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Vivas, libres, desendeudadas y transitando nos queremos. Crónica de una asamblea de migrantas de y desde NuestraAmérica

La Laboratoria, espacio transnacional de investigación feminista :: 19.12.21

En este 18 de diciembre de 2021, Día de Acción Global por los derechos humanos de las personas migrantes, contamos cómo nos acuerpamos en aquelarre virtual para cons-pirar entre migrantas, para aprender de su episteme, de su rabia, de sus duelos, de sus reinvenciones y, sobre todo, de sus resistencias a la violencia patriarcal, racista y clasista a lo largo de los corredores migratorios de las Américas.

La Laboratoria, espacio transnacional de investigación feminista

Vivas, libres, desendeudadas y transitando nos queremos

La Laboratoria

 
 

Crónica de una asamblea de migrantas de y desde NuestraAmérica

En este 18 de diciembre de 2021, Día de Acción Global por los derechos humanos de las personas migrantes, contamos cómo nos acuerpamos en aquelarre virtual para cons-pirar entre migrantas, para aprender de su episteme, de su rabia, de sus duelos, de sus reinvenciones y, sobre todo, de sus resistencias a la violencia patriarcal, racista y clasista a lo largo de los corredores migratorios de las Américas.

Soledad Álvarez Velasco, Cristina Burneo Salazar y Amarela Varela

Acorde con los tiempos digitales pandémicos, durante casi tres horas, el 25 de noviembre de 202,1 nos conectamos desde diversos puntos del continente y Europa para levantar nuestra voz en contra de las formas multidimensionales de violencia patriarcal, racista, clasista y nacionalista que el régimen de control fronterizo neoliberal ejerce contra millones de mujeres en movimiento en las Américas. Los relatos, críticas y denuncias de diecisiete mujeres migrantes crearon un tejido polifónico de voces que develaba cómo estas violencias se materializan, se concretan, toman forma. Unas eran madres buscadoras de hijos migrantes desaparecidos en ruta; otras eran trabajadoras en fábricas impactadas por la explotación del neoliberalismo en extenuantes horas de trabajo, pagos limitados y condiciones indignas, sin protección laboral alguna. Otras habían cruzado por trocha las fronteras para llegar a Colombia, a Ecuador, a Brasil, a México o a EE.UU., habían enfrentado a agentes migratorios, negociado con coyotes y la migra. La mayoría de las mujeres que formaron parte de este evento virtual transnacional  viven sin documentos, ilegalizadas por un sistema antihumano que despoja de derechos a las personas migrantes, siembra miedo en sus vidas como forma de control y se multiplica por las Américas. Otras compañeras ya acumulaban experiencias de violencia mucho antes de haber decidido migrar: fueron sido abusadas desde niñas, han crecido en la violencia de la pobreza y han recibido tratos racistas por ser mujeres indígenas, afrodescendientes o discriminadas por su origen de clase sin poder acceder al derecho a la educación, el trabajo digno o la libertad de expresión por el hecho de ser mujeres.

Cada vez  que ellas tomaban la palabra durante la Asamblea de Mujeres Migrantes,  no solo nos enseñaban con su relato que esas violencias habían dejado profundas heridas coloniales en sus cuerpos e historias, sino y sobre todo nos enseñaron, compartiendo, que para cada violencia que han vivido, asimismo han imaginado estrategias de lucha y resistencia que encarnan y practican. Son mujeres que resienten y resisten, que combaten la opresión poniendo en práctica la política de la voz y la política del silencio. Al poner su voz para narrarse con otras mujeres, los dolores que cargan se vuelven menos pesados y todas aprenden para que ese peso aminore. “Contarnos lo que vivimos, contarnos nuestras historias”, decía una de ellas, “ayuda también a cobrar conciencia de que tenemos que luchar por nuestros derechos y combatir tanta injusticia contra las mujeres migrantes”. Muchas de las asambleístas son parte de colectivos feministas en los lugares donde residen o en espacios en los que confluyen el arte y la militancia feminista. Por ejemplo, Natalia Giraldo, colombiana en Brasil, es integrante de Magdas Migram de Río de Janeiro, colectivo de mujeres de las Américas que migraron a Brasil y trabajan desde el teatro de las oprimidas para sanar dolores y politizar sus vidas. La política del silencio también es parte de su combate: saber qué contar, a quién contárselo, cuándo contar, para qué hacerlo y cuándo callar es una estrategia de lucha. No todos los dolores vividos se pueden compartir con sus seres queridos; no todas las experiencias de violencia se pueden poner común en cualquier espacio familiar o público. En sus relatos, ellas también nos enseñaban cómo en su experiencia migrante aprendieron a dosificar lo que cuentan para cuidar: a sus madres y padres en los países de origen no les han contado de todos los dolores que cargan por haber sido discriminadas y violentadas en ruta, tampoco les dicen a sus hijes todos los sacrificios que han hecho para enviarles remesas cada mes, ni todas las veces que lloraron en silencio porque tenían miedo o añoranza de vivir otras vidas posibles.

Esos cuerpos de mujeres migrantes que resienten y resisten las violencias y que activan la política de la voz y del silencio se congregaron virtualmente en asamblea. En esta ocasión, algo más sucedió: las mujeres construyeron un bien común con sus memorias, sus experiencias y sus vidas, enseñándonos que la única forma de sostenernos vivas, cuidadas, libres, desendeudadas y en movimiento transfronterizo es creando tejidos de solidaridad feminista transnacional y una memoria colectiva. “Ya no podemos dejar de cuidarnos porque ya nos juntamos”, dijo alguna de ellas. Por eso, desde el colectivo Inmovilidad en las Américas, desde La Laboratoria y desde Corredores Migratorios, apenas como muchas otras plataformas que en ese aquelarre virtual se tejieron, nos comprometemos para sostener este tejido polifónico de mujeres migrantes en resistencia por las Américas, su voz y sus silencios son lecciones fundantes para seguir una lucha por una justicia migrante, feminista y transnacional.

¿Por qué una asamblea? Un bien común se construye entre pares con amor y cuidado cotidiano, y la asamblea es parte fundamental de ese proceso. Como nos lo recordó siempre el Comité Invisible, la asamblea radical no divide la palabra de unos pocos que gobiernan sobre otros muchos. Por el contrario, la asamblea se hace mientras se piensa en colectivo, mientras se comparte la palabra y se organiza la acción, y son las protagonistas de una experiencia determinada en el mundo quienes la sostienen. Las experiencia en el mundo que comparten las mujeres de la Asamblea de Mujeres Migrantes de las Américas está dada por el movimiento: la migración, la deportación, el retorno, el refugio, el cruce, la espera. El movimiento, sus pausas y giros en un espacio tan amplio como las Américas y Europa, destino principal de la migración transatlántica, hacen un bien común cuando se narran, se tejen y se comparten con la determinación con que ellas lo hacen, aun al permitirnos acompañarlas.

Decenas de prácticas políticas de organización fueron compartidas por las asambleístas. Minouch camina desde Haití, tiene dos hijos. En el momento mismo de la Asamblea, se halla en Necoclí, Antioquia, y se propone cruzar el peligroso tapón de Darién. Natalia Hernández Fajardo es colombiana en Argentina y forma parte de Revista Amazonas y Acción Global Feminista por Colombia, colectivo que se sumó a visibilizar las vulneraciones de DDHH durante el paro nacional en Colombia, el mismo que reprodujo violencias que conocemos bien en todos nuestros países, violencias que también expulsan. Lourdes Aldana, venezolana en Ecuador, comenzó como recicladora para reorganizar su vida, “de rodillas ante la tierra”, como relata en la asamblea. Esther, igualmente en Ecuador, lucha por la autoorganización sin papeles en un país como Ecuador, donde la xenofobia institucionalizada, la violencia burocrática y la violencia obstétrica contra las migrantes sucede cotidianamente. Anayelisth Carpio, desde la ciudad de Manta, apuesta desde Juana la Avanzadora por la lucha compartida entre mujeres venezolanas, colombianas, ecuatorianas y españolas.  Susana Vázquez es cubana en México, colabora con la organización de mujeres ayuuk Nääxwiin, que trabaja con mujeres indígenas que viven violencia. Forma parte de la Colectiva Caminantas, que acompaña a migrantas en su tránsito y proceso migratorio en Jalisco. Susana se refiere justamente a algo fundamental en la asamblea: la violencia política es un factor de despolitización de las luchas migrantes, por ejemplo, cuando los Estados prohíben la protesta social a quienes no han nacido en el suelo en donde quieren movilizar su indignación. “La violencia política nos persigue lejos de nuestros países”, dice también Alba Pereira.

Ana Enamorado es una mujer símbolo de las madres buscadoras. Hondureña en México, lleva 9 años allí. Es madre de Oscar Antonio López Enamorado, desaparecido en 2010. Ana busca a su hijo y acompaña a cientos de familias migrantes en búsqueda de sus seres queridos desaparecidos en tránsito. Delia Colque Kilca, boliviana aymara en Bolivia y retornada de Argentina, pertenece a Ni una Migrante Menos Argentina-Bolivia y a la Articulación de Mujeres y Feministas Pluridiversas de la Paz y el Alto. Es una madre transnacional, migró a Argentina en 2005 huyendo de la violencia machista, y tiene un hijo de casi 13 años, por quien constantemente vuelve allá. Quxabel Cárdenas, hondureña en Costa Rica, pertenece a Enlaces Nicaragüenses, nació en Honduras y viajó a Nicaragua a unirse a los procesos sociales en 1975. Luego tuvo que migrar a Costa Rica. Enlaces Nicaragüenses es una organización de mujeres migrantes económicas. Alba Pereira es una lideresa venezolana en Colombia, directora de la fundación “Entre dos Tierras” en Bucaramanga, llegó a Santander en 2011. De “Entre dos Tierras” salen casi 800 platos de comida al día para caminantes de la ruta y se considera un “consulado” informal en la región.

Yolanda Varona Palacios es mexicana en México, sobreviviente de violencia sexual y fue deportada. A partir de su experiencia, fundó Dreamers Moms Usa Tijuana A.C., politizando la maternidad transnacional y la realidad compartida de la deportación. Lleva diez años sin ver a su hija. Odilia Romero es zapoteca en California, vive allá hace 40 años como migranta. Es directora ejecutiva de Cielo, comunidad-organización que sirve a las comunidades indígenas migrantes en EEUU. Sostener la vida en un espacio transnacional, protegerse contra la explotación laboral, la persecución política, hacer visible la violencia machista como razón de huida, hallar a sus hijos, son luchas que estas mujeres han sostenido por décadas ya. Ross Oliveras es mexicana en Estados Unidos. Roos migró a USA en el 2000 y, 20 años más tarde, llegaron a su casa oficiales, fue arrestada con su esposo y su hija y estuvo a punto de ser deportada. Pasó 6 meses detenida en un ICE y lo denunció, no sin dolor, en la asamblea, pues acababa de suceder. La violencia migratoria está sucediendo siempre, igual que sus resistencias.

Las luchas de las mujeres migrantes nos están diciendo que tenemos muchas pertenencias, que las ciudadanías nacionales con una sola lengua, una sola identidad, un solo suelo, son insuficientes cuando se les contrapone la vitalidad del movimiento. La asamblea nos está mostrando otra manera de habitar el mundo.

Muchas miradas feministas de la migración: la de sus protagonistas

Esta segunda asamblea de migrantes toma lugar en el marco de una apuesta de largo aliento que como intérpretes de la migración, como periodistas e investigadoras del refugio, el exilio, el desplazamiento forzado y las migraciones en general hacemos desde los colectivos y las plataformas en las que trabajamos desde hace años muchas de las participantes de este esfuerzo.

Partimos del desafío, de la pulsión de los colectivos de migrantes que nos han planteado de manera reiterada que en el debate público y publicado faltan sus voces, por eso proponen que #NadaSobreMigrantesSinSusVoces. Al mismo tiempo, en los estudios críticos sobre las migraciones llevamos un tiempo pensando en la categoría de espectáculo de frontera para referirnos al instrumentalismo que los medios hegemónicos y no pocos discursos académicos hacen del dolor de las personas migrantes y sus comunidades. Ante este uso en clave de pornonecropolítica de la migración, que desvirtúa las vidas y las heridas de las personas migrantes, quienes se mueven buscando una vida que se pueda vivir nos han enseñado la necesidad de hackear el espectáculo fronterizo, partiendo de una apuesta, un común concreto: una política de autorrepresentación radical. Por eso, celebramos esta segunda asamblea y celebraremos muchas más. Vamos a cuidar junto con ellas el bien común de la migración narrada en todas sus dimensiones y en la primera persona del plural, compartida, revitalizada por la lucha, acompañada y persistente.

Aquí puedes ver la grabación completa de la Asamblea de Mujeres de Migrantes: Asamblea de mujeres migrantes, 25 de noviembre de 2021, dentro del archivo digital del proyecto (In)Movilidades en las Américas y COVID-19, en el que también puedes visionar la Primera asamblea de migrantes del pasado 15 de mayo de este 2021 .

 


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