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El mural y su lenguaje social

12.07.09

Destaca Cereceda el lenguaje social y directo del mural

La octogenaria artista chilena trabaja cinco horas diarias en la pintura “Altares a la patria” en el patio de la Sagarpa

Sonia Sierra
El Universal
Domingo 12 de julio de 2009

Un muro de 16 metros de ancho por 5.6 de alto en el patio central del edificio de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (Sagarpa), se convirtió en el mayor desafío de la artista chilena Carmen Cereceda.

Durante meses, la pintora buscó una pared para hacer realidad su sueño de regalar a México un mural con motivo de los centenarios de la Independencia y la Revolución, hasta que un día llegó a Municipio Libre y Cuauhtémoc.

Hoy, en el patio central de la Sagarpa, Cereceda trabaja unas cinco horas diarias, por las tardes, pintando el área central de un tríptico que ha llamado Altares de la patria. El centro del mural se llamará La patria; la parte derecha, “Los dioses creando el hombre y la mujer mesoamericanos” y a la izquierda estará el “México moderno”.

Arriba de las diferentes áreas del tríptico habrá unos versos del poeta maya Jorge Cocom Pech. La parte central estará lista en dos meses aproximadamente y el objetivo es que el mural esté completo para 2010.

En el andamio hay una silla, una luz, numerosos pinceles, óleos ingleses marca Winsor & Newton.

Cereceda tiene allí mismo dos postales de fotos de Agustín V. Casasola -Niño soldado y Soldadera despidiendo a federal- en las cuales se basa para hacer los detalles de las carrilleras que cruzan el pecho de los revolucionarios que habrá en el mural. Nopales, un águila, flores, calabazas, soldados e indígenas forman parte de su composición.

El deber social del arte

“El mural es un regalo que hago por todo lo que le debo a México, no sólo en mi formación intelectual como pintora, sino acerca del deber social del arte. Como chilenos debemos mucho a México con todo lo que pasó con Pinochet. Chile y México siempre han sido países muy hermanos a pesar de las lejanías”.

Autora de pintura en caballete y en mural, Cereceda no duda en reconocer que es ésta última técnica su favorita: “La prefiero porque es una pintura altamente social y no es social en un sentido político, es porque el del mural es un lenguaje directo, mucho más directo que el de la pintura de caballete, está dirigido hacia un grupo mayoritario. Lo mejor del mural es el poder de ese lenguaje artístico”.

Cereceda, quien vive en México desde 1992, pintó desde muy niña pero más adelante el encuentro con dos de los grandes muralistas mexicanos, David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera, marcó su vocación como muralista.

A comienzos de los años 40, cuando era una niña, fue testigo de la creación del mural Muerte al Invasor, que Siqueiros pintó en la “Escuela México”, en la sureña población de Chillán.

“Soy de una familia con una gran sensibilidad por el arte y se hicieron amigos de Siqueiros todos, especialmente mi madre, Lila Bianchi. Él fue muy bien recibido artísticamente, pero no muy bien en el aspecto político, había en Chile una izquierda muy fuerte en ese momento, estaban muy enojados de que se le hubiera dado muerte a Trotski”, recuerda.

De ese mural de Siqueiros, Cereceda recuerda en especial los vidrios que el artista puso a la obra, algo que para la entonces niña resultaba un juego visual muy atractivo cuando brillaban al paso de la luz del sol.

La huella de Siqueiros

Ese trabajo de Siqueiros impresionó de tal forma a Carmen que años más tarde, cuando tuvo que permanecer en Santiago durante el verano para recuperarse en sus estudios de química, se apoderó de una pared de la casa de sus abuelos, fue a la ferretería por pinturas que le recordaran las de Siqueiros y creó el que habría se de ser su primer mural.

“Estaba como loca por pintar; lo llamaba Los hombres en Chile, fueron 20 días y recuerdo la alegría de despertar a las cinco o seis de la mañana esperando la luz para pintar. Ahí supe que me iba a dedicar toda la vida al arte”, señala.

Como muchos otros estudiantes de arte —se recibió de la Escuela de Bellas Artes de Santiago—, Cereceda estaba convencida de que México era como el París de América Latina. Entonces le pidió a su padre que la enviara a aprender más a este país. Estuvo un año en el Instituto Politécnico estudiando con José Gutiérrez acerca de las nuevas técnicas para el mural descubiertas en México.

Las enseñanzas de Rivera

El paso siguiente fue tocar la puerta del estudio de Diego Rivera, en San Ángel.

“Me salió una señora gorda, una criada que me dijo: ‘No puede pasar señorita…’ ‘¡Ay cómo que no!, le respondí, y entré… Esas cosas de la juventud. Él estaba pintando, era una mañana, me presenté, le dije que era chilena, que lo quería conocer, me hizo pasar”, relata.

Así inició una nueva etapa de aprendizaje que se prolongó por seis meses, como ayudante de Rivera, en su taller, con otros jóvenes.

El pintor mexicano les preguntaba sobre sus estudios. Ella se había capacitado en todo lo que tenía que ver con composición, dibujo, armonía del color.

“Hay mucho trabajo previo cuando se pinta un mural y también cuando se pinta una pintura de caballete, como lo hacía Diego. Para el mural, él trabajaba técnicas totalmente clásicas, pintaba con témpera al huevo y lo que hacíamos era preparar telas, sacar las pinturas al sol. Un mural tiene una enorme preparación. En el caso del fresco hay que preparar cartones, que son dibujos en papel mantequilla (albanene), con el dibujo en el tamaño final del proyecto.

“Éramos ayudantes verdaderos, no como los de ahora que no saben dibujo. Tuve un ayudante aquí, le dije que tenía que hacer una mano, subí el andamio, bajé a las dos horas y la mano que hizo parecía una empanada. ¡Eso no puede ser!”, expresa Cereceda.

Al tiempo que colaboraban con el artista, los ayudantes hacían sus obras. Allí, esta pintora chilena creó un cuadro Retrato de una indígena, una pintura que iba a ser comprada en el propio estudio, pero que Diego Rivera pidió a su alumna conservar.

Al recordar la rutina de trabajo, ella cuenta: “No se le podía preguntar mucho. Él estaba creando, eso lo sabe un buen ayudante. Pero era tanto lo que aprendíamos porque era un ejemplo de vida creadora. Nos contaba de su historia, de la pintura; vivía ese momento que fue tan interesante”.

Tras esa experiencia, Carmen Cereceda regresó a Chile para luego irse a estudiar a Europa y continuó el desarrollo de su propia obra.

“Más americana que chilena”

El mural de la Sagarpa es el más grande que ha hecho Cereceda, aunque es el tercero que hace en México.

Los otros dos se encuentran en San Miguel de Allende, en el palacio municipal y en el Teatro Ángela Peralta. Otros murales suyos están en Antofagasta -norte de Chile-, Toronto y La Habana. El contenido mayor de estos trabajos tiene siempre aristas sociales.

“El asunto social es porque me interesa América, estoy enamorada del continente americano y me siento más americana que chilena. Si amas América amas lo que le ha sucedido, sus personajes, sus diferentes culturas y todas sus significaciones”.

Ante el poco uso que hay actualmente de la técnica mural, comenta: “Hay decadencia del artista y de la sociedad entera y es que nuestras sociedades se han vuelto muy nihilistas”.


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