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Nicaragua: A propósito de un programa de nación tras el destierro de los presos políticos

Zoilamérica Ortega Murillo :: 26.02.23

La reconstrucción de la nación nicaragüense empieza por la de nosotros mismos. No tenemos que esperar hasta que Nicaragua sea libre. Hagamos de nuestras casas un territorio libre, hagámosla un trocito de Nicaragua, teniendo en el corazón aquel “pedazo de cielo con la que Nicaragua se formó”, y viviéndolo con la mayor gratitud de la que seamos capaces. Tratemos de ser democráticos con nuestras familias y colegas. Y construyamos en nuestros entornos, en nuestras familias y organizaciones aquellas cosas que queremos construir para la Nicaragua del mañana.

A propósito de un programa de nación tras el destierro de los presos políticos

 

Hay cosas que no tienen que esperar a que la dictadura termine. Este artículo me tomó tiempo pensarlo, escribirlo, editarlo. Me tomó tiempo porque las razones para escribir tienen que conectar el corazón y la conciencia. Y en esa conexión, en los últimos tiempos, hay una larga lista de ideas, reflexiones y, en mi caso, incluso la  alegría de empezar a tejer un nido, después de mi destierro en 2013, lo cual también se vuelve motivo de enseñanza. 

Estas palabras fueron escritas en días previos a la noticia y liberación de 222 expresos políticos, y el posterior despojo de la nacionalidad de 94 personas. Durante esos días, fui testigo y, a lo mejor, hasta protagonista de numerosas reacciones profundamente humanas, pero llenas de rivalidades, tensión e intrigas. Algunas solo llevan la intención de hacer daño, o provienen de instintos de superioridad y lucha de egos. 

Aunque la liberación de tantos y tantas luchadores por la libertad es un gran estímulo para reunir fuerzas nuevamente, debemos analizar algunas dinámicas de nuestro actuar, en el entorno de la oposición nicaragüense, donde hasta ahora, parecía que todo mundo se había vuelto enemigo interno. Algo que ocurre hasta en nuestra vida cotidiana.

Los expertos en resolución de conflictos nos llenamos de importancia al decir que las contradicciones son intrínsecas a la vida humana. Sin embargo, pienso que pasar del conflicto a la violencia, de forma casi sutil e invisible, se está convirtiendo en una costumbre en cualquier ámbito de nuestras vidas.

Desde mi formación humanista pero también cristiana, siempre intento aunque no siempre lo logre, ser coherente. Por mi propio bien, por mi historia, por mi familia y mi propia paz, he tenido que reconocer que aun el más mal intencionado de los actos tiene una razón profundamente humana: el enojo, la agresividad siempre proviene de un dolor y un sufrimiento del pasado que decidimos canalizar, a veces inconscientemente, tomando justicia por nuestra propia mano. A veces, se traducen en pequeños comportamientos que pueden herir a otros. Nos cuesta admitir que la violencia política no es solo entre el Gobierno y la ciudadanía, sino también entre los llamados defensores, activistas, líderes sociales y políticos, e incluso familias.

La sumatoria de todos estos síntomas de fragmentación social hace que todas las personas que estamos involucradas en procesos políticos y sociales tengamos, dentro de nuestras prácticas, un campo minado de reacciones impredecibles. Y eso hace que, aun cuando nos juntemos por una buena causa, como la libertad o la justicia, no nos sea posible evitar crear una disputa, una rivalidad o un acto lesivo a cualquier compañero de causa. 

Si necesitáramos alguna evidencia de este argumento, yo pediría que cada uno de nosotros revise de cuántos grupos se ha salido por voluntad propia, o de cuántos otros los han “expulsado”, o cuántas veces ha sido calumniado por algún colega de lucha. E incluso lo que sería más difícil admitir: ¿cuántas veces hemos necesitado conspirar contra otros, aún por defensa propia?

En la búsqueda de soluciones a todas estas dinámicas, pensaríamos que, en los momentos más duros, las personas que tienen aspectos en común se unen. Mis tías dicen que, aunque no nos veamos mucho, los miembros de nuestra familia en el exilio nos unimos como una “piña” y las distancias desaparecen ante cualquier problema. Sin embargo, en el caso de Nicaragua, estamos en la etapa más trágica de la historia. Con tantas personas y familias que han sufrido y aún sufren encarcelamiento y represión, no podemos alimentar, como hasta ahora, la incapacidad de unirnos como personas con propósitos de libertad y justicia. Sobran evidencias para reconocer la profunda grieta que hasta el momento existe entre todos nosotros, los que supuestamente luchamos por un mundo mejor.

De esta reflexión, empecé a aproximarme a una pregunta: ¿Será que podemos ser capaces, no solo de alcanzar la libertad, sino de unir nuestra fuerza y nuestra esperanza en la construcción de un proyecto de nación?

Aun cuando lo expreso con temor, muchos de nuestros comportamientos son parecidos a los de clanes, sectas o pequeñas tribus defendiéndose para no extinguirse. Cada vez aparecen más grupos. En ocasiones se conforman con solo tres o cuatro personas que deciden apartarse creando una nueva organización. Cada vez, los grupos son más cerrados. Sumamos a esto una competencia por recursos financieros, en un estilo más propio de mercadeo casi de farándula, en donde todo vale, aun lo inescrupuloso e inexplicable. Todo para ganarse la mirada de la cooperación internacional o de figuras influyentes. Pero lo peor de este comportamiento es haber perdido la capacidad de escuchar a otros, olvidando dar voz a quienes en nuestro países no hablan. Ellas y ellos, con su silencio y apatía, nos advierten que no estamos llevando bien nuestra lucha, nuestras causas, y que, sin quererlo, actuamos igual que aquellos a quienes adversamos. 

Hoy, también, parecen haber pasado a la clandestinidad el valor de la ayuda desinteresada al prójimo, la actitud de trabajar con vocación, el voluntariado o el trabajo ganado con el sudor de la frente. Todos queremos tener como profesión ser activista de tiempo completo y devengar un salario.  Evidentemente necesitamos que algunos lo hagan, pero no debe ser el factor común. Seamos humildes, seamos trabajadores y no vividores de la política. 

Recordemos que, en la historia política de cada uno, todos tenemos algo por lo que pedir perdón a algún otro nicaragüense. Reconozcamos que, en nombre de un color político, de la desconfianza, de la precaución, o del “ni perdón ni olvido”, hemos tenido que hacer actos de justicia donde alguien sale dañado. El proyecto de nación empieza con nuestro proyecto de vida, y nuestro proyecto de vida debe estar basado en aquellos valores que queremos para nuestra nación.

Seguramente algunos acusarán a este escrito de pesimista. Pero no lo soy. Más bien, intento que asumamos juntos el reto, de ver más allá de la libertad de Nicaragua sin dictaduras. Porque, al día siguiente de que nos declaremos libres, seguramente todos estos antivalores saltarán ante nuestros ojos disputándose los miles de pedazos en los que se haya convertido Nicaragua. Y corremos el riesgo de que se repita la historia. Por eso, es hora de pensar en que hay maneras de buscar la libertad desde ya. Hay cosas que no tienen que esperar a que la dictadura termine. Y, entre esas cosas, está la de recuperar nuestra identidad de nicaragüenses, la mirada común, la nobleza, la generosidad, el humor.  

Sin duda, la liberación de las personas que habían sido encarceladas y su posterior destierro y arrebato de nacionalidad nos debe motivar a continuar la lucha. Pero la reconstrucción de la nación nicaragüense empieza por la de nosotros mismos. Insisto, no tenemos que esperar hasta que Nicaragua sea libre. Esperar es solo excusa para seguir atacándonos. Hagamos de nuestras casas un territorio libre, hagámosla un trocito de Nicaragua, teniendo en el corazón aquel  “pedazo de cielo con la que Nicaragua se formó”, y viviéndolo con la mayor gratitud de la que seamos capaces. Tratemos de ser democráticos con nuestras familias y colegas. Y construyamos en nuestros entornos, en nuestras familias y organizaciones aquellas cosas que queremos construir para la Nicaragua del mañana. Hay cosas que no tienen que esperar a que la dictadura termine y podemos evitar caer en las mismas contradicciones.

 

ESCRIBE

Zoilamérica Ortega Murillo

Es socióloga, investigadora y docente universitaria. Ha contribuido con procesos de investigación-acción educativa en temas de transformación de conflictos y prevención de violencia y resiliencia comunitaria. Es asesora en temas de educación para distintos movimientos sociales y labora como especialista en gestión de calidad académica y desarrollo profesional.

 


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