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Dora Coledesky: símbolo de la lucha por el derecho al aborto

Hernán Ouviña :: 20.01.21

Las miles de mujeres en Rosario mostramos que estábamos dispuestas a desafiar lo obsoleto, que no siempre lo legal es lo legítimo, que las leyes están detrás de la sociedad, que queremos cambiarlas para que se identifique lo legal con lo legítimo, para responder a las necesidades y deseos de la sociedad y para avanzar en construir un mundo que no sólo es posible sino necesario para enfrentar la barbarie”.

Dora Coledesky: símbolo de la lucha por el derecho al aborto

 

Hernán Ouviña

Dicen que hay pájaros que pueden trasladar semillas, cientos y hasta miles de kilómetros del punto en el que las recogieron o se les adosaron, y en esos vuelos trashumantes lograr que ciertas plantas y especies vegetales nazcan y arraiguen en nuevos territorios, tan distintos como distantes. Dora Coledesky fue sin duda una de estas aves migratorias. Nacida en Buenos Aires el 21 de junio de 1928, desde muy joven se vuelca al activismo de izquierda en contra de toda forma de opresión. Tras recibirse de abogada, decide “proletarizarse” en una gran fábrica textil llamada La Bernalesa, donde llega a ser electa delegada.

De formación marxista, participa en el Partido Obrero Revolucionario y durante los convulsionados años ’70 defiende junto a su compañero Ángel Fanjul a trabajadores/as, acompañando las luchas populares que proliferan como hongos por esos años, hasta que las amenazas y amedrentamientos de la Alianza Anticomunista Argentina (grupo paramilitar de ultraderecha) y el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, les obligue a exiliarse en Francia. Lo que comenzaba a emerger de manera incipiente como un reclamo de suma relevancia -la despenalización y legalización del aborto- queda trunco a raíz de la escalada represiva y la desaparición forzada de miles de militantes. Pero también, resulta eclipsado producto de una forma de pensar-hacer política donde las lógicas vanguardistas tradicionales de disputa por el poder obturaban concebir a la revolución de manera más cercana a las problemáticas de la vida cotidiana.

Será este distanciamiento forzado de su país de origen el que, paradójicamente, acerque a Dora al feminismo, movimiento en ese entonces en plena ebullición en Europa. Durante sus años en Francia, país que le da acogida, denuncia el terrorismo estatal en Argentina, al tiempo que entabla vínculo con otras mujeres latinoamericanas en una similar situación de destierro y teje alianzas con diversos organismos de derechos humanos. Tal vez haya tenido incluso la oportunidad de leer -en ese cambio de piel que significó su exilio- a la socialista franco-peruana Flora Tristán, intrépida mujer de raíces latinoamericanas que, un siglo y medio atrás, también supo hacer de la peregrinación y la defensa de los derechos de las mujeres un acto vital. En un texto redactado por ella en 1835, titulado “De la necesidad de dar buena acogida a las mujeres extranjeras”, tempranamente embistió sin tapujos contra una sociedad a la que consideraba “bárbara” e “indigna”, y que desprecia y aísla aún hoy en día a las migrantes. Lo cierto es que Dora Coledesky hace de su estancia en París una escuela de formación política, participa de la Liga Comunista Revolucionaria, se empapa de los debates en el seno del activismo anti-patriarcal y desaprende prejuicios que enemistaron en otra época al marxismo y al feminismo.

Consultada por esta etapa de destierro de Dora, Mabel Bellucci -feminista queer, autora del libro Historia de una desobediencia. Aborto y feminismo y una de las que más ha reconstruido su itinerario militante- nos confiesa que “antes de su exilio ella no tenía ningún vínculo con los movimientos sociales, porque en los años setenta quienes militaban en los partidos trotskistas, con los únicos que estaban relacionados era con el movimiento obrero. Pero cuando ella se tiene que escapar, por la avanzada de la Triple AAA que le había reventado la casa, llega a Francia, y a raíz de su contacto estrecho con los movimientos de derechos humanos, junto a las exiliadas latinoamericanas empiezan a tener puntos de convergencia, ya que estaban muy interesadas en denunciar las dictaduras cívico-militares instauradas en toda la región. Dora por militar en ese gran espacio de derechos humanos, comienza a vincularse por ejemplo con chilenas y uruguayas, que tienen una militancia también centrada en el feminismo. Es ahí que Dora empieza relacionarse y a entender lo que es el feminismo”.

Cual crisálidas, numerosas militantes políticas de América Latina que se fueron al exilio, retornaron feministas a sus respectivos territorios. “En Argentina los feminismos eran moléculas en la década del setenta, estaban encerrados en sí mismos, y la mayoría de los partidos de izquierda y organizaciones político-militares desconocían por completo lo que acontecía dentro de este universo. Es en el exilio donde se vinculan con las grandes corrientes feministas. En particular, esto ocurre en México, ya que ese feminismo es muy importante por estar al lado de Estados Unidos, donde el feminismo va a ser la cabeza motriz de los feminismos en la década del setenta, y va a inyectar irradiación en México, Centroamérica y Europa. En esa época es cuando Dora se vincula con estas corrientes, y a la vez hay un acercamiento con Simone de Beauvoir, quien ponía su nombre a disposición para hacer denuncias sobre violación de derechos humanos por parte de las dictaduras cívico-militares en nuestro continente”, agrega Bellucci.

El regreso de Dora a la Argentina en 1984 la encuentra sumida en el activismo en favor de esta causa. Es así como en 1988 crea junto a otras militantes la Comisión por el Derecho al Aborto (Codeab), que hace su aparición pública el 8 de marzo de ese año, dando difusión a esta exigencia a través de folletos, publicaciones, solicitadas y mesas en puntos neurálgicos de la ciudad de Buenos Aires (entre ellos la confitería El Molino, ubicada frente al Parlamento), bajo la consigna de “Anticonceptivos para no Abortar, Aborto Legal para no Morir”. El Encuentro Nacional de Mujeres, gestado en 1986 y al que Dora se suma desde un comienzo, año tras año concita un mayor nivel de convocatoria, emergiendo como un espacio propicio para instalar esta temática. El Quinto Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, realizado en San Bernardo (provincia de Buenos Aires) del 18 al 24 de noviembre de 1990, también opera como ámbito de confluencia e intercambio de experiencias, desde el que se elabora una Declaración de suma importancia, por el pliego que levanta de una consigna que se asume transversal a todo el continente.

En este contexto, la Comisión por el Derecho al Aborto resultó fundamental como espacio de interlocución y amplitud política para entrelazar voluntades y hacer visible la consigna del aborto más allá de los pequeños grupos que la levantaban, y dentro de ella Dora Coledesky cumplió un papel descollante en favor de esta vocación articulatoria. De acuerdo al testimonio que nos brinda Mabel Bellucci, “su feminismo era un feminismo básicamente obrerista, aunque sin ser una militante populista en lo más mínimo. Por haber sido obrera, tanto en Argentina como en su exilio, ella sostenía un feminismo muy vinculado a las mujeres trabajadoras, y le interesaba activar sobre todo dentro de los sindicatos”.

No obstante, aclara que Dora no tenía reparo alguno en entablar coaliciones con quién fuere. “En el período previo a la Conformación de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto, se hacen muchas coaliciones. Es a raíz de la combinación de esas coaliciones y de la resistencia frente al menemato, que se va a dar la rebelión de diciembre de 2001. Ella no tenía inconvenientes en hacer coaliciones con gays, travestis y trabajadoras sexuales. Lo que predominaba en aquel momento era un feminismo blanco, heterosexual, de clase media universitaria, que tenía enormes limitaciones para relacionarse con las disidencias sexuales. En Dora esto no existía para nada. De ahí que se haya vinculado con Carlos Jáuregui, activista gay y presidente de la CHA (Comunidad Homosexual Argentina), y también con Lohana Berkins, activista travesti que estuvo en la última etapa de la Comisión por el Derecho al Aborto”.

Si al decir de Bellucci este constituye un lado muy reivindicativo para tener en cuenta de la militancia feminista de Dora, “algo muy interesante es que ella estaba por fuera de las instituciones: podía tener diálogos con la Unidad Socialista, con el Frente Democracia Avanzada o con trotskistas, pero ella siempre se manejaba, tanto en su trayectoria laboral como en su militancia, por fuera de las instituciones. Mientras la mayoría del activismo feminista intentaba por todos los medios ingresar a las instituciones del Estado, Dora no necesitaba estrictamente estar en diálogo con el Estado o intervenir dentro de él”, detalla.

Asimismo, en su libro Historia de una desobediencia, explica que si bien antes de la Comisión existían otras agrupaciones que venían peleando por el derecho al aborto, en ellas este reclamo era parte de un pliego más amplio y heterogéneo, mientras que la Comisión “fue una voz que colocó el acento en el mismo punto, ya sea dentro del feminismo como en el movimiento de mujeres”, por lo que desde sus inicios “fusionó su denominación con su propio objetivo como imperativo categórico, en momentos en que el aborto era aún un ‘no dicho’, un ‘sin nombre’, una zona franca, un agujero negro”. Dora Coledesky llegó a reseñar, en un breve escrito elaborado tiempo después, el intenso derrotero de este espacio colectivo del que fue artífice. En él recuerda que el primer proyecto de ley de Anticoncepción y Aborto fue presentado en el Parlamento en 1992, a partir de la iniciativa de la Comisión, aunque ya en 1988 habían elaborado un Anteproyecto, que fue leído abiertamente en el Encuentro Nacional de Mujeres de Rosario al año siguiente.

Esta organización hizo de la pedagogía un centro de gravedad de sus prácticas, enhebradas a partir del diálogo de saberes, sentires y haceres que iban del conocimiento jurídico a la experiencia médica y sanitaria, del activismo sociopolítico de izquierda a la vincularidad amorosa, del aprendizaje feminista en el exilio a la experimentación de nuevas formas de acción militante al calor de la confrontación contra el neoliberalismo y la precariedad de la vida. Además de las iniciativas en espacios públicos, brindó contención, acompañamiento y asesoría a infinidad de mujeres, y editó durante casi dos décadas Nuevos Aportes sobre el aborto, una original publicación en la que volcaron vivencias, alegatos, información y reflexiones teóricas las principales promotoras de esta lucha, como Alicia Cacopardo, Eleonor Aquino y Alicia Schejter (aunque se incluyeron a la vez entrevistas y ensayos de, por ejemplo, Eduardo Galeano, Osvaldo Bayer y Leon Rozitchner). Dentro de este crisol de escritoras, despuntó por supuesto la propia Dora, quien supo elaborar notas para la mayoría de los números (se imprimieron un total de 16, en diferentes formatos y siempre de manera autogestiva), teniendo como eje transversal a la problemática del aborto.

En sus páginas, ella también abogó en favor del protagonismo integral de las mujeres, a las que denominó irónicamente en uno de sus artículos “la mitad invisible de la historia”, nombre con el que Luis Vitale -historiador marxista y amigo personal de Dora- tituló a uno de los primeros libros centrados en la resistencia y participación de las mujeres latinoamericanas en el devenir histórico de nuestro continente. Esta lucha mancomunada, según ella, debía tener como uno de sus pilares al derecho a decidir sobre los propios cuerpos-territorios, e implicaba una batalla frontal contra el conjunto de los poderes establecidos, empezando por la Iglesia.

Los años noventa fueron de una resistencia cada vez más enconada contra el neoliberalismo. En este marco, Dora activa en espacios de reagrupamiento sindical como la CTA, y junto a un grupo de incansables luchadoras logra que en su segundo Congreso Nacional -realizado en mayo de 1999 en Mar del Plata, con una presencia de alrededor de 8 mil delegados/as- se debata la despenalización del aborto. En él, por primera vez se aprueba esta consigna como parte del pliego de reivindicación gremial a conquistar. De ahí en más, el crecimiento y multiplicación de colectivos, agrupaciones y organizaciones que se suman a esta lucha, hace que la Comisión por el Derecho al Aborto mute, se amplíe y confluya en lo que será la Coordinadora por el Derecho al Aborto, de la que forman parte un conglomerado de movimientos y ámbitos de lo más variados, y también que la consigna interpele a varones y sea apropiada por ellos. Tal como se reconstruye en el blog Moléculas Malucas (www.moleculasmalucas.com), esto lleva a que la Coordinadora realice a fines del año 2000, por impulso de Valeria Pita, Mabel Bellucci y Dora Coledesky, una charla pública bajo el título de “¿El aborto es sólo una cuestión de mujeres?”, panel que contó con la participación exclusiva de varones, lo que habilitó a “extender las fronteras del feminismo”, abriendo al mismo tiempo el debate en torno a las nuevas masculinidades no hegemónicas.

La rebelión popular de diciembre de 2001 da nacimiento a numerosas asambleas barriales y espacios de autogestión, que empatizan con la exigencia de la Coordinadora. Surge así la Asamblea por el Derecho al Aborto, y varias de las activistas que dieron origen a la Comisión participan en estas instancias de democracia directa, entre las que se cuenta Dora. Las necesidades vitales devienen urgencia política y la política deviene una necesidad. El Foro Social Mundial funge de instancia de articulación de las rebeldías a nivel continental y global, en paralelo a que en Argentina el Encuentro Nacional de Mujeres logra masividad, aunque sin perder radicalidad en sus reclamos y dinámicas autoafirmativas.

Es así como en 2003, en Rosario, miles de mujeres votan un plan de lucha en favor del derecho al aborto. En un Editorial de la revista Nuevos aportes de octubre de 2004, ilustrado por un fotomontaje de Grete Stern, sintetizan este clima de época y la posición que Dora y sus compañeras de lucha sostenían en aquel entonces: “Las miles de mujeres en Rosario mostramos que estábamos dispuestas a desafiar lo obsoleto, que no siempre lo legal es lo legítimo, que las leyes están detrás de la sociedad, que queremos cambiarlas para que se identifique lo legal con lo legítimo, para responder a las necesidades y deseos de la sociedad y para avanzar en construir un mundo que no sólo es posible sino necesario para enfrentar la barbarie”.

Si el Encuentro Nacional de Mujeres concretado en Mendoza en 2004 oficia de antesala para su creación, el 28 de mayo de 2005 será la fecha en que sea lanzada públicamente la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, en ocasión del Día de Internacional de Acción por la Salud de las Mujeres. De inmediato decenas de organizaciones, movimientos y colectivas se incorporan a esta plataforma, haciendo de la unidad en la diversidad un eje estructurador del espacio. Dora arenga sin medias tintas a dar pelea por esta lucha que también es en defensa de la vida: “en esta lucha está en juego nuestra propia dignidad -por eso decimos que no es una simple reivindicación- es no ser consideradas como cosas, sino como seres humanos dispuestos a vivir una vida digna de ser vivida”, exclama en otra de sus notas.

El pañuelo verde se torna un emblema transversal de esta lucha, retomando uno de los mayores símbolos de defensa de los derechos humanos: el pañuelo de las madres y abuelas de Plaza de Mayo. En este caso, el color verde sintetiza la esperanza y un vínculo estrecho con la naturaleza que, hoy en plena crisis civilizatoria planetaria, entrelaza una común soberanía sobre los cuerpos-territorios, que requiere ser defendida contra las múltiples formas de violencia y despojo ejercidos por el sistema capitalista y heteropatriarcal de manera sistemática.

En 2006 se elabora colectivamente el Proyecto de Interrupción Voluntaria del Embarazo, durante una plenaria nacional realizada en la ciudad de Rosario, y al año siguiente se presenta por primera vez en la Cámara de Diputados de la Nación. Consciente de la importancia de esta apuesta, Dora sigue apelando a la movilización popular e irradiación masiva de esta exigencia, como garantía última para que el derecho al aborto se torne ley. En una nota publicada en el último número de Nuevos aportes, expresa que “la importancia de hacer un proyecto de la Campaña significa, no solamente que colocaremos el aborto voluntario sin restricciones, porque lo haríamos desde nosotras las mujeres, sino que lo llevaríamos a los sectores de la sociedad para que intervengan y lo hagan suyo, para obtener la presión necesaria y no depender de legisladoras/res bastante alejados en general del interés de las mujeres”. Sin embargo, no llegará a vivenciar el Ni Una Menos, los paros internacionales de mujeres y “pañuelazos” ni las multitudinarias manifestaciones callejeras de la nueva ola verde-violeta, ya que el 17 de agosto de 2009 fallece en su casa del barrio de Ituzaingó.

Martha Rosenberg, cofundadora de la Campaña Nacional, autora del libro Del aborto y otras interrupciones e integrante del Foro de Derechos Reproductivos, nos cuenta que “Dora fue una compañera muy valorada por su forma de armar política, que curiosamente resultaba muy flexible. Era una excelente política y hemos trabajado muchísimo juntas. Varias veces hemos discutido, pero siempre manteniendo una colaboración constante y objetivos comunes. Ella realmente es muy simbólica de la militancia y el activismo por el derecho al aborto como un asunto político, que siempre abarca mucho más que el objetivo específico, aunque el objetivo de la legalización del aborto por supuesto es prioritario, pero todas sabemos que es un objetivo que ‘interseccionaliza’ con muchas otras formas de opresión, discriminación y explotación de las mujeres y cuerpos gestantes”.

Martha aclara que en la época de Dora no usaban esta última extensión (cuerpos gestantes), sino que “simplemente la practicábamos, porque estaban integrados, integradas, integrades todes: lesbianas, travestis, transgéneros. Toda esa evolución política Dora, como ya hace 10 años que falleció, no la vivió en sus efectos discursivos, pero sí en su práctica. Era absolutamente integradora y siempre sumaba. Devino un símbolo por la legalización del aborto porque dedicó muchos años de su vida y su cotidianeidad a promover la conciencia y la lucha de las mujeres en este sentido. Hemos tenido una relación muy fructífera, muy cooperativa y muy emocional también, respecto de nuestras luchas y activismos. Por eso esta ley que se promulgó tiene que llamarse Dora Coledesky, porque es nuestra producción como Campaña y tenemos derecho a elegirle el nombre”, concluye.

Doce años más tarde de su partida, en las plazas de Argentina e incluso de otras latitudes de América Latina y el sur global, millones de pibas bailaron inmersas en un aquelarre festivo, celebrando la aprobación de la Ley 27.610 “Dora Coledesky”. Con sus pañuelos verdes y glitter en sus rostros, arengaron sin cesar ser “las nietas de las brujas que no pudieron quemar”. Sospechamos que, entre esas abuelas hechiceras, seguramente se encuentre esta terca militante de izquierda de incansable trajinar feminista que, con una sonrisa cómplice en los labios, las habrá observado atentamente desde el cielo, loca de alegría y montada en alguna escoba voladora. No caben dudas de que esas acaloradas noches de diciembre en la Plaza de los dos Congresos, el grito estruendoso de “¡Será ley!” no sólo aludió al aborto, sino también a la querida Dora.

 


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