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México: Notas sueltas para recordar en el centenario de Luis Villoro

Rebelión :: 03.11.22

Para enfrentar la devastación que sufría México, la lucha organizada de los pueblos era la única salida. No había que someterse a los juegos del Estado. Había que defender e impulsar la autonomía y la democracia directa. Había que defender los valores comunitarios.

Notas sueltas para recordar en el centenario de Luis Villoro

Rebelión

03/11/2022 
 

Introducción

La producción filosófica de Luis Villoro es amplia, profunda original y muy interpelante. Ha realizado análisis sistemáticos y cuestionamientos epistémicos fundamentales a conceptos como el hombre, el conocimiento, el poder, el valor, el sentido, la revolución, la justicia, la ideología, la pluralidad, la libertad, la interculturalidad y la democracia. Reinterpretó el renacimiento a través de la modernidad. Exploró el proceso ideológico de la revolución de independencia. Categorizó la cultura mexicana de 1910 a 1960. Dio cuenta de la pluralidad de culturas. Estudió los conflictos interculturales. Contrastó el Estado homogéno con el Estado plural. Investigó el relativismo y el universalismo ético. Se adentró en la filosofía de la religión. Se preocupó por comprender los grandes momentos del indigenismo en México. Indagó el principio de la injusticia y los linderos de la ética. Incursionó en la identidad de los pueblos. Ahondó en los derechos humanos y los derechos de los pueblos. Mostró cómo era la libertad de la comunidad y descubrió la autonomía de los pueblos indios. Deambuló en una filosofía para un fin de época y en los retos de una sociedad por venir.

La revista Piezas dedicó uno de sus números para revisar sus aportes filosóficos. Héctor León apuntó que Villoro era un pensador que había hecho de la filosofía un estilo de vida, y que la suya había sido una vida de compromiso. Su filosofía fue un ejercicio riguroso y crítico, creativo y sensible. Se había referido a la justicia, a la democracia y a la igualdad no sólo como temáticas de pensamiento sino con la obligación de pensar la realidad en función de resolverla. Francisco Salinas destacó que el tema del indigenismo lo había abordado desde 1950; pero había hecho una autocrítica conforme profundizó en las realidades de los pueblos originarios. Gabriel Vargas Lozano señaló que Villoro había sido un gran gran pensador mexicano que profundizó en el pensamiento filosófico en forma creativa y buscó fundamentar las bases teóricas de un movimiento hacia una mejor sociedad. Analizó conceptos vinculados al movimiento zapatista. Resaltó el sentido de comunidad para superar los problemas propios del Estado-nación occidental. Enfatizó que toda su obra había estado dedicada a los indígenas de México. Carmen Villoro se refirió a su padre como un hombre optimista y luminoso que siempre había mantenido una preocupación por el otro y por el sufrimiento ajeno indagando cómo revertirlo. Habiendo tenido una idea de filosofía marcadamente académica, la interpeló frente a la opresión y en búsqueda de libertad. Recordó que desde muy joven su padre había tenido la preocupación de cómo sus ideas podían aterrizar en cuestiones de cambio y transformación social. Analizó que hubo un tiempo en que lo académico y lo político iban cada uno por su lado, pero que hacia el final los reunió. Recalcó que los zapatistas ocupaban un lugar muy importante y que lo filosófico y lo político social habían encontrado en el mundo zapatista el lugar donde converger. Y llamó la atención de que eso le había dado mucha alegría, una gran satisfacción y le confirmó que su vida había tenido sentido. [1]

La alternativa

Su hijo Juan se refirió a que en los homenajes que se habían hecho a su padre después de su muerte había prevalecido cierto diagnóstico académico. Se le reconocía que había analizado con lucidez el presente, pero se le criticaba que había caído en cierto romanticismo al atisbar a la sociedad por venir. Comentó Juan que en un clima dominado por el pragmatismo y el temor a las utopías, concebir un mundo que no existía podría parecer un anhelo desmesurado, pero que no había sido otra la tarea de la filosofía desde Platón a Giorgio Agamben, pasando por Charles Fourier y Simone Weil. Cuando presentó el libro de su padre que se difundió inmediatamente después de su muerte, titulado La alternativa, Juan resaltó que no era un libro que estuviera dialogando con la academia, sino de alguien que quería comunicar un saber de manera inmediata. Y llamó la atención de que su prosa de aparente sencillez, tenía que ver con el contacto con las comunidades indígenas y que se expresaba desde la sabiduría acumulada. Ese libro criticaba el orden y el lenguaje del capitalismo y neoliberalismo y proponía iniciar con otro mundo distinto al dominante, explicando por qué un Estado monoétnico es un absurdo y sostenía que otra democracia más profunda que la meramente procedimental era urgentemente necesaria. A partir de la experiencia de las Juntas de Buen Gobierno en la zona zapatista el libro mostraba cómo se podía pasar de una democracia representativa a formas más directas de mando colectivo. Al interrogante de si podía la política coexistir con la ética la respuesta era afirmativa con la condición de que el ejercicio del poder sirviera a la comunidad y no fuera un fin en sí mismo.[2] En este libro se difundió el profundo intercambio epistolar sobre ética y política entre el vocero del movimiento zapatista el Subcomandante Marcos (SupMarcos) y don Luis Villoro.

El primer intercambio epistolar

La primera carta proviene de la pluma del SupMarcos a mediados de febrero de 2011.[3] Se refiere a las guerras y de manera particular a la guerra desatada en México por el presidente Calderón. Marcos anota que como todas las guerras de conquista viene desde el poder. Recalca que es una guerra perdida porque fue concebida para respuesta a una legitimidad cuestionada. Pero sus efectos son nefastos porque está destruyendo el último reducto que le queda a una Nación: el tejido social. Marcos anota que la identidad colectiva de la Nación está siendo destruida y está siendo suplantada por otra. Cita una entrevista que hacía años le habían hecho a Luis Villoro donde el filósofo dijo que una identidad colectiva no era más que una imagen que un pueblo se forjaba de sí mismo para reconocerse como perteneciente a ese pueblo, y que se refería a aquellos rasgos en que una persona se reconocía como perteneciente a una comunidad, mientras dicha comunidad aceptaba a esa persona como parte de ella. La imagen que el pueblo se forjaba no era necesariamente la perduración de una imagen tradicional heredada, sino que generalmente se la forjaba el individuo en tanto pertenecía a una cultura, para hacer consistente su pasado y su vida presente con los proyectos que tenía para esa comunidad.La identidad no era un simple legado que se heredaba, sino que era una imagen que se construía, que cada pueblo se creaba, y por lo tanto era variable y cambiante según las circunstancias históricas. Hasta aquí la cita de Villoro. Marcos proseguía argumentando que lo que existía en esos momentos era una imposición, por la fuerza de las armas, del miedo como imagen colectiva, de la incertidumbre y la vulnerabilidad como espejos en los que esos colectivos se reflejaban.De esta guerra no sólo resultarían miles de muertos, sino jugosas ganancias económicas. Pero lo que conllevaba era una nación destruida, despoblada, rota irremediablemente.

En su primera respuesta en febrero Villoro aludió que realidad en las guerras no podía hablarse de vencedor o vencido ya que, desde el punto de vista humano, con las muertes, la sangre derramada y la destrucción material, ambos bandos resultan perdedores. Estaba de acuerdo en que la guerra del gobierno era impuesta desde arriba y producto del capitalismo. Apuntaba que en la guerra calderonista no se pretendía destruir al contrario en su sentido clásico, sino que se trataba de una guerra para anular el terreno de la realización y las posiblidades populares. Mientras en el capitalismo regía el individualismo, en la alternativa zapatista surgían valores comunitarios que representaban a la persona en su individualidad y se realizaban en una comunidad.

El segundo intercambio epistolar

La segunda carta de Marcos apareció el mes de abril.[4] Decía que la guerra de arriba seguía y que su paso de destrucción pretendía también que se aceptara ese horror cotidiano como si fuera natural e imposible de cambiar. Como si la confusión reinante fuera premeditada y pretendiera democratizar una resignación que inmovilizaba, que conformaba, que derrotaba, que rendía. Pero cuando se organizaba la confusión y se ejercía conscientemente la arbitrariedad, era preciso tratar de desorganizar esa confusión con la reflexión crítica. Marcos tocaba algunos de los puntos que Villoro le había dado en su respuesta. Decía que la reflexión crítica estaba aparentemente estancada. Que el heroico esfuerzo de colectivos anarquistas y libertarios por sustraerse de la lógica del mercado capitalista era efecto y causa de un pensamiento radical. Y que el futuro tenía su apuesta principal en los pensamientos radicales. Las organizaciones sociales de izquierda independiente resistían. Los pueblos originarios sabían de dolor y lucha y mantenían la resistencia. Estaba la digna rabia de las madres y padres de asesinad@s, desaparecid@s, pres@s; y recordaba que en este país no pasaba nada hasta que las mujeres decidían que pasara. También se refirió a la indignación cotidiana de obrer@s, emplead@s, campesin@s, indígenas, joven@s frente al cinismo de los políticos sin distinción de color. Existía una persistente lucha por la libertad a l@s pres@s polític@s y la presentación con vida de los desaparecidos.

Marcos destacó que en su respuesta don Luis tocaba el tema del individuo y del colectivo. Dijo que una añeja discusión de arriba los contraponía y había usado para hacer la apología de un sistema, el capitalista, frente a las alternativas que surgían como resistencia. Había que tener en cuenta que los anhelos fundamentales de todo ser humano eran mejor vida, más libertad, mayor conocimiento, los cuales podían alcanzare en un colectivo, o dicho de otra forma, no podían alcanzarse sin el colectivo. Porque acabar con la arbitrariedad, desorganizar la confusión y parar la guerra eran tareas colectivas. Esas reflexiones colectivas no pretendían alcanzar la verdad general, pero sí trataban de alejarse de la mentira unánime que desde arriba se trataba de imponer. Realizó una dura crítica a la partidocracia. Marcos planteaba que el mundo como se conocía sería destruido. Primero vendrían movilizaciones espontáneas, violentas y fugaces. Luego sobrevendría un reflujo Pero después surgirían nuevos levantamientos, pero organizados porque participarían colectivos con identidad.

Villoro dio su segunda respuesta en abril diciendo que estaba de acuerdo en la lucha contra la partidocracia. Recordó que los zapatistas eran conscientes de que la responsable de la injusticia era en último término la voluntad de poder, por lo que era muy loable que los zapatistas hubiera proclamado que su objetivo no era la toma del poder sino el despertar de la gente contra ese poder. Apuntó que habían abierto una nueva vía al mostrar que la voluntad de los pueblos iba más allá de las elecciones. También Villoro enfatizó su acuerdo en dar prioridad a la ética en la política. Consideraba que el punto de partida debían ser las experiencias particulares presentes de marginación e injusticia.

El contexto del movimiento contra la guerra y a favor de una auténtica paz

Marcos había dicho que esperaba que la legendaria tenacidad del poeta Javier Sicilia, así como estaba convocando la palabra y la acción de los zapatistas, alcanzara a agrupar las rabias y dolores que se multiplicaban en los suelos mexicanos. Había dicho que había muchos colectivos a quienes no les interesa ya ni cambiar ni renovar a una clase política parasitaria. No querían cambiar de amos, sino vivir sin ellos. A la marcha convocada por Sicilia desde Cuernava hacia la ciudad de México, Marcos le respondió que los zapatistas se sentían convocados y responderían al llamado contra la guerra marchando en San Cristóbal de las Casas y llevarían carteles con los mensajes: “Alto a la guerra de Calderón”, “No más sangre” y “Estamos hasta la madre”. Respondiendo al llamado de Sicilia de nombrar a las víctimas, los zapatistas dirían los nombres de las niñas y niños muertos en la guardería de Hermosillo, a quienes no se les había hecho justicia. Los zapatistas sabían bien que nombrar a los muertos era una forma de no abandonarlos y de no abandonarse los vivos. Más de 15 mil zapatistas marcharon en San Cristóbal de las Casas el 7 de mayo. Fue la manifestación más numerosa que se recordaba allí desde 2001 cuando arrancó la llamada Marcha del Color de la Tierra. Fue la primera vez que los zapatistas se sumaban a una convocatoria de fuera de su movimiento. Zapatistas tzotziles, tzeltales, tojolabales, choles, zoques y mames llevaban mantas en las que se solidarizaban con el dolor de los familiares que han perdido seres queridos en la cruel guerra de Calderón. Dieron vivas a la vida, la libertad, la justicia y la paz y hubo discursos en sus diferentes lenguas.

El tercer intercambio epistolar

Marcos envió su tercera misiva a don Luis en agosto de 2011.[5] Plantéo entre varios temas la situación política de Chiapas, la carestía económica en el país, de los muertos, la organización impulsada por Javier Sicilia en su movimiento por la paz con justicia y dignidad. Apuntó que la teoría, la política y la ética se entrelazaban de formas no muy evidentes. Ciertamente no se trataba de descubrir o crear verdades. Dijo que creía que estarían de acuerdo en que su empeño apuntaba más hacia tratar de hacer «saltar» las líneas no evidentes, pero sustanciales, de esos quehaceres. Aceptaba que había seguir insistiendo en anclar sus reflexiones teóricas en los análisis concretos. En Chiapas seguían en resistencia ante las agresiones provenientes de todo el espectro político, pues todos los partidos políticos los atacaban. Los zapatistas eran un ejemplo de que era posible que todos los partidos políticos tuvieran el mismo objetivo de atacar la insurgencia zapatista, auspiciados por los gobiernos de los tres niveles. Puntualizó que una prensa, local y nacional, bien aceitada con dinero, no alcanzaba a ocultar, con el disfraz de unanimidad, la guerra intestina en la política de arriba. Se constataba que las reglas internas de la clase política estaban rotas, pues aunque hicieran acuerdos, ya no tenían la capacidad de cumplirlos. Y una clase política que no respetaba sus acuerdos internos era un cadáver esperando sepultura. La clase política no entendía que su tiempo había terminado. Dijo estar de acuerdo en el señalamiento de que los crímenes contra inocentes encerraban una triple injusticia: la de la muerte, la de la culpa y la del olvido.

En octubre don Luis respondió. Escribió que había que continuar con ese intercambio epistolar en el que compartían visiones ante la devastación que sufría México y enfatizaba la reflexión de Marcos que no pretendían descubrir “verdades”. Reafirmaba su acuerdo en que nada se podía esperar de la partidocracia porque todos los políticos eran “iguales” y la izquierda institucional había dejado de ser izquierda. Coincidía también en lo injustificable que era culpar a las víctimas, una práctica común del gobierno. Saludaba y compartía el respeto que Marcos mostraba hacia el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad encabezado por el poeta Sicilia. Añadía una recomendación, que se debía continuar por ese camino sin someterse al juego del Estado. Se refirió a que hacía poco se habían reunido Pablo González Casanova, Víctor Flores Olea y él mismo, y que después de examinar y debatir habían conseguido bosquejar lo que consideraron que eran las bases necesarias para un pacto nacional por un movimiento de movimientos con el fin de hacer realidad la democracia directa, la que se ejercía en las comunidades indígenas y campesinas zapatistas, desde abajo, la cual se podía considerar como realmente una democracia. Compartía algunos de los puntos que proponían: una democracia directa más allá de los partidos; reconocimiento y apoyo a los derechos de los pueblos indios y sus autonomías; defender la soberanía nacional, las garantías individuales, los derechos sociales y comunitarios; impulsar la educación nacional, la salud pública y la seguridad social; reestructurar la deuda externa y la política así como recuperar el patrimonio nacional para impulsar un nuevo proyecto de desarrollo autosustentable. Sintetizaba que todo esto implicaba el rescate de la idea de un México que igualara con su vida el pensamiento. Advertía que había variantes a precisar, pero que ese proyecto era una invitación a colectivos, localidades, entidades y sectores que buscaban nuevas alternativas para la libertad, la justicia y la democracia. Se tenía que conformar un programa mínimo que no se quedara en palabras y que influyera en otros países de la amplia América. Insistía en que esa propuesta surgía teniendo en cuenta el acuerdo, manifestado ya, de que la alternativa a la dominación existente no podía ser una revolución en el sentido tradicional, sino una organización como la propuesta por la Otra Campaña. Finalizaba precisando que el pacto mencionado podría fortalecerse con el acercamiento de dos movimientos libertarios: el Zapatista y el de Javier Sicilia.

El cierre del ejercicio epistolar

Marcos envió su cuarta misiva en diciembre de ese año a la que le puso como epígrafe la siguiente frase: “Siempre que prevalece una u otra forma de fascismo, la verdad y la justicia toman la forma de la resistencia”.[6] Marcos consideraba que con esa carta podían dar por terminado ese ejercicio epistolar que había sido muy provechoso. Destacaba que la pertinencia de las ventanas y puertas que se habían abierto con el ir y venir de sus ideas se iría acomodando en geografías y calendarios que estaban por definirse. Habían buscado y encontrado mentes críticas, alertas y abiertas. Arriba seguiría el estruendo, la esquizofrenia, el fanatismo, la intolerancia, las claudicaciones disfrazadas de táctica política. En el abajo lo que seguiría era el silencio y la resistencia, siempre la resistencia.

Lo relevante de este diálogo estuvo en lo que señaló don Luis: La ética y la justicia debían estar en el centro de la vida social, y no había que aceptar que políticos de todo el espectro ideológico las expulsaran de ahí para degradarlas en pura retórica. Se examinaron análisis de la realidad y se apuntaron esperanzas basadas en las experiencias de la democracia radical del zapatismo.

El homenaje zapatista a don Luis

A principios de marzo de 2014 murió don Luis habiendo vivido 91 fructíferos años. De inmediato los zapatistas empezaron los preparativos de un homenaje a don Luis que se vio truncado por el asesinato del zapatista Galeano y la tensión que el paramilitarismo produjo en la comunidad de la Realidad. Vino el recambio de la vocería de Marcos a Moisés, y la desaparición del personaje Marcos que resurgió como subcomandante Galeano. En marzo de 2015, a pesar del incremento de la actividad militar y paramilitar contra la zona del EZLN, el zapatismo inició la organización de un homenaje a Luis Villoro y un seminario internacional con el título “El pensamiento crítico frente a la hidra capitalista” a celebrarse a principios de mayo. El Subcomandante Galeano difundió un comunicado en el que planteaba que para los zapatistas el pensamiento crítico tenía la tarea de ser centinela. Advirtió sobre el síndrome del vigía que se agotaba en su trabajo y ya no percibía el peligro. Compartió que el zapatismo miraba venir una catástrofe mientras otros seguían con sus mismos métodos de lucha. Por eso invitaba a un seminario o semillero para que otros dijeran lo que estaban viendo venir. A quienes invitaron les solicitaron que no les llevaran “modas, dogmas, pensamiento haragán, mentiras, sino palabra que provocara y alentara reflexión”. El 2 de mayo en el Caracol de Oventik hubo el homenaje a Luis Villoro y al maestro Galeano, asesinado por paramilitares en 2014. El Sub Galeano, que había adoptado ese nombre en homenaje al maestro asesinado, planteó que, al nombrar los zapatistas la vida de los que faltaban, los hacían existir de otro modo. Insistió en que cada quien debía luchar por la libertad en el rincón del mundo donde vivía. Recordó que ser zapatista era organizarse y trabajar colectivamente, sin venderse, hasta destruir el sistema capitalista y reveló que don Luis Villoro se había enrolado clandestinamente en el zapatismo hacía tiempo y había sido un centinela que se percataba de cambios que para la inmensa mayoría de la intelectualidad pasaban desapercibidos. La urna con las cenizas de don Luis se quedó en tierras zapatistas a las sombras de un árbol joven. El Subcomandante Moisés en ese homenaje en donde se recordó lo hecho por don Luis en su vida, lucha y resistencia delineó lo que implicaba ser zapatista. Se enfatizó que no recordaban su muerte sino lo que dejó por su vida y trabajo, pues lo que se debía hacer era que siguiera vivo. Dijo que a don Luis en otras partes se le conocía como teórico y filósofo pero que los zapatistas lo conocían como práctico y sobre todo por su ser zapatista. Don Luis no había dudado en acompañar, luchar, trabajar y apoyar la lucha y organización del zapatismo. Recalcó que ser zapatista implicaba estar bien decidido, trabajar, organizar y luchar hasta llegar con las últimas consecuencias colectivamente con los pueblos organizados para destruir el sistema capitalista, es decir, teoría y práctica. Hizo hincapié en que el zapatista no se rendía, no se vendía, no claudicaba. Quería cambiar no una parte sino todo el sistema teniendo en cuenta que el pueblo mandara y que nadie lo mandara. El homenaje era para tener en cuenta que aunque viniera la muerte a tratar de imponer el olvido, don Luis seguía vivo en la lucha de los pueblos originarios, y así la vida ganaba, y la muerte perdía.[7] El Subcomandante Galeano también habló de Luis Villoro el zapatista. Intercambió piezas para tratar de completar la vida de don Luis, profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, fundador del grupo Hiperion, discípulo de José Gaos, investigador del Instituto de Investigaciones Filosóficas, miembro del Colegio Nacional, presidente de la Asociación Filosófica de México, y miembro honorario de la Academia Mexicana de la Lengua. Resaltó que había sido un intelectual brillante, una persona sabia a la que tal vez sólo se le podía reprochar la cercanía que en vida tuvo con los pueblos originarios de México, particularmente con aquellos que se alzaron en armas contra el olvido y que resistían más allá de modas y medios. Al enrolarse don Luis al zapatismo se le había dado la tarea de “posta”, y había cumplido a cabalidad su misión. Como centinela en uno de los puestos de guardia de la periferia zapatista había estado atento a lo que ocurría, con el rabillo del ojo del pensamiento crítico se percató de cambios y movimientos que, para la inmensa mayoría de la intelectualidad autodenominada progresista, pasaron desapercibidos. Cubrió la posición de centinela en este mundo absurdo, terrible y maravilloso que es el que nos empeñamos en construir. Había dejado un legado de libros y brillante trayectoria intelectual, pero también el haber sido zapatista que mantuvo en sigilo hasta para su familia y que había pedido que ese secreto se les revelara como regalo a su esposa, la filósofa Fernanda Navarro, y a sus hijos; encargo que se cumplió en ese homenaje.[8]

Corolario

La situación analizada por el Subcomandante Marcos y don Luis a inicios de la segunda década del siglo XXI, no sólo no se mejoró, sino que empeoró exponencialmente a inicios de la tercera década. Un año después de la muerte de don Luis el zapatismo insistió en que aumentaba el despojo que con enorme violencia estaban sufriendo los pueblos originarios. A finales de octubre a días del centenario de don Luis hubo un foro internacional en San Cristóbal de las Casas sobre la construcción de la paz en México. Se analizó que a partir del sexenio de Calderón México había iniciado un camino de violencia y disputa territorial que se había recrudecido de maneta alarmante. Desde entonces se deshilachaba trágicamente el tejido social. Para poder construir la paz habría que reflexionar sobre lo que representaba la violencia tanto en el ámbito local, como en el nacional y en lo global. El análisis que se hacía desde el Congreso Nacional Indígena hacia finales de 2022 llamaba la atención de que el auge de la militarización, del crimen organizado y del despojo territorial iban de la mano. Los pueblos originarios se encontraban ante situaciones delicadas que se habían venido agudizando. Su contexto era que, más allá de lo discursivo, el ciclo neoliberal no había terminado sino que tenía continuidad. Los megaproyectos eran algo emblemático del neoliberalismo. No provenían de peticiones de los pueblos sino que eran diseños de los arriba para sus intereses. Crecía el militarismo, paramilitarismo y crecimiento de los cárteles. Los militares limpiaban los territorios para dar espacio al crimen organizado. El militarismo era ese conjunto de procesos para impulsar el capitalismo. Había preponderancia de las fuerzas armadas en la economía mexicana. El país que había estado sumergido en la pobreza transitó a la miseria. Debido a ella los de arriba se aprovechaban de ella para engañar a gran parte de la población y dividir a los pueblos.[9] López y Rivas advirtió que la recolonización corporativa territorial conformada por la llamada acumulación militarizada delincuencial conllevaba inherente infinitas formas de violencia contra los pueblos, y la sociedad en su conjunto. El gobierno en turno estaba dando continuidad a la acumulación capitalista por desposesión, militarizada y necropolítica, que las anteriores administraciones neoliberales habían puesto en práctica.[10] El zapatismo había señalado que Chiapas se encontraba al borde de la guerra civil. Levantó la voz para exigir que cesara la represión en contra de los pueblos originarios en México y convocó a varias movilizaciones contra todas las guerras. No sólo había múltiples denuncias de los ataques contra las comunidades y sobre las crueles agresiones contra la autonomía. La crisis ecológica y el colapso civilizatorio se hacían evidentes. Las enseñanzas de don Luis en su centenario seguían teniendo una enorme vigencia. No se trataba sólo de sobrevivir, lo cual implicaba una muerte aplazada, sino buscar vivir dignamente con libertad. Las resistencias cobraban sentido en cuanto se proponían hacer otro mundo humano y respetuoso de la naturaleza. La lucha era por la vida en el planeta. Para enfrentar la devastación que sufría México, la lucha organizada de los pueblos era la única salida. No había que someterse a los juegos del Estado. Había que defender e impulsar la autonomía y la democracia directa. Había que defender los valores comunitarios. Había que disipar la confusión imperante con una auténtica reflexión crítica y propiciar la convergencia de las luchas de los de abajo. El ejemplo del pensamiento crítico de don Luis era el camino. Se tendría que cumplir lo que él había realizado magistralmente estando muy atento a la realidad y descubriendo los nuevos signos para emprender una atinada defensa de lo colectivo y de lo que se tendría que seguir construyendo para el mundo otro, nuevo lejano al capitalismo y al patriarcado. Había que dar prioridad a la ética en la política. La ética y la justicia tenían que estar en el centro de la vida social. Había que impulsar la paz, la justicia, la libertad y defender una vida digna. En su centenario Luis Villoro sigue interpelando e inspirando realizar síntesis como la que él logró manteniendo el rigor del pensamiento filosófico crítico con el compromiso vital y admirable de su zapatismo.

BIBLIOGRAFÍA

Villoro, Luis, 2015, La alternativa: perspectivas y posibilidades de cambio (incluye correspondencia con el Subcomandante Marcos), México: Fondo de Cultura Económica.

Notas:

[1] Piezas, núm. 31, diciembre de 2020.

[2] Se puede ver esta presentación en el periódico Reforma el 27 de Noviembre de 2015.

[3] https://enlacezapatista.ezln.org.mx/2011/02/14/sobre-las-guerras-fragmento-de-la-carta-primera-del-sci-marcos-a-don-luis-villoro-inicio-del-intercambio-epistolar-sobre-etica-y-politica/

[4] https://enlacezapatista.ezln.org.mx/2011/04/11/sci-marcos-de-la-reflexion-critica-individus-y-colectivs-carta-segunda-a-luis-villoro-en-el-intercambio-espistolar-sobre-etica-y-politica/

[5] https://enlacezapatista.ezln.org.mx/2011/08/25/sci-marcos-tal-vez-carta-tercera-a-don-luis-villoro-en-el-intercambio-sobre-etica-y-politica/

[6] https://enlacezapatista.ezln.org.mx/2011/12/07/sci-marcos-una-muerte-o-una-vida-carta-cuarta-a-don-luis-villoro-en-el-intercambio-sobre-etica-y-politica/

[7] https://enlacezapatista.ezln.org.mx/2015/05/02/palabras-del-subcomandante-insurgente-moises/

[8] https://enlacezapatista.ezln.org.mx/2015/05/02/luis-el-zapatista/

[9] Carlos González 2022, Militarización, el crimen organizado y el despojo territorial, Conversatorio en el Colectivo Transdisciplinario de Investigaciones Críticas, 28 de octubre.

[10] Gilberto López y Rivas, 2022, Acción global contra la militarización y la guerra capitalista y patriarcal, La Jornada, recuperado de https://www.jornada.com.mx/2022/10/28/opinion/018a2pol

 


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