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La salud en los Caracoles zapatistas al margen del aparato del estado

10.03.09

México: Salud en los Caracoles Zapatistas
http://www.otrarealidad.net/semanario-independiente/texto.php?id=1363
archivosZAP 2004
Chiapas: los caracoles de la resistencia insurgente
La persistente resistencia de los zapatistas en las montañas del sureste de México ha logrado enhebrar una red organizativa donde la sanidad y la educación properan al margen del aparato del estado. Y todo lo cuenta Radio Insurgente.

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El caracol de La Realidad, el primer espacio construido por los zapatistas para organizar su autonomía, festeja aún su primer aniversario. Las lluvias están en pleno apogeo, el lodo empieza a ganarle a los caminos, se terminaron los elotes y los indígenas ya han empezado a doblar la siembra de maíz. Quizás no hay menos hambre que antes, la situación es difícil en estas tierras de la selva, pero un recorrido por la zona permite ver y oler algo que hace 10 años, cuando los reporteros nos internábamos por primera vez en este territorio, simplemente no existía.

En la entrada a este emblemático lugar que alberga a la junta de buen gobierno Hacia la esperanza, hay una pequeña clínica de madera pintada de verde con decenas de personas formadas a su alrededor. Unas cartulinas blancas anuncian, además de los diferentes métodos anticonceptivos, una campaña de vacunación infantil y para adultos. “Estamos combatiendo la difteria y el tétanos”, dice, orgulloso, el promotor de salud encargado, un indígena de mediana edad que lleva el registro de cada una de las personas atendidas. En la fila, las mujeres portan en la mano la tarjeta de vacunación autónoma de sus niños.

“Desde antes de nuestro levantamiento -afirma en entrevista Doroteo, miembro de la junta de buen gobierno- los pueblos zapatistas empezamos a organizar nuestra salud, porque de por sí la salud es una de las principales demandas de nuestra lucha, porque la necesitamos para vivir y nuestra lucha es por la vida.”

Aquí, en el caracol Madre de los caracoles del mar de nuestros sueños, famoso en el mundo de la resistencia porque en 1996 la lucha antiglobalización tuvo en este mismo lugar uno de sus momentos fundacionales, el logro en salud más reciente es la puesta en marcha de un quirófano. Lo tenían desde hace tres años sin utilizar por la ausencia de médicos y, reconocen, por la falta de organización de los cuatro municipios autónomos de la región: San Pedro de Michoacán, General Emiliano Zapata, Libertad de los Pueblos Mayas y Tierra y Libertad.

“Acaban de operar a dos hombres, uno de la hernia y otro de un tumor, y a una mujer le quitaron un quiste y hasta le hicieron la salpingo. O sea que ya operamos en esta zona zapatista”, afirma Doroteo, mientras la indígena recién operada, de paso por el caracol, se recupera visiblemente. ¿Cuántas mujeres indígenas con un quiste esperan en esta zona una operación? La respuesta seguramente es preocupante pero, como dicen por acá, “ya se empezó”.

La salud es uno de los rubros con avances más palpables en el territorio zapatista. En esta zona selvática, frontera con Guatemala, no sin problemas y obstáculos, unos internos y otros externos, se multiplican las campañas de medicina preventiva. La limpieza de las letrinas con cal, por ejemplo, es revisada semanalmente por una comisión de salud en muchas comunidades, aunque, reconocen, hay otras que “todavía no entienden la importancia de la limpieza, hay que explicar que la salud es lo más grande que te puede dar la lucha, lo más preciado pues.”

Esta zona cuenta con uno de los dos grandes hospitales autónomos que existen en todo el territorio rebelde. Se trata del hospital La primera esperanza de los sin rostro de Pedro, en honor del subcomandante Pedro, muerto en combate el primero de enero de 1994, mando y compañero de los habitantes de estos pueblos.

En la comunidad de San José del Río, separado por un puente del poblado y en medio de una gran vegetación, aparece el hospital que beneficia a cuatro municipios autónomos pero que, como todo proyecto en resistencia, ha costado más de un problema a las comunidades zapatistas. Cuentan que costó mucho trabajo organizar los turnos de los miles de indígenas bases de apoyo que durante tres años participaron en su construcción; reconocen que han enfrentado muchos problemas para echarlo a andar; que no tienen ni han tenido médicos de planta; que apenas inauguraron el área de quirófano; que una vez lo tuvieron que cerrar todo un mes; que se gastaron mucho dinero en el apoyo a promotores, y un largo etcétera de obstáculos predecibles y problemas inimaginables.

El hospital existe y, quién lo dijera, compite ahora con el gran hospital gubernamental de Guadalupe Tepeyac, inaugurado en 1993, justo antes del alzamiento, por el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari. Este aparatoso elefante blanco fue temporalmente administrado por la Cruz Roja Internacional, hasta que el 9 de febrero de 1995 fue escandalosamente tomado por el Ejército Mexicano (sin que la institución de Ginebra hiciera nada), para ser entregado posteriormente al sector oficial de salud.

En el hospital de Guadalupe Tepeyac, cuentan las bases de apoyo, “a veces no nos quieren dar atención si decimos que somos zapatistas, o nos hacen muchas preguntas para conocer de nuestra organización, o nos tratan como de por sí nos trata el gobierno, o sea, con desprecio, como de por sí tratan a los indígenas. Por eso no queremos ir, y ahora hasta los priístas prefieren ir a nuestro hospital o a nuestras microclínicas, porque ahí se atiende a todos, zapatistas o no, y se les trata con respeto, como humanos, pues”.

Es común encontrarse a priístas o miembros de otras organizaciones en el hospital autónomo. Han dejado de ir al enorme hospital de Guadalupe Tepeyac, porque “como indígenas a ellos también los tratan muy mal o les dicen que no hay medicina”. En las clínicas autónomas los que no son zapatistas sólo pagan 10 pesos la consulta, y “si tenemos medicina donada, pues se las regalamos, y si sólo tenemos comprada pues pagan el costo. Nosotros no hacemos negocio con la salud”, afirma Doroteo.

El reto de atender la salud no sólo de las bases de apoyo, sino de todos los habitantes de las regiones donde tienen presencia, es de gigantes proporciones. Los integrantes de lajunta afirman: “Nos falta mucho trabajo porque es muy grande la necesidad, a veces parece que falta mucho más, se siente que falta el doble, pero otras veces se siente que ahí vamos”.

El hospital de San José también es una escuela de promotores y promotoras de salud. Se construyó con el apoyo de una organización italiana y cuenta también con consultorios dental y de herbolaria, laboratorio clínico, y hasta una planta de luz. Además, existen tres clínicas municipales, una en el municipio autónomo Tierra y Libertad, otra en Libertad de los Pueblos Mayas y una más en San Pedro de Michoacán.

En toda esta zona hay actualmente 118 promotores y promotoras de salud atendiendo las enfermedades primarias en el mismo número de casas de salud comunitarias. Tanto en el hospital central La primera esperanza de los sin rostro de Pedro, como en las tres clínicas municipales y en las más de cien casas de salud, se ofrece consulta gratuita a las bases de apoyo y, cuando hay, medicina gratuita.

“Hasta hace unos meses -explican los encargados de la salud- el hospital funcionaba con promotores de salud de los pueblos, que recibían un apoyo económico de los cuatro municipios autónomos. Se apoyaba con 800 pesos al mes a cada uno por estar de tiempo completo en el hospital. En total se gastaron más de 100 mil pesos en esos apoyos durante tres años. El dinero salió de un proyecto de bodegas de abastecimiento que tenemos en la zona. Pero ahora, ya con la junta, decidimos hacer un llamado a los pueblos para conseguir voluntarios de tiempo completo que cuiden de la salud del pueblo en el hospital. Respondieron al llamado tres hombres y tres mujeres, que dejaron sus pueblos y sus familias y ya están trabajando como internos. La junta los apoya con su alimentación, con su pasaje, su zapato y su vestido. Les compramos sus playeras y lo que les haga falta, pero no se les da un sueldo o apoyo económico. Ellos y ellas están conscientes de que están trabajando para su pueblo y están aprovechando la oportunidad de capacitarse y de aprender muchas cosas de la salud.”

Parteras, hueseras y yerberas fortalecen la medicina tradicional

En un costado del caracol de La Realidad se aprecia la construcción casi lista de un nuevo espacio. Se trata de un laboratorio de herbolaria y casa de alimentos conservados, que se une a un proyecto de salud que es el orgullo de esta zona: la capacitación de más de 300 mujeres yerberas, hueseras y parteras.

“Este sueño -explican- empezó cuando nos dimos cuenta que se estaba perdiendo el conocimiento de nuestros ancianos y nuestras ancianas. Ellos y ellas saben curar el hueso o las torceduras, saben el uso de las hierbas, saben atender el parto de las mujeres, pero toda esa tradición se estaba perdiendo con el uso de las medicinas de farmacia. Entonces hicimos acuerdo entre los pueblos y llamamos a todos los hombres y mujeres que saben de curación tradicional. No fue fácil esta convocatoria. Muchos compañeros y compañeras al principio no querían compartir su conocimiento, decían que era un don que no puede traspasarse porque es algo que ya se trae adentro. Entonces se dio la concientización en los pueblos, las pláticas de nuestras autoridades de salud, y se logró que muchos cambiaran su modo y se decidieran a participar en los cursos. Fueron como 20 hombres y mujeres, gente grande de nuestros pueblos, que se decidieron como maestros de la salud tradicional y se apuntaron como 350 alumnas, la gran mayoría compañeras. Ahora se han multiplicado las parteras, las hueseras y las yerberas en nuestros pueblos.”

El nuevo laboratorio de herbolaria también guarda una historia: “Sucedió que un futbolista italiano que murió dejó su herencia para que se construyera una cancha de futbol en un pueblo zapatista. Esta cancha sólo iba a beneficiar al pueblo de Guadalupe Tepeyac, por eso nosotros hablamos con todo el pueblo y le explicamos que había otras necesidades más urgentes para beneficio de todos los pueblos, tal como un espacio para que trabajen las compañeras que se dedican a la salud tradicional. El pueblo de por sí entendió y dijo que estaba bien, que era justo destinar el dinero a la salud de todos; el segundo paso fue hablar con los donadores y ellos al principio no querían que se usara el dinero para otra cosa, pero después dijeron que estaba bien”.


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