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El arte de cortar carreteras

15.06.03

Antiguamente, los bandidos de los bosques, grupos de resistencia contra las monarquías europeas, y las comunidades originarias que resistían en todas partes el saqueo y el genocidio de la acumulación originaria del capital, usaban como formas de lucha el corte de caminos para detener los carruajes por medio de troncos y piedras atravesadas, que, al ser vistos por el conductor, de inmediato intentaba dar marcha atrás o dar vuelta, pues, ya se sabía que venía una horda de atacantes. Las señoras daban gritos mientras los caballeros tomaban sus pistolones o espingardas con manos temblorosas y se armaba la discusión de si era mejor rendirse para que no los mataran a todos. Los valentones después de unos momentos de descargar su hombría en duras palabras contra los bandoleros, ‘accedían’ a guardar las armas. A veces venían guardias a caballo acompañando y otras encima del carruaje se instalaban dos o tres expertos tiradores.

Trucos de lado y lado, el hecho es que los resistentes y algunos llamados delincuentes comunes, sembraban el terror en los caminos, secuestraban a los señores y se llevaban las riquezas de la circulación mercantil poniendo trabas al desarrollo de la larga y compleja cadena del parto de la sociedad capitalista sobre la sangre de Abya Yala, India, etc. Los resistentes organizados en comunidades autogestionarias (sólo en Brasil se contaban por cientos, si no miles) se nutrían de los frutos de la tierra y de esta intercepción del circuito de mercancías, del cual usaban muchos productos sin tener que pagar por ellos.

Luego los caminos, los ríos y los mares dejan de ser terreno de lucha y el antagonismo se manifiesta en las ciudades, donde la naciente clase obrera es obligada a entregar ríos de sangre para beneficio del capital, las principales formas de lucha son la huelga y la barricada, que cortan calles interrumpiendo también la circulación y muchas veces irrumpiendo en las bodegas de las fábricas y tiendas, retirando del circuito mercantil una infinidad de productos por los que no se paga un centavo. La similitud es evidente, pues se trata de la continuidad de la misma lucha de siempre, la población contra los propietarios, que naturalmente no sólo interrumpe la producción y la circulación, sino que también entra de lleno en esos terrenos cuestionando de hecho la propiedad y restableciendo la circulación libre.

El apetito por el poder llevó a partidos y sindicalistas a crear estructuras verticales, autoritarias y piramidales dirigidas de arriba abajo con lo cual la huelga y la barricada pasaron a ser funcionales a la capacidad de diálogo de las burocracias, desde donde se decía si se podía o no mover un dedo. Los ‘dirigentes’ sembraron el respeto por la propiedad y por el circuito mercantil, intentaron acabar con la lucha de acción directa disputando espacios dentro del sistema con la ‘fuerza’ de la ‘masa’ que tenían detrás. Ya no se podía quebrar vitrinas ni menos entrar a retirar los productos del mercado. Ahora es el respeto del status quo. Los empresarios comienzan a ver que algunos de esos dirigentes son buena onda, que controlan a los trabajadores a cambio de naderías, nace historicamente la socialdemocracia y el reformismo.

Así la huelga, de arma de lucha, pasó a ser una medida reglamentada por la ley burguesa, pero no así la barricada, que no es digerible por la paz social de la explotación y sigue siendo usada por muchos a pesar de los denodados esfuerzos de los conciliadores, así como la ruptura de las tiendas y la retirada de los productos del mercado o el incendio de edificios públicos.

Los que aspiran a ocupar espacios junto al trono del poder intentan a toda costa asumir el lenguaje y el comportamiento disciplinado que el capital exige a la población. Por eso no es de extrañar que Attac, y en especial la Susan George, critiquen constantemente a los que luchan contra las manifestaciones del capital y que boicotean de hecho su funcionamiento convocando al resto a la generalización de las formas de lucha de la acción directa, sea enfrentando vigorosamente a las ‘fuerzas del orden y la disciplina’, sea destruyendo o entrando a retirar partes o componentes de la infraestructura de la propiedad y su funcionamiento, sea incendiando locales como fue en las jornadas argentinas de Salta que precedieron a la insurrección popular que derribó cuatro gobiernos.

Los burgueses ‘dialogantes’ hacen las delicias de los burócratas y reformistas que siguen soñando con las alianzas de clases, conciliaciones y subordinación de la población al orden capitalista, tipo Kirchner, por ejemplo, o aún Lula, cuyo programa neoliberal es denunciado aún por los intelectuales y economistas de su propio partido.

Si la mayoría de la población de nuestros países es pobre, marginada y se concentra en las comunidades campesinas, originarias y periferias de las ciudades, es absurdo pedirles que ‘se comporten’ para ganar a las capas medias. Esas capas, así como la clase obrera industrial y trabajadores del estado ya se han disminuido bastante, como es el caso mexicano, argentino, brasileño, uruguayo, chileno y venezolano, por referirnos a los países del continente que han pasado por niveles elevados de industrialización y ‘progreso’, situación que ya dejaron hace un buen tiempo y no vuelve más, por lo que vale la pena ahondar aún más el ‘comportamiento’ que se le critica a los que ocupan tierras, cortan caminos, saquean camiones o asaltan tiendas.

Son exactamente los que aspiran a ocupar espacios de poder los que más cuestionan la acción directa, pues sólo podrán llegar allí a condición de que se sometan y sometan al pueblo a las condiciones de las reglas del juego ordenado y determinado en las leyes burguesas.

Los procesos de construcción y acumulación de fuerzas sociales pasan por evadir y enfrentar dichas leyes, dicho orden y la propiedad en general, permitiendo la expansión del sentimiento de rebeldía de la población. La experiencia argentina es la mejor prueba de ello, así como también la prueba de la recomposición de la institucionalidad ante la aún incipiente capacidad de poder popular que organizado desde abajo asegure el control y la administración de territorios. Los partidos que en la insurrección estaban debajo de la cama, salieron para amarrar a la población insurrecta en los mas variados bloques y agrupaciones que se extendieron por todas partes gracias al discurso agresivo o a cierta capacidad de negociación con el poder.

En el continente la lucha volvió a las carreteras, siendo los casos más conocidos los piqueteros argentinos, los cocaleros y comunidades campesinas y originarias de Bolivia y ultimamente Perú, donde el campesinado, un par de días antes de deflagar la huelga de maestros, paralizó el país por medio de cortes simultaneos de caminos en todas partes, de sur a norte, sorprendiendo a todos, hubieron declaraciones de diversos personeros que dijeron que nadie se esperaba un movimiento como ése. Igual que los bolivianos, los compas peruanos cargaron cientos y miles de piedras y troncos alfombrando largos pedazos de asfalto y tierra con esos objetos. El golpe a la economía fue tremendo. Interrupción de los transportes de carga y de pasajeros con la consiguiente repercusión en el resto de la cadena de flujo mercantil. De inmediato el gobierno negoció y nuevamente engañó a estos campesinos, que anuncian una nueva movilización dentro de dos semanas.

Los bloqueos de carreteras son entonces un arma de lucha que puede perfectamente reproducirse en escala ampliada junto a huelgas y barricadas urbanas, lo que ya ha sido probado que incorpora a gran parte de la población cuya insatisfacción va en aumento. Las paralizaciones regionales en Colombia, por ejemplo, han sido bastante exitosas, pero se han disminuido en estos últimos tiempos por motivos diversos. En Brasil los cortes de carretera han sido esporádicos y demasiado circunscritos, lo que no ha permitido la expansión y el uso por parte de otros sectores de la población.

Así se manifiestan dos dinámicas que cruzan el movimiento popular, una que tiende a llevar a la gente a un estado, sea el que está o algún otro, y que batalla por organizar y amarrar de arriba abajo, y la otra, por el contrario, apunta a desarrollar algo nuevo por fuera de ese y de cualquier otro estado, priorizando por el poder local y la capacidad de influir y determinar sobre sus destinos, valorizando las otras regiones en lucha por medio de instancias de coordinación e intercambio.

La primera tomó gran aliento con Chávez y luego Lula. Sectores de la izquierda continental llaman a esperar para ver. Y mientras esperan, el neoliberalismo y la humanización del capitalismo se imponen a paso de carga. Ahora con la presidencia de Kirchner levantan el Mercosur como polo de agrupación capitalista regional al que hay que apoyar. Luego fue Gutiérrez la niña de los ojos de estos izquierdistas. Pero al poco tiempo esos proyectos se han desmoronado grotescamente, ambos, Lula y Gutiérrez, impusieron los programas del FMI ‘con apoyo de masas’, con lo que se ha desinflado el globo con el cual encandilaban a la población. Ya no hay más ese globo, pero tienen que inventar uno tras el otro, de forma recalcitrante, negándose a ver que aún las propias bases del PT y del MST se están rebelando y hay que atraerlas a la resistencia.

Hay que abandonar desde ahora la consigna de la ‘toma del poder’ y substituirla por la de ‘construcción de poder’. Hay que salirle al paso a la proliferación de textos reformistas que insisten en esas viejas banderas y que sobre ello despliegan fuertes ataques contra las autonomías y la horizontalidad de las relaciones entre las dinámicas resistentes. Hay que mostrar aún más que, por el contrario, las luchas sociales continúan su firme avance por todo el continente.

Ello es necesario debido al divisionismo que esas consignas siembran en medio de las luchas y las discusiones abiertas. Por ejemplo en Argentina estamos asistiendo a un reacomodo de fuerzas por la base, grupos se dividen, otros se encuentran, unos negocian con Kirchner, otros mantienen las debidas distancias, unos convocan por un lado, otros por el otro, muchas asambleas han entrado en un reflujo sintomático por no haber desarrollado formas comunitarias de relacionamiento, más bien manteniendo las modalidades discursivas de los encuentros, y por no haber desarrollado desde el inicio tareas de poder local, de administración de localidades, quedándose en la discusión de proyectos y programas que no han llevado a nada. Los agrupamientos en torno a Zanón y Brukman están asumiendo ciertos perfiles más próximos a objetivos estratégicos de izquierda como la ‘toma del poder’ que hacia una nueva dirección de construcción de poder local. Y así vamos. Esas contradicciones serán resueltas no por la realización de acabados programas estratégicos, sino por la retomada de las formas de acción directa y la convocatoria a levantar programas regionales que agrupen a la población en función de sus intereses inmediatos. Las discusiones programáticas han resultado tan vacías que no han atraido a la población, como lo demuestran los bajos índices electorales de la izquierda. Y han sido esas discusiones vanas las que han permitido el restablecimiento de la institucionalidad, pues se ha sacrificado el avance hacia formas nuevas de hacer política local que hubieran podido atraer a la gente como ha sido por ejemplo en Esquel o aún en Salta. Kirchner ha aprovechado esas óptimas condiciones para remodelar el aparato del estado y modernizarlo en los más variados terrenos, en especial las fuerzas armadas y policiales, así como ha retomado las negociaciones con el FMI y con el Mercosur. Inicialmente se reconocía el papel de vanguardia de Brasil, pues el ejemplo Lula de estabilización influyó notablemente en Argentina, pero luego, una vez asentado y teniendo en vista las dificultades de Lula en el plano de las críticas dentro de la izquierda y aún en el seno del pueblo, ha dicho que ya no se trata de seguir al líder sino de una relación de tú a tú, con lo que espera reavivar brotes nacionalistas típicos del peronismo como expresión del capitalismo desarrollista.

Los pobres argentinos continuarán siendo tales, las capas medias empobrecidas e ilusionadas con Kirchner, no tardarán en decepcionarse, el problema del desempleo no tiene solución. En fin que se mantienen los factores de la crisis y no está lejos el día que recomience la lucha callejera con nuevos piquetes y acciones regionales. Kirchner está conciente de ello y la represión se prepara. La golpiza contra el reportero de Indymedia no es más que una demostración de ello. Si la izquierda no deja de lado sus ideas de ‘toma del poder’ seguirá alimentando la mantención del status quo. La salida está en sumarse al accionar combativo desde abajo en la construcción de espacios reales de poder local.

Lo mismo Venezuela, si no se refuerza la auto-organización popular, la crisis continuará con avances y retrocesos de cada uno de los bloques en pugna, por más que se diga que Chávez está firme y Estados Unidos ha sido derrotado en sus aventuras golpistas. No hay ninguna estabilidad en ese país, eso es falso de cabo a rabo. Cada bloque utiliza su capacidad callejera o de espacios institucionales para su propio beneficio. Como no es posible que un bloque acabe con el otro, la salida va a ser el acuerdo superestructural con acomodos de ambos bandos, la posible retirada de Chávez, la reinstalación de las fuerzas armadas como un cuerpo profesional y la distribución de espacios de control económico y político entre los contrincantes. Es efectivo que cada bloque cuenta con empresarios y con burocracias sindicales, como también es efectivo que el bolivarismo cuenta con una fuerte organización de masas subordinada de arriba abajo no excenta de contradicciones que afloran de tanto en tanto. Pero para eso es bueno recordar la experiencia de Panamá, que si bien finalmente fue resuelta con la invasión yanqui, no menos cierto es que los acuerdos entre los bloques se dirimieron en el parlamento y en las elecciones, lo que finalmente va a suceder también en Venezuela. De modo alguno el proyecto Chávez va a permitir a las izquierdas subordinadas hacerse con ‘el poder’ como para ‘avanzar al socialismo’. Las clases dominantes venezolanas, si bien divididas en los dos bloques, están firmemente decididas a formar parte cada vez más beneficiosa de la relación con el capital internacional por vía de su riqueza petrolera. Y el bolivarismo de alianza de clases es funcional a ese objetivo.

En Colombia, el estado ha sorprendido con sus dos últimas medidas tendientes a readecuar las estructuras industriales y de paso golpear al movimiento sindical. La militarización de las plantas de Ecopetrol y la liquidación del poderoso grupo comunicacional de Telecom que deja en la calle a más de 10 mil trabajadores, forman parte de una estrategia tendiente a facilitar la penetración del capital internacional en esas dos áreas tradicionalmente manejadas por el estado. La respuesta del sindicalismo burocrático no se ha dejado esperar y se ha convocado a un paro nacional de los trabajadores estatales. Ese paro será una prueba de fuego para ambos sectores, gobierno y trabajadores del estado, pues el golpe ha sido demasiado duro y tiende a debilitar aún más las estructuras del viejo sindicalismo dirigido aún a la antigua en especial en las centrales sindicales, aunque en la USO, Unión Sindical Obrera, de los trabajadores de Ecopetrol, ha predominado desde hace años una forma de hacer sindicalismo más participativo junto a las bases, lo que le ha convertido en una poderosa fuerza sindical, quizás la más sólida del país, aunque el problema va a ser el como enfrentar la militarización de las plantas donde para ingresar ahora hay que identificarse y ser chequeado por las tropas contrainsurgentes. La desesperación del gobierno por no haber podido avanzar en su lucha antiguerrillera le está haciendo reforzar los mecanismos del funcionamiento militarizado del capital. Es cada vez más notorio el avance organizativo de las comunidades originarias, campesinas y afrodescendientes en las más diversas regiones del país, y algunas de ellas con total autonomía de los grupos armados, sean del gobierno o de la guerrilla, lo que ha llevado al gobierno a atacar poblados enteros arrestando a diferentes personas inventando cargos de colaboración con las guerrillas. El plan del gobierno colombiano era acabar con las guerrillas en un plazo corto para facilitar la circulación del capital internacional, pero como no ha sido posible, pues entonces se hace de forma militarizada, lo que da la tónica de los próximos pasos que deberá seguir este gobierno, de mayor militarización de las ciudades y de las plantas industriales, lo que no hará más que exacerbar los ánimos de la población, que como se vio en el caso de la Comuna 13, está dispuesta a tomar también las armas para defenderse del gobierno. La Comuna 13, barrio periférico de Medellín (si no me equivoco de ciudad) formó sus propias milicias armadas para defenderse del gobierno y las incursiones militares y durante largo tiempo los combates fueron tan intensos que las guerrillas del Eln y de las Farc llegaron a apoyar y se constituyó de hecho una alianza popular-guerrillera que mantuvo en jaque al gobierno. Así el impasse entre el gobierno y las guerrillas sólo podrá ser quebrado con la multiplicación del ejemplo de la Comuna 13 en otras periferias de ciudades y la consolidación de las formas autónomas de auto-organización social en las comunidades rurales. Ello será un fuerte aliciente para el avance de las luchas sindicales y urbanas por la base. Las condiciones actuales de las organizaciones sociales y las experiencias del paro regional armado que se desarrolla en algunas regiones, pueden contribuir para que en plazos no demasiado largos puedan efectuarse movilizaciones de carácter nacional con cortes de carreteras y boicot económico.

Ejemplos hay muchos más, pero basta con eso para mostrar que sin una fuerte lucha autónoma de base, los proyectos aliancistas y de ‘toma del poder’ continuarán creando divisionismo en la resistencia. No bastan ya las marchas y demostraciones pacíficas, pues al poco tiempo hay que salir nuevamente y así vamos, favoreciendo las propuestas electoralistas que nos llevan a nuevas derrotas. El sindicalismo tradicional está derrotado intentando levantar cabeza con las nuevas políticas de conciliación de la ‘humanización del capitalismo’, pero esas políticas también están fracasando, por lo que estamos en las mejores condiciones para levantar nuevas ofensivas de luchas desde abajo a condición de que sean decididas en los territorios por la población articulada en coordinaciones locales que permitan desarrollar su propio poder.

Hay que ser artistas. Hay que desarrollar más el arte de cortar carreteras y paralizar la economía. Con ello estaremos creando las condiciones para acumular fuerzas locales y plantearnos la tarea de derribar los gobiernos.

A las carreteras!

Profesor J
Clajadep


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