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:: RePresión EsTaTal y SeGuridad Popular

11.08.06

Represión Estatal y Seguridad Popular

Nota: En función de que el poder vuelve a poner como prioridad de su agenda la seguridad; para que las citas que encabezan el material nos refresque la memoria de lo que decían los enemigos del pueblo hace unos años; y porque la inseguridad del cuerpo social no atraviesa a todos de la misma manera (ahí está la justicia extralegal de la juventud posfordista de Budge ante otro crimen policial para atestiguarlo), creemos que amerita la reedición de este material del colectivo que no fuera publicado en su momento en la web de NPH

Para una profundización del tema: La (in)seguridad de la Multitud
http://www.colectivonph.com.ar/intervenciones/lainseguridadelamultitud.htm

“Da la impresión de que hay grupos piqueteros que están esperando que los repriman para tener más prensa”.
Alfredo Leuco, Informe Central, América TV, 24 de septiembre de 2003.

“La Argentina conoce los desbordes de ambos lados, los desbordes piqueteros, los desbordes que han generado a veces la reacción estatal”.
Alberto Fernández, Jefe de Gabinete, al anunciar que está en estudio la creación de una brigada antipiquetera, 27 de octubre de 2003.

“No puede ser que tengamos todavía gente que se pone las capuchas y, sobre la base de medidas que a lo mejor reclaman, en muchos casos, como poner en marcha comedores, bloqueen caminos, accesos a la Capital, o la salida del ministerio de Trabajo”.
Raúl Alfonsín, TN, 30 de octubre de 2003.

“Tomar un terreno es ilegal, es un delito. Decir que la lógica es entrar a un predio y entonces se soluciona el problema, me parece que es poner todo patas para arriba”.
Aníbal Ibarra, jefe de gobierno porteño, La Nación on line, 12 de noviembre de 2003.

¿Cómo abordar el tema de la seguridad sin caer en una visión “legalista” o “fierrera”?

¿Cómo la multitud elabora en clave constituyente la seguridad humana?

¿Cómo le cerramos el paso a la reacción que no va a cejar en pedir “mano dura” contra los insumisos de todo tipo?

Nuestras emociones influyen en nuestra reflexión. Y en ese sentido el impulso resentimental es considerado como negativo. Entendemos por resentimental un discurso cargado de resentimiento. No porque no existan motivos para formarnos opinión de ciertas prácticas. Pareceres que actuarán en el futuro como juicios previos y no como prejuicios.

Resentimiento por lo que pudimos ser y no fuimos. Olvidando que la potencia de nuestra subjetividad siempre puede retomar lo inconcluso o conducirnos a nuevos desafíos. Un poder hacer que perennemente será menor a todo lo hecho. Una incompletud arborescente. Esta facultad, la potencia, justamente es la que permite el autogobierno de la multitud, y no su atrofia estatal como presupuesto final del movimiento.

Resentimiento contra la izquierda partidaria. Resentimiento con los millones que aún confían en el capital-parlamentario, más aún, luego del 19 y 20, las asambleas, los piquetes masivos y centenares de fábricas recuperadas.

El resentimiento es un parásito afectivo que carcome al movimiento. Un padecimiento obturador y paralizante. No opera como el viejo odio de clase contra los expoliadores que ubicaba, como su contracara, el amor entre los oprimidos.

El resentimiento es pura negatividad. Pura impotencia. El impulso resentimental actúa como un oscuro residuo afectivo. Antinómico a la potencia constituyente que todo lo ilumina. Potencia que se conjuga desde la bioafectividad fraternal y no como mera biopolítica antagonista.

Frente al componente resentimental se percibe en los movimientos otros componentes sobre los cuales existen hipótesis fragmentarias y provisorias. Una de ellas corresponde a las nuevas formas de interacción, o las que también se denomina, nuevas sociabilidades. Estas remiten al medio afectivo común en que los individuos comparten experiencias, ubicados frente a frente, en una situación de interacción dinámica. Una práctica “interfacial”.

Otra dimensión percibida en los movimientos resulta el componente de adaptación a “los golpes y traumatismos”. Que comenzó a operar dentro de los sectores más pobres y desprotegidos, que denominamos como “resiliencia”. Término que proviene de la metalurgia y que traduce la capacidad de resistencia de los materiales a las diferentes presiones. En el movimiento, este comportamiento deviene como la capacidad de elaborar estrategias comunes de adaptación a las agresiones sistémicas de manera tal, de no solo “resistir”, sino también “rebotar” y retomar la iniciativa. Aprendiendo e integrando comúnmente (es decir “en común”) las lecciones de los golpes sufridos.

Esta resulta una forma alternativa de comprensión de los procesos de constitución interfacial como respuesta instintiva e inteligente.

Un dialogo entre iguales, sin jerarquías ni mandos. Un “sentido común” flexible. Un “cara a cara” constituyente que se proyecta hacia el “cuerpo a cuerpo” (interface).

Esta manera de percibir no es “antagónica” a las explicaciones del tipo “recomposición de la clase/autovalorización”. Pero es distinta y responde a percepciones diferentes por parte los “afectados” (portadores de afectos interfaciales constituyentes).

No es cuestión de “juzgar” los afectos, sino de observarlos desde actitudes tendencialmente “no-resentimentales”. Tratando de entender (no ya solamente a la clase) sino a la multitud recomponerse a través de procesos de territorialización bioafectivas, de manera móvil, heterogénea e irrepresentable.

Esta plataforma mutante (o “criatura constituyente”) define sus modalidades inteligentes de comunicación y de acción a través de modulaciones sensoriales resilientes. O, lo que es lo mismo que decir, las capacidades populares de procesamiento de los golpes, resistencia e iniciativa.

El punto polémico es la aceptación de la alteridad radical de dichas modulaciones sensoriales y la incapacidad radical de acceder a ellas desde una actitud bioafectiva resentimental.

De allí la percepción critica de cierto autonomismo ideológico de corte sistemáticamente confrontacional, especie de “eterno retorno” retórico, de la línea de clase contra clase de la tercera internacional.

Aquí, es de donde proviene, la necesidad de prestar atención al aspecto metacomunicativo del proceso de comunicación interfacial. Y de su potencialidad inaudita en el momento de la acción colectiva. Es decir, que se debe pasar por un momento de “recuadre” de los términos mismos de la comunicación; para no caer en lógicas de descalificaciones mutuas o disonancias cognitivas inmovilizantes. Entendiendo, a esta disonancia, como lo que se desea expresar desde la potencia del poder decir; y, en cambio, lo que realmente se entendió de lo que fue expresado. Más aún, necesitamos el recuadre cuando estas interacciones son consideradas como procesos del ejercicio de la potencia del poder decir y el poder sentir. Siempre superior; estas últimas, como potencia o facultad genérica, en su inagotabilidad e inconmensurabilidad; a la concreta afectivad puesta en acto y a lo efectivamente dicho en la comunicación interfacial.

La interface constituyente comenzó a tomar cuerpo a través de manifestaciones; que si bien denotaban una cierta continuidad con los periodos anteriores en término de métodos de lucha (piquetes, puebladas, asambleas, tomas de fabrica); había en su interior dinámicas difíciles de integrar a través de los esquemas organizativos heredados de otros tiempos.

Se produce una ruptura identitaria con la izquierda partidaria y una situación de diálogo crítico entre los grupos autónomos menos reacios a las dinámicas heterogéneas que están en desarrollo.

A pesar de las tentativas de criminalización en todas sus variantes (mediáticas, legislativas, policiales) un cuerpo logro tomar forma a través de un esfuerzo inaudito de reconquista de la dignidad en el sentido más fuerte que contiene este término.

Ese cuerpo se territorializó, sí, pero de una manera relativamente inédita, de una manera que logró cortocircuitar el cerco represivo (a través de operaciones de baja intensidad) y desplegarse a través de territorios nuevos. Contagiando, precisamente, aquello que los definía como cuerpo: una potente carga bioafectiva.

Esa carga bioafectiva fue suficientemente fuerte como para impregnar a estratos sociales, históricamente reaccionarios, desde que el colapso económico los atropelló.

Los cacerolazos (que al principio molestaba a ciertos militantes) fueron la manifestación, en diferido, de una tentativa de integrarse a ese infernal caudal bioafectivo, única fuerza alternativa a la crisis.

Durante el gobierno de Duhalde las cosas se pusieron claras: la bestia constituyente de pie frente al estado y haciéndolo retroceder. La historia de esta pulseada histórica aún no esta escrita en su totalidad.

El proceso que se abrió en la Argentina parece haber liberado energías constituyentes que se territorializan bioafectivamente (donde “poner el cuerpo” no es solo un eslogan).

Energías que resultan difíciles de “canalizar” y “organizar”, ¡Pero también de reprimir!

La apuesta popular se posiciona en el plano mismo de la respuesta represiva “de baja intensidad”. Es decir, en el espectro más bajo posible del conflicto por el gozo del territorio. Lo que podríamos denominar resistencias moleculares.

De allí que la cuestión de la juventud se vuelva sintomática. Nadie comprende mejor esta realidad que los policías (paras o punteros), que se “bajan” a los jóvenes en los barrios “calientes”. Nadie lee mejor, que los jóvenes insumisos, el grado de desarrollo de la indisciplina. “Ellos” y los jóvenes. Sobre todo los jóvenes delincuentes “independientes” que no están controlados en ningún estacionamiento societal (familia, escuela, fábrica o cárcel) y son los sensores por excelencia de la corriente bioafectiva que circula en el territorio.

Lo importante es partir de una comprensión transmutacional de la coyuntura que permita captar los dispositivos autónomos de constitución del plan de seguridad humana en gestación.

Sólo un plan (aunque más no sea un esbozo, un lineamiento) de conjunto, preliminar a la creación de una estrategia de seguridad humana colectiva, podrá subsumir en una estrategia de transformación todas aquellas dimensiones de la reestructuración comunitaria que hasta hoy se representan con conceptos perimidos: alianza, frente, coalición, convergencia. Todo eso está muerto, de nada sirve jugar con el cadáver. ¡Hay que combatir las tendencias necrofílicas dentro del movimiento!

Sólo un plan de defensa integral podrá organizar los elementos heterogéneos y moleculares. Dándoles una función acorde a sus necesidades y sus aptitudes.

Sólo la conciencia de seguridad común logrará ordenar el caos posfordista alrededor de una dinámica transformadora.

La defensa común es la tarea de la etapa, la perpetuación y la progresión de la dinámica de constitución de la multitud depende de la realización efectiva y eficaz de la misma.

En los barrios calientes, y en la cárcel de los jóvenes de la calle, se puede discernir la potencia bioafectiva que se transmuta en ellos.

Esa fuerza en bruto, que no es solo violencia, se extiende como una peste en los pliegues del movimiento y teje conexiones inmateriales y fantasmáticas. ¡No por nada atemorizan al ciudadano colonizado! Como un rubí sin pulir, brilla en la oscuridad del mísero territorio de la multitud paupérrima que los engendra. Como hongos salvajes y venenosos anuncian la primavera de la constitución autónoma de la comunidad. Como felinos en la jungla urbana, como serpientes en el desierto colonizado por el dominio del valor de cambio, se desplazan impunes hasta que una bala asesina los inmoviliza para siempre.

La fuerza vital del posfordismo (suponiendo que esa figura conceptual tiene un contenido) se encuentra diseminada en el territorio bajo la forma de juventud resiliente. Una potencia resistente a los golpes y creadora de iniciativas cooperantes.

La integración de ese “mundo” juvenil; pasional, resistente y móvil al plan de seguridad comunitaria resulta la condición número uno para su efectiva realización. Porque ese mundo se va a integrar de todas formas, es parte de la vida, solo queda ver si se integra al vector inteligente del movimiento o es cooptado por las redes de clientela de la delincuencia paragubernamental.

Pero para que dicho universo avance hacia la criatura constituyente este debe haber construido jardines de afección allí donde antes se encontraba el desierto afectivo que los tiró a la calle.

Considerar el territorio solamente como el rumbo biográfico tutelar, como el resultado de una ecuación macroeconómica, no nos ayuda a establecer uniones con los que transformaron las calles en su santuario bioafectivo de legítima defensa.

En el caso de la “Masacre del Puente Pueyrredón” y la respuesta del movimiento se pueden analizar los componentes (incipientes pero vigorosos) del plan de seguridad en proceso autónomo de constitución. Los diputados de la izquierda interviniendo para “parar” la agresión: como reflejo vital de seguridad humana y sedimento moral de una forma defensiva, disuasiva y popular. Los testigos, los fotógrafos, los periodistas, los videastas: elementos autónomos de seguridad humana anticonfrontacional. Los manifestantes de la marcha del 27 del 6 de 02: consciencia material de la necesidad de seguridad humana ante la provocación y el terror.

Hay que ver como se fueron integrando y como interaccionaron los elementos que lograron el triunfo parcial del movimiento en la coyuntura posterior al 26 de junio. Como consiguieron parar el terror frontal del gobierno.

Y están todos los “otros” elementos que se están creando. Los comedores, las bloqueras y la educación popular. Las asambleas barriales y la autogestión de las fábricas ocupadas. Todas ellas conforman, en potencia, una radical socialización bioafectiva.

Es necesario, revisar la periodización política de las luchas de los últimos 25 años a la luz de este fenomenal impulso bioafectivo. Precisamos salirnos de la tradición como peso muerto de la historia, sin excepciones. La inercia resentimental y la sed de organización partidaria; todo eso, ya está perimido.

Hay que saltar al vacío creador, abrir los brazos al abismo para que éste se mire en nosotros, des-representarse uno mismo (¡y no solo los diputados!). Necesitamos, compañeras y compañeros, abrir el juego.

El movimiento está levantando la cabeza, no ante un estado en desbandada sino, ante un imperio en constitución.

El dilema que se le presenta a la izquierda social y política (ya que las nuevas sociabilidades resultan más políticamente de izquierda, y potencialmente anticapitalistas, que la mayoría de la izquierda partidaria), solo puede ser resuelto si se constituye una alternativa inteligente, de carácter defensivo ante la corte imperial.

Resulta vital que el movimiento comience a reflexionar sobre la dinámica que está en constitución en el territorio. Dejando de lado la obstinación por hacerla cuadrar, cueste lo que cueste, en el molde marxista.

La composición de clase es el último avatar de una idea que parte de la comprensión de dinámicas complejas a través de conceptos concentrados.

La trinidad: “trabajo como fuente valor”, “sujeto como objetivación de la composición orgánica del capital” (en todas sus variantes) y “revolución como transgresión/antagonismo/al dominio”, ya no resulta suficiente al plan de constitución autónoma de la multitud. Y no podrán servir, por si sola, para participar en el proceso de gesta civilizatoria que se está preparando delante de nuestros ojos.

La idea de “seguridad” puede parecer antipática a los oídos de ciertos intelectuales de izquierda. El término estuvo monopolizado por la reacción y puede crear disonancia cognoscitiva en un primer tiempo. Entendiendo, por disonancia cognitiva, la incongruencia entre lo que se desea que pase y lo que realmente sucede. Se espera que la multitud no pida seguridad, ya que este es un reclamo de la derecha. En este momento, la demanda de justicia, seguridad en los barrios y respeto de la ley, esta siendo levantada por la multitud. Pero esto no debe obstaculizar el trabajo inevitable de resolución del problema.

Una lectura superficial de los hechos podría llevar a pensar que estamos ante un legalismo reaccionario. Sin embargo esta demanda esta siendo llevada: 1) hacia, 2) contra y 3) a pesar, de las instituciones respectivas.

El caso de la corte suprema es revelador. Las confrontaciones contra puestos policiales, luego de asesinatos flagrantes, también. Necesitamos reflexionar como movimiento para sacar las conclusiones tácticas necesarias.

La resistencia obtusa a la integración de la dimensión defensiva y de seguridad (superando tanto el legalismo como el “fierrismo”) puede dar lugar a la creación de un espacio por donde el gobierno pueda entrarle al movimiento y trabajar la crisis desde su interior. Creando un contra-movimiento-de-base de alta capacidad destructiva.

Esta posibilidad no es algo lejano y los ejemplos de esta estrategia de destrucción “interna” del movimiento la vemos cotidianamente por todo el mundo.

La reflexión sobre la seguridad (humana) por parte del movimiento, termina, por un lado, con el monopolio que la reacción tiene sobre las cuestiones de seguridad (interior) y, por otro lado, plantea bases nuevas de enfoque.

Rompiendo, de esta manera, con la tradición revolucionaria que solo considera el problema de la seguridad como una “tarea” posterior a la toma del poder y a la creación de un eventual nuevo estado.

Existe la posibilidad de crear un cortocircuito político de dimensiones monumentales. Capaz de abrir una brecha de nuevo tipo. Potenciando las formas de territorialización bioafectiva del movimiento.

Es necesario que el conjunto de movimiento sea indagado sobre las necesidades seguritarias de desarrollo comunitario. Sin esta nueva realidad bioafectiva, esta propuesta pecaría de irrealismo.

Necesitamos pensar con el cuerpo resiliente: lacerado y potente; y trabajar la reflexión desde el cerebro colectivo de la multitud. Precisamos integrar, en un vasto esfuerzo de investigación autónoma, las inquietudes y angustias de los compañeros. Así como distribuir todas las proposiciones presentadas para un debate ampliado de todo el movimiento.

Solo una ponderación seria y pormenorizada de la cuestión podrá dar pie a un proceso creativo, capaz de enfrentar el plan terrorista que se comenzó a implementar. Y que ya está en movimiento de manera aparentemente “confusa”.

Territorializar el debate por toda la interface (el cara a cara y cuerpo a cuerpo) acelerar el intercambio de datos y opiniones. Proveernos, como movimiento, de la mayor cantidad de elementos que nos permita la elaboración colectiva de un plan de defensa comunitario, integrado y eficaz. Dispositivos de seguridad humana como clave de construcción post-política del común.

Todo girará alrededor de esto. Tanto los éxitos como las derrotas.

El gobierno está respondiendo al “Que Se Vayan Todos” con la integración fragmentaria de las demandas populares. Metaboliza en clave del capital la autogestión fabril; Desmoviliza con códigos representativos el asambleismo; Vocifera por “izquierda” y administra por derecha. Integra, fagocita, representa, gesticula y gobierna en clave capital-parlamentaria la política autogestiva.

El movimiento hirió al Leviatán pero no lo aniquiló. La multitud no terminó el despiece de la máquina gótica estatal. El 19/20 y su “jaque al rey” estimuló nuevos dispositivos en la matrix dominante. Esta, afinó sus reflejos, generó nuevos antídotos antisistémicos e intenta absorber y abarcarlo todo. Para el poder: ¡El show debe continuar! Para el movimiento: el final está abierto.

Al mismo tiempo el gobierno despliega focalizadamente el terror. Una represión que, por el momento, actúa acotada. Pero que mantiene en estado latente su carácter potencialmente expansivo.

Si le podemos dar un contenido diferente a la necesidad de la seguridad humana se va mas lejos que con el “Que Se Vayan Todos”. Se puede retomar la iniciativa. Pueden nacer nuevos hongos venenosos que paralicen la digestión parasitaria del poder.

No hay que cometer el error de imaginar que a causa del alto grado de conflictividad social las consignas rupturistas están a la orden del día. Lo que está a la orden del día es la constitución política del común, la construcción de una interface (un cara-cara y cuerpo-cuerpo) seguritario. Ese cuerpo tiene ya una moral propia enraizada en prácticas afectivas y proyectada hacia intervenciones inteligentes.

En los países del G8 la cuestión de la seguridad humana se presenta con una intensidad similar. Allí la constitución de un plan de seguridad humana (disuasión civil) es la única opción que podrá garantizar, a la multitud, una alternativa a la estructura militar imperial en materia de seguridad represiva.

Estamos viviendo una etapa donde ya no podemos distinguir entre seguridad interior y exterior.

Mientras tanto, por un lado, el imperio planifica destrucciones humanas masivas, al mismo tiempo que, el movimiento, debe hacerse cargo de responsabilidades complejas e inéditas.

Responsabilidades, compañeras y compañeros, cada día más complejas y más inéditas.

Colectivo Nuevo Proyecto Histórico

24 de septiembre de 2003.

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