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La resistencia okupa

01.05.07

contracultura
La resistencia ‘Okupa’

En las calles más exclusivas de las principales capitales europeas aparece de repente algo que corta el paisaje. Son las casas de los ‘okupas’, un movimiento que se extiende por todo el continente.
Fecha: 04/28/2007 -1304

Entre las blancas fachadas de edificios recién restaurados, las elegantes vitrinas de Prada y Ferragamo y tres nuevas torres minimalistas de vidrio y aluminio en donde funcionan una multinacional y un complejo con 20 salas de cine, los transeúntes de Berlín se detienen curiosos a mirar lo que parece una casa abandonada. En esa calle, donde el metro cuadrado cuesta entre 1.200 y 3.000 euros, contrasta esta vieja construcción de cinco pisos que parece caerse a pedazos. Su imponente fachada derruida y cubierta por el hollín está decorada con grafitos de brillantes colores y banderas anticapitalistas, antifascistas y anarquistas.

Un signo ecologista y una enorme ballena de hule atravesada por un arpón cuelgan de la puerta. Al fondo, en el patio, un video informa cómo protestar contra la cumbre del G8. De una de las habitaciones, donde se ven personas trabajando en un taller de cerámica, sale música de la revolución cubana a todo volumen.

Por el portal de la casa la gente entra y sale constantemente. Parecen ser habitantes usuales: tres hombres con crestas punk pintadas de rojo y negro, que cargan un lienzo con árboles pintados al óleo, saludan a dos mujeres que entran con sus bicicletas llenas de verduras. También hay un grupo de jóvenes vestidos con sacos indígenas y morrales que les cubren toda la espalda. Todos son ‘okupas’, la nueva tribu urbana que se está expandiendo en Europa. Y la casa es una casa ‘okupada’, de las más de 2.000 que existen en el mundo.

Entre lo legal y lo ilegal

Las propiedades ‘okupadas’ se reconocen por el colorido de las fachadas El término ‘okupa’ y sus derivados vienen del verbo ocupar, pero con carácter político, una propiedad abandonada. Lo hacen jóvenes de izquierda como un acto de denuncia contra el mercado y la especulación inmobiliaria que, según ellos, ha encarecido tanto la tierra, que está marginando sectores de la población del derecho a una vivienda digna y del acceso a otros servicios sociales.

Para los ‘okupas’ (en español), squatters (en inglés) o autonomen (en alemán), invadir la propiedad privada no es el fin, sino el medio para denunciar algo más amplio. Su principal protesta es frente a la globalización y el capitalismo, pero también dicen estar en contra de todas las formas de exclusión, la autoridad y la cultura oficial.

Cuando las casas son tomadas, dejan de ser simples viviendas y se convierten en centros comunitarios, alternativas culturales y asociativas para su barrio. Cada casa empieza a ser un mundo en sí mismo y toma el color, el sabor y la ideología de sus ‘okupas’.

Hay edificaciones que asumen un look anarquista, punk o comunista. Existen ‘okupaciones’ legales e ilegales (ver recuadro). También hay casas tomadas por defensores del medio ambiente o grupos feministas, como ocurre con la famosa Escalera Karakola en Madrid, que ya cumple más de 10 años trabajando como foro y asilo para mujeres maltratadas.

Están los movimientos vecinales que invaden edificios públicos abandonados para reclamar mayor espacio para existir. Así es en el país Vasco, donde jóvenes amigos de la causa nacionalista invaden sitios para promover formas autóctonas de cultura, como grupos juveniles de rock vasco.

Se ve de todo y por eso algunos expertos afirman que los ‘okupas’ no se pueden considerar una única tribu urbana o un solo movimiento. Se deben ver como múltiples procesos de ‘okupación’ que no están necesariamente relacionados, pero que ya muestran similitudes.

Es común que las casas ‘okupadas’ funcionen a través de un modelo de autogestión, parecido al de los kibutz o al de comunidades hipies, en el cual todos los habitantes y visitantes participan, deciden y trabajan para sostener el lugar y las actividades que ahí se realizan.

Así lo dice en la entrada del centro social The Common Place en Londres, “recuperar lo que arrasó la sociedad de mercado. Somos un espacio para la creatividad y la solidaridad, donde el trabajo es horizontal y voluntario”.

Los ‘centros sociales okupados’ brindan desde salones gratis para que nuevos artistas presenten sus pinturas y documentales, hasta talleres para que hackers aficionados aprendan cómo copiar programas. En estas sedes, todos los días hay conciertos de variados tipos de música.

Muchas de estás casas tienen su propia imprenta y sacan periódicos con citas para próximas demostraciones públicas y artículos políticos de todos los rincones del planeta. Los ‘okupas’ están favor de descentralizar la información. Por eso, muchos están más enterados que algunos académicos de lo que pasa en el conflicto colombiano, el movimiento zapatista o las dictaduras en África.

Después de las discusiones, varios de estos ‘centros sociales okupados’ han empezado a ofrecer a visitantes y habitantes un tipo de comida vegetariana a muy bajo costo, denominada ‘cocina del pueblo’. Todo se prepara en una gran olla y se reparte por igual, pues la solidaridad es otro de sus principios.

Köpi, una casa tomada en Mitte, el barrio más exclusivo de Berlín, cumple 20 años de estar haciendo actividades comunitarias y solidarias. En la lista de esta semana está un brunch-colecta para un grupo proasilados políticos en Brandenburgo y un tour en bicicleta para financiar un movimiento contra la biopiratería. Sus habitantes ya se están preparando con actividades y charlas para las demostraciones de este martes primero de mayo, cuando se celebra el día del trabajo y en donde ya es tradicional que haya problemas con la Policía.

Los ‘okupas’ han sido criticados en ocasiones como radicales y como falsos portavoces de minorías y grupos excluidos que ellos no encarnan, pues la mayoría son jóvenes estudiantes de clase media. Sin embargo, algo tiene que estar pasando en el mundo para que tantos jóvenes dejen la comodidad de su vida y decidan fundar estos enclaves de resistencia en medio las grandes urbes.


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