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Movimiento mapuche autonomista

11.08.05

Escenarios y perspectivas políticas

Lo que hoy se requiere es apuntar hacia la conformación de una Fuerza Política Mapuche Autonomista (Partido Político Mapuche) y a la elaboración de un Programa Político de corte Autonomista, que permita sumar aliados, pero que al mismo tiempo defienda la independencia ideológica que requiere nuestro pueblo para avanzar. Un Programa que busque como objetivo estratégico la consecución de grados mayores de descentralización política y administrativa a manos de las regiones donde está históricamente asentada la población Mapuche en Ngulumapu (Foto de Jorge Zuñiga).

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Por Rodrigo MARILAF* / Periódico Azkintuwe / Miércoles 10 de agosto de 2005

El viernes 22 de julio del año 2005, en un hecho que será largamente recordado en nuestra historia, el tribunal oral de Temuco declaró por segunda vez, tras varios años de investigación, absueltos a los seis Mapuche acusados de “asociación ilícita terrorista”, señalando de paso que no existían antecedentes que demostrasen siquiera la conformación de una asociación ilícita simple. La alegría se apoderó de todos quienes estuvimos aquella mañana en el tribunal. La mayoría recibimos el veredicto como una pequeña gran victoria por sobre los poderes fácticos. Sin embargo, muy pocos dentro del movimiento se han detenido a reflexionar hasta el momento sobre los reales alcances de dicho fallo judicial, y por sobre todo, los reales alcances de dicha victoria para la continuidad de nuestro movimiento.

En primer lugar, cabe decir que dicho fallo echa por tierra, por segunda vez, la estrategia asumida por los fiscales del Ministerio Público, quienes no sólo han visto nuevamente derrotada su tesis del presunto carácter “terrorista” de las movilizaciones Mapuche, sino que han visto además como la enorme distancia que separa el “terrorismo” que hoy asola al mundo -de manos de organizaciones como Al Qaeda- del seudo terrorismo chilensis, hace ver francamente como ridícula la defensa de una tesis de tal naturaleza. Pero, por sobre todo, hacer ver más ridículos aún a quienes se siguen empeñando hoy en formular porfiadamente dicha acusación: los fiscales, los Carvajal, los Agustín Figueroa, los grandes señores usurpadores del territorio y los medios de comunicación que amplifican dicha falacia.

En segundo lugar, dicho fallo demuestra, desde la perspectiva de los poderes fácticos aquí asociados, la ineptitud de los fiscales acusadores, quienes contando con todos los recursos del estado a su disposición no fueron capaces de demostrar como cierta la mentira urdida desde los más altos niveles de la Subsecretaria del Interior, mentira bautizada en círculos de inteligencia como “Operación Paciencia”. Aun así, dicha estrategia de persecución política no ha sido del todo inservible para sus fines originales. Por el contrario y pese a no quedar demostrado en tribunales la tesis jurídica de la “asociación ilícita terrorista”, dicho escenario de criminalización ha logrado contener las movilizaciones Mapuche desde fines del año 2001, vía el encarcelamiento de una gran cantidad de Mapuche que fueron acusados injusta y desproporcionadamente.

No se puede ocultar el sol con un dedo

Estos hechos hacen de dicha victoria sólo una pequeña gran victoria. El camino que queda por recorrer como pueblo es aún muy largo, y lo peor es que seguimos entrampados en la inercia de nuestra propia fuerza de gravedad, una fuerza de gravedad que nos tiene sumidos en el inmovilismo, el repliegue, incapaces de generar escenarios políticos favorables, intervenidos por fuerzas políticas Estatonacionales que no nos permiten autonomizarnos ideológicamente como pueblo y comenzar un proceso propio de organización social y política como Nación.

Hace falta en nuestro movimiento mucha reflexión. Reflexión política que oriente desde ya nuestras próximas tareas como movimiento y nos saquen de aquel prácticismo sin sentido que sólo nos ha llevado a cometer un error tras otro. En este sentido, se hace necesario acusar como erradas y peligrosas todas aquellas tendencias que censuran la actividad intelectual y política Mapuche como “actividades wingkas”, y a quienes las practican como “awingkados”.

¿Qué futuro político le pueden ofrecer a nuestro pueblo dirigentes seudo cosmológicos que son incapaces de ganar fuerza social entre nuestro pueblo? ¿Es posible creer en la “pureza cultural y racial” de dichos dirigentes cuando ellos mismos han estudiado en universidades o llevan en paralelo la más normal de las vidas urbanas?, ¿qué capacidad de análisis demuestran si a pesar de la indesmentible realidad geodemográfica de nuestro pueblo, siguen insistiendo en el sesgo campesinista de nuestra lucha y promoviendo organizaciones etnogremiales que sólo buscan influir sobre el poder para lograr “mejores leyes indígenas”? Pero hay más aún. Nuestro movimiento peca de mucha soberbia de parte de quienes desde hace ya varios años lo dirigen, demostrando una nula capacidad de autocrítica política, requisito imprescindible para avanzar.

Los errores de nuestro movimiento suman y siguen. Además de insistirse en el sesgo campesinista de la problemática Mapuche, despreciando y silenciando de paso una enorme fuerza social presente en las zonas urbanas, existe una interpretación del conflicto anclada en contradicciones que no dan cuenta de la real complejidad de la problemática social, cultural y política que vive nuestro pueblo. En efecto, interpretar el conflicto contemporáneo bajo los antagonismos de los Mapuche / contra el Estado Chileno (o Argentino en su caso), o peor aún, los Mapuche / contra los Wingkas, o los Mapuche / contra los Chilenos o los Mapuche / contra el Capitalismo, etc., supone erigir contradicciones irreconciliables en cada caso.

Sin embargo, el problema no es la contradicción en sí, sino que las contradicciones bajo las cuales se ha interpretado el movimiento Mapuche no son reales e impiden la generación de positivas alianzas con la sociedad chilena, sobre todo en la actual región de La Araucanía. Esta forma bajo la cual se ha interpretado el actual conflicto explica en parte el nivel de aislamiento social en que estamos sumidos a escala regional e incluso nacional. Y nuestros dirigentes, caudillos validados en muchos casos por su linaje familiar y no por procesos democráticos de representatividad Mapuche, han sido incapaces hasta el momento de estudiar estas contradicciones a objeto de superarlas.

Dichas contradicciones no son sólo peligrosas porque nos impiden forjar alianzas con amplios sectores de la sociedad chilena en general, y de la sociedad regional en particular, sino incluso porque le impide al movimiento Mapuche avanzar en la formulación de un discurso que interprete a la mayoría de la sociedad regional (Mapuche y no Mapuche), un discurso que exprese y legitime nuestra natural vocación de poder en nuestro territorio y que haga coincidir nuestros intereses y visión de mundo con los intereses y la visión de futuro de toda la región, el país y sus sectores democráticos.

¿Es posible construir un discurso con vocación de poder?

Recordemos que hasta ahora las organizaciones etnogremialistas se han contentado con rodear al poder e influirlo para obtener siempre “mejores leyes”. ¿Es posible elaborar un discurso que legitime plenamente nuestra aspiración y acceso al ejercicio del poder? No sólo es posible, sino totalmente necesario en el mediano plazo si queremos sacar al movimiento Mapuche del pantano en que actualmente se encuentra. Para ello necesitamos desde ya comenzar una tarea profunda de combate hacia todas las tendencias ideológicas presentes al interior del movimiento Mapuche y que lo desvían hacia el pantano en que actualmente pulula: los culturalismos extremos que indígenizan nuestras demandas hacia la simple entrega de tierras o la atomización identitaria-territorial, así como el extremo dogmatismo político de aquellos que preconizan afiebradamente y sin mayor reflexión el carácter nacionalista y “revolucionario” de la lucha Mapuche.

Para construir un discurso Mapuche con vocación de poder primero debemos pensar en términos de correlación de fuerzas y etapas por la que deberá transitar nuestra lucha hasta conseguir los objetivos máximos de aquellos mapuche que hoy nos declaramos como patriotas. En este sentido, hoy la correlación de fuerzas regionales y nacionales nos es totalmente desfavorable, y en consecuencia, nuestra estrategia inmediata debe apuntar a invertir esa correlación a nuestro favor, ganándonos nuevamente el favor y las simpatías de la sociedad regional y nacional. Pero debemos comprender que aquellas estrategias y discursos que pueden haber dado resultado a principio de los noventa hoy día pueden no tener tanta efectividad, por cuanto el momento histórico es distinto. Es así como debemos comprender que bajo el actual escenario político nacional e internacional, no es viable y no lo será por mucho tiempo, el desarrollo de un programa ultrista y confrontacional de lucha Mapuche nacionalista contra el estado y sus instituciones. Desconocer esto último es pecar de ingenuidad o, en su defecto, de ceguera política.

Por el contrario, lo que hoy se requiere es apuntar hacia la conformación de una Fuerza Política Mapuche Autonomista (Partido Político Mapuche) y a la elaboración de un Programa Político de corte Autonomista y Democrático, que permita sumar aliados, pero que al mismo tiempo defienda la independencia ideológica, política y orgánica que requiere nuestro pueblo para avanzar. Un Programa de Lucha Autonomista que, acumulando fuerzas propias y generando alianzas tácticas, busque como objetivo estratégico la consecución de grados mayores de descentralización política y administrativa a manos de las regiones donde está históricamente asentada la población Mapuche en Ngulumapu (VIII, IX y X), a través de la promoción de reformas al aparato administrativo del Estado que nos permita conquistar la consagración de Estatutos de Autonomía Interna.

En este mismo proceso de elaboración de una nueva discursividad Mapuche, tendremos también que reflexionar y descubrir la verdadera contradicción que nos permitirá, en la actual etapa del movimiento Mapuche, interpretar las razones del conflicto, acumular fuerza propia y ganar aliados en esta lucha.

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