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PDPR EPR Tendencia Democrática Revolucionaria: Comunicado 8 de octubre de 2005

10.10.05

En cualquier lugar que nos sorprenda la muerte, bienvenida sea,
siempre que ése, nuestro grito de guerra, haya llegado hasta un oído receptivo y otra mano se tienda para empuñar nuestras armas, y otros hombres se apresten a entonar los cantos luctuosos con tableteo de ametralladoras y nuevos gritos de guerra y de victoria.

[Ernesto Guevara, Tricontinental, 16 de abril de 1967.]

A los pueblos del mundo
Al pueblo de México
A las organizaciones que luchan por una verdadera transformación
social..

Montañas desiertas, cubiertas de malezas, eran el escenario del
principio del fin. Al puerto del Churó llegaron hacia la
medianoche “Che” Guevara y sus hombres; habían librado la pelea
anterior el 28 de septiembre. Ese día cayó Coco Peredo.

“Che” Guevara, “Inti” Peredo, “El Mauro” y los demás se instalaron
para pasar la noche. A la mañana siguiente el Ejército tomó
posiciones. El mayor Vargas confirmaría días después -Estaban
copados. Todos deberían haber muerto. Sin embargo, sólo siete en
aquellos dos días fueron muertos o hechos prisioneros.

El primer combate empezó a eso de la una; hubo otro combate veinte
minutos después. Lucharon durante un cuarto de hora; luego nada.
Reporte, cuatro muertos en las filas del Ejército.

“Che” Guevara, siempre el primero como era costumbre en él, va
herido de una pierna; le ayuda a andar Willy y sólo ve una solución:
escalar. Sus camaradas a lo lejos le ven avanzar y atraen sobre
ellos el tiroteo. Van subiendo agarrándose a la maleza, a los
espinos. Willy le ayuda, porque además de estar herido, sufre una
crisis de asma. Se paran: Willy otea; dispara y vuelve a disparar.
Siguen subiendo, las manos sangran… Ante ellos, a menos de cuatro
metros, surgen cuatro soldados que les rodean antes de que Wiliy
pueda soltar al “Che” Guevara y disparar… Cinco, diez soldados… Caen
prisioneros.

-Soy “Che” Guevara. Dice tranquilo

Gary Prado acude, saca una fotografía que lleva siempre consigo y
mira la cicatriz sobre la mano.

-¡Es él! Declara.

Atrapar al “Che” Guevara era un sueño para cualquier oficial
boliviano y él tenía al “Che” delante. Confía los dos prisioneros,
con las manos atadas, a cinco soldados que tienen prohibido hablarle.

Cinco minutos después la noticia llegaba a Vallegrande, al coronel
Joaquín Zenteno Anaya, jefe de la 8a División.

Durante tres horas permanece allí el “Che” con Willy, a pleno sol,
sentados sobre la maleza. Le vuelve el asma, la pierna le duele. Los
soldados hablan entre sí y le observan cuando él no les mira. Por la
tarde regresa la Compañía. Ha caído la noche cuando llegan al pueblo
con los cadáveres sobre las mulas, los heridos cubiertos con mantas,
el “Che” a pie y sostenido por dos soldados. Willy va sólo con las
manos atadas.

Encierran a Willy en una sala de la escuela del pueblo mientras
empujan “Che” Guevara al salón del tercer grado. Es un poco más
grande. Un soldado lo hace sentar en el último banco, apoyando la
espalda contra la pared. El “Che”, separado de su último compañero,
Willy, se queda solo. Está solo consigo mismo en medio de las voces
que llegan hasta él.

El oficial Espinosa quiere la pipa del “Che” Guevara. Un rato
después, muy excitado, se dirige al salón y se acerca al “Che”, le
agarra del pelo, le sacude y le arranca a viva fuerza la pipa que
estaba fumando.

-¡Ah!, tú eres el famoso “Che” Guevara.

-Sí, yo soy el “Che”. ¡Y también soy ministro! Tú no me puedes
tratar así. Y le da tal patada que Espinosa cae sobre un banco.

El coronel Selich interviene en aquel momento. El “Che” Guevara lo
conoce. Ha venido antes a interrogarle. Pero el “Che” se niega a
hablar con los oficiales, a los que mira con ironía y desprecio,
según confesión de los soldados que le custodiaron. Con éstos su
trato era menos duro; les habla con dulzura, según confesión de
Remberto Villarroel. Pero la declaración del enfermero Fernando
Sanco a Jorge Torrico es muy importante:

-Tras haber pasado toda la tarde en la zona de combate y parte de la
noche junto a los heridos del Ejército, fui a examinar al “Che”:
tenía una herida muy fea en la pierna… pero nada más en todo el
cuerpo.

Tras una nueva oleada de preguntas, siempre infructuosas, que le
hizo el coronel Selich, Guevara se queda solo en su celda; fuera se
refuerza la guardia y todos los soldados dan el “¿Quién vive?”

Al día siguiente, el lunes por la mañana, el “Che” Guevara quiere
ver a la maestra de la escuela. Fue la única persona con la que
quiso hablar y habló.

Es joven, tiene 22 años, morena, de ojos verdes. Julia Cortés cuenta:

-Tenía miedo de ir y enfrentarme a una bestia… y me encontré con
un hombre de agradable aspecto, de mirada tranquila, dulce y
bromista a la vez, al que no podía sostener la mirada.

-Conque es usted la maestra. ¿Sabe usted que no hace falta acento
sobre el “se” en la frase “Ya se leer” -le dijo, como preámbulo,
señalándole uno de los dibujos que colgaban de la pared.

-¿Sabe usted? En Cuba no existen escuelas como ésta. Parece un
calabozo… ¿Como pueden estudiar los hijos de los campesinos aquí?
Es antipedagógico…

-Somos un país pobre. Usted ha venido a matar a nuestros soldados.

-Ya sabe usted, la guerra se pierde o se gana.

Hacia el mediodía el “Che” la volvió a llamar. Sabía que le quedaba
poco tiempo de vida, quizás una hora.

¿Qué querría decirle, qué iba a contarle? ¿Algo importante? Pero
ella se negó a ir.

-No sé por qué. Ahora me arrepiento. Puede que la culpa de ello la
tuvieran sus ojos, su mirada.

El helicóptero del Ejército, pilotado por el mayor Niño Guzmán, no
paraba de ir y venir.

Tan sólo al bajarse del helicóptero, el contralmirante recompensó a
los “rangers” entregándoles dinero en propia mano.

Entonces todos pasan ante ese hombre que temen, ante ese “Che”
Guevara que no tiene miedo a la muerte. Saben que los
interrogatorios no servirán de nada; todo lo más que pueden sacar es
una lluvia de insultos y una mirada de desprecio.

Con sus manos atadas se apoya contra la pared y se pone en pie. Su
pierna le duele. Es casi la una de la tarde. Está cerca de la
puerta. Oye voces. Una discusión.

-Yo también quiero ir.

-Yo voy primero.

-Tú te ocuparás de Willy y de “El maestro”.

La puerta se abre. El suboficial Mario Terán entra con su fusil “M2″
apoyado en la cadera.
-Siéntate.
-¿Por qué, si vas a matarme? -responde el “Che” con calma.

-No. Siéntate.

Terán cierra los ojos, trata de no mirarle y hace como que se va. Se
oye una ráfaga y el “Che” cae. Ahí está en el suelo, agonizando. El
subteniente Pérez entra, saca su revólver y termina con él,
pegándole un tiro en el cuello.

-¡Le habéis matado! -grita Wiliy-. No me importa morir porque me voy
con él.

Una ráfaga. Sentados en el suelo, caen Willy y “El maestro”.

La maestra, que vive cerca, a unos cincuenta metros, ha oído los
disparos, uno tras otro. Cuando llega, todo ha terminado. Aquél que
ella no pudo mirar a los ojos “porque me hacía pensar mal” está ahí
tirado por el suelo, sobre un charco de sangre.

El pueblo se llama La Higuera. El país Bolivia. El continente
América. Región Sudamérica… Y el día que permanece en la memoria de
la humanidad: Ocho de octubre del año de 1967.

Parecía que todo terminaba ese día a las tres de la tarde; algunos
llegaron a decir con una expresión de felicidad en su rostro: - Es
el fin del “Che” Guevara… Es el fin de las guerrillas en América
Latina… Los derrotamos ya…
Mientras escuchaban en el interior de sus cráneos sus propias voces
no alcanzaron a oir que el “Che” Guevara le había dicho a la joven
maestra de la escuela de “La Higuera”: - -Ya sabe usted, la guerra
se pierde o se gana…

Desde ese entonces, otros seres humanos que no escucharon en el
interior de sus cráneos las voces apocalípticas del “Fin de las
luchas de liberación” en nuestro continente y, por qué no, en el
mundo entero, comprendieron que la guerra se pierde o se gana… Pero
también se dieron cuenta que las guerras se conforman de batallas
(políticas, militares, ideológicas y económicas) y éstas se pierden
o se ganan… Pero que importa más ganar la guerra, pese a que se
pierdan o se ganen algunas batallas, o a pesar de que la guerra dure
diez, veinte o muchos más años…

A partir de ese ocho de octubre pudo saberse que la guerra se
compone de acciones, unas perceptibles, otras no.

A partir de ese ocho de octubre se confirmó que “Mueren los hombres,
pero no los ideales”

Este ocho de octubre, 38 años después de aquél, reconocemos
que “Mueren los hombres, pero no los ideales” y que estos ideales se
mantienen vivos gozando de cabal salud…

¡¡¡CONTRA EL NEOLIBERALISMO, EL PODER POPULAR!!!

TENDENCIA DEMOCRÁTICA REVOLUCIONARIA.

República Mexicana, Octubre 8 de 2005.


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