ginas, no se lo perdonar? jam?s. Har? as? una acci?n mala y fea. Ruego respetar esta advertencia
pese a su rid?cula solemnidad.? Adem?s tuve gran cuidado de ocultarlo a todas las miradas. Copiaba
pasajes de mis libros favoritos, me interrogaba, me analizaba, y me felicitaba de mi transformaci?n.
?En qu? consist?a exactamente? Mi diario lo explica mal; pasaba muchas cosas bajo silencio y me
faltaba perspectiva. Sin embargo, al releerlo algunos hechos me saltaron a la vista:
?Estoy sola. Uno siempre est? solo. Siempre estar? sola.? Encuentro ese leitmotiv de un extremo al
otro del cuaderno. Nunca hab?a pensado eso. ?Soy otra?, me dec?a a veces con orgullo; pero ve?a en
mis diferencias la prueba de una superioridad que alg?n d?a todo el mundo reconocer?a. No ten?a nada
de una rebelde: quer?a ser alguien, hacer algo, perseguir sin fin la ascensi?n comenzada desde mi
nacimiento; necesitaba por lo tanto arrancarme de los viejos surcos, de las rutinas; pero cre?a posible
superar la mediocridad burguesa sin apartarme de la burgues?a. Supon?a que su devoci?n por los valores universales era sincera; me cre?a autorizada a liquidar tradiciones, costumbres, prejuicios, todos los
particularismos, en provecho de la raz?n, del bien, d? lo bello, del progreso. Si acertaba una vida, una
obra que hicieran bien a la humanidad, me felicitar?an por haber pisoteado el conformismo; como a la
se?orita Zanta me aceptar?an, me admirar?an. Descubr? brutalmente que me hab?a equivocado, lejos de
admirarme no me aceptaban; en vez de tejerme coronas me repudiaban. La angustia me invadi?
porque comprend? que repudiaban en m? m?s que mi actitud actual el porvenir hacia ?l cual me dirig?a:
ese ostracismo no tendr?a fin. No imaginaba que existieran medios diferentes del m?o; algunos
individuos aqu? o all? emerg?an de la masa; pero yo no ten?a ninguna posibilidad de encontrar a alguno
de ellos; aun si me hac?a uno o dos amigos no me consolar?an del exilio de que ya sufr?a; siempre
hab?a sido muy mimada, rodeada, estimada, me gustaba que me quisieran; la severidad de mi destino
me asust?.
98
99 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
Me fue anunciada por mi padre; yo hab?a contado con su apoyo, su simpat?a, su aprobaci?n: me
decepcion? profundamente que me las negara. Hab?a mucha distancia entre mis miras ambiciosas y su
escepticismo triste; su moral exig?a el respeto de las instituciones; en cuanto a los individuos no ten?an
nada que hacer sobre la tierra salvo evitar los disgustos y gozar lo mejor posible de la existencia. Mi
padre repet?a a menudo que hay que tener un ideal y detest?ndolos envidiaba a los italianos porque
Mussolini les proporcionaba uno: sin embargo, no me propon?a ninguno. Pero yo no le ped?a tanto.
Dada mi edad y las circunstancias encontraba su actitud normal y me parec?a que hab?a podido
comprender la m?a. Sobre muchos puntos ?la Sociedad de las Naciones, el programa de la izquierda, la
guerra de Marruecos? yo no ten?a ninguna opini?n y acataba todo lo que ?l dec?a. Nuestros
desacuerdos me parec?an tan benignos que al principio no hice ning?n esfuerzo por atenuarlos.
Mi padre consideraba a Anatole France el escritor m?s grande del siglo; me hab?a hecho leer al final
de las vacaciones El lirio rojo y Los dioses tienen sed. Yo me hab?a mostrado poco entusiasmada.
Insisti? y me regal? cuando cumpl? dieciocho a?os los cuatro vol?menes de La Vida, literaria. El
hedonismo de France me indign?. S?lo buscaba en el arte placeres ego?stas: ?qu? bajeza!, pens?.
Despreciaba tambi?n la trivialidad de las novelas de Maupassant que mi padre consideraba obras
maestras. Se lo dije cort?smente pero ?l se enoj?: sent?a que mis rechazos pon?an muchas cosas en tela
de juicio. Se enoj? m?s seriamente cuando ataqu? ciertas tradiciones. Yo soportaba con impaciencia
los almuerzos, las comidas que varias veces por a?o reun?an en casa de una u otra prima a toda la
parentela; s?lo los sentimientos importan, afirm?, y no los azares de las alianzas y de la sangre; mi
padre ten?a el culto de la familia y empez? a pensar que me faltaba coraz?n. Yo no aceptaba su
concepci?n del casamiento; menos austero que los Mabille, conced?a bastante lugar al amor; pero yo
no separaba el amor de la amistad: ?l no ve?a nada com?n entre esos dos sentimientos. Yo no admit?a
que uno de los dos c?nyuges ?enga?ara? al otro: si ya no se conven?an deb?an separarse. Me irritaba
cuando mi padre autorizaba al marido a ?dar algunos cortes en el contrato?. No era feminista en la
medida en que no me ocupaba de pol?tica: me importaba un bledo el derecho al voto. Pero a mis ojos
hombres y mujeres ten?an los mismos t?tulos y exig?a entre ellos una exacta reciprocidad. La actitud de
mi padre respecto al ?bello sexo? me her?a. En conjunto la frivolidad de los l?os, de los amores, de los
adulterios burgueses me asqueaba. Mi t?o Gast?n me llev? con mi hermana y mi prima a ver una
inocente ?pera de Miranda: Apasionadamente; al volver expres? mi repugnancia con un vigor que
sorprendi? mucho a mis padres; sin embargo, yo le?a a Gide y a Proust sin pesta?ear; la moral sexual
corriente me escandalizaba a la vez por sus indulgencias y por sus severidades. Me enter? con estupor
leyendo una noticia de polic?a que el aborto era un delito; lo que ocurr?a en mi cuerpo s?lo me
incumb?a a m?; ning?n argumento me hizo ceder.
Nuestras disputas se envenenaron bastante pronto; yo habr?a podido, si se hubiera mostrado
tolerante, aceptar a mi padre tal cual era; pero yo no era todav?a nada, estaba decidiendo lo que iba a
ser y adoptando opiniones, gustos opuestos a los suyos, le parec?a que lo renegaba deliberadamente.
Por otra parte, ve?a mucho mejor que yo sobre qu? pendiente me aventuraba. Rechazaba las jerarqu?as,
los valores, las ceremonias por las cuales la ?lite se distingue; pens? que mi cr?tica s?lo tend?a a
liberarla de vanas supervivencias: implicaba de hecho su liquidaci?n. S?lo el individuo me parec?a
real, importante; yo terminar?a fatalmente por preferir a mi clase la sociedad en su totalidad. Despu?s
de todo era yo quien hab?a abierto las hostilidades; pero lo ignoraba, no comprend?a por qu? mi padre
y todos los que me rodeaban me condenaban. Hab?a ca?do en una trampa; la burgues?a me hab?a
convencido de que sus intereses se confund?an con los de la humanidad; yo cre?a poder alcanzar de
acuerdo con ella verdades valederas para todos: en cuanto me le acercaba se ergu?a contra m?. Me sent?a ?anonadada, desorientada, dolorosamente?. ?Qui?n me hab?a enga?ado?, ?por qu??, ?c?mo? En
todo caso era v?ctima de una injusticia y poco a poco mi rencor se transform? en rebeld?a.
99
100 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
Nadie me admit?a tal como era, nadie me quer?a: yo me querr? bastante, decid?, para compensar ese
abandono. Antes me conven?a, pues me ocupaba poco de conocerme; en adelante pretend?
desdoblarme, mirarme, me espiaba; en mi Diario dialogaba conmigo misma. Entr? en un mundo cuya
novedad me aturdi?. Aprend? lo que separa el desamparo de la melancol?a y la sequedad de la
serenidad; conoc? las vacilaciones del coraz?n, sus delirios, el esplendor de los grandes renunciamientos y los murmullos subterr?neos de la esperanza. Me exaltaba como esas noches en que tras
las colinas azules contemplaba el cielo movedizo; yo era el paisaje y la mirada: s?lo exist?a para m? y
por m?. Me felicitaba de un exilio que me hab?a arrojado hacia alegr?as tan elevadas; despreciaba a
quienes las ignoraban y me asombraba de haber podido vivir tanto tiempo sin ellas.
Sin embargo, persever? en mi designio: servir. Contra Ren?n protest? en mi cuaderno que ni
siquiera el gran hombre es un fin en s?: s?lo se justifica si contribuye a elevar el nivel intelectual y
moral de la comunidad humana. El catolicismo me hab?a convencido de que no se debe considerar a
ning?n individuo, ni al m?s desheredado como desde?able: todos ten?an el mismo derecho a lograr lo
que yo llamaba su esencia eterna. Mi camino estaba claramente trazado: perfeccionarme y expresarme
en una obra que ayudar?a a los otros a vivir.
Ya me parec?a que deb?a comunicar la solitaria experiencia que estaba atravesando. En abril escrib?
las primeras p?ginas de una novela. Bajo el nombre de Eliane me paseaba en un parque con primos y
primas, recog?a en el pasto un escarabajo. ?A ver?, me dec?an. Yo cerraba celosamente la mano. Me
presionaban, me debat?a, hu?a; corr?an tras de m?; jadeante, con el coraz?n agitado, me internaba en los
bosques, escapaba de ellos y me echaba a llorar dulcemente. Pronto secaba mis l?grimas murmurando:
?Nadie sabr? jam?s?; y volv?a lentamente hacia la casa. ?Se sent?a bastante fuerte para defender su
?nico bien contra los golpes y contra las caricias y para guardar siempre su mano cerrada.?
Ese ap?logo traduc?a la m?s obsesionante de mis inquietudes: defenderme contra los dem?s; pues si
mis padres no me ahorraban sus reproches, reclamaban mi confianza. Mi madre me hab?a dicho a
menudo que hab?a sufrido por la frialdad de abuelita y que deseaba ser una amiga para sus hijas; pero
?c?mo hubiera podido hablar conmigo de persona a persona? Yo era a sus ojos un alma en peligro, un
alma que hab?a que salvar: un objeto. La solidez de sus convicciones le imped?a la menor concesi?n.
Si me interrogaba no era para buscar entre nosotros un terreno de entendimiento: averiguaba. Cuando
me hac?a una pregunta yo ten?a siempre la impresi?n de que estaba mirando por el ojo de la cerradura.
El solo hecho de que reivindicara derechos sobre m? me congelaba. Me guardaba rencor por ese
fracaso y se esforzaba por vencer mis resistencias desplegando una solicitud que las exasperaba:
?Simone preferir?a desnudarse antes que decir lo que tiene dentro de la cabeza?, dec?a en tono enojado.
En efecto; callaba enormemente. Hasta con mi padre renunci? a discutir; no ten?a la menor posibilidad
de influir en sus opiniones, mis argumentos se estrellaban contra una pared: una vez por todas, y tan
radicalmente como mi madre, me desautorizaba; ya ni siquiera trataba de convencerme sino
?nicamente de pescarme in fraganti. Las conversaciones m?s inocentes recelaban trampas; mis padres
traduc?an mis palabras en su idioma y me imputaban ideas que no ten?an nada en com?n con las m?as.
Yo siempre me hab?a debatido contra la opresi?n del lenguaje; ahora me repet?a la frase de Barres:
??Por qu? las palabras, esa precisi?n brutal que maltrata nuestras complicaciones?? En cuanto abr?a la
boca les daba donde asirse y me encerraban de nuevo en ese mundo del que hab?a tardado a?os en
evadirme, donde cada cosa tiene sin equ?voco, su nombre, su lugar, su funci?n, donde el odio y el
amor, el mal y el bien son tan identificables como el negro y el blanco, donde de antemano todo est?
fichado, catalogado, conocido, comprendido e irremediablemente juzgado, ese mundo de aristas
cortante, ba?ado de una luz implacable, que la sombra de una duda no roza jam?s. Yo prefer?a guardar
silencio. Pero mis padres no lo admit?an y me trataban de ingrata. Ten?a el coraz?n mucho menos seco
de lo que supon?a mi padre y me desolaba. De noche en mi cama, lloraba; hasta llegu? a echarme a
100
101 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
llorar bajo sus ojos; se ofuscaron y me reprocharon aun m?s mi ingratitud. Busqu? una soluci?n:
responder en forma tranquilizadora, mentir, me costaba resignarme, me parec?a traicionarme a m?
misma. Decid? ?decir la verdad, pero ?brutalmente, sin comentarios?: as? evitar?a a la vez disfrazar mi
pensamiento y exponerlo. No era muy h?bil porque escandalic? a mis padres sin calmar su curiosidad.
En verdad no exist?a soluci?n, estaba atrapada; mis padres no pod?an soportar ni lo que yo ten?a que
decirles ni mi mutismo; cuando me arriesgaba a darles alguna explicaci?n, los aterraba. ?Est?s al
margen de la vida, la vida no es tan complicada?, dec?a mi madre. Pero si me replegaba en m? misma
mi padre se lamentaba: me disecaba, era s?lo un cerebro. Hablaban de mandarme al extranjero, ped?an
consejos a todo el mundo, se enloquec?an. Yo intentaba blindarme; me exhortaba a no temer la cr?tica,
el rid?culo ni los malentendidos; poco importaba la opini?n que ten?an de m?, ni que estuviera o no
fundada. Cuando alcanzaba esa indiferencia pod?a re?r sin ganas y aprobar todo lo que dec?an. Pero
entonces me sent?a radicalmente separada de los dem?s; miraba en el espejo a la que sus ojos ve?an: no
era yo; yo estaba ausente; ausente de todos lados; ?adonde encontrarme? Me perd?a. ?Vivir es mentir?,
me dec?a abrumada, en principio no ten?a nada contra la mentira; pero pr?cticamente era extenuador
fabricarse m?scaras sin cesar. A veces pens? que iban a faltarme fuerzas y que me resignar?a a ser
como las dem?s.
Esa idea me asustaba aun m?s porque ahora les retribu?a la hostilidad que me demostraban. Cuando
anta?o me promet?a no parecerme a ellos me inspiraban piedad y no animosidad, pero ahora
aborrec?an en m? lo que me distingu?a de ellos y a lo que yo conced?a m?s precio: pas? de la
conmiseraci?n a la ira. ?Qu? seguros estaban de tener raz?n! Rechazaban todo cambio y toda
discusi?n, negaban todos los problemas. Para comprender al mundo, para encontrarme a m? misma,
ten?a que salvarme de ellos.
Era muy desconcertante cuando hab?a cre?do avanzar por un camino triunfal, advertir de pronto que
me hab?a arrojado en una lucha; sufr? un choque del que tard? en reponerme; al menos la literatura me
ayudaba a rebotar de la desesperaci?n al orgullo. ??Familia, os aborrezco!, hogares herm?ticos, puertas
cerradas.? La imprecaci?n de Menalco me confirmaba que aburri?ndome en casa serv?a una causa
sagrada. Aprend?, leyendo los primeros Barres, que el hombre libre suscita fatalmente el odio de los
?b?rbaros? y que su primer deber es enfrentarlos. No sufr?a una oscura desgracia sino que luchaba por
la buena causa.
Barres, Gide, Val?ry, Claudel: yo compart?a las devociones de los escritores de la nueva generaci?n;
y le?a febrilmente todos los ensayos, todas las
102 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
uno deb?a ayudarlos a elevarse, pero por el momento en mis cuadernos confund?a en un mismo rechazo el epicureismo de Ana tole France y el materialismo de los obreros ?que se amontonan en los
cinemat?grafos?. Como no ve?a sobre la tierra ning?n lugar que me conviniera, pens? alegremente en
no detenerme nunca en ninguna parte. Me consagraba a la Inquietud. En cuanto a la sinceridad
aspiraba a ella desde mi infancia. A mi alrededor reprobaban la mentira, pero hu?an cuidadosamente de
la verdad; si hoy ten?a tanta dificultad en hablar era porque me repugnaba utilizar la falsa moneda
empleada en mi medio. No puse menos entusiasmo en abrazar el inmoralismo. Por supuesto no
aprobaba robar por inter?s ni acostarse por placer; pero si eran gratuitos, desesperados, rebeldes ?y por
supuesto imaginarios?, admit?a sin parpadear todos los vicios, las violaciones, los asesinatos. Hacer el
mal era la manera m?s radical de repudiar toda complicidad con la gente de bien.
Rechazos de palabras huecas, de morales falsas y de su confort: esa actitud negativa, la literatura la
presentaba como una ?tica positiva. Convert?a nuestro malestar en una s?plica: busc?bamos una
salvaci?n. Si hab?amos renegado de nuestra clase era para instalarnos en lo Absoluto. ?El pecado es el
lugar vac?o de Dios?, escrib?a Stanislas Fumet en Nuestro Baudelaire. Por lo tanto, el inmoralismo no
era solamente un desaf?o a la sociedad, permit?a llegar hasta Dios; creyentes e incr?dulos utilizaban
ese nombre: seg?n los unos se?alaba una inaccesible presencia, seg?n los otros una vertiginosa ausencia; eso no hac?a ninguna diferencia y no me cost? amalgamar a Claudel con Gide; en ambos, Dios se
defin?a en relaci?n al mundo burgu?s como el otro, y todo lo que era otro manifestaba algo divino; el
vac?o en el coraz?n de la Juana de Arco de P?guy, la lepra que ro?a a Violaine, yo reconoc?a en ellos la
sed que devoraba a Nataniel; entre un sacrificio sobrehumano y un crimen gratuito no hab?a mucha
distancia y yo ve?a en Sygne a la hermana de Lafcadio. Lo importante era arrancarse a la tierra y
entonces se alcanzaba lo eterno.
Un peque?o n?mero de j?venes escritores ?Ram?n Fern?ndez, Jean Pr?vost? se apartaban de esos
caminos m?sticos para tratar de construir un nuevo humanismo; yo no los segu?. El a?o anterior, sin
embargo, hab?a admitido el silencio del cielo y le?do con emoci?n a Henri Poincar?; me encontraba
bien sobre la tierra; pero el humanismo ?a menos de ser revolucionario, y el de la N.R.F. no lo era?,
implica la posibilidad de alcanzar lo universal permaneciendo burgu?s: yo acababa de comprobar
brutalmente que esa esperanza era una mentira. En adelante conced? un valor relativo a mi vida
intelectual, puesto que no hab?a servido para conciliarme la estima de todos. Yo invocaba una
instancia superior que me permitiera recusar los juicios extra?os: me refugie en ?mi yo profundo? y
decid? subordinarle toda mi existencia.
Ese cambio me llev? a considerar el porvenir bajo una luz nueva: ?Tendr? una vida dichosa,
fecunda, gloriosa?, me dec?a a los quince a?os.. Decid?: ?Me contentar? con una vida fecunda.?
Todav?a me parec?a importante servir a la humanidad, pero ya no esperaba que me reconociera puesto
que la opini?n de los dem?s ya no deb?a contar para m?. Ese renunciamiento me cost? poco, pues la
gloria s?lo hab?a sido un fantasma incierto en el fondo del porvenir. En cambio hab?a conocido la
felicidad, la hab?a deseado siempre; no me resignaba f?cilmente a apartarme de ella. Si lo decid? fue
porque cre? que me estaba vedada para siempre. No la separaba del amor, de la amistad, de la ternura y
me arriesgaba en una empresa ?irremediablemente solitaria?. Para reconquistarla hubiera habido que
volver hacia atr?s, decaer: decret? que toda felicidad es en s? una decadencia. ?C?mo conciliar?a con la
inquietud? Me gustaba El Gran Meaulnes, Alissa, Violaine, la Monique de Marcel Arland: avanzar?a
sobre sus huellas. No estaba prohibido, en cambio, aceptar la alegr?a; me visitaba a menudo. Vert?
muchas l?grimas durante ese trimestre, pero tambi?n conoc? grandes deslumbramientos.
Aunque hab?a pasado el certificado de literatura no encaraba la posibilidad de privarme de las clases
de Garric: segu? sent?ndome frente a ?l todos los s?bados por la tarde. Mi fervor no declinaba: me
102
103 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
parec?a que la tierra no habr?a sido habitable si no hubiera tenido a nadie para admirar. Cuando volv?a
de Neuilly sin Zaza ni Th?r?se lo hac?a a pie: remontaba la avenida de la Grande Arm?e; me divert?a
en un juego que todav?a en esa ?poca no era demasiado arriesgado; atravesar derecho, sin detenerme,
la plaza de l??toile; hend?a a grandes pasos la muchedumbre que recorr?a en ambos sentidos los
Champs-Elys?es. Y pensaba en ese hombre distinto de todos los dem?s que viv?a en un barrio
desconocido, casi ex?tico: Belleville; no estaba ?inquieto? pero no dorm?a; hab?a encontrado su
camino; ni hogar, ni oficio, ni rutina; en sus d?as ning?n lastre: estaba solo, era libre, desde la ma?ana
a la noche obraba, iluminaba, ard?a. ?C?mo hubiera querido imitarlo! Despert? en mi coraz?n el
?esp?ritu de Equipo?; miraba a todos los transe?ntes con amor. Cuando estaba leyendo en el
Luxemburgo si alguien se sentaba en mi banco e iniciaba la conversaci?n, me apresuraba a contestar.
De ni?a me prohib?an que jugara con los chicos que no conoc?a, y me complac?a en pisotear los viejos
tab?s. Me alegraba particularmente cuando por casualidad se trataba de ?gente del pueblo?. Me parec?a
entonces estar poniendo en pr?ctica las instrucciones de Garric. Su existencia iluminaba mis d?as.
Sin embargo, mis alegr?as fueron pronto cruzadas por la angustia. Segu?a oy?ndolo hablar de
Balzac, de V?ctor Hugo: en verdad tuve que confesarme que me empe?aba en prolongar un pasado
muerto; era una auditora pero ya no era su alumna: hab?a dejado de pertenecer a su vida. ?Y de aqu? a
unas semanas no lo ver? m?s?, me dije. Ya lo hab?a perdido; nunca hab?a perdido nada precioso;
cuando las cosas se me iban hab?a empezado por anticipado a desprenderme de ellas; esta vez me
violentaban y me rebel?. No, dec?a, no quiero. Y mi voluntad no contaba. ?C?mo luchar? Le avis? a
Garric que iba a afiliarme a los Equipos, me felicit?; pero ?l no se ocupaba de la secci?n femenina. Sin
duda el a?o pr?ximo no lo ver?a nunca. La idea me resultaba tan insoportable que me hund? en
divagaciones: ?no tendr?a el coraje de hablarle, de escribirle, de decirle que no podr?a vivir sin verlo
nunca? Si me atreviera, me pregunt?, ?qu? ocurrir?a? No me atrev?. ?Cuando empiecen las clases las
arreglar? para encontrarlo.? Esa esperanza me tranquilizaba un poco. Y luego, mientras me
encarnizaba por retenerlo en mi vida, Garric se deslizaba al segundo plano. Jacques cobraba cada vez
m?s importancia. Garric era un ?dolo lejano; Jacques se inquietaba por mis problemas, me resultaba
dulce conversar con ?l. No tard? en reparar en que hab?a vuelto a ocupar el primer lugar en mi
coraz?n.
En aquella ?poca me gustaba m?s asombrarme que comprender; no trat? de situar a Jacques ni de
explic?rmelo. Hoy solamente rehago su historia con un poco de coherencia.
El abuelo paterno de Jacques hab?a estado casado con la hermana de abuelito: mi t?a abuela
bigotuda que escrib?a en La Mu?eca Modelo. Ambicioso, jugador, hab?a comprometido su fortuna en
especulaciones fogosas. Los dos cu?ados hab?an re?ido ferozmente por cuestiones de inter?s y aunque
abuelito hab?a ca?do de quiebra en quiebra declar? virtuosamente en la ?poca en que yo dec?a que
Jacques era mi novio: ?Nunca una de mis nietas se casar? con un Laiguillon.? Cuando Emest
Laiguillon muri?, la f?brica de vitrales estaba todav?a en pie; pero en la familia dec?an que si el pobre
Charlot no hubiera muerto prematuramente en ese atroz accidente, sin duda hubiera terminado de
arruinarla: era como su padre, excesivamente arriesgado, absurdamente confiado en su estrella. El
hermano de mi t?a Germaine se encarg? de regir la casa hasta la mayor?a de edad de su sobrino;
administr? con una gran prudencia, pues contrariamente a los Laiguillon, los Flandin eran
provincianos con ambiciones limitadas, satisfechos con provechos mezquinos.
Jacques ten?a dos a?os cuando muri? su padre; se parec?a a ?l; ten?a sus mismos ojos dorados, su
boca golosa, su aire despierto; su abuela Laiguillon lo idolatraba y apenas sab?a hablar cuando ya lo
trataba como a un peque?o jefe de familia: deb?a proteger a Titite y a su mamita. Tom? en serio su
papel; su hermana y su madre lo admiraban, lo adulaban. Pero despu?s de cinco a?os de viudez, t?a
103
104 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
Germaine volvi? a casarse con un funcionario que viv?a en Ch?teauvillain; se instal? all? y tuvo un
hijo. Al principio conserv? a sus hijos mayores junto a ella. Luego, por la conveniencia de sus
estudios, puso a Titite medio-pupila en el curso Valton, a Jacques en Stanislas; vivieron en el
departamento del Bulevar Montparnasse cuidados por la vieja Elise. ?C?mo soport? Jacques ese abandono? Pocos chicos se vieron m?s imperiosamente obligados a disfrazarse que ese peque?o rey
destronado, desterrado, abandonado. Mostraba los mismos sentimientos sonrientes por su padrastro y
por su medio hermano que por su madre y su hermana; el porvenir iba a probar ?mucho m?s tarde?
que s?lo su afecto por Titite era verdadero; sin duda no se confes? sus rencores, pero no era por
casualidad que trataba mal a su abuela Flandin y que manifest? siempre a su familia materna un
desprecio que lindaba con la hostilidad. Grabado en una fachada, escrito en la luz de los hermosos
vitrales tornasolados, el nombre de Laiguillon ten?a a sus ojos el brillo de un blas?n. Pero si se
enorgullec?a con tanta ostentaci?n era tambi?n porque se vengaba de su madre reconociendo
exclusivamente su ascendencia paterna.
No hab?a logrado reemplazar en el hogar al joven muerto; en compensaci?n reivindic? altivamente
su sucesi?n: a los ocho a?os, soportando con desd?n la provisoria tutela de su t?o, se proclamaba el
?nico due?o de la Casa. As? se explica su joven importancia. Nadie ha sabido qu? desamparo, qu?
celos, qu? rencores, qu? terrores arrastraba quiz? a trav?s de los altillos solitarios donde el polvo del
pasado le anunciaba su porvenir. Pero ciertamente sus jactancias, su aplomo, sus petulancias,
ocultaban un gran desasosiego.
Un chico es un insurrecto: ?l quiso ser razonable como un hombre. No tuvo que conquistar la
libertad, tuvo que defenderse de ella: se impuso las normas y las prohibiciones que un padre vivo le
habr?a dictado. Exuberante, desenvuelto, insolente, en el colegio sol?a armar trifulcas; me mostr?
riendo, en su libreta, una observaci?n que le reprochaba ?diversos ruidos en espa?ol?; no posaba de
ni?o modelo: era un adulto a quien su madurez permit?a infringir una disciplina demasiado pueril. A
los doce a?os, improvisando en casa una comedia-charada, asombr? a su auditorio haciendo la
apolog?a del casamiento de raz?n; representaba el papel de un muchacho que se niega a casarse con
una ni?a pobre. ?Si fundo un hogar ?explicaba?, quiero poder garantizar a mis hijos un confortable
bienestar.? Adolescente, nunca discuti? el orden establecido. ?C?mo hubiera podido rebelarse contra
el fantasma que lo sosten?a solo sobre el vac?o? Buen hijo, hermano atento, fue fiel a la l?nea que una
voz de ultratumba le hab?a se?alado. Mostraba un gran respeto por las instituciones burguesas. Un d?a
me dijo hablando de Garric: ?Es un tipo bien, pero deber?a estar casado y tener un oficio. ?Por qu??
Un hombre debe tener un oficio.? ?l tomaba en serio sus futuras funciones. Segu?a cursos de arte
decorativo, de derecho, se iniciaba en los negocios en los escritorios de la planta baja que ol?an a polvo
acumulado. Los negocios y el derecho le aburr?an, en cambio le gustaba dibujar; aprendi? a repujar
sobre madera y le interesaba mucho la pintura. Pero no era cuesti?n de que ?l se consagrara a ella: su
t?o que no entend?a nada de Bellas Artes llevaba muy bien la casa: las tareas de Jacques no ser?an
distintas de las de cualquier otro patr?n. Se consolaba reanudando las antiguas ambiciones de su padre
y de su abuelo; alimentaba grandes proyectos; no se contentar?a con una modesta clientela de curas de
aldea; los vitrales Laiguillon asombrar?an al mundo por su calidad art?stica, y la f?brica se convertir?a
en una empresa de envergadura. Su madre, mis padres, se inquietaban: ?Har?a mejor en dejarle la
direcci?n de los negocios a su t?o ?dec?a mi padre?. Arruinar? la casa.? El hecho es que hab?a en su
empe?o algo sospechoso; la seriedad de sus dieciocho a?os se parec?a demasiado a la que exhib?a a los
ocho a?os para no parecer igualmente una comedia. Forzaba la nota sobre el conformismo como si no
hubiera pertenecido por derecho de nacimiento a la casta que enarbolaba. Es que hab?a fracasado al
querer sustituirse efectivamente a su padre: s?lo o?a su propia voz y a ?sta le faltaba autoridad. Evitaba
cuidadosamente discutir la formalidad que hab?a adoptado porque nunca la interioriz?. Nunca
104
105 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
coincidi? con el personaje que encarnaba ruidosamente: el hijo Laiguillon.
Yo advert?a esa falla. Saqu? como conclusi?n que Jacques hab?a hecho suya la ?nica actitud que me
parec?a valedera: buscar gimiendo. Su vehemencia no me convenc?a de su ambici?n, ni su voz
ponderada de su resignaci?n. Lejos de colocarse entre la gente asentada, iba hasta a negar las
facilidades del anticonformismo. Su mueca de vuelta de todo, su mirada vacilante, los libros que me
hab?a prestado, sus semiconfidencias, todo me aseguraba que viv?a mirando un incierto m?s all?. Le
gustaba El Gran Meaulnes y hab?a hecho que me gustara: yo los identificaba. Vi en Jacques una
encarnaci?n refinada de la Inquietud.
Yo iba a comer a menudo al Bulevar Montparnasse, en familia. No me disgustaban esas veladas.
Contrariamente al resto de mi c?rculo, t?a Germaine y Titite no consideraban que yo me hab?a
transformado en un monstruo: junto a ellas, en el gran departamento semiclaro, semioscuro, que me
era familiar desde mi infancia, los hilos de mi vida se reanudaban: ya no me sent?a marcada, ni
exilada. Ten?a con Jacques breves apartes donde se afirmaba nuestra complicidad. Mis padres no los
miraban con malos ojos. Ten?an respecto a Jacques, sentimientos ambiguos: ten?an en contra de ?l el
hecho de que no viniera nunca a casa y se ocupara de m? m?s que de ellos; a ?l tambi?n lo acusaban de
ingratitud. Sin embargo, Jacques estaba seguro de tener una situaci?n confortable: si se casaba
conmigo, ?qu? suerte para una muchacha sin dote! Cada vez que mi madre pronunciaba su nombre
esbozaba una sonrisa de una discreci?n subrayada; me hac?a rabiar que pretendieran transformar en
una empresa burguesa un entendimiento fundado sobre un rechazo com?n de los horizontes burgueses;
no obstante, me resultaba muy c?modo que nuestra amistad fuera licita y que me autorizaran a ver a
Jacques a solas.
Era en general al final de la tarde que yo llamaba a la puerta del edificio; sub?a hasta su
departamento. Jacques me recib?a con una sonrisa acogedora: ??No te molesto?? ?Nunca me
molestas.? ??C?mo te va?? ?Siempre bien cuando te veo.? Su amabilidad me entonaba el coraz?n. Me
llevaba a la larga galer?a medieval donde hab?a instalado su mesa de trabajo; estaba siempre a oscuras:
un vitral atajaba la luz; me gustaba esa penumbra, los arcones y los cofres de madera maciza. Me
sentaba en un sof? tapizado de terciopelo carmes?; ?l iba y ven?a con un cigarrillo en la comisura de los
labios, cerrando un poco los ojos para buscar su pensamiento en las volutas de humo. Yo le devolv?a
los libros que me hab?a llevado y me prestaba otros; me le?a Mallarm?, Laforgue, Francis Jammes,
Max Jacob. ??Vas a iniciarla en la literatura moderna??, le hab?a preguntado mi padre en un tono
semiir?nico, semiafectado. ?Nada podr?a causarme tanto placer?, hab?a contestado Jacques. Tomaba en
serio esa tarea. ??No dir?s que no te he hecho conocer cosas espl?ndidas!?, sol?a decirme con orgullo.
Adem?s me guiaba con mucha discreci?n. ??Est? bien que te guste Aim?e!?, me dijo cuando le devolv?
la novela de Jacques Rivi?re; raramente profundiz?bamos m?s nuestros comentarios; ?l odiaba insistir.
A veces, si yo le ped?a una aclaraci?n, sonre?a y me citaba a Cocteau: ?Es como con los accidentes de
ferrocarriles: se sienten, no se explican.? Cuando me mandaba al Studio des Ursulines para ver en
matin?e con mi madre, una pel?cula de vanguardia o al Atelier el ?ltimo espect?culo de Dullin, me
dec?a ?nicamente:
?No tienes que perderte eso.? A veces me describ?a minuciosamente un detalle: una mancha
amarilla en el rinc?n de un cuadro, una mano que se abre en la pantalla; religiosa, divertida, su voz
suger?a el infinito. Me dio asimismo indicaciones preciosas sobre la manera en que hab?a que mirar un
cuadro de Picasso; me azoraba porque pod?a identificar un Braque o un Matisse sin ver la firma: me
parec?a brujer?a. Yo estaba aturdida por todas esas novedades que ?l me revelaba y ten?a un poco la
impresi?n de que ?l mismo era el autor. Le atribu?a m?s o menos el Orfeo de Cocteau, los Arlequines
de Picasso, Entreacto de Rene Clair.
?En verdad qu? hac?a? ?Cu?les eran sus proyectos, sus inquietudes? No trabajaba mucho. Le
105
106 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
gustaba andar en auto, de noche, por Par?s; frecuentaba un poco las cervecer?as del Quartier Latin, los
bares de Montparnasse; me pintaba los bares como lugares fabulosos donde siempre ocurre algo. Pero
no estaba muy contento de su existencia. Caminando por la galer?a, acarici?ndose el pelo de un
hermoso casta?o dorado me confiaba sonriendo: ??Es aterrador c?mo soy de complicado! ?Me pierdo
en mis propias complicaciones!? Una vez me dijo sin ninguna alegr?a: ?Ves, lo que yo necesitar?a ser?a
creer en algo.? ??Acaso no basta vivir??, le pregunt?; yo cre?a en la vida. ?l mene? la cabeza: ?No es
f?cil vivir si uno no cree en nada.? Y luego cambi? de conversaci?n; s?lo se entregaba de a pedacitos y
yo no insist?. Nunca en nuestras conversaciones con Zaza toc?bamos lo esencial; con Jacques si nos
acerc?bamos me parec?a natural que fuera de la manera m?s discreta. Yo sab?a que ten?a un amigo,
Lucien Riaucourt, hijo de un importante banquero lion?s con el que pasaba noches enteras
conversando; se acompa?aban el uno al otro desde el Bulevar Montparnasse a la calle Beaune y a
veces Riaucourt se quedaba a dormir sobre el sof? rojo. Ese muchacho hab?a conocido a Cocteau y
confiado a Dullin un proyecto de pieza. Hab?a publicado un volumen de poemas ilustrado por Jacques
en un grabado sobre madera. Yo me inclinaba ante esas superioridades. Ya me consideraba muy
afortunada de que Jacques me concediera un lugar al margen de su vida. Por lo general no simpatizaba
con las mujeres, me dec?a; era verdaderamente excepcional que un muchacho y una chica pudieran
conversar como nosotros lo hac?amos:
De tanto en tanto yo le hablaba un poco de m? y ?l me daba consejos. ?Trata de parecer l?mpida?,
me dec?a. Tambi?n me aseguraba que hab?a que aceptar lo cotidiano de la vida y me citaba a Verlaine:
?La vida humilde, de tareas aburridas y f?ciles. Yo no estaba del todo de acuerdo; pero lo que
importaba era que me escuchara, me comprendiera, me alentara y me salvara durante algunos instantes
de la soledad.
Creo que a ?l le hubiera gustado asociarme m?s familiarmente a su vida. Me mostraba las cartas de
sus amigos, hubiera querido que yo los conociera. Una tarde lo acompa?? a las carreras en
Longchamps. Una vez me ofreci? llevarme a los Ballets rusos. Mi madre no lo permiti?: ?Simone no
saldr? sola de noche.? No porque dudara de mi virtud; antes de comer yo pod?a pasar horas sola en el
departamento con Jacques, pero despu?s, a menos de estar exorcizado por la presencia de mis padres,
cualquier lugar era pecaminoso. Nuestra amistad se redujo, por lo tanto, a un intercambio de frases
truncas, cortadas por largos silencios, y lecturas en voz alta.
El trimestre termin?. Pas? mis ex?menes de matem?ticas y de lat?n. Era agradable andar r?pido,
triunfar; pero decididamente yo no me apasionaba ni por las ciencias exactas ni por las lenguas
muertas. La se?orita Lambert me aconsej? que volviera a mi primer proyecto; ella dictaba en SainteMarie el curso de filosof?a: le encantar?a tenerme como alumna; me asegur? que me graduar?a sin
dificultad. Mis padres no se opusieron. Esa decisi?n me satisfizo.
Aunque la figura de Garric hab?a palidecido un poco durante esas ?ltimas semanas, ten?a el alma
desolada cuando en un triste corredor del instituto Sainte-Marie me desped? de ?l. Fui una vez m?s a
escucharlo: dio, en una sala del Bulevar Saint Germain, una conferencia en la que tomaron parte
Henri Massis y el se?or Mabille. ?ste fue el ?ltimo en hablar; las palabras sal?an dificultosamente de
su barba y durante toda su intervenci?n las mejillas de Zaza ardieron de verg?enza. Yo devoraba a
Garric con la mirada. Sent?a sobre m? la mirada perpleja de mi madre, pero no trataba de dominarme.
Aprend?a de memoria ese rostro que iba a desaparecer para siempre. Es tan total una presencia, es tan
radical la ausencia: entre las dos ninguna transici?n parec?a posible. El se?or Afabule call?, los
oradores bajaron del estrado, los juegos estaban hechos.
Me aferr? todav?a. Una ma?ana tom? el subterr?neo, desembarqu? en una tierra desconocida, tan
lejana que me pareci? haber pasado en fraude una frontera: Belleville. Me adelant? por la calle ancha
106
107 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
donde viv?a Garric; conoc?a el n?mero de su casa; me acerqu? rozando la pared; si me sorprend?a
estaba dispuesta a desmayarme de verg?enza. Me detuve un instante ante la casa, contempl? la triste
fachada de ladrillos y esa puerta que todos los d?as por la ma?ana y por la noche ?l atravesaba;
continu? mi camino; mir? las tiendas, los caf?s, la plaza; ?l los conoc?a tan bien que ya ni siquiera los
ve?a. ?Qu? hab?a venido a buscar? En todo caso volv? con el rabo entre las piernas.
A Jacques estaba segura de volver a verlo en octubre y me desped? de ?l sin tristeza. Acababa de
fracasar en su examen de derecho y estaba un poco abatido. En su ?ltimo apret?n de manos, en su
?ltima sonrisa, puso tanto calor que me emocion?. Me pregunt? ansiosamente despu?s de haberme
alejado si no habr?a tomado mi serenidad por indiferencia. Esa idea me desol?. ?Me hab?a dado tanto!
Pensaba menos en los libros, en los cuadros, en las pel?culas que en esa luz acariciadora de sus ojos
cuando yo le hablaba de m?. De pronto tuve necesidad de agradecerle y le escrib? una carta de un tir?n.
Pero mi pluma se qued? en suspenso encima del sobre. Jacques apreciaba enormemente el pudor. Con
una de sus sonrisas llena de misterios sobrentendidos me hab?a citado en la versi?n de Cocteau la frase
de Goethe: ?Te quiero: no es asunto tuyo.? ?Juzgar?a indiscretas mis sobrias efusiones? Rezongar?a
para sus adentros: ??Acaso es asunto m?o?? Sin embargo, si mi carta pod?a reconfortarlo un poco era
una cobard?a no envi?rsela. Vacil? retenida por ese miedo al rid?culo que hab?a paralizado mi infancia;
pero ya no quer?a conducirme como una ni?a. Agregu? en la postdata: ?Quiz? me encuentres rid?cula
pero me despreciar?a si no me atreviera a serlo alguna vez.? Y fui a echar la carta en un buz?n.
Mi t?a Marguerite y mi t?o Gast?n que pasaban una temporada en Cauterets con sus hijos nos
invitaron a pasar unos d?as a mi hermana y a m?. Un a?o antes yo habr?a descubierto la monta?a con
alborozo; ahora me hab?a hundido en m? misma y el mundo exterior ya no me impresionaba. Y adem?s
hab?a tenido con la naturaleza relaciones demasiado ?ntimas para aceptar verla all? relegada al nivel de
una distracci?n para veraneantes; me la daban de a porciones sin dejarme ni el tiempo ni la soledad
necesarias para acercarme a ella: por no entregarme a ella, no recib? nada de ella. Los abetos y los
torrentes callaban. Fuimos en excursi?n al circo de Gavarnie, en el lago de Gaube; mi prima Jeanne
tomaba fotograf?as: s?lo vi en ellas dioramas aburridos. Ni los horribles hoteles plantados a lo largo de
las calles, ni esos decorados in?tilmente suntuosos me distrajeron de mi pena.
Pues era desdichada. Garric hab?a desaparecido para siempre. ?Y en qu? estaba con Jacques? En mi
carta le hab?a puesto mi direcci?n en Cauterets; como evidentemente no deseaba que su respuesta
cayera en otras manos que las m?as, me escribir?a aqu? o no me escribir?a: no escribi?. Diez veces por
d?a yo inspeccionaba el casillero 46 en la porter?a del hotel: nada. ?Por qu?? Yo hab?a vivido nuestra
amistad en la confianza, en la despreocupaci?n; ahora me preguntaba: ?qu? significo para ?l? ?Habr?
encontrado mi carta pueril? ?O fuera de lugar? ?Me habr?a olvidado sencillamente? ?Qu? tormento! ?Y
c?mo hubiera deseado poder cavilar en paz! Pero yo no ten?a un instante de tranquilidad. Dorm?a en el
mismo cuarto que Poupette y Jeanne: no sal?amos sino en grupo; ten?a que dominarme el d?a entero y
las voces entraban sin cesar en mis o?dos. En la Ralli?re alrededor de una taza de chocolate, de noche
en el sal?n del hotel, las se?oras y los se?ores conversaban; eran las vacaciones, le?an y hablaban de
sus lecturas. Dec?an: ?Est? bien escrito pero hay partes demasiado largas.? O si no: ?Hay partes
demasiado largas, pero est? tan bien escrito.? A veces, la mirada so?adora, la voz sutil, alguien matizaba: ?Es curioso?, o en un tono un poco m?s severo: ?Es especial.? Yo esperaba la noche para llorar;
al d?a siguiente la carta todav?a no hab?a llegado; de nuevo esperaba la noche, los nervios a flor de piel,
el coraz?n erizado de espinas. Una ma?ana en mi cuarto me ech? a llorar; no s? c?mo hice para
tranquilizar a mi pobre t?a espantada.
Antes de volver a Meyrignac nos detuvimos dos d?as en Lourdes. Sufr? un choque. Moribundos,
inv?lidos, enfermos: ante ese atroz desfile tuve bruscamente conciencia de que el mundo no era un
estado de ?nimo. Los hombres ten?an cuerpos y sufr?an en sus cuerpos. Siguiendo una procesi?n,
107
108 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
insensible al chillido de los c?nticos y al olor agrio de las beatas, euf?ricas, me avergonc? de mi
complacencia conmigo misma. Nada era verdad salvo esa opaca miseria. Envidi? vagamente a Zaza
que durante las peregrinaciones lavaba la vajilla de los enfermos. Abnegarse. Olvidarse. ?Pero c?mo?
?Por qu?? La desdicha disfrazada de grotescas esperanzas estaba demasiado desprovista de sentido
para abrirme los ojos. Me macer? algunos d?as en el horror; luego reanud? el hilo de mis preocupaciones.
Pas? vacaciones penosas. Me arrastraba entre los casta?os y lloraba. Me sent?a absolutamente sola
en el mundo. Ese a?o mi hermana me era extra?a. Hab?a exasperado a mis padres con mi actitud
agresivamente austera: me observaban con desconfianza. Le?an las novelas que yo hab?a, llevado,
discut?an entre ellos y con t?a Marguerite: ?Es morboso, est? al margen de la realidad, no es un
acierto?, dec?an a menudo; me her?an tanto como cuando hac?an comentarios sobre mi estado de ?nimo
o suposiciones sobre lo que ten?a en la cabeza. M?s disponibles que en Par?s, soportaban menos
pacientemente que nunca mis silencios y yo no mejoraba la situaci?n dejan dome arrastrar dos o tres
veces en salidas desordenadas. A pesar de mis esfuerzos; segu?a siendo muy vulnerable. Cuando mi
madre meneaba la cabeza diciendo: ?Decididamente esto anda mal?, yo rabiaba; pero si lograba
disimular y ella suspiraba con satisfacci?n: ??Vamos mejor!?, me sent?a exasperada. Quer?a a mis
padres y en ese lugar en que hab?amos estado tan unidos, nuestros malentendidos me resultaban todav?a m?s dolorosos que en Par?s. Adem?s estaba ociosa; s?lo hab?a podido procurarme un peque?o
numero de libros. A trav?s de un estudio sobre Kant me apasion? por el idealismo cr?tico que me
confirmaba en mi negaci?n de Dios. En las teor?as de Bergson sobre el ?yo social y el yo profundo?
reconoc? con entusiasmo mi propia experiencia. Pero las voces impersonales de los fil?sofos no me
reconfortaban lo mismo que las de mis autores de cabecera. Ya no sent?a a mi alrededor presencias
fraternales. Mi ?nico recurso era mi diario ?ntimo; cuando hab?a expresado en ?l mi aburrimiento, mi
tristeza, volv?a a aburrirme, tristemente.
Una noche en La Grill?re, cuando acababa de acostarme en una vasta cama campesina, la angustia
cay? sobre m?; ya me hab?a ocurrido sentir hasta las l?grimas, hasta los gritos el miedo a la muerte;
pero esta vez era peor: ya la vida tambaleaba en el vac?o; nada era nada, sino aqu?, en este instante un
terror tan violento que pens? en ir a golpear a la puerta de mi madre, pretenderme enferma, para o?r
voces. Me dorm?, pero conserv? de esa crisis un recuerdo aterrorizado.
De regreso a Meyrignac pens? en escribir; prefer?a la literatura a la filosof?a, no habr?a estado nada
satisfecha si me hubieran predicho que ser?a una especie de Bergson; no quer?a hablar con esa voz
abstracta que al o?rla no me conmov?a. Lo que yo so?aba escribir era una ?novela de la vida interior?;
quer?a comunicar mi experiencia. Me parec?a sentir en m? ?un mont?n de cosas que decir?; pero no me
daba cuenta de que escribir es un arte y que yo no era experta. Anot?, sin embargo, varios temas de
novela y finalmente me decid?. Compuse mi primera obra. Era la historia de una evasi?n frustrada. La
hero?na ten?a mi edad, dieciocho a?os; pasaba sus vacaciones en familia en una casa de campo a la que
estaba por llegar su novio a quien amaba convencionalmente. Hasta entonces se hab?a avenido a la
trivialidad de la existencia. De pronto descubr?a ?otra cosa?. Un m?sico de genio le revelaba los
verdaderos valores: el arte, la sinceridad, la inquietud. Ella reparaba que hab?a vivido en la mentira; y
en ella nac?an una fiebre, un deseo desconocidos. El m?sico se iba. El novio llegaba. Desde su cuarto
en el primer piso ella o?a un alegre bullicio de bienvenida; vacilaba: ?lo que hab?a entrevisto por un
instante lo salvar?a, lo perder?a? Le faltaba valor. Bajaba la escalera y entraba sonriendo en el sal?n
donde los dem?s la esperaban. No me hice ilusiones sobre el valor de ese relato; pero era la primera
vez que me aplicaba a traducir en frases mi propia experiencia y sent? placer al escribir.
Le hab?a enviado una breve carta a Garric, de alumna a profesor, y ?l me hab?a contestado con una
tarjeta, de profesor a alumna. Yo ya no pensaba mucho en ?l. Su ejemplo me hab?a incitado a salir de
108
109 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
mi ambiente, de mi pasado: condenada a la soledad, me hab?a hundido tras ?l en el hero?smo. Pero era
un camino arduo y yo hubiera preferido, por cierto, que la condena no fuera total; la amistad de
Jacques autorizaba esa esperanza. Acostada en los matorrales, rondando por los senderos a campo
traviesa, evocaba su imagen. No hab?a contestado mi carta pero con el tiempo mi decepci?n se
atenuaba; los recuerdos la cubr?an: sus sonrisas de bienvenida, nuestra connivencia, las horas
aterciopeladas que yo hab?a pasado junto a ?l. Yo estaba tan cansada de llorar que me autoric? a tejer
sue?os. Encender?a la l?mpara, me sentar?a en el sof? rojo: estar?a en mi casa. Mirar?a a Jacques: ser?a
m?o. Ninguna duda: lo amaba, ?por qu? ?l no iba a quererme? Me puse a hacer proyectos de felicidad.
Si hab?a renunciado a la dicha era porque cre?a que me ser?a negada; pero en cuanto me pareci?
posible, empec? a desearla.
Jacques era hermoso; de una belleza infantil y carnal; sin embargo, nunca me turb? ni me inspir? la
sombra de un deseo; quiz? me equivocaba cuando anotaba con un poco de asombro en mi diario que si
?l hubiera esbozado un gesto de ternura algo en m? se habr?a retra?do; eso significa que al menos en
imaginaci?n conservaba las distancias. Yo siempre hab?a considerado a Jacques como a un hermano
mayor un poco lejano; hostil o ben?vola la familia no dejaba de investirnos; sin duda por eso los
sentimientos que sent? por ?l se dirig?an a un ?ngel. En cambio a causa, sin duda, de nuestro
parentesco, tuvieron el car?cter irremediable que les atribu? enseguida. Yo les hab?a reprochado
apasionadamente a Joe, a Maggie, haber traicionado su infancia: queriendo a Jacques pensaba cumplir
mi destino. Rememoraba nuestro antiguo noviazgo y ese vitral que me hab?a regalado; me felicitaba de
que nuestra adolescencia nos hubiera separado y que as? me hubiera sido dada la deslumbrante alegr?a
de nuestro reencuentro. Manifiestamente ese idilio estaba escrito en el cielo.
En verdad si cre? en su fatalidad era porque sin expres?rmelo claramente ve?a en ?l la soluci?n ideal
de todas mis dificultades. Pese a detestar las rutinas burguesas, conservaba la nostalgia de las veladas
en el escritorio rojo y negro en la ?poca en que no imaginaba poder separarme nunca de mis padres. La
casa Laiguillon, el hermoso departamento con su espeso alfombrado, el sal?n claro, la galer?a umbr?a,
ya eran para m? un hogar; leer?a junto a Jacques y pensar?a ?nosotros dos? como antes murmuraba
?nosotros cuatro?; su madre, su hermana, me rodear?an de su ternura, mis padres se suavizar?an:
volver?a a ser aquella a la que todo el mundo quer?a, recobrar?a mi lugar en esa sociedad fuera de la
cual, no ve?a m?s que el exilio. Sin embargo, no abdicar?a de nada; junt? a Jacques la felicidad no
significar?a estar dormidos; nuestros d?as se repetir?an tiernamente, pero de d?a en d?a perseguir?amos
nuestra b?squeda; nos extraviar?amos el uno junto al otro, sin perdernos jam?s, unidos por nuestra
inquietud.
As? me salvar?a en la paz del coraz?n y no en el desgarramiento. En el colmo de las l?grimas y del
aburrimiento jugaba en un impulso toda mi vida sobre esa carta. Esper? febrilmente el comienzo de las
clases y en el tren mi coraz?n brincaba.
Cuando me encontr? en el departamento de moqueta deste?ida, me despert? brutalmente: no hab?a
aterrizado en casa de Jacques, sino en casa; iba a pasar el a?o entre esas paredes. Abrac? de una
mirada la seguidilla de d?as y de meses, ?qu? desierto! Las antiguas amistades, las camarader?as, los
placeres, hab?an desaparecido: Garric estaba perdido para m?; en el mejor de los casos ver?a a Jacques
dos o tres veces por mes y nada me autorizaba a esperar de ?l m?s de lo que ya me hab?a dado. Por lo
tanto, conocer?a de nuevo el desaliento de cada despertar en que no se anuncia ninguna alegr?a; de
noche vaciar el tacho de basuras; el cansancio y el aburrimiento. En el silencio de los casta?os, el
delirio fan?tico que me hab?a sostenido el a?o pasado hab?a terminado de apagarse; todo volver?a a
empezar, salvo esa especie de locura que me hab?a permitido soportarlo todo.
Me asust? tanto que enseguida quise correr a casa de Jacques: s?lo ?l pod?a ayudarme. Los
sentimientos de mi padre respecto a ?l eran, ya lo he dicho, ambiguos. Aquella ma?ana mi madre me
109
110 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
prohibi? que fuera a verlo y tuvo palabras violentas contra ?l y contra la influencia que ejerc?a sobre
m?. Yo todav?a no me atrev?a a desobedecer ni a mentir seriamente. Informaba a mi madre de mis
proyectos; a la noche rend?a cuenta de mis d?as. Me somet?. Pero me ahogaba de rabia y sobre todo de
pena. Durante semanas yo hab?a esperado apasionadamente ese encuentro y bastaba un capricho
materno para privarme de ?l. Med? con horror mi dependencia. No solamente me hab?an condenado al
exilio, sino que no me permit?an luchar contra la aridez de mi suerte; mis actos, mis gestos, mis
palabras, todo estaba supervisado; espiaban mis pensamientos, y pod?an hacer abortar con una palabra
mis proyectos m?s preciosos; me dejaban sin ning?n recurso. El a?o pasado yo me hab?a resignado
bien o mal con mi suerte porque estaba asombrada de los grandes cambios que se produc?an en m?;
ahora esa aventura estaba terminada y yo volv?a a caer en el desaliento. Me hab?a vuelto diferente y
hubiera necesitado a mi alrededor un mundo diferente; ?cu?l? ?Qu? deseaba exactamente? Ni siquiera
sab?a imaginarlo. Esa pasividad me desesperaba. S?lo me quedaba esperar. ?Cu?nto tiempo? ?Tres
a?os? ?Cuatro a?os? Es largo cuando se tiene dieciocho. Y si los pasaba en la c?rcel, encadenada, me
encontrar?a a la salida igualmente sola, sin amor, sin fervor, sin nada. Ense?ar?a filosof?a en provincia:
?qu? ganar?a con eso? ?Escribir? Mis ensayos de Meyrignac no val?an nada. Si segu?a siendo la
misma, presa de las mismas rutinas, del mismo hast?o no progresar?a jam?s: jam?s har?a mi obra. No,
ni una luz por ning?n lado. Por primera vez en mi existencia pens? seriamente que era mejor estar
muerto que vivo. Al cabo de una semana recib? la autorizaci?n de ir a ver a Jacques. Al llegar ante su
puerta me sent? presa de p?nico: era mi ?nica esperanza y yo ya no sab?a nada de ?l salvo que no hab?a
contestado mi carta. ?Se hab?a sentido conmovido o irritado? ?Como me recibir?a? Di la vuelta a la
manzana, una vez, dos veces, ni muerta ni viva. La campanilla encastrada en la pared me asustaba;
ten?a la misma falsa inocencia que el agujero negro donde de chica hab?a metido imprudentemente el
dedo. Apret? el bot?n. Como de costumbre la puerta se abri? autom?ticamente, sub? la escalera.
Jacques me sonri?, me sent? en el sof? rojo. Me tendi? un sobre a mi nombre. ?Toma ?me dijo?, no te
la mand? porque prefer?a que quedara entre nosotros.? Se hab?a ruborizado hasta los ojos. Abr? su
carta. Hab?a escrito arriba: ??Acaso es asunto tuyo?? Me felicitaba de no temer el rid?culo y me dec?a
que a menudo, ?en las tardes c?lidas y solas?, hab?a pensado en m?. Me daba consejos. ?Chocar?as
menos a los que te rodean si fueras m?s humana; y adem?s es m?s fuerte: iba a decir, m?s orgulloso??
?El secreto de la felicidad y el colmo del arte es vivir como todo el mundo no siendo como nadie.?
Terminaba con esta frase: ??Quieres considerarme como tu amigo?? Un enorme sol se alz? en mi
coraz?n. Y luego Jacques se puso a hablar con frases entrecortadas y el crep?sculo cay?. Las cosas no
andaban bien, me dijo, nada bien. Estaba metido en un l?o, un asunto embromado; hab?a cre?do ser
alguien bien: ya no lo cre?a; se despreciaba; ya no sab?a qu? hacer con sus huesos. Yo lo escuchaba,
enternecida por su humildad, arrebatada por su confianza, oprimida por su opresi?n. Me separ? de ?l
con el coraz?n encendido. Me sent? en un banco para tocar, para mirar el regalo que acababa de
hacerme; una hoja de un lindo papel grueso, cubierta de signos viol?ceos. Algunos de sus consejos me
asombraban: no me sent?a inhumana; no trataba de chocarlo a prop?sito; vivir como todo el mundo no
me tentaba en absoluto; pero estaba emocionada de que hubiera compuesto para m? esas cadencias.
Rele? diez veces las primeras palabras: ??Acaso es asunto tuyo?? Significaban claramente que Jacques
me quer?a m?s de lo que me lo hab?a manifestado jam?s; pero otra evidencia se impon?a: no estaba
enamorado de m?; de lo contrario no se hubiera hundido en semejante marasmo. Me resign?
r?pidamente; mi error saltaba a la vista: imposible conciliar el amor con la inquietud. Jacques me
llamaba a la realidad; la uni?n bajo la l?mpara, las lilas y las rosas, no eran para nosotros. ?ramos
demasiado l?cidos y demasiado exigentes para descansar en la falsa seguridad del amor. Jacques no
detendr?a jam?s su ansiosa carrera. Hab?a llegado hasta el extremo de la desesperaci?n, hasta el punto
de sentirse asqueado de s? mismo; yo deb?a seguirlo por esos ?speros caminos. Llam? en mi auxilio a
110
111 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
Alissa y a Violaine, y me abism? en el renunciamiento. ?Nunca querr? a ninguna otra persona, pero
entre nosotros el amor es imposible.? Decid?. No renegu? de la convicci?n que se hab?a impuesto a m?
durante esas vacaciones: Jacques era mi destino. Pero las razones por las cuales yo un?a mi suerte a la
suya exclu?an que me diera la felicidad. Yo ten?a que desempe?ar un papel en su vida; pero no era el
de invitarlo a adormecerse; hab?a que combatir su desaliento y ayudarlo a proseguir su busca. Me puse
enseguida manos a la obra. Le escrib? una nueva carta en la que le propon?a razones de vivir sacadas
de los mejores autores.
Era normal que no me contestara puesto que ambos dese?bamos que nuestra amistad ?quedara entre
nosotros?. Sin embargo, me corro?a. Comiendo en su casa, en familia, durante toda la noche espi? una
mirada c?mplice en sus ojos: nada. Brome? todav?a con m?s extravagancia que de costumbre. ??No
vas a terminar de hacerte el loco??, le dijo su madre riendo. Parec?a tan despreocupado y respecto a m?
tan indiferente que esta vez tuve la certidumbre de haber fracasado: hab?a le?do con fastidio la
disertaci?n que yo le hab?a endilgado sin gracia. ?Dolorosa, noche dolorosa, en que su m?scara
disimulaba demasiado herm?ticamente su rostro? Quisiera vomitar mi coraz?n?, escrib? a la ma?ana
siguiente. Decid? encerrarme, olvidarlo. Pero ocho d?as despu?s, mi madre, informada por la familia,
me cont? que Jacques hab?a sido reprobado nuevamente en su examen; parec?a muy afectado: no
estar?a mal pasar a verlo. En seguida prepar? mis vendas, mis b?lsamos, corr? hacia ?l. Efectivamente
parec?a abrumado; tirado en un sill?n, sin afeitar, el cuello desabrochado, mal tenido, ni siquiera
intent? sonre?r. Me agradeci? mi carta, al parecer sin gran convicci?n. Me repiti? que no serv?a para
nada, que no val?a nada. Hab?a llevado durante todo el verano una vida est?pida, lo estropeaba todo,
ten?a asco de s? mismo. Intent? reconfortarlo, pero no lo hice de coraz?n. Cuando me fui murmur?:
?Gracias por haber venido?, en un tono concentrado que me conmovi?; pero a pesar de eso volv? a
casa muy abatida. Esta vez no logr? pintarme con colores sublimes el desasosiego de Jacques; no sab?a
exactamente lo que hab?a hecho ese verano pero supon?a lo peor: el juego, el alcohol, lo que yo
llamaba vagamente la juerga. Seguramente ten?a excusas pero me decepcionaba tener que excusarlo.
Record? el gran sue?o de amor-admiraci?n que me hab?a forjado a los quince a?os y lo compar?
tristemente con mi afecto por Jacques: no, no lo admiraba. Quiz? toda admiraci?n era un enga?o;
quiz? s?lo se encontraba en el fondo de todos los corazones un mismo carnaval incierto; quiz? el ?nico
lazo posible entre dos almas era la compasi?n. Ese pesimismo no bast? para reconfortarme.
Nuestra entrevista siguiente me arroj? en nuevas perplejidades. ?l hab?a reaccionado, re?a, hac?a con
voz reflexiva proyectos razonables. ?Un d?a me casar??, lanz?. Esa frasecita me desgarr?. ?La hab?a
pronunciado incidentalmente o a prop?sito? ?En ese caso era una promesa o una advertencia? Imposible soportar que otra que yo fuera su mujer: sin embargo, descubr? que la idea de casarme con ?l me
repel?a. La hab?a acariciado durante todo el verano. Ahora, cuando encaraba ese casamiento, deseado
ardientemente por mis padres, ten?a ganas de huir. Ya no ve?a en ?l mi salvaci?n sino mi p?rdida. Viv?
varios d?as en el terror.
Cuando volv? a casa de Jacques, estaba con amigos; me los present? y siguieron conversando entre
ellos: de bares y de barriten, de disgustos de dinero, de oscuras intrigas; me agradaba que mi presencia
no turbara su concili?bulo; no obstante, esa conversaci?n me deprimi?. Jacques me pidi? que lo esperara a que llevara en su coche a sus amigos, y postrada sobre el sof? rojo, con los nervios a flor de
piel, me ech? a llorar. Me hab?a calmado cuando volvi?. Su rostro hab?a cambiado y de nuevo
asomaba en sus palabras una sol?cita ternura. ?Sabes, es muy excepcional una amistad como la
nuestra?, me dijo. Recorrimos juntos el Bulevar Raspail y nos detuvimos un largo rato ante un
escaparate donde estaba expuesto un blanco cuadro de Foujita. Al d?a siguiente deb?a irse a
Ch?teauvillain a pasar tres semanas. Pens? aliviada que durante ese tiempo la dulzura de ese
crep?sculo ser?a mi ?ltimo recuerdo.
111
112 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
Sin embargo, mi agitaci?n no se aplac?: ya no me comprend?a. Por momentos Jacques era todo: en
otros absolutamente nada. Me asombraba sentir ?ese odio a veces por ?l?. Me preguntaba: ??Por qu?
solamente en la espera, en la nostalgia, en la piedad siento grandes impulsos de ternura?? La idea de
un amor compartido entre nosotros me helaba, Si la necesidad que ten?a de ?l se adormec?a, me sent?a
disminuida; pero escrib?: ?Tengo necesidad de ?l, no de verlo.? En vez de estimulante como el a?o
anterior nuestras conversaciones me debilitaban. Prefer?a pensar en ?l a distancia que encontrarme
frente a ?l.
Tres semanas despu?s de su partida, yo cruzaba la plaza de la Sorbona cuando vi su auto ante la
terraza del Harcourt. ?Qu? golpe! Sab?a que su vida no estaba conmigo; habl?bamos de ello a medias
palabras, yo estaba al margen. Pero quer?a pensar que en nuestras conversaciones pon?a lo m?s
verdadero de s? mismo; ese cochecito al borde de una acera me afirmaba lo contrario. En ese instante,
en cada instante, Jacques exist?a en carne y hueso para otros y no para m?; ?qu? pesaban en el espesor
de las semanas y de los meses nuestros t?midos encuentros? Una noche vino a casa; fue encantador y
me sent? cruelmente decepcionada. ?Por qu?? Cada vez ve?a menos claro. Su madre, su hermana,
pasaban una temporada en Par?s y ya nunca est?bamos solos. Me parec?a que jug?bamos a las escondidas y tal vez termin?ramos por no encontrarnos jam?s. ?Lo quer?a o no? ?Me quer?a? Mi madre
me repiti?, en un tono ambiguo, que ?l le hab?a dicho a la suya: ?Simone es muy bonita, l?stima que
t?a Francoise la vista tan mal.? La cr?tica no iba dirigida a m?: s?lo retuve que le gustaba mi cara. Ten?a
s?lo diecinueve a?os de estudios que terminar, y hacer el servicio militar; era normal que no hablara
de casamiento sino con vagas alusiones; esa reserva que desment?a el calor de sus recibimientos, sus
sonrisas, sus presiones de manos. Me hab?a escrito: ??Acaso es asunto tuyo?? En el afecto que me
demostraban t?a Germaine y Titile hab?a aquel a?o una especie de complicidad: su familia como la
m?a, parec?an considerarnos comprometidos. ?Pero qu? pensaba ?l exactamente? ?A veces parec?a tan
indiferente! A fines de noviembre comimos en un restaurante con sus padres y los m?os. ?l convers?,
brome?; su presencia disfrazaba demasiado perfectamente su ausencia: me extravi? en esa comedia.
Durante la mitad de la noche, llor?.
Pocos d?as m?s tarde vi por primera vez en mi vida morir a alguien: t?o Gast?n muerto
repentinamente de una obstrucci?n intestinal. Agoniz? toda una noche. T?a Marguerite le daba la mano
y le dec?a palabras que ?l no o?a. A su cabecera estaban sus hijos, y mis padres, mi hermana y yo. Emit?a un ronco estertor y vomitaba cosas negras. Cuando dej? de respirar su mand?bula colgaba y hubo
que anudarle un pa?uelo alrededor de la cabeza. Mi padre, al que yo nunca hab?a visto llorar,
sollozaba. La violencia de mi desesperaci?n sorprendi? a todo el mundo y a m? misma. Quer?a mucho
a mi t?o y el recuerdo de nuestras partidas de caza en Meyrignac, de madrugada; quer?a mucho a mi
prima Jeanne y me horrorizaba decirme: es hu?rfana. Pero ni mi pena ni mi compasi?n justificaban el
hurac?n que me devast? durante dos d?as: no pod?a soportar esa mirada ahogada que mi t?o hab?a
lanzado a su mujer, justo antes de morir, y en la que ya lo irreparable estaba cumplido. Irreparable,
irremediable: esas palabras martillaban mi cabeza hasta hacerla estallar; y otra les contestaba:
inevitable. Quiz? yo tambi?n ver?a esa mirada en los ojos del hombre al que hubiera querido
largamente.
Jacques me consol?. Pareci? tan emocionado ante mis ojos quemados, fue tan afectuoso que sequ?
mis l?grimas. En el curso de un almuerzo en casa de su abuela Flandin, ella me dijo incidentalmente:
?Ya no ser?as t? si no estudiaras.? Jacques me mir? con ternura: ?Espero que de todas maneras ser?a
ella.? Y pens?: ?Hago mal en dudar: me quiere.? Com? en su casa la semana siguiente y me confi? en
un breve aparte que hab?a salido de sus disgustos, pero que tem?a estar aburgues?ndose. Y se fue
enseguida despu?s de comer. Le invent? excusas, pero ninguna me convenci?: no se habr?a ido si me
hubiera querido. ?Quer?a algo s?lidamente? Decididamente me parec?a inestable, vers?til; se perd?a en
112
113 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
peque?as camarader?as y peque?os disgustos; no les daba importancia a los problemas que me
atormentaban; carec?a de convicci?n intelectual. Volv? a caer en el desasosiego: ??No podr? nunca
desprenderme de ?l, contra quien, a veces, me rebelo? Lo quiero, lo quiero insensatamente y ni
siquiera s? si est? hecho para m?.?
El hecho es que hab?a entre Jacques y yo muchas diferencias. Trazando mi retrato a mediados del
oto?o, lo primero que anot? fue lo que yo llamaba mi seriedad: ?Una seriedad austera, implacable,
cuya raz?n no comprendo, pero a la que me someto como a una aplastante necesidad.? Desde mi infancia siempre me hab?a mostrado ?ntegra, excesiva y me enorgullec?a de ello. Los dem?s se deten?an
a mitad del camino de la fe y del escepticismo, de sus deseos, de sus proyectos: yo despreciaba su
tibieza. Iba hasta el extremo de mis sentimientos, de mis ideas, de mis empresas; no tomaba nada a la
ligera; y como en mi primera infancia quer?a que todo en mi vida estuviera justificado por una especie
de necesidad. Me daba cuenta de que ese empecinamiento me privaba de ciertas cualidades, pero no
era cuesti?n de combatirlo; mi seriedad era ?toda yo? y yo me quer?a enormemente.
No le reproch? a Jacques su desenvoltura, sus paradojas, sus eclipses; lo cre?a m?s artista, m?s
sensible, m?s espont?neo y m?s dotado que yo; por momentos resucitaba el mito de Th?ag?ne y
Euphorion y estaba dispuesta a colocar por encima de mis m?ritos la gracia que lo habitaba. Pero
mientras en Zaza, anta?o, no encontraba nada que criticar, algunos rasgos de Jacques me
incomodaban: ?Su amor por las f?rmulas; entusiasmos demasiado grandes para su objeto; desdenes un
poco afectados.? Carec?a de profundidad, de perseverancia, y a veces, lo que me parec?a m?s grave, de
sinceridad. Sol?a irritarme cuando en vez de dar la cara se lavaba las manos; y sospechaba que a veces
pretextara complacidamente su escepticismo para ahorrarse el menor esfuerzo. Se quejaba de no creer
en nada; me encarnizaba en proponerle metas; me parec?a exaltante trabajar en desarrollarse, en
enriquecerse; en ese sentido comprend?a el precepto de Gide: ?Hacer de s? un ser irreemplazable?; pero
si se lo recordaba a Jacques se encog?a de hombros: ?Para eso basta acostarse y dormir.? Lo apremiaba
a que escribiera; estaba segura de que har?a buenos libros si quisiera. ??Para qu???, me contestaba. ?Y
el dibujo, la pintura?; ten?a aptitudes. Me respond?a: ??Para qu??? A todas mis sugestiones opon?a esas
dos palabritas. ?Jacques se obstina en querer construir en lo absoluto; deber?a practicar a Kant; nunca
llegar? a nada en esa direcci?n?, anot? un d?a ingenuamente. Sin embargo, sospechaba que la actitud
de Jacques no ten?a nada que ver con la metaf?sica y por lo general la juzgaba con severidad: no me
gustaban la pereza, ni el aturdimiento, ni la inconstancia. Por su parte, yo lo sent?a, a menudo mi buena
fe lo crispaba. Una amistad pod?a aceptar esas divergencias: hac?an temible la perspectiva de una vida
en com?n.
Yo no me habr?a inquietado tanto si hubiera comprobado al menos una oposici?n entre nuestros
caracteres; pero me daba cuenta de que otra cosa estaba en juego: la orientaci?n de nuestras
existencias. El d?a en que pronunci? la palabra casamiento hice el balance de lo que nos separaba:

?Gozar de las cosas bellas le basta; acepta el lujo y la vida f?cil, le gusta la felicidad. Yo necesito una
vida devoradora. Necesito obrar, gastarme, realizarme, necesito un fin que alcanzar, dificultades que
vencer, una obra que cumplir. No estoy hecha para el lujo. Nunca podr? satisfacerme lo que le
satisface.?
El lujo de la casa Laiguillon no era nada del otro mundo; en realidad lo que yo rechazaba, lo que yo
le reprochaba a Jacques de aceptar, era la condici?n burguesa. Nuestro entendimiento descansaba
sobre un equ?voco que explica las incoherencias de mi coraz?n. A mis ojos, Jacques se desprend?a de
su clase porque era inquieto: no advert?a que la inquietud era la manera en que esa generaci?n
burguesa trataba de recuperarse; sin embargo, sent?a que el d?a en que el casamiento lo hubiera
liberado, Jacques coincidir?a exactamente con su personaje de joven patr?n y de jefe de familia. En
verdad, todo cuanto deseaba era cumplir un d?a con el papel que le asignaba su nacimiento y contaba
113
114 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
con el casamiento, como Pascal con el agua bendita, para adquirir la fe que le faltaba. Eso, yo no me lo
dec?a todav?a claramente pero comprend? que consideraba el casamiento como una soluci?n y no como
un punto de partida. No se trataba de elevarse juntos hacia las cimas: si me convert?a en la se?ora
Laiguillon estar?a destinada a ocuparme de un ?hogar cerrado?. ?Acaso no era absolutamente
inconciliable con mis ambiciones personales? Yo desconfiaba de las conciliaciones y ?sta en particular
me parec?a peligrosa. Cuando compartiera la existencia de Jacques me costar?a defenderme contra ?l
puesto que ya su nihilismo me contaminaba. Trataba de recusarlo apoy?ndome sobre la evidencia de
mis pasiones, de mis voluntades; a menudo lo lograba. En los momentos de desaliento me inclinaba,
sin embargo, a darle raz?n. Bajo su influencia y para complacerlo, ?no me dejar?a arrastrar a sacrificar
todo lo que hac?a ?mi valor?? Me rebelaba contra esa mutilaci?n. He aqu? por qu? durante todo ese
invierno mi amor por Jacques fue tan doloroso. O si no se derrochaba, se extraviaba lejos de m? y yo
sufr?a; o buscaba el equilibrio en un ?aburguesamiento? que hubiera podido acercarlo a m?, pero en el
que yo ve?a una decadencia; yo no pod?a seguirlo en sus des?rdenes, no quer?a instalarme con ?l en un
orden que despreciaba. No ten?amos fe ni el uno ni el otro en los valores tradicionales; pero yo estaba
decidida a descubrir o a inventar otros; y ?l no ve?a nada m?s all?; oscilaba de la disipaci?n al
marasmo y la formalidad que aceptaba era la del consentimiento; no pensaba en cambiar la vida sino
en adaptarse a ella. Yo buscaba sobrepasarme.
A veces present?a entre nosotros una incompatibilidad y me desolaba: ?La felicidad, la vida es ?l.
?Ah, la felicidad, la vida que deber?an ser todo!? Sin embargo, no me decid?a a arrancar a Jacques de
mi coraz?n. Hizo una gira de un mes recorriendo Francia; iba a ver curas, iglesias, y a tratar de colocar
los vitrales Laiguillon. Era invierno; hac?a fr?o: me puse a desear el calor de su presencia, un amor
apacible, un hogar nuestro, m?o. Ya no me hice m?s preguntas. Le?a El adi?s a la adolescencia de
Mauriac, aprend?a de memoria largos pasajes l?nguidos que me recitaba por la calle.
Si me aferraba a ese amor era primeramente porque a trav?s de mis vacilaciones conservaba
siempre por Jacques un afecto emocionado; era encantador, seductor, y su gentileza caprichosa pero
real hab?a trastornado m?s de un coraz?n; el m?o no ten?a defensa; una entonaci?n, una mirada
bastaban para desencadenar una gratitud sin l?mites. Jacques ya no me deslumbraba; para comprender
los libros, los cuadros, no necesitaba de ?l; pero me conmov?an su confianza y sus ataques de humildad. Todos los dem?s, los j?venes tupidos, los adultos sin vuelo, sab?an todo sobre todas las cosas
y cuando dec?an: ??No comprendo!?, no era porque ellos se creyeran equivocados. ?C?mo le agradec?a
a Jacques sus incertidumbres! Quer?a ayudarlo como ?l me hab?a ayudado. Aun m?s que en el pasado
me sent?a ligada a ?l por una especie de pacto por el cual su ?salvaci?n? me parec?a m?s necesaria que
la m?a. Cre? firmemente en esa predestinaci?n porque no conoc?a a ning?n hombre, joven ni viejo, con
el que me fuera posible cambiar dos palabras. Si Jacques no estaba hecho para m?, nadie lo estaba, y
tendr?a que volver a una soledad que me parec?a muy amarga. En los momentos en que de nuevo me
consagraba a Jacques volv?a a enderezar su estatua: ?Todo lo que me llega de Jacques me parece un
juego, una falta de valor, una cobard?a, y despu?s recobro la verdad de lo que me ha dicho.? Su escepticismo manifestaba su lucidez; en el fondo era a m? a la que le faltaba coraje cuando me disfrazaba
la triste relatividad de los fines humanos; ?l se atrev?a a confesarse que ninguna meta merec?a un
esfuerzo. ?Perd?a su tiempo en los bares? Hu?a as? de su desesperaci?n y a veces encontraba la poes?a.
En vez de reprocharle su derroche hab?a que admirar su prodigalidad. Se parec?a a ese rey de Tule que
?l sol?a citar que no vacil? en arrojar al mar su m?s hermosa copa de oro por la posibilidad de un
suspiro. Yo era incapaz de tales refinamientos, pero eso no me autorizaba a desconocer el precio.
Estaba convencida de que un d?a Jacques los expresar?a en una obra. ?l no me desalentaba del todo:
me anunciaba de tanto en tanto que hab?a encontrado un t?tulo formidable. Hab?a que tener paciencia,
creer en ?l. As? iba de la decepci?n al entusiasmo de los arduos restablecimientos.
114
115 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
La principal raz?n de mi encarnizamiento era que aparte de ese amor mi vida me parec?a
desesperadamente vac?a y vana. Jacques s?lo era ?l; pero a distancia se convert?a en todo: todo lo que
yo no pose?a. Yo le deb?a alegr?as, penas cuya violencia me salvaba del ?rido hast?o en que me hund?a.
Zaza volvi? a Par?s a principios de octubre. Hab?a hecho cortar su hermoso pelo negro y su nuevo
peinado encuadraba agradablemente su rostro un poco delgado. Vestida en el estilo de Santo Tom?s de
Aquino, confortablemente pero sin elegancia, llevaba siempre sombreritos redondos hundidos hasta las
cejas, y a menudo guantes. El d?a en que nos encontramos pasamos la tarde en las orillas del Sena y en
las Tuller?as; ella ten?a ese aire serio y hasta un poco triste que ahora le era habitual. Me dijo que su
padre acababa de cambiar de trabajo; le hab?an dado a Raoul Dautry el cargo de ingeniero jefe de los
ferrocarriles del Estado que el se?or Mabille esperaba; despechado hab?a aceptado las propuestas que
le hac?a desde tiempo atr?s la casa Citroen: ganar?a much?simo dinero. Los Mabille iban a instalarse en
un lujoso departamento en la calle Berri; hab?an comprado un auto; tendr?an que salir y recibir mucho
m?s que antes. Eso no parec?a encantar a Zaza; me habl? con impaciencia de esa vida mundana que le
impon?an, y comprend? que si iba a los casamientos, a los entierros, a los bautismos, a las primeras
comuniones, a los t?s, a los almuerzos, a las ventas de caridad, a las reuniones de familia, a los
compromisos, a los bailes, no era por su gusto: juzgaba a su medio con tanta severidad como en el
pasado y hasta le pesaba m?s. Antes de las vacaciones yo le hab?a prestado algunos libros; me dijo que
la hab?an hecho reflexionar mucho; hab?a rele?do tres veces la Gran Meaulnes: nunca una novela la
hab?a conmovido tanto. Me pareci? de pronto muy cercana y le habl? un poco de m?: sobre muchos
puntos pensaba exactamente las mismas cosas. ??He recobrado a Zaza!?, me dije alegremente cuando
nos separamos, al anochecer.
Tomamos la costumbre de pasearnos juntas todos los domingos por la ma?ana. Ni bajo su techo ni
bajo el m?o hubi?ramos podido estar solas: e ignor?bamos absolutamente la costumbre de los caf?s:
??Pero qu? hace toda esa gente? ?No tienen casa??, me pregunt? una vez Zaza ante la R?gence.
Recorr?amos las avenidas del Luxemburgo o de los Champs-Elys?es; cuando el tiempo estaba lindo
nos sent?bamos en las sillas de hierro, al borde de los canteros. Sac?bamos los mismos libros de la
biblioteca circulante de Adrienne Monnier; le?mos con pasi?n la correspondencia de Alain Fournier y
de Jacq?es Rivi?re; a ella le gustaba m?s Fournier, yo estaba seducida por la rapacidad met?dica de
Rivi?re. Discut?amos, coment?bamos nuestra vida cotidiana. Zaza ten?a serias dificultades con su
madre que le reprochaba consagrar demasiado tiempo al estudio, a la lectura, a la m?sica, y descuidar
?sus deberes sociales?; los libros que a Zaza le gustaban le parec?an sospechosos; se inquietaba. Zaza
ten?a por su madre la misma devoci?n que antes y no soportaba apenarla. ??Sin embargo, hay cosas a
las que no quiero renunciar!?, me dijo con voz angustiada. Tem?a en el porvenir los m?s graves
conflictos. A fuerza de arrastrarse de entrevista en entrevista, Lili, que ya ten?a veintitr?s a?os,
terminar?a por ubicarse; entonces pensar?an en casar a Zaza. ?No me dejar? manejar ?me dec?a?. Pero
me ver? obligada a disgustarme con mam?.? Sin hablarle de Jacques ni de mi evoluci?n religiosa yo
tambi?n le dec?a muchas cosas. Al d?a siguiente de esa noche que pas? llorando, despu?s de una
comida con Jacques, me sent? incapaz de arrastrarme sola hasta la noche: fui a llamar a casa de Zaza y
apenas me hube sentado frente a ella, me ech? a llorar. Se qued? tan consternada que le cont? todo.
La mayor parte del tiempo yo lo pasaba como de costumbre, estudiando. La se?orita Lambert
dictaba ese a?o el curso de l?gica y de historia de la filosof?a y yo empec? por esas dos materias. Me
alegraba volver a la filosof?a. Segu?a siendo tan sensible como en mi infancia a lo extra?o de mi
presencia sobre esta tierra que sal?a ?de d?nde?, que iba ?adonde? A menudo pensaba en esto con
estupor y en mis cuadernos me interrogaba: me parec?a ser la v?ctima ?de una prueba de
prestidigitaci?n cuyo truco es infantil, pero que uno no llega a adivinar?. Yo esperaba si no dilucidarlo
115
116 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
al menos verlo de m?s cerca. Como mi ?nico bagaje era la ense?anza del abate Tr?court empec? a
dirigirme a tientas, dif?cilmente, a trav?s de los sistemas de Descartes y de Spinoza. A veces me
llevaban muy alto, al infinito; yo ve?a la tierra a mis pies como un hormiguero y hasta la misma
literatura se convert?a en un vano ruido: a veces s?lo ve?a en ella torpes andamiajes sin relaci?n con la
realidad. Estudi? a Kant y ?l me convenci? de que nadie me descubrir?a el buen lado de las cartas. Su
cr?tica me pareci? tan pertinente, me caus? tanto placer comprenderla que en el momento no me
entristec?. Sin embargo, si ella no lograba explicarme el universo y a m? misma ya no sab?a muy bien
qu? pedirle a la filosof?a: me interes? moderadamente en doctrinas que rechazaba de antemano. Hice
sobre ?la prueba ontol?gica? de Descartes una disertaci?n que la se?orita Lambert juzg? mediocre. Sin
embargo, hab?a decidido interesarse en m? y eso me halag?. Durante sus cursos de log?stica me distra?a
mir?ndola. Llevaba siempre vestidos azules, sencillos pero estudiados; me parec?a un poco mon?tona
la fr?a luz de su mirada, pero siempre me sorprend?an sus sonrisas que transformaban su m?scara
severa en un rostro de carne. Se dec?a que hab?a perdido a su novio en la guerra y que a consecuencias
de esa muerte hab?a renunciado a rehacer su vida. Inspiraba pasiones: hasta la acusaban de abusar de
su ascendiente; algunas estudiantes se afiliaban por amor a ella a esa tercera-orden que dirig?a con la
se?ora Dani?lou; y despu?s de haber atra?do a esas j?venes almas se escamoteaba ante su devoci?n.
Poco me importaba. A mi modo de ver no bastaba solamente pensar, ni solamente vivir: yo no
estimaba del todo a la gente que ?pensaba su vida?; pero la se?orita Lambert no ?viv?a?. Dictaba
cursos o trabajaba en una tesis: esa existencia me parec?a muy ?rida. No obstante encontraba placer en
sentarme en su escritorio azul como sus vestidos y sus ojos; hab?a siempre sobre su mesa en un florero
de cristal, una rosa t?. Me recomendaba libros: me prest? La tentaci?n de Occidente, de un joven
desconocido que se llamaba Andr? Malraux. Me interr
117 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
cultivaba; y me repugnaba seguir las instrucciones que me obligaban a hablarles de la grandeza
humana o del valor del sufrimiento: hubiera tenido la impresi?n de burlarme de ellas. Tambi?n
respecto a la amistad, Garric me hab?a defraudado. La atm?sfera del Centro era bastante alegre; pero
entre los j?venes de Belleville y los que como yo ven?an a ellos no hab?a ni intimidad ni reciprocidad.
Mat?bamos el tiempo juntos, nada m?s. Mi desencanto salpic? a Garric. Vino a dar una conferencia y
yo pas? gran parte de esa tarde con Suzanne Boigue y con ?l. Yo hab?a deseado apasionadamente
hablarle un d?a como adulta, en un pie de igualdad: y la conversaci?n me pareci? fastidiosa. Repet?a
siempre las mismas ideas: la amistad debe reemplazar el odio; en vez de pensar en partidos, sindicatos,
revoluciones, hay que pensar oficio, familia, regi?n; el problema es salvar en todo hombre el valor
humano. Yo lo escuchaba distra?damente. Mi admiraci?n por ?l se hab?a apagado al mismo tiempo que
mi fe en su obra. Un poco m?s adelante Suzanne Boigue me pidi? que diera lecciones por correspondencia a enfermos de Berck: acept?. Ese trabajo me pareci? eficaz en su modestia. Comprend?,
no obstante, que la acci?n era una soluci?n decepcionante: uno se procuraba coartadas falaces
pretendiendo dedicarse a los dem?s. No se me ocurri? que la acci?n pudiera adquirir formas muy diferentes de las que yo condenaba. Pues si bien present? en los Equipos una mistificaci?n fui, sin
embargo, v?ctima de ellos. Cre? tener un verdadero contacto con ?el pueblo?; me pareci? cordial,
deferente y dispuesto a colaborar con los privilegiados. Esa experiencia truncada agrav? m?s mi
ignorancia.
Personalmente, lo que apreciaba m?s en ?los Equipos? era que me permit?an salir una noche de casa.
Entre mi hermana y yo hab?a renacido una gran intimidad; yo le hablaba del amor, de la amistad, de la
dicha y de sus trampas, de la alegr?a, de las bellezas de la vida interior: ella le?a Francis Jammes, Alain
Fournief. En cambio mis relaciones con mis padres no mejoraban. Ellos se habr?an sentido
sinceramente deprimidos si hubieran sabido hasta qu? punto su actitud me afectaba: ni siquiera lo
sospechaban. Consideraban que mis gustos y mis opiniones eran un desafi? al sentido com?n y a ellos
mismos y contraatacaban en cualquier oportunidad. A menudo apelaban ante sus amigos; denunciaban
en coro el charlatanismo de los artistas modernos, el esnobismo del p?blico, la decadencia de Francia
y de la civilizaci?n: durante esos requisitorios todas las miradas se clavaban en m?. El se?or Franchot,
conversador brillante, gran conocedor de literatura, autor de dos novelas cuya impresi?n ?l mismo
hab?a pagado, me pregunt? una noche con voz sarc?stica qu? bellezas le encontraba al Cubilete de
dados de Max Jacob. ?Ah, dije secamente, no es permeable a primera vista.? Hubo una carcajada y
admito que la merec?a; pero en tales casos yo no ten?a otra alternativa que la pedanter?a o la groser?a.
Trat? de no reaccionar ante las provocaciones, pero a mis padres no les conven?a esa falsa muerte.
Convencidos de que yo sufr?a influencias nefastas me interrogaban con sospechas: ??Qu? tiene de tan
extraordinario tu se?orita Lambert??, preguntaba mi padre. Me reprochaba no tener sentido de familia
y preferir a los extra?os. Mi madre admit?a en principio que uno prefiriera, a amigos que hab?a
elegido, a parientes lejanos; pero le parec?an excesivos mis sentimientos por Zaza. El d?a en que fui a
llorar a casa de ?sta de improviso, se?al? esa visita: ?Pas? por casa de Zaza.? ??Ya la has visto el
domingo! ?dijo mi madre?. ?No necesitas estar todo el tiempo metida en casa de ella!? Sigui? una
larga escena. Otro objeto de conflicto eran mis lecturas. Mi madre no tomaba partido; palideci?
hojeando La noche kutda de Jean Richard Bloch. Participaba a todo el mundo las inquietudes que yo le
daba: a mi padre, a la se?ora Mabille, a mis t?as, a mis primas, a mis amigas. Yo no consegu?a
resignarme a esa desconfianza que me rodeaba. ?Qu? largas me parec?an las noches y los domingos!
Mi madre dec?a que no se pod?a encender fuego en la chimenea de mi cuarto; yo instalaba por lo tanto
una mesa de bridge en la sala donde ard?a una salamandra y cuya puerta permanec?a tradicionalmente
abierta. Mi madre entraba, sal?a, iba, ven?a y se inclinaba sobre mi hombro: ??Qu? haces? ?Qu? es ese
libro?? Dotada de una vitalidad robusta que no ten?a oportunidad de gastar cre?a en las virtudes de la
117
118 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
alegr?a. Cantando, riendo, bromeando, trataba de resucitar ella sola el alegre bullicio que llenaba la
casa en la ?poca en que mi padre no sal?a todas las noches y en que reinaba el buen humor. Ella
reclamaba mi complicidad y si me faltaba animaci?n se inquietaba: ??En qu? piensas? ?Qu? tienes?
?Por qu? nones esa cara? Naturalmente a tu madre no quieres decirle nada?? Cuando se acostaba por
fin yo estaba demasiado cansada para aprovechar de esa tregua. ?C?mo hubiera querido poder ir
sencillamente al cine! Me extend?a sobre la alfombra con un libro, pero ten?a la cabeza tan pesada que
a menudo me dorm?a. Iba a acostarme con el coraz?n desasosegado. Por la ma?ana me despertaba con
una sensaci?n de aburrimiento y mis d?as se arrastraban tristemente. Estaba relajada de libros: hab?a
le?do demasiados que repet?an las mismas cantilenas; no me tra?an ninguna nueva esperanza. Prefer?a
matar el tiempo en las galer?as de la calle de Seine o de la calle La Bo?tie: la pintura me arrancaba de
m? misma. Intentaba salir de m?. A veces me perd?a en las cenizas del poniente; miraba arder contra el
c?sped verde p?lido, p?lidos crisantemos amarillos; a la hora en que la luz de los faroles convert?a el
follaje del Carroussel en decorados de ?pera yo escuchaba los juegos de agua. La buena voluntad no
me faltaba; bastaba un rayo de sol para que mi sangre brincara. Pero era el oto?o, lloviznaba; mis
alegr?as eran escasas y se desflecaban pronto. El hast?o volv?a y la desesperaci?n. El a?o anterior
tambi?n hab?a empezado mal; yo hab?a contado mezclarme alegremente con el mundo; me hab?an
encerrado en una jaula y adem?s exilado. Yo hab?a salido del paso con un trabajo negativo: la ruptura
con mi pasado, con mi medio; tambi?n hab?a hecho grandes descubrimientos: Garric, la amistad de
Jacques, los libros. Hab?a recuperado mi confianza en el porvenir y hab?a planeado muy alto en el
cielo, un destino heroico. ?Qu? ca?da! De nuevo el porvenir era hoy y todas las promesas deber?an
cumplirse sin demora. Hab?a que servir: ?para qu??, ?para qui?n? Yo hab?a le?do mucho, reflexionado,
aprendido, estaba dispuesta, me hab?a enriquecido, me dec?a: nadie reclama nada de m?. La vida me
hab?a parecido tan llena que para responder a sus llamados infinitos hab?a intentado fan?ticamente
utilizar toda mi persona: estaba vac?a; ninguna voz me solicitaba. Me sent?a con fuerzas para levantar
el mundo: no encontraba el menor guijarro para mover. Mi desilusi?n fue brutal: ??Soy tanto m?s de lo
que puedo hacer!? No bastaba haber renunciado a la gloria, a la dicha; ya ni siquiera ped?a que mi
existencia fuera fecunda, ya no ped?a m?s nada; aprend?a con dolor ?la esterilidad de ser?. Yo
trabajaba para tener un oficio; pero un oficio es un medio: ?hacia qu? fin? El casamiento ?para qu??
Educar hijos o corregir deberes era el mismo in?til ret?rnelo. Jacques ten?a raz?n: ?para qu?? La gente
se resignaba a existir en vano: yo no. La se?orita Lambert como mi madre desgranaban d?as muertos,
se contentaban con estar ocupadas: ??Yo quisiera una exigencia total que no me dejara tiempo para
ocuparme de nada!? No la encontraba y en mi impaciencia universalizaba mi caso particular: ?Nada
me necesita, nada necesita a nadie, porque nada tiene necesidad de ser.? As? encontr? en m? ese nuevo
?mal del siglo? denunciado por Marcel Arland en un art?culo de la N.R.F. que hab?a tenido mucha
resonancia. ?l explicaba que nuestra generaci?n no se consolaba de la ausencia de Dios: descubr?a
desesperada que aparte de ?l s?lo exist?an ocupaciones. Yo hab?a le?do ese ensayo unos meses antes
sin inter?s pero sin turbarme: yo me las arreglaba muy bien sin Dios y si utilizaba su nombre era para
se?alar un vac?o que ten?a para m? el esplendor de la plenitud. Ahora tampoco deseaba que existiera, y
hasta me parec?a que si hubiera cre?do en ?l lo habr?a detestado. Avanzando a tientas por caminos
cuyos menores recovecos ?l conoc?a, sacudida al azar de su gracia, petrificada por su juicio infalible,
mi existencia s?lo habr?a sido una prueba est?pida y vana. Ning?n sofisma hubiera podido
convencerme de que el Todopoderoso necesitaba mi miseria: o si no, hubiera sido un juego. Cuando la
condescendencia divertida de los adultos transformaba anta?o mi vida en una comedia pueril, yo me
convulsionaba de rabia: hoy habr?a rechazado no menos furiosamente ser el mono de Dios. De
repetirse en el cielo, ampliada al infinito, la monstruosa alianza de fragilidad y de rigor, de capricho y
de falsa necesidad que me oprim?a desde mi nacimiento, antes que adorarlo hubiera preferido conde118
119 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
narme. La mirada radiante de maliciosa bondad, Dios me habr?a robado la tierra, mi vida, los dem?s y
yo misma. Consideraba una gran suerte haberme salvado de ?l.
Pero entonces ?por qu? yo tambi?n repet?a con desolaci?n que ?todo es vanidad?? En verdad el mal
de que sufr?a era haber sido arrojada del para?so de la infancia y no haber encontrado un lugar entre los
hombres. Me hab?a instalado en el absoluto para poder mirar desde lo alto este mundo que me
rechazaba; ahora si quer?a obrar, hacer una obra, expresarme, hab?a que volver a bajar a ?l; pero mi
desprecio lo hab?a aniquilado, s?lo ve?a el vac?o a mi alrededor. El hecho es que todav?a no hab?a
puesto la mano sobre nada. Amor, acci?n, obra literaria: me limitaba a sacudir conceptos en mi
cabeza: rebat?a abstractamente abstractas posibilidades y sacaba como conclusi?n la deprimente
insignificancia de la realidad. Deseaba poseer algo firmemente y enga?ada por la violencia de ese
vago deseo, lo confund?a con un deseo de infinito.
Mi indigencia, mi impotencia me habr?an inquietado menos si hubiera sospechado hasta qu? punto
era todav?a limitada, ignara; una tarea pod?a reclamarme: informarme; y sin duda no tardar?an en
aparecer otras. Pero lo peor cuando uno vive en una c?rcel sin barrotes es que ni siquiera tiene
conciencia de los biombos que ocultan el horizonte; erraba a trav?s de una niebla espesa y la cre?a
transparente. No entreve?a las presencias de las cosas que se me escapaban.
La historia no me interesaba. Aparte de la obra de Vaulabelle sobre las dos Restauraciones, las
memorias, relatos, cr?nicas que me hab?an hecho leer me hab?an parecido como los cursos de la
se?orita Gontran: una acumulaci?n de an?cdotas sin significado. Lo que ocurr?a en el presente
tampoco deb?a merecer mi atenci?n. Mi padre y sus amigos hablaban incansablemente de pol?tica y yo
sab?a que todo andaba mal: no ten?a ganas de meter la nariz en esa confusi?n. Los problemas que los
agitaban ?la estabilizaci?n del franco, la evacuaci?n de Renania, las utop?as de la S.D.N.?, me
parec?an del mismo orden que los asuntos de familia y los disgustos de dinero; no me incumb?an. No
interesaban a Jacques ni a Zaza; la se?orita Lambert no los mencionaba nunca; los escritores de la
N.R.F. ?yo no le?a otros? no los tocaban, salvo a veces Drieu La Rochelle, pero en t?rminos
herm?ticos para m?. En Rusia quiz? ocurr?an cosas; pero era muy lejos. Sobre los problemas sociales
los Equipos me hab?an embarullado las ideas, y la filosof?a los despreciaba. En la Sorbona mis
profesores ignoraban sistem?ticamente a Engels y a Marx; en su grueso libro sobre ?el progreso de la
conciencia en Occidente?, apenas si Brunschvicg hab?a dedicado tres p?ginas a Marx, al que pon?a al
mismo nivel que un pensador reaccionario de los m?s oscuros. Nos ense?aban la historia del
pensamiento cient?fico, pero nadie nos contaba la aventura humana. La farsa sin pie ni cabeza que los
hombres representaban sobre la tierra pod?a intrigar a los especialistas: no era digna de ocupar a los
fil?sofos. Despu?s de todo, cuando ?ste hab?a comprendido que no sab?a nada y que no hab?a nada que
saber ya lo sab?a todo. As? se explica que yo haya podido escribir en enero: ?Lo s? todo, he dado la
vuelta de todas las cosas.? El idealismo subjetivista en el que yo cre?a privaba al mundo de su espesor
y de su singularidad: nada asombroso que ni siquiera en imaginaci?n yo haya encontrado nada s?lido a
que aferrarme.
Todo converg?a, por lo tanto, para convencerme de la insuficiencia de las cosas humanas: mi propia
condici?n, la influencia de Jacques, las ideolog?as que me ense?aban, y la literatura de la ?poca. La
mayor?a de los escritores machacaban ?nuestra inquietud?, y me invitaban a una l?cida desesperaci?n.
Yo llevaba al extremo ese nihilismo. Toda religi?n, toda moral eran un enga?o incluso el ?culto del
yo?. Yo juzgaba, no sin raz?n, artificiales las fiebres que anta?o hab?a alimentado complacientemente.
Abandon? a Gide y a Barres. En todo proyecto ve?a una huida, en el trabajo una diversi?n tan f?til
como cualquier otra. Un joven h?roe de Mauriac consideraba sus amistades y sus placeres como
?ramas? que lo sosten?an precariamente sobre el vac?o: me apoder? de esa palabra. Uno ten?a derecho a
aferrarse a las ramas, pero a condici?n de no confundir lo relativo con lo absoluto, la derrota con la
119
120 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
victoria. Yo juzgaba a los dem?s seg?n esas normas; s?lo exist?an para m? las personas que miraban de
frente sin hacer trampa esa nada que lo roe todo; las dem?s no exist?an. Consideraba a priori a los
ministros, a los acad?micos, a los se?ores condecorados, a todos los importantes como a B?rbaros. Un
escritor deb?a ser maldito; todo ?xito se prestaba a la sospecha y yo me preguntaba si hasta el hecho de
escribir no implicaba una falla: s?lo el silencio del se?or Teste me parec?a expresar dignamente la
absoluta desesperaci?n humana. Yo resucitaba as? en nombre de la ausencia de Dios el ideal del
renunciamiento a la vida mundana que me hab?a inspirado mi existencia. Pero esa premisa no
desembocaba en ninguna salvaci?n. La actitud m?s franca, despu?s de todo, era suprimirse; yo lo
admit?a y admiraba a los suicidas metaf?sicos; no pensaba, sin embargo, recurrir a ello: ten?a demasiado miedo a la muerte. Sola, en casa, sol?a debatirme como a los quince a?os; temblorosa, las manos
h?medas, gritaba enloquecida: ??No quiero morir!?
Y ya la muerte me corro?a. Como no estaba comprometida en ninguna empresa, el tiempo se
descompon?a en instantes que indefinidamente se renegaban: yo no pod?a resignarme a ?esa muerte
m?ltiple y fragmentaria?. Copiaba las p?ginas de Schopenhauer, de Barres, los versos de madame de
Noailles. Me parec?a m?s atroz morir al no ver razones para vivir.
Sin embargo, amaba la vida apasionadamente. Hac?a falta poca cosa para devolverme la confianza
en ella, en m?: una carta de uno de mis alumnos de Berck, la sonrisa de una obrera de Belleville, las
confidencias de una compa?era de Neuilly, una mirada de Zaza, una gratitud, una palabra tierna. En
cuanto me sent?a ?til o querida el horizonte se iluminaba de nuevo y me hac?a promesas a m? misma:
?Ser querida, ser admirada, ser necesaria; ser alguien.? Estaba cada vez m?s segura de tener ?un
mont?n de cosas que decir?: las dir?a. El d?a en que cumpl? diecinueve a?os escrib? en la biblioteca de
la Sorbona un largo di?logo donde alternaban dos voces: ambas eran m?as: una dec?a la vanidad de
todas las cosas, y la repulsi?n y la fatiga; la otra afirmaba que es lindo existir aunque sea est?rilmente.
De un d?a al otro, de una hora a la otra yo pasaba del abatimiento al orgullo. Pero durante todo el oto?o
y todo el invierno lo que domin? en m? fue la angustia de encontrarme un d?a ?vencida por la vida?.
Esas oscilaciones, esas dudas me enloquec?an; el aburrimiento me ahogaba y tenia el coraz?n en
carne viva. Cuando me arrojaba en la desdicha era con toda la violencia de la juventud, de mi salud, y
el dolor moral pod?a asolarme con tanto salvajismo como un sufrimiento f?sico. Yo caminaba por Par?s, recorriendo kil?metros, paseando sobre paisajes desconocidos una mirada nublada por el llanto. El
est?mago hambriento por la marcha, entraba en una confiter?a, com?a un brioche y me recitaba
ir?nicamente la frase de Heine: ?Cualesquiera sean las l?grimas que uno llora, uno termina siempre
por sonarse.? A orillas del Sena, a trav?s de mis sollozos me acunaba con los versos de Laforgue:
Oh, bien amado, ya no es hora, mi coraz?n estalla,
no te guardo rencor pero he llorado tanto?
Me gustaba sentir el escozor de mis ojos. Pero por momentos todas mis armas se me ca?an de las
manos. Me refugiaba en la nave lateral de una iglesia para poder llorar en paz; permanec?a postrada, la
cabeza entre las manos, sofocada por amargas tinieblas.
Jacques volvi? a Par?s a fines de enero. Al d?a siguiente de su llegada vino a casa. Para mi
decimonoveno aniversario mis padres me hab?an hecho sacar fotograf?as y ?l me pidi? una; nunca su
voz hab?a tenido inflexiones tan acariciadoras. Yo temblaba ocho d?as m?s tarde al llamar a su puerta,
a tal punto tem?a una brutal reca?da. Nuestra entrevista me encant?. Hab?a empezado una novela que
se llamaba Los j?venes burgueses y me dijo: ?Es mucho por ti que la escribo.? Tambi?n me dijo que
me la dedicar?a: ?Considero que te lo debo.? Durante algunos d?as viv? en la exaltaci?n. Una semana
120
121 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
despu?s le habl? de m?, le cont? mi hast?o y que ya no encontraba ning?n sentido a la vida. ?No hay
necesidad de buscar tanto ?me dijo gravemente?, hay que cumplir simplemente cada d?a.? Agreg?
poco despu?s: ?Hay que tener la humildad de reconocer que uno no puede arregl?rselas solo; es mucho
m?s f?cil vivir para alg?n otro.? Me sonri?: ?La soluci?n es hacer ego?smo a dos.?
Yo me repet?a esa frase, esa sonrisa; ya no dudaba, Jacques me quer?a, nos casar?amos. Pero
decididamente algo no marchaba: mi felicidad no dur? m?s de tres d?as. Jacques volvi? a casa; pas?
con ?l una noche muy alegre y despu?s de su partida me desmoron?: ??Tengo todo para ser feliz y
quisiera morirme! La vida est? ah?, me acecha, va a precipitarse sobre nosotros. Tengo miedo, estoy
sola, estar? siempre sola? Si pudiera huir, ?adonde? No importa adonde. Un gran cataclismo que nos
arrastre.? Para Jacques casarse era decididamente un fin, yo no quer?a terminar tan pronto. Durante un
mes me debat?. Por momentos me convenc?a que pod?a vivir junto a Jacques sin mutilarme; luego el
terror volv?a a apoderarse de m?. ??Encerrarme en los l?mites de otro! Tengo horror de ese amor que
me encadena, que no me deja libre.?
?Deseo de quebrar ese lazo, olvidar, comenzar otra vida?? ?Todav?a no, todav?a no quiero aceptar
ese sacrificio de todo mi ser.? Sin embargo, yo ten?a grandes impulsos de amor por Jacques y s?lo me
confesaba en breves iluminaciones: ?No est? hecho para m?.? Prefer?a convencerme de que yo no
estaba hecha para el amor ni para la dicha. En mi diario hablaba en forma extra?a como de premisas
constituidas una vez por todas, que me era posible desechar o aceptar pero cuyo contenido no pod?a
modificar. En vez de decirme: ?Cada vez creo menos posible ser feliz con Jacques?, escrib?a: ?Cada
vez temo m?s ser feliz.? ?Angustia de decir s? o de decir no a la felicidad.? ?Cuando m?s lo quiero es
cuando m?s aborrezco el amor que siento por ?l.? Yo tem?a que mi ternura me arrastrara a ser su mujer
y rechazaba ferozmente la vida que esperaba a la futura se?ora Laiguillon.
Jacques por su parte ten?a caprichos. Me dedicaba sonrisas seductoras; dec?a: ?Hay seres
irreemplazables?, envolvi?ndome en una mirada conmovida; me ped?a que volviera a verlo pronto: me
recib?a fr?amente. Cay? enfermo a principios de marzo. Le hice varias visitas: siempre sus t?os, sus
t?as, sus abuelas estaban junto a su cama. ?Ven ma?ana, conversaremos tranquilos?, me dijo una vez.
Aquella tarde me sent?a todav?a m?s emocionada que de costumbre cuando me dirig?a al Bulevar
Montparnasse. Compr? un ramo de violetas y lo pinch? junto al escote de mi vestido; me cost?
colocarlas y en mi impaciencia perd? mi cartera. No conten?a gran cosa, no obstante, llegu? a casa de
Jacques muy nerviosa. Hab?a pensado mucho en nuestra soledad en la penumbra de su cuarto. Pero no
lo encontr? solo. Lucien Riaucourt estaba sentado junto a su cama. Yo ya lo conoc?a: era un muchacho
elegante, desenvuelto, que hablaba bien. Siguieron conversando entre ellos de los bares que
frecuentaban, de las personas que encontraban; proyectaron salidas para la semana entrante. Me sent?
perfectamente inoportuna: no ten?a dinero, no sal?a de noche, s?lo era una joven estudiante incapaz de
participar en la existencia de Jacques. Adem?s estaba de mal humor; se mostr? ir?nico, hasta agresivo;
me escap? enseguida y ?l me dijo adi?s con una evidente satisfacci?n. Me enfurec? y lo odi?. ?Qu?
ten?a de extraordinario? Hab?a otros mil que val?an tanto como ?l. Me hab?a equivocado tom?ndolo
por una especie de Gran Meaulnes. Era inestable, ego?sta y s?lo le gustaba divertirse. Camin?
rabiosamente por los grandes bulevares prometi?ndome separar mi vida de la suya. Al d?a siguiente
me dulcifiqu?; pero estaba decidida a no volver a poner los pies en su casa hasta pasado mucho
tiempo. Cumpl? mi palabra y pas? m?s de seis semanas sin verlo.
La filosof?a ni me hab?a abierto el cielo ni me hab?a anclado a la tierra; sin embargo, en enero,
vencidas las primeras dificultades, empec? a interesarme seriamente en ella. Le? a Bergson, Plat?n,
Schopenhauer, Leibniz, Hamelin, y con fervor a Nietzsche. Un mont?n de problemas me apasionaban:
el valor de la ciencia, la vida, la materia, el tiempo, el arte. No ten?a doctrina fija; al menos sab?a que
121
122 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
desechaba a Arist?teles, a Santo Tom?s, a Maritain y tambi?n a todos los empirismos y el
materialismo. En conjunto me plegaba al idealismo cr?tico tal como nos lo expon?a Brunschvicg, aunque sobre muchos puntos me dejara en ayunas. Recobr? el gusto por la literatura. En el Bulevar Saint
Michel la librer?a Picaft se abr?a liberalmente a los estudiantes: yo hojeaba las revistas de vanguardia
que en ese momento nac?an y mor?an como moscas; le?a a Bret?n, a Arag?n; el surrealismo me conquist?. La inquietud a la larga resultaba insulsa: prefer? las exageraciones de la negaci?n pura.
Destrucci?n del arte, de la moral, del lenguaje, desorden sistem?tico, desesperaci?n llevada hasta el
suicidio: esos excesos me encantaban.
Ten?a ganas de hablar de esas cosas; ten?a ganas de hablar de todas las cosas con personas que
contrariamente a Jacques terminaran sus frases. Buscaba ?vidamente trabar conocimientos. En SainteMarie solicit? las confidencias de mis compa?eras; pero decididamente no hab?a ninguna que me
interesara. Me dio mucho m?s placer conversar en Belleville con Suzanne Boigue. Ten?a pelo casta?o,
estrictamente cortado, una gran frente; ojos celestes muy claros y un no s? qu? intr?pido. Ganaba su
vida como directora del Centro de que habl?; su edad, su independencia, sus responsabilidades, su
autoridad le daban un cierto ascendiente. Era creyente pero me dio a entender que sus relaciones con
Dios no eran del todo f?ciles. En literatura ten?amos m?s o menos los mismos gustos. Advert? con
satisfacci?n que no se dejaba enga?ar ni por los ?Equipos? ni por la ?acci?n? en general. Me confi?
que ella tambi?n quer?a vivir y no dormir; tambi?n se sent?a desesperanzada de no encontrar en la
tierra otra cosa que narc?ticos. Como ambas ten?amos salud y apetito nuestras conversaciones
desesperadas, lejos de deprimirme, me vigorizaban. Al separarme de ella recorr?a con pasos r?pidos las
Buttes-Chaumont. Ella deseaba como yo encontrar su verdadero lugar en el mundo. Fue a Berck para
encontrar all? a una especie de santa que hab?a consagrado su vida a los inv?lidos. A la vuelta me dijo
en?rgicamente: ?La santidad no es mi camino.? Al principio de la primavera tuvo un flechazo por un
joven y piadoso colaborador de los Equipos; decidieron casarse. Las circunstancias les impon?an una
espera de dos a?os; pero cuando uno se quiere el tiempo no cuenta, me dijo Suzanne Boigue.
Resplandec?a. Me qued? estupefacta cuando me anunci? unas semanas m?s tarde que hab?a roto con su
novio. Hab?a entre ellos una atracci?n f?sica demasiado fuerte y al muchacho lo hab?a asustado la
intensidad de sus besos. Le hab?a pedido que asegurara la castidad de ambos con la ausencia: se
esperar?an a distancia. Ella hab?a preferido tacharlo de un plumazo. Me pareci? rid?cula esa historia
cuya clave no conoc? jam?s. Pero la decepci?n de Suzanne me conmovi? y consider? pat?tico su
esfuerzo por sobrellevarla. Los estudiantes que frecuentaba en la Sorbona, chicas y muchachos, me
parecieron insignificantes: se mov?an en bandadas, re?an demasiado fuerte, no se interesaban por nada
y se conformaban con esa indiferencia. Sin embargo, advert? en un curso de historia de la filosof?a a un
joven de ojos azules y graves mucho mayor que yo; vestido de negro, con un chambergo negro, no
hablaba con nadie, salvo con una chica morena a quien le sonre?a mucho. Un d?a estaba en la
biblioteca traduciendo a Engels, cuando en su misma mesa unos estudiantes se pusieron a hacer
barullo; sus ojos echaron chispas, con voz breve reclam? silencio con tal autoridad que obedecieron
enseguida: ??Es alguien!?, pens? impresionada. Consegu? hablarle y en adelante cada vez que la
morenita no estaba, convers?bamos. Un d?a dimos algunos pasos juntos por el Bulevar Saint Michel: a
la noche le pregunt? a mi hermana si consideraba mi conducta incorrecta; me tranquiliz? y reincid?.
Pierre Nodier estaba vinculado al grupo ?Filosof?as? al que pertenec?an Mohrange, Friedmann, Henri
Lefebvre, Politzer; gracias a los subsidios proporcionados por el padre de uno de ellos, rico banquero,
hab?an fundado una revista; pero su protector, indignado por un art?culo contra la guerra de Marruecos,
les hab?a cortado los v?veres. Poco despu?s la revista hab?a resucitado bajo otro t?tulo: L?Esprit. Pierre
Nodier me trajo dos n?meros: era la primera vez que yo tomaba contacto con los intelectuales de
izquierda. Sin embargo, no me sent?a perdida: reconoc?a el lenguaje al que me hab?a habituado la
122
123 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
literatura de la ?poca; tambi?n esos j?venes hablaban de alma, de salvaci?n, de alegr?a, de eternidad;
dec?an que el pensamiento deb?a ser ?carnal y concreto?, pero lo dec?an en t?rminos abstractos. Seg?n
ellos la filosof?a no se distingu?a de la revoluci?n, en ?sta resid?a la ?nica esperanza de la humanidad;
pero en esa ?poca Politzer estimaba que ?en el plano de la verdad el materialismo hist?rico no es
inseparable de la revoluci?n?; cre?a en el valor de la Idea idealista a condici?n de poder asirla en su
totalidad concreta, sin detenerse en el estadio de la abstracci?n. Se interesaban ante todo en los
avatares del Esp?ritu; la econom?a y la pol?tica s?lo ten?an a sus ojos un papel accesorio. Condenaban
el capitalismo porque hab?a destruido en el hombre ?el sentido del ser?; consideraban que a trav?s de
la rebeli?n de los pueblos de Asia y de ?frica ?la Historia viene a servir a la Sabidur?a?.
Friedmann deshac?a la ideolog?a de los j?venes burgueses, su gusto por la inquietud y por la
disponibilidad; pero era para sustituirle una m?stica. Se trataba de restituir a los hombres ?la parte
eterna de ellos mismos?. No encaraban la vida bajo el ?ngulo de la necesidad ni del trabajo, hac?an de
ella un valor rom?ntico. ?Hay vida y nuestro amor va hacia ella?, escrib?a Friedmann. Politzer la
defin?a en una frase que hizo mucho ruido: ?La vida triunfante, brutal del marinero que apaga su
cigarrillo sobre los Gobelinos del Kremlin, los asusta y no quieren o?r hablar de ella: ?y sin embargo,
eso es la vida!? No estaban lejos de los surrealistas, muchos de los cuales estaban precisamente
convirti?ndose a la Revoluci?n. A m? tambi?n me sedujo, pero ?nicamente bajo su aspecto negativo;
me puse a desear que transformaran radicalmente la sociedad; pero no la comprend? mejor que antes.
Y permanec? indiferente a los acontecimientos que se desarrollaban en el mundo. Todos los diarios,
hasta Candide, consagraban columnas a la revoluci?n que acababa de estallar en China: yo no
pesta?e?.
Sin embargo, mis conversaciones con Nodier empezaron a abrirme el esp?ritu. Le hice muchas
preguntas. Me contestaba complacientemente y encontraba tanto provecho en esas conversaciones que
a veces yo me interrogaba con tristeza: ?por qu? mi destino no era querer a un hombre como ?ste que
compartir?a mi gusto por las ideas y por el estudio al que me unir?a la cabeza tanto como el coraz?n?
Lament? mucho cuando a fines de mayo se despidi? de m? en la Sorbona. Se iba a Australia donde
hab?a conseguido un cargo y adonde la morenita lo sigui?. D?ndome un apret?n de manos me dijo con
aire compenetrado: ?Le deseo muchas cosas buenas.?
A principios de marzo pas? muy bien mi certificado de historia de la filosof?a y en esa oportunidad
conoc? un grupo de estudiantes de izquierda. Me pidieron que firmara una petici?n: Paul Boncour
hab?a presentado un proyecto de ley militar decretando la movilizaci?n de las mujeres y la revista
Europe abr?a una campa?a de protesta. Me qued? perpleja.
Yo estaba por la igualdad de los sexos; ?y en caso de peligro no hab?a que hacer todo para defender
a su pa?s? ?Y bien, dije cuando hube le?do el texto del proyecto, es un buen nacionalismo.? El
muchacho grueso y calvo que hac?a circular la petici?n dijo con sorna: ??Habr?a que saber si el
nacionalismo es bueno!? He aqu? una pregunta que yo nunca me hab?a hecho; no sab?a qu? contestar.
Me explicaron que la ley desembocar?a en la movilizaci?n general de las conciencias, y eso me
decidi?: la libertad de pensamiento, eso en todo caso era sagrado; y adem?s todos los otros firmaron:
por lo tanto firm?. Me hice rogar menos cuando se trat? de reclamar el perd?n de Sacco y Vanzetti;
sus nombres no me dec?an nada pero me aseguraban que eran inocentes: de todas maneras yo desaprobaba la pena de muerte.
Mis actividades pol?ticas se detuvieron all? y mis ideas continuaron en la nebulosa. Yo sab?a una
cosa: aborrec?a la extrema derecha. Una tarde un pu?ado de desaforados hab?a entrado en la biblioteca
de la Sorbona gritando: ??Afuera los mulatos y los jud?os!? Llevaban en la mano pesados bastones y
hab?an apaleado a algunos estudiantes de tez oscura. Ese triunfo de la violencia, de la tonter?a, me
hab?a arrojado en una ira asustada. Yo detestaba el conformismo, todos los oscurantismos, habr?a
123
124 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
querido que la raz?n gobernara a los hombres; a causa de eso, la izquierda me interesaba. Pero todas
las etiquetas me disgustaban: no me gustaba que la gente estuviera catalogada. Varios de mis
condisc?pulos eran socialistas; a mis o?dos la palabra sonaba mal; un socialista no pod?a ser un
atormentado; persegu?a objetivos a la vez profanos y limitados; a priori esa moderaci?n me aburr?a. El
extremismo de los comunistas me atra?a m?s; pero sospechaba que eran tan dogm?ticos y
estereotipados como los seminaristas. En el mes de mayo, no obstante, me vincul? con un ex alumno
de Alain que era comunista: la conjunci?n, en esa ?poca, no asombraba. Me alab? las clases de Alain,
me expuso sus ideas, me prest? sus libros. Me hizo conocer tambi?n a Romain Rolland y me plegu?
resueltamente al pacifismo. Mallet se interesaba mucho en otras cosas: en la pintura, en el cine, en el
teatro, hasta en el music-hall. Hab?a fuego en sus ojos, en su voz y a m? me gustaba conversar con ?l.
Anot? asombrada: ?He descubierto que se puede ser inteligente e interesarse en la pol?tica.? En verdad,
te?ricamente no sab?a gran cosa y no me ense?? nada. Segu? subordinando las cuestiones sociales a la
metaf?sica y a la moral, ?para qu? preocuparse por la dicha de una humanidad que no ten?a raz?n de
existir?
Esa terquedad me impidi? sacar provecho de mi encuentro con Simone Weil. Mientras preparaba la
escuela Normal, pasaba en la Sorbona los mismos certificados que yo. Me intrigaba a causa de su gran
fama de inteligencia y por su extra?a vestimenta; deambulaba por los corredores de la Sorbona, escoltada por un grupo de ex alumnos de Alain; llevaba siempre en un bolsillo de su chaqueta un n?mero
de Libres propos y en otro un n?mero de L?Humanit?. Una gran hambre acababa de asolar a China y
me hab?an contado que al enterarse de esta noticia se hab?a echado a llorar: esas l?grimas forzaron mi
respeto aun m?s que sus dones filos?ficos. Yo envidiaba un coraz?n capaz de latir a trav?s del
universo entero. Un d?a logr? acercarme a ella. Ya no s? c?mo se inici? la conversaci?n; declar? en
tono cortante que una sola cosa contaba hoy sobre la tierra: la Revoluci?n que dar?a de comer a todo el
mundo. Respond? de manera no menos perentoria que el problema no era hacer la felicidad de los
hombres sino encontrar un sentido a su existencia. Me mir? de hito en hito: ?Se ve que usted nunca ha
tenido hambre?, dijo. Nuestras relaciones se detuvieron ah?. Comprend? que me hab?a catalogado: ?una
burguesita espiritualista? y me irrit?, como me irritaba antes cuando la se?orita Litt explicaba mis
gustos como infantilismo; me cre?a liberada de mi clase: no quer?a ser sino yo misma.
No s? muy bien por qu? me vincul? con Blanchette Weiss. Bajita, regordeta, en su rostro henchido
de suficiencia se ajetreaban unos ojos mal?volos; pero me deslumbr? su parloteo filos?fico;
amalgamaba las especulaciones metaf?sicas y los comadreos con una locuacidad que tom? por
inteligencia. Como lo finito no puede comunicarse sin la ayuda de lo infinito, todo amor humano es
culpable, me explicaba; se apoyaba sobre sus exigencias de lo infinito para denigrar a todas las personas que conoc?a. Me enter? por ella de las ambiciones, las man?as, las debilidades, los vicios de
nuestros profesores y de los alumnos m?s en vista. ?Tengo un alma de conventillera proustiana?, dec?a
ella con complacencia. No sin inconsecuencia me reprochaba que siguiera conservando la nostalgia de
lo absoluto: ?yo creo mis propios valores?, dec?a. ?Cu?les? Sobre ese punto era muy vaga. Daba una
enorme importancia a su vida interior: yo estaba de acuerdo; desde?aba la riqueza: yo tambi?n; pero
me explic? que para evitar pensar en dinero era necesario tener lo suficiente y que sin duda aceptar?a
casarse por inter?s: me escandalic?. Tambi?n descubr? en ella un singular narcisismo: bajo sus rizos y
sus mo?os se sent?a una hermana de Clara de Ell?beuse. A pesar de todo, yo ten?a tantas ganas de
cambiar ideas que la ve?a bastante a menudo.
Mi ?nica amiga verdadera segu?a siendo Zaza. Desgraciadamente su madre empezaba a mirarme
con malos ojos. Bajo mi influencia Zaza prefer?a sus estudios a la vida dom?stica y yo le prestaba
libros escandalosos. La se?ora Mabille odiaba furiosamente a Mauriac: consideraba un insulto
personal sus pinturas de los hogares burgueses. Desconfiaba de Claudel que gustaba a Zaza porque la
124
125 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
ayudaba a conciliar el cielo y la tierra. ?Har?as mejor en leer a los Padres de la Iglesia?, dec?a la se?ora
Mabille con fastidio. Fue varias veces a casa a quejarse a mi madre y no ocult? que por Zaza deseaba
que espaci?ramos nuestros encuentros. Zaza no cedi?; nuestra amistad era una de esas cosas a las que
no quer?a renunciar. Nos ve?amos muy a menudo. Estudi?bamos griego juntas; ?bamos a conciertos y a
ver exposiciones de pintura. A veces tocaba en el piano Chopin, Debussy. Sal?amos mucho a pasear.
Una tarde, despu?s de haber forzado el consentimiento de mi madre, me llev? a un peinador que me
cort? el pelo. No gan? mucho, pues mi madre, enojada de que le hubieran forzado la mano, me neg? el
lujo de la ondulaci?n. De Laubardon, donde pas? las vacaciones de Pascua, Zaza me mand? una carta
que me emocion? hasta el fondo del coraz?n: ?Yo hab?a vivido desde los quince a?os en una gran
soledad moral, sufr?a de sentirme aislada y perdida; usted ha roto mi soledad.? Eso no le imped?a estar
en ese momento hundida en un ?atroz marasmo?. ?Nunca me he sentido tan sumergida dentro de m?
misma?, me escrib?a. Tambi?n dec?a: ?He vivido demasiado con los ojos vueltos hacia el pasado y sin
poder arrancarme al deslumbramiento de mis recuerdos de infancia.? No me interrogu? tampoco esta
vez. Me parec?a natural que uno no se resignara a transformarse en adulto.
Me descansaba mucho no ver m?s a Jacques: as? no me atormentaba m?s. Los primeros rayos de sol
me calentaron la sangre. Sin dejar de estudiar mucho decid? distraerme. De tarde iba bastante a
menudo al cine; frecuentaba sobre todo el Studio des Ursulines, el Vieux-Colombier, y el Cine Latin;
era una salita de asientos de madera cuya orquesta se reduc?a a un piano; quedaba detr?s del Pante?n;
las entradas costaban barato y repon?an las mejores pel?culas del a?o. All? vi La Quimera del oro y
muchas otras de Carlitos Chaplin. Algunas noches mi madre nos acompa?aba al teatro a mi hermana y
a m?. Vi a Jouvet en Mar afuera en que debutaba Michel Sim?n, a Dullin en La Comedia de la
felicidad, a la Pitoeff en Santa Juana. Pensaba varios d?as antes en esas salidas, iluminaban mi
semana; por la importancia que les atribu?a, ahora mido cu?nto me hab?a pesado la austeridad de los
dos primeros trimestres. Durante el d?a recorr?a las exposiciones, rondaba largamente por las galer?as
del Louvre. Paseaba por Par?s, sin llorar, mir?ndolo todo. Me gustaban las noches en que despu?s de
comer tomaba sola el subterr?neo y desembocaba en el otro extremo de Par?s, cerca de ButtesChaumont que ol?an a humedad y a follaje. A menudo volv?a a pie. En el Bulevar de la Chapelle, bajo
el acero del elevado, hab?a mujeres al acecho; los hombres sal?an tambaleando de los caf?s iluminados; en el frente de los cines, los avisos brillaban. El mundo era a mi alrededor una enorme presencia
confusa. Caminaba a zancadas, rozada por su aliento espeso. Me dec?a que despu?s de todo era muy
interesante vivir.
Mis ambiciones me reanimaron. A pesar de mis amistades y de mi amor incierto, me sent?a siempre
muy sola: nadie me conoc?a ni me quer?a por completo tal como yo era; nadie era ni podr?a jam?s ser
para m?, seg?n yo cre?a, ?algo definitivo y completo?. Antes que seguir sufriendo por eso me hund? de
nuevo en el orgullo. Mi aislamiento manifestaba mi superioridad; ya no lo dudaba: yo era alguien y
har?a algo. Imagin? argumentos de novela. Una ma?ana, en la biblioteca de la Sorbona, en vez de
traducir del griego, empec? ?mi libro?. Hab?a que preparar los ex?menes de junio, me faltaba tiempo;
pero calcul? que el a?o pr?ximo estar?a m?s libre y me promet? escribir sin esperar m?s, mi propia
obra. ?Una obra, decid?, en la que dir? todo, todo.? Insisto a menudo en mis cuadernos sobre esa
voluntad de ?decirlo todo?, que forma un curioso contraste con la pobreza de mi experiencia. La
filosof?a hab?a fortalecido mi tendencia a tomar las cosas, en su esencia, en la ra?z, bajo el aspecto de
la totalidad; y como me mov?a entre abstracciones cre?a haber descubierto, de manera decisiva, la
verdad del mundo. De tanto en tanto sospechaba que desbordaba los l?mites de lo que yo sab?a; pero
raramente. Mi superioridad sobre la dem?s gente ven?a precisamente de que yo no dejaba escapar
nada; mi obra sacar?a su valor de ese excepcional privilegio.
Por momentos ten?a un escr?pulo, recordaba que todo es vanidad: pasaba por encima de esto. En
125
126 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
imaginarios di?logos con Jacques refutaba sus ??para qu??? S?lo ten?a una vida que vivir, quer?a
lograrla, nadie me lo impedir?a, ni siquiera ?l. No abandon? el punto de vista de lo absoluto; pero,
puesto que de ese lado todo estaba perdido, decid? no preocuparme m?s. Me gustaba mucho la frase de
Lagneau: ?No tengo m?s sost?n que mi absoluta desesperaci?n.? Una vez esa desesperaci?n establecida, como yo segu?a existiendo, deb?a arregl?rmelas en la tierra lo mejor posible, es decir hacer lo que
me gustara.
Me asombraba un poco poder prescindir tan f?cilmente de Jacques, pero el hecho es que no lo
echaba de menos en absoluto. Mi madre me dijo a fines de abril que ?l se extra?aba de no verme m?s.
Fui a su casa; no me pas? nada. Me parec?a que ese afecto ya no era amor y hasta me pesaba un poco.
?Ya ni siquiera deseo verlo. No consigo que no me canse, aun cuando se porta con simplicidad.? Ya no
escrib?a su libro, no lo escribir?a jam?s. ?Tendr?a la impresi?n de prostituirme?, me dijo con altivez.
Un paseo en auto, una conversaci?n en que me pareci? sinceramente inc?modo dentro de su pellejo
me acercaron a ?l. Despu?s de todo, me dije, no tengo derecho a imputarle una inconsecuencia que es
la de la vida misma: nos arroja hacia ciertas metas y luego nos descubre su vac?o. Me reprochaba mi
severidad: ?Es mejor que su vida?, me dec?a. Pero ten?a miedo de que su vida terminara por deste?ir
sobre ?l. A veces me asaltaba un presentimiento: ?Me duele cuando pienso en ti, no s? por qu? tu vida
es tr?gica.?
Se acercaban los ex?menes de junio; yo estaba preparada y cansada de trabajar; afloj?. Ment? por
primera vez. Pretextando una fiesta de beneficencia en Belleville, le saqu? a mi madre veinte francos y
el permiso de volver a medianoche. Tom? una entrada de para?so para una representaci?n de los
Ballets rusos. Cuando veinte a?os m?s tarde me encontr? de pronto sola, a las dos de la ma?ana, en
medio de Times Square, me sent? menos azorada que aquella noche en lo alto del teatro Sarah
Bernhardt. Sedas, pieles, diamantes, perfumes; debajo de m? un p?blico bullicioso encandilaba.
Cuando sal?a con mis padres o con los Mabille una infranqueable barrera se interpon?a entre el mundo
y yo: ahora participaba en una de las grandes fiestas nocturnas cuyo reflejo yo hab?a acechado a
menudo en el cielo. Me hab?a deslizado a expensas de todas las personas que conoc?a y los que me
codeaban no me conoc?an. Me sent?a invisible y dotada de ubicuidad: un duende. Esa noche daban La
Gata de Sauguet, El Paso de Acero de Prokofieff; El Triunfo de Neptuno de ya no s? quien.
Decorados, trajes, m?sicas, danzas, todo me asombr?. Creo que desde la edad de cinco a?os no hab?a
conocido semejante deslumbramiento.
Lo repet?. Ya no s? con qu? imposturas consegu? un poco de dinero; en todo caso, los Equipos
volvieron a servirme de coartada. Fui dos veces m?s a los Ballets rusos; o? con sorpresa a unos se?ores
de frac cantar el Edipo Rey de Stravinsky, con letra de Cocteau. Mallet me hab?a hablado de los brazos
blancos de Damia y de su voz: fui a o?rla a Bobino. Fantasistas, cantores, equilibristas, todo me
resultaba nuevo y aplaud?a todo.
Los d?as que precedieron los ex?menes, entre las pruebas, esperando los resultados, algunos de mis
compa?eros ?entre ellos Jean Mallet, Blanchette Weiss? mataban el tiempo en el patio de la Sorbona.
Jugaban a la pelota, a las charadas, a las sombras chinescas, comadreaban, discut?an. Me mezcl? con
ese grupo. Pero me sent?a muy alejada de la mayor?a de esos estudiantes: la libertad de sus costumbres
me chocaba. Te?ricamente curtida en todas las depravaciones, segu?a de hecho extremadamente
mojigata. Si me dec?an que Fulano y Mengana ?estaban juntos? me retra?a. Cuando Blanchette Weiss
se?al?ndome a un estudiante destacado me confi? que desgraciadamente ten?a esas costumbres me
estremec?. Las chicas liberadas y sobre todo las que desgraciadamente ten?an esas costumbres me
horrorizaban. Me confes? que esas reacciones s?lo se explicaban por mi educaci?n, pero me negu? a
combatirlas. Los chistes verdes, las palabras crudas, el abandono, los malos modales me chocaban. Sin
126
127 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
embargo, tampoco sent?a mayor simpat?a por la camarilla en que me introdujo Blanchette Weiss: ten?a
don de gentes y conoc?a a algunos estudiantes de buena familia que por reacci?n contra la falta de
compostura de la Escuela Normal afectaban modales estirados. Me invitaron a tomar el t? en las
confiter?as; no frecuentaban los caf?s y en todo caso nunca hubieran llevado a una ni?a. Me halagaba
interesarlos, pero me reprochaba esa vanidad, pues los situaba entre los B?rbaros: s?lo se interesaban
en la pol?tica, en los ?xitos sociales, en sus carreras futuras. Tomamos t? como en los salones y la
conversaci?n oscilaba desagradablemente entre lo pedante y lo mundano.
Una tarde en el patio de la Sorbona contradije violentamente no s? sobre qu? tema a un muchacho
de largo rostro tenebroso: me consider? con sorpresa y declar? que no encontraba nada que
contestarme. En adelante vino todos los d?as desde la puerta Dauphine para continuar ese di?logo. Se
llamaba Michel Riesmann y estaba terminando su ?ltimo a?o de kh?gne. Su padre era un importante
personaje en el mundo del gran arte oficial. Michel se dec?a disc?pulo de Gide y rend?a culto a la
Belleza. Cre?a en la literatura y estaba terminando una breve novela. Lo escandalic? profesando una
gran admiraci?n por el surrealismo. Me pareci? anticuado y aburrido, pero quiz? se ocultaba un alma
detr?s de su fealdad pensativa; y adem?s me exhortaba a escribir y yo necesitaba ser alentada. Me
mand? una carta ceremoniosa y art?sticamente caligrafiada para proponerme que nos
correspondi?ramos durante las vacaciones. Acept?. Tambi?n Blanchette Weiss y yo convinimos en
escribirnos. Me invit? a tomar el t? a su casa. Com? tartas de fresas en un lujoso departamento de la
avenida Kl?ber y me prest?, magn?ficamente encuadernadas en cuero, poes?as de Verhaeren y de
Francis Jammes.
Me hab?a pasado el a?o gimiendo sobre la vanidad de todas las metas; no por eso hab?a perseguido
las m?as con menos tenacidad. Aprob? filosof?a general. Simone Weil era la primera en la lista y yo la
segu?a, precediendo a un estudiante de Normal, Jean Pradelle. Tambi?n obtuve mi certificado de
griego. La se?orita Lambert no cab?a en s? de gozo; mis padres sonrieron; en la Sorbona, en casa, todo
el mundo me felicit?. Me alegr? mucho. Esos ?xitos confirmaban la buena opini?n que yo ten?a de m?,
aseguraban mi porvenir, yo les conced?a una gran importancia y no hubiera querido por nada del
mundo renunciar a ellos. No obstante, no olvid? que todo ?xito disfrazaba una abdicaci?n y tuve ganas
de sollozar. Me repet?a furiosamente las palabras, que Maftin du Gard presta a Jacques Thibault: ??Me
han reducido a esto!? Reduc?an mi personaje a ser una estudiante dotada, un sujeto brillante, ?yo que
era la pat?tica ausencia de lo Absoluto! Hab?a mucha duplicidad en mis l?grimas; sin embargo, no creo
que hayan sido una simple comedia. A trav?s del bullicio de un fin de a?o bien cumplido sent?a
amargamente el vac?o de mi coraz?n. Segu?a deseando con pasi?n esa otra cosa que no sab?a definir
puesto que le negaba la ?nica palabra que le conven?a: la felicidad.
Jean Pradelle ofendido, seg?n dec?a riendo, de que dos mujeres le hubieran ganado, quiso
conocerme. Se hizo presentar por un compa?ero que me hab?a presentado a Blanchette Weiss. Un
poco menor que yo, hab?a entrado a la Normal hac?a un a?o, como externo. ?l tambi?n ten?a modales
de muchacho de buena familia; pero sin nada afectado. Un rostro l?mpido y bastante hermoso, la
mirada aterciopelada, una risa de colegial, el trato directo y alegre; enseguida me result? simp?tico. Lo
encontr? quince d?as m?s tarde en la calle de Ulm, donde fui a ver los resultados de un concurso de
ingreso; ten?a compa?eros, entre otros Riesmann, que se hab?an presentado. Me llev? al jard?n de la
Escuela. Era para una sorbonada, un lugar bastante prestigioso y mientras conversaba examinaba con
curiosidad ese sagrado lugar. Volv? a ver a Pradelle a la ma?ana siguiente. Asistimos a algunos orales
de filosof?a; luego pase? con ?l por el Luxemburgo. Est?bamos en vacaciones; todos mis amigos y casi
todos los suyos se hab?an ido de Par?s: tomamos la costumbre de encontrarnos todos los d?as a los pies
de una reina de piedra. Yo siempre llegaba escrupulosamente puntual a mis entrevistas; me alegraba
127
128 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
tanto verlo acudir sonriente, fingi?ndose confuso, que hasta le agradec?a sus demoras.
Pradelle sab?a escuchar; tomaba un aire reflexivo y contestaba seriamente: ?qu? loter?a! Me apresur?
en exponerle mi alma. Le habl? agresivamente de los B?rbaros y me sorprendi? neg?ndose a
apoyarme; hu?rfano de padre se entend?a perfectamente con su madre y su hermana y no compart?a mi
horror por los ?hogares herm?ticos?. No le disgustaban las salidas mundanas y hasta sol?a bailar; ?por
qu? no?, dijo con un aire ingenuo que me desarm?. Mi manique?smo opon?a a una peque?a ?lite una
inmensa masa indigna de existir; seg?n ?l todo el mundo ten?a una parte buena y una parte mala: no
hac?a tanta diferencia entre la gente. Condenaba mi severidad y su indulgencia me ofuscaba. Aparte de
esto ten?amos muchos puntos en com?n. Educado como yo en forma piadosa y hoy incr?dulo hab?a
quedado marcado por la moral cristiana. En la Normal lo situaban entre los ?talas?. Reprobaba los
modales groseros de sus compa?eros, las canciones obscenas, los chistes verdes, la brutalidad, las
juergas, la disipaci?n del coraz?n y de los sentidos. Le gustaban m?s o menos los mismos libros que a
m? aparte de una predilecci?n por Claudel y un cierto desd?n por Proust que no consideraba ?esencial?.
Me prest? U
129 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
Sin embargo, en la medida en que efectivamente s?lo se trataba de amistad nos entend?amos bien.
Yo apreciaba su amor por la verdad, su rigor; no confund?a los sentimientos con las ideas y me di
cuenta bajo su mirada imparcial de que a menudo yo hab?a confundido mis estados de ?nimo con el
pensamiento. ?l me obligaba a reflexionar, a situarme imparcialmente; yo ya no me jactaba de saberlo
todo, por el contrario: ?No s? nada, nada, no solamente no he encontrado una respuesta, sino que ni
siquiera s? una manera valedera de plantear la pregunta.? Me promet? no volver a enga?arme y le ped?
a Pradelle que me ayudara a protegerme de todas las mentiras; ?l ser?a ?mi conciencia viva?. Decid?
consagrar los pr?ximos a?os en la busca encarnizada de la verdad. ?Trabajar? como una bestia hasta
que la encuentre.? Pradelle me hizo un gran servicio reanimando mi amor por la filosof?a. Y uno aun
mayor ense??ndome de nuevo la alegr?a: yo no conoc?a a nadie alegre. ?l soportaba tan alegremente el
peso del mundo que ?ste dej? de aplastarme; en el Luxemburgo por la ma?ana, el azul del cielo, el
c?sped verde, el sol, brillaban como en los m?s hermosos d?as. ?Las ramas son numerosas y nuevas en
este momento; ocultan completamente el abismo que se abre debajo de ellas.? Eso significaba que
vivir me causaba placer y que olvidaba mis angustias metaf?sicas. Un d?a en que Pradelle me
acompa?aba a casa cruzamos a mi madre; se lo present?; le cay? bien: gustaba. Nuestra amistad fue
aceptada.
Zaza hab?a sido aprobada en griego. Se fue a Laubardon. A fines de julio recib? de ella una carta que
me dej? sin habla. Se sent?a desesperadamente desdichada y me dec?a por qu?. Me contaba por fin la
historia de esa adolescencia que hab?a vivido junto a m? y de la cual yo lo hab?a ignorado todo. Veinticinco a?os antes un primo de su padre, fiel a la tradici?n vasca, se hab?a ido a buscar fortuna a la
Argentina; se hab?a enriquecido considerablemente. Zaza ten?a once a?os cuando ?l volvi? a su casa
natal a unos quinientos metros de Laubardon; se hab?a casado, ten?a un hijo de la misma edad que
Zaza; era un chico ?solitario, triste, hura?o? que le cobr? mucho afecto. Sus padres lo pusieron pupilo
en un colegio de Espa?a; pero los dos chicos volv?an a encontrarse en las vacaciones y juntos hac?an
esos paseos a caballo de los que Zaza me hablaba con ojos brillantes. Cuando cumplieron quince a?os
comprendieron que se amaban; abandonado, exilado, Andr? no ten?a m?s que a Zaza en el mundo; y
ella que se consideraba fea, sin gracia, desde?ada, se arroj? en sus brazos; se permitieron besos que los
ligaron apasionadamente. En adelante se escribieron todas las semanas y ella so?aba con ?l durante las
clases de f?sica y bajo la mirada jovial del abate Tr?court. Los padres de Zaza y los de Andr? ?mucho
m?s ricos? estaban enemistados; pero cuando se dieron cuenta de que los chicos hab?an crecido
intervinieron. No era cuesti?n de permitir que Andr? y Zaza se casaran. La se?ora Mabille decidi? que
deb?an dejar de verse. ?En las vacaciones de A?o Nuevo de 1926 ?me escrib?a Zaza? pas? aqu? un solo
d?a para ver a Andr? y decirle que todo hab?a terminado entre nosotros. Pero por m?s que le dije las
cosas m?s crueles no pude dejar de sentir cu?nto lo quer?a y esa entrevista de ruptura nos ha ligado
m?s que nunca.? Agregaba un poco m?s adelante: ?Cuando me obligaron a romper con Andr? sufr?
tanto que durante varios d?as estuve al borde del suicidio. Recuerdo que una noche viendo llegar el
subterr?neo estuve por arrojarme bajo las ruedas. Ya no sent?a ni el m?s m?nimo placer de vivir.?
Desde entonces hab?an transcurrido dieciocho meses: no hab?a vuelto a ver a Andr?, no se hab?an
escrito. De pronto al llegar a Laubardon se hab?a encontrado con ?l. ?Durante veinte meses no supimos
nada el uno del otro y hemos seguido caminos tan distintos que en nuestro brusco encuentro hay algo
desorientado, casi doloroso. Veo con gran nitidez todas las penas, todos los sacrificios que puede
proporcionar un sentimiento entre dos seres tan distintos como ?l y yo, pero no puedo obrar de otra
manera, no puedo renunciar al sue?o de toda mi juventud, a tantos recuerdos queridos, no puedo
fallarle a alguien que me necesita. Ninguna de nuestras dos familias desea un acercamiento entre
nosotros. ?l se va en octubre a pasar un a?o a la Argentina, de donde volver? para hacer su servicio
129
130 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
militar en Francia. Por lo tanto, a?n tenemos por delante muchas dificultades y una larga separaci?n;
en fin, si nuestros proyectos resultan viviremos por lo menos durante diez a?os en Am?rica del Sur.
Como ve todo esto es un poco sombr?o. Esta noche tendr? que hablar con mam?; hace dos a?os dijo
en?rgicamente que no, y ya estoy enferma de s?lo pensar en la conversaci?n que voy a tener con ella.
La quiero tanto que lo que m?s me duele es causarle esa pena e ir contra su voluntad. Cuando yo era
chica siempre ped?a en mis oraciones: que nadie sufra nunca por mi culpa. ?Ay, qu? deseo
irrealizable!?
Con la garganta anudada, le? diez veces esa carta. Ahora comprend?a por qu? Zaza hab?a cambiado a
los quince a?os, su aire ausente, su romanticismo y tambi?n su extra?a premonici?n del amor: ya hab?a
aprendido a amar con su sangre y por eso re?a cuando pretend?an que era ?plat?nico? el amor de
Trist?n e Isolda, por eso la idea de un casamiento venal le inspiraba tanto horror. ?Qu? mal la hab?a
conocido! ?Quisiera dormirme y no despertarme nunca?, me dec?a y yo lo hab?a pasado por alto; sin
embargo, sab?a hasta qu? punto puede estar sombr?o un coraz?n. Me resultaba intolerable imaginar a
Zaza, juiciosamente ensombrerada, enguantada, de pie, al borde de un and?n de subterr?neo, clavando
sobre los rieles una mirada fascinada.
Pocos d?as m?s tarde recib? otra carta. La conversaci?n con la se?ora Mabille hab?a marchado muy
mal. Hab?a prohibido de nuevo a Zaza ver a su primo, Zaza era demasiado cristiana para pensar en
desobedecer; pero nunca esa prohibici?n le hab?a parecido tan atroz como en ese momento en que s?lo
quinientos metros la separaban del muchacho a quien amaba. Lo que m?s la torturaba era la idea de
que ?l sufriera a causa de ella, cuando ella pensaba en ?l noche y d?a. Qued? confundida por esa
desdicha que sobrepasaba todo lo que yo hab?a podido sentir. Hab?a quedado convenido que yo pasar?a
tres semanas ese a?o con Zaza en el pa?s vasco y no ve?a el momento de estar junto a ella.
Cuando llegu? a Meyrignac me sent?a ?serena como no lo hab?a estado desde hac?a dieciocho
meses?. Sin embargo, la comparaci?n con Pradelle no era favorable para Jacques, yo evocaba su
recuerdo sin indulgencia: ?Ah, esa frivolidad, esa falta de seriedad, esas historias de bares, de bridge y
de dinero! ? Hay en ?l cosas m?s excepcionales que en cualquier otro; pero tambi?n algo
lamentablemente fracasado. Me sent?a desligada de ?l y lo bastante ligada a Pradelle como para que su
existencia iluminara mis d?as sin que su ausencia los ensombreciera. Nos escrib?amos mucho. Yo
escrib?a tambi?n a Riesmann, a Blanchette Weiss, a la se?orita Lambert, a Suzanne Boigue, a Zaza.
Hab?a instalado una mesa en el desv?n bajo un ojo de buey y de noche a la luz de una peque?a l?mpara
me desahogaba durante p?ginas y p?ginas. Gracias a las cartas que recib?a ?sobre todo a las de
Pradelle? ya no me sent?a sola. Tambi?n ten?a largas conversaciones con mi hermana; acababa de
pasar su bachillerato de filosof?a y durante todo el a?o nos hab?amos sentido muy cerca la una de la
otra. Aparte de mi actitud religiosa yo no le ocultaba nada. Jacques ten?a tanto prestigio a sus ojos
como a los m?os y hab?a adoptado mis mitolog?as. Aborrec?a como yo el curso D?sir, a la mayor?a de
sus compa?eras y los prejuicios de nuestro medio; por eso hab?a declarado la guerra a ?los B?rbaros?.
Quiz? por el hecho de haber tenido una infancia mucho menos dichosa que la m?a se rebelaba mucho
m?s atrevidamente que yo contra las servidumbres que pesaban sobre nosotros. ?Ser? tonto ?me dijo
un d?a con aire confuso? pero me resulta desagradable que mam? abra las cartas que recibo: me quita
todo el placer de leerlas.? Le dije que a m? tambi?n me molestaba. Sacamos fuerza de flaqueza,
despu?s de todo ten?amos diecisiete y diecinueve a?os; le rogamos a nuestra madre que no siguiera
censurando nuestra correspondencia. Contest? que ten?a el deber de velar sobre nuestras almas, pero al
fin cedi?. Era una victoria importante.
En conjunto mis relaciones con mis padres hab?an mejorado un poco. Pas? d?as tranquilos.
Estudiaba filosof?a y pensaba en escribir. Vacilaba antes de decidirme. Pradelle me hab?a convencido
de que lo m?s importante era buscar la verdad: ?la literatura no me apartar?a de ella? ?Y no hab?a una
130
131 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
cierta contradicci?n en mi empresa? Yo quer?a decir la vanidad de todo; pero el escritor traiciona su
desesperaci?n en cuanto escribe un libro: quiz? fuera mejor imitar el silencio de Monsieur Teste.
Tambi?n tem?a que si me dedicaba a escribir me dejara arrastrar por la sed del ?xito, de la celebridad,
cosas que despreciaba. Esos escr?pulos abstractos no pesaban lo suficiente para detenerme. Consult?
por correspondencia a varios amigos, y, como lo esperaba, todos me alentaron. Empec? una vasta
novela, la hero?na atravesaba por todas mis experiencias; se despertaba a la ?verdadera vida?, entraba
en conflicto con su medio, luego hablaba amargamente de todo: acci?n, amor, saber. Nunca supe el fin
de esa historia, pues me falt? tiempo y la abandon? por la mitad.
Las cartas que recib? entonces de Zaza no ten?an el mismo tono que las del mes de julio. Se daba
cuenta, me dec?a, de que en el curso de estos dos ?ltimos a?os se hab?a desarrollado mucho
intelectualmente; hab?a madurado, hab?a cambiado. Durante su breve entrevista con Andr? hab?a
tenido la impresi?n de que ?l no hab?a evolucionado; hab?a permanecido muy juvenil y un poco
r?stico. Empezaba a preguntarse si su fidelidad no era ?una terquedad en esos sue?os que uno no
quiere ver desvanecerse, una falta de sinceridad y de coraje?. Se hab?a abandonado sin duda con
exceso a la influencia del Gran Meaulnes. ?He encontrado ah? un amor, un culto del sue?o que no
tiene ninguna realidad por fundamento que sin duda me extravi?, quiz?, lejos de m? misma.?
Seguramente no lamentaba su amor por su primo. ?Ese sentimiento de los quince a?os fue mi
verdadero despertar a la existencia; desde el d?a en que supe querer comprend? una cantidad de cosas;
ya casi nada me pareci? rid?culo.? Pero deb?a confesarse que a partir de la ruptura de enero de 1926
hab?a perpetuado ese pasado artificialmente ?a fuerza de voluntad y de imaginaci?n?. De todas
maneras Andr? ten?a que pasar un a?o en la Argentina, a su regreso habr?a tiempo de tomar decisiones.
Por el momento estaba cansada de interrogarse; pasaba vacaciones extremadamente mundanas y
agitadas, al principio se sent?a excedida pero ahora, me escrib?a: ?s?lo quiero pensar en divertirme?.
Esa frase me sorprendi? y en mi respuesta la subray? con una leve cr?tica. Zaza se defendi?
vivamente: sab?a que divertirse no resuelve nada: ??ltimamente, me escrib?a, se organiz? una gran
excursi?n entre amigos al pa?s vasco; yo necesitaba tanto estar sola que me lastim? un pie con un
hacha para escapar a esa expedici?n. Tuve que pasar ocho d?as extendida oyendo frases apiadadas,
pero al menos tuve un poco de soledad, y el derecho a no hablar y a no divertirme.?
Me impresion?. Sab?a hasta qu? punto uno puede aspirar desesperadamente a la soledad y al
?derecho de no hablar?. Pero nunca hubiera tenido el valor de darme un hachazo en un pie. No, Zaza
no era ni tibia, ni resignada: hab?a en ella una sorda violencia que me asust? un poco. No hab?a que
tomar a la ligera ninguna de sus palabras, pues era m?s avara de ellas que yo. Si yo no la hubiera
provocado ni siquiera me habr?a se?alado ese incidente.
No quise callarle nada: le confes? que hab?a perdido la fe; ya lo sospechaba, me contest?; ella
tambi?n hab?a atravesado ese a?o por una crisis religiosa. ?Cuando confrontaba la fe y las pr?cticas de
mi infancia, el dogma cat?lico con todas mis nuevas ideas, hab?a una desproporci?n, una disparidad
tales entre esos dos ?rdenes de cosas que sent?a una especie de v?rtigo. Siempre encontr? una gran
ayuda en Claudel y no puedo decir todo lo que le debo. Creo, como cuando ten?a seis a?os, mucho m?s
con mi coraz?n que con mi inteligencia, y renunciando absolutamente a mi raz?n. Las discusiones
teol?gicas me parecen casi siempre absurdas y grotescas. Creo sobre todo que Dios es muy
incomprensible para nosotros, y muy oculto, y que la fe que nos da en ?l es un don sobrenatural, una
gracia que nos concede. Por eso s?lo puedo compadecer de todo coraz?n a quienes est?n privados de
esa gracia y creo que cuando son sinceros y est?n sedientos de verdad, esa verdad un d?a u otro se
revelar? a ellos? Por otra parte, agregaba, la fe no trae una saciedad; es tan dif?cil alcanzar la paz del
coraz?n cuando uno cree, como cuando uno no cree: se tiene solamente la esperanza de conocer la paz
en otra vida.? As?, no solamente me aceptaba tal cual era sino que ten?a buen cuidado de no otorgarse
131
132 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
la menor superioridad; si para ella una brizna de paja brillaba en el cielo, eso no imped?a que sobre la
tierra recorriera a tientas las mismas tinieblas que yo y no dej?bamos de caminar una junto a la otra. El
10 de setiembre part? alegremente para Laubardon. Me embarqu? en Uzerche, de madrugada, y baj? en
Bordeaux, pues le hab?a escrito a Zaza: ?No puedo atravesar la tierra de Mauriac sin detenerme.? Por
primera vez en mi vida, pase? sola por una ciudad desconocida. Hab?a un gran r?o de muelles
brumosos y ya los pl?tanos ol?an a oto?o. En las calles angostas las sombras jugaban con la luz; y
luego largas avenidas enderezaban hacia las explanadas. So?olienta y encantada, yo flotaba por fin,
liviana como una pompa de jab?n. En la plaza, entre los macizos de flores escarlatas, yo so?aba
sue?os de adolescentes inquietos. Me hab?an dado consejos: tom? chocolate en Tourny, almorc? cerca
de la estaci?n en un restaurante que se llamaba Le Petit Marguery; nunca hab?a ido a un restaurante
sin mis padres. Luego un tren me llev? por rieles vertiginosamente rectos bordeados de pinos al
infinito. Me gustaban los trenes. Asomada a la ventanilla ofrec?a mi rostro al viento y al holl?n y juraba
no parecerme nunca a los viajeros amontonados en el calor de los compartimientos.
Llegu? al anochecer. El parque de Laubardon era mucho menos lindo que el de Meyrignac, pero me
gust? la casa de techo de tejas, cubierto de hiedra. Zaza me condujo a mi cuarto que deb?a compartir
con ella y Genevi?ve de Br?ville, una jovencita fresca y juiciosa que encantaba a la se?ora Mabille.
Me qued? un momento sola para abrir mi valija y lavarme. De la planta baja sub?an ruidos de vajilla y
de chicos. Vi sobre una mesita una libreta con tapa de hule negro que abr? al azar: ?Simone de
Beauvoir llega ma?ana. Debo confesar que no me causa ning?n placer, pues francamente no la
quiero.? Me qued? azorada; era una experiencia nueva y desagradable; nunca hab?a supuesto que
alguien pudiera sentir por m? una antipat?a activa; me asustaba un poco ese rostro enemigo que era el
m?o ante los ojos de Genevi?ve. No tuve mucho tiempo para pensar porque alguien golpe?: era la
se?ora Mabille. ?Quisiera hablarle, Simone?, me dijo; la dulzura de su Voz me sorprendi?, pues hac?a
tiempo que ya no me prodigaba sus sonrisas. Con un aire confundido toc? el camafeo que cerraba su
gargantilla de terciopelo y me pregunt? si Zaza me ?hab?a puesto al corriente?. Dije que s?. Parec?a
ignorar que los sentimientos de su hija se debilitaban y se puso a explicarme por qu? los combat?a. Los
padres de Andr? se opon?an a ese casamiento, y adem?s pertenec?an a un medio muy rico, disipado y
grosero que no conven?a en absoluto a Zaza; era absolutamente necesario que ?sta olvidara a su primo
y la se?ora Mabille contaba conmigo para ayudarla. La complicidad que me impon?a me pareci?
detestable; sin embargo, su llamado me emocion? porque deb?a de costarle implorar mi alianza. Le
asegur? confusamente que har?a todo lo posible.
Zaza me hab?a prevenido; al principio de mi estad?a los picnics, los t?s, los cocktails se sucedieron
sin interrupci?n; era una casa muy abierta: nubes de primos y de amigos ven?an a almorzar, a tomar el
t?, a jugar al tenis y al bridge. O si no el Citroen conducido por la se?ora Mabille, Lili o Zaza nos
llevaba a bailar a otras propiedades de los alrededores. Hab?a fiestas a menudo en el pueblo vecino;
asist? a torneos de pelota, fui a ver a unos j?venes campesinos, verdes de miedo que plantaban
banderillas en el cuero de las vacas extenuadas: a veces un cuerno acerado hend?a sus hermosos
pantalones blancos y todo el mundo re?a. Despu?s de comer alguien se sentaba al piano, la familia
cantaba en coro; tambi?n jugaban a distintos juegos: charadas y rimas. Las tareas de la casa devoraban
las ma?anas. Cortaban flores, arreglaban floreros y sobre todo cocinaban. Lili, Zaza, B?belle hac?an
pasteles, tortas, bizcochuelos, brioches para el t? de la tarde; ayudaban a su madre y a su abuela a
guardar en inmensos frascos toneladas de frutas y de legumbres; siempre hab?a arvejas que limpiar,
chauchas que abrir, nueces que romper, ciruelas para sacarles el carozo. Alimentarse se volv?a una
empresa larga y extenuadora.
Yo ve?a muy poco a Zaza y me aburr?a un poco. Aunque no era muy psic?loga me daba cuenta de
que los Mabille y sus amigos desconfiaban de m?. Mal vestida, descuidada, no sab?a saludar con una
132
133 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
reverencia a las se?oras de edad, no med?a ni mis ademanes ni mis risas. No ten?a ni un c?ntimo, me
dispon?a a trabajar: eso ya era chocante; para colmo ser?a profesora en un liceo: a sus ojos me
preparaba un porvenir infamante. Me callaba lo m?s posible, me vigilaba, pero no hab?a nada que
hacer: cada una de mis palabras y hasta mis silencios desentonaban. La se?ora Mabille se esforzaba
por ser amable. El se?or Mabille y la anciana se?ora Larivi?re me ignoraban cort?smente. El mayor de
los varones acababa de entrar al seminario; B?belle incubaba una vocaci?n religiosa: no se ocupaban
de m?. Pero asombraba vagamente a los menores, es decir que me condenaban vagamente. Y Lili no
ocultaba su reprobaci?n. Perfectamente adaptada a su medio, ese parang?n ten?a respuesta para todo:
bastaba que yo hiciera una pregunta para erizarla. A los quince o diecis?is a?os en un almuerzo en casa
de los Mabille yo me hab?a preguntado en voz alta por qu?, puesto que la gente est? hecha de la misma
manera, el gusto del tomate o del arenque no es el mismo en todas las bocas; Lili se hab?a burlado de
m?. Ahora no me vend?a tan ingenuamente, pero mis reticencias bastaban para pincharla. Una tarde en
el jard?n se discuti? sobre el sufragio de las mujeres; a todo el mundo le parec?a l?gico que la se?ora
Mabille tuviera m?s derecho a votar que un obrero borracho. Pero Lili sab?a de fuente fidedigna que en
los barrios bajos las mujeres eran m?s ?rojas? que los hombres; si ellas iban a las urnas la buena causa
sufrir?a. El argumento pareci? decisivo. No dije nada, pero en el coro de las aprobaciones ese silencio
pareci? subversivo.
Los Mabille ve?an casi a diario a sus primos Du Moulin de Labarth?te. La hija, Didine, era muy
amiga de Lili. Hab?a tres varones, Henri, un inspector de finanzas con un rostro pesado de vividor
ambicioso; Edgard que era oficial de caballer?a; Xavier, un seminarista de veinte a?os: era el ?nico que
me parec?a interesante; ten?a rasgos delicados, ojos pensativos e inquietaba a su familia por lo que
llamaban ?su abulia?; el domingo por la ma?ana, postrado en un sill?n, deliberaba tanto tiempo para
saber si ir?a o no a misa, que sol?a perderla. Le?a, reflexionaba, se destacaba del medio. Le pregunt? a
Zaza por qu? no ten?a ninguna intimidad con ?l. Se qued? muy desconcertada: ?No lo he pensado
nunca. En casa no es posible. La familia no lo comprender?a.? Pero sent?a simpat?a por ?l. En el curso
de una conversaci?n, Lili y Didine se preguntaron con un estupor sin duda intencional c?mo personas
sensatas pod?an negar la existencia de Dios. Lili habl? del reloj y del relojero mir?ndome en los ojos;
me decid? sin ganas a pronunciar el nombre de Kant. Xavier me apoy?:
??Ah ?dijo?, ?sa es la ventaja de no saber filosof?a: uno puede contentarse con ese tipo de
argumentos.? Lili y Didine se quedaron con la cola entre las piernas.
El tema m?s discutido en Laubardon era el conflicto que enfrentaba entonces a la Action Francaise
con la Iglesia. Los Mabille reclamaban en?rgicamente que todos los cat?licos se sometieran al Papa;
los Labarth?te ?salvo Xavier que no se pronunciaba? se inclinaban por Maurras y por Daudet. Yo
escuchaba sus voces apasionadas y me sent?a en el exilio. Sufr?a. Yo pretend?a en mi diario que a mis
ojos un mont?n de gente no exist?a; en verdad, en cuanto estaba presente, toda persona contaba. Saco
esta nota de mi cuaderno: ?Crisis de desesperaci?n ante Xavier Du Moulin. He sentido demasiado bien
la distancia entre ellos y yo y el sofisma en que quisieran encerrarme.? Ya no recuerdo el pretexto de
esa explosi?n que qued? evidentemente oculta; pero el sentido es claro: yo no aceptaba alegremente
ser distinta de los dem?s y tratada por ellos, m?s o menos abiertamente, como la oveja negra. Zaza
quer?a a su familia, yo tambi?n la hab?a querido y mi pasado todav?a contaba mucho. Adem?s hab?a
sido una chica demasiado feliz para que pudiera alzarse f?cilmente en m? el odio o la animosidad: no
sab?a defenderme contra la malevolencia.
La amistad de Zaza me habr?a sostenido si hubi?ramos podido conversar, pero hasta de noche hab?a
una tercera entre nosotras; en cuanto me acostaba trataba de dormirme. En cuanto Genevi?ve me cre?a
dormida arrastraba a Zaza en largas conversaciones. Se preguntaba si era bastante buena con su madre;
a veces se dejaba llevar por impulsos de impaciencia: ?est? muy mal eso? Zaza contestaba apenas.
133
134 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
Pero por poco que se entregara esas charlas la compromet?an y se volv?a extra?a a mis ojos; me dec?a
con el coraz?n oprimido, que a pesar de todo ella cre?a en Dios, en su madre, en sus deberes, y me
encontraba muy sola.
Felizmente Zaza se las arregl? pronto para que estuvi?ramos a solas. ?Me hab?a adivinado? Me
declar? discretamente, pero sin ambages, que su simpat?a por Genevi?ve era muy limitada: la otra la
consideraba su amiga ?ntima, pero no era verdad de su parte. Me sent? aliviada. Por otra parte Genevi?ve se fue y como la estaci?n terminaba el ajetreo mundano se aplac?. Tuve a Zaza para m?. Una
noche cuando toda la casa dorm?a, nos pusimos unos chales sobre nuestros largos camisones de
madapol?n y bajamos al jard?n; sentadas bajo un pino, conversamos largamente. Ahora Zaza estaba
segura de no querer a su primo; me cont? su idilio detalladamente. Entonces comprend? lo que hab?a
sido su infancia y ese gran abandono que yo no hab?a presentido. ?Yo la quer?a?, le dije; cay? de las
nubes; me confes? que yo s?lo hab?a tenido un lugar incierto en la jerarqu?a de sus amistades, ninguna
de las cuales por otra parte contaba mucho. En el cielo una vieja luna agonizaba con indolencia,
habl?bamos de anta?o y la torpeza de nuestros corazones infantiles nos entristec?a; ella estaba
impresionad?sima de haberme apenado e ignorado; yo encontraba amargo decirle esas cosas hoy por
primera vez cuando ya hab?an dejado de ser verdaderas: yo ya no la prefer?a a todo. Sin embargo, no
carec?a de dulzura comulgar en esas nostalgias. Nunca hab?amos estado m?s cerca y el final de mi
estad?a fue muy dichoso. Nos sent?bamos en la biblioteca, y convers?bamos rodeadas por las obras
completas de Louis Veuillot, de Montalembert y por la colecci?n de la Revue des Deux Mondes;
convers?bamos por los senderos polvorientos donde flotaba el olor ?spero de las higueras; habl?bamos
de Francis Jammes, de Laforgue, de Radiguet, de nosotras mismas. Le le? a Zaza algunas p?ginas de
mi novela: los di?logos la confundieron, pero me alent? a continuar. Dec?a que a ella tambi?n le
gustar?a escribir m?s adelante y yo la alentaba. Cuando lleg? el d?a de mi partida me acompa?? en tren
hasta Mont-de-Marsan. Comimos sobre un banco tortillitas secas y fr?as y nos separamos sin
melancol?a, pues poco despu?s nos encontrar?amos en Par?s.
Yo estaba en esa edad en que uno cree en la eficacia de las explicaciones epistolares. De Laubardon,
le escrib? a mi madre reclamando su confianza: le asegur? que m?s tarde ser?a alguien. Me contest?
muy gentilmente. Cuando volv? a encontrarme en el departamento de la calle de Rennes, me sent? un
instante desalentada: ?tendr?a que pasar todav?a tres a?os entre esas paredes! Pero mi ?ltimo trimestre
me hab?a dejado buenos recuerdos y me exhort? al optimismo. La se?orita Lambert deseaba que yo la
descargara parcialmente de la clase del bachillerato en Sainte-Marie; me dejar?a las horas de psicolog?a; acept? para ganar un poco de dinero y para ejercitarme en la ense?anza. Yo contaba terminar
en abril mi licencia de filosof?a, en junio la de letras; estos ?ltimos certificados no me dar?an mucho
trabajo y me quedar?a tiempo para escribir, para leer, para profundizar los grandes problemas.
Establec? un vasto plan de estudios y de horarios minuciosos; sent? un placer infantil en poner el
porvenir en fichas y casi resucit? la juiciosa efervescencia de los antiguos octubres. Me apresur? en
volver a ver a mis compa?eros de la Sorbona. Atraves? Par?s de Neuilly a la calle de Rennes, de la
calle de Rennes a Belleville, mirando con serenidad los montoncitos de hojas secas en el borde de las
aceras.
Fui a casa de Jacques, le expuse mi sistema; hab?a que dedicar su vida a saber por qu? se viv?a:
entre tanto no hab?a que considerar nada como estable sino fundar sus valores con actos de amor y de
voluntad indefinidamente renovados. Me escuch? con buena voluntad, pero mene? la cabeza: ?Resultar?a imposible vivir?, dijo. Como insist?, sonri?: ??No te parece demasiado abstracto para gente de
veinte a?os??, me pregunt?. ?l deseaba que su existencia fuera todav?a durante un tiempo un gran
juego azaroso. En los d?as que siguieron a veces le di la raz?n, otras veces no se la di. Decid? que lo
134
135 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
quer?a, puesto que decididamente no lo quer?a. Estaba despechada. Pas? dos meses sin verlo.
Pase? con Jean Pradelle alrededor del lago del Bois de Boulogne; mir?bamos el oto?o, los cisnes, la
gente que remaba: reanudamos el hilo de nuestras discusiones: con menos fervor. Yo quer?a mucho a
Pradelle, ?pero qu? poco atormentado era! Su tranquilidad me her?a. Riesmann me hizo leer su novela
que me pareci? pueril, y le le? algunas p?ginas de la m?a que lo aburri? enormemente. Jean Mallet me
hablaba siempre de Alain, Suzanne Boigue de su coraz?n, la se?orita Lambert de Dios. Mi hermana
acababa de entrar en una escuela de artes y oficios, donde se sent?a muy a disgusto, lloraba. Zaza
practicaba la obediencia y pasaba horas seleccionando muestras en las grandes tiendas. De nuevo el
aburrimiento cay? sobre m? y la soledad. Cuando me hab?a dicho en el Luxemburgo que ?se ser?a mi
destino hab?a tanta alegr?a en el aire que no me hab?a emocionado demasiado, pero a trav?s de las
brumas del oto?o el porvenir me asust?. Nunca querr?a a nadie, nadie era lo bastante grande para ser
amado; no volver?a a encontrar el calor de un hogar; pasar?a mis d?as en un cuarto de provincia del que
s?lo saldr?a para dar mis clases: ?que aridez! Ya ni siquiera esperaba conocer con otro ser humano un
verdadero entendimiento. Ni uno de mis amigos me aceptaba sin reserva, ni Zaza que rogaba por, ni
Jacques que me consideraba demasiado abstracta, ni Pradelle que deploraba mi agitaci?n y mis
parcialidades. Lo que los espantaba era la parte m?s terca de m? misma: mi decisi?n de rechazar esa
existencia mediocre a la cual de una u otra manera todos ellos se plegaban y mis esfuerzos
desordenados para escapar de ella. Yo trataba de razonarme. ?No soy como los otros, me resigno?, me
afirmaba; pero no me resignaba. Separada de los dem?s, ya no ten?a ning?n lazo con el mundo: se
convert?a en un espect?culo que no me incumb?a. Hab?a renunciado sucesivamente a la gloria, a la
dicha, a servir; ahora ya ni siquiera me interesaba vivir. A ratos perd?a por completo el sentido de la
realidad: las calles, los autos, los transe?ntes, no eran sino un desfile de apariencias entre las cuales
flotaba mi presencia sin nombre. Sol?a decirme con orgullo y con temor que estaba loca: la distancia
no era muy grande entre una soledad tenaz y la locura. Ten?a muchas razones de extraviarme. Hac?a
dos a?os que me debat?a en una trampa sin encontrar salida; me golpeaba sin cesar contra invisibles
obst?culos: eso terminaba por marearme. Mis manos estaban vac?as; enga?aba mi decepci?n
afirm?ndome a un tiempo que un d?a lo poseer?a todo y que nada val?a nada: me embarullaba en esas
contradicciones. Sobre todo reventaba de salud, de juventud, y me quedaba confinada en casa y en las
bibliotecas: toda esa vitalidad que no gastaba se desencadenaba en vanos torbellinos en mi cabeza y en
mi coraz?n.
Ya no ten?a nada que ver con la tierra, estaba ?fuera de la vida?, ya ni siquiera deseaba escribir, la
horrible vanidad de todo hab?a vuelto a sub?rseme a la garganta; pero ya estaba harta de sufrir, el
invierno pasado hab?a llorado demasiado; me invent? una esperanza. En los momentos de perfecto
desprendimiento en que el universo parec?a reducirse a un juego de ilusiones, en que mi propio yo se
abol?a, algo subsist?a: algo indestructible, eterno; mi indiferencia me pareci? manifestar una presencia
a la cual quiz? no fuese posible acceder. No pensaba en el Dios de los cristianos: el catolicismo me
desagradaba cada vez m?s. Pero de todas maneras me influyeron la se?orita Lambert, Pradelle, que
afirmaban la posibilidad de alcanzar el ser; le? Plotino y estudios de psicolog?a m?stica; me preguntaba
si m?s all? de los l?mites de la raz?n, algunas experiencias no podr?an llegar a revelarme el absoluto.
Desde ese lugar abstracto en que yo convert?a en polvo el mundo inh?spito, busqu? una plenitud. ?Por
qu? no iba a ser posible una m?stica? ?Quiero tocar a Dios o volverme Dios?, declar?. A lo largo del
a?o me abandon? intermitentemente a ese delirio.

Sin embargo, estaba cansada de m? misma. Dej? casi por completo de escribir mi diario. Busqu?
ocupaciones. En Neuilly como en Belleville me entend?a bien con mis alumnas, el profesorado me
divirti?. En la Sorbona, nadie segu?a los cursos de sociolog?a ni de psicolog?a, a tal punto nos parec?an
ins?pidos. Asist? solamente a las representaciones que el domingo o el martes por la ma?ana Georges
135
136 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
Dumas nos daba en Sainte-Anne con el concurso de algunos locos. Mani?ticos, paranoicos, dementes
precoces, desfilaban por la estrada sin que nos informara nunca sobre su historia, sobre sus conflictos,
sin que siquiera pareciera sospechar que ocurr?an cosas en sus cabezas. Se limitaba a demostrarnos que
sus anomal?as se organizaban seg?n los esquemas que propon?a en su Tratado. Era h?bil para provocar
con sus preguntas las reacciones que esperaba y la malicia del viejo rostro color cera era tan
comunicativa que nos costaba retener nuestras risas: era de creer que la locura era una especie de
broma. Aun bajo esa iluminaci?n me fascinaba. Delirantes, alucinados, imb?ciles, alegres, torturados,
obsesionados, todas esas personas eran distintas.
Tambi?n iba a escuchar a Jean Baruzi, autor de una tesis respetada sobre San Juan de la Cruz, que
trataba sin mayor soluci?n de continuidad todos los problemas capitales. Oscuro de piel y de pelo,
ten?a ojos que lanzaban oscuros destellos a trav?s de la noche oscura. Cada semana su voz se
desprend?a temblando de los abismos del silencio y nos promet?a para la semana siguiente
desgarradoras iluminaciones. Los de la Escuela Normal desde?aban ese curso frecuentado por algunos
outsiders. Entre ellos estaban Rene Daumal y Roger Vailland. Escrib?an en revistas de vanguardia; el
primero era considerado como un esp?ritu profundo, el segundo como una inteligencia vivaz. Vailland
se complac?a en chocar y hasta su f?sico asombraba. Ten?a una piel lisa extendida como un tambor
sobre un rostro que era s?lo perfil: de frente s?lo se ve?a su nuez. Su expresi?n hastiada desment?a su
frescura: parec?a un anciano regenerado por un filtro diab?lico. Se le ve?a a menudo en compa??a de
una muchacha a la que llevaba negligentemente por el cuello. ?Mi hembra?, dec?a present?ndola. Le?
de ?l El Gran Juego, una vehemente diatriba contra un sargento que hab?a sorprendido a un soldado
con una chancha y lo hab?a castigado. Vailland reivindicaba para todos los hombres civiles y militares,
el derecho a la bestialidad. No trat? de acercarme ni a Daumal ni a Vailland, que me ignoraban.
Entabl? solamente una nueva amistad: Lisa Quermadec, una pupila de Sainte-Marie que preparaba
su licencia de filosof?a. Era una peque?a bretona endeble, de rostro despierto y un poco varonil, bajo
su pelo muy corto. Aborrec?a la casa de Neuilly y el misticismo de la se?orita Lambert. Cre?a en Dios
pero consideraba fanfarrones o esnobs a los que pretend?an quererlo: ??C?mo puede uno querer a
alguien a quien no conoce?? Me agradaba, pero su escepticismo un poco amargo no alegraba mi vida.
Segu? escribiendo mi novela. Empec? para Baruzi una inmensa disertaci?n sobre ?la personalidad? que
fue una suma de mi saber y de mis ignorancias. Iba una vez por semana a alg?n concierto sola o con
Zaza: dos veces La Consagraci?n de la Primavera me transport?. Pero en conjunto no me
entusiasmaba m?s por nada. Me desesperaba leyendo el segundo volumen de la Correspondencia de
Rivi?re y de Fournier: las fiebres de su juventud se perd?an en preocupaciones mezquinas, en
enemistades, en amarguras. Me preguntaba si me acechaba la misma degradaci?n.
Volv? a casa de Jacques. Se puso a ir y venir por la galer?a con los mismos gestos y las mismas
sonrisas de siempre y el pasado resucit?. Volv? a menudo. Hablaba, hablaba mucho; la penumbra se
llenaba de humo y en las volutas azuladas ondulaban palabras excitantes; en alg?n lado, en lugares
desconocidos, uno encontraba gente diferente de todas las dem?s y ocurr?an cosas: cosas divertidas, un
poco tr?gicas, a veces muy hermosas. ?Qu?? Despu?s de haber cruzado la puerta, las palabras se
apagaban. Pero ocho d?as m?s tarde volv? a ver en sus pupilas chispeantes el surco de la Aventura. La
Aventura, la evasi?n, las grandes despedidas: ?quiz? estaba ah? la salvaci?n! Era la que propon?a Vasco
de Marc Chadoume que tuvo aquel invierno un ?xito considerable y que yo le? casi con tanto fervor
como El Gran Meaulnes. Jacques no hab?a cruzado los oc?anos; pero cantidad de j?venes novelistas ?
Soupault entre otros? afirmaban que sin salir de Par?s uno puede hacer viajes asombrosos; evocaban la
impresionante poes?a de esos bares donde Jacques arrastraba sus noches. Volv? a quererlo. Hab?a
llegado tan lejos en la indiferencia, y hasta en el desd?n, que ese renacimiento de pasi?n me asombr?.
Sin embargo, creo que puedo explic?rmelo. Para empezar, el pasado pesaba mucho; yo quer?a a
136
137 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
Jacques en gran parte porque lo hab?a querido. Y adem?s estaba cansada de tener el coraz?n reseco y
de desesperarme: un deseo de ternura y de seguridad me invad?a. Jacques era conmigo de una
gentileza que nunca se debilitaba; no sab?a qu? hacer por divertirme. Todo esto no habr?a bastado para
volver a acercarme a ?l. Lo que fue mucho m?s decisivo era que se sent?a inc?modo en su pellejo,
inadaptado, incierto; yo me sent?a menos ins?lita junto a ?l que junto a todas las personas que
aceptaban la vida; nada me parec?a m?s importante que rechazarla; saqu? en conclusi?n que ?l y yo
pertenec?amos a la misma especie y de nuevo ligu? mi destino al suyo. A decir verdad esto no me
reconfort? mucho; sab?a hasta qu? punto ?ramos diferentes y ya no contaba con el amor para liberarme
de la soledad. Ten?a la impresi?n de soportar una fatalidad m?s que la de ir libremente hacia la dicha.
El d?a en que cumpl? veinte a?os lo salud? con una copla melanc?lica: ?No ir? a Ocean?a. No repetir?
San Juan de la Cruz. Nada es triste, todo est? previsto. La demencia precoz ser?a una soluci?n. ?Si
intentara vivir? Pero he sido educada en el curso D?sir.?
Yo tambi?n hubiera querido probar esa existencia ?azarosa e in?til?, cuyos atractivos me alababan
Jacques y los j?venes novelistas. ?Pero c?mo introducir el imprevisto en mis d?as? Mi hermana y yo
consegu?amos de tanto en tanto robar una noche a la vigilancia materna: ella sol?a ir a dibujar a la
Grande Chaumi?re, era un pretexto c?modo cuando yo tambi?n hab?a logrado encontrar una coartada.
Con el dinero que yo ganaba en Neuilly ?bamos al Studio des Champs Elysces a ver una pieza de
vanguardia o bien desde el para?so del Casino de Par?s o?amos a Maurice Chevalier. Camin?bamos
por las calles hablando de nuestra vida y de la Vida; invisible pero siempre presente la aventura nos
rozaba. Esas travesuras nos alegraban; pero no pod?amos repetirlas a menudo. La monoton?a cotidiana
segu?a abrum?ndome: ?Oh, triste despertar, vida sin deseo y sin amor, todo agotado ya y tan pronto, el
atroz aburrimiento. ?Esto no puede durar! ?Qu? es lo que quiero? ?Qu? es lo que puedo? Nada y nada.
?Mi libro? Vanidad. ?La filosof?a? Estoy saturada. ?El amor? Demasiado cansada. Sin embargo,
?tengo veinte a?os, quiero vivir!?
Eso no pod?a durar: no duraba. Volv?a a mi libro, a la filosof?a, al amor. Y luego todo volv?a a
empezar: ??Siempre ese conflicto que parece no tener salida! Una ardiente conciencia de mis fuerzas,
de mi superioridad sobre todos ellos, de lo que podr?a hacer; y el sentimiento de la total inutilidad de
estas cosas! ?No, esto no puede seguir as?!?
Y segu?a. Quiz? despu?s de todo seguir?a siempre. Como un p?ndulo enloquecido yo oscilaba
fren?ticamente de la apat?a a las alegr?as extraviadas. Escalaba de noche las escaleras del Sacre Coeur,
miraba centellear en los desiertos del espacio a Par?s, vano oasis. Lloraba porque era tan lindo y
porque era in?til. Volv?a a bajar por las calicatas de la Bulle sonriendo a todas las luces. Encallaba en
la sequ?a, rebotaba en la paz. Me agotaba.
Mis amistades me decepcionaban cada vez m?s. Blanchette Weiss se enemist? conmigo; nunca
comprend? por qu?: del d?a a la ma?ana me volvi? la espalda y no contest? la carta en que le ped?
explicaciones. Supe que me trataba de intrigante y me acusaba de envidiarla tanto que hab?a
estropeado a dentelladas la encuadernaci?n de los libros que ella me hab?a prestado. Yo estaba
enfriada con Riesmann. Me hab?a invitado a su casa. Yo hab?a encontrado en un sal?n lleno de objetos
de arte a Jean Baruzi y a su hermano Joseph, autor de un libro esot?rico; tambi?n hab?a un escultor
c?lebre cuyas obras desfiguraban Par?s, y otras personalidades acad?micas: la conversaci?n me
constern?. El mismo Riesmann me importunaba con su estetismo y su sentimentalismo. Los otros, los
que yo quer?a, los que quer?a mucho, aquel a quien yo quer?a, no me comprend?an, no me bastaban;
sus existencias, sus presencias mismas no resolv?an nada.
Hac?a tiempo que la soledad me hab?a precipitado en el orgullo. Perd? la cabeza. Baruzi me devolvi?
mi disertaci?n con grandes elogios; me recibi? despu?s de clase y su voz moribunda exhal? la
esperanza de que fuera el principio de una obra de peso. Me inflam?. ?Estoy segura de subir m?s alto
137
138 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
que todos ellos. ?Orgullo? Si no tengo genio, s?; pero si tengo ?como a veces lo creo, como a veces
estoy segura? s?lo es lucidez.? Escrib? apaciblemente. Al d?a siguiente vi El Circo de Carlitos
Chaplin; al salir del cine fui a pasear por las Tuller?as; un sol naranja giraba en el cielo celeste e
incendiaba los vidrios del Louvre. Record? viejos crep?sculos y de pronto sent? caer como un rayo esa
exigencia que desde hac?a tanto tiempo reclamaba a gritos: ten?a que hacer mi obra. Ese proyecto no
ten?a nada de nuevo. Sin embargo, como ten?a ganas de que me pasaran cosas y nunca pasaba nada
transform? mi emoci?n en un acontecimiento. Una vez m?s pronunci? ante el cielo y la tierra votos
solemnes. Nada, nunca, en ning?n sentido, me impedir?a escribir mi libro. El hecho es que nunca volv?
a discutir esa decisi?n. Me promet? tambi?n en adelante buscar la alegr?a y obtenerla.
Empez? una nueva primavera. Pas? mis ex?menes de moral y de psicolog?a. La idea de hundirme en
la filosof?a me repugn? tanto que renunci?. Mi padre se apen? mucho: le hubiera parecido elegante que
yo acumulara dos licencias; ya no ten?a diecis?is a?os: no ced?. Tuve una inspiraci?n. Mi ?ltimo
trimestre quedaba vacante: ?por qu? no empezar a preparar enseguida mi diploma? En aquel tiempo no
era prohibido presentarse el mismo a?o de la agregaci?n: si adelantaba bastante, nada me impedir?a, a
la entrada de clases, preparar el concurso mientras lo terminaba: ?ganar?a un a?o! As?, de aqu? a
dieciocho meses habr?a terminado con la Sorbona, con mi casa, ser?a libre, y otra cosa empezar?a. No
vacil?. Fui a consultar a Brunschvicg que no encontr? ning?n obst?culo para ese proyecto, puesto que
yo ten?a un certificado de ciencias y conocimientos convenientes de griego y de lat?n. Me aconsej? que
tratara el concepto en Leibniz y acept?.
La soledad, sin embargo, segu?a min?ndome. Se agrav? a principios de abril. Jean Pradelle fue a
pasar algunos d?as a Solesmes con unos compa?eros. Lo encontr? al d?a siguiente de su regreso en la
?Casa de los amigos de los libros? a la que ambos est?bamos abonados. En el cuarto principal,
Adrienne Monnier, con su vestido monacal, recib?a autores conocidos: Fargue, Jean Pr?vost, Joyce; las
salitas del fondo estaban siempre vac?as. Nos sentamos sobre unos banquitos y conversamos. Con una
voz un poco vacilante Pradelle me confi? que en Solesmes hab?a comulgado: viendo a sus compa?eros
acercarse a la santa mesa se hab?a sentido exilado, excluido, abandonado; los hab?a acompa?ado al d?a
siguiente despu?s de haberse confesado; hab?a decidido que cre?a. Yo lo escuchaba con un nudo en la
garganta; me sent?a abandonada, excluida, traicionada. Jacques encontraba un refugio en los bares de
Montparnasse, Pradelle al pie de los tabern?culos: a mi lado ya no hab?a absolutamente nadie. De
noche llor? sobre esa deserci?n.
Dos d?as despu?s mi padre se fue a La Grill?re; quer?a ver a su hermana ya no s? para qu?. El
gemido de las locomotoras, el humo rojizo en la noche oscura, me hicieron so?ar con el
desgarramiento de las grandes despedidas. ?Voy contigo?, declar?. Objetaron que no ten?a ni siquiera
un cepillo de dientes, pero al final accedieron a esa locura. Durante todo el viaje, asomada a la
ventanilla, me embriagu? de tinieblas y de viento. Nunca hab?a visto el campo en primavera; me pase?
entre los cuclillos, las pr?mulas, las camp?nulas; me conmov? pensando en mi infancia, en mi vida, en
mi muerte. El miedo de la muerte nunca me hab?a abandonado, no me acostumbraba a ?l; todav?a sol?a
temblar y llorar de terror. Por contraste, el hecho de existir, aqu?, en ese instante, cobraba a veces un
brillo fulgurante. A menudo, durante esos pocos d?as el silencio de la naturaleza me precipit? en el
espanto o en la alegr?a. Aun m?s. En esos prados, esos bosques, donde no encontraba rastros de los
hombres, cre? tocar esa realidad suprahumana a la cual aspiraba. Me arrodill? para cortar una flor y de
pronto me sent? clavada a la tierra, abrumada por el peso del cielo, ya no pod?a moverme: era una
angustia y era un ?xtasis que me daba la eternidad. Volv? a Par?s convencida de que hab?a atravesado
por experiencias m?sticas e intent? renovarlas. Hab?a le?do San Juan de la Cruz: ?Para ir adonde no
sabes, hay que ir por donde no sabes.? Invirtiendo esa frase vi en la oscuridad de mis caminos el signo
138
139 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
de que marchaba hacia un destino. Bajaba hasta lo m?s profundo de m? misma, me abalanzaba entera
hacia un c?nit donde lo abrazaba todo. Hab?a sinceridad en esas divagaciones. Me hab?a hundido en tal
soledad que a ratos me sent?a totalmente extra?a al mundo y me azoraba por su extra?eza; los objetos
ya no ten?an sentido, ni los rostros, ni yo misma: como no reconoc?a nada era tentador imaginar que
hab?a alcanzado lo desconocido. Cultivaba esos estados con un exceso de complacencia. Sin embargo,
no ten?a ganas de enga?arme; pregunt? a Pradelle y a la se?orita Lambert qu? pensaban de eso. ?l fue
categ?rico: ?No tiene ning?n inter?s.? Ella matiz? un poco: ?Es una especie de intuici?n metaf?sica.?
Saqu? en conclusi?n que no se pod?a construir la vida sobre esos v?rtigos y dej? de buscarlos.
Segu? ocupando mis horas. Ahora que estaba licenciada, pod?a entrar a la biblioteca V?ctor Cousin
que quedaba en un rinc?n retirado de la Sorbona. Conten?a una vasta colecci?n de obras filos?ficas y
casi nadie la frecuentaba. Pas? d?as enteros. Escrib?a mi novela con perseverancia. Le?a a Leibniz y libros ?tiles para la preparaci?n del concurso. De noche, embrutecida por el estudio, languidec?a en mi
cuarto. Me habr?a consolado de no poder abandonar la tierra si al menos hubiera podido pasear
libremente por ella. ?C?mo me habr?a gustado hundirme en la noche, o?r jazz, codear gente! Pero no,
estaba emparedada, me ahogaba, me consum?a, ten?a ganas de romperme la cabeza contra las paredes.
Jacques iba a embarcarse para Argelia donde durante dieciocho meses har?a su servicio militar. Yo
lo ve?a a menudo, estaba m?s cordial que nunca. Me hablaba mucho de sus amigos. Yo sab?a que
Riaucourt ten?a un l?o con una joven que se llamaba Olga; Jacques me pint? esos amores con colores
tan rom?nticos que por vez primera consider? con simpat?a una uni?n ileg?tima. Tambi?n hizo alusi?n
a una mujer muy hermosa que se llamaba Magda y que le hubiera gustado presentarme. ?Es una
historia que nos cost? bastante caro?, me dijo. Magda formaba parte de esos inquietantes prodigios que
uno encuentra de noche en los bares. No me pregunt? cu?l hab?a sido su papel en la vida de Jacques.
No me pregunt? nada. Ahora estaba segura de que Jacques me quer?a y que podr?a vivir a su lado
alegremente. Tem?a nuestra separaci?n; pero apenas pensaba, a tal punto me hac?a feliz ese
acercamiento que provocaba entre nosotros.
Ocho d?as antes de la partida de Jacques com? en su casa en familia. Su amigo Riquet Bresson vino
a buscarlo despu?s de comer: Jacques propuso llevarme con ellos a ver una pel?cula, L?Equipage.
Fastidiada de que la palabra casamiento nunca hubiera sido pronunciada, mi madre ya no aprobaba
nuestra amistad; no me dio permiso: insist?, mi t?a abog? por m?: finalmente, dadas las circunstancias,
mi madre se dej? convencer.
No fuimos al cine. Jacques me condujo al Stryx, calle Huyghens, donde ya era un parroquiano y
trep? a un escabel entre ?l y Riquet. Llam? al barman por su nombre, Michel, y pidi? para m? un
martini seco. Yo nunca hab?a puesto los pies en un caf? y ahora me encontraba una noche en un bar
con dos muchachos: para m? era verdaderamente extraordinario. Las botellas de colores t?midos o
violentos, los bols de aceitunas y de almendras saladas, las mesitas, todo me asombraba; y lo m?s
sorprendente era que para Jacques ese decorado fuera familiar. Beb? r?pidamente mi cocktail y como
nunca hab?a tomado una gota de alcohol, ni siquiera de vino, porque no me gustaba, no tard? en
despegarme de la tierra. Llam? a Michel por su nombre y represent? comedias. Jacques y Riquet se
sentaron a una mesa para jugar un partido de p?quer y fingieron no conocerme. Interpel? a los clientes,
que eran j?venes n?rdicos muy tranquilos. Uno de ellos me ofreci? un segundo martini que
obedeciendo a un signo de Jacques vaci? detr?s del mostrador. Para estar a la altura de lo que
esperaban de m? romp? dos o tres vasos. Jacques re?a; yo estaba feliz. Fuimos al Vikings. Iba por la
calle dando el brazo derecho a Jacques y el izquierdo a Riquet: el izquierdo no exist?a y me maravill?
conocer con Jacques una intimidad f?sica que simbolizaba la confusi?n de nuestras almas. Me ense??
el p?quer de dados y me hizo servir un gin-fizz con muy poco gin: yo me somet?a amorosamente a su
139
140 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
vigilancia. El tiempo ya no exist?a: eran las dos cuando beb? sobre el mostrador de la Rotonde una
menta verde. A mi alrededor titilaban rostros surgidos de otro mundo; en todas las esquinas estallaban
los milagros. Y me sent?a ligada a Jacques por una indisoluble complicidad, como si hubi?ramos
cometido juntos un asesinato o atravesado el Sahara a pie.
Me dej? ante el 71 de la calle de Rennes. Yo ten?a la llave del departamento. Mis padres me
esperaban, mi madre lloraba, mi padre con su cara de circunstancias. Ven?an del Bulevar
Montparnasse donde mi madre hab?a llamado hasta que mi t?a se asom? a la ventana: mi madre hab?a
reclamado a gritos que le devolvieran a su hija y hab?a acusado a Jacques de deshonrarla. Expliqu? que
despu?s de ver L?Equipage hab?amos tomado un caf? crema en la Rotonde. Pero mis padres no se
calmaron y aunque yo estaba un poco m?s curtida que antes tambi?n llor? y me convulsion?. Jacques
me hab?a citado al d?a siguiente en la terraza del Select. Consternado por mis ojos enrojecidos, y por el
relato que su madre le hab?a hecho, puso en su mirada m?s ternura que nunca; se defendi? de haberme
tratado con irreverencia: ?Hay un respeto m?s dif?cil?, me dijo. Me sent? todav?a m?s unida a ?l que
durante nuestra org?a. Nos despedimos cuatro d?as despu?s. Le pregunt? si estaba muy triste de irse de
Par?s. ?Sobre todo no tengo ganas de separarme de ti?, me contest?. Me acompa?? en auto a la
Sorbona. Baj?. Nos miramos durante un largo rato. ?Entonces ?dijo con una voz que me conmovi??,
?no te ver? m?s?? Apret? el embrague y qued? en el borde de la acera, desamparada. Pero mis ?ltimos
recuerdos me daban fuerzas para desafiar el tiempo. Pens?: ?Hasta el a?o pr?ximo?, y fui a leer
Leibniz.
?Si alguna vez quieres mandarte una fiesta acu?rdate de Riquet?, me hab?a dicho Jacques. Le mand?
dos l?neas al joven Bresson y me encontr? con ?l una tarde a eso de las seis en el Stryx; hablamos de
Jacques a quien admiraba, pero el bar estaba desierto y no pas? nada. Pas? poca cosa aquella otra
noche en que sub? a tomar un aperitivo en el bar de la Rotonde; algunos j?venes conversaban entre
ellos con aire ?ntimo; las mesas de madera sin pintar, las sillas normandas, las cortinas rojas y blancas
no parec?an recelar m?s misterio que la trastienda de un confitero. Sin embargo, cuando quise pagar mi
sherry-gobler, el barman pelirrojo no me acept? el dinero; ese incidente ?que nunca dilucid?? rozaba
discretamente el prodigio y me alent?. Me las arregl?, saliendo de rasa temprano y llegando tarde a mi
c?rculo para pasar una hora en los Vikings cada noche en que iba a Belleville. Una vez tom? dos ginfizz; era demasiado, los vomit? en el subterr?neo; cuando abr? la puerta del Centro mis piernas no me
sosten?an y ten?a la frente cubierta de sudor fr?o: me creyeron enferma, me extendieron sobre un div?n
felicit?ndome por mi coraje. Mi prima Madeleine vino a pasar unos d?as a Par?s: salt? sobre la ocasi?n.
Ten?a veintitr?s a?os y mi madre nos permiti? ir una noche las dos solas al teatro: en realidad
hab?amos complotado recorrer los lugares pecaminosos. Las cosas estuvieron a punto de estropearse
porque en el momento de salir de casa Madeleine se divirti? en ponerme un poco de rojo en los p?mulos: me pareci? bonito y cuando mi madre me orden? que me lavara la cara protest?. Sin duda
crey? ver sobre mi mejilla la marca de Satan?s; me exorciz? de una bofetada. Ced? a rega?adientes.
Sin embargo, me dej? salir y nos dirigimos mi prima y yo hacia Montmartre. Erramos largamente bajo
la luz de los carteles de ne?n: no nos decid?amos a elegir. Entramos en dos bares tristes como lecher?as
y fuimos a parar a la calle Lepic, en un atroz agujero donde unos muchachos de costumbres livianas
esperaban al cliente. Dos de ellos se sentaron a nuestra mesa asombrados por nuestra intrusi?n, pues
visiblemente no ?ramos una competencia. Bostezamos en com?n durante un largo rato: estaba
asqueada.
Sin embargo, persever?. Les cont? a mis padres que el Centro de Belleville preparaba para el 14 de
julio una reuni?n recreativa, que estaba haciendo ensayar una comedia a mis alumnas y que deb?a
disponer de varias noches por semana; pretend? gastar en beneficio de los Equipos el dinero que
140
141 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
consum?a en gin-fizz. Generalmente iba al Jockey, Bulevar Montparnasse: Jacques me hab?a hablado
de ?l y me gustaban sobre las paredes los carteles de colores, donde se entremezclaban el rancho de
Chevalier, los zapatos de Carlitos, la sonrisa de Greta Garbo; me gustaban las botellas luminosas, las
banderitas abigarradas, el olor de tabaco y de alcohol, las voces, las risas, el saxof?n. Las mujeres me
maravillaban: no hab?a palabras en mi vocabulario para designar la tela de sus vestidos, el color de su
pelo; no imaginaba que uno pudiera comprar en ninguna tienda sus medias impalpables, sus zapatos, el
rojo de sus labios. Las o?a discutir con los hombres la tarifa de sus noches y sus futuras complacencias.
Mi imaginaci?n no reaccionaba: la hab?a bloqueado. Los primeros tiempos, sobre todo, no hab?a a mi
alrededor gente de carne y hueso sino alegor?as: la inquietud, la frivolidad, la idiotez, la desesperaci?n,
el genio quiz?, y seguramente el vicio de m?ltiples rostros. Segu?a convencida de que el pecado es el
lugar vac?o de Dios y me encaramaba sobre mi banco con el fervor con que de ni?a me postraba a los
pies del Sant?simo Sacramento: tocaba la misma presencia; el jazz hab?a reemplazado la gran voz del
?rgano y yo acechaba la aventura como antes esperaba el ?xtasis. ?En los bares ?me hab?a dicho
Jacques? basta hacer cualquier cosa y ocurren cosas.? Yo hac?a cualquier cosa. Si entraba un cliente
con el sombrero puesto yo gritaba: ??Sombrero!?, y de un manot?n se lo tiraba al suelo. De tanto en
tanto romp?a un vaso. Peroraba, interpelaba a los parroquianos tratando de enga?arlos ingenuamente:
me pretend?a modelo o ramera. Con mi vestido viejo, mis medias gruesas, mis zapatos chatos, mi cara
sin arte, no enga?aba a nadie. ?No tiene lo que se necesita?, me dijo un rengo que llevaba anteojos de
carey. ?Usted es una burguesita que quiere hacerse la bohemia?, concluy? un hombre de nariz aguile?a
que escrib?a folletines. Protest?; el rengo dibuj? algo sobre un pedazo de papel. ?Esto es lo que hay
que hacer y dejarse hacer en el oficio de ramera.? Conserv? mi sangre fr?a: ?Est? muy mal dibujado?,
dije. ?Est? muy parecido?; abri? su bragueta y esta vez apart? los ojos. ?No me interesa.? Se echaron a
re?r. ??No ve! ?dijo el folletinista?. Una verdadera ramera hubiese mirado y hubiera dicho: ?no hay de
qu? jactarse!? Ayudada por el alcohol soport? fr?amente las obscenidades. Por otra parte me dejaban
en paz. A veces me ofrec?an una copa, me invitaban a bailar, nada m?s: evidentemente, yo
descorazonaba cualquier lubricidad.
Mi hermana particip? varias veces de esas farras; para darse un aspecto dudoso se pon?a el sombrero
torcido y cruzaba las piernas con la falda muy recogida. Habl?bamos en voz alta, nos burl?bamos
bulliciosamente. O si no entr?bamos la una detr?s de la otra en el bar fingiendo no conocernos y
fing?amos re?ir: nos tir?bamos del pelo, nos lanz?bamos insultos, felices si esa exhibici?n sorprend?a
un instante al p?blico.
Las noches en que me quedaba en casa soportaba mal la tranquilidad de mi cuarto; busqu? de nuevo
caminos m?sticos. Una noche intim? a Dios, si exist?a deb?a declararse. Se qued? quieto y nunca m?s
le dirig? la palabra. En el fondo estaba muy contenta de que no existiera. Me hubiera desesperado que
la partida que empezaba a jugarse aqu? abajo ya tuviera su desenlace en la eternidad.
En todo caso hab?a ahora sobre la tierra un lugar donde me sent?a a gusto; el Jockey ya me era
familiar, ve?a caras conocidas y me encontraba cada vez mejor. Bastaba un gin-fizz y mi soledad se
derret?a: todos los hombres eran hermanos, todos nos comprend?amos, todo el mundo se quer?a. Ni
problemas, ni nostalgias, ni esperas: el presente me llenaba. Bailaba, unos brazos me oprim?an y mi
cuerpo present?a evasiones, abandonos m?s f?ciles y m?s tranquilizadores que mis delirios; lejos de
ofuscarme como a los diecis?is a?os me consolaba que una mano desconocida pudiera tener sobre mi
nuca una tibieza, una dulzura semejante a la ternura. No comprend?a nada de la gente que me rodeaba,
pero no importaba: estaba en otro pa?s y ten?a la impresi?n de que por fin tocaba la libertad con el
dedo. Hab?a progresado desde la ?poca en que vacilaba en caminar por la calle al lado de un
muchacho: desafiaba alegremente las convenciones y la autoridad. La atracci?n que ejerc?an sobre m?
los bares y los dancings ven?a en gran parte de su car?cter il?cito. Nunca mi madre hubiera aceptado
141
142 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
poner los pies; a mi padre le hubiera escandalizado verme all? y Pradelle se hubiera afligido; yo sent?a
una gran satisfacci?n en saberme radicalmente fuera de la ley.
Poco a poco me envalenton?. Dejaba que se me acercaran por la calle, entraba a un boliche a tomar
una copa con un desconocido. Una noche sub? a un autom?vil que me hab?a seguido por los grandes
Bulevares. ??Vamos a dar una vuelta a Robinson??, propuso el conductor. No era nada atrayente y
?qu? ser?a de m? si me dejaba plantada en medio de la noche a diez kil?metros de Par?s? Pero ten?a
principios: ?Vivir peligrosamente, no rechazar nada?, dec?an Gide, Rivi?re, los surrealistas y Jacques.
?Bueno?, dije. En la Plaza de la Bastilla en la terraza de un caf? tomamos cocktails sin entusiasmo.
Cuando subimos nuevamente al auto el hombre roz? mi rodilla: me apart? r?pidamente. ??Y qu??,
quiere que la paseen en coche y ni siquiera quiere que la toquen?? Su voz hab?a cambiado. Par? el auto
y trat? de besarme. Me escap? perseguida por sus insultos. Tom? el ?ltimo subterr?neo. Me daba
cuenta de que me hab?a salvado raspando; sin embargo, me felicitaba de haber hecho un acto
verdaderamente gratuito.
Otra noche, en una kermesse de la avenida Clichy, yo jugaba al f?tbol miniatura con un pillastre que
ten?a la mejilla cortada por una cicatriz rosada; tiramos al blanco y ?l insisti? para pagar todo. Me
present? un amigo y me convid? con un caf? con leche. Cuando vi que el ?ltimo ?mnibus arrancaba, le
dije adi?s y me fui corriendo. Me alcanzaron en el momento en que iba a saltar sobre la plataforma;
me tomaron de los hombros: ???sas no son maneras!? El guarda vacilaba, la mano sobre la campanilla;
luego tir? de la manija y el ?mnibus arranc?. Yo estaba enfurecida. Los dos muchachos me aseguraron
que yo ten?a la culpa: no se deja plantada as? a la gente. Nos reconciliamos e insistieron para
acompa?arme a pie hasta casa: me cuid? muy bien de explicarles que no deb?an esperar nada de m?,
pero se empe?aron. En la calle Cassette, en la esquina de la calle de Rennes, el granuja de la cicatriz
me tom? por la cintura: ??Cu?ndo volvemos a vernos?? ?Cuando quiera?, dije cobardemente. Trat? de
besarme pero me debat?. Cuatro agentes ciclistas aparecieron; no me atrev? a llamarlos pero mi agresor
me larg? y dimos algunos pasos hacia mi casa. Cuando la ronda hubo pasado me agarr? de nuevo: ?No
vendr?s a la cita: ?quisiste enga?arme! ?Eso no me gusta! Mereces una lecci?n.? Ten?a un aspecto de
pocos amigos: iba a golpearme o a darme un beso en la boca, no s? qu? era lo que m?s me asustaba. El
amigo se interpuso: ??Vamos! Podemos arreglarnos. Est? rabiando porque usted le cost? plata, eso es
todo.? Vaci? mi cartera: ??Me importa un pito el dinero! ?dijo el otro?. Quiero darle una lecci?n.? Sin
embargo, termin? por tomar mi fortuna: quince francos. ??Ni siquiera para pagarse una mujer!?, dijo
malhumorado. Entr? a casa; hab?a tenido verdaderamente miedo.
El a?o escolar terminaba. Suzanne Boigue hab?a pasado varios meses en casa de una de sus
hermanas en Marruecos; all? hab?a encontrado al hombre de su vida. El almuerzo de bodas tuvo lugar
en un gran jard?n de las afueras; el marido era agradable, Suzanne estaba radiante, la felicidad me
pareci? atrayente. Por otra parte no me sent?a desgraciada: la ausencia de Jacques y la certidumbre de
su amor tranquilizaban mi coraz?n que ya no estaba amenazado por los choques de un encuentro, los
azares de un enojo. Iba a remar al bosque con mi hermana, Zaza, Lisa, Pradelle: mis amigos se
entend?an bien y cuando estaban reunidos yo sent?a menos no entenderme del todo con ninguno de
ellos. Pradelle me present? a un compa?ero de la Normal por quien profesaba una verdadera estima:
era uno de los que en Solesmes lo hab?an llevado a comulgar Se llamaba Pierre Clairaut y simpatizaba
con la Action Francaise; bajito, muy moreno, parec?a un grillo. Ten?a que presentarse el a?o siguiente
a la agregaci?n de filosof?a y por lo tanto ?bamos a ser condisc?pulos. Como parec?a duro, altanero y
seguro de s? me promet?a a la entrada de las clases tratar de descubrir lo que hab?a bajo su coraza. Fui
con ?l y con Pradelle a la Sorbona a o?r pasar los orales del concurso: todos se apretujaban para o?r el
examen de Raymond Aron a quien todo el mundo predec?a un gran porvenir filos?fico. Tambi?n me
142
143 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
se?alaron a Daniel Lagache que se destinaba a la psiquiatr?a. Ante la sorpresa general, Jean Paul Sartre
hab?a fracasado en el escrito. El concurso me pareci? dif?cil, pero no perd? coraje: trabajar?a lo que
fuera necesario pero de aqu? a un a?o habr?a terminado; ya me parec?a ser libre. Tambi?n pienso que
me hab?a ayudado mucho pervertirme, distraerme, cambiar de aire. Hab?a recobrado mi equilibrio
hasta el punto de que ya ni siquiera llevaba mi diario ?ntimo: ?S?lo deseo una intimidad cada vez m?s
grande con el mundo y contar ese mundo en una obra?, escrib?a a Zaza. Estaba de excelente humor
cuando llegu? a Limousin y para completar todo recib? una carta de Jacques. Me hablaba de Biskra, de
los burritos, de las manchas de sol, del verano; recordaba nuestros encuentros que llamaba ?mis ?nicos
llamados de atenci?n de entonces?; promet?a: ?El a?o pr?ximo haremos cosas importantes.? Mi
hermana, menos entrenada que yo en descifrar los criptogramas me pregunt? el sentido de esa ?ltima
frase. ?Quiere decir que nos casaremos?, respond? triunfalmente.
?Qu? lindo verano! Sin l?grimas, sin efusiones solitarias, sin tempestades epistolares. El campo me
colmaba, como a los cinco a?os, como a los doce a?os y el azul bastaba para llenar el cielo. Ahora yo
sab?a lo que promet?a el olor de la madreselva y lo que significaba el roc?o de las ma?anas. En los senderos perdidos a trav?s de los trigales en flor, entre los brezos y los espinillos que ara?an, yo reconoc?a
los innumerables matices de mis penas y de mis dichas. Paseaba mucho con mi hermana. A menudo
nos ba??bamos en enaguas, en las aguas pardas de la V?z?re; nos sec?bamos sobre el pasto con olor de
menta. Ella dibujaba, yo le?a. Ni siquiera las distracciones me molestaban. Mis padres hab?an
reanudado con unos viejos amigos que pasaban el verano en un castillo de los alrededores; ?stos ten?an
tres hijos que estudiaban Derecho, muy buenos mozos, con los cuales ?bamos de tanto en tanto a jugar
al tenis. Yo me divert?a de buena gana. Su madre previno delicadamente a la nuestra que s?lo aceptar?a
como nueras chicas con dote: eso nos hizo re?r mucho, pues consider?bamos sin codicia a esos j?venes
formales.
Tambi?n ese a?o me invitaron a Laubardon. Mi madre hab?a aceptado sin hacerse rogar que yo me
encontrara en Bordeaux con Pradelle que pasaba sus vacaciones en esa regi?n. Pas? un d?a encantador.
Decididamente Pradelle contaba mucho para m?. Y Zaza todav?a m?s. Llegu? a Laubardon loca de
alegr?a.
Zaza hab?a logrado en junio la rara haza?a de aprobar de entrada su certificado de filolog?a. Sin
embargo, ese a?o hab?a dedicado muy poco tiempo a sus estudios. Su madre reclamaba cada vez m?s
tir?nicamente su presencia y sus servicios. La se?ora Mabille consideraba el ahorro una virtud capital:
le habr?a parecido inmoral comprar afuera lo que pod?a fabricarse en casa: pasteles, dulces, ropa
blanca, vestidos y abrigos. Cuando hac?a buen tiempo iba a menudo al Mercado Central con sus hijas
para comprar barato las frutas y las verduras. Cuando alguna de las chicas Mabille necesitaba un
vestido nuevo, Zaza deb?a explorar una decena de tiendas: de cada una tra?a un muestrario que la
se?ora Mabille comparaba teniendo en cuenta la calidad del g?nero y su precio; despu?s de una larga
deliberaci?n Zaza volv?a a comprar la tela elegida. Esas tareas y las obligaciones mundanas que se
hab?an multiplicado desde la ascensi?n del se?or Mabille exced?an a Zaza. No consegu?a convencerse
de que recorriendo los salones y las grandes tiendas, observaba fielmente los preceptos del Evangelio.
Sin duda, su deber de cristiana era someterse a su madre; pero leyendo un libro sobre Port-Royal,
hab?a quedado impresionada por una palabra de Nicole, en la cual suger?a que la obediencia tambi?n
puede ser una trampa del demonio. Aceptando disminuirse, idiotizarse, ?no contrariaba quiz? la
voluntad de Dios? ?C?mo conocerla con seguridad? Tem?a pecar por orgullo si confiaba en su propio
juicio y por cobard?a si ced?a a las presiones exteriores. Esa duda exasperaba el conflicto que la
desgarraba desde hac?a tiempo: quer?a a su madre, pero tambi?n le gustaban muchas cosas que a su
madre no le gustaban. A menudo me citaba tristemente unas palabras de Ramuz: ?Las cosas que
quiero no se quieren entre s?.? El porvenir no ten?a nada consolador. La se?ora Mabille se negaba
143
144 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
categ?ricamente a que Zaza empezara el a?o pr?ximo un diploma de estudios, tem?a que su hija se
convirtiera en una intelectual. Ya Zaza no esperaba encontrar el amor. En mi medio ocurr?an ?aunque
rara vez? casamientos por amor: hab?a sido el caso de mi prima Titite. Pero dec?a la se?ora Mabille:
?Los Beauvoir son personas fuera de su clase.? Zaza estaba mucho m?s s?lidamente integrada que yo a
la burgues?a bien pensante donde todas las uniones obedec?an a arreglos de familia; todos esos j?venes
que aceptaban dejarse casar pasivamente eran de una consternadora mediocridad. Zaza amaba
apasionadamente la vida; por eso la perspectiva de una existencia sin alegr?a le quitaba por momentos
todo deseo de vivir. Como en su primera infancia se defend?a con paradojas contra el falso idealismo
de su medio. Habiendo visto a Jouvet representar en Au grand large el papel de un borracho, se
declar? enamorada de ?l y pinch? su fotograf?a sobre su cama; la iron?a, la sequedad, el escepticismo
encontraban enseguida un eco en ella. En una carta que me envi? a principio de las vacaciones me
confi? que a veces so?aba renunciar radicalmente al mundo. ?Despu?s de sentir en algunos momentos
un amor por la vida tanto intelectual como f?sico, siento que de pronto se apodera de m? el sentimiento
de la vanidad de todo eso y todas las personas, todas las cosas parecen retirarse de m?; siento tal
indiferencia por todo el universo que ya me parece estar muerta. El renunciamiento a s? mismo, a la
existencia, a todo, el renunciamiento de los religiosos que tratan de empezar desde este mundo la vida
sobrenatural me tienta terriblemente. A menudo me he dicho que ese deseo de encontrar en ?los lazos?
la libertad verdadera era un signo de vocaci?n; en otros momentos la vida y las cosas vuelven a
apoderarse en tal forma de m? que la vida del convento me parece una mutilaci?n y me parece que no
es eso lo que Dios quiere de m?. Pero cualquiera sea la vida que debo seguir no puedo como usted ir a
la vida con todo mi ser; en el momento en que existo con m?s intensidad todav?a siento el gusto del
vac?o en la boca.?
Esa carta me hab?a asustado un poco. Zaza me repet?a que mi incredulidad no nos separaba. Pero si
llegaba a entrar al convento estar?a perdida para m?; y para ella misma, pens?.
La noche de mi llegada tuve una decepci?n; no dorm?a en el cuarto de Zaza sino en el de la se?orita
Avdicovitch, una estudiante polaca tomada como gobernanta para las vacaciones: se ocupaba de los
tres Mabille menores. Lo que me consol? un poco fue que me pareci? encantadora: Zaza me hab?a
hablado de ella con mucha simpat?a en sus cartas. Ten?a un hermoso cabello rubio, ojos celestes
l?nguidos y alegres, una boca carnosa y una seducci?n muy ins?lita que en esa ?poca no tuve la
indecencia de nombrar por su nombre: sex-appeal. Su vestido vaporoso descubr?a hombros
apetecibles; esa noche se sent? al piano y cant? en ukraniano cantos de amor, con coqueter?as que nos
encantaron a Zaza y a m?, y que escandalizaron a todos los dem?s. De noche me quedaba boquiabierta
al verla ponerse un pijama en vez de camis?n. En seguida me abri? su coraz?n. Su padre ten?a en
Lwow una gran f?brica de caramelos; ella, como estudiante, hab?a militado en favor de la
independencia ukraniana y hab?a pasado algunos d?as en la c?rcel. Hab?a ido a completar su cultura
primeramente a Berl?n donde hab?a permanecido dos o tres a?os, luego a Par?s; segu?a cursos en la
Sorbona y recib?a una pensi?n de sus padres. Hab?a querido aprovechar sus vacaciones para entrar en
la intimidad de una familia francesa: estaba azorada. Me di cuenta al d?a siguiente hasta qu? punto
pese a sui perfecta educaci?n chocaba a la gente de bien; graciosa, femenina, Zaza, sus amigas y yo
misma parec?amos a su lado unas monjitas. A la tarde se divirti? tir?ndole las cartas a toda la
asistencia incluso a Xavier Du Moulin con quien, indiferente a su sotana, flirteaba discretamente: ?l no
parec?a insensible a sus avances y le sonre?a mucho; le hizo el gran juego y le predijo que no tardar?a
en encontrar a la dama de su coraz?n. Las madres, las hermanas mayores se escandalizaron, a sus
espaldas la se?ora Mabille acus? a St?pha de no quedarse en su lugar. ?Por otra parte, estoy segura de
que no es una se?orita como se debe?, dijo. Le reproch? a Zaza que simpatizara demasiado con la
extranjera.
144
145 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
Respecto a m?, me pregunto por qu? hab?a aceptado invitarme: sin duda para no chocar a Zaza de
frente, pero se aplicaba sistem?ticamente a impedir que estuvi?ramos solas. Zaza pasaba sus ma?anas
en la cocina: me apenaba verla perder horas enteras cubriendo con pergamino tarros de dulce, ayudada
por B?belle o Math?. Durante el d?a no estaba un minuto sola. La se?ora Mabille multiplicaba
recepciones y salidas con la esperanza de casar bien a Lili que ya no era tan joven. ?Es el ?ltimo a?o
que me ocupo de ti; ya me has costado bastante caro: ahora le toca a tu hermana?, hab?a declarado
p?blicamente durante una comida a la que asist?a St?pha. Ya unos ingenieros hab?an anunciado a la
se?ora Mabille que les gustar?a casarse con Zaza. Me preguntaba si a la larga Zaza no se dejar?a
convencer de que su deber de cristiana era fundar un hogar; tanto como la idiotez del convento me
costaba aceptar para ella la opacidad de un casamiento resignado.
Algunos d?as despu?s de mi llegada un gran picnic reuni? a todas las familias bien de la regi?n al
borde del Adour. Zaza me prest? su vestido de tusor rosa. Ella llevaba un vestido de seda blanco con
un cintur?n verde y un collar de jade; hab?a adelgazado. Ten?a frecuentes jaquecas y dorm?a mal; para
disimular se pon?a colorete sobre las mejillas; a pesar de ese artificio le faltaba frescura. Pero me
gustaba su rostro y me apenaba que lo ofreciera amablemente a todo el mundo; desempe?aba con
demasiada desenvoltura su papel de joven de mundo. Llegamos antes de hora; poco a poco la gente
afluy? y cada una de las sonrisas de Zaza, cada una de sus reverencias me estrujaban el coraz?n. Yo
me ajetreaba con las otras: extendieron manteles sobre el pasto, desembalaron vajilla y vituallas, yo
hac?a girar la manivela de una m?quina de fabricar helados. St?pha me llev? aparte y me pidi? que le
explicara el sistema de Leibniz: durante una hora olvid? mi aburrimiento. Pero luego el d?a se arrastr?
pesadamente. Huevos en gelatina, barquillos, aspics, arrollados, galantinas, pat?s, pasteles, estofados,
chaud-froids, terrinas, tortas, tartas, pasta de almendras: todas esas se?oras hab?an cumplido fervorosamente sus deberes sociales. Se atragantaron de comida, rieron mucho sin alegr?a, se hablaba sin
convicci?n: nadie parec?a divertirse. Al final de la tarde la se?ora Mabille me pregunt? si sab?a d?nde
estaba Zaza; fue en su busca y yo la segu?. La encontramos ba??ndose en el Adour, al pie de una
cascada; como traje de ba?o se hab?a puesto un abrigo de tela. La se?ora Mabille la rega??, pero
riendo: no desperdiciaba su autoridad en pecadillos. Comprend? que Zaza hab?a sentido una necesidad
de soledad, de sensaciones violentas, y quiz? tambi?n de una purificaci?n despu?s de esa tarde pegajosa y me tranquilic?: no estaba todav?a lista para dejarse caer en el sue?o satisfecho de las
matronas.
Sin embargo, su madre, me daba cuenta, conservaba un gran ascendiente sobre ella. La se?ora
Mabille empleaba con sus hijos una h?bil pol?tica; de chiquitos los trataba con alegre indulgencia; m?s
adelante segu?a siendo liberal en las peque?as cosas; cuando se trataba de asuntos serios su cr?dito
estaba intacto. Ten?a cuando era necesario vivacidad y un cierto encanto; siempre hab?a manifestado a
Zaza una ternura particular y ?sta hab?a ca?do en la trampa de sus sonrisas: el amor tanto como el
respeto paralizaba sus rebeld?as. Una noche, sin embargo, se rebel?. En medio de una comida la se?ora
Mabille declar? con voz cortante: ?No comprendo que un creyente frecuente a un ateo.? Sent? con
angustia que se me encend?an las mejillas. Zaza respondi? indignada: ?Nadie tiene derecho a juzgar a
nadie. S?lo Dios conduce a la gente por los caminos que ?l elige.? ?Yo no juzgo ?dijo fr?amente la
se?ora Mabille?, debemos orar por las almas extraviadas; pero no dejarnos contaminar por ellas.? Zaza
estaba sofocada de rabia y eso me tranquiliz?. Pero sent?a que la atm?sfera de Laubardon era todav?a
m?s hostil que el a?o anterior. M?s adelante, en Par?s, St?pha me cont? que los chicos se burlaban de
verme tan mal vestida: tambi?n se rieron el d?a en que Zaza, sin decirme la raz?n, me prest? uno de
sus vestidos. Yo no ten?a amor propio y era poco observadora: soport? con indiferencia muchas otras
humillaciones. Sin embargo, sol?a sentirme deprimida. St?pha tuvo la curiosidad de ir a conocer
Lourdes y me sent? todav?a m?s sola. Una noche, despu?s de comer, Zaza se sent? al piano; toc?
145
146 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
Chopin; tocaba bien; yo miraba su casco de pelo negro separado por una raya juiciosa de una
conmovedora blancura y me dec?a que esa m?sica apasionada expresaba su verdad; pero hab?a esa
madre y toda esa familia entre nosotras y acaso un d?a se renegara a s? misma y yo la perder?a; por el
momento en todo caso estaba fuera de alcance. Sent? un dolor tan agudo que me levant?, sal? del sal?n
y me acost? llorando. La puerta se abri?; Zaza se acerc? a mi cama, se inclin? sobre m?, me bes?.
Nuestra amistad siempre hab?a sido tan severa que su gesto me trastorn? de alegr?a.
St?pha volvi? de Lourdes; tra?a para los chicos una gran caja de caramelos: ?Es muy amable de su
parte, se?orita, dijo la se?ora Mabille con un tono muy fr?o, pero hubiera podido ahorrarse ese gasto:
los chicos no necesitan sus caramelos.? Juntas hac?amos pedazos la familia de Zaza y sus amigos: eso
me aliviaba un poco. Por otra parte, ese a?o el final de mi estad?a fue m?s clemente que el comienzo.
No s? si Zaza tuvo una explicaci?n con su madre o si maniobr? h?bilmente: conseguimos volver a
estar solas; de nuevo dimos largos paseos y conversamos. Me hablaba de Proust que comprend?a
mucho mejor que yo; me dec?a que al leerlo sent?a muchas ganas de escribir, me aseguraba que el a?o
pr?ximo no se dejar?a embrutecer por la vida cotidiana: leer?a, conversar?amos. Tuve una idea que la
sedujo: el domingo por la ma?ana nos juntar?amos para jugar al tenis, Zaza, mi hermana, yo, Jean
Pradelle, Pierre Clairaut y alg?n otro de sus amigos.
Zaza y yo est?bamos de acuerdo m?s o menos sobre casi todo. En los ateos a condici?n de que no
perjudicaran al pr?jimo ninguna conducta le parec?a reprehensible: admit?a el inmoralismo gideano, el
vicio no la escandalizaba. En cambio, no admit?a que se pudiera adorar a Dios y transgredir a
sabiendas sus mandamientos. Me parec?a l?gica esa actitud que pr?cticamente encajaba con la m?a:
para los dem?s todo me parec?a permitido; pero en mi propio caso, en el de mis allegados ?en Jacques
en particular? segu?a aplicando las normas de la moral cristiana. No sin un cierto malestar o? un d?a a
St?pha que me dec?a riendo a carcajadas: ??Dios m?o, qu? ingenua es Zaza!? St?pha hab?a declarado
que ning?n joven llega virgen al matrimonio ni siquiera en los ambientes cat?licos. Zaza hab?a
protestado: si uno cree, vive seg?n su fe. ?Mire a sus primos Du Moulin?, hab?a dicho St?pha. ?Y
bueno, justamente, declar? Zaza, ?comulgan todos los domingos! Le aseguro que no admitir?an vivir
en estado de pecado mortal.? St?pha no hab?a insistido; pero me cont? que en Montparnasse, donde iba
a menudo, hab?a encontrado muchas veces a Henri y a Edgard en compa??a no equ?voca. ?Por otra
parte, ?basta mirarlos!?, me dijo. Efectivamente, no ten?an aspecto de monaguillos. Pens? en Jacques:
ten?a una cara completamente distinta, ten?a otra calidad; imposible suponer que fuera un juerguista
grosero. No obstante, revel?ndome la ingenuidad de Zaza, St?pha refutaba mi propia experiencia. Para
ella era lo m?s corriente frecuentar los bares, los caf?s donde yo buscaba clandestinamente lo
extraordinario: seguramente los ve?a bajo un ?ngulo muy diferente. Me di cuenta de que yo tomaba a
la gente tal como quer?a ser tomada; no sospechaba que tuvieran otra verdad que su vida oficial;
St?pha me avisaba que este mundo regimentado ten?a bambalinas. Esa conversaci?n me inquiet?.
Aquel a?o Zaza no me acompa?? a Mont-de-Marsan; me pase? entre dos trenes pensando en ella.
Estaba resuelta a luchar con todas mis fuerzas para que la vida ganara a la muerte.
146
147 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
CUARTA PARTE
147
148 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
Ese comienzo de a?o escolar no se pareci? a los dem?s. Al decidir preparar el concurso, yo me
hab?a evadido por fin del laberinto en el cual daba vueltas desde hac?a tres a?os: me hab?a puesto en
marcha hacia el porvenir. En adelante todos mis d?as ten?an un sentido: me encaminaban hacia una
liberaci?n definitiva. La dificultad de la empresa me acicateaba; ya no se trataba de divagar ni de
aburrirme. Ahora que ten?a algo que hacer la tierra me bastaba ampliamente; estaba liberada de la
inquietud, de la desesperaci?n, de todas las nostalgias. ?Sobre este cuaderno ya no anotar? debates
tr?gicos sino la historia sencilla de cada d?a.? Ten?a la impresi?n que despu?s de un penoso
aprendizaje mi verdadera vida comenzaba y me lanzaba a ella alegremente.
En octubre, como la Sorbona estaba todav?a cerrada, pasaba mis d?as en la Biblioteca Nacional.
Hab?a conseguido no volver a almorzar a casa: compraba pan, fiambres, y los com?a en los jardines del
Palais Royal mirando morir las ?ltimas rosas; sentados sobre los bancos los obreros com?an grandes
sandwiches y tomaban vino tinto. Si lloviznaba me cobijaba en un caf? Biard, entre alba?iles que
sacaban sus propias provisiones, me alegraba escapar al ceremonial de las comidas en familia;
reduciendo el alimento a su verdad me parec?a dar un paso hacia la libertad. Volv?a a la Biblioteca;
estudiaba la teor?a de la relatividad y me apasionaba. De tanto en tanto miraba a los otros lectores y me
instalaba con satisfacci?n en mi sill?n: entre esos eruditos, esos sabios, esos buscadores, esos
pensadores, estaba en mi lugar. Ya no me sent?a rechazada por mi medio: era yo la que lo hab?a dejado
para entrar en esta sociedad de la que aqu? ve?a un resumen donde comulgaban a trav?s del espacio y
los siglos todos los esp?ritus interesados por la verdad. Yo tambi?n participaba del esfuerzo que hace la
humanidad para saber, comprender, expresarse: formaba parte de una gran empresa colectiva y
escapaba para siempre de la soledad. ?Qu? victoria! Volv?a a mi trabajo. A las seis menos cuarto la voz
de un guardi?n anunciaba con solemnidad: ?Se?ores, vamos a cerrar.? Era cada vez una sorpresa al
salir de los libros encontrar las luces, las tiendas, los transe?ntes, y el enano que vend?a violetas junto
al Th??tre Francais. Caminaba lentamente abandon?ndome a la melancol?a de los atardeceres y de los
regresos.
St?pha volvi? a Par?s pocos d?as despu?s que yo y vino a menudo a la Biblioteca, a leer Goethe y
Nietzsche. Los ojos y la sonrisa al acecho, gustaba demasiado a los hombres y le interesaban
demasiado para trabajar muy asiduamente. No hab?a terminado de instalarse que ya arrojaba su abrigo
sobre sus hombros e iba a juntarse con uno de sus flirts: el de la agregaci?n de alem?n, el estudiante
prusiano, el doctor rumano. Almorz?bamos juntas y aunque ella no era muy rica me convidaba con
pasteles en una panader?a o un buen caf? en Poccardi. A las seis ?bamos a pasear por los Bulevares o,
m?s a menudo, tom?bamos el t? en su casa. Viv?a en un hotel de la calle San Sulpicio en un cuartito
muy azul; hab?a colgado de las paredes reproducciones de C?zanne, de Renoir, del Greco y los dibujos
de un amigo espa?ol que quer?a pintar. Me sent?a a gusto con ella. Me gustaba la dulzura de su cuello
de piel, sus sombreritos, sus vestidos, sus perfumes, sus gorjeos, sus gestos acariciadores. Mis
relaciones con mis amigos ?Zaza, Jacques, Pradelle? hab?an sido siempre de una gran severidad.
St?pha me daba el brazo por la calle, en el cine me tomaba de la mano, me besaba por cualquier motivo. Me contaba un mont?n de cosas, me entusiasmaba por Nietzsche, se indignaba contra la se?ora
Mabille, se burlaba de sus festejantes: ten?a el don de las imitaciones y cortaba sus relatos con
peque?as comedias que me divert?an mucho.
Estaba liquidando un viejo fondo de religiosidad. En Lourdes se hab?a confesado y hab?a
comulgado; en Par?s compr? en el Bon March? un libro de misa y se arrodill? en la capilla de San
Sulpicio tratando de rezar: no hab?a salido nada. Durante una hora hab?a estado caminando delante de
la iglesia sin decidirse a entrar ni a alejarse. Las manos a la espalda, arrugando la frente, yendo y
viniendo por su cuarto con un aire preocupado, imit? esa crisis con tal animaci?n que dud? de su
gravedad. En verdad, las divinidades que St?pha adoraba seriamente eran el Pensamiento, el Arte, el
148
149 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
Genio; a falta de ellas apreciaba la inteligencia y el talento. Cada vez que descubr?a un hombre
?interesante?, se las arreglaba para conocerlo y para ?ponerle el pie encima?. Era ?el eterno femenino?,
me explic?. Prefer?a a los flirts las conversaciones intelectuales de la camarader?a; todas las semanas
discut?a durante horas en la Closerie des Lilas con una banda de ukranianos que hac?an en Par?s vagos
estudios o periodismo. Ve?a diariamente a su amigo espa?ol que conoc?a desde hac?a a?os y que le
hab?a propuesto casamiento. Lo encontr? varias veces en su cuarto; viv?a en el mismo hotel. Se
llamaba Fernando. Descend?a de una de esas familias jud?as que las persecuciones hab?an expulsado
de Espa?a, cuatro siglos atr?s; hab?a nacido en Constantinopla y hab?a hecho sus estudios en Berl?n.
Precozmente calvo, la cabeza y el rostro redondos, hablaba de su ?daimon? con romanticismo, pero
sab?a ser ir?nico y me result? muy simp?tico. St?pha admiraba que sin tener un c?ntimo se las
arreglara para pintar y compart?a todas sus ideas; eran resueltamente internacionalistas, pacifistas, y
hasta, en forma ut?pica, revolucionarias. Si no se decid?a a casarse con ?l era porque le costaba
renunciar a su libertad.
Les present? a mi hermana, a la que adoptaron enseguida, y a mis amigos. Pradelle se hab?a roto una
pierna, cojeaba un poco cuando lo encontr? a principios de octubre en la terraza del Luxemburgo.
St?pha lo encontr? demasiado juicioso y ella lo dej? azorado con su volubilidad. Se entendi? mejor
con Lisa. ?sta viv?a ahora en una pensi?n de estudiantes cuyas ventanas se abr?an sobre el peque?o
Luxemburgo. Ganaba modestamente su vida dando lecciones; preparaba un certificado de ciencias y
un diploma sobre Maine de Biran; pero no pensaba presentarse nunca a la agregaci?n; su salud era
demasiado fr?gil. ??Mi pobre cerebro!?, dec?a tomando entre sus manos su cabecita de pelo corto.
??Pensar que s?lo puedo contar con ?l! ?Que debo sacar todo de ?l! Es inhumano: uno de estos d?as va
a flaquear.? No se interesaba ni en Maine de Biran ni en la filosof?a, ni en s? misma: ?Me pregunto
?qu? placer pueden encontrar en verme!?, me dec?a con una sonrisita friolenta. No me aburr?a porque
nunca se embriagaba con palabras y a menudo su desconfianza la volv?a perspicaz.
Con St?pha yo hablaba mucho de Zaza que prolongaba su estad?a en Laubardon. Yo le hab?a
mandado desde Par?s, La Ninfa Constante y algunos otros libros; St?pha me cont? que la se?ora
Mabille se hab?a irritado y hab?a declarado: ??Odio los intelectuales!? Zaza empezaba a inquietarla
seriamente: no ser?a f?cil imponerle un casamiento de conveniencia. La se?ora Mabille lamentaba
haberla dejado frecuentar la Sorbona; le parec?a urgente volver a tomar a su hija entre manos y hubiera
querido sustraerla a mi influencia. Zaza me escribi? que le hab?a contado nuestro proyecto de jugar al
tenis y que su madre se hab?a indignado: ?Declar? que no admit?a esas costumbres de la Sorbona y que
yo no ir?a a un tenis organizado por una estudiante de veinte a?os a juntarme con muchachos cuyas
familias ella ni siquiera conoc?a. Le digo todo esto brutalmente, prefiero que se d? cuenta de ese estado
de ?nimo con el que choco sin cesar y que por otra parte una idea cristiana de obediencia me obliga a
respetar. Pero hoy tengo los nervios deshechos; las cosas que quiero no se quieren entre s?; y so
pretexto de principios morales he o?do cosas que me sublevan. He ofrecido ir?nicamente firmar un
papel por el cual me compromet?a a no casarme nunca ni con Pradelle, ni con Clairaut, ni con ninguno
de sus amigos, pero esto no calm? a mam?.? En la carta siguiente me anunci? que para obligarla a
romper definitivamente con ?la Sorbona? su madre hab?a decidido mandarla a pasar el invierno a
Berl?n: es as? como antes, me dec?a, para romper relaciones escandalosas o molestas las familias del
pa?s enviaban a sus hijos a Am?rica del Sur.
Yo nunca le hab?a escrito a Zaza cartas tan expansivas como durante esas ?ltimas semanas: ella
nunca se hab?a confiado tan francamente a m?. Sin embargo, cuando volvi? a Par?s a mediados de
octubre nuestra amistad arranc? mal. A distancia s?lo me hablaba de sus dificultades, de sus rebeliones, yo me sent?a su aliada, pero en verdad su actitud era equ?voca: conservaba por su madre todo su
respeto, todo su amor, segu?a solidaria con su medio. Yo ya no pod?a aceptar esa doblez. Yo hab?a
149
150 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
medido la hostilidad de la se?ora Mabille, hab?a comprendido que entre los dos bandos a que
pertenec?amos ninguna transacci?n era posible: los ?bien pensantes? deseaban la destrucci?n de los
?intelectuales? y viceversa. Al no decidirse por m?, Zaza pactaba con adversarios encarnizados en
destruirme y no se lo perdon?. Ella tem?a el viaje que le impon?an y se atormentaba; le demostr? mi
rencor neg?ndome a compartir sus preocupaciones; me dej? ir a un exceso de buen humor que la
desconcert?. Yo hac?a gala de una gran intimidad con St?pha y me pon?a a su diapas?n riendo y conversando con demasiada exuberancia; a menudo nuestras conversaciones chocaban a Zaza; frunci? el
ce?o cuando St?pha declar? que cuanto m?s inteligente era la gente, m?s internacionalista era. Por
reacci?n contra nuestros modales de ?estudiantes polonesas? represent? con estiramiento su papel de
?joven francesa como se debe?, y mis temores aumentaron: quiz? terminar?a por pasarse al enemigo.
Yo ya no me atrev?a a hablarle con total libertad a tal punto que prefer?a verla con Pradelle, Lisa, mi
hermana, St?pha, y no a solas. Ella sent?a ciertamente esa distancia entre nosotras; y adem?s los preparativos de su viaje la absorb?an. Nos despedimos a principios de noviembre sin gran convicci?n.
La Universidad reabri? sus puertas. Yo hab?a saltado un a?o y salvo a Clairaut no conoc?a a
ninguno de mis compa?eros; ning?n diletante, ning?n aficionado entre ellos: todos eran como yo
bestias de carga. Les encontraba caras hoscas y aires importantes. Decid? ignorarlos. Segu? estudiando
a rienda suelta. Segu?a en la Sorbona y en la Escuela Normal todos los cursos de agregaci?n y, seg?n
los horarios, iba a estudiar a Sainte-Genevi?ve, a V?ctor Cousin o a la Nationale. De noche le?a
novelas o sal?a. Hab?a crecido, pronto iba a abandonarlos: este a?o mis padres me autorizaban a ir de
tanto en tanto al teatro de noche, sola o con una amiga. Vi La Estrella de Mar de Man Ray, todos los
programas del Ursulines, del Studio 28 y del Cin?-Latin, todas las pel?culas de Brigitte Helm, de
Douglas Fairbanks, de Buster Keaton. Frecuentaba los teatros del Cartel. Bajo la influencia de St?pha
me descuidaba menos que antes. Me hab?a dicho que el agregativo de alem?n me reprochaba que me
lo pasara metida entre los libros: veinte a?os era demasiado pronto para jugar a la sabia; a la larga iba
a volverme fea. Ella hab?a protestado, pero le hab?a picado: no quer?a que su mejor amiga pareciera
una pedante desgraciada; me afirmaba que f?sicamente yo ten?a muchos recursos e insist?a para que
sacara partido de m? misma. Empec? a ir a menudo al peinador, me interes? en la compra de un
sombrero, en la confecci?n de un vestido. Reanud? amistades. La se?orita Lambert ya no me
interesaba. Suzanne Boigue hab?a seguido a su marido a Marruecos; pero volv? a ver con gusto a
Riesmann y tuve un nuevo brote de simpat?a por Jean Mallet que ahora daba clases en el liceo de
Saint-Germain y preparaba un diploma bajo la direcci?n de Baruzi. Clairaut ven?a a menudo a la
Nationale. Pradelle lo respetaba y me hab?a convencido de su gran valor. Era cat?lico, tomista,
maurrasiano, y como me hablaba clavando sus ojos en los m?os con una voz categ?rica que me
impresionaba, yo me preguntaba si no hab?a sabido comprender a Santo Tom?s y a Maurras; sus
doctrinas segu?an desagrad?ndome; pero hubiera querido saber c?mo se ve?a al mundo, c?mo se sent?a
uno mismo cuando las adoptaba: Clairaut me intrigaba. Me asegur? que aprobar?a la agregaci?n.
?Parece que usted triunfa en todo lo que emprende?, me dijo. Me sent? muy halagada. St?pha tambi?n
me alentaba: ?Tendr? una linda vida. Siempre obtendr? todo lo que quiera.? Por lo tanto, marchaba
hacia adelante confiada en mi estrella y muy satisfecha de m? misma. Era un hermoso oto?o y cuando
levantaba la nariz de encima de mis libros me alegraba la ternura del cielo.
Entre tanto, para asegurarme de que no era una rata de biblioteca pensaba en Jacques; le dedicaba
p?ginas de mi diario, le escrib?a cartas que guardaba para m?. Cuando vi a su madre a principios de
noviembre estuvo muy afectuosa; me dijo que Jacques le ped?a siempre noticias de ?la ?nica persona
que me interesa en Par?s?; me sonri? con aire c?mplice repiti?ndome esas palabras.
Yo trabajaba seriamente, me distra?a, hab?a recobrado mi equilibrio y recordaba con sorpresa mis
juergas del verano. Esos bares, esos dancings, por los que yo me hab?a arrastrado durante noches
150
151 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
enteras s?lo me inspiraban repulsi?n y hasta una especie de horror. Ese virtuoso rechazo ten?a
exactamente el mismo sentido que mis antiguas complacencias: pese a mi racionalismo las cosas de la
carne segu?an siendo tab?s para m?.
??C?mo es de idealista!?, me dec?a a menudo St?pha. Ten?a buen cuidado de no espantarme.
Se?alando sobre la pared del cuarto azul el dibujo de una mujer desnuda, Fernando me dijo un d?a con
malicia: ?Fue St?pha que pos?.? Me cort? y ella le lanz? una mirada enfurecida: ??No digas tonter?as!?
?l reconoci? enseguida que hab?a sido en broma. Ni por un instante se me ocurri? que St?pha pudiera
justificar el veredicto de la se?ora Mabille: ?No es una se?orita de verdad.? Sin embargo, trataba con
cuidado de liberarme un poco. ?Le aseguro, querida, es muy importante el amor f?sico, sobre todo para
los hombres?? Una noche, saliendo del Atelier, vimos en la plaza Clichy un amontonamiento de
gente; un agente acababa de detener a un elegante jovencito cuyo chambergo hab?a ca?do en la cuneta;
estaba p?lido y se debat?a: la muchedumbre aullaba: ?Cochino tratante?? Cre? que iba a caerme en la
acera; arrastr? a St?pha; las luces, los rumores del Bulevar, las rameras pintarrajeadas, todo me daba
ganas de gritar. ??Pero qu? hay Simone? Es la vida.? Con voz pausada St?pha me explicaba que los
hombres no eran santos. Por supuesto todo eso era un poco ?asqueroso?, pero en fin exist?a y hasta
contaba mucho, para todo el mundo. Me cont? para apoyar su tesis un mont?n de an?cdotas. Yo me
crispaba. De tanto en tanto hac?a, sin embargo, un esfuerzo de sinceridad: ?de d?nde me ven?an esas
resistencias, esas prevenciones? ??Ser? el catolicismo que me ha dejado tal aspiraci?n de pureza que la
menor alusi?n a las cosas de la carne me hunde en una indecible desaz?n? Pienso en la Colombe de
Alain-Fournier, que se arroj? al estanque para no transigir con la pureza. ?Pero quiz? sea orgullo??
Evidentemente yo no pretend?a que hubiera que empecinarme indefinidamente en la virginidad.
Pero me persuad?a que se puede celebrar en la cama misas blancas: un aut?ntico amor sublime, el
contacto f?sico, y entre los brazos del elegido la joven pura se transforma alegremente en una l?mpida
mujer. Me gustaba Francis Jammes porque pintaba la voluptuosidad con colores sencillos como el
agua de un torrente; me gustaba sobre todo Claudel porque glorifica en el cuerpo la presencia
maravillosamente sensible del alma. No quise terminar El Dios de los cuerpos de Jules Romains,
porque el placer no estaba descripto como un avatar del esp?ritu. Me exasper? Sufrimientos del
Cristiano de Francois Mauriac que publicaba entonces la N.R.F. Triunfante en uno, humillada en el
otro la carne cobraba en ambos casos demasiada importancia. Me indignaba contra Clairaut que
respondiendo a una encuesta de Nouvelles Litt?raires denunciaba ?el harapo de carne y su tr?gica
soberan?a?; pero tambi?n contra Nizan y su mujer que reivindicaban, entre esposos, una total licencia
sexual.
Yo justificaba mi repugnancia de igual manera que cuando ten?a diecisiete a?os: todo anda bien si el
cuerpo obedece a la cabeza y al coraz?n pero no debe ocupar el primer plano. El argumento no se ten?a
en pie puesto que en amor los h?roes de Romains eran voluntariosos y los Nizan abogaban por la libertad. Por otra parte la razonable mojigater?a de mis diecisiete a?os no ten?a nada que ver con el
misterioso ?horror? que a menudo me congelaba. No me sent?a directamente amenazada; a veces hab?a
sentido una turbaci?n repentina: en el Jockey en brazos de algunos bailarines o en Meyrignac cuando
tiradas sobre el pasto nos abraz?bamos mi hermana y yo; pero esos v?rtigos me resultaban agradables,
me llevaba bien con mi cuerpo; por curiosidad y por sensualidad ten?a ganas de descubrir sus recursos
y sus secretos; esperaba sin aprehensi?n y hasta con impaciencia el momento en que me convertir?a en
mujer. Era por un desv?o que se me planteaba el problema: por Jacques. Si el amor f?sico era s?lo un
juego inocente no hab?a ninguna raz?n de negarse a ?l; pero entonces nuestras conversaciones no
deb?an pesar mucho al lado de las alegres y violentas complicidades que ?l hab?a conocido con otras
mujeres; yo admiraba la altura y la pureza de nuestras relaciones: en verdad eran incompletas, insulsas,
descarnadas, y el respeto que Jacques me demostraba part?a de la moral m?s convencional; yo volv?a a
151
152 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
caer en el papel ingrato de la primita por la que se siente mucho cari?o: ?qu? distancia entre esa virgen
y un hombre rico de toda su experiencia de hombre! Yo no quer?a resignarme a semejante inferioridad.
Prefer?a ver en el sexo una mancha; as? pod?a esperar que Jacques se hubiera conservado puro; si no no
me inspirar?a envidia, s?lo piedad; prefer?a tener que perdonarle debilidades que verme desterrada de
sus placeres. Sin embargo, esa perspectiva tambi?n me asustaba. Aspiraba a la transparente fusi?n de
nuestras almas; si ?l hab?a cometido faltas tenebrosas se me escapaba en el pasado y hasta en el
porvenir, pues nuestra historia falseada desde el principio no coincidir?a nunca m?s con la que ya nos
hab?a inventado. ?No quiero que la vida se ponga a tener otras voluntades que las m?as?, escrib? en mi
diario. Creo que ?se era el sentido profundo de mi angustia. Yo ignoraba casi todo de la realidad; en
mi ambiente estaba disfrazada por las convenciones y los ritos; esas rutinas me aburr?an, pero yo no
trataba de tomar la vida en su ra?z; al contrario, me evad?a en las nubes: yo era un alma, un esp?ritu
puro, no me interesaba sino por los esp?ritus y por las almas; la intrusi?n del sexualismo hac?a estallar
esa actitud ang?lica: me descubr?a bruscamente en su terrible unidad, la necesidad y la violencia. Yo
hab?a experimentado un choque en la plaza Clichy porque hab?a sentido entre el tr?fico del tratante de
blancas y la brutalidad del agente el lazo m?s ?ntimo. No era yo, era el mundo lo que estaba en juego:
si los hombres ten?an cuerpos que clamaban de hambre y que pesaban mucho, ya no obedec?a a la idea
que yo me hac?a de ?l; miseria, crimen, opresi?n, guerra: yo entreve?a confusamente horizontes que
me asustaban.
No obstante, a mediados de noviembre volv?a a Montparnasse. Estudiar, conversar, ir al cine:
bruscamente me cans? de ese r?gimen. ?Era eso vivir? ?Era yo la que viv?a as?? Hab?a habido
l?grimas, fiebres, la aventura, la poes?a, el amor: una existencia pat?tica, no quer?a decaer. Aquella
noche deb?a ir con mi hermana a l?Oeuvre; me encontr? con ella en el Dome y la llev? al Jockey.
Como el creyente al salir de una crisis de aridez se abisma en el olor del incienso y de los cirios yo
volv?a a empaparme en el humo del alcohol y del tabaco. No tardaron en sub?rsenos a la cabeza.
Reanudando con nuestras tradiciones cambiamos violentas injurias y nos zarandeamos un poco. Yo
deseaba emocionarme m?s seriamente y arrastr? a mi hermana al Stryx. Encontramos al chico Bresson
y a uno de sus amigos, un cuarent?n. Ese hombre de edad flirte? con Poupette y le regal? violetas
mientras yo conversaba con Riquet que me hizo una ardiente apolog?a de Jacques. ?Ha tenido golpes
serios ?me dijo?, pero siempre supo sobreponerse.? Me dijo cu?nta fuerza hab?a en su debilidad, qu?
sinceridad se ocultaba bajo su prepotencia, c?mo sab?a hablar entre dos cocktails de cosas graves y
dolorosas y con qu? lucidez hab?a medido la vanidad de todo. ?Jacques nunca ser? feliz?, concluy?
admirativamente. Mi coraz?n se estruj?. ??Y si alguien le diera todo??, pregunt?. ?Lo humillar?a.? El
miedo, la esperanza volvieron a apoderarse de m?. A lo largo del Bulevar Raspail solloc? contra las
violetas.
Me gustaban el llanto, la esperanza, el miedo. Cuando Clairaut me dijo al d?a siguiente clavando su
mirada en la m?a: ?Tiene que hacer una tesis sobre Spinoza; no hay m?s que eso en la vida: casarse y
hacer una tesis?, me encabrit?. Hacer una carrera, salir de juerga, dos maneras de abdicar. Pradelle
convino conmigo que el trabajo tambi?n puede ser una droga. Agradec?a con efusi?n a Jacques cuyo
fantasma me hab?a arrancado de mi estudioso atontamiento. Sin duda, algunos de mis compa?eros de
la Sorbona ten?an m?s valores intelectuales que yo, pero poco me importaba. El porvenir de Clairaut,
de Pradelle, me parec?a trazado de antemano; la existencia de Jacques, de sus amigos, se me aparec?a
como una serie de tiradas de dados: quiz? terminar?an por destruirse o por arruinar su vida. Yo prefer?a
ese riesgo a todas las esclerosis.
Durante un mes fui al Stryx una o dos veces por semana con St?pha, Fernando y un periodista
ukraniano amigo de ellos que empleaba sus ocios en estudiar el japon?s; llev? a mi hermana, a Lisa, a
Mallet. No s? muy bien de d?nde sacaba el dinero aquel a?o, pues ya no daba clases. Sin duda econo152
153 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
mizaba sobre los cinco francos que mi madre me daba diariamente para almorzar y raspaba un poco de
aqu? y de all?. En todo caso organizaba mi presupuesto en funci?n de esas org?as. ?Estuve hojeando en
Picart los Once cap?tulos sobre Plat?n de Alain. Cuesta ocho cocktails: demasiado caro.? St?pha se
disfrazaba de camarera, ayudaba a Michel a servir a los clientes, bromeaba con ellos en cuatro
idiomas, cantaba canciones ukranianas. Con Riquet y su amigo habl?bamos de Giraudoux, de Gide, de
cinemat?grafo, de la vida, de las mujeres, de los hombres, de la amistad, del amor. Volv?amos bulliciosamente hacia San Sulpicio. Al d?a siguiente yo anotaba: ??Noche maravillosa!?, pero
entrecortaba mi relato con par?ntesis que daban un sonido muy diferente. Riquet me hab?a dicho
hablando de Jacques: ?Se casar? un d?a por una corazonada y quiz? sea un buen padre de familia: pero
la aventura le faltar? siempre.? Esas profec?as no me turbaban demasiado; lo que me molestaba era que
durante tres a?os Jacques hubiera llevado m?s o menos la misma vida que Riquet. ?ste hablaba de las
mujeres con un desparpajo que me chocaba: ?pod?a yo creer todav?a que Jacques era un hermano del
Gran Meaulnes? Dudaba mucho. Despu?s de todo era sin su opini?n que yo me hab?a forjado esa
imagen de ?l y empezaba a decirme que quiz? no se le parec?a nada. No me resignaba a ello. ?Todo
esto me hace da?o. Tengo visiones de Jacques que me hacen da?o.? Despu?s de todo si el trabajo era
un narc?tico, el alcohol y el juego no val?an mucho m?s. Mi lugar no estaba ni en los bares ni en las
bibliotecas: ?pero entonces d?nde? Decididamente no ve?a m?s salvaci?n que en la literatura;
proyectaba una nueva novela; describir?a una hero?na que ser?a yo y un h?roe que se parecer?a a
Jacques, pero con ?su orgullo sin l?mites y su locura de destrucci?n?. Pero mi malestar persisti?. Una
noche vi en un rinc?n del Stryx a Riquet, Riaucourt y su amiga Olga que me parec?a muy elegante.
Comentaban una carta que acababan de recibir: de Jacques; le escrib?an una tarjeta postal. No pude
evitar preguntarme: ?por qu? les escribe a ellos y no a m?? Camin? toda una tarde por los bulevares
con el alma hecha a?icos, y termin? llorando en un cinemat?grafo.
Al d?a siguiente, Pradelle, que ten?a excelentes relaciones con mis padres, comi? en casa y luego
nos fuimos al Cine Latin. En la calle Soufflot, abruptamente le propuse que m?s bien me acompa?ara
al Jockey; acept? sin entusiasmo. Nos instalamos en una mesa como clientes serios y mientras
tom?bamos un gin-fizz empec? a explicarle qui?n era Jacques del cual s?lo le hab?a hablado al pasar.
Me escuch? con aire reservado. Se sent?a visiblemente inc?modo. Le pregunt? si le parec?a escandaloso verme frecuentar ese tipo de lugares. No, pero personalmente los encontraba deprimentes.
Es que no ha conocido, pens?, ese absoluto de soledad y de desesperaci?n que justifica todos los
des?rdenes. Sin embargo, sentada a su lado, a cierta distancia del bar donde tan a menudo hab?a estado
paveando vi el dancing con nuevos ojos: su mirada pertinente hab?a apagado toda la poes?a. Quiz? s?lo
lo hab?a llevado ah? para o?rle decir en voz alta lo que yo me dec?a en voz baja: ??Qu? vengo a hacer
aqu??? En todo caso le di enseguida la raz?n y hasta volv? mi severidad contra Jacques: ?por qu?
perd?a todo su tiempo en aturdirse? Romp? con la juerga. Mis padres fueron a pasar algunos d?as a
Arras y no aprovech?. Me negu? a seguir a St?pha a Montparnasse; hasta rechac? con fastidio sus
invitaciones. Me qued? junto a la chimenea leyendo Meredith.
Dej? de interrogarme sobre el pasado de Jacques; despu?s de todo si hab?a cometido faltas la faz del
mundo no hab?a cambiado. Ni siquiera en el presente me preocupaba por ?l; callaba demasiado; ese
silencio terminaba por parecerse a la hostilidad. Cuando a fines de diciembre su abuela Flandin me dio
noticias suyas, las escuch? con indiferencia. Sin embargo, como me resist?a a cualquier
renunciamiento, supuse que a su regreso nuestro amor resucitar?a.
Segu? estudiando sin descanso; pasaba diariamente nueve, o diez horas sobre los libros. En enero
hice mi prueba en el liceo Janson-de-Sailly bajo la vigilancia de Rodrigues, un se?or maduro muy
gentil: presid?a la Liga de los Derechos del Hombre y se mat? en 1940 cuando los alemanes entraron
153
154 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
en Francia. Yo ten?a por compa?eros a Merleau-Ponty y a L?vi-Strauss; los conoc?a un poco a ambos.
El primero me hab?a inspirado siempre una lejana simpat?a. El segundo me intimidaba por su pachorra,
pero la manejaba con habilidad y me pareci? muy divertido cuando con voz neutra, la cara inexpresiva, expuso a nuestro auditorio la locura de las pasiones. Hubo ma?anas grises en que me pareci?
irrisorio disertar sobre la vida afectiva ante cuarenta; colegiales a los que evidentemente les importaba
un bledo; los d?as lindos me dejaba convencer por mis propias palabras y me parec?a advertir en
ciertos ojos destellos de inteligencia. Recordaba con emoci?n la ?poca en que rozaba la pared del liceo
Stanislas: ?parec?a tan lejana, tan inaccesible una clase de varones! Ahora yo estaba ah?, sobre el
estrado, era yo la que dictaba clase. Y nada m?s en el mundo parec?a fuera de alcance.
Por cierto no lamentaba ser una mujer; por el contrario, sacaba de ello grandes satisfacciones. Mi
educaci?n me hab?a convencido de la inferioridad intelectual de mi sexo admitida por muchas de mis
cong?neres. ?Una mujer no puede esperar pasar la agregaci?n antes de cuatro o cinco fracasos?, me
dec?a la se?orita Roulin que ya llevaba dos. Ese handicap daba a mis ?xitos mucho m?s esplendor que
a los de los estudiantes varones: me bastaba igualarlos para sentirme excepcional; en verdad, no hab?a
conocido a ninguno que me hubiera asombrado; el porvenir estaba tan ampliamente abierto para m?
como para cualquiera de ellos: no pose?an ninguna ventaja. Por otra parte no lo pretend?an, me
trataban sin condescendencia y hasta con particular gentileza, pues no ve?an en m? una rival; las
mujeres estaban calificadas en los concursos seg?n sus capacidades como los varones, pero como las
aceptaban como supernumerarias no les disputaban sus lugares. Fue as? que una exposici?n m?a sobre
Plat?n me vali? de parte de mis condisc?pulos ?en particular de Jean Hippolyte? felicitaciones que no
eran atenuadas por ning?n reparo. Yo me enorgullec?a de haber conquistado la estima. La
benevolencia de ellos me evit? tener que tomar esa actitud de ?challenge? que m?s adelante me
fastidi? en las mujeres americanas: desde el principio los hombres fueron para m? compa?eros y no
adversarios. Lejos de envidiarlos, mi posici?n por el hecho de ser singular me parec?a privilegiada.
Una noche, Pradelle invit? a su casa a sus mejores amigos y a sus hermanas. La m?a me acompa??.
Todas las chicas se juntaron en el cuarto de la chica Pradelle; yo me qued? con los muchachos.
Sin embargo, no renegaba de mi femineidad. Aquella noche mi hermana y yo hab?amos cuidado
mucho nuestra vestimenta. Vestidas yo de seda roja, y ella de seda azul, est?bamos en verdad muy mal
vestidas, pero las otras chicas tampoco brillaban. Yo hab?a cruzado en Montparnasse algunas elegantes
bellezas; ten?an vidas demasiado diferentes de la m?a para que pudiera aplastarme la comparaci?n; por
otra parte una vez libre, con dinero en el bolsillo, nada me impedir?a imitarlas. No olvidaba que
Jacques me hab?a dicho que era bonita; St?pha y Fernando me daban grandes esperanzas. Tal cual era
me miraba con gusto en los espejos; me gustaba. En el terreno que nos era com?n yo era menos
agraciada que las dem?s mujeres y no sent?a hacia ellas ning?n resentimiento; por lo tanto, no me
aplicaba a desde?arlas. En muchos terrenos colocaba a Zaza, a mi hermana, a St?pha, aun a Lisa, por
encima de mis amigos masculinos: m?s sensibles, m?s generosas, estaban mejor dotadas para el sue?o,
las l?grimas, el amor. Yo me jactaba de unir en mi ?un coraz?n de mujer y un cerebro de hombre?.
Volv?a a encontrarme ?nica.
Lo que atemper?, al menos lo espero, esa arrogancia, fue que sobre todo apreciaba en m? los
sentimientos que inspiraba y que me interesaba en los dem?s mucho m?s que en mi cara. En la ?poca
en que me debat?a en las trampas que me aislaban del mundo, me sent?a separada de mis amigos y
ellos no pod?an hacer nada por m?; ahora estaba unida a ellos por ese porvenir que acababa de
reconquistar y que nos era com?n; esa vida donde de nuevo yo adivinaba tantas promesas se encarnaba
en ellos. Mi coraz?n lat?a por el uno, por el otro, por todos juntos, estaba siempre ocupado.
En primera fila de mis afectos estaba mi hermana. Ahora ella segu?a, cursos de arte publicitario en
un establecimiento de la calle Cassette donde se encontraba a gusto. En una fiesta organizada por su
154
155 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
escuela cant?, disfrazada de pastora, viejas canciones francesas y me pareci? deslumbrante. Sol?a ir a
fiestas y cuando volv?a, rubia, rosada, animada, con su vestido de tul azul, nuestro cuarto se iluminaba.
Visit?bamos juntas exposiciones de pintura, el Sal?n de Oto?o, el Louvre; ella dibujaba de noche en
un Atelier de Montmartre; a menudo yo iba a buscarla y atraves?bamos Par?s, continuando la
conversaci?n empezada desde nuestros primeros balbuceos; la segu?amos en la cama antes de
dormirnos y al d?a siguiente en cuanto est?bamos solas. Ella participaba en todas mis amistades, mis
admiraciones, mis entusiasmos. Jacques piadosamente puesto a un lado, yo no quer?a a nadie tanto
como a ella; me era demasiado cercana para ayudarme a vivir pero sin ella, pensaba, mi vida hubiera
perdido su sabor. Cuando llevaba mis sentimientos a lo tr?gico me dec?a que si Jacques muriera me
matar?a, pero que si ella desapareciera ni siquiera necesitar?a matarme para morir.
Como no ten?a ninguna amiga y siempre estaba disponible yo pasaba ratos bastante largos con Lisa.
En una lluviosa ma?ana de diciembre me pidi? al salir de un curso que la acompa?ara hasta su
pensi?n. Yo prefer?a volver a estudiar y me negu?. En la Plaza M?dicis, cuando yo estaba por subir al
?mnibus, me dijo con una voz muy rara: ?Bueno. Entonces le contar? el jueves lo que iba a contarle
hoy.? Par? la oreja: ?Cu?ntemelo enseguida.? Me arrastr? hasta el Luxemburgo, no hab?a nadie en los
senderos mojados. ?No lo vaya a repetir: es demasiado rid?culo.? Vacil?: ?Bueno: quisiera casarme
con Pradelle.? Me sent? sobre un alambre al borde del c?sped y la mir? azorada. ??Me gusta tanto!,
dijo. ?M?s de lo que nadie me gust? jam?s!? Preparaban el mismo certificado de ciencias y segu?an
juntos algunos cursos de filosof?a; yo no hab?a notado nada particular entre ellos cuando sal?amos en
banda; pero sab?a que Pradelle con su mirada de terciopelo y su sonrisa acogedora enloquec?a a las
chicas; me hab?a enterado por Clairaut que entre las hermanas de sus compa?eros por lo menos dos se
consum?an por ?l. Durante una hora en el jard?n desierto, bajo los ?rboles que chorreaban agua, Lisa
me habl? de ese gusto nuevo que hab?a tomado la vida para ella. ?Qu? fr?gil parec?a en su abrigo
gastado! Su cara me pareci? conmovedora bajo su sombrerito que se parec?a al c?liz de una flor, pero
dud? que su gracia un poco seca hubiera enamorado a Pradelle. St?pha mi record? la noche en que ?l
hab?a cambiado el tema con indiferencia, cuando est?bamos hablando de la soledad de Lisa, de su
tristeza. Trat? de sondearlo. Volv?a de un casamiento y discutimos un poco: ?l les encontraba encanto
a esas ceremonias y a m? me parec?a repelente esa exhibici?n p?blica de un asunto privado. Le pregunt? si a veces pensaba en su propio casamiento. Vagamente, me dijo: pero no cre?a poder
enamorarse nunca de una mujer; quer?a demasiado exclusivamente a su madre; hasta en amistad se
reprochaba una cierta indiferencia. Le habl? de esos grandes desbordamientos de ternura que a veces
me llenaban los ojos de l?grimas. ?l mene? la cabeza: ?Eso tambi?n es exagerado.? ?l no exageraba
nunca y cruz? por mi cabeza la idea de que no resultar?a f?cil quererlo. En todo caso Lisa no contaba
para ?l. Ella me dijo tristemente que en la Sorbona no le demostraba el menor inter?s. Pasamos un
largo atardecer en el bar de la Rotonda hablando del amor y de nuestros amores; del dancing sub?a
m?sica de jazz y unas voces susurraban en la penumbra. ?Estoy acostumbrada a la desgracia ?dec?a?,
uno nace as?.? Nunca hab?a obtenido nada de lo que hab?a deseado. ?Y sin embargo, si siquiera pudiera
tener su cabeza entre mis manos todo estar?a justificado para siempre.? Pensaba en pedir un cargo en
las colonias e irse a Saigon o a Tananarive.
Yo me divert?a siempre mucho con St?pha; Fernando sol?a estar con ella cuando yo sub?a a su
cuarto; mientras ella preparaba cocktails con curacao, ?l me mostraba reproducciones de Soutine o de
C?zanne; sus cuadros todav?a torpes me gustaban y tambi?n yo admiraba que sin inquietarse por las
dificultades materiales jugara toda su vida a la pintura. A veces sal?amos los tres. Vimos con
entusiasmo a Charles Dullin en Volpone y con severidad en la Comedie des Champs Elys?es, donde
estaba Baty, D?parts de Gantillon. A la salida de clase St?pha me invitaba a almorzar en el Knam;
com?amos, oyendo m?sica, cocina polaca y ella me ped?a consejo: ?Deb?a casarse con Fernando? Yo
155
156 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
contestaba que s?; nunca hab?a visto entre un hombre y una mujer una comuni?n tan total: respond?an
exactamente a mi idea de la pareja. Ella vacilaba: ?hay tanta gente ?interesante? en el mundo! Esa
palabra me fastidiaba un poco. No me sent?a nada atra?da por esos rumanos, esos b?lgaros, con los
cuales St?pha jugaba a la lucha de sexos. Por momentos mi ?chauvinismo? se despertaba. Almorzamos
con un estudiante alem?n en el restaurante instalado en el interior de la Biblioteca; rubio, la mejilla
ritualmente tajeada, hablaba de la grandeza de su pa?s en tono vengativo. Pens? bruscamente: ?Quiz?
luchar? un d?a contra Jacques, contra Pradelle?, y tuve ganas de levantarme de la mesa.
Sin embargo, me hice amiga de un periodista h?ngaro que irrumpi? en la vida de St?pha hacia fines
de diciembre. Muy alto, muy pesado, en su rostro voluminoso sus labios pastosos sonre?an mal.
Hablaba con complacencia de su padre adoptivo que dirig?a el teatro m?s importante de Budapest.
Escrib?a una tesis sobre el melodrama franc?s, admiraba apasionadamente la cultura francesa, a
Madame de Sta?l y a Charles Maurras; exceptuando la Hungr?a consideraba a todos los pa?ses de
Europa central como B?rbaros y particularmente a los Balcanes. Rabiaba cuando ve?a a St?pha
conversar con un rumano. Se enojaba f?cilmente; entonces sus manos temblaban, su pie derecho
golpeaba convulsivamente el piso, tartamudeaba: esa incontinencia me molestaba. Tambi?n me
reventaba que no se le cayeran de la boca las palabras: refinamiento, gracia, delicadeza. No era
est?pido y yo escuchaba con curiosidad sus conversaciones sobre las culturas y las civilizaciones. Pero
en conjunto apreciaba mediocremente su conversaci?n; ?l se irritaba: ??Si supiera c?mo soy de
divertido en h?ngaro!?, me dijo un d?a en un tono a la vez furioso y desolado. Cuando trataba de
conquistarme para que yo lo ayudara con St?pha, yo lo mandaba a paseo. ??Es insensato!?, dec?a con
una voz llena de odio. ??Todas las chicas cuando una amiga tiene un l?o adoran entrometerse!? Yo
contestaba groseramente que su amor por St?pha no me conmov?a: era un deseo ego?sta de posesi?n y
de dominio; por otra parte yo dudaba de su solidez: ?estaba dispuesto a construir su vida con ella? Sus
labios temblaban: ?Si le dieran una porcelana de Saxe ?usted la tirar?a al suelo para ver si se rompe o
no!? Yo no le ocultaba a Bandi ?as? lo llamaba St?pha? que en ese asunto yo era la aliada de
Fernando. ??Aborrezco a ese Fernando! ?me dijo Bandi?. Para empezar es un jud?o!? Me qued?
escandalizada.
St?pha se quejaba mucho de ?l; lo encontraba lo bastante brillante como para tener ganas de
?aplastarlo?, pero la persegu?a con demasiada insistencia. En esa oportunidad comprob? que yo era
ingenua. Una noche fui con Jean Mailet a ver al teatro de Champs Elys?es los Piccoli que Poddrecca
acababa de presentar por primera vez en Par?s. Vi a Bandi que ten?a a St?pha abrazada y ella no se
defend?a. Mailet quer?a mucho a St?pha, comparaba sus ojos a los de un tigre morfin?mano; propuso
que fu?ramos a saludarla. El h?ngaro se apart? r?pidamente de ella que me salud? sin la menor cortedad. Comprend? que trataba a sus festejantes con menos rigor de lo que hab?a dejado imaginar y le
guard? rencor por lo que me pareci? una deslealtad, pues yo no entend?a nada del flirt. Me alegr?
mucho cuando decidi? casarse con Fernando. Bandi le hizo entonces escenas violentas: la persegu?a
hasta su cuarto pese a todas las consignas. Luego se calm?. Ella dej? de venir a la Nationale. ?l
todav?a me invitaba a tomar caf? en Poccardi, pero ya no me hablaba de ella.
M?s adelante vivi? en Francia como corresponsal de un diario h?ngaro. Diez a?os despu?s, la noche
en que se declar? la guerra lo encontr? en el Dome. Iba a alistarse al d?a siguiente en un regimiento
compuesto por voluntarios extranjeros. Me confi? un objeto que quer?a mucho: un relojito de pie de
vidrio, de forma esf?rica. Me confes? que era jud?o, bastardo, y sexualmente man?aco: s?lo le gustaban
las mujeres que pesaban m?s de cien kilos; St?pha hab?a sido una excepci?n en su vida: hab?a esperado
que a pesar de ser menuda le diese, gracias a su inteligencia, una impresi?n de inmensidad. La guerra
lo devor?; nunca volvi? a buscar su reloj.
156
157 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
Zaza me escrib?a desde Berl?n largas cartas de las cuales yo le?a pasajes a St?pha, a Pradelle.
Cuando se fue de Par?s, llamaba a los alemanes los ?Boches? y sent?a mucho temor al poner el pie en
territorio enemigo: ?Mi llegada a Fiobel Hospiz fue bastante lamentable; yo esperaba encontrar un
hotel para se?oras: encontr? un enorme galp?n lleno de gruesos Boches, por otra parte muy respetables
y al hacerme entrar a mi cuarto la ?m?dchen? me entreg?, como St?pha me lo hab?a predicho, un
manojo de llaves: armario de luna, cuarto, puerta del edificio en que vivo, garaje, en fin, en caso de
que quiera volver a las cuatro de la ma?ana. Yo estaba tan cansada por el viaje, tan extra?ada por mi
absoluta libertad y por la inmensidad de Berl?n que no tuve valor de bajar a comer y me hund?,
regando mi almohada con mis l?grimas, en una extra?a cama sin s?banas ni mantas, formada
simplemente por un acolchado. Dorm? trece horas, o? misa en una capilla cat?lica, pase? mi curiosidad
a trav?s de las calles y a mediod?a mi moral ya hab?a mejorado mucho. Desde entonces cada vez me
acostumbro m?s: hay momentos en que una necesidad irrazonable de mi familia, de usted, de Par?s, me
invade de pronto como una puntada dolorosa, pero la vida berlinesa me gusta, no tengo ninguna
dificultad con nadie, y siento que estos tres meses que voy a pasar aqu? van a ser de lo m?s
interesantes.? No encontr? recursos en la Colonia francesa que se compon?a ?nicamente del Cuerpo
Diplom?tico: no hab?a en Berl?n m?s que tres estudiantes franceses y a la gente le parec?a muy
sorprendente que Zaza fuera a pasar un trimestre a Alemania y quisiera seguir cursos. ?El c?nsul, en
una carta que me dio para un profesor alem?n terminaba con una frase que me divirti?: Le ruego
encarecidamente que aliente la tan interesante iniciativa de la se?orita Mabille. ?Parecer?a que he
sobrevolado el Polo Norte!? Por lo tanto se decidi? muy pronto a frecuentar a los ind?genas. ?El
mi?rcoles conoc? los teatros de Berl?n con un compa?ero totalmente inesperado. Imag?nese, dir?a
St?pha, que alrededor de la seis veo al director del Hospiz, el viejo gordo herr Pollak que se me acerca
y me dice con su mejor sonrisa: Joven se?orita francesa. ?quiere ir esta noche al teatro conmigo? Un
poco azorada al principio me inform? de la moralidad de la pieza y considerando el aire serio y digno
del viejo-herr Pollack decid? aceptar. A las ocho trot?bamos por las calles de Berl?n charlando como
viejos amigos. Cada vez que se trataba de pagar algo el gordote dec?a con gracia: Usted es mi hu?sped,
es gratis. En el tercer acto, animado por una taza de caf? me dijo que su mujer nunca quer?a ir al teatro
con ?l, que no ten?a ninguno de sus gustos y nunca hab?a tratado de hacerle el gusto en treinta y cinco
a?os de casamiento, excepto hace dos a?os, porque ?l estaba a la muerte, pero uno no puede estar
siempre a la muerte, me dec?a en alem?n. Me divert?a como loca, el gordo herr Pollack me parec?a
mucho m?s divertido que Sudermann, el autor de la pieza llamada Die Ehre, una obra de tesis del
g?nero de Alejandro Dumas, hijo. Al salir del Trianon Teatro, para terminar esa noche bien alemana,
?mi Boche quiso absolutamente comer salchichas con chucrut!?
Re? con St?pha pensando que la se?ora Mabille hab?a exilado a Zaza con tal de no permitirle
participar en un tenis mixto; y ?sta sal?a sola de noche con un hombre: ?un desconocido, un extranjero,
un Boche! Por lo menos se hab?a informado de la moralidad de la pieza. Pero, seg?n sus cartas
siguientes, no tard? en avivarse. Segu?a cursos en la Universidad, iba a los conciertos, a los teatros, a
los museos, se hab?a vinculado con varios estudiantes y con un amigo de St?pha, Hans Miller, cuya
direcci?n ?sta le hab?a dado. Al principio la hab?a encontrado tan estirada que le hab?a dicho riendo:
?Usted toma la vida con guantes de cabritilla.? Ella se hab?a sentido muy mortificada: hab?a resuelto
sacarse los guantes.
?Veo tanta gente nueva, de medios, de pa?ses, de g?nero tan diferente que siento todos mis
prejuicios irse lamentablemente a la deriva y ya no s? exactamente si alguna vez he pertenecido a un
medio ni cu?l es. De pronto almuerzo a mediod?a en la embajada con celebridades de la diplomacia,
suntuosas embajadoras del Brasil o de la Argentina, y como de noche sola en Aschinger, el
restaurante muy popular, codo con codo con un empleado, o alg?n estudiante griego o chino. No estoy
157
158 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
aprisionada en ning?n grupo, ninguna raz?n est?pida viene a impedirme de pronto hacer una cosa que
puede interesarme, no hay nada imposible ni inaceptable y tomo maravillada y llena de confianza todo
lo que cada d?a me trae de inesperado y de nuevo. Al principio ten?a preocupaciones de forma;
preguntaba a la gente lo que se hac?a y lo que no se hac?a. Sonrieron y me contestaron: Pero cada uno
hace lo que quiere, y aprovech? la lecci?n. Ahora soy peor que una estudiante polaca, salgo a toda
hora del d?a y de la noche, voy a los conciertos con Hans Miller, paseo con ?l hasta la una de la
ma?ana. Parece considerar eso tan natural que me siento confusa de asombrarme todav?a.? Sus ideas
tambi?n se modificaban; su chauvinismo se derret?a. ?Lo que m?s me sorprende aqu? es el pacifismo,
mucho m?s que la francofilia de todos los alemanes en general. El otro d?a en el cine asist? a una
pel?cula de tendencias pacifistas que mostraba los horrores de la guerra: todo el mundo aplaud?a.
Parece que el a?o pasado cuando dieron aqu? Napole?n, que tuvo un ?xito monstruo, la orquesta
tocaba la Marsellesa. Cierta noche, en el Ufa Palace, la gente aplaudi? tanto que la tocaron tres veces
en medio de ovaciones generales. Me habr?a sobresaltado si me hubieran dicho antes de irme de Par?s
que podr?a sin la menor molestia hablar de la guerra con un alem?n; el otro d?a, Hans Miller me habl?
de la ?poca en que hab?a estado prisionero y termin? dici?ndome: ?Quiz? era usted muy chica para
recordar, pero era atroz ese tiempo, de ambos lados; no tiene que repetirse! Otra vez en que yo le
hablaba de Siegfried et le Limousin y le dec?a que ese libro le interesar?a me contest? ?pero las palabras alemanas expresaban la idea m?s en?rgicamente?: ??Es apol?tico o bien humano?? Ya nos han
hablado bastante de naciones, de razas, que ahora nos hablen un poco del hombre en general. Creo que
las ideas de esta ?ndole est?n muy difundidas entre la juventud alemana.?
Hans Miller pas? una semana en Par?s; sali? con St?pha y dijo que desde que hab?a llegado, su
amiga se hab?a transformado; recibido fr?amente por Mabille se asombr? del abismo que separaba a
Zaza del resto de su familia. Adem?s, ella tambi?n ten?a conciencia de esto. Me escribi? que hab?a
sollozado de felicidad al ver en la ventanilla del tren la cara de su madre que hab?a ido a visitarla a
Berl?n; no obstante la idea de volver a su hogar la asustaba. Lili hab?a concedido por fin su mano a un
egresado de la Escuela de Polit?cnica y seg?n contaba Hans Miller la casa estaba toda revuelta.
?Siento que en casa ya est? todo ?l mundo absorbido por las participaciones, las felicitaciones
recibidas, los regalos, el anillo, el ajuar, el color que usar?n las chicas del cortejo (creo que no olvido
nada); y ese gran ajetreo de formalidades no me da muchas ganas de volver, ?ya he perdido tanto la
costumbre de todo eso! Y aqu? tengo verdaderamente una vida tan linda, tan interesante? Cuando
pienso en mi regreso es sobre todo una gran felicidad de volver a verla la que siento en m?. Pero le
confieso que estoy asustada de reanudar mi existencia de hace tres meses. El muy respetable
formalismo de que vive la mayo r?a de la gente de nuestro medio se me ha vuelto insoportable, tanto
m?s insoportable que recuerdo la ?poca no muy lejana en que sin saberlo yo todav?a cre?a en ?l y temo
al volver recobrar ese esp?ritu.?
No s? si la se?ora Mabille se daba cuenta de que esa estad?a en Berl?n no hab?a tenido el resultado
que ella hab?a esperado; en todo caso se preparaba a volver a tomar a su hija entre manos. Al
encontrarse con mi madre en una reuni?n en que ?sta acompa?aba a Poupette, le hab?a hablado muy
secamente. Mi madre pronunci? el nombre de St?pha: ?No conozco a St?pha. Conozco a la se?orita
Avdicovitch que fue gobernanta de mis hijos.? Hab?a agregado: ?Usted educa a Simone como quiere.
Yo tengo otros principios.? Se hab?a quejado de mi influencia sobre su hija y hab?a terminado
diciendo: ?Felizmente, Zaza me quiere mucho.?
Todo Par?s estuvo con gripe ese invierno y yo estaba en la cama cuando Zaza volvi? a Par?s; sentada
a mi cabecera me describ?a Berl?n, la ?pera, los conciertos, los museos. Hab?a engordado y ten?a
lindos colores: St?pha y Pradelle quedaron impresionados como yo por su metamorfosis. Le dije que
158
159 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
en octubre su reserva me hab?a inquietado: me asegur? alegremente que ya era otra persona. No
solamente muchas de sus ideas hab?an cambiado sino que en vez de meditar sobre la muerte y de
aspirar al claustro desbordaba de vitalidad. Esperaba que la partida de su hermana le facilitar?a mucho
la existencia. Se apiadaba, sin embargo, sobre la suerte de Lili: ?Es tu ?ltima oportunidad?, hab?a
declarado la se?ora Mabille. Lili hab?a corrido a consultar a todas sus amigas. ?Acepta?, hab?an
aconsejado las reci?n casadas resignadas y las solteras que no encontraban marido. Zaza ten?a el
coraz?n oprimido cuando o?a las conversaciones de ambos novios. Pero sin saber muy bien por qu?
ahora estaba segura de que semejante porvenir no la amenazaba. Por el momento se dispon?a a estudiar
seriamente el viol?n, a leer mucho, a cultivarse; contaba iniciar la traducci?n de una novela de Stephan
Zweig. Su madre no se atrev?a a quitarle demasiado r?pidamente su libertad; le permiti? salir dos o
tres veces de noche conmigo. O?mos El Pr?ncipe Igor ejecutado por la ?pera rusa. Asistimos a la
primera pel?cula de Al Johnson, El cantor de jazz, y a una sesi?n organizada por el grupo ?El
Esfuerzo? en que proyectaban pel?culas de Germaine Dulac: luego hubo un debate agitado sobre el
cine puro y el cine sonoro. A menudo, de tarde, mientras estudiaba en la Nationale, sent?a sobre mi
hombro una mano enguantada; Zaza me sonre?a, bajo su sombrero de castor rosa, e ?bamos a tomar un
caf? o a dar una vuelta. Desgraciadamente se fue a Bayona donde acompa?? durante un mes a una
prima enferma.
La ech? mucho de menos. Los diarios dec?an que desde hac?a quince a?os Par?s no hab?a conocido
un fr?o tan riguroso; el Sena arrastraba pedazos de hielo; yo ya no paseaba y estudiaba demasiado.
Terminaba mi diploma; redactaba para un profesor llamado Laporte una disertaci?n sobre Hume y
Kant; desde las nueve de la ma?ana a las seis de la tarde me quedaba clavada en mi sill?n en la
Nationale; apenas si me conced?a media hora para comer un sandwich; a la tarde sol?a adormecerme y
a veces dormirme del todo. De noche en casa trataba de leer: Goethe, Cervantes, Ch?jov, Strindberg.
Pero me dol?a la cabeza. El cansancio a veces me daba ganas de llorar. Y decididamente la filosof?a tal
como la practicaban en la Sorbona no ten?a nada consolador. Br?hier daba un curso excelente sobre los
Estoicos; pero Brunschvicg se repet?a; Laporte hac?a pedazos todos los sistemas, salvo el de Hume.
Era el m?s joven de nuestros profesores, llevaba unos bigotitos, polainas blancas, segu?a a las mujeres
por la calle: una vez se hab?a acercado por error a una de sus disc?pulas. Me devolvi? mi disertaci?n
con una calificaci?n mediana y comentarios ir?nicos: hab?a preferido Kant a Hume. Me invit? a su
casa, un hermoso departamento de la avenida Bosquet, para hablarme de mi deber. ?Grandes
cualidades pero muy antip?tico. Estilo oscuro, falsamente profundo: ?para lo que hay que decir en
filosof?a!? Entabl? el proceso de todos sus colegas y en particular de Brunschvicg; luego pas?
r?pidamente revista a los viejos maestros. ?Los fil?sofos de la antig?edad?, unos necios. ?Spinoza?, un
monstruo. ?Kant?, un impostor. Quedaba Hume. Objet? que Hume no resolv?a ninguno de los
problemas pr?cticos: se encogi? de hombros: ?La pr?ctica no plantea problemas.? No. No hab?a que
ver en la filosof?a sino un entretenimiento y hab?a derecho a preferirle otros. ?Despu?s de todo ?se
tratar?a solamente de una convenci?n??, suger?. ??Ah!, no, se?orita, esta vez est? exagerando?, me dijo
con una brusca indignaci?n. ?Ya s? ?agreg??, el escepticismo no est? de moda. Por supuesto: vaya a
buscar una doctrina m?s optimista que la m?a.? Me acompa?? hasta la puerta. ??Bueno, encantado! Usted aprobar? seguramente su agregaci?n?, concluy? con aire asqueado. Sin duda era m?s sano pero
menos reconfortante que Jean Baruzi.
Yo trataba de reaccionar. Pero St?pha preparaba su ajuar, organizaba su hogar y yo la ve?a apenas.
Mi hermana estaba triste, Lisa desesperada, Clairaut distante, Pradelle siempre igual a s? mismo;
Mallet se mataba estudiando. Yo trataba de interesarme en la se?orita Roulin, en algunos otros
compa?eros. No lo lograba. Durante toda una tarde por las galer?as del Louvre, hice un largo viaje de
Asiria a Egipto, y de Egipto a Grecia; volv?a a salir a la noche mojada de Par?s. Me arrastraba sin
159
160 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
pensamientos, sin amor. Me despreciaba. Pensaba en Jacques de muy lejos, como en un orgullo
perdido. Suzanne Boigue que regresaba de Marruecos me recibi? en un departamento claro,
discretamente ex?tico; era querida y feliz, yo la envidiaba. Lo que m?s me pesaba era sentirme
disminuida. ?Me parece que he perdido much?simo, y lo peor es que no llego a sufrir? Estoy inerte,
me dejo llevar por las ocupaciones, los sue?os del momento. Nada en m? est? comprometido en nada;
no estoy atada ni a una idea ni a un afecto por ese lazo estrecho, cruel y exaltante que durante mucho
tiempo me ha atado a tantas cosas; me intereso en todo con mesura; ?ah!, soy razonable hasta el punto
de no sentir siquiera la angustia de mi existencia.? Me aferraba a la esperanza de que ese estado fuera
provisorio; de aqu? a cuatro meses, ya libre del concurso, podr?a interesarme de nuevo en mi vida;
empezar?a a escribir mi libro. Pero hubiera querido que alguna ayuda me viniera de afuera. ??Deseo de
un afecto nuevo, de una aventura, de cualquier cosa que no sea yo misma!?
La poes?a de los bares se hab?a aventado. Pero despu?s de un d?a entero pasado en la Nationale o en
la Sorbona no soportaba encerrarme en casa. ?Adonde ir? De nuevo err? por Montparnasse, con Lisa
una noche, luego con Fernando y St?pha. Mi hermana se hab?a hecho muy amiga de una de sus
compa?eras de escuela, una bonita muchacha de diecisiete a?os, el?stica y atrevida, cuya madre ten?a
una confiter?a; la llamaban G?g?; sal?a muy libremente. Las encontraba a menudo en el Dome. Una
noche decidimos ir a la Jungle que acababa de abrirse frente al Jockey; pero carec?amos de fondos.
?No importa ?dijo G?g??. Esp?renos aqu?, ya vamos a arreglarnos.? Entr? sola a la ?boite? y me sent?
en el bar. Sentadas en un banco del Bulevar, Poupette y G?g? gem?an con ostentaci?n: ??Pensar que
nos faltan diez francos!? Un transe?nte se conmovi?. No s? qu? le contaron, pero al rato estaban
trepadas a mi lado ante sus gin-fizz. G?g? sab?a conquistar a los hombres. Nos ofrecieron una copa,
nos hicieron bailar. Una enana llamada Chiffon, que ya hab?a o?do en el Jockey, cantaba y dec?a
obscenidades levant?ndose las faldas; exhib?a muslos cubiertos de moretones y comentaba c?mo la
mord?a su amante. En un sentido era refrescante. Repetimos esa fiesta. Una noche en el Jockey
encontr? a unos viejos amigos con los que evoqu? las alegr?as del verano pasado; un joven estudiante
suizo que frecuentaba la Nationale, me hizo la corte con entusiasmo; beb? y me divert?. M?s tarde, en
la noche, un joven m?dico que observaba nuestro tr?o con mirada cr?tica me pregunt? si yo iba all? para
estudiar costumbrismo; cuando mi hermana se fue a medianoche me felicit? por su formalidad, pero
me dijo que G?g? era demasiado joven para andar por los dancings. A eso de la una nos propuso
llevarnos en taxi; primero dejamos a G?g? y ?l estaba visiblemente divertido ante mi malestar durante
el corto trayecto en que estuve sola con ?l. Su inter?s me halag?. Bastaba un encuentro, un incidente
imprevisto, para devolverme mi buen humor. El placer que me causaban esas ?nfimas aventuras no
explican, sin embargo, que yo haya sucumbido de nuevo a la seducci?n de los lugares de mala vida.
Yo misma me asombraba: ?Jazz, mujeres, bailes, palabras impuras, alcohol, rozamientos: ?c?mo no
voy a sentirme chocada, y acepto aqu? lo que no aceptar?a en ninguna parte y bromeo con estos
hombres? ?C?mo pueden gustarme estas cosas con esa pasi?n que me viene de tan lejos, y que me
domina con tal fuerza? ?Qu? es lo que voy a buscar en esos lugares de encanto turbio??
Algunos d?as m?s tarde tom? el t? en casa de la se?orita Roulin, con quien me aburr?a a morirme. Al
salir fui a L?Europeen; me sent? por cuatro francos en una platea balc?n entre mujeres en cabeza y
muchachos desprolijos; las parejas se abrazaban, se besaban; unas muchachas pesadamente
perfumadas se quedaban pasmadas oyendo al cantor engominado y gruesas risas subrayaban los
chistes verdes. Yo tambi?n me conmov?a, me re?a, me sent?a bien. ?Por qu?? Err? largamente por el
Bulevar Barbes, miraba a las rameras y a los granujas no ya con horror sino con una especie de
envidia. De nuevo me asombraba: ?Hay en m? no s? qu? deseo quiz? monstruoso, presente desde
siempre, de ruido, de lucha, de salvajismo y de hundirme sobre todo? ?Qu? se necesitar?a hoy para
que yo tambi?n fuera morfin?mana, alcoh?lica, y no s? qu? m?s? Quiz? solamente una ocasi?n, un
160
161 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
hambre un poco mayor de todo lo que nunca conocer? Por momentos me escandalizaba de esa
?perversi?n?, de esos ?bajos instintos?, que descubr?a en m?. ?Qu? habr?a pensado Pradelle que antes
me acusaba de prestarle a la vida demasiada nobleza? Yo me reprochaba mi duplicidad, mi hipocres?a.
Pero no pensaba en renegarme: ?Quiero la vida, toda la vida. Me siento curiosa, ?vida, ?vida de quemarme m?s ardientemente que cualquier otra, cualquiera sea la llama.?
Estaba a dos dedos de confesarme la verdad: ya estaba harta de ser un esp?ritu puro. No era porque
el deseo me atormentara como en v?speras de la pubertad. Pero adivinaba que las violencias de la
carne, su crudeza me hubieran salvado de ese estado et?reo e insulso en que me agotaba. No se trataba
para m? de tentar la experiencia; tanto como mis sentimientos por Jacques, mis prejuicios me lo
imped?an. Cada vez aborrec?a m?s francamente el catolicismo; viendo a Lisa y a Zaza debatirse contra
?esa religi?n martirizadora? me alegraba de haber escapado de ella; en verdad continuaba
embadurnada; los tabus sexuales sobreviv?an hasta el punto que pretend?a poder ser morfin?mana o
alcoh?lica, pero no pensaba en el libertinaje. Al leer a Goethe y el libro escrito sobre ?l por Ludwig,
protest? contra su moral. ?El lugar que le hace tan tranquilamente a la vida de los sentidos, sin
desgarramiento, sin inquietud, me choca. La peor perversi?n, si es la de un Gide que busca un
alimento para su esp?ritu, una defensa, una provocaci?n, me conmueve; los amores de Goethe me
molestan.? O bien el amor f?sico se integraba al amor a secas, y en ese caso todo era natural, o era una
tr?gica decadencia y yo no ten?a valor para naufragar en ella.
Decididamente yo depend?a de las estaciones. Nuevamente este a?o al primer soplo de la primavera
me desplegaba, respiraba alegremente el olor a alquitr?n caliente. No me relajaba, el concurso se
acercaba y ten?a un mont?n de lagunas que llenar; pero el cansancio me impon?a reposos y yo los
aprovechaba. Paseaba con mi hermana por los bordes de la Mame, volv? a sentir el placer de conversar
con Pradelle bajo los casta?os del Luxemburgo; compr? un sombrerito rojo que hizo sonre?r a St?pha y
a Fernando. Llev? a mis padres a L?Europ?en y mi padre nos convid? con helados en la terraza de
Wepler. Mi padre me acompa?aba bastante a menudo al cine; en el Moulin Rouge vimos juntos
Barbette, menos extraordinaria de lo que pretend?a Jean Cocteau. Zaza volvi? de Bayona. Visitamos
en el Louvre las nuevas salas de pintura francesa; no me gustaba Monet, apreciaba a Renoir con
reserva, admiraba mucho a Manet y sin reservas a C?zanne porque ve?a en sus cuadros ?el
descendimiento del esp?ritu en el coraz?n del sensible?. Zaza compart?a m?s o menos mis gustos.
Asist? sin aburrirme demasiado al casamiento de su hermana.

Durante las vacaciones de Pascuas pas? todos mis d?as en la Nationale; encontr? a Clairaut que me
pareci? un poco pedante pero que segu?a intrig?ndome; ?ese hombrecito flaco y negro habr?a sufrido
verdaderamente de la ?tr?gica soberan?a? de la carne? Lo cierto, en todo caso, era que ese problema lo
trabajaba. Llev? varias veces la conversaci?n sobre el art?culo de Mauriac. ?Qu? dosis de sensualidad
pueden permitirse los esposos cristianos? ?Los novios? Un d?a le hizo esta pregunta a Zaza que se
enfureci?: ??Son problemas de solteronas y de curas!?, le contest?. Pocos d?as despu?s me cont? que ?l
hab?a atravesado una dolorosa experiencia. A principios del a?o escolar se hab?a comprometido con la
hermana de uno de sus compa?eros; ella lo admiraba inmensamente y era una naturaleza apasionada:
?si ?l no hubiera puesto un freno sabe Dios adonde hubieran ido a parar! ?l le hab?a explicado que
deb?an conservarse para su noche de bodas, que entre tanto s?lo castos besos les eran permitidos. Ella
se hab?a obstinado en ofrecerle su boca, ?l en rechazarla; ella hab?a terminado por tomarle idea y por
romper con ?l. Visiblemente ese fracaso lo obsesionaba. Raciocinaba sobre el casamiento, el amor, las
mujeres, con un encarnizamiento mani?tico. Me pareci? bastante rid?cula esa historia, que me
recordaba la de Suzanne Boigue; pero me halagaba la confidencia.
Las vacaciones de Pascuas terminaron; en los floridos jardines de la Escuela Normal me encontr?
161
162 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
con placer en medio de mis compa?eros. Los conoc?a casi a todos. El ?nico clan que me resultaba
herm?tico era el formado por Sartre, Nizan y Herbaud; no se daban con nadie; s?lo asist?an a algunos
cursos elegidos y se sentaban apartados de los dem?s. Ten?an mala fama. Se dec?a que ?carec?an de
simpat?a por las cosas?. Vivamente anti-talas, pertenec?an a un grupo compuesto en su mayor parte
por ex alumnos de Alain, y conocido por su brutalidad: sus afiliados arrojaban bombas de agua sobre
los estudiantes distinguidos que volv?an de noche, de smocking. Nizan estaba casado y hab?a viajado,
sol?a usar pantalones de golf y detr?s de sus gruesos anteojos de carey su mirada me intimidaba. Sartre
no ten?a una cara desagradable, pero se dec?a que era el m?s terrible de los tres y hasta lo acusaban de
beber. Uno solo me parec?a accesible: Herbaud. ?l tambi?n estaba casado. En compa??a de Sartre y de
Nizan, me ignoraba. Cuando lo encontraba solo, cambi?bamos algunas palabras.
Hab?a dado una conferencia, en enero, en el curso de Brunschvicg y durante la discusi?n que hab?a
seguido, hab?a divertido a todo el mundo. Yo hab?a sido sensible al encanto de su voz burlona, de su
boca ir?nica. Mi mirada descorazonada por los agregativos gris?ceos, descansaba gustosa sobre su
rostro rosado iluminado por ojos de un celeste infantil; su pelo rubio era duro y vivo como el pasto.
Una ma?ana hab?a venido a estudiar a la Nationale y pese a la elegancia de su sobretodo azul, de su
traje bien cortado, yo le hab?a encontrado algo campesino. Yo hab?a tenido la inspiraci?n ?contrariamente a mis costumbres? de subir a almorzar al restaurante interior de la Biblioteca: ?l me hab?a
hecho un lugar en su mesa con tanta naturalidad como si tuvi?ramos una cita. Hab?amos hablado de
Hume y de Kant. Yo lo hab?a cruzado en el vest?bulo de Laporte que le dec?a en tono ceremonioso:
?Bueno, hasta pronto se?or Herbaud?; y hab?a pensado con pena que era un se?or casado, muy lejano,
para el cual yo nunca existir?a. Una tarde lo hab?a visto en la calle Soufflol acompa?ado por Sartre y
Nizan, del brazo de una mujer de gris. Me hab?a sentido excluida. Era el ?nico del tr?o que segu?a los
cursos de Brunschvicg; un poco antes de las vacaciones de Pascuas se hab?a sentado a mi lado. Hab?a
dibujado unos Eug?ne, inspirados en los que hab?a creado Cocteau en Le Potomak y compuesto breves
poemas ?cidos. Me hab?a parecido muy divertido y me hab?a emocionado encontrar en la Sorbona a
alguien que apreciara a Cocteau. En cierto modo, Herbaud me hac?a pensar en Jacques; ?l tambi?n
reemplazaba a menudo una frase por una sonrisa y parec?a vivir fuera de los libros. Cada vez que hab?a
vuelto a la Nationale me hab?a saludado gentilmente y yo ard?a en deseos de decirle algo inteligente:
desgraciadamente no encontraba nada.
No obstante cuando los cursos de Brunschvicg se reiniciaron despu?s de las vacaciones, ?l se instal?
de nuevo a mi lado. Me dedic? un ?retrato de agregativo medio?, otros dibujos y poemas. Me anunci?
abruptamente que era individualista. ?Yo tambi?n?, dije. ??Usted?? Me examin? con aire desconfiado:
?Pero yo la cre?a cat?lica, tomista y social.? Protest? y me felicit? por nuestra coincidencia. Me hizo el
elogio de nuestros predecesores: Sylla, Barres, Stendhal, Alcib?ades, por el cual ten?a una debilidad; ya
no recuerdo todo lo que me cont?, pero me divert?a cada vez m?s; parec?a estar perfectamente seguro
de s? y no tomarse nada en serio: lo que me encant? fue esa mezcla de soberbia y de iron?a. Qued?
enloquecida cuando al despedirse me prometi? largas conversaciones. ?Tiene una forma de
inteligencia que me conmueve?, anot? aquella noche. Ya estaba dispuesta a abandonar por ?l a
Clairaut, Pradelle, Mallet, a todos los dem?s. Pose?a evidentemente la atracci?n de la novedad y yo
sab?a que me embalaba pronto a riesgo de desencantarme r?pido. De todas maneras me sorprendi? la
violencia de este entusiasmo: ??Encuentro con Andr? Herbaud o conmigo misma? ?Cu?l me ha
emocionado m?s? ?Por qu? me siento emocionada como si verdaderamente me hubiera ocurrido
algo??
Algo me hab?a ocurrido que indirectamente decidi? toda mi vida: pero eso no deb?a saberlo hasta
m?s tarde.
En adelante Herbaud frecuent? asiduamente la Nationale; yo le reservaba el sill?n junto al m?o.
162
163 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
Almorz?bamos en una especie de lunch-room en el primer piso de una panader?a; mis medios me
permit?an apenas pagarme el plato del d?a, pero ?l me llenaba con autoridad de tartas con frutillas. Una
vez me invit? en La Fleur de Lys, en la plaza Louvois, a almorzar en una forma que me pareci?
suntuosa. Pase?bamos por los jardines del Palais-Royal, nos sent?bamos al borde del estanque; el
viento azotaba el chorro de la fuente y algunas gotas nos saltaban a la cara. Yo suger?a que
volvi?ramos a trabajar. ?Entonces vamos primero a tomar un caf? ?dec?a Herbaud?, si no trabaja mal,
se agita, me impide leer.? Me llevaba a Poccardi, y cuando me levantaba, despu?s de tomar la ?ltima
taza, me dec?a afectuosamente: ??Qu? l?stima!? Era hijo de un profesor de los alrededores de Toulouse
y hab?a venido a Par?s para preparar Normal. Hab?a conocido en hypo-khdgne a Sartre y a Nizan y me
habl? mucho de ellos; admiraba a Nizan por la soltura de su distinci?n, pero era sobre todo amigo de
Sartre al que consideraba prodigiosamente interesante. A nuestros dem?s condisc?pulos los
despreciaba en conjunto y en detalle. Clairaut le parec?a un pesado y no lo saludaba nunca. Una tarde
Clairaut se me acerc? con un libro en la mano: ?Se?orita de Beauvoir ?me pregunt? en tono
inquisidor?, ?qu? piensa de esa opini?n de Brochard seg?n la cual el Dios de Arist?teles conocer?a el
placer?? Herbaud lo mir? de hito en hito: ?As? lo espero por ?l?, dijo con desd?n. Los primeros
tiempos convers?bamos sobre todo del mundillo que nos rodeaba: nuestros compa?eros, nuestros
profesores, el concurso. ?l me citaba el tema de disertaci?n que divert?a tradicionalmente a los
estudiantes: ?Diferencia entre la noci?n de concepto y el concepto de la noci?n.? ?l hab?a inventado
otros: ??De todos los autores del programa cu?l es el que usted prefiere y por qu??? ?El alma y el
cuerpo: parecidos, diferencias, ventajas e inconvenientes.? En realidad no ten?a con la Sorbona y
Normal sitio, relaciones bastante lejanas, su vida estaba en otra parte. Me habl? un poco de ella. Me
habl? de su mujer que encarnaba a sus ojos todas las paradojas de la femineidad, de Roma adonde
hab?a ido en viaje de bodas, del Foro que lo hab?a emocionado a llorar, de su sistema moral, del libro
que quer?a escribir. Me tra?a Detective y L?Auto; se apasionaba por una carrera ciclista o por un
enigma policial; me aturd?a con an?cdotas, asociaciones imprevistas. Manejaba con tal gracia el
?nfasis y la brevedad, el lirismo, el cinismo, la ingenuidad, la insolencia, que nada de lo que dec?a
resultaba nunca banal. Pero lo m?s irresistible que hab?a en ?l era su risa: parec?a que acababa de caer
de improviso sobre un planeta que no era el suyo y del que descubr?a divertid?simo la gracia
prodigiosa. Guando su risa explotaba todo me parec?a nuevo, sorprendente, delicioso.?
Herbaud no se parec?a a mis otros amigos, ?stos ten?an rostros tan razonables que se volv?an
inmateriales. La cara de Jacques en verdad no ten?a nada ser?fico pero un cierto ba?o burgu?s
disfrazaba la abundante sensualidad. Imposible reducir el rostro de Herbaud a un s?mbolo; la
mand?bula pronunciada, la gran sonrisa h?meda, las pupilas azules rodeadas de una cornea brillante, la
carne, los huesos, la piel se impon?an y se bastaban. Adem?s Herbaud ten?a un cuerpo. Entre los
?rboles verdeantes me dec?a cu?nto detestaba la muerte y que nunca aceptar?a la enfermedad ni la
vejez. ?Con qu? orgullo sent?a en sus venas la frescura de su sangre! Yo lo miraba recorrer el jard?n
con una gracia un poco desgarbada, miraba sus orejas transparentes al sol como az?car rosada y sab?a
que ten?a a mi lado no a un ?ngel sino a un hijo de los hombres. Estaba cansada de lo angelical y me
alegraba que me tratara ?como s?lo lo hab?a hecho St?pha? en criatura terrenal. Pues su simpat?a no se
dirig?a a mi alma; no pesaba mis m?ritos: espont?nea, gratuita, me adoptaba toda entera. Los dem?s
me hablaban con deferencia o al menos con gravedad, a distancia. Herbaud se me re?a en la cara,
posaba su mano sobre mi brazo, me amenazaba con el dedo llam?ndome: ??Mi pobre amiga!?; hac?a
sobre mi persona un mont?n de peque?as reflexiones, amables o burlonas, siempre inesperadas.
Filos?ficamente, no me deslumbraba. Advert?a un poco de incoherencia: ?Admiro su facultad de
tener sobre todas las cosas teor?as propias. Quiz? porque no sabe mucha filosof?a. Me gusta
enormemente.? Carec?a en efecto de rigor filos?fico, pero lo que contaba mucho m?s para m? era que
163
164 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
me abr?a caminos en los cuales me mor?a de ganas de internarme sin tener todav?a la audacia. La
mayor?a de mis amigos eran creyentes, y? yo perd?a el tiempo buscando un equilibrio entre el punto de
vista de ellos y el m?o; no me atrev?a a alejarme demasiado de ellos. Herbaud me daba ganas de
liquidar ese pasado que me separaba de ?l: reprobaba mis concomitancias con los ?talas?. El ascetismo
cristiano le repugnaba. ?l ignoraba deliberadamente la angustia metaf?sica. Antirreligioso, anticlerical,
era tambi?n antinacionalista, antimilitarista; le horrorizaban todas las m?sticas. Yo le di a leer mi
disertaci?n sobre ?la personalidad? de la que estaba muy orgullosa; hizo una mueca; advert?a en ella
los efluvios de un catolicismo y de un romanticismo que me exhort? a barrer lo antes posible. Yo
acept? con entusiasmo. Ya estaba harta de las ?complicaciones cat?licas?, de los problemas
espirituales sin salida, de las mentiras de lo maravilloso; ahora quer?a tocar tierra. Por eso al encontrar
a Herbaud tuve la impresi?n de encontrarme a m? misma: me se?alaba mi porvenir. No era ni un bien
pensante, ni una rata de biblioteca, ni un pilar de bar; probaba con su ejemplo que uno puede formarse,
fuera de de los viejos moldes, una vida orgullosa, alegre y reflexiva tal como yo la deseaba.
Esa fresca amistad exaltaba las alegr?as de la primavera. Una sola primavera en el a?o, me dec?a, y
en la vida una sola juventud: no hay que dejar perder nada de las primaveras de mi juventud. Termin?
de redactar mi tesis, le?a libros sobre Kant, pero el trabajo m?s pesado estaba hecho y me sent?a segura
de triunfar: el ?xito que anticipaba contribu?a a embriagarme. Pas? con mi hermana noches alegres en
Bobino, en el Lapin Agile, en el Caveau de la Bolee, donde ella hac?a croquis. Fui a la sala Pleyel con
Zaza a o?r el festival Layton y Johnston; visit? con Reismann una exposici?n de Utrillo; aplaud? a
Valentine Tessier en Jean de la Lune. Le? con admiraci?n Luden Leuwen y con curiosidad Manhattan
Transfer que para mi gusto estaba demasiado compuesto. Me sentaba en el Luxemburgo al sol, de
noche segu?a las aguas negras del Sena, atenta a las luces, a los olores, a mi coraz?n, y la dicha me
sofocaba.
Una noche, a fines de abril, encontr? a mi hermana y a G?g? en la plaza Saint-Michel; despu?s de
haber tomado cocktails y escuchado discos de jazz en un nuevo bar del barrio, Le Batean Ivre, fuimos
a Montparnasse. El azul fluorescente de las luces de ne?n me recordaba las flores de mi infancia. En el
Jockey rostros conocidos me sonrieron y una vez m?s la voz del saxof?n me parti? dulcemente el
coraz?n. Vi a Riquet. Conversamos: de Jean de la Lune, y como siempre de la amistad, del amor; me
aburri?; ?qu? distancia entre ?l y Herbaud! Sac? una carta de su bolsillo y entrev? la letra de Jacques.
?Jacques cambia ?me dijo?, envejece. No volver? a Par?s hasta mediados de agosto.? Agreg? con
?mpetu: ?De aqu? a diez a?os har? cosas incre?bles.? No me inmut?. Me parec?a haberme quedado
paral?tica del coraz?n.
Al d?a siguiente, sin embargo, me despert? al borde del llanto. ??Por qu? Jacques escribe a los
dem?s y nunca a m??? Fui a Sainte-Genevi?ve pero renunci? a estudiar. Le? La Odisea ?para poner a
toda la humanidad entre yo y mi dolor particular? El remedio fue poco eficaz. ?En qu? estaba con
Jacques? Dos a?os antes, decepcionada por la frialdad de su recibimiento, me hab?a paseado por los
bulevares reivindicando contra ?l ?una vida m?a?; esa vida, la ten?a. ?Pero iba a olvidar al h?roe de mi
juventud, al hermano fabuloso de Meaulnes, predestinado a ?cosas incre?bles? y acaso marcado, qui?n
sabe, por el genio? No. El pasado me pose?a: ?yo hab?a deseado tanto, y desde hac?a tanto tiempo
llevarlo todo entero conmigo al porvenir!
Volv?a a empezar a andar a tientas entre nostalgias, esperas, y una noche empuj? la puerta del Stryx.
Riquet me invit? a su mesa. En el bar, Olga, la amiga de Riaucourt, conversaba con una muchacha
morena envuelta en pieles plateadas, que me pareci? muy bonita; ten?a un pelo muy negro, un rostro
agudo de labios escarlatas, largas piernas sedosas. En seguida supe que era Magda. ??Tienes noticias
de Jacques? ?dec?a?. ?No ha pedido noticias m?as? Ese tipo se mand? mudar hace un a?o y ni siquiera
pregunta c?mo estoy. No estuvimos ni dos a?os juntos. ?Qu? mala suerte tengo! ?Ese animal!? Yo
164
165 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
registraba sus palabras pero en el momento apenas reaccion?. Discut? tranquilamente con Riquet y su
banda hasta la una de la ma?ana.
Apenas me hab?a metido en la cama, me derrumb?. Pas? una noche atroz. Al d?a siguiente pas? el
d?a entero en la terraza del Luxemburgo, tratando de poner las cosas en su lugar. No sent?a celos. Esas
relaciones estaban rotas; no hab?an durado mucho; a Jacques le hab?an pesado y se hab?a ido antes de
que lo llamaran para romper. Y el amor que yo so?aba entre nosotros no ten?a nada de com?n con esa
historia. Un recuerdo volvi? a mi memoria: en un libro de Pierre Jean Jouve, que me hab?a prestado
Jacques, hab?a subrayado esta frase: ?Me conf?o, a este amigo, pero es otro el que abrazo.? Y yo hab?a
pensado: ?Bien, Jacques. Es al otro al que compadezco.? ?l alimentaba ese orgullo dici?ndome que no
estimaba a las mujeres pero que yo era para ?l otra cosa que una mujer. ?Entonces por qu? estaba tan
desolado mi coraz?n? ?Por qu? me repet?a con los ojos llenos de l?grimas las palabras de Otello:
??Qu? l?stima, Yago! ?Ah! ?Yago, qu? l?stima!?? Es que acababa de hacer un lacerante
descubrimiento: esa hermosa historia, que era mi vida, iba volvi?ndose falsa a medida que yo me la
contaba.
?C?mo me hab?a cegado y c?mo me mortificaba! Las neurastenias de Jacques, sus desganos, los
atribu?a a no s? qu? sed de imposible. ?Qu? est?pidas debieron parecerle mis respuestas abstractas!
?Qu? lejos estaba de ?l cuando me cre?a tan cerca! Sin embargo, hab?a habido ?ndices: conversaciones
con amigos alrededor de disgustos oscuros pero precisos. Otro recuerdo se despert?: yo hab?a visto en
el auto de Jacques, sentada a su lado, a una mujer morena demasiado elegante y demasiado bonita.
Pero hab?a multiplicado los actos de fe. ?Con qu? ingenio, con qu? empecinamiento me hab?a
enga?ado! Yo sola hab?a so?ado esa amistad de tres a?os; hoy me aferraba a ella a causa del pasado y
el pasado no era sino mentira. Todo se derrumbaba. Tuve ganas de cortar todos los puentes: querer a
alguna otra persona o partir al fin del mundo.
Y luego me rega??. Lo falso era mi sue?o, no Jacques. ?Qu? pod?a reprocharle? Nunca hab?a jugado
al h?roe ni al santo y a menudo me hab?a dicho mucho mal de s? mismo. La cita de Jouve hab?a sido
una advertencia; hab?a tratado de hablarme de Magda: yo le hab?a dificultado la franqueza. Por otra
parte, hac?a tiempo que yo present?a la verdad y que hasta la sab?a. ?Qu? chocaba ella en m? salvo
viejos prejuicios cat?licos? Me tranquilic?. Me equivocaba al exigir que la vida se conformara a un
ideal establecido de antemano; era yo quien deb?a mostrarme a la altura de lo que ella me aportaba.
Siempre hab?a preferido la realidad a los espejismos; termin? mi meditaci?n enorgulleci?ndome de
haber tropezado contra un acontecimiento s?lido y haber logrado salvarlo.
A la ma?ana siguiente una carta de Meyrignac me inform? que abuelito estaba gravemente enfermo
y que iba a morir; yo lo quer?a mucho, pero ten?a mucha edad, su muerte me parec?a natural y no me
entristeci?. Mi prima Madeleine estaba en Par?s; la llev? a comer helados en una terraza de ChampsElys?es; me contaba cuentos que yo no escuchaba, pues pensaba en Jacques con disgusto. Su f?o con
Magda se conformaba demasiado fielmente al cl?sico esquema que siempre me hab?a asqueado: el hijo
de familia se inicia a la vida con una querida de condici?n modesta, luego cuando decide ser un se?or
serio, la planta. Era trivial, era lamentable. Me acost?, me despert? con la garganta anudada por el
desprecio. ?Uno est? a la altura de las concesiones que uno se hace?, me repet? esa frase de Jean
Sarment durante los cursos de la Escuela Normal, y mientras almorzaba con Pradelle en una especie de
lecher?a del Bulevar Saint-Michel, las Yvelynes. ?l hablaba de ?l. Protestaba que era menos
fieramente ponderado de lo que sus amigos pretend?an; pero detestaba las exageraciones; no se
permit?a expresar sus sentimientos o sus ideas m?s all? de las certidumbres que pose?a. Yo aprobaba
sus escr?pulos. Si a veces me parec?a demasiado indulgente respecto a los dem?s, tambi?n se trataba a
s? mismo con severidad. Es mejor eso que lo contrario, pens? amargamente. Pasamos revista a la gente
que estim?bamos y ?l apart? de un plumazo a los ?estetas de bar?. Le di la raz?n. Lo acompa?? a
165
166 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
Passy en ?mnibus y fui a pasear al bosque.
Respir? el olor del c?sped reci?n cortado, camin? por el parque de Bagatelle, deslumbrada por la
profusi?n de margaritas y de junquillos, y por los frutales en flor; hab?a canteros de tulipanes rojos,
cuyas cabezas se inclinaban, cercos de lilas y ?rboles inmensos. Le? Homero al borde de un lago; tan
pronto el sol, tan pronto ligeros chaparrones, acariciaban el follaje zumbante. ?Qu? dolor, me
preguntaba, podr?a resistir a la belleza del mundo? Jacques, despu?s de todo, ya no ten?a m?s
importancia que los ?rboles de ese jard?n.
Yo era conversadora, me gustaba dar publicidad a todo lo que me pasaba y adem?s deseaba que
alguien me diera sobre esta historia un punto de vista imparcial. Sab?a que Herbaud sonreir?a; estimaba
demasiado a Zaza y a Pradelle para exponer a Jacques al juicio de ellos. En cambio, Clairaut ya no me
intimidaba; ?l apreciar?a los hechos a la luz de esa moral cristiana ante la cual, a pesar de m? misma,
yo todav?a me inclinaba: le somet? mi caso. Me escuch? con avidez y suspir?: ?qu? intransigentes son
las muchachas! ?l hab?a confesado a su novia algunos deslices ?solitarios, me dio a entender? y en vez
de admirar su franqueza pareci? asqueada. Yo supon?a que hubiera preferido una confesi?n m?s
gloriosa o a falta de ella el silencio; pero no se trataba de eso. En mi caso ?l condenaba mi severidad,
por lo tanto absolv?a a Jacques. Decid? adoptar su punto de vista. Olvidando que la aventura de
Jacques me hab?a chocado directamente por su trivialidad burguesa, me reproch? haberla condenado
en nombre de principios abstractos. En verdad me debat?a en un t?nel entre sombras. Contra el
fantasma de Jacques, contra el pasado difunto, yo bland?a un ideal en el que ya no cre?a. Pero si lo
rechazaba ?en nombre de qu? juzgar? Para proteger mi amor domin? mi orgullo: ?por qu? exigir que
Jacques fuera distinto de los dem?s? Pero si se parec?a a todos, sabiendo yo que en varios terrenos era
inferior a muchos, ?qu? razones ten?a para preferirlo? La indulgencia se convert?a en indiferencia.
Una comida en casa de sus padres agrav? aun m?s esta confusi?n. En esa galer?a donde yo hab?a
pasado momentos tan pesados y tan dulces, mi t?a me cont? que ?l le hab?a escrito: ?Dale muchos
cari?os a Simone cuando la veas. No me he portado bien con ella, pero no me porto bien con nadie;
adem?s, no le extra?ar? de mi parte.? ?As? que yo no era para ?l sino una persona entre tantas otras! Lo
que me inquiet? aun m?s es que le hab?a pedido a su madre que el a?o pr?ximo le confiara a su
hermano menor: ?pensaba entonces seguir soltero? Verdaderamente yo era incorregible. Me mord?a
los dedos por haber inventado sola nuestro pasado; y segu?a construyendo sola nuestro porvenir.
Renunci? a hacer hip?tesis. Pasar? lo que tiene que pasar, me dije. Hasta llegu? a pensar que quiz? me
conviniera terminar con esa vieja historia y empezar completamente otra cosa. Yo todav?a no deseaba
francamente esa renovaci?n, pero ya me tentaba. En todo caso decid? que para vivir, escribir y ser
feliz, pod?a pasarme sin Jacques.
El domingo, un telegrama me anunci? la muerte de mi abuelo; decididamente mi pasado se
deshac?a. En el Bosque con Zaza, sola, caminando por Par?s, pase? un coraz?n vac?o. El lunes a la
tarde, sentada en la terraza asoleada del Luxemgo, le? Mi vida de Isadora Duncan y so?? con mi propia
existencia. No ser?a bulliciosa ni siquiera brillante. S?lo deseaba el amor, escribir buenos libros, tener
algunos hijos, ?con amigos a quienes dedicar mis libros y que ense?ar?n el pensamiento y la poes?a a
mis hijos?. Conced?a al marido una parte muy m?nima. Es que prest?ndole todav?a los rasgos de
Jacques me apresuraba en colmar con la amistad las insuficiencias que ya no me ocultaba. En ese
porvenir, cuya inminencia yo empezaba a sentir, lo esencial segu?a siendo la literatura. Yo hab?a
tenido raz?n de no escribir cuando era demasiado joven un libro desesperado: ahora quer?a decir a la
vez lo tr?gico de la vida y su belleza. Mientras yo meditaba as? sobre mi destino vi a Herbaud que
caminaba junto al estanque en compa??a de Sartre: me vio, me ignor?. Misterio y mentira de los
diarios ?ntimos: no mencion? ese incidente que, sin embargo, qued? grabado en mi coraz?n. Me
166
167 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
apenaba que Herbaud hubiera renegado nuestra amistad y experimentaba ese sentimiento de exilio que
detestaba entre todos.
En Meyrignac, toda la familia se hab?a reunido; acaso fue a causa de ese bullicio que ni los despojos
de mi abuelo, ni la casa, ni el parque me emocionaron. Yo hab?a llorado a los trece a?os previendo que
un d?a Meyrignac ya no ser?a mi casa; ahora hab?a ocurrido; la propiedad pertenec?a a mi t?a y a mis
primos, yo ir?a ese a?o como invitada y pronto, sin duda, dejar?a de ir: esto no me arranc? un solo
suspiro. Infancia, adolescencia, las pezu?as de las vacas golpeando bajo las estrellas la puerta del
establo, todo eso quedaba atr?s, ya muy lejos. Yo ahora estaba preparada para otra cosa; en la
violencia de esa espera las nostalgias desaparec?an.
Volv? a Par?s vestida de luto, el sombrero cubierto de una gasa negra. Pero todos los casta?os
estaban en flor, el alquitr?n se derret?a bajo mis pies, yo sent?a a trav?s de mi vestido la dulce
quemadura del sol. Hab?a feria en la Explanada de los Inv?lidos; yo paseaba por ella con mi hermana y
G?g? comiendo turr?n que me dejaba los dedos pringosos. Encontraron a un compa?ero de escuela
que nos llev? a su estudio a escuchar discos y a tomar oporto. ?Cu?nto placer en una sola tarde! Cada
d?a me tra?a alguna cosa: el olor de pintura del sal?n de las Tuller?as; en L?Europ?en, Damia que fui a
o?r con Mallet; los paseos con Zaza, con Lisa; el azul del verano, el sol. Todav?a cubr?a p?ginas enteras
de mi cuaderno: contaban indefinidamente mi alegr?a.
En la Nationale encontr? a Clairaut. Me dio su p?same y me interrog? sobre mi estado de ?nimo con
ojos brillantes; era mi culpa, yo hab?a hablado demasiado. No obstante me fastidi?. Me hizo leer,
escrita a m?quina una breve novela en la que relataba sus disgustos con su novia: ?c?mo un muchacho
cultivado y con fama de inteligente, hab?a podido perder su tiempo contando en frases incoloras
an?cdotas tan lamentables? Yo no le ocult? que lo cre?a poco dotado para la literatura. No parec?a
resentido. Como era muy amigo de Pradelle, a quien mis padres quer?an mucho, ?l tambi?n vino a
comer una noche a casa y gust? enormemente a mi padre. Pareci? muy sensible a los encantos de mi
hermana y para probarle que no era un necio se lanz? en bromas tan pesadas que nos constern?. Volv?
a ver a Herbaud una semana despu?s de mi regreso en un corredor de la Sorbona. Vestido con un traje
de verano color t? con leche estaba sentado junto a Sartre sobre el alf?izar de una ventana. Me tendi?
la mano en un largo gesto afectuoso y mir? con curiosidad mi vestido negro. Me sent? en el curso al
lado de Lisa, ellos se sentaron unos bancos m?s atr?s. Al d?a siguiente estaba en la Nationale y me dijo
que se hab?a inquietado por mi ausencia. ?Supuse que estaba en el campo y ayer la vi de luto.? Me
alegr? que hubiera pensado en m?; el colmo de mi placer fue que hizo alusi?n a nuestro encuentro en el
Luxemburgo; le habr?a gustado presentarme a Sartre, ?pero si no respeto las reflexiones de Clairaut ?
dijo? no me permitir?a en cambio molestarla a usted cuando est? reflexionando?. Me entreg? de parte
de Sartre un dibujo que ?ste me hab?a dedicado y que representaba: Leibniz en el ba?o con las
M?nadas.
Durante las tres semanas que precedieron al examen vino todos los d?as a la Biblioteca; aun cuando
no iba a trabajar, pasaba a buscarme antes del cierre y tom?bamos una copa aqu? o all?. El examen lo
inquietaba un poco; no obstante abandonamos a Kant y a los estoicos para conversar. Me ense?aba la
?cosmolog?a eug?nica? inventada a partir del Potomak y a favor de la cual hab?a convencido a Sartre y
a Nizan; los tres pertenec?an a la casta m?s alta, la de los Eugenios ilustrada por S?crates y Descartes;
relegaban a todos los dem?s compa?eros a categor?as inferiores entre los Marranos que nadan en el
infinito, o entre los Mortimer que nadan en el azul: algunos se mostraban seriamente ofendidos. Yo me
colocaba entre las mujeres humosas: las que tienen un destino. Me mostr? tambi?n los retratos de los
principales animales metaf?sicos, el catoblepas, que se come los pies; el catobor que se expresa con
borborigmos: a esta especie pertenec?an Charles du Bos, Gabriel Marcel y la mayor?a de los
167
168 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
colaboradores de la N.R.F. ?Se lo digo, todo pensamiento del orden es de una insoportable tristeza?:
tal era la primera lecci?n del Eugenio. Desde?aba la ciencia, la industria, se burlaba de todas las
morales de lo universal; escup?a sobre la l?gica del se?or Lalande y sobre el Tratado de Goblot. El
Eugenio trata de hacer de su vida un objeto original, y de alcanzar una cierta comprensi?n de lo
singular, me explicaba Herbaud. Yo no ten?a nada en contra y hasta emple? esa idea para construirme
una moral pluralista que me permitir?a justificar actitudes tan diferentes como las de Jacques, de Zaza,
del mismo Herbaud; cada individuo, decid?, pose?a su propia ley, tan exigente como un imperativo
categ?rico, aunque no fuera universal: s?lo hab?a derecho a condenarlo o a aprobarlo en funci?n de esa
norma singular. Herbaud no apreci? en absoluto ese esfuerzo de sistematizaci?n: ?Es el g?nero de
pensamiento que detesto?, me dijo con voz enojada; pero mi premura por entrar en sus mitolog?as me
vali? su perd?n. Me gustaba mucho el Eugenio que representaba un gran papel en nuestras
conversaciones: evidentemente era una creaci?n de Cocteau, pero Herbaud le hab?a inventado
aventuras encantadoras, y ?l empleaba ingeniosamente su autoridad contra la filosof?a de la Sorbona,
contra el orden, la raz?n, la importancia, la tonter?a y todas las vulgaridades.
Herbaud admiraba con ostentaci?n a tres o cuatro personas y desde?aba a todo el resto. Su
severidad me regocijaba; lo o? con placer despedazar a Blanchette Weiss y le abandon? a Clairaut. No
atac? a Pradelle aunque no lo apreciaba, pero cuando me ve?a en la Sorbona o en la Normal tratando
de hablar con alg?n camarada se quedaba desde?osamente aparte. Me reprochaba mi indulgencia. Una
tarde en la Nationale el h?ngaro me molest? dos veces para consultarme sobre los matices de la lengua
francesa: quer?a saber entre otras cosas si se pod?a utilizar la palabra ?gigol?? en el prefacio de una
tesis. ??Toda esa gente que se echa sobre usted! ?me dijo Herbaud?. ?Es incre?ble! ?Ese h?ngaro que
viene a molestarla dos veces! ?Clairaut, todas sus amigas! Usted pierde su tiempo con gente que no
vale la pena. O es psic?loga o es inexcusable.? No sent?a antipat?a por Zaza aunque le encontraba un
aspecto demasiado serio, pero cuando le habl? de St?pha me dijo con aire de cr?tica: ?Me gui?? el
ojo.? Las mujeres provocadoras le disgustaban: se sal?an de su papel de mujer. Otro d?a me dijo con un
poco de fastidio: ?Usted es la presa de una banda. Me pregunto qu? lugar queda para m? en su
universo.? Le asegur? lo que sab?a perfectamente, que era grande.
Cada vez me gustaba m?s y lo que ten?a de agradable era que a trav?s de ?l me gustaba a m? misma;
otros me hab?an tomado en serio pero a ?l lo divert?a. Al salir de la Biblioteca me dec?a
alegremente:??Qu? r?pido camina! Me encanta eso: aparecer?a que va a alguna parte!? ??Su extra?a
voz ronca! ?me dijo otro d?a?, por otra parte est? muy bien su voz, pero es ronca. Nos divierte mucho,
a Sartre y a m?.? Descubr? que ten?a un andar, una voz: era una novedad. Me puse a cuidar lo m?s
posible mi vestimenta; ?l recompensaba mis esfuerzos con un piropo: ?Le queda muy bien ese nuevo
peinado, ese cuello blanco.? Una tarde en los jardines del Palais-Royal me dijo con aire perplejo:
?Nuestras relaciones son extra?as: al menos para m?; nunca he tenido una amistad femenina.? ?Tal vez
porque no soy muy femenina.? ??Usted?? Se ech? a re?r de una manera que me halag? mucho. ?No.
Es m?s bien porque acepta tan f?cilmente cualquier cosa: uno est? enseguida al mismo nivel.? Los
?ltimos tiempos me llamaba con afectaci?n ?Se?orita?. Un d?a escribi? en mi cuaderno en grandes
letras: BEAUVOIR = BEAVER. ?Usted es un castor ?dijo?, los castores andan en banda y tienen esp?ritu
constructivo.?
Hab?a un mont?n de complicidades entre nosotros y nos comprend?amos a medias palabras; sin
embargo, las cosas no nos conmov?an siempre de la misma manera. Herbaud conoc?a Uzerche, hab?a
pasado algunos d?as con su mujer, le gustaba mucho el Limousin; pero me asombr? cuando su voz
elocuente levant? sobre el p?ramo los d?lmenes, los menhires, los bosques, en los cuales los druidas
cortaban el mu?rdago. Sol?a perderse en sue?os hist?ricos: para ?l los jardines del Palais-Royal estaban poblados de grandes sombras; a m? el pasado me dejaba fr?a. En cambio, a causa de su tono
168
169 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
desapegado, de su desenvoltura, cre?a que Herbaud ten?a el coraz?n bastante seco; me conmovi?
cuando me dijo que le gustaba La Ninfa Constante, El Molino sobre el Floss, El Gran Meaulnes.
Hablando de Alain Fournier murmur? con aire emocionado; ?Hay seres envidiables?; permaneci? un
rato silencioso: ?En el fondo ?agreg?? yo soy mucho m?s intelectual que usted; sin embargo, en su
origen encuentro en m? la misma sensibilidad pero no quise aceptar.? Le dije que a menudo me parec?a
embriagador el simple hecho de existir. ??Tengo momentos maravillosos!? Mene? la cabeza: ?As? lo
espero, se?orita, los merece. Yo no tengo momentos maravillosos, soy un pobre gato, ?pero lo que
hago es admirable!? Con una sonrisa reneg? la fanfarronada de esas ?ltimas palabras: ?en qu? medida
cre?a en ellas? ?No hay que juzgarme?, dec?a a veces, sin que yo pudiera desentra?ar si me dirig?a un
ruego o si me daba una orden. Yo cre?a en ?l; me hablaba de los libros que escribir?a: quiz? fueran
efectivamente ?admirables?. Una sola cosa me molestaba en ?l: para saciar su individualismo, jugaba
la carta del ?xito social. Yo estaba totalmente desprovista de ese tipo de ambici?n. Yo no codiciaba ni
el dinero, ni los honores, ni la notoriedad. Tem?a hablar como ?catobory? si pronunciaba la palabra
?salvaci?n? o ?realizaci?n interior? que en mis cuadernos volv?an a menudo bajo mi pluma. Pero el
hecho es que yo conservaba una idea casi religiosa de lo que llamaba ?mi destino?. Herbaud se
interesaba en el personaje que crear?a para, los ojos ajenos. Sobre eso mi terquedad nunca aflojar?a: yo
no comprend?a que alguien alienara su vida a los sufragios de un p?blico dudoso.
No habl?bamos nunca de nuestros problemas personales. Un d?a, sin embargo, a Herbaud se le
escap? que el Eugenio no es m?s feliz porque la insensibilidad es un ideal que no puede alcanzar. Le
confi? que comprend?a muy bien a los Eugenios porque hab?a uno en mi vida. Las relaciones entre
Eugenios y mujeres humosas son generalmente dif?ciles, declar?, porque ellas quieren devorarlo todo
y ?el Eugenio se resiste?. ??Ah, ya lo advert?!?, dije. ?l ri? largamente. Como una frase trae otra,
termin? por contarle a grandes rasgos mi amor con Jacques y me orden? que me casara con ?l; o a falta
de ?l con alg?n otro, agreg?: una mujer debe casarse. Comprob? con sorpresa que en ese terreno su
actitud difer?a apenas de la de mi padre. Un hombre que segu?a virgen despu?s de los dieciocho a?os
era a sus ojos un neur?tico; pero pretend?a que la mujer s?lo debe entregarse en leg?timos esponsales.
Yo no admit?a que hubiera dos pesos y dos medidas. Ya no condenaba a Jacques; pero de golpe
conced?a ahora tanto a las mujeres como a los hombres la libre disposici?n de su cuerpo. Me gustaba
mucho una novela de Michael Arlen, titulada El Fieltro Verde. Un malentendido hab?a separado a la
hero?na Iris Storm, de Napier, el gran amor de su juventud; ella no consegu?a olvidarlo aunque se
acostaba con un mont?n de hombres; para terminar, antes de separar a Napier de una esposa amable y
amante, estrellaba su coche contra un ?rbol. Yo admiraba a Iris: su soledad, su soltura y su integridad
altanera. Le prest? el libro a Herbaud. ?Las mujeres f?ciles no me inspiran simpat?a?, me dijo al
devolv?rmelo. Me sonri?. ?Me gusta tanto apreciar a una mujer como me es imposible estimar a una
mujer que he tenido.? Me indign?: ?No se tiene? a una Iris Storm. Ninguna mujer soporta
impunemente el contacto de los hombres.? Me repiti? que nuestra sociedad s?lo respeta a las mujeres
casadas. No me importaba ser respetada. Vivir con Jacques o casarme con ?l era todo uno. Pero en los
casos en que se pudiera disociar el amor del casamiento, me parec?an ahora muy preferibles. Un d?a vi
en el Luxemburgo a Nizian y a su mujer que empujaba un coche de beb?, y dese? vivamente que esa
imagen no figurara en mi porvenir. Me parec?a molesto que los esposos estuvieran atados el uno al
otro por obligaciones materiales: el ?nico lazo entre gente que se quiere deber?a ser el amor.
Por lo tanto, no me entend?a con Herbaud sin reservas. Estaba desconcertada por la frivolidad de sus
ambiciones, por su respeto de ciertas convenciones y a veces por su estetismo; me dec?a que si ambos
fu?ramos libres no me gustar?a ligar mi vida a la suya; yo encaraba el amor como una entrega total:
por lo tanto no lo quer?a. Sin embargo, el sentimiento que sent?a por ?l recordaba extra?amente al que
me hab?a inspirado Jacques. En cuanto me apartaba de ?l esperaba nuestro pr?ximo encuentro; todo lo
169
170 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
que me ocurr?a, todo lo que se me cruzaba por la cabeza se lo destinaba. Cuando hab?amos terminado
de conversar y trabaj?bamos juntos mi coraz?n se oprim?a porque ya nos inclin?bamos hacia la
despedida: yo no sab?a nunca exactamente cu?ndo volver?a a verlo y esa incertidumbre me entristec?a;
por momentos yo sent?a, desamparada, la fragilidad de nuestra amistad. ??Hoy est? muy melanc?lica!?,
me dec?a afectuosamente Herbaud y se ingeniaba por devolverme el buen humor. Yo me aleccionaba
en vivir al d?a, sin esperanza y sin temor, esa historia que ahora s?lo me daba alegr?a.
Y la alegr?a era lo m?s fuerte. Revisando mi programa en mi cuarto en una tarde c?lida, recordaba
horas muy semejantes en que preparaba mi bachillerato: conoc?a la misma paz, el mismo ardor, pero
?c?mo me hab?a enriquecido desde mis diecis?is a?os! Envi? una carta a Pradelle para concertar una
entrevista y la termin? con estas palabras: ??Seamos dichosos!? Dos a?os antes, ?l me lo record?, yo le
hab?a pedido que me pusiera en guardia contra la felicidad; su vigilancia me conmovi?. Pero la palabra
hab?a cambiado de sentido; ya no era una abdicaci?n, un entorpecimiento: mi felicidad ya no depend?a
de Jacques. Tom? una decisi?n. El a?o pr?ximo aun si no hubiera logrado recibirme no me quedar?a en
casa, y si me recibiera no aceptar?a, ning?n cargo, no me ir?a de Par?s: en los dos casos me instalar?a
sola y vivir?a dando lecciones. Mi abuela desde la muerte de su marido tomaba pensionistas. Le alquilar?a un cuarto, lo que me garantizar?a una perfecta independencia, sin espantar a mis padres.
Estuvieron de acuerdo. Ganar dinero, salir, recibir, escribir, ser libre: esta vez, verdaderamente la vida
se abr?a.
Arrastr? a mi hermana en ese porvenir. A orillas del Sena, al caer la tarde nos cont?bamos
ininterrumpidamente nuestros triunfantes ma?anas: mis libros, sus cuadros, nuestros viajes, el mundo.
En el agua que hu?a temblaban las columnas y las sombras se deslizaban sobre la baranda del puente
des Arts; baj?bamos sobre nuestros ojos nuestros velos negros para que el decorado fuera m?s
fant?stico. A menudo asoci?bamos a Jacques a nuestros proyectos; habl?bamos ya no c?mo del amor
de mi vida, sino como de un primo mayor, prestigioso, que hab?a sido el h?roe de nuestra juventud.
?Yo ya no estar? aqu? el a?o pr?ximo?, me dec?a Lisa que acababa dificultosamente su diploma;
hab?a solicitado un puesto en Saig?n. Sin duda Pradelle hab?a adivinado su secreto: hu?a de ella. ??Ah,
qu? desdichada soy!?, murmuraba con una leve sonrisa. Nos encontr?bamos en la National, en la
Sorbona. Tom?bamos limonada en el Luxemburgo. O com?amos mandarinas en el crep?sculo en su
cuarto florecido de espinos rosados y blancos. Un d?a en que est?bamos conversando con Clairaut en
el patio de la Sorbona ?l nos pregunt? con su voz intensa: ??Qu? pretieren en ustedes?? Declar?
mintiendo: ?A cualquier otra.? ?Yo ?contest? Lisa?, la puerta de salida.? Otra vez me dijo: ?Lo bueno
que hay en usted es que nunca rechaza nada, se deja abiertas todas las puertas. Yo siempre estoy
saliendo y llevo todo conmigo. ?Qu? idea habr? tenido de entrar un d?a en su casa? ?O la que vino fue
usted y se le ocurri? esperar? En verdad uno puede pensar cuando el propietario est? ausente que
vendr? de un momento a otro; pero a la gente no se le ocurre?? A veces era casi bonita, de noche en
su bat?n de lin?n; pero el cansancio y la desesperaci?n resecaban su rostro.
Pradelle no pronunciaba nunca su nombre; en cambio hablaba a menudo de Zaza: ?Traiga a su
amiga?, me dijo invit?ndome a una reuni?n en la que deb?an afrontarse Garric y Gu?henno. Comi? en
casa y me acompa?? a la calle Dufour. Maxence presid?a la sesi?n a la cual asist?an Jean Dani?lou,
Clairaut, y otros estudiantes bien pensantes. Yo recordaba la conferencia de Garric tres a?os antes,
cuando me hab?a parecido un semidi?s y Jacques daba apretones de mano en un mundo inaccesible:
hoy yo apretaba muchas manos. Apreciaba todav?a la voz c?lida y vivaz de Garric: desgraciadamente
sus palabras me parecieron est?pidas; y esos ?talas? a los que me ligaba todo mi pasado, ?qu? lejos de
ellos me sent?a! Cuando Gu?henno tom? la palabra, unos majaderos de Action Francaise armaron un
esc?ndalo; imposible hacerlos callar. Garric y Gu?henno se fueron a tomar una copa juntos en un
170
171 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
boliche vecino y el p?blico se dispers?. Pese a la lluvia, Pradelle, Zaza y yo caminamos por el Bulevar
Saint Germain y los Champs Elys?es. Mis dos amigos estaban mucho m?s alegres que de costumbre y
se ligaron afectuosamente contra m?. Zaza me llam? ?la dama amoral?, que era el apodo de Iris Storm
en El Fieltro Verde. Pradelle opin?: ?Usted es una conciencia solitaria.? Su complicidad me divirti?.
Aunque esa velada hab?a sido un fiasco lamentable, Zaza pocos d?as m?s tarde se la agradeci? en
tono emocionado; de pronto hab?a comprendido de manera decisiva que nunca aceptar?a esa atrofia del
coraz?n y del esp?ritu que su medio exig?a de ella. Pasamos, Pradelle y yo, el oral de nuestros
diplomas y ella asisti?; festejamos nuestros ?xitos tomando los tres el t? en Yvelynes. Organic? lo que
Herbaud llam? ?la gran fiesta del Bois de Boulogne?. Un hermoso atardecer tibio. Remamos sobre el
lago, Zaza, Lisa, mi hermana, G?g?, Pradelle, Clairaut, el hermano segundo de Zaza y yo. Corrimos
carreras, hubo risas y cantos. Zaza llevaba un vestido de brin de seda rosa, un sombrerito de paja de
arroz, sus ojos negros brillaban, nunca la hab?a visto tan bonita; Pradelle hab?a recobrado en toda su
frescura la alegr?a que me hab?a iluminado el coraz?n al principio de nuestra amistad. Sola con ellos
en un bote qued? de nuevo impresionada por su connivencia y me asombr? un poco que su afecto por
m? fuera esa noche tan expresivo: me dirig?an miradas, sonrisas, las palabras acariciadoras que a?n no
se atrev?an a decirse. Al d?a siguiente cuando yo acompa?aba a Zaza a hacer unas compras en auto, me
habl? de Pradelle con devoci?n. Algunos instantes m?s tarde me dijo que la idea de casarse cada vez le
repel?a m?s; no se resignar?a a casarse con un mediocre, pero no se consideraba digna de ser amada
por nadie verdaderamente bien. Una vez m?s fui incapaz de adivinar las razones precisas de su
melancol?a. A decir verdad, pese a mi amistad por ella yo era un poco distra?da. El concurse de
agregaci?n comenzaba al d?a siguiente. Yo me hab?a despedido de Herbaud ?por cu?nto tiempo? Lo
ver?a en el examen escrito; luego contaba irse de Par?s y a la vuelta preparar?a el oral con Sartre y
Nizan. Terminados nuestros encuentros en la Nationale: ?c?mo iba a echarlo de menos! No obstante
estuve de muy buen humor al d?a siguiente durante el picnic que reuni? en el bosque de Fontainebleau
a ?la banda del Bois de Boulogne?. Pradelle y Zaza estaban radiantes. S?lo Clairaut estuvo deprimido;
cortejaba asiduamente a mi hermana, pero ella no le correspond?a. Hay que confesar que empleaba un
m?todo muy extra?o; nos invitaba a tomar una copa en la trastienda de alguna panader?a y ped?a con
autoridad: ?Tres t?s.? ?No, yo quiero una limonada?, dec?a Poupette. ?El t? refresca m?s.? ?Prefiero la
limonada.? ??Bueno! ?Entonces tres limonadas!?, dec?a con rabia. ?Pero usted tome t?.? ?No quiero
singularizarme.? Se inventaba sin cesar derrotas que lo precipitaban en el resentimiento. De tanto en
tanto le enviaba un mensaje a mi hermana en el que se excusaba de haber estado de mal humor.
Promet?a ser un alegre compa?ero, en adelante iba a dedicarse a cultivar su espontaneidad; en el
pr?ximo encuentro su exuberancia rechinante nos congelaba y de nuevo su rostro se crispaba de
despecho.
?Buena suerte, castor?, me dijo Herbaud con su voz m?s tierna cuando nos instalamos en la
biblioteca de la Sorbona. Yo coloqu? a mi lado un termo lleno de caf? y una caja de galletitas; la voz
del se?or Lalande anunci?: ?Libertad y contingencia.? Las miradas escrutaron el cielo raso, las
lapiceras empezaron a moverse; cubr? varias p?ginas y tuve la impresi?n de que sal?a bien. A las dos
de la tarde Zaza y Pradelle vinieron a buscarme; despu?s de tomar una limonada en el caf? de Flore,
que era entonces un cafecito de barrio, paseamos largamente por el Luxemburgo florecido de iris
amarillos y malvas. Tuve con Pradelle una discusi?n agridulce. Sobre ciertos puntos hab?amos estado
siempre en desacuerdo. ?l profesaba que no hay distancia entre la dicha y la desdicha, entre la fe y la
incredulidad, entre cualquier sentimiento y su ausencia. Yo pensaba fan?ticamente lo contrario.
Aunque Herbaud me reprochara que frecuentara a cualquiera yo divid?a la gente en dos categor?as:
sent?a por algunos un afecto muy profundo, por los otros una desde?osa indiferencia. Pradelle pon?a a
todo el mundo en la misma canasta. Desde hac?a dos a?os nuestras posiciones se hab?an endurecido. ?l
171
172 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
me hab?a escrito la antev?spera una carta en la que hac?a mi proceso: ?Muchas cosas nos separan, sin
duda muchas m?s de las que usted piensa y de las que yo pienso? No puedo soportar, que su simpat?a
sea tan estrecha. ?C?mo vivir sin tomar a todos los hombres juntos en una misma red de amor? Pero
usted es tan poco paciente cuando se trata de esas cosas.? Conclu?a cordialmente: ?Pese a su frenes?
que me molesta como inconsciencia y que me resulta tan contrario, siento por usted la amistad m?s
grande y la menos explicable.? De nuevo esa tarde me predic? la piedad hacia los hombres; Zaza lo
apoy? discretamente, pues observaba el precepto del Evangelio: no juzgues. Yo pensaba que uno no
puede amar sin odiar: quer?a a Zaza, detestaba a su madre. Pradelle se despidi? sin que ?l ni yo
hubi?ramos cedido un tranco de pollo. Me qued? con Zaza hasta la hora de comer; por primera vez,
me dijo, no se hab?a sentido la tercera en discordia entre Pradelle y yo, y estaba profundamente
conmovida. ?No creo que exista otro muchacho tan bien como Pradelle?, agreg? con entusiasmo.
Me esperaban en el patio de la Sorbona conversando con animaci?n cuando sal? al d?a siguiente de
la ?ltima prueba. ?Qu? alivio haber terminado! Mi padre me llev? aquella noche a la Lune Rousse y
comimos huevos fritos en Lipp. Dorm? hasta mediod?a. Despu?s de almorzar fui a casa de Zaza, en la
calle de Berri. Llevaba un vestido nuevo de voile azul, con dibujos negros y blancos, y una gran
capelina de paja: ?c?mo hab?a embellecido desde ese principio de verano! Caminando por los Champs
Elys?es se asombr? de esa renovaci?n que sent?a en ella. Dos a?os antes, cuando hab?a roto con
Andr?, hab?a cre?do que en adelante no har?a m?s que ?sobrevivir; y he aqu? que estaba tan
tranquilamente alegre como en los mejores d?as de su infancia; hab?a recobrado el gusto por los libros,
por las ideas y por su propio pensamiento. Y sobre todo encaraba el porvenir con una confianza que no
se explicaba.
Aquel mismo d?a, alrededor de medianoche, mientras sal?amos del cine Agriculteurs, Pradelle me
dijo cu?nto estimaba a mi amiga; nunca hablaba sino de lo que sab?a perfectamente, de lo que sent?a
sinceramente, y por eso callaba a menudo; pero cada una de sus palabras pesaba mucho. Admiraba
tambi?n que en las circunstancias dif?ciles en que se encontraba se mostrara tan igual a s? misma. Me
pidi? que la invitara de nuevo a pasear con nosotros. Volv?a a casa con el coraz?n rebosante de alegr?a.
Recordaba cuan atentamente me escuchaba Pradelle este invierno, cuando yo le daba noticias de Zaza
y a menudo en sus cartas dec?a algunas palabras sobre ?l con mucha simpat?a. Estaban hechos el uno
para el otro, se quer?an. Uno de mis mayores deseos cobraba forma: ?Zaza vivir?a feliz!
Al d?a siguiente mi madre me dijo que mientras yo estaba en el cinemat?grafo, Herbaud hab?a
pasado por casa; lo que m?s me desesper? de ese desencuentro fue que ?l, al salir de la sala de
ex?menes, bastante descontento con lo que hab?a hecho, no me dio ninguna cita. Mascando mi
decepci?n baj? a eso de las doce a comprar un pastel con crema; lo encontr? al pie de la escalera; me
invit? a almorzar. Hice r?pidamente mis compras. Para no cambiar nuestras costumbres fuimos a La
Fleur de Lys. ?l hab?a quedado encantado con el recibimiento de mis padres: mi padre hab?a
mantenido teor?as antimilitaristas y Herbaud hab?a estado totalmente de acuerdo. Ri? mucho cuando
comprendi? que hab?a ca?do en una celada. Se iba al d?a siguiente a juntarse con su mujer en
Bagnoles-de-l?Orme; a su vuelta, unos diez d?as m?s tarde, preparar?a el oral del concurso con Sartre y
Nizan que me invitaban cordialmente a unirme a ellos. De aqu? all? Sartre quer?a conocerme: me
propon?a una entrevista para una noche cercana. Pero Herbaud me pidi? que no fuera: Sartre
aprovechar?a su ausencia para acapararme. ?No quiero que toquen mis m?s caros sentimientos?, me
dijo Herbaud en tono c?mplice. Decidimos que mi hermana se encontrar?a con Sartre a la hora y en el
lugar previstos; le dir?a que yo hab?a tenido que irme bruscamente al campo y que ella saldr?a con ?l en
mi lugar.
As? que pronto volver?a a ver a Herbaud y era aceptada por su clan: estaba encantada. Ataqu?
blandamente el programa del oral. Le? libros que me divert?an, lo pas? bien. La noche que Poupette
172
173 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
pas? con Sartre recapitul? alegremente el a?o que acababa de transcurrir, y toda mi juventud; pens?
con emoci?n en mi porvenir: ?Extra?a certidumbre de que esa riqueza que siento en m? ser? recibida,
que dir? palabras que ser?n o?das, que esta vida ser? una vertiente en la que otros beber?n: certidumbre
de una vocaci?n?? Me exalt? tan apasionadamente como en la ?poca de mis vuelos m?sticos pero sin
apartarme de la tierra. Mi reino era definitivamente de este mundo. Cuando mi hermana volvi? me
felicit? por haberme quedado en casa. Sartre hab?a aceptado cort?smente nuestra mentira; la hab?a
llevado al cine y hab?a estado muy amable; pero la conversaci?n no hab?a sido f?cil. ?Todo lo que
Herbaud cuenta de Sartre, es ?l que lo inventa?, me dijo mi hermana que conoc?a un poco a Herbaud y
lo encontraba muy divertido. Aprovech? mis ocios para reanimar relaciones m?s o menos olvidadas.
Visit? a la se?orita Lambert que se asust? de mi serenidad y a Suzanne Boigue que la felicidad
conyugal apagaba; me aburr? con Riesmann, cada vez m?s tenebroso. St?pha se hab?a eclipsado hac?a
dos meses, ya estaba instalada en Montrouge donde Fernando hab?a alquilado un ?atelier?; supongo
que viv?an juntos y que ella hab?a dejado de verme para disimular su inconducta. Reapareci? con una
alianza en el dedo. Vino a buscarme a las ocho de la ma?ana; almorzamos en Dominique, un
restaurante ruso que se hab?a abierto en Montparnasse pocas semanas antes y pasamos todo el d?a
paseando y conversando; de noche com? en su estudio tapizado con claros tapices ukranianos;
Fernando pintaba de la ma?ana a la noche, hab?a hecho grandes progresos. Algunos d?as m?s tarde
dieron una fiesta para celebrar su casamiento; hab?a rusos, ukranianos, espa?oles, todos vagamente
pintores, escultores o m?sicos; se bebi?, se bail?, se cant?, hubo disfraces. Pero St?pha y Fernando
iban a irse pronto a Madrid donde pensaban instalarse; ella estaba absorbida por los preparativos de
ese viaje y por preocupaciones hogare?as. Nuestra amistad ?que deb?a recobrar m?s tarde una nueva
frescura? se alimentaba sobre todo de recuerdos.
Yo segu? saliendo a menudo con Pradelle y Zaza y la que ahora se sent?a un poco intrusa era yo: ?se
entend?an tan bien! Zaza todav?a no se confesaba francamente sus esperanzas pero de ella sacaba
fuerzas para resistir a los ataques maternos. La se?ora Mabille estaba urdiendo un casamiento para ella
y la persegu?a sin cesar. ??Qu? tienes contra ese muchacho?? ?Nada, mam?, pero ?no lo quiero.? ?Mi
hijita, la mujer no quiere, es el hombre el que quiere?, explicaba la se?ora Mabille; se irritaba: ?Puesto
que no tienes nada contra ese muchacho, ?por qu? te niegas a casarte con ?l? ?Lo que es tu hermana
acept? a un muchacho menos inteligente que ella!? Zaza me contaba esas discusiones, m?s abrumada
que ir?nica, pues no tomaba a la ligera el descontento de su madre. ?Estoy tan cansada de luchar que
tal vez hace dos o tres meses hubiera cedido?, me dec?a. Su festejante le parec?a bastante simp?tico,
pero no pod?a imaginar que pudiera hacerse amigo de Pradelle o de m?; en nuestras reuniones no
habr?a estado en su lugar; no quer?a aceptar como marido a un hombre que estimaba menos que a
otros.
La se?ora Mabille debi? de sospechar las verdaderas razones de esa terquedad; cuando fui a su casa
me recibi? muy fr?amente, y no tard? en oponerse a los encuentros de Zaza con Pradelle. Hab?amos
proyectado salir a remar nuevamente; la antev?spera recib? unas l?neas de Zaza: ?Acabo de tener una
conversaci?n con mam?, despu?s de la cual me resulta absolutamente imposible ir a remar el jueves
con ustedes. Mam? se va de Par?s ma?ana por la ma?ana; cuando ella est? aqu? puedo discutir y
resistirle; pero aprovechar la libertad que me deja para hacer algo que le disgusta tanto, de eso no soy
capaz. Me resulta muy duro renunciar a esa tarde del jueves durante la cual esperaba revivir momentos
tan maravillosos como los que pas? entre usted y Pradelle en el Bois de Boulogne. Las cosas que
mam? me dijo me pusieron en un estado tan atroz que estuve a punto de irme por tres meses a un
convento cualquiera donde aceptaran dejarme en paz. Todav?a pienso en hacerlo, estoy en una gran
desaz?n??
Pradelle se desesper?: ?D?le muchos cari?os de mi parte a la se?orita Mabille?, me escribi?.
173
174 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
?Supongo que podremos, sin que ella falte a su promesa, encontrarnos en pleno d?a y como por
casualidad.? Se encontraron en la Nationale donde yo iba nuevamente a estudiar. Almorc? con ellos y
luego se fueron a pasear. Volvieron a verse solos dos o tres veces y a fines de julio Zaza me anunci?,
impresionad?sima, que se quer?an: se casar?an cuando Pradelle se hubiera recibido y hubiera hecho su
servicio militar. Pero Zaza tem?a la oposici?n de su madre. La acus? de pesimismo. Ya no era una
chica y la se?ora Mabille, despu?s de todo, deseaba su felicidad: respetar?a su elecci?n. ?Qu? pod?a
objetar? Pradelle era de una familia excelente y cat?lico practicante; seguramente har?a una linda
carrera, y en todo caso la agregaci?n le asegurar?a una situaci?n decente: el marido de Lili tampoco
estaba forrado en oro. Zaza sacud?a la cabeza: ?No se trata de eso. En nuestro ambiente los
casamientos no se hacen de esta manera.? Pradelle hab?a conocido a Zaza por m?: era una mala nota. Y
adem?s las perspectivas de un largo noviazgo inquietar?an a la se?ora Mabille. Pero, sobre todo, me
repet?a Zaza obstinadamente: ??Eso no se hace!? Hab?a decidido esperar la entrada de clases para
hablar can su madre; sin embargo, pensaba escribirse con Pradelle durante el verano: la se?ora Mabille
corr?a el riesgo de darse cuenta ?y entonces qu? ocurrir?a? A pesar de sus inquietudes, cuando lleg? a
Laubardon, Zaza se sent?a llena de esperanzas. ?Tengo una certidumbre que me permite esperar
confiada y soportar, si deben venir, muchos disgustos y contrariedades, me escrib?a. La vida es
maravillosa.?
Cuando volvi? a Par?s a principios de julio, Herbaud me mand? unas l?neas para invitarme a pasar
la velada con ?l. Mis padres no aprobaban que yo saliera con un hombre casado, pero como ya estaba
al borde de ser libre hab?an renunciado m?s o menos a intervenir en mi vida. Por lo tanto fui con
Herbaud a ver Le P?lerin y a comer en Lipp. Me cont? las ?ltimas aventuras del Eugenio y me ense??
un juego de naipes que hab?a inventado para estar seguro de ganar siempre. Me dijo que ?los
compa?eritos? me esperaban el lunes por la ma?ana en la ciudad universitaria; contaban conmigo para
estudiar Leibniz.
Yo estaba un poco asustada cuando entr? en el cuarto de Sartre; hab?a un gran desorden de libros y
de papeles, colillas en todos los rincones: se pod?a cortar el humo con cuchillo. Sartre me recibi?
mundanamente; fumaba en pipa. Silencioso, con un cigarrillo pegado en la comisura de su sonrisa
oblicua, Nizan me espiaba a trav?s de sus gruesos anteojos, con un aire de pensar muchas cosas. Todo
el d?a, petrificada de timidez, coment? ?el discurso metaf?sico? y Herbaud me acompa?? a la noche a
casa.
Volv?a todos los d?as y pronto me desentumec?. Leibniz nos aburr?a y decidimos que ya lo
conoc?amos bastante. Sartre se encarg? de explicarnos el Contrato Social sobre el cual ten?a
conocimientos especiales. A decir verdad, sobre todos los autores, sobre todos los cap?tulos del
programa, ?l era el que sab?a mucho m?s: nosotros nos limit?bamos a escucharlo. Yo trataba a veces
de discutir; me ingeniaba, me obstinaba. ??Es retorcida!? dec?a alegremente Herbaud mientras Nizan
contemplaba sus u?as con aire absorto; pero Sartre siempre sal?a ganando. Imposible guardarle rencor:
no escatimaba esfuerzos para hacernos aprovechar su ciencia. ?Es un maravilloso entrenador
intelectual?, anotaba yo en mi diario. Me azoraba su generosidad, pues esas sesiones no le ense?aban
nada y durante horas se gastaba sin contar.
Trabaj?bamos sobre todo por la ma?ana. Por la tarde, despu?s de almorzar en el restaurante de la
Ciudad Universitaria o en Chabin, junto al parque Montsouris, tom?bamos largos recreos. A menudo
la mujer de Nizan, una linda morena exuberante, se un?a a nosotros. Hab?a una feria en la puerta de
Orl?ans. Jug?bamos al billar japon?s, al f?tbol miniatura, tir?bamos al blanco; yo gan? en la loter?a un
gran florero rosa. Nos amonton?bamos en el autito de Nizan, d?bamos la vuelta a Par?s deteni?ndonos
aqu? y all? para tomar una cerveza en una terraza. Visit? los dormitorios y los cuartos de la Escuela
174
175 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
Normal, trep? ritualmente sobre el tejado. Durante esos paseos Same y Herbaud cantaban a gritos
canciones que improvisaban; compusieron un motete sobre el titulo de un cap?tulo de Descartes. ?De
Dios. Sobre la base que existe.? Sartre ten?a una linda voz y un vasto repertorio: Old man river y todos
los aires de jazz de moda; sus dones c?micos eran c?lebres en toda la Escuela: siempre era ?l que
representaba en la revista anual el papel del se?or Lanson; ten?a grandes ?xitos interpretando La Bella
Elena y romances del 900. Cuando hab?a dado bastante de s? mismo pon?a un disco en el fon?grafo:
escuch?bamos a Sophie Tucker, Leyton y Johnston, Jack Hylton, los Revellevs, y negro-spirituals.
Cada d?a las paredes de su cuarto se enriquec?an de nuevos dibujos in?ditos: animales metaf?sicos, las
nuevas haza?as del Eugenio. Nizan se especializaba en los retratos de Leibn?, que sol?a disfrazar de
cura, o ponerle un sombrero tirol?s y llevando en el traste la marca del pie de Spinoza.
A veces abandon?bamos la Ciudad Universitaria por el escritorio de Nizan. Viv?a en casa de sus
suegros, en un edificio de la calle Vavin, todo de mosaicos. Ten?a sobre sus paredes un retrato de
Lenin, un cartel de Casandra y la Venus de Botticelli; yo admiraba los muebles ultramodernos, la
biblioteca cuidada. Nizan estaba en la vanguardia del tr?o; frecuentaba medios literarios, estaba
afiliado al partido comunista; nos revelaba la literatura irlandesa y los nuevos novelistas americanos.
Estaba al corriente de las ?ltimas modas y hasta de la moda de ma?ana: nos llevaba al triste Caf? de
Flore ?para embromar a los Deux Magots?, dec?a comi?ndose malignamente sus u?as. Preparaba un
panfleto contra la filosof?a oficial y un estudio sobre ?la sabidur?a marxista?. Re?a poco pero sonre?a a
menudo con ferocidad. Su conversaci?n me seduc?a pero me resultaba un poco dif?cil hablarle a causa
de su aire distra?damente socarr?n.
?C?mo me aclimat? tan pronto? Herbaud hab?a tenido cuidado de no chocarme, pero cuando
estaban juntos los tres ?compa?eritos? no se cuidaban de nada. Su lenguaje era agresivo, su
pensamiento categ?rico, su justicia sin apelaci?n. Se burlaban del orden burgu?s; se hab?an negado a
pasar el examen de E.O.R.: en eso los segu? sin dificultad. Pero en muchos puntos yo segu?a enga?ada
por las sublimaciones burguesas: ellos deshac?an implacablemente todos los idealismos, se burlaban de
las almas nobles, de las hermosas almas, de todas las almas y los estados de ?nimo, de la vida interior,
lo maravilloso, el misterio, las ?lites; en cualquier oportunidad ?en sus palabras, sus actitudes, sus
bromas? manifestaban que los hombres no eran esp?ritus sino cuerpos presas de necesidades y
arrojados en una aventura brutal. Un a?o antes todav?a me hubieran asustado; pero yo hab?a andado
mucho camino aquel a?o y a menudo hab?a tenido hambre de alimentos menos huecos que los que me
alimentaban. Pronto comprend? que si el mundo al que me invitaban mis nuevos amigos me parec?a
rudo, es porque no disfrazaban nada; despu?s de todo s?lo me ped?an que me atreviera a lo que
siempre hab?a querido; mirar la realidad de frente. No necesit? mucho tiempo para decidirme.
?Estoy encantado de que se entienda bien con mis compa?eritos ?me dijo Herbaud?, pero?? ?De
acuerdo ?dije?, usted es usted.? Sonri?: ?Usted nunca ser? un compa?erito: usted es el castor.? Era
celoso, me dijo, en amistad como en amor y exig?a ser tratado con parcialidad. Manten?a firmemente
sus prerrogativas. La primera vez que se trat? de salir de noche en grupo sacudi? la cabeza: ?No. Esta
noche voy al cine con la se?orita de Beauvoir.? ?Bien, bien?, dijo Nizan en tono sarc?stico, y Sartre
dijo ?Bueno?, con bonhom?a. Herbaud estaba ca?do aquel d?a porque tem?a haber fracasado en el
concurso y por oscuras razones que ten?an que ver con su mujer. Despu?s de ver un film de Buster
Keaton nos sentamos en un caf? y la conversaci?n careci? de animaci?n. ??No se aburre??, me
pregunt? con un poco de ansiedad y mucha coqueter?a. No; pero sus preocupaciones me alejaban un
poco de ?l. Volvi? a estar cerca de m? durante el d?a que pas? a su lado so pretexto de ayudarlo a
traducir La ?tica a Nic?maco. Hab?a alquilado un cuarto en un hotelito de la calle Vaneau y all?
trabajamos: no mucho tiempo porque Arist?teles nos abrumaba. Me hizo leer fragmentos de An?basis
175
176 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
de Saint-John Perse de quien no conoc?a nada y me mostr? unas reproducciones de Las Sibilas de
Miguel ?ngel. Luego me habl? de las diferencias que lo distingu?an de Sartre y de Nizan. ?l se
entregaba sin pensar m?s a las alegr?as de este mundo: las obras de arte, la naturaleza, los viajes, las
intrigas y los placeres. ?Ellos quieren comprenderlo todo; Sartre sobre todo?, me dijo. Agreg? con un
tono de terror admirativo: ??Sartre, salvo, quiz?, cuando duerme, piensa todo el tiempo!? Acept? que
Sartre pasara con nosotros la noche del 14 de julio. Despu?s de una comida en un restaurante alsaciano
miramos los fuegos artificiales, sentados sobre el c?sped de la Ciudad Universitaria. Luego Sartre,
cuya magnificencia era legendaria, nos meti? en un taxi y en el Falstaff, calle Montparnasse, nos llen?
de cocktails hasta las dos de la ma?ana. Rivalizaban en gentileza y me contaban un mont?n de
historias. Yo estaba loca de contenta. Mi hermana se hab?a equivocado: Sartre me parec?a todav?a m?s
divertido que Herbaud; no obstante convinimos los tres que ?ste conservaba el primer lugar en mi
amistad, y en la calle me tom? del brazo con ostentaci?n. Nunca me hab?a manifestado tan
abiertamente su afecto como en los d?as que siguieron. ?Verdaderamente la quiero mucho, castor?, me
dec?a. Como yo ten?a que comer con Sartre en casa de los Nizan y ?l no estaba libre me pregunt? con
tierna autoridad: ??Pensar? en m? esta noche?? Yo era muy sensible a las menores inflexiones de su
voz y tambi?n a su manera de fruncir el ce?o. Una noche en que conversaba con ?l en el hall de la
Nationale, Pradelle se nos acerc? y lo recib? con alegr?a. Herbaud se despidi? con aire furioso y me
dej? plantada. Durante todo el resto del d?a me angusti?. A la noche lo encontr? encantado de haber
salido con la suya: ??Pobre castor! ?Estuve malo??, me dijo alegremente. Lo llevo al Stryx que le
pareci? ?encantadoramente funambulesco? y le cont? mis juergas: ??Usted es un fen?meno!?, me dijo
riendo. Me habl? de ?l, de su infancia campesina, de sus principios en Par?s, de su casamiento. Nunca
hab?amos hablado con tanta intimidad. Pero est?bamos ansiosos, pues al d?a siguiente deb?amos saber
el resultado del escrito. Si lo bochaban, Herbaud ten?a que irse enseguida a Bagnoles-de-l?Ome. El a?o
pr?ximo, de todos modos, pedir?a un puesto en provincia o en el extranjero. Me prometi? ir a verme
ese verano al Limousin. Pero algo se acababa.
Al d?a siguiente me dirig? hacia la Sorbona con el coraz?n palpitante; en la puerta encontr? a Sartre:
yo era admisible, como Nizan y ?l. Herbaud no hab?a pasado. Se fue de Par?s aquella misma noche sin
que yo lo hubiera vuelto a ver. ?Le dir?s al castor toda la felicidad que le deseo?, le escribi? a Sartre en
una carta en que le anunciaba su partida. Reapareci? una semana despu?s y solamente por un d?a. Me
llev? al Balzar: ??Qu? va a tomar??, me dijo; agreg?: ?En mis tiempos era limonada.? ?Siempre son
sus tiempos?, dije. Sonri?: ?Es lo que quer?a o?rle decir.? Pero ambos sab?amos que yo hab?a mentido.
?A partir de ahora la tomo entre manos?, me dijo Sartre cuando me hubo anunciado mi
admisibilidad. Le gustaban las amistades femeninas. La primera vez que lo vi en la Sorbona llevaba un
sombrero y conversaba con aire animado con una estudiante grandota que me pareci? muy fea; pronto
le desagrad?; se hab?a hecho amigo de otra m?s bonita, pero llena de vueltas con la que no tard? en
disgustarse. Cuando Herbaud le habl? de m? quiso conocerme enseguida; y ahora estaba muy contento
de poder acapararme: ahora a m? me parec?a que todo el tiempo que no pasaba con ?l era tiempo
perdido. Durante los quince d?as que dur? el oral de concurso s?lo nos separamos para dormir. ?bamos
a la Sorbona a pasar nuestros ex?menes y a escuchar los de nuestros compa?eros. Sal?amos con los
Nizan. Tom?bamos copas en el Balzar con Aron que hac?a su servicio militar en la meteorolog?a, con
Politzer que se hab?a afiliado al partido comunista. Pero m?s a menudo nos pase?bamos los dos solos.
En los muelles del Sena, Sartre me compraba n?meros de Pardaillan y de Fantomas que prefer?a en
mucho a la correspondencia de Rivi?re y de Fournier; de noche me llevaba a ver pel?culas de cowboys
por las que yo me apasionaba como ne?fita, pues era versada sobre todo en el cine abstracto y en el
cine de arte. En las terrazas de los caf?s o tomando cocktails en el Falstaff convers?bamos durante
176
177 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
horas.
?Nunca para de pensar?, me hab?a dicho Herbaud. Esto no significaba que segregara sin cesar
f?rmulas y teor?as: aborrec?a la pedanter?a. Pero su esp?ritu estaba siempre alerta. Ignoraba el
entorpecimiento, las somnolencias, las huidas, las treguas, las prudencias, el respeto. Se interesaba en
todo y nunca aceptaba nada como resuelto. Frente a un objeto en vez de escamotearlo en provecho de
un mito, de una palabra, de una impresi?n, de una idea preconcebida, lo miraba; no lo largaba antes de
haber comprendido las causas y los efectos, sus m?ltiples sentidos. No se preguntaba lo que hab?a que
pensar, lo que hubiera sido picante o inteligente pensar; solamente lo que pensaba. Por eso
decepcionaba a los estetas ?vidos de una elegancia experimentada. Habi?ndolo o?do dos a?os antes dar
una conferencia, Riesmann, que se deslumbraba con la logomaquia de Baruzi, me hab?a dicho
tristemente: ??No tiene genio!? En el curso de una lecci?n sobre ?la calificaci?n? su minuciosa buena
fe hab?a puesto aquel a?o nuestra paciencia a prueba: hab?a terminado por forzar nuestro inter?s.
Interesaba siempre a la gente que no rechazaba la novedad, pues sin buscar la originalidad no ca?a en
ning?n conformismo. Obstinada, ingenua, su atenci?n se apoderaba de las cosas vivas en su profusi?n.
?Qu? estrecho era mi mundillo junto a ese universo multiplicado! M?s tarde s?lo algunos locos me
inspiraron una humildad an?loga, los que descubr?an en un p?talo de rosa un laberinto de intrigas
tenebrosas.
Habl?bamos de un mont?n de cosas, pero particularmente de un tema que me interesaba entre todos:
yo misma. Cuando pretend?an explicarme, las dem?s personas me anexaban a su mundo, me irritaban;
Sartre, por el contrario, trataba de situarme en mi propio sistema, me comprend?a a la luz de mis
valores, de mis proyectos. Me escuch? sin entusiasmo cuando le cont? mi historia con Jacques; para
una mujer educada como yo lo hab?a sido quiz? fuese dif?cil evitar el casamiento: pero a ?l no le
parec?a una buena f?rmula. En todo caso yo deb?a preservar lo que hab?a en m? de m?s estimable: mi
gusto por la libertad, mi amor por la vida, mi curiosidad, mi voluntad de escribir. No solamente me
alentaba en esa empresa sino que me propon?a ayudarme. Dos a?os mayor que yo ?dos a?os que ?l
hab?a aprovechado?, habiendo encontrado m?s joven un camino mejor, sab?a mucho m?s, sobre todo;
pero la verdadera superioridad que se reconoc?a y que saltaba a la vista, era la pasi?n tranquila y
apasionada que lo arrojaba hacia sus libros por escribir. Anta?o yo despreciaba a los chicos que pon?an
menos fervor que yo en jugar al croquet o en estudiar: ahora encontraba a alguien ante cuyos ojos mis
frenes?s parec?an t?midos. En efecto, si me comparaba a ?l ?qu? tibieza en mis fiebres! Yo me hab?a
cre?do excepcional porque no conceb?a vivir sin escribir: ?l s?lo viv?a para escribir.
No pensaba por supuesto llevar una existencia de rata de biblioteca; aborrec?a las rutinas y las
jerarqu?as, las carreras, los hogares, los derechos y los deberes, todo lo serio de la vida. No se
resignaba a la idea de tener un oficio, colegas, superiores, reglas que observar y que imponer; nunca
ser?a un padre de familia ni siquiera un hombre casado. Con el romanticismo de la ?poca y de sus
veintitr?s a?os so?aba con grandes viajes: en Constantinopla fraternizar?a con los hombreadores de
bolsas; se emborrachar?a en los bajos fondos con los tratantes de blancas; dar?a la vuelta al globo y ni
los parias de las Indias ni los popes del monte Atlas, ni los pescadores de Terranova tendr?an secretos
para ?l. No echar?a ra?ces en ninguna parte, no se estorbar?a con ninguna posesi?n; no para conservarse
vanamente disponible sino para testimoniar sobre todo. Todas sus experiencias deb?an aprovechar a su
obra y apartaba categ?ricamente las que hubieran podido disminuirla. Sobre ese punto discutimos
mucho. Yo admiraba en teor?a, al menos, los grandes des?rdenes, las vidas peligrosas, los hombres
perdidos, los excesos de alcohol, de droga, de pasi?n. Sartre sosten?a que, cuando uno tiene algo que
decir, todo despilfarro es criminal. La obra de arte, la obra literaria era a sus ojos un fin absoluto;
llevaba en s? su raz?n de ser, la de su creador y acaso, no lo dec?a pero yo sospechaba que lo cre?a
firmemente, la del universo entero. Las discusiones metaf?sicas lo hac?an encogerse de hombros. Se
177
178 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
interesaba por las cuestiones pol?ticas y sociales, sent?a simpat?a por la posici?n de Nizan; pero su
asunto propio era escribir, el resto vendr?a despu?s. Por otra parte era entonces mucho m?s anarquista
que revolucionario; le parec?a detestable la sociedad tal como era, pero no detestaba detestarla; lo que
llamaba su ?est?tica de oposici?n? se acomodaba muy bien con la existencia de imb?ciles y de
canallas, y hasta la exig?a: si no hubiera habido nada que destruir, que combatir, la literatura no habr?a
sido gran cosa.
Con pocos matices de diferencia yo encontraba un gran parentesco entre su actitud y la m?a. No
hab?a nada mundano en sus ambiciones. Reprobaba mi vocabulario espiritualista, pero ?l tambi?n
buscaba una salvaci?n en la literatura; los libros introduc?an en ese mundo deplorablemente
contingente una necesidad que rebotaba sobre su autor; algunas cosas deb?an ser dichas por ?l y
entonces estar?a completamente justificado. Ten?a bastante juventud para conmoverse sobre su destino
cuando o?a un aire de saxof?n despu?s de haber tomado tres martinis; pero si hubiera sido necesario
habr?a aceptado conservar el anonimato: lo importante era el triunfo de sus ideas, no sus propios
?xitos. ?l no se dec?a nunca ?como yo sol?a hacerlo? que era ?alguien?, que ten?a ?valor?; pero estimaba que verdades importantes ?acaso hasta llegaba a pensar: La Verdad? se hab?an revelado a ?l y
que su misi?n era imponerlas al mundo. Sobre unos carnets que me mostr?, en sus conversaciones y
hasta en sus trabajos escolares, afirmaba con pertinacia un conjunto de ideas cuya originalidad y coherencia asombraban a sus amigos. Hab?a hecho una exposici?n sistem?tica sobre ellas contestando a
una ?Encuesta a los estudiantes de hoy? abierta por Les Nouvelles Litt?raires. ?Hemos recibido de J. P.
Sartre p?ginas notables?, escribi? Roland Alix presentando su respuesta de la que imprimi? largos pasajes; en efecto, toda una filosof?a estaba indicada en ella y no ten?a ninguna relaci?n con la que nos
ense?aban en la Sorbona:
?Es una paradoja del esp?ritu que el hombre, cuyo papel es crear lo necesario, no pueda elevarse por
s? mismo hasta el nivel del ser, como esos adivinos que predicen el porvenir para los dem?s, no para
ellos. Por eso en el fondo del ser humano como en el fondo de la naturaleza veo la tristeza y el hast?o.
No es que el hombre no se piense a s? mismo como un ser. Pone al contrario todo su esfuerzo en ello.
De all? el Bien y el Mal, ideas del hombre trabajando sobre el hombre. Ideas vanas, idea vana tambi?n
ese determinismo que intenta curiosamente hacer la s?ntesis de la existencia y del ser. Somos tan libres
como se quiera, pero impotentes? para el resto, la voluntad de poder, la acci?n, la vida no son sino
vanas ideolog?as. No hay en ninguna parte voluntad de poder?o. Todo es d?bil: todas las cosas tienden
a morir. La aventura sobre todo es una trampa, quiero decir esa creencia en conexiones necesarias, y
que, sin embargo, existir?an. El aventurero es un determinista inconsecuente que se supone libre.?
Comparando su generaci?n con la que lo hab?a precedido, Sartre terminaba: ?Somos m?s desdichados
pero m?s simp?ticos.?
Esta ?ltima frase me hab?a hecho re?r, pero conversando con Sartre entrev? la riqueza de lo que
llamaba su ?teor?a de la contingencia?, donde ya se encontraban en germen sus ideas sobre el ser, la
existencia, la necesidad, la libertad. Tuve la evidencia de que escribir?a un d?a una obra filos?fica que
contar?a. Pero no se facilitaba la tarea, pues no ten?a la intenci?n de componer seg?n las reglas
tradicionales, un tratado te?rico. Le gustaba tanto Stendhal como Spinoza y se negaba a separar la
filosof?a de la literatura. A sus ojos la Contingencia no era una noci?n abstracta, sino una dimensi?n
real del mundo: deb?a utilizar todos los recursos del arte para hacer sensible al coraz?n esa secreta
?debilidad? que ve?a en el hombre y en las cosas. La tentativa era en esa ?poca muy ins?lita; imposible
inspirarse en ninguna moda, en ning?n modelo: ?l pensamiento de Sartre me hab?a impresionado por
su madurez, pero me desconcert? la torpeza de los ensayos en que lo expresaba; para presentarla en su
verdad singular recurr?a al mito. ?Er el armenio? ped?a su contribuci?n a los dioses y a los titanes: bajo
ese disfraz pasatista, sus ideas perd?an su fuerza. El se daba cuenta de la torpeza, pero no se in178
179 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
quietaba; de todas maneras ning?n ?xito hubiera bastado para fundar su confianza inconsiderada en el
porvenir. ?l sab?a lo que quer?a hacer y ten?a la vida por delante: terminar?a por hacerlo. Yo no dudaba
ni un instante: su salud, su buen humor supl?an todas las pruebas. Manifiestamente su certidumbre cubr?a una resoluci?n tan radical que un d?a u otro, de una manera o de otra, dar?a sus frutos.
Era la primera vez de mi vida que me sent?a intelectualmente dominada por alguien. Mucho
mayores que yo, Garric, Nodier, me hab?an impresionado: pero de lejos, vagamente, sin confrontarme
con ellos. Todos los d?as, todo el d?a me med?a con Sartre y en nuestras discusiones ?l era el m?s
fuerte. En el Luxemburgo, una ma?ana, junto a la fuente M?dicis, le expuse esa moral pluralista que
me hab?a fabricado para justificar a la gente que quer?a, pero a quienes no hubiera querido parecerme:
la destroz?. A m? me gustaba porque me permit?a tomar mi coraz?n como arbitro del bien y del mal;
me debat? durante tres horas. Tuve que reconocer mi derrota; adem?s, hab?a advertido, en el curso de
la conversaci?n, que muchas de mis opiniones descansaban sobre parcialidades, mala fe o
aturdimiento, que mis razonamientos cojeaban, que mis ideas eran confusas. ?Ya no estoy segura de lo
que pienso, ni siquiera de pensar?, not? desazonada, desorientada. No pon?a en ello ning?n amor
propio. Era mucho m?s curiosa que imperiosa, me gustaba m?s aprender que brillar. Pero, sin embargo, despu?s de tantos a?os de arrogante soledad, era un serio acontecimiento descubrir que no era
ni la ?nica, ni la primera: una entre otros y de pronto insegura de sus verdaderas capacidades. Pues
Sartre no era el ?nico que me obligaba a la modestia: Nizan, Aron, Politzer, ten?an sobre m? un avance
considerable. Yo hab?a preparado el concurso a lo r?pido: su cultura era m?s s?lida que la m?a, estaban
al corriente de un mont?n de novedades que yo ignoraba, estaban acostumbrados a discutir; a m?,
sobre todo, me faltaba m?todo y perspectiva; el universo intelectual era para m? un vasto cambalache
por el que andaba a tientas; la b?squeda de ellos estaba orientada. Ya hab?a entre ellos importantes
divergencias; reprochaban a Aron su complacencia por el idealismo de Brunschvicg; pero todos hab?an
sacado mucho m?s radicalmente que yo las consecuencias de la inexistencia de Dios y tra?do la
filosof?a desde el cielo, a la tierra. Lo que tambi?n me impon?a es que ten?an una idea bastante precisa
de los libros que quer?an escribir. Yo hab?a repetido que ?dir?a todo?; era demasiado y demasiado
poco. Descubr? con inquietud que la novela presenta mil problemas que yo no hab?a sospechado.
Sin embargo, no me descorazon?; el porvenir me parec?a de pronto m?s dif?cil de lo que hab?a
calculado, pero era tambi?n m?s real y m?s seguro; en vez de informes posibilidades, ve?a abrirse ante
m? un campo claramente definido, con sus problemas, sus tareas, sus materiales, sus instrumentos, sus
resistencias. Ya no me preguntaba: ?qu? hacer? Todo estaba por hacer; todo lo que antes yo hab?a
deseado hacer: combatir el error, encontrar la verdad, decirla iluminar al mundo, quiz? tambi?n ayudar
a cambiarlo. Necesitar?a tiempo, esfuerzos para cumplir aunque s?lo fuera una parte de las promesas
que me hab?a hecho: pero esto no me asustaba. Nada estaba ganado: todo era posible.
Y adem?s acababa de tener una gran suerte: frente a ese porvenir, bruscamente ya no estaba sola.
Hasta entonces los hombres que yo hab?a querido ?Jacques y en menor grado Herbaud? eran de otra
especie que yo: desenvueltos, escurridizos, un poco incoherentes, marcados por una especie de gracia
funesta: imposible comunicarse con ellos sin reserva. Sartre respond?a exactamente al deseo de mis
quince a?os: era ese doble en quien yo encontraba, llevadas a la incandescencia, todas mis man?as.
Con ?l siempre podr?a compartirlo todo. Cuando nos separamos a principios de agosto yo sab?a que
nunca m?s saldr?a de mi vida.
Pero antes de que ?sta tomara su forma definitiva ten?a que aclarar primero mis relaciones con
Jacques.
?Qu? sentir?a encontr?ndome de narices con mi pasado? Me lo preguntaba ansiosamente cuando al
volver de Meyrignac a mediados de setiembre llam? a la puerta de la casa Laiguillon. Jacques sali? de
179
180 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
los escritorios de la planta baja, me dio la mano, me sonri? y me hizo subir al departamento. Sentada
sobre el sof? rojo lo escuch? hablar de su servicio militar, de ?frica, de su aburrimiento. Yo estaba
contenta, pero nada emocionada. ?Qu? f?cilmente nos encontramos?, le dije. ?l se pas? la mano por el
pelo. ??Bien lo merec?amos!? Yo reconoc?a la penumbra de la galer?a, reconoc?a sus ademanes, su voz:
lo reconoc?a demasiado. Escrib? esa noche en mi cuaderno: ?Nunca me casar? con ?l. Ya no lo quiero.?
Despu?s de todo esa brutal liquidaci?n no me sorprend?a: ?Es demasiado evidente que en los
momentos en que m?s lo quer?a hubo siempre entre nosotros un desacuerdo profundo al que s?lo me
sobrepon?a renunciando a m? misma; o si no me rebelaba contra el amor.? Yo me hab?a mentido
fingiendo esperar esa confrontaci?n para comprometer mi porvenir: hac?a ya semanas que estaban
echados los dados.
Par?s estaba todav?a vac?o y volv? a ver a Jacques a menudo. Me cont? su historia con Magda, de un
modo novelesco. Por mi parte le habl? de mis nuevas relaciones: no pareci? apreciarlas. ?Estaba
celoso? ?Qu? era yo para ?l? ?Qu? esperaba de m?? Yo no pod?a adivinarlo puesto que siempre, en su
casa o en el Stryx, hab?a terceros entre nosotros; sal?amos con Riquet, con Olga. Me atorment? un
poco. A distancia yo hab?a colmado a Jacques de mi amor y si ahora me lo pidiera encontrar?a mis
manos vac?as. No me ped?a nada, pero evocaba a veces su porvenir en un tono vagamente fatal.
Lo invit? una noche con Riquet, Olga y mi hermana a inaugurar mi nuevo domicilio. Mi padre hab?a
financiado mi instalaci?n y mi cuarto me gustaba mucho. Mi hermana me ayud? a disponer sobre una
mesa botellas de co?ac y de vermut, vasos, platos, golosinas. Olga lleg? un poco tarde y sola, lo que
nos decepcion? vivamente. No obstante, despu?s de dos o tres vasos la conversaci?n se anim?; nos
interrogamos sobre Jacques y sobre su porvenir: ?Todo depender? de su mujer?, dijo Olga; suspir?:
?Desgraciadamente no creo que est? hecha para ?l.? ??Qui?n??, pregunt?. ?Odile Riaucourt. ?No sab?a
que se casa con la hermana de Lucien?? ?No?, dije con estupor. Me dio los detalles
complacientemente. Jacques, a su regreso de Argelia, hab?a pasado tres semanas en la propiedad de los
Riaucourt; la chica se hab?a enamorado de ?l y hab?a declarado imperiosamente a sus padres que lo
quer?a por marido: Jacques, tanteado por Lucien, acept?. ?l la conoc?a apenas y, salvo el hecho de
tener una dote considerable, no ten?a, seg?n Olga, ninguna virtud particular. Comprend? por qu? nunca
ve?a a Jacques a solas: no se atrev?a ni a callar, ni a hablar; y si aquella noche me hab?a hecho la pera
era para que Olga me pusiera al corriente. Fing? lo mejor posible la indiferencia. Pero en cuanto
estuvimos solas, exhalamos, mi hermana y yo, nuestra consternaci?n. Caminamos largamente por
Par?s, desoladas de ver al h?roe de nuestra juventud transformado en un burgu?s calculador.
Cuando volv? a casa de Jacques me habl? un poco avergonzado de su novia y con importancia de
sus nuevas responsabilidades. Una noche recib? de ?l una carta enigm?tica: ?l me hab?a abierto el
camino, me dec?a, y ahora se quedaba atr?s, penando en el viento, sin poder seguirme: ?Agrega que el
viento unido al cansancio siempre arranca algunas l?grimas.? Me emocion?, pero no contest?; no hab?a
nada que contestar. De todas maneras era una historia terminada.
?Qu? hab?a significado para Jacques? ?Y ?l mismo qui?n era? Me equivoqu? cuando cre?a que su
casamiento me descubr?a su verdad y que despu?s de una crisis de romanticismo juvenil iba a
convertirse tranquilamente en el burgu?s que era. Lo vi a veces con su mujer: sus relaciones eran
agridulces. Nuestras relaciones quedaron cortadas, pero m?s adelante lo vi bastante a menudo en los
bares de Montparnasse, solitario, el rostro hinchado, los ojos llorosos, visiblemente embebido de
alcohol. Procre? cinco o seis chicos y se lanz? en una peligrosa especulaci?n: transport? su material a
la f?brica de un colega e hizo demoler la vieja f?brica Laiguillon para reemplazarla por un gran
edificio de renta; desgraciadamente cuando hubieron echado abajo la casa no consigui? los capitales
necesarios para la construcci?n del edificio; se enemist? con el padre de su mujer y con su propia
madre que se hab?an negado a arriesgarse en esa aventura; ?l comi? hasta su ?ltimo centavo y tuvo que
180
181 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
hipotecar, luego vender su material. Trabaj? durante algunos meses en el negocio de su colega, pero
pronto lo despidieron.
Aun si hubiera procedido con prudencia y tenido ?xito, cabr?a preguntarse por qu? Jacques quiso
liquidar la Casa; no era ciertamente indiferente que no se fabricara en ella quincalla sino vitrales.
Durante los a?os que siguieron a la exposici?n de 1925 las artes decorativas tomaron un gran impulso.
Jacques se entusiasm? por la est?tica moderna y pens? que el vitral ofrec?a inmensas posibilidades;
abstractamente era verdad, pero en la pr?ctica no tanto. En los muebles, la cristaler?a, las telas, los
papeles de empapelar, se pod?a y hasta se deb?a inventar porque la clientela burguesa estaba ?vida de
novedad; pero Jacques ten?a que satisfacer a humildes curas de aldea de gustos atrasados; o bien se
arruinaba o bien perpetuaba en sus talleres la tradicional fealdad de los vitrales Laiguillon. No
soportaba la fealdad. Prefiri? lanzarse en negocios que no ten?an nada que ver con el arte.
Sin dinero, sin trabajo, Jacques vivi? alg?n tiempo a costillas de su mujer a quien el viejo Riaucourt
pasaba una pensi?n; pero entre ellos las cosas marchaban muy mal; harag?n, pr?digo, farrista,
bebedor, mentiroso ?y paso muchas otras cosas?, Jacques era, sin duda, un marido detestable. Odile
termin? por pedir una separaci?n de cuerpos y por echarlo. Hac?a veinte a?os que no lo ve?a cuando lo
encontr? por casualidad en el Bulevar Saint-Germain. A los cuarenta y cinco a?os representaba m?s de
sesenta. Ten?a el pelo completamente blanco, los ojos inyectados, pues el abuso de alcohol lo hab?a
vuelto casi ciego; ya no ten?a mirada, ni sonrisa, ni carne, a tal punto que su rostro, reducido s?lo a los
huesos se parec?a rasgo por rasgo al de su abuelo Flandin. Ganaba 25.000 francos por mes haciendo
vagas escrituras en una estaci?n de servicio al borde del Sena: sobre los papeles que me mostr? estaba
asimilado a un picapedrero. Estaba vestido como un atorrante, dorm?a en cuartos amueblados, se
alimentaba apenas y beb?a lo m?s posible. Poco despu?s perdi? su empleo y se encontr? absolutamente
sin recursos. Su madre, su hermano, cuando iba a pedirles de comer le reprochaban su falta de dignidad; s?lo su hermana y algunos amigos lo socorrieron. Pero no era f?cil ayudarlo; no levantaba un
dedo para ayudarse a s? mismo y estaba gastado hasta la m?dula. Muri? a los cuarenta y seis a?os de
miseria fisiol?gica.
??Ah por qu? no me he casado contigo!?, me dijo apret?ndome las manos efusivamente el d?a en que
nos encontramos. ??Qu? l?stima! Pero mi madre me repet?a sin cesar que los casamientos entre primos
son malditos!? ?Hab?a pensado de veras en casarse conmigo? ?Cu?ndo hab?a cambiado de opini?n? ?Y
por qu? exactamente? ?Por qu? en vez de seguir soltero se hab?a precipitado tan joven en un
casamiento absurdamente razonable? No consegu? saberlo; quiz? ?l tampoco lo sab?a a tal punto su
cerebro estaba nublado; tampoco trat? de interrogarlo sobre la historia de su decadencia, pues la
primera de sus preocupaciones era hac?rmela olvidar; los d?as en que llevaba una camisa limpia y en
que hab?a comido me recordaba con gusto el glorioso pasado de la familia Laiguillon y hablaba como
un gran burgu?s. Yo sol?a decirme que si hubiera triunfado no habr?a valido m?s que cualquier otro,
pero esa severidad estaba fuera de lugar: no era por casualidad que hab?a fracasado tan
espectacularmente. No se hab?a contentado con un fracaso mediocre; se le pudo reprochar muchas
cosas, pero en todo caso nunca fue mezquino; hab?a ca?do tan bajo que ten?a que estar pose?do por esa
locura de destrucci?n que yo imputaba a su juventud. Se cas? evidentemente para alivianar sus
responsabilidades; crey? que sacrificando sus placeres y su libertad har?a nacer en ?l un hombre
nuevo, s?lidamente convencido de sus deberes y de sus derechos, adaptado a sus oficinas y a su hogar;
pero el voluntarismo no premia: sigui? siendo el mismo, incapaz a la vez de encerrarse en el pellejo de
un burgu?s y de evadirse de ?l. Trat? de evadirse en los bares de su personaje de marido y de padre de
familia; al mismo tiempo trat? de elevarse en la escala de valores burgueses, pero no por un trabajo
paciente: de un salto, y se lanz? con tal imprudencia que su secreto deseo parece haber sido el de
romperse la cabeza. Sin duda alguna ese destino empez? a tejerse en el coraz?n del chico abandonado,
181
182 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
asustado, que rondaba en due?o, a los siete a?os, entre las glorias y el polvo de la f?brica Laiguillon; y
si en su juventud nos exhort? tan a menudo a ?vivir como todo el mundo?, era porque dudaba de poder
lograrlo.
Mientras mi porvenir se decid?a, Zaza por su parte luchaba por su felicidad. Su primera carta
respiraba esperanza. La segunda era menos optimista. Despu?s de haberme felicitado por mi ?xito en
la agregaci?n, me escrib?a: ?Me resulta particularmente duro en este momento estar lejos de usted.
Necesitar?a tanto hablarle con frases sueltas, sin nada preciso ni muy pensado, de lo que desde hace
tres semanas es toda mi existencia. Con algunos momentos de alegr?a he conocido sobre todo hasta el
viernes ?ltimo, una terrible inquietud y muchas dificultades. Ese d?a recib? de Pradelle una carta un
poco larga en la que dice m?s cosas, en la que m?s palabras me permiten aferrarme a testimonios
indiscutibles para luchar contra una duda que no consigo desechar completamente. Acepto, relativamente el sufrir dificultades bastante pesadas, la imposibilidad de hablar de esto con mam? por el
momento, la perspectiva de ver pasar mucho tiempo antes de que mis relaciones con P. se precisen y
ni siquiera esto importa, a tal punto el presente me colma y me basta. Lo m?s duro son estas dudas,
estas intermitencias, estos vac?os tan completos que a veces me pregunto si todo lo que ha ocurrido no
es un sue?o. Y cuando la alegr?a vuelve en su plenitud, me averg?enzo de haber tenido la cobard?a de
no creer en ella. Me resulta dif?cil por otra parte unir al P. de ahora con el de hace tres semanas, uno
mal sus cartas a encuentros relativamente recientes en el que todav?a ?ramos el uno para el otro tan
lejanos, tan misteriosos; a veces me parece que es s?lo un juego, que todo va a recaer s?bitamente en
lo real, en el silencio de hace tres semanas. ?C?mo har? aunque sea para verlo sin sentir la tentaci?n de
huir, a ese muchacho al que he escrito tantas cosas, y tan f?cilmente y ante el cual no me atrever?a a
abrir la boca ahora a tal punto su presencia, lo siento, me intimidar?a? ?Ah! ?Simone, qu? le estoy
escribiendo, qu? mal le hablo de todo esto! ?Una sola cosa merecer?a ser dicha! Es que hay momentos
maravillosos, en que todas esas dudas y esas dificultades se desprenden de m? como cosas vac?as de
sentido, en que s?lo siento la alegr?a inalterable y profunda que por encima de esas miserias
permanece en m? y me penetra entera. Entonces el pensamiento de su existencia basta para conmoverme hasta las l?grimas, y cuando pienso que es un poco por m? y para m? que existe, siento el coraz?n
detenerse casi dolorosamente bajo el peso de una dicha demasiado grande. He aqu?, Simone, lo que es
de m?. De la vida que llevo no tengo coraje de hablarle esta noche. La gran alegr?a que irradio del
interior da a veces mucho precio a cosas muy peque?as, estos d?as. Pero estoy sobretodo cansada de
haberme visto obligada a seguir, pese a una intensa vida interior y a una inmensa necesidad de
soledad, los paseos a los alrededores, los tenis, los t?s, las distracciones. La correspondencia es el
?nico momento importante del d?a? Nunca la he querido m?s, mi querida Simone, y estoy cerca de
usted con todo mi coraz?n.?
Le respond? largamente tratando de reconfortarla y a la semana siguiente ella me escrib?a:
?Apaciblemente feliz, ahora empiezo a serlo, mi querida, querida Simone, ?y qu? bueno es! Ahora
tengo una certidumbre que ya nada puede quitarme, una certidumbre maravillosamente dulce que ha
triunfado de los altos y de los bajos, y de todas mis rebeld?as. Cuando recib? su carta? a?n no hab?a
salido de la inquietud. No ten?a bastante confianza para saber leer bien las cartas muy dulces, pero
muy silenciosas tambi?n, que Pradelle me escrib?a y acababa, cediendo a un loco impulso de
pesimismo, de mandarle una carta que ?l pudo calificar despu?s sin exagerar, de ?un poco feroz?. La
suya ha venido a devolverme la vida? Desde su carta me he quedado silenciosamente junto a usted, es
con usted que le? la que recib? de Pradelle el s?bado y que vino a completar mi alegr?a, a hacerla tan
liviana, tan joven, que hace tres d?as se agrega a ella una alegr?a de chico de ocho a?os. Yo tem?a que
mi injusta carta nublara de nuevo el horizonte; ?l contest? tan inteligentemente que al contrario, todo
182
183 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
se ha vuelto f?cil y maravilloso. No creo que se pueda rega?ar a la gente m?s deliciosamente, hacerle
su proceso, absolverla, y convencerla con m?s alegr?a y gentileza de que todo es sencillo, qua todo es
hermoso y que hay que creerlo.?
Pero pronto otras dificultades m?s temibles surgieron. A fines de agosto recib? una carta que me
desol?: ?No me reproche este tan largo silencio? Usted sabe lo que es la vida en Laubardon. Tuve que
ver a un mont?n de gente e ir a Lourdes a pasar cinco d?as. Volvimos el domingo y ma?ana B?belle y
yo tomamos el tren para ir a casa de los Br?ville en Ari?ge. Yo me privar?a con gusto, como puede
imaginarlo, de todas estas distracciones; es tan fastidioso divertirse cuando uno no siente ninguna
necesidad. Y tengo m?s sed de tranquilidad ahora que la vida sin dejar de ser maravillosa se anuncia
por alg?n tiempo dif?cil. Los escr?pulos que terminaban por envenenar mi alegr?a me decidieron a
hablar con mam? cuya actitud interrogadora, inquieta y hasta desconfiada me hac?a sufrir demasiado.
Pero como s?lo pod?a decirle una semiverdad el resultado de mi confesi?n es que no puedo escribirle
m?s a Pradelle, que mam? exige que no lo vea hasta nueva orden. Es duro, hasta es atroz. Cuando
pienso lo que eran para m? esas cartas a las que estoy obligada a renunciar, cuando imagino ese largo
a?o del que esperaba tanto y que va a estar disminuido de esos encuentros que hubieran sido maravillosos, una pena sofocante me oprime la garganta, y mi coraz?n se contrae hasta hacerme da?o.
Habr? que vivir completamente separados, ?qu? horror! Por m? me resigno pero por ?l me resulta
mucho m?s dif?cil. La idea de que puede sufrir por m? culpa me subleva; hace tiempo que estoy
habituada al sufrimiento y para m? me parece casi natural. Pero aceptarlo para ?l que no lo ha
merecido, para ?l a quien quisiera tanto ver radiante de felicidad como lo era un d?a entre usted y yo
sobre el lago del Bois de Boulogne? ?Ah, c?mo es de amargo! Sin embargo, me dar?a verg?enza
quejarme. Cuando se ha recibido esa gran cosa que siento en m? inalterable, se puede soportar todo el
resto. Lo esencial de mi alegr?a no est? a merced de las circunstancias exteriores; para alcanzarla har?a
falta una dificultad que viniera directamente de ?l o de m?. Esto no es de temer, el acuerdo profundo es
tan completo que es ?l el que habla cuando me escucha, yo la que hablo cuando lo escucho y ya no
podemos pese a las separaciones aparentes estar verdaderamente desunidos. Y mi alegr?a dominando
los m?s crueles pensamientos se eleva asimismo y se derrama sobre todas las cosas? Ayer despu?s de
haberle escrito a Pradelle la carta que me resultaba tan dura escribirle recib? de ?l unas l?neas
desbordantes de ese bello amor por la vida que hasta ahora era en ?l menos sensible que en usted. Pero
no era del todo el canto pagano de la querida dama amoral. Me dec?a a prop?sito del noviazgo de su
hermana todo lo que las palabras ?Coeli enarrant gloriara Dei? hac?an brotar de entusiasmo por ?la
glorificaci?n l?mpida del universo?, y por ?una vida reconciliada con toda la dulzura de las cosas
terrenales?. ?Ah!, renunciar voluntariamente a recibir p?ginas como las de ayer, c?mo es de duro,
Simone. Hay que creer verdaderamente en el valor del sufrimiento y desear llevar con Cristo la cruz
para aceptarlo sin murmurar; seguramente yo no ser? capaz. Pero dejemos esto. La vida a pesar de
todo es espl?ndida, ser?a terriblemente ingrata si no me sintiera en este momento desbordante de
gratitud. ?Hay muchos seres en el mundo que tengan lo que usted tiene y lo que yo tengo, que
conocer?n jam?s algo que se le parezca? ?Y ser?a pagarlo demasiado caro sufrir por ese bien precioso
no importa cu?nto, todo lo que sea necesario, y durante todo el tiempo que sea necesario? Lili y su
marido est?n aqu? en este momento: creo que desde hace tres semanas no hay entre ellos otro tema de
conversaci?n que el problema de su departamento y el precio que les costar? la instalaci?n. Son una
monada, no tengo nada que reprocharles. Pero qu? alivio, tener ahora la certidumbre de que no habr?
nada en com?n entre mi vida y la de ellos, de sentir que no poseyendo nada exteriormente soy mil
veces m?s rica que ellos y que en fin, entre toda esa gente que me son m?s extra?os que los guijarros
de la ruta, al menos desde ciertos puntos de vista, ya nunca estar? sola.? Suger? una soluci?n que me
parec?a imponerse: la se?ora Mabille se inquietaba de las indecisas relaciones de Zaza con Pradelle.
183
184 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
Hab?a que pedirle formalmente la mano de su hija. Recib? en respuesta la siguiente carta. ?Ayer al
volver de Ari?ge donde pas? diez d?as desde todo punto de vista extenuadores, encontr? aqu? su carta
que esperaba. Desde que la he le?do no he hecho sino contestarla, hablar despacito con usted, pese a
las ocupaciones, al cansancio, todo lo exterior. Lo exterior es terrible. Durante los diez d?as que pas?
con los Br?ville, con B?belle en mi cuarto, no estuve un minuto sola. Me sent?a tan incapaz de soportar
sobre m? la mirada de alguien mientras escrib?a ciertas cartas, que para hacerlo tuve que esperar que
estuviera dormida y levantarme entre las dos y las cinco o las seis. Durante el d?a hab?a que hacer
grandes excursiones y contestar sin parecer nunca ausente a las atenciones, a las bromas amables de la
gente que nos recib?a. Las ?ltimas p?ginas que ?l recibi? de m? se resent?an terriblemente de mi
cansancio: le? su ?ltima carta en un estado tal de agotamiento, que seg?n lo veo ahora comprend?
bastante mal ciertos pasajes. Mi respuesta pudo hacerlo sufrir; no supe decirle todo lo que quer?a, todo
lo que era necesario, todo esto me desespera un poco; y si hasta ahora no me reconoc?a el menor
m?rito, siento que los adquiero en estos d?as, a tal punto necesito voluntad para resistir el deseo de
escribirle todo lo que pienso, todas esas cosas elocuentes y persuasivas con las cuales protesto en el
fondo de mi coraz?n contra las acusaciones que ?l persiste en hacer contra s? mismo, contra el perd?n
que tiene la inconsciencia de pedirme.. Yo no quisiera, Simone, escribirle a P. por intermedio de usted,
ser?a una hipocres?a, peor a mis ojos que una infracci?n a las decisiones que ya no debo discutir. Pero
vuelven a mi memoria algunos pasajes de sus ?ltimas cartas a los que no he contestado y que
contin?an desgarr?ndome. ?Algunas de mis cartas deben de haberla decepcionado.? ?La sinceridad con
la cual le he hablado ha debido fatigarla y darle una cierta tristeza.? Otras frases m?s que me hacen
saltar. Usted, Simone, que sabe la alegr?a que debo a P., que cada una de las palabras que me ha dicho
y escrito, lejos de decepcionarme, no han hecho sino ampliar y afirmar la admiraci?n y el amor que
tengo por ?l, usted que ve lo que yo era y lo que soy, lo que me faltaba y lo que me ha dado con tan
admirable plenitud; ?oh!, trate de hacerle comprender un poco que le debo toda la belleza de que
desborda en este momento mi vida, que no hay una cosa en ?l que no sea para m? preciosa, que es una
locura de su parte disculparse de lo que dice, o de las cartas de las que comprendo mejor la belleza y la
dulzura profunda cada vez que las releo. D?gale, Simone, usted que me conoce tanto y que ha seguido
tan bien este a?o todos los latidos de mi coraz?n, que no hay un ser en el mundo que me haya dado ni
pueda darme jam?s la felicidad sin mezcla, la alegr?a total que me viene de ?l y de la que no podr?
nunca, aun si dejo de dec?rselo, juzgarme sino indigna.
?Simone, si el paso de que usted habla pudiera, ser dado, todo ser?a m?s simple para este invierno.
Pradelle tiene para no hacerlo razones que son tan valederas a mis ojos como a los suyos. En esas
condiciones mam?, sin pedirme una ruptura total, me ha hecho prever tantas dificultades y restricciones en nuestras relaciones, que asustada por una lucha renovada sin cesar, he terminado por preferir
lo peor. Su respuesta a la triste carta que tuve que escribirle me hizo sentir demasiado lo que ser?a para
?l ese sacrificio. Ahora ya no tengo valor de desearlo. Voy a tratar de arreglar las cosas, de obtener a
fuerza de sumisi?n y de paciencia que mam? me haga, nos haga un poco de cr?dito, de apartar de ella
la idea que tuvo de mandarme al extranjero. Todo esto, Simone, no es simple, todo esta es duro, me
desespero por ?l. Dos veces me habl? de fatalismo. Comprendo lo que quiere decirme de esta manera
indirecta y a causa de ?l voy a hacer todo lo que est? en mi poder para mejorar su situaci?n. Pero
soportar? con ardor lo que sea necesario, encontrando una especia de alegr?a en sufrir a causa de ?l,
considerando siempre que cualquiera sea el precio que la pague nunca comprare demasiado cara la
felicidad en la cual ya he entrado, la alegr?a contra la cual ninguna cosa accidental tiene ning?n
poder? He llegado aqu?, muerta de ganas de estar sola. Adem?s de mi cu?ado encontr? a cinco de sus
hermanos y hermanas; duermo con la mayor y con las mellizas en ese cuarto en que he estado tan bien
con usted y con St?pha. Le he escrito estas l?neas en menos de tres cuartos de hora, antes de ir con mi
184
185 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
familia al mercado del pueblo; ma?ana todos los Du Moulin pasan el d?a aqu?; pasado ma?ana
Genevi?ve de Br?ville llega y habr? que bailar en casa de Mulot. Pero me quedo libre sin que nadie lo
sospeche. Todas esas cosas son para m? como si no fueran. Mi vida es sonre?r en silencio a la voz que
no deja de hacerse o?r en m?, es refugiarme con ?l, definitivamente??
Me irrit? contra Pradelle, ?por qu? rechazaba la soluci?n que yo hab?a propuesto? Le escrib?. Su
hermana, me contest?, acababa de comprometerse; su hermano mayor ?casado desde hac?a tiempo, del
cual no hablaba nunca? iba a irse a Togo; si le anunciaba a su madre que ?l tambi?n premeditaba alejarse, le dar?a un golpe fatal. ?Y Zaza?, le pregunt?, cuando volvi? a Par?s a fines de setiembre. ?No
comprend?a acaso que se agotaba en esas luchas? Contest? que ella aprobaba su actitud y por m?s que
me encarnic? no afloj?.
Zaza me pareci? muy abatida; hab?a adelgazado y perdido sus colores; ten?a frecuentes dolores de
cabeza. La se?ora Mabille le permit?a, provisoriamente, recibir a Pradelle, pero en diciembre se ir?a a
Berl?n y pasar?a todo el a?o: ella encaraba ese destierro con terror. Hice una nueva sugesti?n: que
Pradelle a expensas de su madre se explicara con la se?ora Mabille. Zaza sacudi? la cabeza. La se?ora
Mabille no aceptar?a sus razones; las conoc?a y s?lo las ve?a como pretextos. Seg?n ella, Pradelle no
estaba decidido a casarse con Zaza; si no, habr?a aceptado hacer las diligencias oficiales; a ninguna
madre se le quiebra el coraz?n porque su hijo se comprometa, ?esa historia no se ten?a en pie! Sobre
ese punto, yo estaba de acuerdo con ella; de todos modos no se casar?an hasta de aqu? a dos a?os; el
caso de la se?ora Pradelle no me parec?a tr?gico: ?No quiero que sufra por mi culpa?, me dec?a Zaza.
Su grandeza de alma me exasperaba. Ella comprend?a mi indignaci?n, comprend?a los escr?pulos de
Pradelle, y la prudencia de la se?ora Mabille; comprend?a a toda esa gente que no se comprend?a entre
s? y cuyos malentendidos reca?an sobre ella.
?Un a?o, no es un drama?, dec?a Pradelle fastidiado. Esa actitud juiciosa en vez de reconfortar a
Zaza pon?a su confianza a prueba; para aceptar sin demasiada angustia una larga separaci?n, hubiera
necesitado poseer esa certidumbre que a menudo hab?a invocado en sus cartas, pero en verdad le
faltaba dolorosamente. Mi previsi?n se justificaba: Pradelle no era f?cil de querer, sobre todo para un
coraz?n tan violento como el de Zaza. Con una sinceridad que se parec?a al narcisismo, se quejaba a
ella de carecer de pasi?n, l?gicamente ella ten?a que sacar en conclusi?n que la quer?a blandamente. Su
conducta no la tranquilizaba; ?l ten?a respecto a su familia delicadezas abusivas y no parec?a
inquietarse de que la hicieran sufrir.
S?lo se hab?an visto brevemente; ella esperaba con impaciencia la tarde que hab?an decidido pasar
juntos cuando por la ma?ana recibi? unas l?neas; acababa de perder a un t?o y no consideraba que ese
luto fuera compatible con la alegr?a, que se promet?a sacar de ese encuentro; se disculpaba. Al d?a
siguiente Zaza vino a tomar una copa a casa con mi hermana y St?pha y no logr? forzarse en sonre?r.
Aquella noche me envi? dos l?neas: ?No escribo para disculparme de haber estado siniestra pese al
vermut y a su reconfortante recibimiento. Usted debi? comprender, yo estaba todav?a abrumada por la
esquela de la v?spera. Cay? muy mal. Si Pradelle hubiera podido comprender con qu? estado de ?nimo
esperaba ese encuentro pienso que no lo habr?a postergado. Pero est? bien que no lo haya sabido, me
gusta mucho lo que ha hecho y no me ha venido mal ver hasta d?nde puede llegar todav?a mi
descorazonamiento cuando me quedo absolutamente sola para resistir a mis amargas reflexiones y a
las l?gubres advertencias que mam? cree necesario hacerme. Lo m?s triste es no poder comunicarme
con ?l: no me atrev? a mandarle unas l?neas a su domicilio. Si usted hubiera estado sola le habr?a
escrito algunas l?neas con su ilegible letra en el sobre. H?game el favor de mandarle enseguida una
carta para decirle lo que creo ya sabe, que estoy muy cerca de ?l en la pena como en la alegr?a, pero
sobre todo que puede escribirme a casa cuanto quiera. Har?a bien en no abstenerse, pues si no es
posible que lo vea pronto, necesitar? por lo r?enos terriblemente unas palabras de ?l. Por otra parte no
185
186 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
tiene que temer en este momento mi alegr?a. Aun si le hablara de nosotros lo har?a bastante
gravemente. Suponiendo que su existencia me libere quedan en la existencia bastantes cosas tristes de
las que se puede hablar cuando uno est? de luto. Aunque s?lo fuera de Poussi?re. He rele?do ese libro
anoche, me emocion? menos que al principio de las vacaciones. S?, Judy es magn?fica y atrayente; a
pesar de eso est? inconclusa y muy miserable. Que su gusto por su propia vida y las cosas creadas la
salve de la dureza de la existencia, lo admito. Pero su alegr?a no se mantendr?a frente a la muerte y no
es una soluci?n suficiente vivir como si en definitiva no existiera eso. Me avergonc? al dejarla, de
haberme quejado un momento, yo, que siento encima de todas las dificultades y las tristezas que
pueden disimularla a veces, y la alegr?a dif?cil de saborear y a menudo inaccesible para mi debilidad,
pero para la cual al menos ninguna persona de este mundo es necesaria y ni siquiera depende
completamente de m?. Esta alegr?a no disminuye nada. Aquellos a quienes quiero no tienen que
inquietarse, no me evado de ellos. Y me siento en este momento atada a la tierra y aun a mi propia
vida en este momento como no lo hab?a estado nunca.?
Pese a esa conclusi?n optimista, pese al asentimiento crispado que conced?a a la decisi?n de
Pradelle, Zaza dejaba asomar su amargura; para oponer a las ?cosas creadas? la alegr?a sobrenatural
era necesario que en este mundo ya no esperara poder descansar definitivamente sobre ning?n ser. Le
mand? unas l?neas a Pradelle que le escribi? enseguida; ella me agradeci?: ?Gracias a usted el s?bado
se esfumaron los fantasmas que me atormentaban.? Pero los fantasmas no la dejaron mucho tiempo en
paz y frente a ellos estaba muy sola. La misma inquietud que me causaba su felicidad nos apartaba a la
una de la otra, pues yo me irritaba contra Pradelle y ella me acusaba de desconocerlo; hab?a elegido el
renunciamiento y se alejaba cuando yo la exhortaba a defenderse. Por otra parte su madre me hab?a
cerrado su puerta y se ingeniaba para retenerla en casa. Tuvimos, sin embargo, en mi casa una larga
conversaci?n en la que le habl? de mi propia vida; al d?a siguiente me escribi? para decirme con
efusividad cu?nto se hab?a alegrado. Pero, agregaba, ?por razones de familia que ser?a muy largo
explicarle, no podr? verla hasta de aqu? a un tiempo. Espere un poco?.
Pradelle por otra parte le hab?a anunciado que su hermano acababa de embarcarse y que durante una
semana el cuidado de consolar a su madre lo ocupar?a por completo. Tambi?n esta vez fing?a parecerle
natural que ?l no vacilara en sacrificarla; pero yo estaba segura de que nuevas dudas la devoraban; y
deplor? que durante ocho d?as ninguna voz pudiera contrarrestar las ?l?gubres advertencias?
prodigadas por la se?ora Mabille.
Diez d?as m?s tarde la encontr? por casualidad en el bar Poccardi; yo hab?a ido a leer a la Nationale,
ella hac?a compras en el barrio: la acompa??. Ante mi gran asombro desbordaba de alegr?a. Hab?a
reflexionado mucho durante el curso de esa semana solitaria y poco a poco todo se hab?a ordenado en
su cabeza y en su coraz?n; ya ni siquiera su partida a Berl?n la asustaba. Tendr?a ratos de ocio, tratar?a
de escribir la novela en la que pensaba desde hac?a tiempo, leer?a mucho: nunca hab?a tenido tal sed de
lectura. Acababa de redescubrir a Stendhal con admiraci?n. Su familia lo aborrec?a tan categ?ricamente que no hab?a conseguido hasta entonces sobreponerse por completo a esa prevenci?n,
pero reley?ndolo esos ?ltimos d?as lo hab?a comprendido por fin y amado sin reticencias. Sent?a la
necesidad de revisar un gran n?mero de sus juicios: ten?a la impresi?n de que una seria evoluci?n
acababa de producirse en ella. Me habl? con un calor, una exuberancia casi ins?litos; hab?a algo
forzado en su optimismo. Sin embargo, me alegr?: hab?a vuelto a cobrar nuevas fuerzas y me parec?a
que estaba acerc?ndose mucho a m?. Me desped? con el coraz?n henchido de esperanzas.
Cuatro d?as despu?s recib? unas l?neas de la se?ora Mabille: Zaza estaba muy enferma; ten?a una
fiebre alt?sima y atroces dolores de cabeza. El m?dico la hab?a hecho transportar a una cl?nica de
Saint-Cloud; ten?a necesidad de soledad y calma absolutas; no deb?a recibir a ninguna visita: si la fiebre no ca?a, estaba perdida.
186
187 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
Vi a Pradelle. Me cont? lo que ?l sab?a. Al d?a siguiente de mi encuentro con Zaza la se?ora
Pradelle estaba sola en su departamento cuando llamaron a la puerta; abri? y se encontr? ante una
joven bien vestida, pero que no llevaba sombrero: en esa ?poca era muy incorrecto. ??Usted es la madre de Jean Pradelle? ?pregunt??. ?Puedo hablarle?? Se present? y la se?ora Pradelle la hizo entrar.
Zaza miraba a su alrededor; ten?a una cara blanca y p?mulos inflamados. ??Jean no est? aqu?? ?Por
qu?? ?Ya est? en el cielo?? La se?ora Pradelle asustada le dijo que ya iba a volver. ??Usted me odia,
se?ora??, pregunt? Zaza. La otra protest?. ??Entonces por qu? no quiere que nos casemos?? La se?ora
Pradelle trat? de calmarla lo mejor posible; ya se hab?a aplacado cuando poco m?s tarde lleg? Pradelle,
pero su frente y sus manos ard?an. ?Voy a acompa?arla a su casa?, dijo ?l. Tomaron un taxi y mientras
iban a la calle de Berri ella pregunt? con tono de reproche: ??No quiere darme un beso? ?Por qu? no
me ha besado nunca?? ?l la bes?.
La se?ora Mabille la meti? en la cama y llam? al m?dico; se explic? con Pradelle: no quer?a la
desgracia de su hija, no se opon?a a ese casamiento. La se?ora Pradelle tampoco se opon?a: no quer?a
la desgracia de nadie. Todo iba a arreglarse pero Zaza ten?a cuarenta grados de fiebre y deliraba.
Durante cuatro d?as en la cl?nica de Saint Cloud reclam? ?mi viol?n, Pradelle, Simone y champa?a?.
La fiebre no cay?. Su madre pas? la ?ltima noche junto a ella. Zaza la reconoci? y supo que mor?a.
?No se entristezca, mam? querida, dijo; en todas las familias hay una oveja negra: yo soy la oveja
negra,?
Cuando volv? a verla en la capilla de la cl?nica, estaba acostada en medio de un cantero de cirios y
flores. Llevaba un largo camis?n de tela burda. Su pelo hab?a crecido, ca?a en mechas lacias alrededor
de un rostro amarillento y tan delgado que apenas reconoc? sus rasgos. Las manos con largas u?as
p?lidas alrededor del crucifijo parec?an friables como las de una momia muy antigua. La se?ora
Mabille sollozaba: ?No hemos sido sino instrumentos entre las manos de Dios?, le dijo el se?or
Mabille.
Los m?dicos hablaron de meningitis, de encefalitis, no se supo nada preciso. ?Se trataba de una
enfermedad contagiosa, de un accidente? ?O Zaza hab?a sucumbido a un exceso de fatiga y de
angustia? A menudo de noche se me ha aparecido, muy amarilla bajo una capelina rosada, mir?ndome
con reproche. Juntas hab?amos luchado contra el destino fangoso que nos acechaba y he pensado
durante mucho tiempo que hab?a pagado mi libertad con su muerte.


https://clajadep.lahaine.org