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Ramona: el bordado invisible de la esperanza

11.01.06

Martes 10 de enero de 2006

Luis Hernández Navarro
La Jornada

El mundo supo de ella por primera ocasión el 20 de febrero de 1994. Comenzaba el diálogo de San Cristóbal entre el gobierno federal y los zapatistas. Era una de las dos mujeres que formaban parte de la delegación rebelde en las conversaciones de paz. Pequeña entre las pequeñas, de mirada profunda, ataviada con pasamontañas y un huipil blanco con bordados rojos a la usanza tzotzil, 36 años de edad y con una enfermedad que la devoraba por dentro, fue presentada por el subcomandante Marcos. Era la comandanta Ramona.

Ella mal hablaba el castilla. El vocero del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) la presentó en aquella ocasión: “¿Por qué es necesario matar y morir para que ustedes, y a través de ustedes todo el mundo -dijo- escuchen a Ramona decir cosas tan terribles como que las mujeres indígenas quieren vivir, quieren estudiar, quieren alimentos, quieren respeto, quieren justicia, quieren dignidad?”

Ella explicó, días después, su incorporación al movimiento: “Yo llegué a participar en la lucha armada como estoy participando ahora tras varias experiencias. Tuve que salir de mi pueblo a buscar trabajo, por la misma necesidad, pues no había de qué vivir. Cuando llegué a la ciudad empecé a ver que la situación allí no es la misma que en el campo. Me di cuenta de que no está bien cómo nos tratan, empecé a entender y a tomar conciencia de la necesidad de que las mujeres nos organicemos porque en la ciudad no nos respetan a los indígenas. No nos toman en cuenta cuando llegamos a vender nuestros productos, no nos pagan bien, casi regalamos la mercancía. En la ciudad no podemos andar solas, como indígenas estamos despreciadas, olvidadas”.

Muy pronto Ramona se volvió un símbolo querido y admirado por la multitud: la humilde tejedora de rostro desconocido se transformó en admirada y tenaz rebelde. Su imagen y su nombre se convirtieron en sinónimo de lucha por la liberación de la mujer y procreadora de otros mundos. Manifestación tras manifestación, su nombre fue vitoreado por miles de manifestantes. Efrén Capiz, el fallecido dirigente purépecha que versificó la gesta zapatista en coplas, la incluyó en la narración épica del levantamiento armado. Miles de pequeñas muñecas de trapo son vendidas en San Cristóbal de las Casas como reproducciones de la comandanta.

Ramona estuvo presente en la toma de Jovel del primero de enero de 1994. En su hermoso y documentado libro Mujeres de maíz, Guiomar Rovira da cuenta de la participación de la jefa rebelde en ese episodio: “El rostro amordazado en negro logra dejar libres los ojos y algunos cabellos que guardan la nuca. En la mirada el brillo de quien busca. Una escopeta calibre 12 terciada en la espalda. Con el traje típico de las sandreseras, Ramona baja de las montañas, junto a cientos de mujeres, rumbo a San Cristóbal la noche última del año 1993″.

La comandanta desempeñó un papel clave en la preparación del levantamiento armado. Fue la responsable de organizar la región tzotzil, más cerrada a la participación de las mujeres. A pesar de que las mujeres no acostumbran hablar con los hombres allí, Ramona lo hizo. Y organizó las comunidades y nombró a los responsables de los comités femeniles. No fueron pocos los casos en los que las mujeres empujaron a los hombres a levantarse en armas.

Encarrerada, junto con la comandanta Susana, promovió el 8 de marzo de 1993 lo que Marcos ha definido como el “primer levantamiento zapatista”. En una carta dirigida al editorialista Alvaro Cepeda Neri, el vocero rebelde cuenta cómo en una reunión en los Altos se aprobó la Ley Revolucionaria de las Mujeres.

En la Convención Nacional Democrática (CND) de agosto de 1994 el subcomandante anunció que Ramona estaba muy enferma. La misma prensa que hoy quiere burlarse de la otra campaña presentando a Marcos como un vendedor de pizzas anunció su muerte al poco tiempo. Sin embargo, el 19 de febrero de 1995, días después de la traición de Ernesto Zedillo, la comandanta apareció en un video con una copia de La Jornada del día anterior, leyendo un comunicado rebelde, en el que asegura: “nuestro movimiento es indígena” y pide al pueblo de México ayuda para construir la paz.

En julio de 1995, un día antes del inicio de la quinta sesión de los diálogos de San Andrés, la dirigente apareció en un nuevo video. Agradeció al mundo la preocupación por su salud y advirtió: “Las mujeres vamos a creer en las palabras de paz sólo si los soldados del gobierno no están amenazando nuestras cabezas”.

Poco más de un año más tarde, en octubre de 1996, en una de las más graves crisis de los diálogos de San Andrés, en medio de las amenazas gubernamentales de no permitir la salida de los zapatistas de la zona de conflicto, Ramona se trasladó a la ciudad de México. A través suyo, los rebeldes rompieron el cerco. La comandanta participó en la fundación del Congreso Nacional Indígena (CNI) y encabezó una multitudinaria manifestación al Zócalo. Días después fue sometida a un delicado, pero exitoso trasplante de riñón.

Durante las conversaciones de San Cristóbal de febrero de 1994 Ramona habló de su incorporación al levantamiento armado con estas palabras: “Nosotras ya de por sí estábamos muertas, no contábamos para nada”. Esa defunción en vida le dio enorme libertad para actuar. Su fallecimiento, sin embargo, tardó todavía 12 años más en llegar. Su tenaz voluntad de existir, de luchar por los suyos y por las mujeres, la solidaridad internacional y una operación le dieron unos años más de tiempo.

El mundo sabe hoy de ella y de los suyos gracias a su sacrificio. Su trayectoria muestra cómo la historia la hacen cada día los de abajo. Sus manos habilidosas de mujer humilde fueron capaces de bordar el tejido invisible de la esperanza de la liberación de los pueblos. El mismo que alimenta la otra campaña.


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