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La inmunidad del inmóvil

Hermann Bellinghausen :: 20.04.20

Mascarillas para el exterior, donde acecha un extraño enemigo. También están los que se ríen de la muerte y retan las nuevas reglas de distanciamiento físico. Los que se resisten a cambiar sus modales, los que necesitan sacar varo de donde puedan, los creyentes de algo tipo: “ni modo que por andar en su procesión me vaya a perjudicar Jesús crucificado”. Los que confunden al gobierno con la realidad. Los que no soportan un minuto más en el departamento y salen a pasear el perro, aunque sea de peluche. Y por último, los que les vale madres.
De todos modos, la vida no seguirá igual, ni siquiera para estos últimos que parecieran los más vacunados. Se volvió difícil seguir la indicación de Elías Canetti: “actúa como nunca volverías a hacerlo”. Pronto será necesario actuar como nunca lo hemos hecho.

La inmunidad del inmóvil
 
Hermann Bellinghausen
La Jornada
 
En estos días de dejar atrás las cosas hemos vuelto a todo. La reclusión, que puede o no ser una forma de soledad, nos regala tiempo, todo el tiempo disponible. Y, sin embargo, no alcanza. El día gira y de pronto ya anocheció, un poquito, mucho. Al fin, completamente. Y no hicimos esto por hacer aquello, dejamos inacabado ese encarguito ya-que-andas-en- home office (gran tendencia, modalidad de trabajo con enorme futuro. Para quienes conserven el trabajo. Para quienes conserven el futuro).

Regresamos a la covacha de los cachivaches para descubrir la cantidad de inútiles trebejos que acaparan polvo y espacio. Los ropavejeros se la ven menos dura que otros en esta temporada de escasez laboral, cierre de comercios y decaimiento productivo. Todos tenemos un taladro roto, un pie de lámpara o un colchón que botar, cajas de viejas compras, cosas anacrónicas como periódicos atrasados, pares de tenis petrificados en sudor y lodo seco, cuadernos de tarea de los niños que a la sazón dejaron de ser niños. Una lata repleta de tornillos de tuerca, pero no una lata de tuercas. Armagedón para los somnolientos nidos de araña y, ¡sorpresa!, una madriguera de ratones entre la petaca de papá y la gabacha de casetes sin casetes. Ropa de algún difunto, o nuestra, pero ya carente de sentido.

Cansados de la vajilla de toda la vida con grecas chatas, la mitad desportilladas de las orillas, nos animamos a intervenirla con las pinturas indelebles de los niños y las garrapateamos de colores, aunque luego nos arrepintamos.

El tiempo-pantalla parece incrementarse, pero no tanto como previmos. Enchufados ya estábamos a cuando mínimo dos o tres pantallas. Se incrementó, sí, el tiempo-nalga, pero sólo entre los sectores de la población antes dados al esfuerzo deportivo o condenados a la tunda de una mina, la construcción de una torre, un túnel, una autopista a través de territorios salvajes de indios hostiles. Trabajos serios, que no dejaban espacio para dar a las nalgas (y con ellas a los pies, las piernas, la cintura, los brazos) un paréntesis de asentamiento blando. En cambio ahora la disponibilidad abunda. De hecho los cojines de la sala pierden volumen y brillo. El sillón frente a la tele, que si no lo ocupa el abuelo el día entero se lo turnan la chiquillada, las señoras, hasta que llega papá con su háganse a un lado y así, en camiseta de tirantes y pantuflas, ocupa su tiempo-nalga, y por ese lapso el sillón vencido, abollado, deshilachado, vuelve a ser el trono del rey de la casa.

A todas horas visitamos o nos visitan los fantasmas que hemos dado en llamar amigos. Intercambiamos con ellos fotos del pasado lejano. Nuestras infancias están de moda, y son más tiernas que nunca. Resucitamos a nuestros padres y madres cuando eran jóvenes y guapos, a nuestros abuelos que en paz descansen y aquellos días felices en la playa o los bazares de algún pueblo mágico.

Y un dato duro, verificado científicamente sin sesgos ideológicos ni discriminación de género: entre más horas dedicamos a las conexiones, más ganas nos dan de insultar al prójimo, sean figuras públicas o ese pequeño imbécil que merecería refinados tormentos chinos o brutales aplastamientos de sesos, vísceras y los aquellos por mofarse de mis prístinos juicios en aforismos perfectos. ¿Qué pasará el día que nos volvamos a ver la cara después de habernos dicho hasta de lo que nos íbamos a morir? En este segmento de la población también se ha detectado que el empobrecimiento verbal, ya contagioso desde antes, se acelera drásticamente, pero se compensa con tal cantidad de monitos agitados y Travoltas envaselinados o desconcertados que no se puede hablar de vacío, antes bien de un horror vacui neobarroco de alcances incalculables y ya en poder del algoritmo, nuevo deus ex machina del destino humano.

Rulfianamente escuchamos algo inédito: el silencio. Hemos vuelto al insomnio, o a los sueños prolongados y con final.

Mascarillas para el exterior, donde acecha un extraño enemigo. También están los que se ríen de la muerte y retan las nuevas reglas de distanciamiento físico. Los que se resisten a cambiar sus modales, los que necesitan sacar varo de donde puedan, los creyentes de algo tipo: ni modo que por andar en su procesión me vaya a perjudicar Jesús crucificado. Los que confunden al gobierno con la realidad. Los que no soportan un minuto más en el departamento y salen a pasear el perro, aunque sea de peluche. Y por último, los que les vale madres.

De todos modos, la vida no seguirá igual, ni siquiera para estos últimos que parecieran los más vacunados. Se volvió difícil seguir la indicación de Elías Canetti: actúa como nunca volverías a hacerlo. Pronto será necesario actuar como nunca lo hemos hecho.


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