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El urbanismo feminista pretende transformarlo todo radicalmente

Adriana Ciocoletto y Blanca Valdivia :: 08.03.20

El urbanismo feminista va al lado y de la mano de la economía feminista. Al mismo tiempo, el espacio es intrínsecamente necesario para poder cambiar las lógicas, ambos aspectos se retroalimentan. Es verdad que lo individual es importante, pero un reto tan grande necesita de lo colectivo. Para ello es necesario que la gente tenga lugares y tiempo en los que encontrarse para crear redes de apoyo mutuo. Puede ser el espacio público, pero también pueden ser centros sociales, ateneos, esquinas, cooperativas, sillas de camping que sacas para hablar con tus vecinas en verano… Ahí está la dimensión más individual o cotidiana de que los pequeños gestos pueden llegar a cambiar algo

Urbanismo
“El urbanismo feminista pretende transformarlo todo radicalmente”

La arquitecta Adriana Ciocoletto y la socióloga Blanca Valdivia han publicado el libro Urbanismo feminista, por una transformación radical de los espacios de vida (Virus Editorial, 2019) en el que recogen críticas y propuestas frente al modelo de ciudad neoliberal.


El Salto

 
8 mar 2020 05:00

¿Es posible un urbanismo que anteponga la vida y los cuidados al sistema productivo? ¿Cómo se pueden transformar las ciudades con el fin de impulsar mejoras en la vida cotidiana de una población diversa y compleja? Estos son los principales retos sobre los que trabaja la cooperativa de urbanistas feministas Col·lectiu punt 6 desde la investigación, la sensibilización y el desarrollo de proyectos. En el libro Urbanismo feminista, por una transformación radical de los espacios de vida (Virus Editorial, 2019) recogen críticas y propuestas frente al modelo de ciudad neoliberal. La arquitecta Adriana Ciocoletto y la socióloga Blanca Valdivia, dos de las cinco integrantes de la cooperativa y coautoras del libro, las detallan.

El diseño de las ciudades contemporáneas no es neutro ni casual. ¿Cómo se configura?
Adriana Ciocoletto: Desde la crítica feminista ponemos el foco en la llamada “zonificación” de la ciudad o la segregación de usos, que reduce las necesidades de la sociedad moderna a cuatro ámbitos: habitar, circular, trabajar y recrearse, obviamente insuficientes para la vida cotidiana. Estas necesidades se organizan en diferentes espacios interconectados a través de redes de transporte priorizando el automóvil, lo que genera que perdamos mucho tiempo en ir de un lugar a otro. Es un modelo que responde a un objetivo productivista pero, ¿qué pasa con la esfera reproductiva? No se ha tenido en cuenta a la hora de planificar las ciudades. Se ha invisibilizado, reduciendo los cuidados a la esfera privada. Como consecuencia de la división sexual del trabajo, se ha creado un sistema binario y una falsa dicotomía entre la esfera pública o “productiva” y la privada o “reproductiva”. 

Esta planificación que no deja tiempo para cuidar repercute directamente en la crisis global de los cuidados y en la mercantilización del trabajo reproductivo: se contratan personas, generalmente mujeres migradas, que a su vez dejan de cuidar a otras personas.
Blanca Valdivia: Las tareas de cuidados, realizadas mayoritariamente por mujeres, no han tenido un valor económico tradicionalmente, ni reconocimiento ni valor social. Esto se cruza con una lógica colonial en la que el bienestar del Norte Global se ampara y se construye muchas veces a partir de la explotación del Sur Global, y las tareas reproductivas también son parte del engranaje. Por eso, creemos imprescindible un cambio de prioridades en el urbanismo poniendo la vida en el centro, así como romper con la jerarquía Norte-Sur que sustenta el sistema capitalista y que está estrechamente vinculada a la crisis medioambiental y climática.

“Creemos imprescindible un cambio de prioridades en el urbanismo poniendo la vida en el centro, así como romper con la jerarquía Norte-Sur que sustenta el sistema capitalista”

En el libro mencionáis la necesidad de poner límites al crecimiento urbano y en contraposición abogáis por la ciudad compacta o próxima. ¿En qué se basa este modelo?
B.V.: Creemos que las mega ciudades no son sostenibles de ninguna manera. Generan que las personas tengan que realizar en su día a día desplazamientos larguísimos y en entornos contaminados, cosa que merma la calidad de vida. No tiene sentido que las grandes ciudades impulsen políticas de movilidad o medioambientales cuando a diario miles de personas se desplazan desde otros municipios para trabajar. Además, son muy difíciles de gestionar y la participación política desde abajo es casi imposible. Por eso creemos en una escala más pequeña, en territorios más coordinados. La ciudad compacta propone la mezcla de usos en espacios separados por distancias próximas de entre diez y veinte minutos con recorridos peatonales o de transporte público.

A.C.: Es un desequilibrio y desigualdad territorial más allá de lo expansivo. La ciudad recibe el doble de gente durante el día para llevar a cabo las actividades, y las personas que no viven en esa centralidad tan equipada, conectada, deben desplazarse a estos centros. Nosotras proponemos construir centralidades en diferentes espacios.

 

 

Aquellas personas que no entran en los parámetros establecidos de producción y de consumo, ¿quedarían excluidas dentro de la ciudad moderna?
B.V.: Entre las críticas que hacemos a los diferentes paradigmas urbanos está el llamado “urbanismo preventivo”. Es una práctica que excluye del espacio urbano lo que denominan como “malos usos”, que no están recogidos dentro de las conductas “cívicas” o dentro de un modelo consumista, como puede ser dormir en la calle o permanecer un largo tiempo en el espacio público. Para ello, se construyen espacios sin mobiliario urbano y asépticos, pensados para poder controlar, o se colocan elementos disuasorios estratégicamente como, por ejemplo, pinchos para tratar que las personas no utilicen el espacio público de ciertas maneras. Del mismo modo, se sancionan y penalizan las actividades que desde la normatividad se consideran negativas.

El miedo limita la libertad y la movilidad de las mujeres en la ciudad. ¿Qué proponéis desde el urbanismo feminista?
B.V.: Actualmente se hacen muchas lecturas desde un tono partidista e intentando sacar rédito político, tal y como hemos visto en periodo de elecciones en Barcelona o Madrid por ejemplo, donde los discursos sobre seguridad recaen en una estigmatización de determinados territorios y de determinados grupos de población.

Tampoco se puede revictimizar a las mujeres reforzando el discurso de que el espacio público es inseguro. Se tiene que tener en cuenta además que la mayoría de agresiones se dan en el entorno privado y por parte de personas conocidas. Es importante incluir la perspectiva de la interseccionalidad en la percepción de seguridad. A mi quizás me da miedo pasear por determinados barrios cuando vuelvo a casa de noche, pero a lo mejor a mi abuela lo que le da miedo es cruzar el semáforo porque no le da tiempo. Incluir, por ejemplo, que muchas mujeres racializadas todavía tienen más miedo a las violencias racistas, que son por las que se sienten más expuestas. Son temas que se tienen que trabajar a nivel social y político de raíz, pero creemos que el construir espacios urbanos que faciliten la vida comunitaria, la visibilidad, que haya redes de apoyo mutuo, espacios que estén bien equipados, bien señalizados… hará que cada vez más gente diversa se apropie del espacio público y para nosotras esto es lo que garantiza una mayor percepción de seguridad.

El espacio por sí solo no cambiará nada, si sigue bajo las mismas lógicas. El urbanismo feminista va al lado y de la mano de la economía feminista

¿Cómo hacer frente a la ciudad como mercancía y a sus consecuencias como la turistización, gentrificación, desahucios, precariedad e incremento de las desigualdades?
B.V.: Todos estos fenómenos se ven reflejados en la vida cotidiana de las personas. ¿Qué estrategias podemos generar? No hay una fórmula mágica, pero lo que está claro es que deben ser interseccionales, así como comunitarias y de base. Hay que pensar diferentes acciones de confrontación cotidianas, creando brechas en el sistema.

A.C.: También se pueden generar cambios desde lo individual, en tu actitud cotidiana; desde la apropiación de los espacios, el tipo de consumo que llevo a cabo, el tipo de ocio que tenemos… El urbanismo feminista pretende transformarlo todo radicalmente. El espacio por sí solo no cambiará nada; por más ciudades intermedias que diseñemos, si siguen bajo las mismas lógicas, nada cambiará. El urbanismo feminista va al lado y de la mano de la economía feminista.

B.V.: Al mismo tiempo, el espacio es intrínsecamente necesario para poder cambiar las lógicas, ambos aspectos se retroalimentan. Es verdad que lo individual es importante, pero un reto tan grande necesita de lo colectivo. Para ello es necesario que la gente tenga lugares y tiempo en los que encontrarse para crear redes de apoyo mutuo. Puede ser el espacio público, pero también pueden ser centros sociales, ateneos, esquinas, cooperativas, sillas de camping que sacas para hablar con tus vecinas en verano… Ahí está la dimensión más individual o cotidiana de que los pequeños gestos pueden llegar a cambiar algo. En muchos barrios de ciudades más allá de Madrid o Barcelona, como por ejemplo en València, se están llevando a cabo luchas hacia un urbanismo feminista, y es importante explicar y compartir estas victorias que se trabajan cada día y que van trayendo también sus frutos.

 


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