Clajadep :: Red de divulgación e intercambios sobre autonomía y poder popular

Imprimir

Los retos de la otra política

27.02.05

Los retos de la otra política

Javier Elorriaga Berdegué
Rebeldía
La Fogata

“Ni dioses ni cesares. Mejor artesanos, diríamos nosotros”. Así terminó Sergio Rodríguez su intervención, en la que plantea la idea central de que el poder no es un lugar sino una relación social. Cuando se dice “Tomar el poder para transformar el mundo, aunque sea en pequeñas dosis”, se ubica al poder como un lugar privilegiado para lograr esto y por lo tanto se ubica a la lucha política por llegar y controlar el poder del Estado como la única posibilidad que tiene la sociedad para lograr transformaciones sociales, políticas, económicas, culturales. Ocupa el Estado y cambiarás a la sociedad es la consigna que determina la práctica de la mayoría de todos aquellos que aspiran a transformar a la sociedad en una más justa, libre y democrática.

El problema es, como también lo explica Sergio y por eso no me detendré tampoco en este punto, cuando esos que quieren cambiar al mundo, no se dan cuenta que ellos mismos ya son parte de una familia política que expropió a la gente la capacidad de poder decidir en colectivo, mediante los mecanismos políticos de representación dizque popular, y que construyó, en las relaciones sociales, el elemento mando-obediencia como el más importante, subordinando así los intereses de la mayoría a los de una minoría, siempre una minoría, autodefínase ésta como se quiera definir.

No voy pues a meterme en la polémica de que en México algunas de las políticas de izquierda (hay tantas izquierdas como puestos de representación popular, aunque justo es decirlo, hay también izquierdas pensantes y actuantes bajo otros principios que no sean el agandalle clientelar), de que en México algunas izquierdas decía, cuando llegan a controlar pequeñas dosis del poder estatal, terminan, hasta hoy día, en llegar al límite máximo de intentar cambiar los mecanismos de distribución sin meterse en nada a los de producción, con lo que logran dejar intocado el actual sistema de explotación, y por lo tanto las decisiones del poder por sobre las decisiones de la gente.

Y ni siquiera es que lo reduzcamos a una cuestión ética o moral, que no lo es solamente, sino también política. Veámoslo desde el pragmatismo que caracteriza a los profesionales de la política; como dicen ellos, veámoslo como una cuestión práctica. Y ni siquiera así hay resultados que nos demuestren que ocupando los espacios del Poder se cambian las cada vez más inhumanas condiciones en que sobreviven la mayoría de seres humanos. Entonces, ¿para qué luchar por un espacio físico donde no se encuentran las decisiones de poder? ¿para qué luchar por un espacio donde sí sabemos que se encuentran relaciones injustas de relación política, social, económica, cultural?

Así, ni en lo político ni en lo ético, y podríamos decir que ni en la experiencia histórica, se ve, hoy en día, ningún caso en luchar por el poder, sin cambiar las relaciones de poder que el sistema capitalista ha generado y su etapa neoliberal busca perpetuar.

Quiero partir más bien de una idea que el SCI Marcos expresa en su escrito La velocidad del sueño, 2a parte, en la carta que manda a Pierluigi Sullo, Director del semanario italiano Carta1. Ahí, el subcomandante plantea lo siguiente (refiriéndose a la solidaridad que en diversas partes del mundo hay hacia la lucha zapatista):

Y creo que, las más de las veces, esa simpatía y ese apoyo encuentra su versión más afortunada en la lucha que emprenden o mantienen en sus respectivas realidades, cualquiera que sea su cultura, su lengua, su bandera, su tipo de calzado, zapato, tenis, chancla, huarache o zapatilla.

Es precisamente, con base en esta idea, que en el Frente Zapatista nos hemos propuesto apoyar la lucha de las comunidades indígenas zapatistas no sólo con caravanas y colectas o difundiendo su lucha, lo cual dicho sea de paso no sólo responde a un compromiso ético sino también a aceptar que de esas comunidades tenemos mucho que aprender, sino además aceptando un reto aún mayor planteado por la teoría y la práctica zapatista: ayudar en la lucha por la liberación nacional poniendo en práctica los principios zapatistas de el mandar-obedeciendo, construir un mundo donde quepan todos los mundos, caminar preguntando y, lo que nos ocupa en esta plática específica, hacer política sin luchar y suspirar por el poder.

Hacer pues, que la base de una política de nuevo tipo sea el respeto a la gente, ni más ni menos.

De lo que quiero hablar entonces, es de los retos que genera en una organización política que se quiere de nuevo tipo, el plantearse la no toma del poder (concebido éste bajo su concepción tradicional de un espacio político concreto), es decir, luchar no por el poder sino por el cambio en las relaciones sociales que le dan sustento al poder, luchar por trastocar la relación mando-obediencia, luchar por construir relaciones políticas y sociales de abajo hacia arriba, por subvertir por completo el orden establecido al promover la autonomía, la autogestión y el autogobierno desde cualquier espacio social existente, teniendo como marco la necesaria reconstrucción de la Nación desde abajo.

Si aceptamos que una de las tendencias dentro del sistema neoliberal es la desintegración de todo tipo de tejidos sociales y políticos, desde el Estado nacional hasta la familia, pasando por el sindicato, el barrio, la cooperativa, la escuela, de todo tipo de colectivo pues, entonces la lucha tiene que ir al lado contrario de la tendencia, es decir, a buscar rehacer todo tipo de relaciones sociales, pero no para reconstruir las que había en otras épocas, también determinadas por un sistema injusto y excluyente como lo es el capitalista, sino para construirlas de nuevo, desde abajo y en colectivo.
Y para eso es fundamental devolver el poder de decisión al colectivo. Y eso tiene que ver tanto a lo interno de la organización política en la que se participe, como en la práctica de esa organización hacia la gente del pueblo en el que ésta se mueve.

Sacar a la organización de la lógica del poder, su espacio y su calendario, implica la posibilidad de plantearte otras preguntas, sobre todo frente al movimiento y ya con el movimiento, frente al tiempo y a otros movimientos. Es la posibilidad real de construir la resistencia a partir de ir generando nuevas relaciones sociales de solidaridad, sin un plazo fijo u objetivo único, es decir, sin atarse a esquemas que se convierten en camisas de fuerzas, posibilitando por lo tanto abrir y enlazar infinidad de formas de resistir y de rebelarse, tan variadas como variada es la sociedad en su conjunto.
Arturo Anguiano lo plantea de la siguiente forma2: “lo importante, lo significativo, a mí parecer, está en el planteamiento del EZLN de ofrecer la posibilidad de conquistar espacios sociales que se acondicionan y potencian como lugares públicos, colectivos, como espacios de resistencia donde pueden ensayarse nuevas prácticas político-sociales, revitalizando el terreno de lo político entendido como el ámbito de pensar, decidir y hacer en colectivo. ‘Bolsas de resistencia’, islotes de resistencia, de lo que se trata es de la búsqueda de caminos, de opciones, que posibiliten el hacer ahora, el resistir ya, cotidianamente, pero en el camino de una lucha de largo aliento por un nuevo mundo igualitario”. Frente al pragmatismo desbocado de cierta izquierda encuadrada en la conquista del poder sin importar los medios que se tengan que utilizar, retomar el horizonte construyendo el camino de la resistencia. “Vencer la inmediatez, situarse en el período largo, respondiendo al ahora, pero desde el ayer y con el mañana invariablemente en la mira”.

No buscar la conquista de ese poder entendido como espacio, en la práctica política de la organización en su relación con el pueblo dentro del cual se mueve, posibilita una relación de acompañamiento a los movimientos políticos y sociales y en general a quien de alguna manera esté resistiendo o dispuesto a resistir y rebelarse. Es, por lo pronto, una ayuda concreta para superar ese lastre de la práctica política tradicional, sea de derecha, sea de izquierda: el vanguardismo. Al no buscar qué dirigir y cómo hacerlo para lograr conquistar un espacio determinado, lo importante no es qué logra o no el movimiento, lo importante es cómo se construye a sí mismo y en su relación con otros movimientos y grupos no organizados, desde lo local hasta lo intergaláctico.
Lo que tenemos que buscar, sea al generar, sea al acompañar, movimiento social es que éste se forme de manera autónoma y autogestiva, a lo interno y frente al poder y de manera solidaria y en red frente a los demás movimientos y pueblo en general.

Aquí quiero poner un ejemplo concreto de actuación política dentro de un movimiento social que fue muy complejo: la huelga universitaria del 99. La orientación política que definió el FZLN ahí, tratando de seguir los principios zapatistas, fue partir de que los estudiantes en huelga, dentro de los cuales había frentistas, es que el movimiento ganaba no si las autoridades cumplían los puntos del pliego petitorio estudiantil, sino si el movimiento todo, más allá de una u otra corriente que lo conformaba, lograba construir una nueva forma de relacionarse políticamente entre todos sus integrantes y hacia afuera, en su relación con la gente, aunque no les dieran ni un punto. Ganaban si su interlocutor era el pueblo, no el poder. Así lo vimos y así intentamos participar, se haya o no logrado.

Y lo mismo pretendemos, aunque no siempre lo logramos, por errores de concepción propios, con todos los movimientos que estamos acompañando y generando. No nos importa, no nos debe importar, si logramos arrancarle poco o mucho al gobierno en turno, del partido que sea; no nos importa si ocupamos o no un espacio de poder, por local o nacional que éste sea; nos importa y nos preocupa si ayudamos a generar espacios autónomos y autogestivos que puedan ir enlazándose, por lo menos como probabilidad futura, entre sí para un día quitarle la posibilidad a los que hoy día deciden por nosotros de que lo sigan haciendo.

Me podrán decir que los movimientos sociales tienen que responder a cuestiones concretas, a ataques concretos desde el poder pues, por eso se forman normalmente, y entonces siempre va a existir el gusanito de que en el acompañar tengamos también que decidir algo para la situación concreta, que no basta con lo que nosotros pensemos que tiene que ser nuestra práctica política hacia el movimiento, sino lo que el propio movimiento genera en los hechos. Tratando, una vez más, de aplicar lo que creemos entender del zapatismo, nuestra propuesta al movimiento social es, en esos casos concretos, aprovechando que somos una organización política nacional, chiquita, pero nacional, descubrir con ellos varias ventanas desde las cuales puedan observar la coyuntura en la que estén metidos en un momento dado. No intentamos decidir por ellos la acción política a tomar para decidir la coyuntura, sino tomando en cuenta nuestra limitada experiencia con otros movimientos y resistencias, presentarles más opciones de las que ellos mismos pueden ver desde su experiencia local y concreta.

Cuál ventana decidan abrir después de mirar por varias de ellas, eso ya es cosa suya, o más bien, también nuestra porque ahí estaremos acompañándolos, si la decisión de abrir tal o cual se tomó de manera colectiva, sin falsas representaciones o delegaciones de decisión. Si el movimiento o grupo concreto negocia o no negocia con el poder, le acepta o no cualquier prebenda, si avanza o se repliega, será decisión del propio movimiento, el chiste es que haga o deje de hacer todo eso a la par que va cambiando las formas en las que se relacionan sus participantes al interior y del colectivo con el exterior.

¿Qué eso no se ve a corto plazo, ni es nota de 8 columnas? Seguro, por eso el militante de una organización que se quiere de nuevo tipo tiene que estar muy claro en que simplemente está sembrando para que alguien coseche a largo plazo, no puede esperar más, si quiere ser consecuente.

Por eso mismo también, plantearse la no toma del poder y realmente llevarlo a la práctica, lo puede hacer más fácilmente un militante, no simplemente un participante, entendiendo como militante a alguien que está conciente y voluntariamente dispuesto a integrarse plenamente a un colectivo, colectivo que además no se restringe al conformado únicamente por su propia organización. Y sin embargo es un militante de nuevo tipo, en cuanto entiende que un participante tiene el mismo valor que él, es decir, cuando su práctica lo lleva a que otros, dentro y fuera de su organización, puedan decidir qué quieren y como construirlo. Duro y a la cabeza contra la esencia de la práctica vanguardista.

A lo interno de la organización, al eliminar la lucha por el poder como un espacio conquistable, es más fácil eliminar la lucha por el “poder” de la organización, pues las decisiones dejan de ser vitales, en cuanto a quién las toma, y se encuadran entonces alrededor de con quién y cómo las tomas. No buscas la conquista de un espacio, sino la construcción de una relación política que vaya sumando (fuerzas, experiencias, tendencias) otra forma de hacer y decidir las cosas, desde abajo que decimos.

Y aquí viene la relación entre la práctica interna de la organización y la externa como organización. El tradicional canibalismo de la izquierda conformada bajo los tiempos y espacios del poder no tiene aquí mucho de donde alimentarse, simplemente porque no hay qué conquistar, ni lugares en la lista plurinominal, ni puestos de representación o de gobierno, ni embajadas o misiones culturales, ni salarios estratosféricos, ni prestaciones. Adentro no hay espacio que disputar, porque tampoco como organización hay espacio que disputar. No hay candidaturas, no hay puestos externos, para qué pelear puestos internos ni acumular fuerzas (corrientes).

Pero si aún así se llegaran a conformar corrientes o bandos internos, nuestra capacidad de cometer el mismo error dos veces es ilimitada, una u otra corriente no gana nada con destruir o imponerse a la otra, puesto que no hay un espacio a conquistar, ni en lo interno ni en lo externo, desde donde se tomen decisiones que afecten a colectivos más grandes, que suplanten a los demás. Si eres consecuente en acompañar y no en suplantar ¿qué quieres decidir por otros?
No hay cuotas de poder real, no hay ganancia en cuanto algo tangible conquistable, hay por lo tanto más chance de que lo que marque la práctica organizativa sea el compromiso y la conciencia, no la ganancia personal o de grupo, por lo tanto hay mayores posibilidades de que el tomar decisiones, sea, además de un asunto colectivo, algo que implique mayor compromiso militante, no mayores prebendas.

Y una vez más, hay una relación entre lo interno y lo externo: más con la práctica que con el discurso, tu actuar político no importa que lo califiquen, sobre todo, desde dentro de la organización, sino la gente de afuera con la que estás trabajando. Si como organización no tienes una propuesta y una práctica política que te permita que otros movimientos y colectivos te acepten para que camines junto con ellos, tus días están contados, a la corta topas con pared, te autoconsumes en la práctica interna y terminas vegetando o desgranándote poco a poco, hasta desaparecer.

Esa seguridad de que estamos ayudando a construir nuevas relaciones sociales, sin suplantar a la gente en la toma de decisiones, (ética militante le podemos llamar, tan absurda para la clase política) nos permite un mayor horizonte para el trabajo político, porque por primera vez el trabajo no depende del calendario del poder, sino del que podamos ir construyendo en colectivo.

¿Por qué digo esto? Porque no hay final del camino, sólo camino, siempre camino. No se pueden ir evaluando las metas en cuanto a objetivos conquistados en contraposición a los espacios arrancados al poder, sino en cuanto a posibilidades que se van construyendo y que permitirán que un día las decisiones, sean cuales sean, ya no se tomen si no es en colectivo.

La organización por sí misma, construirse como un fin, es lo menos importante, en cuanto que aceptamos que una forma organizativa, la que sea, es un elemento histórico, es decir, se ubica en tiempo y espacio concretos, pero no para conquistar un espacio que la haga perenne en el tiempo, sino en el sentido de que es parte de algo que se va construyendo y se va transformando, conforme se va transformando a la par su alrededor social y político.

El espíritu de cuerpo no se construye entonces alrededor de las diferencias con el otro que no es de la organización, o de mi espacio específico dentro de la organización (llámese comité, espacio sectorial, subregión, comisión u como uno quiera encasillarse temporalmente) sino precisamente en lo que aportamos en colectivo a la formación de un espíritu de cuerpo como pueblo explotado y dominado, para lo cual es fundamental cambiar las relaciones sociales. Nos definimos como organización no frente al poder, sino frente a la gente.

Por eso al final, para la práctica política, no importa, o importa muy poco el para qué, y toma mayor relieve el cómo. De hecho, pocas veces se puede saber con absoluta precisión qué va a pasar con la propuesta política que hagas y busques construir, pero lo que sí podemos saber es que si sentamos las bases para que esa propuesta se construya de manera colectiva, algo bueno, para colectivos mayores, va a resultar. Esto es lo que desmadra la lógica de dominación del poder y de su clase política actual y lo que nos hace invisibles, hasta ser lo bastante visibles como para ser invencibles, no como organización o movimiento, sino como tendencia a lograr otras formas de relación social, es decir, a poner de cabeza el injusto orden establecido y construir, desde abajo, otro nuevo.

Notas:
1. SCI Marcos del EZLN, La velocidad del sueño, parte 2: zapatos, tenis, chanclas, huaraches, zapatillas, octubre del 2004, México. (se puede consultar en www.fzln.org.mx)
2. Arturo Anguiano, EZLN, una estrategia de resistencia libertaria, ponencia presentada en el IV Congreso Marx Internacional, guerra imperial, guerra social, 1 de octubre del 2004, París, Francia.


https://clajadep.lahaine.org