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La comandanta

14.01.06

Viernes 13 de enero de 2006

Luis Javier Garrido
La Jornada

La Historia, así con mayúscula, no la escriben los miembros de la “clase política”, cuyos nombres llenan las planas de los diarios, sino muchas veces los más pequeños e insignificantes de un pueblo: aquellos que siempre se quiere ignorar.

1. La muerte de la comandanta Ramona, la diminuta indígena tzotzil que fue una de las dirigentes históricas del EZLN, acaecida en el camino a San Cristóbal de las Casas el Día de Reyes de 2006, y que suscitó la suspensión por tres días de la otra campaña zapatista, y múltiples reacciones de diversas partes del mundo, ha planteado con extrema crudeza, mucho más que otros acontecimientos, cuál es la realidad económica y política del México de hoy.

2. Ramona, bordadora excepcional, era uno de los símbolos más emblemáticos del EZLN por su participación en la lucha social de los Altos de Chiapas en los años 80 al defender los derechos de las mujeres a la educación y a la salud, y porque se valorara su trabajo artesanal, y más tarde por impulsar la Ley Revolucionaria de Mujeres, por su trabajo en el Comité Clandestino Revolucionario Indígena para preparar el levantamiento armado y por su participación en la toma de San Cristóbal el priimero de enero de 1994, y como integrante de la delegación del EZLN que participó en los diálogos de la catedral de San Cristóbal con los emisarios del gobierno salinista. Y, desde luego, por su papel histórico en octubre de 1996, cuando asistió al nacimiento del Congreso Nacional Indígena en el auditorio del Centro Médico Nacional del IMSS, habló en el Zócalo de la capital ante una gran concentración y asistió a un gran mitin en Ciudad Universitaria.

3. La imagen de Ramona fue, desde que se le conoció, la de un México que a pesar de la adversidad se rebela con toda dignidad contra las injustas estructuras económicas y el doble discurso de un sistema de poder y adquiere, por lo mismo, una gran dimensión, y por todo eso el subcomandante Marcos la llamó antes de su salida a la capital en ese 1996 “el arma más beligerante e intransigente del zapatismo”.

4. En el Zócalo de la capital, el 12 de octubre de 1996, dijo por lo mismo, hablando ante una multitud, que “queremos un México que nos tome en cuenta como seres humanos, que nos respete y nos reconozca nuestra dignidad”, e insistió en ello luego de manifestar la disposición del zapatismo a participar en un gran diálogo nacional: queremos “un México donde todos tengamos un lugar digno”, para al día siguiente escuchar en Ciudad Universitaria que hay muchos sectores que desde la sociedad están luchando por ello.

5. La Ley Revolucionaria de Mujeres, de la que la comandanta fue decidida impulsora antes del levantamiento, alude por ello sin proponérselo a esos dobleces de la vida nacional: al desfase entre las leyes escritas y la realidad social. En ella las mujeres de los Altos que la redactaron asentaron que las mujeres tienen derecho, sin importar su raza, su credo o su filiación política, a participar en la lucha revolucionaria, a trabajar y recibir un salario justo, a decidir el número de hijos que pueden tener y cuidar, a participar en los asuntos de la comunidad, a la salud, a la alimentación y a la educación, a elegir su pareja y a no ser golpeadas, y a ocupar cargos de dirección en la organización y tener grados militares: a todo lo que millones de mujeres como Ramona siguen sin tener.

6. Nada en común tenía, pues, Ramona con mujeres como las que han llegado al gobierno con Vicente Fox, que han sido dóciles instrumentos del capital trasnacional y no han tenido más afán que saciar sus ambiciones en el marco de la corrupción prevaleciente: desde Marta Sahagún hasta la neofascista Ana Teresa Aranda, miembro de la organización ultraderechista El Yunque -que se ha adueñado del aparato estatal-, quien en una decisión que avergüenza al país ha sido nombrada titular de Sedeso.

7. México se halla hoy en día en un momento crucial, como el resto de los países de América Latina, pues el embate del capitalismo neoliberal está no sólo consumando el mayor saqueo de la historia en casi todos los países del continente -y nuestro país ha sufrido una particular depredación con el gobierno corrupto y entreguista de Vicente Fox-, sino desmantelando las resistencias tanto en la sociedad como en el aparato estatal, por lo que urge que éstas se multipliquen, lo mismo desde el pueblo que desde todos los sectores más conscientes, incluyendo de manera particular a la burocracia política.

8. En esta encrucijada, urge, en consecuencia, que el ejemplo de Ramona se multiplique y que, desde abajo, se impulse el cambio con toda tenacidad: un cambio que, hay que reconocer por otra parte, también impulsan muchos desde arriba, incluso desde la “clase política”, desde los sindicatos, desde los espacios culturales, desde las universidades, desde la prensa. Y que pasa también por las elecciones, porque el espacio estatal es también un ámbito de la lucha social, de la lucha de clases, pues lo que caracteriza el actual proceso latinoamericano, no puede desconocerse, es que no hay ni puede haber recetas.

9. Ramona no puede quedarse como un icono de unos cuantos, ni como las hermosísimas muñequitas de trapo de los Altos, ni como una suma de bellísimos y dolorosos recuerdos; ha de ser una simiente.

10. La historia de hoy y de los años próximos no la están escribiendo en América Latina más que excepcionalmente los dirigentes políticos, y no podría ser de otra manera. Aunque muchos no lo quieran ver, ya está siendo, como en otros momentos significativos del pasado, la expresión de la tenacidad y de la dignidad de muchos de los más pequeños. De hombres y de mujeres como Ramona.


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