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El Alto “de la Batalla”: A 22 años de su creación

08.03.07

“Cuando Las tropas comunarias descendían sobre La Paz desde la ceja del altiplano que se elevaba sobre la ciudad sitiada, como lo hacían cada mañana, por lo general daban alaridos y gritos, bajo el acompañamiento de tambores, pinkillus y pututus, y disparando morteros para anunciar su presencia.[…]
Sus exclamaciones eran gritos de victoria, el haylli, un canto que tradicionalmente cantaban los guerreros triunfantes al entrar a los pueblos después del combate (S. Thomson, Cuando solo reinasen los indios. La política aymara en la era de la insurgencia, p.: 251-252)

A principios de 1781, 12 mil personas al mando de Tupak Katari -la “Serpiente Resplandeciente” -se reunieron en La Ventilla, avanzaron rápidamente hasta casi llegar a la Ceja, El Alto de la Batalla, como llamaba a este lugar Katari y donde estableció su campamento y cuartel general. Se había iniciado el cerco a la ciudad de La Paz, y desde aquellas alturas del altiplano, los ejércitos aymaras podían observar este pequeño enclave urbano, rodeado de montañas y cerros, en una de las rebeliones indias más grandes del siglo XVIII.

“Vacío, silencio, pampa nomás era… hiuuuuu el frío nomás sabe estar silbando… casi yo no se querer venir, mucho frío era. […] Viento…frío…tierra, sé venirme ya no sé ir…” (Testimonio de un vecino de la zona 16 de Julio de El Alto, en De Ch´usa Marka
a Jach´a Marka, de Marco Alberto Quispe, p.:11)

Después de más de ciento quince años de historia colonial y republicana, en toda esta extensa altiplanicie, durante los primeros 50 años del siglo XX, existían varias haciendas, que luego serían convertidas paulatinamente en una gran urbe: El Alto. De las manos de sus propios habitantes -quienes con muchas dificultades construyeron sus casas, sus calles y avenidas- emergió una ciudad colmada de memorias de la gente que llegó de múltiples regiones, comunidades y, luego, de las minas cerradas por efecto de la neoliberalización de la economía, impulsada por el gobierno del emenerrista Víctor Paz Estenssoro en 1985.

Efectivamente, El Alto es un centro que rebulle y contiene trozos de otros territorios: Villa Ingenio y sus residentes provenientes de la combativa provincia de Umasuyus; otros que migraron desde la lejana K´ulta de Oruro; dirigentes mineros que llegaron con sus familias hasta Santiago II, para encontrar algún trabajo, desde centros como Matilde, Siglo XX, Catavi, donde años antes los trabajadores habían resistido, incluso socavón adentro, las masacres propiciadas por casi 30 años de dictaduras. Ya afines del siglo pasado, en 1979, durante el golpe del coronel Natusch Busch, las avionetas barrieron a balazos las barricadas alteñas, cuando los trabajadores, migrantes, y vecinos de esa ciudad salieron a expresar su rechazo al nuevo dictador.

En una gran medida, El Alto es eso, un mosaico de historias de resistencia y lucha.

“Los alteños no estamos de rodillas, estamos de pié”
(Declaraciones de un dirigente vecinal de la zona Ballivián de El Alto,
a Radio Pachamama, octubre del 2003)

El lunes 13 de octubre del 2003, miles de personas salieron de todos los barrios de El Alto, después de 48 horas de masacre, una marejada de
de manifestantes bajó provista de palos y piedras, indignada por las muertes de decenas de alteños, (ordenadas por el entonces presidente de la República, Gonzalo Sánchez de Lozada, y ejecutada por tropas militares que quisieron tomar una ciudad ya ocupada por fogatas, vigilias y barricadas construidas por miles de vecinos), la multitud en oleadas llegó hasta el centro paceño, en medio de estruendos y gritos, se marcaba la caída de Sánchez de Lozada y de gran parte del sistema político tradicional boliviano.

Estas dimensiones de esfuerzo e insurrección, han sido fundamentales aspectos en el desarrollo de una ciudad que se edificó por el trabajo y denuedo de sus habitantes, que logró ser declarada como ciudad mediante otro proceso de lucha y que ahora ha estado labrando su identidad primordial alrededor de estas reconstrucciones de la memoria rebelde, que cruza un camino largo desde las tropas de Katari rodeando La Paz, siendo actor imprescindible de la Guerra por el Gas, hasta las movilizaciones de Mayo y Junio del 2005. Para El Alto de la Batalla, en este 22 aniversario.


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