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Crimen organizado y extractivismo

Raúl Zibechi :: 13.01.23

El crimen organizado, la delincuencia paraestatal o narcotráfico, son las formas que asume la acumulación por despojo/extractivismo en la zona del no-ser, o sea en los territorios de los pueblos originarios, negros y campesinos de América Latina. Aunque suelen presentarse por separado, como si no tuvieran ninguna relación, la violencia criminal, los estados-nación y el modelo económico forman un mismo entramado para el despojo de los pueblos.

 

El crimen organizado, la delincuencia paraestatal o narcotráfico, son las formas que asume la acumulación por despojo/extractivismo en la zona del no-ser, o sea en los territorios de los pueblos originarios, negros y campesinos de América Latina. Aunque suelen presentarse por separado, como si no tuvieran ninguna relación, la violencia criminal, los estados-nación y el modelo económico forman un mismo entramado para el despojo de los pueblos.

Esta conclusión es deudora del trabajo del investigador Emiliano Teran Mantovani en un reciente ensayo en el que vincula las tres modalidades señaladas*. Sabemos que el crimen organizado despoja bienes comunes de los pueblos, rompe los tejidos comunitarios, explota y asesina personas, además de degradar el ambiente con sus iniciativas “económicas”, con el apoyo tanto de las empresas privadas como de los estados.

Lo que más me interesa del trabajo de Teran es su análisis que considera al crimen organizado como extractivismo, desde el desplazamiento y amedrentamiento de las poblaciones hasta el control de minas y territorios productivos, finalizando en la gestión de los “procesos y rutas de comercialización de los ­ commodities”.

En su opinión, debemos pensar el crimen organizado como “una clara expresión de la política del extractivismo en el siglo XXI”, por tanto mucho, más allá de la dinámica económica que representa. En este punto, veo una estrecha relación con el pensamiento de Abdullah Öcalan, cuando sostiene que “el capitalismo es poder, no economía”. En su fase decadente, el capitalismo es violencia armada y genocidio, por duro que resulte aceptarlo.

En una de sus páginas más brillantes, Teran establece una gradación del modo de actuar del crimen, que nos remite a los albores del capitalismo descrito por Karl Polanyi: doblegar a la población local mediante el terror; control de las formas económicas buscando el monopolio; incorporar a una parte de la población a la economía “criminal”, protección de ese sector con servicios propios, naturalización de la violencia y, finalmente, convertir “a parte de la población en máquinas de guerra” al integrarla “subjetiva, cultural, territorial, económica y políticamente a sus lógicas de violencia organizada”.

Los puntos de confluencia entre crimen organizado y extractivismo son evidentes: se enfrentan a la población que resiste o no se pliega, se basan en la misma economía del despojo y buscan la protección de las armas, las del Estado y las propias.

Hay algo más, muy perturbador: el crimen organizado “ha logrado ser cada vez más un factor de canalización del descontento y el malestar popular, pudiendo además captar una parte de las pulsiones contrahegemónicas, de sublevación, de antagonismo con el poder, y potencialmente darle forma a esas posibles insurgencias”, sostiene Teran.

Terrible, pero real. Lo que nos debe llevar a reflexionar, a quienes aún deseamos cambios de fondo, anticapitalistas, qué cuota de responsabilidad nos cabe en esta decisión de tantos jóvenes de sumarse a la violencia criminal.

Una primera es romper con el afán de enmascarar la realidad, de no querer ver que el capitalismo realmente existente es guerra de despojo o cuarta guerra mundial, como la nombran los zapatistas. El crimen y la violencia, para llegar a ser el principal modo de acumulación de capital, deben contar con el apoyo y complicidad de los estados, que se van reconvirtiendo en estados para el despojo.

Por eso el problema no es la ausencia del Estado, como dice el progresismo. Nada ganamos con ampliar su esfera, siendo el primer responsable de la violencia contra los pueblos.

Una segunda cuestión es comprender que “los tejidos sociales son en sí mismos un campo de batalla, un campo en ­disputa”, como apunta Teran. El crimen, el narcoparamilitarismo (indisociable de los aparatos armados del Estado), están empeñados en romper las relaciones sociales para recomponerlas en función de sus intereses, de ahí la violencia racista y los feminicidios.

Por eso se han vuelto imprescindibles las autodefensas ancladas en las comunidades que resisten. No sólo deben defender y cuidar la vida y la naturaleza, sino también las relaciones humanas.

Por último, no pocos intelectuales hablan de las “alternativas al extractivismo”, siempre pensando en términos tecnocráticos y que serán implementadas desde arriba. Imposible.

Hoy las alternativas reales son las Guardias Indígenas, Cimarronas y Campesinas del Cauca colombiano, los gobiernos autónomos y las demarcaciones autónomas de la Amazonia, las recuperaciones de tierras mapuches; el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, el CNI, las fogatas de Cherán, las guardias comunitarias y las múltiples formas de autodefensa. No hay atajos, sólo la resistencia abre caminos.

*Emiliano Teran Mantovani, “Crimen organizado, economías ilícitas y geografías de la criminalidad: otras claves para pensar el extractivismo del siglo XXI en América Latina”, en Conflictos territoriales y territorialidades en disputa, Clacso, 2021.

 


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