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De la teoría de la dependencia a la dependencia como teoría

05.07.05

Sergio Rodríguez Lascano
Revista Rebeldía
La Fogata

En lo que va de este año, tres procesos han tenido una gran significación en América Latina: la llegada de la izquierda uruguaya al gobierno de ese país, la nueva fase de la rebelión boliviana y la caída del presidente de Ecuador. Parecería que la inestabilidad es la seña de identidad que se vive en nuestro subcontinente. Atrás, una serie de fenómenos económicos, políticos, sociales y culturales se han estado expresando para generar una situación que permite señalar que el neoliberalismo, más allá de que se ha venido aplicando en todos nuestros países, en ellos encuentra un cuestionamiento como creo no existe en ninguna otra parte del mundo.

Como era lógico suponerlo, ese cuestionamiento no se expresa de una manera unívoca, pero lo que es indudable es que sin importar la forma de la expresión, en todos los casos hemos encontrado una movilización social que con claras dinámicas autónomas han permitido una serie de modificaciones en la correlación de fuerzas. Por razones de espacio y entendiendo que eso inevitablemente esquematiza el análisis queremos ubicar este proceso en tres grandes apartados: la crisis de las relaciones de dominación en una buena parte de nuestros países; la conformación de un antagonismo y de un antagonista social-político con capacidad de veto a los planes y proyectos neoliberales; y, finalmente, el triunfo y el significado de la llegada de organizaciones que se autodefinen como de izquierda a diferentes gobiernos en la parte sur de América Latina.

1. La crisis de las relaciones de dominación

a) La tentación de hacer una descripción es muy fuerte, por ilustrativa, en todo lo que tiene que ver con la forma en que han caído varios presidentes o con la manera tan veloz cómo presidentes que han llegado al gobierno con una gran legitimidad social, la han perdido de manera casi total. Sin hablar de otros y solamente señalando los que han sido derrocados en la época neoliberal, la lista es importante: Fernando Collor de Mello, ex presidente brasileño (1990-1992), inauguró la época de destituciones bajo el neoliberalismo. Posteriormente le tocó el turno al socialdemócrata Carlos Andrés Pérez, presidente venezolano en dos ocasiones (1974-1979 y 1989-1993), quien en su segundo mandato y como consecuencia de sus políticas de austeridad contra la población, así como por la corrupción desmedida, fue destituido. El 20 de mayo del 93, la Corte Suprema de Justicia tomó la decisión de enjuiciarlo por malversación y peculado y suspenderlo en su cargo. Posteriormente, en el turno siguió Abdalá Bucaram, más allá de su peculiar forma de gobernar (bailarín y cantante), lo que marcó su caída fue la manera en que trató de que la sociedad ecuatoriana cargara sobre sus hombros una política de despilfarro, elevando las tarifas públicas y los impuestos. Así llegamos a Raúl Alberto Cubas Grau presidente de Paraguay en 1998-1999 y que fuera obligado a dimitir tras una rebelión popular en marzo de 1999. Durante su mandato se enriqueció por medio de la corrupción en el otorgamiento de contratos, entre otros el de la hidroeléctrica de Itapú. Con Jamil Mahuad Witt, presidente de Ecuador de 1998 al 2000, se repetía un fenómeno similar al de Bucaram. Nada más que ahora el nivel de la insurrección popular fue mucho más fuerte. La política de dolarización de la economía ecuatoriana, la privatización de varias empresas públicas y el recorte al gasto social, fueron las razones que dieron el primer impulso a la población para rebelarse. El siguiente fue Alberto Keinya Fujimori Fujimori, ex presidente de Perú (1990-2000). Después de haber ganado en una cerrada elección —con el apoyo de prácticamente toda la izquierda legal peruana— a Mario Vargas Llosa, Fujimori se encargó de desatar una de las peores represiones en la historia de ese hermano país. Sin embargo, en el siguiente proceso electoral triunfó de una manera mucho más holgada. No fue sino hasta que se dio a conocer el fraude electoral llevado a cabo por él y que se descubrió la corrupción gubernamental, ejecutada por medio de su hombre de confianza Vladimiro Montesinos, que se estableció un consenso, tanto social como político e institucional anti-Fujimori. Éste aprovechó un viaje a Japón y ya no regresó sabiendo que sería sometido a juicio y encarcelado por sus fechorías. Luego le tocó el turno a Fernando de la Rúa, presidente argentino de 1999 a 2001, el cual además de heredar las consecuencias de la desastrosa política privatizadora de Saúl Menen, continuó con la política dictada desde el Fondo Monetario Internacional imponiendo una austeridad que culminó con el tristemente célebre corralito (la imposibilidad de los ahorradores de retirar sus ahorros depositados en los bancos). Todo esto permitió el estallido social que culminó con el famoso grito “que se vayan todos” que tanto incomoda a la derecha como a la izquierda. Como dice Juan Luis Berterretche, de cuyo artículo “El arte de la fuga: De la cañonera al helicóptero” hemos tomado algunos datos para este apartado: “La imagen inolvidable del helicóptero con el presidente huyendo de Casa Rosada y una manifestante con el puño en alto gritándole ¡¡Cagón!! Recorrió el mundo”.

El que siguió fue Gonzalo Sánchez de Losada, presidente neoliberal de Bolivia en dos periodos: 1993-1997 y 2002-2003; la política entreguista de este gobierno en lo que tiene que ver con las reservas de gas natural frente a la transnacional Pacific LNG —integrada por Repsol, British Gas y Panamerican Gas—, permitió el estallido de una auténtica insurrección popular; una vez más, un presidente salía huyendo en un helicóptero ante el repudio de la población. Finalmente, hace unas semanas, vimos el caso del general Gutiérrez, del cual se habla en este número de la revista.

Sin embargo, el simple relato ilustra pero no explica, veamos algunos otros aspectos de esta problemática.

b) Esta crisis tiene un antecedente: la que se conoció como la crisis de la deuda. Ya en 1986, André Gunder Frank (recientemente fallecido) resumía el problema que tenían enfrente países como los nuestros, decía: “la actual interrelación económica no puede resolver los dos problemas del Tercer Mundo al mismo tiempo: su crecimiento económico y su deuda externa. Si paga su deuda, tendrá menos recursos disponibles para patrocinar su crecimiento económico y su esfuerzo será simplemente para sobrevivir. Si canaliza sus recursos hacia el consumo y el crecimiento interno, no le quedará nada para pagar su deuda”. Las burguesías latinoamericanas y sus gobiernos optaron por la primera vía de la disyuntiva, el resultado fue el siguiente:

País Deuda externa total Deuda externa per cápita
Índice 1980 Índice 2002 Índice 1980 Índice 2002

Argentina 100.00 489.4 100.00 35.6

Bolivia 100.00 156.4 100.00 96.4

Brasil 100.00 322.1 100.00 222.2

Colombia 100.00 544.6 100.00 352.6

Costa Rica 100.00 152.2 100.00 82.9

Cuba 100.00 116.7 100.00 112.0

Chile 100.00 324.5 100.00 230.2

Ecuador 100.00 265.1 100.00 160.7

El Salvador 100.00 441.5 100.00 310.3

Guatemala 100.00 360.2 100.00 206.1

Guyana 100.00 78.1 100.00 74.8

Haití 100.00 133.2 100.00 104.0

Honduras 100.00 320.3 100.00 168.4

Jamaica 100.00 222.2 100.00 171.1

México 100.00 245.7 100.00 162.2

Nicaragua 100.00 284.8 100.00 156.4

Panamá 100.00 209.1 100.00 137.9

Paraguay 100.00 271.1 100.00 146.8

Perú 100.00 304.2 100.00 198.0

R. Dominicana 100.00 214.8 100.00 139.1

Trinidad y Tobago 100.00 194.7 100.00 164.0

Uruguay 100.00 420.5 100.00 357.4

Venezuela 100.00 112.0 100.00 67.3

América Latina
y el Caribe 100.00 278,0 100.00 185.9

(Gráfica elaborada por la Universidad de los Trabajadores de América Latina Emilio Máspero).

En esta comparación gráfica de las variaciones de la deuda externa total y per cápita entre 1980 y 2002, en índices sobre base 1980=100, podemos observar con claridad lo que pasó. Al final todo este proceso resultó un gran despojo. Nuestros países se convirtieron en exportadores de capital hacia las megápolis, pero no para llevar a cabo inversiones de capital sino como parte de un gran saqueo; salieron divisas por tres factores: pago del servicio de la deuda externa, pago de royalties a las trasnacionales asentadas en América Latina y fuga de capitales.

En el caso de la deuda el resultado puede ser sintetizado de la manera en que lo formuló el Subcomandante Insurgente Marcos: “América Latina es una región de países pobres, por cada dólar que recibe de préstamo paga ocho y queda a deber cuatro. ¿Los acreedores? Bancos norteamericanos y europeos (fundamentalmente ingleses, franceses y españoles)”[1]. La deuda externa fue utilizada como mecanismo disciplinador, con lo cual todo fue más fácil y sencillo.

c) De aquí siguieron los planes de reajuste estructural, que fueron acompañados de una serie de modificaciones jurídicas, con lo cual los diversos Estados latinoamericanos cedieron espacios fundamentales de soberanía económica —en especial en lo que tiene que ver con el control de los recursos naturales y con el control de la moneda y todo el sistema financiero—, política y cultural. Los ya de por sí débiles Estados nacionales se entregaron a los brazos del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial a cambio de vagas promesas sobre una supuesta nueva participación en la reorganización internacional del ejército de reserva mundial. Al final el asunto no deja de ser patético. Durante la década de los 90, diversos sectores de las clases dominantes latinoamericanas trabajaron bajo la hipótesis de que había que sacar provecho de la nueva reorganización internacional del trabajo y promover Tratados o Acuerdos de Libre Comercio con el mercado más grande del mundo (el norteamericano), sacando provecho de la cercanía geográfica. A cambio, se ofreció toda una dinámica de desregulación de las leyes laborales, de la mano de obra, de las leyes de protección económica, de las leyes ambientales, etcétera. El resultado está a la vista: la nueva era de bonanza no llegó, aunque sí para un puñado de inversionistas tanto nacionales como extranjeros, y, en cambio, el mercado interno pasó a ser pieza de museo. El ejemplo más evidente en este terreno se encuentra en México: sus diversos gobiernos neoliberales apostaron a una llegada masiva de capitales (tanto en la industria como en la agricultura), la cruda ha sido muy grande; México depende fundamentalmente de dos rubros: los ingresos petroleros y las remesas de sus trabajadores que se encuentran laborando en los Estados Unidos.

d) Al final, el resultado ha traído como consecuencia una crisis de mando. Los tradicionales partidos burgueses de la región se quedaron sin chamba al caer de una manera vertical sus posibilidades de ofertar algún tipo de proyecto de desarrollo que le de certeza a mediano plazo a las sociedades de estos países. Lejos estamos de la época de la política de sustitución de importaciones y de la utilización del Estado para engendrar una burguesía nacional, encargada de surtir el mercado interno. El Estado tiene ahora una doble función: servir como regulador y garante de la inversión, casi siempre fraudulenta, de capital, evitando cualquier veleidad o preocupación social; y, convertirse en un Estado de seguridad interna, una especie de policía que busca criminalizar la pobreza, la diferencia y todo lo que signifique una relación comunitaria. Desde luego, paralelamente, al carecer de una política de desarrollo interno, la burguesía y sus mediaciones perdieron capacidad de control social. Los viejos partidos tradicionales entraron en una crisis que, en muchos casos, ha llevado casi a su extinción, los ejemplos saltan a la vista: Izquierda Democrática y el Partido Social Cristiano en Ecuador, el Partido Colorado o Blanco en Uruguay, El Movimiento Nacionalista Revolucionario de Bolivia, el Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI) y Acción Democrática (AD) en Venezuela, el Partido Acción Popular del Perú, el Partido Justicialista de Argentina, el Partido Colorado de Paraguay y de alguna manera el Partido Revolucionario Institucional y el Partido Acción Nacional de México. Una forma de organización política terminó, en especial como resultado de una serie de transformaciones que se llevaron a cabo en la organización de la producción y en la forma en que buscaron insertarse en el proceso de globalización.

e) En conclusión la crisis de dominación se expresa en una crisis de gobernabilidad que se manifiesta a su vez en la ausencia de legitimidad social, la carencia de resultados económicos, la crisis de los viejos aparatos de control social, y el surgimiento inicial de un movimiento con una dinámica autónoma.

2. La conformación de un nuevo movimiento social-político

Si es verdad que el neoliberalismo ha significado una reorganización de la sociedad, de las clases y de su forma de organizarse, esto también ha significado una transformación de la actividad política. La vieja forma de organización: Estado-instituciones-partidos-sindicatos y la vieja conformación de su espacio de confrontación: Estado-ciudad-parlamento-fábrica ha sido también transformada.

Al entrar en crisis el Estado nacional y sus instituciones, las viejas mediaciones que se evidenciaban como útiles para paliar la confrontación con el poder, en especial los partidos y los sindicatos, hoy no tienen el peso social que tenían en el pasado. Si es verdad que la crisis de la política la tenemos que buscar en la crisis de lo social y si, al mismo tiempo, el capitalismo aparece como más intangible —en tanto no se pelea contra un gerente de una empresa multinacional en un equis país, y esa empresa no decide sus topes de producción de manera autónoma sino que entra en la lógica de los planes de los dueños verdaderos de esa empresa que se ubican en muchos países, todo lo cual permite que por lo menos aparencialmente el capital sea incorpóreo—, entonces los movimientos sociales tienden a ubicar al capital como su enemigo y a identificar a las clases políticas como sus agentes. La lucha de los piqueteros en Argentina o lo que fue la guerra del agua y luego la guerra del gas en Bolivia, o lo que fue la movilización social en contra de la guerra de Irak, para no hablar de la insurrección zapatista el 1 de enero de 1994 y la evolución de su lucha, no son sino botones de muestra de algo más profundo.

Algunos buscan reducir el significado de esta nueva forma de expresión social al problema de la lucha por el poder o no, y esto empobrece la experiencia y convierte en una caricatura algo mucho más profundo. La lucha por construir un sujeto autónomo no es ni nueva ni ajena a las mejores tradiciones de lucha por la emancipación. Tampoco es una herencia única del movimiento anarquista. Me parece que la idea de que “la liberación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos” es una herencia, o debería ser, común a todos los que luchamos por cambiar al mundo. Lo que aquí es necesario señalar es que por muchos años una visión vanguardista, profundamente castradora del pensamiento autónomo, no tan sólo limitó el proceso de autoorganización social sino que lo satanizó. La idea de que la política no existe más que en función de los partidos políticos puede ser estimulante para que los militantes de los mismos puedan dormir tranquilos, pero es falsa y, sobre todo, revela un temor cuasi enfermizo a la movilización social. En un artículo alucinante, Claudio Katz, economista argentino dice: “El autonomismo desvaloriza la estrategia, la conciencia y la organización que necesitan los oprimidos para triunfar. Descalifica la confrontación con los opresores en el terreno electoral e ignora las restricciones de la democracia directa. No percibe que los precarizados forman parte de la clase trabajadora, ni toma en cuenta las tradiciones comunes que asocian a los excluidos con los incluidos”. Desde luego se trata de una caricatura, echa por un mal caricaturista. Pero lo que revela es ese síndrome enfermizo del que hablamos más arriba.

Mucho se ha criticado a los que en las calles de Buenos Aires lanzaron el grito “Que se vayan todos”, porque al final se “quedaron todos”. Hace muchos años Rosa Luxemburgo decía que “la huelga general plantea el problema del poder pero no lo resuelve”. Así es y de la misma manera explosiones como las de Argentina, Bolivia o Ecuador, plantean el problema del poder pero no lo resuelven. Por cierto que no es poca cosa plantear el problema del poder. ¿Qué significa esto?

Cuando la sociedad alcanza niveles de organización y conciencia (sí organización y conciencia, aunque les pese a algunos que hacen su divisa de lo que tienen de diferentes con los trabajadores, en especial con los más pobres, en tanto éstos, según ellos, están incapacitados para realizar un análisis “científico” de la realidad) pone en jaque las instituciones de dominación y se abre una brecha que permite que la sociedad discuta la posibilidad de autogobernarse a partir de mostrar su descontento, desilusión e ira en contra de los que gobiernan. Como dijo un viejo revolucionario ruso, León Trotsky: “Dejemos a los moralistas juzgar si está bien o está mal. A nosotros nos basta tomar los hechos tal como nos los brinda su desarrollo objetivo. La historia de las revoluciones es para nosotros, por encima de todo, la historia de la irrupción violenta de las masas en el gobierno de su propio destino”[2] . Efectivamente, sólo los moralistas se ponen sus togas y birretes y juzgan si lo que hacen los trabajadores está bien o está mal, desde luego este problema se resuelve una vez más de manera moralista: está bien cuando le hacen caso al partido, la organización política o el intelectual orgánico; está mal cuando actúan de manera autónoma porque no logran construir un nuevo tipo de poder o porque ni siquiera se lo plantean. Parecería que la política es un sitio cercado, un bunker, en el que la chusma social no puede, ya no digamos entrar, sino ni siquiera pensar en entrar.

El asunto es que a pesar de toda esa tinta gastada, la acumulación de experiencia continúa y las explosiones sociales se siguen desarrollando. El reclamo de que no se cuente con un programa y una clara conciencia socialista parece más como una confesión de incapacidad que otra cosa. En efecto, los bolcheviques tardaron en entender qué era eso del soviet de Petrogrado, ya que al inicio lo identificaron como su competidor. Según la teoría clásica del partido revolucionario, es el momento de la crisis cuando un partido puede realizar todas sus potencialidades, entonces, en lugar de quejarse de que la gente grite “que se vayan todos” deberían estar felices, en tanto se abre un periodo de confrontación política con el poder del capital. Claro, esto si realmente son revolucionarios y no militantes institucionales del poder sobre los trabajadores.

En la práctica, lo que ha sucedido es que todas estas modificaciones han permitido no una historia sin sujetos sino una historia con diversos sujetos. Pero no un sujeto preconcebido y predeterminado a cumplir no sé que objetivos históricos. Los sujetos no son, simplemente pueden ser (posibilidad dada por la voluntad de lucha). Una pluralidad de sujetos, producto de la diversidad del ataque del capital en múltiples espacios: la fábrica sí, pero también el barrio, la ciudad, el campo, la escuela, la comunidad, etcétera.

Se trata de los trabajadores del campo y la ciudad, manuales e intelectuales, jóvenes y viejos, hombres y mujeres y transexuales, indios y mestizos… Su voluntad de representarse a ellos mismos refleja la crisis por la que atraviesa la democracia representativa y sus diversas instituciones. Su lucha no es únicamente contra su patrón o jefe sino contra el poder, ya sea el poder del Estado o el poder que se filtra hacia el conjunto de las relaciones sociales. Por lo pronto han levantado un muro para vetar las acciones más nefastas del capital financiero, pero ya en su seno se está procesando la otra discusión, qué plantearse como alternativa, entendiendo que las luchas que transforman las relaciones sociales en una determinada región solamente pueden desarrollarse si avanzan en el plano nacional e internacional.

Son el tumulto, la bola, el remolino, la multitud, Nadie. Los que no esperan el futuro luminoso para ir construyendo nuevas relaciones sociales, los que no buscan como interlocutor al poder sino a sus iguales-diferentes. Los que hacen de la autonomía su signo de distinción. Los que construyen espacios de autogestión en torno a sus diversas actividades y en sus diversos espacios de trabajo.

Sí es verdad —como dice Carlos Marx en el Manifiesto Comunista— que el capitalismo cada vez que genera una nueva forma de organización, genera al mismo tiempo su contrario. La fase actual del capitalismo ha sido tan arrasadora, tan fragmentadora, que lo que se busca es que no quede nada ni nadie enfrente. Han logrado su objetivo en lo que tiene que ver con la segunda parte. Enfrente lo que existe es Nadie. Lo no ubicable, lo no corrompible, lo no identificable, lo no aprensible, lo no encuadrable, lo no mediatizable, lo imposible de aplastar. Frente al tiempo y al espacio fragmentado y no homogéneo del capital, comienza poco a poco a desarrollarse el tiempo diverso y heterogéneo de la respuesta. A algunos les causa angustia y desesperación; solamente la lenta impaciencia ayudará a librarnos de nuestras impaciencias del corazón.

3. La llegada al gobierno de partidos de izquierda en el cono sur de América Latina

Frente a la crisis de dominación, la crisis de los partidos burgueses tradicionales y la reanimación de los movimientos sociales se ha abierto una coyuntura que ha permitido el triunfo electoral de algunas opciones de izquierda, en especial en el caso de Brasil y Uruguay. Existe otra experiencia, la venezolana, pero ésta representa una situación especial que requiere en sí misma una discusión particular, por lo pronto nos centraremos en la experiencia brasileña.

El arribo del Partido de los Trabajadores del Brasil creó una serie de expectativas sobre la posibilidad de cambiar el rumbo de la política económica y social en ese país. Tanto por el origen de Luis Inacio da Silva, mejor conocido como Lula, obrero metalúrgico, dirigente de las impresionantes huelgas a inicios de los 80 en el cordón industrial del ABC de San Bernardo del Campo en las afueras de Sao Paulo, así como por el proceso de conformación de un gran partido de los trabajadores que aglutinó a los sectores sociales subalternos y que dio una serie de luchas trascendentales, se pensaba que existían las condiciones para generar un nuevo espacio que llevara a la generación de una forma de organización social que retara algunos aspectos centrales del sistema neoliberal. El resultado no ha sido el que se pensaba. La política económica que se ha implementado lo que ha permitido es la profundización del neoliberalismo, logrando incluso la aprobación de una serie de reformas estructurales en la lógica del pensamiento neoliberal, como la reforma de las pensiones o la ubicación de un salario mínimo raquítico, que busca hacer recaer sobre los hombros de los trabajadores una política de austeridad. Más aún, una serie de promesas que estableció el PT y Lula durante su campaña no se han cumplido. En especial es necesario subrayar el caso de la reforma agraria. Brasil es uno de los países con peores niveles de concentración de la tierra en unas cuantas manos, según una serie de informes es uno de los países más inequitativos del mundo en lo que se refiere a la distribución de la tierra. Menos del uno por ciento de los terratenientes controla el 46 por ciento de las tierras cultivables, en tanto que 4.6 millones de campesinos carecen de parcelas para vivir y trabajar. Al mismo tiempo, existe un movimiento campesino autónomo que, sin ser antagónico al PT, lucha y se organiza en torno a una necesaria repartición de la tierra. Lula prometió que durante sus cuatro años de gobierno entregaría títulos de propiedad a 430 mil familias, y a un año y medio de su llegada a la presidencia solamente ha entregado 35 mil, es decir el 8 por ciento. Más aún, en el presupuesto para 2004 se habían aprobado 3.7 billones de reales (la moneda brasileña) para la distribución de tierra, con lo cual supuestamente se iba a dar posesión a 115 mil familias. Sin embargo, se acaba de anunciar el recorte de este presupuesto, por iniciativa del ejecutivo, dejándolo en 1.7 billones de reales (según el ministro de Reforma Agraria, Miguel Rosseto, con esto solamente se podrá otorgar tierra a 40 mil familias).

En el ámbito internacional, la actitud del gobierno de Lula frente a los acontecimientos de Bolivia no deja lugar a dudas. Defendiendo a Petrobras, Lula ha rechazado el acuerdo parlamentario que plantea que el 18 por ciento de lo que se obtenga por regalías se entregue al Estado de Bolivia y que el 38 por ciento se pague en impuestos. Actuando como director de una empresa trasnacional Lula ha mandado al inefable Marco Aurelio García, ministro sin cartera de su gobierno a tratar de convencer a los líderes políticos y sociales de Bolivia para que se apoye al presidente Meza que busca un acuerdo “más razonable” para las trasnacionales.

Como punto que culmina el proceso de reconversión del PT y de su gobierno, en una reunión que tuvo lugar en Río de Janeiro de la corriente hegemónica al interior de ese partido, el ministro de hacienda Antonio Palocci, extrotskista reciclado en las oficinas del Banco Mundial y José Dirceu, exguerrillero, reciclado en las oficinas de la burocracia del PT, plantearon agregar un nuevo apartado a los principios políticos del PT, a saber, la necesidad de incorporar el concepto de equilibrio fiscal. En una nota de Eleonra Gosman, reportera del Clarín de Argentina se dice lo siguiente: “La nueva Biblia para los militantes petistas consagra como verdades indiscutibles principios macroeconómicos tales como ‘equilibrio fiscal’ y ‘estabilidad económica’, a los que considera pilares esenciales para el desarrollo de Brasil. El flamante dogma incorpora, sin mediaciones, la ortodoxia económica practicada por el gobierno. A diferencia de la última plataforma partidaria, definida en 2001, donde se proclamaba la ‘ruptura’ con el modelo económico, la versión actualizada del dogma del PT defiende el equilibrio fiscal como pieza estratégica para lograr el desarrollo económico”[3]. Si se aprueba este nuevo dogma neoliberal en la declaración de principios del PT no se requiere ser un adivino para predecir el movimiento que sigue: el voto a favor de la autonomía del banco central, instrumento que según los teóricos del neoliberalismo asegura el “equilibrio fiscal” y la “estabilidad económica”. Al final todo se puede resumir en una frase que fue escrita sobre una cartulina, mientras se desarrollaba el Foro Social Mundial, que decía: “¿Qué hiciste con nuestros sueños Lula?”.

En la década de los 60 se elaboró y se difundió la teoría de la dependencia que, más allá de diversas críticas, tenía como objetivo denunciar al imperialismo como gran saqueador del excedente social de nuestros países. Hoy se elabora una nueva concepción en la que se hace de la dependencia frente al capital financiero internacional un dogma, un espacio imposible de superar, es decir se hace de la dependencia una teoría, un fatal marco referencial imposible de hacer a un lado.

Dice Raquel Gutiérrez: “Sin embargo, si entendemos por política de izquierda, ante todo, la masiva intervención colectiva en la definición de lo que ha de hacerse a nivel público; si consideramos política la confrontación social que busca establecer nociones distintas de lo que debe entenderse por bien común, entonces las luchas de estos movimientos tienen un contenido altamente político y, más bien, es posible que a través de algunos de sus rasgos constitutivos lo que estén planteando sea un cambio de civilización: el ‘mandar obedeciendo’ que se replica explícitamente en Argentina y que de alguna manera se encuentra en la movilización boliviana reciente, habla de una ruptura con un fundamental principio liberal de la política que es la delegación de la soberanía colectiva en un representante”[4].

Este sería el espacio para construir una alternativa de izquierda a la crisis de las relaciones de dominio, a la crisis de los partidos tradicionales, a la actuación nefasta de los partidos de izquierda que han llegado al gobierno y al ascenso de un movimiento político que ha retado al poder político sin poder, todavía, construir algo en su lugar. Aquí se encuentra el espacio y la direccionalidad: abajo a la izquierda.

Notas:

[1] Subcomandante Insurgente Marcos: “En (auto) defensa de las jirafas” Rebeldía No 25

[2] León Trotsky: “La historia de la Revolución Rusa” vol. 1. págs. 13 y 14. Juan Pablos Editor.

[3] Eleonora Grosman: “El PT corta las últimas amarras con su pasado anticapitalista”.

[4] Raquel Gutiérrez: América Latina: notas para entender qué significa, hoy ‘izquierda’. En Las izquierdas en México y América Latina, pág. 219. Fundación Heberto Castillo Martínez A.C.


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