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La Venezuela autónoma sigue respirando pese al estatismo autoritario

Raúl Zibechi :: 04.07.23

Emiliano Terán Mantovani se define sociólogo, investigador y activista venezolano y latinoamericano. Es un crítico frontal del extractivismo y cree que su país ofrece valiosas lecciones sobre los límites de las sociedades petroleras. “Venezuela también nos ofrece importantes lecciones sobre los límites de los progresismos y de las revoluciones construidas desde arriba”, explica.Een esta entrevista aborda la persistencia de espacios y movimientos autónomos que nadan a contracorriente de las políticas autoritarias que buscan someter a la sociedad al Estado.

La Venezuela autónoma sigue respirando pese al estatismo autoritario

Raúl Zibechi

 

Emiliano Terán Mantovani se define comosociólogo, investigador y activista venezolano y latinoamericano. Vive en Caracas y tiene un ojo puesto en la región, en particular desde su activismo socioambiental que busca combinar el saber científico con los saberes populares y ancestrales. Es un crítico frontal del extractivismo y cree que su país ofrece valiosas lecciones sobre los límites de las sociedades petroleras. “Venezuela también nos ofrece importantes lecciones sobre los límites de los progresismos y de las revoluciones construidas desde arriba”, explica.

Además de abordar cómo la debacle de la Venezuela petrolera desembocó en la de las economías ilícitas extractivas como minería ilegal, tráfico de madera y especies protegidas, contrabando de agua y acaparamiento de tierras, en esta entrevista aborda la persistencia de espacios y movimientos autónomos que nadan a contracorriente de las políticas autoritarias que buscan someter a la sociedad al Estado.

– Lo que se puede observar en Venezuela parece ser una reactivación de la economía y de la sociedad, con abundancia de oferta y escasa demanda por el empobrecimiento de la población. ¿Cómo analizas este cambio, notable si lo comparamos con los años de escasez?

Si comparamos con la economía, las instituciones y la infraestructura de hace unos 3-4 años hay una mejoría. Si habláramos de 6-7 años atrás, ciertamente había mucha escasez pero también podríamos decir que era aún otro país, la destrucción integral no se había extendido tanto. Hoy notamos varias capas sociales con mayor consumo y un crecimiento general de la masa consumible; la reactivación de espacios públicos y de encuentro, espacios de consumo, de actividades antes completamente paralizadas; algunas infraestructuras y maquinarias restauradas. Pero estas evidencias nos las han vendido propagandísticamente, por meses, con la idea que “Venezuela ya se arregló”, mensaje que ha estado llegando a millones de personas en el exterior. Esto, aunque ha significado un cierto alivio para muchos, en realidad es un espejismo, una idea transmitida para encubrir problemas de fondo que estamos padeciendo en Venezuela.

¿Por qué hablo de un espejismo? Al menos por tres razones: por lo inorgánico de la recuperación; por lo extremadamente desigual; y por lo insostenible. Sobre lo primero, cuando me refiero a lo inorgánico es porque esta supuesta recuperación se ha sostenido en el impulso de una economía profundamente especulativa, basada en la expansión de sectores de la importación suntuaria, en los famosos bodegones de Nutella y aceite de oliva, en casinos y turismo de lujo, en la inyección de dinero inorgánico, expansión del lavado de dinero y el gasto de entramados de corrupción, en el crecimiento (coyuntural) de la captación de remesas del exterior, y así podemos seguir. Y todo esto realmente sostenido por un extractivismo totalmente desestructurado, con una industria petrolera destruida, que no levanta –hoy produce unos 750 mil barriles diarios–, una capacidad de captar renta por parte del Estado realmente minúscula, y diversos sectores económicos formales que no tienen ni estabilidad económica y política, ni servicios e insumos estables, ni seguridad territorial alguna para subsistir.

El conflicto político sigue sin resolverse y el gobierno de Maduro se irá por cuenta propia. Además, las terribles sanciones internacionales persisten y la supuesta aceptación consensuada de Maduro en la comunidad internacional no hay que darla por descontada. Todo se sustenta sobre bases muy, pero muy endebles.

Lo segundo es clave: este espejismo es en realidad para unos pocos. Muy pocos. La desigualdad ha llegado a niveles brutales. Si nos basamos en la encuesta Encovi de la Universidad Católica, quizás uno de los estudios más confiables de la situación de la sociedad venezolana, el Coeficiente Gini de Venezuela indica que estaríamos ante el país más desigual de América, algo que no es poca cosa porque la nuestra es la región más desigual del mundo. Y la venezolana es una desigualdad grotesca: amplios sectores de la sociedad con salario mensual de cinco dólares, sin servicios públicos mínimos y pocas posibilidades de acceso a una alimentación y salud básica; todos ellos presenciando como ciertos grupos se pasean con camionetas y autos de lujo, carros blindados con guardaespaldas, y se exhiben, ya sin pudor, comiendo en los mejores restaurantes del país, con precios similares a los de New York, Londres o Dubai.

Y lo tercero, que ya desde fines de 2022 experimentamos un ‘frenazo’ económico y una caída muy fuerte del consumo, tiendas y emprendimientos cerrando, un probable agotamiento del esquema económico de los bodegones, una severa crisis de acceso al combustible y nuevas debacles de los servicios públicos. Todo lo cual ha hecho irritar a las clases populares y sectores de trabajadores, lo que explica las importantes protestas por salarios que se han venido desarrollando desde fines del año pasado, y que me parece que hay que tomar muy en cuenta como expresión del descontento popular y el rumbo de la protesta en el país.

Estos tres factores que explican este espejismo, se sostienen además en el hecho de la profundización de un régimen de tipo dictatorial, o si se quiere, llamémoslo neo-dictatorial, al no ser del tipo clásico, como las dictaduras de los 70, pero sí profundamente represiva, militarizante y violenta, y que no admite disidencia ni oposición alguna, y que no tiene miramiento hacia los derechos humanos y de la naturaleza.

Pero ha quisiera resaltar el cambio histórico-estructural que vivimos, que se nos ha abierto con el colapso de la Venezuela petrolera y el desplome de todo este proyecto republicano contemporáneo. Por un lado, estamos ante un proceso de reestructuración económica histórica, quizás sólo comparable al que se dio cien años atrás, con la configuración de la nación petrolera. Las fuerzas del capital le van dando forma a un amplio proceso de acumulación por desposesión a escala nacional –con sus respectivos cercamientos o ‘enclosures’–, a una reestructuración neoliberal que hoy, quizás sea de las más agresivas de toda América Latina. Privatizaciones, muchas de ellas encubiertas, protección a la inversión extranjera, ajuste macro-económico, desregulación económica, eliminación de leyes de protección estatal, expansión de la frontera extractivista, zonas francas y sesgo marcado hacia el mercado mundial, promoción de modelo corporativo, violento ataque a los sindicatos, etc. Desde políticas de facto hasta leyes. Esto está en desarrollo en Venezuela, y tiene gran trascendencia no sólo para el país, sino para la región.

Necesitamos dar un debate, seguir debatiendo, cómo del seno de un proceso que se autodenominó y orientó como revolucionario, cómo de las entrañas de la izquierda, ha nacido tan extraordinaria y despiadada reestructuración neoliberal.

En la otra cara de este proceso histórico, tenemos el mundo de lo político nacional, que no logra dar cuenta de lo que está pasando, no logra interpretarlo, procesarlo coherentemente. Hay lecturas muy parciales y anacrónicas de esta crisis en las élites políticas; hay un enorme vacío de proyecto colectivo, de proyecto político general. Dominan las disputas internas y el gobierno, compuesto por facciones, tiende a gobernar desde la depredación, máxima corrupción y autoritarismo desinhibido, sin proyecto nacional más que el saqueo. La oposición no ha logrado articularse, no ha construido narrativa y también carece de proyecto país, no logra llamar y convocar a la población descontenta.

Desde el campo social, numerosos sectores están rechazando toda forma de política y buscan resolver el día a día. Sin embargo, en este contexto han venido surgiendo nuevas culturas políticas en ciertos sectores, que disienten de la política tradicional, que incorporan otros valores, otros rostros, otras visiones de país, y que van operando desde posiciones más autónomas y más desafiantes. Lo veo en organizaciones sociales, sindicatos, comunidades, representantes jóvenes de las bases de partidos políticos. No podemos hoy hablar de masividad, prevalece la fragmentación y la discontinuidad. Pero si hay algo que podría configurar un nuevo ciclo de luchas, creo que está en estos sectores, en estos procesos larvarios, en estas nuevas culturas políticas.

– Has abordado la cuestión de la minería y en concreto del Arco Minero, desde una mirada ambientalista. ¿Crees que hay alguna diferencia entre el ciclo petrolero del siglo XX y el minero actual?

Hay diferencias pero están totalmente conectados. El colapso del primero es uno de los causales principales para que detone la expansión del segundo. El marco de la política, de la forma económica del extractivismo, del Estado, de la gobernanza, en el siglo XX, lo dio el petróleo, unos cien años si contamos desde el reventón del pozo Zumaque en 1914 hasta el inicio del colapso en 2014. De ahí que se habló y escribió sobre un “petro-Estado”, la “petro-política”, el “capitalismo rentístico”, el modelo rentista petrolero, y Venezuela fue un caso paradigmático para estudiar estas cuestiones a escala global. Por otro lado, el proceso de territorialización de la Venezuela petrolera fue fundamentalmente al norte del río Orinoco: principales cuencas petrolíferas, principales ciudades, 95% de la concentración de población, economía de puertos, etc. El agotamiento de este modelo, que comienza si se quiere desde la década de los 70 y entra en profunda crisis desde los 80, con caída de la rentabilidad petrolera, declive de las fuentes convencionales, severas dificultades para la expansión de la producción, efectos de enfermedad holandesa, entre otras, va a presionar para un movimiento de las fronteras extractivas, particularmente hacia el Orinoco.

Esto lo vimos desde los años 80-90, cuando se puso con más fuerza la mirada sobre la Faja Petrolífera del Orinoco, y que luego Chávez la usaría como el bastión económico de la “revolución”. Chávez la llevaría a sus más altos niveles de producción histórico (más de 1 millón de barriles sólo en esa zona). Pero también la crisis presionó para que ese movimiento de las fronteras extractivas se diese hacia la Amazonía, donde el commodity más abundante y atractivo era el oro. Desde los 90, con el gobierno de Caldera, ya se buscaba ampliar la explotación minera en el nororiente amazónico, y posteriormente Chávez desde temprano fue también poniendo el ojo ahí. Con la crisis global de 2008 se suceden una serie de leyes y políticas que terminan con el anuncio en 2011 del Arco Minero del Orinoco (AMO), un proyecto enorme y de alucinantes pretensiones (del tamaño de Cuba), que ronda ecosistemas delicados y convive con pueblos indígenas.

El colapso económico va a dar rienda suelta a la minería en la Amazonía, y en 2016 Maduro oficializa el AMO. Desde entonces, la expansión de la minería allí ha sido constante, hasta llegar a la producción histórica de 30-35 toneladas por año. A medida que el país fue sufriendo mayor devastación, la minería fue haciéndose más y más depredadora. Lo que tenemos es la prevalencia de economías ilícitas con presencia de bandas criminales, guerrillas colombianas, militares corruptos, y un Estado que en su fase predatoria participa de las operaciones de extracción, que se da no sólo dentro de las poligonales del AMO, sino en todos los rincones de la Amazonía. Es fundamentalmente minería ilegal y está en función de cadenas globales de valor corruptas y criminales, de carácter transfronterizo.

Le hemos dicho adiós a la tradicional gobernanza petrolera, muy mediada por la distribución de la renta petrolera, y hoy nos enfrentamos a un extractivismo más de carácter predatorio, más descentralizado, por el tipo de apropiación extractiva. Es otra territorialización del extractivismo (mucho más amazónica); un extractivismo feudalizado, con múltiples gobernanzas particulares.

– ¿Existe una nueva clase dominante en Venezuela? ¿Una burguesía de Estado o algo similar? En todo caso, ¿cómo caracterizas el sistema venezolano?

Así es, estamos ante una nueva élite que nació en el seno de la llamada ‘Revolución Bolivariana’; una élite determinada fundamentalmente desde los liderazgos políticos y económicos del proceso bolivariano. Esto seguramente tiene sus antecedentes en la enorme cantidad de espacios que Chávez dio al sector militar en el poder del Estado y la economía, en las expropiaciones que favorecieron a la élite gobernante, y en la estructura corporativa de poder que se fue imponiendo, con un liderazgo político vertical que se presentaba como indiscutible.

Hay hoy una relación que se ha hecho mucho más estrecha entre poder político y poder económico. No es que antes no la hubiese, sólo que en la actualidad quien detenta el poder político tiene los canales para la apropiación directa de la riqueza, sin mayores mediaciones. La debacle de la economía formal y del empresariado nacional, de las instituciones estatales, la extraordinaria expansión de la corrupción, y la depresión de los sectores políticos de la oposición, prácticamente dejaron sin contrapesos a este proceso de apropiación.

Mientras tanto, el gobierno de Maduro ha venido ganando terreno sobre los espacios de deliberación política, de procedimientos democráticos, destruyéndolos, tratando de evitar que cualquier respuesta y alternativa política pueda surgir. Evitar protestas, evitar elecciones limpias, evitar nada que se le oponga. Desde 2015 desconoció la Asamblea Nacional que había ganado 2/3 partes la oposición y así fácticamente decidió cerrar la vía electoral transparente; en 2017 creó una Asamblea Nacional Constituyente con poderes plenipotenciarios e indiscutibles, un paso más adelante en el régimen neo-dictatorial. En 2019/2020 derrota y neutraliza la estrategia Guaidó; desde 2020 aprovechando la pandemia se intensifica el autoritarismo generalizado. Ese mismo año el gobierno logra desplazar formalmente a la oposición de la Asamblea Nacional, en las nuevas “elecciones” parlamentarias. Hoy busca todas las vías posibles para socavar el proceso electoral presidencial del 2024, con cambios en el actual Consejo Nacional Electoral, que tenía previamente cierto consenso, y la reciente inhabilitación política de María Corina Machado, líder con buena proyección hasta el momento, aunque ella representa el equivalente en Venezuela a lo que sería Sebastián Piñera, Mauricio Macri o Iván Duque.

Si hemos hablado de un proceso de acumulación por desposesión en Venezuela, son las élites estatales quienes se apropian en primera instancia de la riqueza. Con las recientes privatizaciones de bajo perfil crece la apropiación de capital privado; pero, aunque pueden participar capitales foráneos (chinos, iraníes, turcos, vietnamitas, rusos, etc.), una empresa privada puede ser finalmente de un funcionario estatal, militar, testaferro o familiar de aquellos. Esto nos pone ante un régimen despótico y profundamente corrupto. No me atrevería a llamarlo burguesía, eso nos remite a un concepto más clásico y contemporáneo. Esto parece tener más bien un perfil forajido, decimonónico y oligárquico de quienes gobiernan un país como si fuese una hacienda.

En todo caso, recalco la estrecha relación de retroalimentación que existe entre esta apropiación directa de la riqueza sin mediaciones y la expansión y consolidación de un régimen neo-dictatorial.

– Existe una notable proximidad económica y política entre el gobierno de Maduro e Irán. Sin embargo, la relación con China parece haberse enfriado. Si es así, ¿cuáles serían las razones?

Digamos que entró en una fase de declive por varias razones. Primero, la relación bilateral se ha sostenido en la relación préstamos-pago con petróleo. Con la debacle de Venezuela y de la propia industria petrolera se generaron severas dificultades para el cumplimiento de ese pago. Sin embargo la relación no ha desaparecido y podría estar en fase de relanzamiento. El interés chino en Venezuela ha continuado siendo el petróleo y mantiene inversiones en la Faja Petrolífera del Orinoco, sólo que todas estas operaciones están en un total secretismo. Todo esto hay que entenderlo además en el contexto de las disputas geopolíticas que tienen a la guerra de Ucrania como telón de fondo; la visita reciente de Lula en Pekín y los intereses de reimpulso chino en la región; y la cuestión de la Ruta de la Seda. Venezuela sigue siendo una “pieza” necesaria desde esta perspectiva.

– Una década atrás conocí dos movimientos en Caracas que me impresionaron: Tiuna el Fuerte y el Movimiento de Pobladores y Pobladoras, con unos 300 edificios ocupados en esos años. ¿Cómo están hoy los movimientos? ¿Cuáles son los más activos y movilizados y hacia dónde dirigen su accionar?

Cuando se habla de Venezuela poco se quiere hablar de esto. Venezuela vive un proceso de reacomodo, que incluye por supuesto al sector popular. Un amplio y diverso campo que está muy descontento con la situación actual, con el gobierno actual, que anhela un cambio, pero que tiene frente a sí un campo minado. De ahí que una de las principales opciones del venezolano sea la migración. En todo caso, en ese campo hay sociedad organizada y otro sector ampliamente mayoritario que podría movilizarse, pero no está en este momento organizado, o no quiere hacerlo, por diversas razones. De los dos es necesario hablar.

En el conjunto de la sociedad organizada, el sector que hoy está a la vanguardia de las luchas y la movilización es el sector de trabajadores, en sus diversos gremios. Desde el año pasado se han venido desarrollando interesantes movilizaciones en todo el país de trabajadores que exigen salario y vidas dignas. Lo que hay que destacar de estas movilizaciones son varias cosas: una, son autoconvocadas, hay mucha autonomía en ellas, tienen sus propias agendas, algo que destaca en un país que fue movido por la polarización política desde arriba. Dos, han logrado masividad en varias de las movilizaciones, e impacto nacional. No han sido necesariamente como las protestas de 2017, pero si tomamos en cuenta las tan adversas condiciones actuales, son resaltantes y constituyen una base fundamental para lograr una masa crítica popular. Tres, ha mostrado narrativas y mayor profundidad, y no necesariamente sólo centrados en las propias necesidades de sobrevivencia. Y cuatro, han podido articular en la diversidad, algo que había costado que se lograra. Además, actores que no son necesariamente del mundo gremial también se han unido a estas movilizaciones; así como bases del chavismo crítico y descontento.

Hay otros sectores que han crecido, como los de las organizaciones de derechos humanos, que me parece que están siendo buena escuela para la propia gestión social de diferentes problemas, más allá del Estado, y el fortalecimiento de una cultura de defensa de derechos, algo muy criminalizado en los años de esplendor del proceso bolivariano, porque se supone que todo eso provenía de la “intervención imperial”, pero ese mundo es en realidad mucho más rico y complejo.

Está también la experiencia de la conformación de las guardias indígenas en la Amazonía, ante el auge de la minería ilegal y la presencia de grupos armados en los territorios indígenas. A su vez, existen varias comunas y consejos comunales críticos y más autónomos que, en bajo perfil, buscan fortalecer sus propios procesos territoriales. Lo mismo ocurre con algunas experiencias barriales urbanas, así como iniciativas de defensa del agua en estados como Lara; movimientos de productores campesinos asociados; ambientalistas que impulsan campañas y trabajos locales en defensa de ecosistemas. Nuevamente, muchas experiencias que no necesariamente se articulan, que puede que muestren un universo fragmentado, pero que a la vez pueden representar el estado larvario de un posterior proceso de movilización social, de más amplio alcance. No es algo que pueda predecirse linealmente, pero lo que sí conviene decir es que es falso que este país no se ha movilizado.

En septiembre de 2020 en el estado Yaracuy se dieron unas movilizaciones que retumbaron en el país, justo cuando se daban protestas en unos 15 estados simultáneamente. Y ese es el otro ámbito que señalaba, ese sector mayoritario que aunque no esté organizado, quiere un cambio y está buscando espacios para expresar su propia política. Lo vimos en las elecciones de las autoridades de la Universidad Central de Venezuela en junio pasado; la masividad de la respuesta fue notoria y tuvo resonancia nacional. Eso es una evidencia, pero, en todo caso, el proceso aún no tiene mucha forma. Así que el escenario está abierto.

 


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