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Los cuentos, los príncipes, las brujas y la rebeldía

28.12.09

Los cuentos para niños y niñas en su gran mayoría traen elementos culturales de la sociedad que criticamos, en especial los príncipes y las brujas malas.

Los príncipes son expresión de la estructura societaria de poder, de jerarquía, autoridad, verticalidad y subordinación. Las brujas son expresión del mal y del maniqueismo. El maniqueismo es ver las cosas y actitudes solamente en dos polos extremos, lo bueno y lo malo, blanco y negro, descartando la existencia de múltiples posibilidades entre ellos, cuando en realidad nada es lo uno o lo otro, sino que cada cosa se presenta con su originalidad, aunque pueda y deba tener muchos aspectos de otra. Puede parecerse a otra, pero no sólo a dos referentes extremos.

Veamos de donde vienen los cuentos, que Claude Levy-Strauss comparó con el estudio de los mitos, lo que tiene similitudes debido a que buena parte de ellos son recogidos de la tradición de leyendas, por ejemplo nórdicas, y han pasado a formar parte de la cultura popular y del inconciente colectivo. Efectivamente esas historias pasaban de boca en boca y eran más que nada recogidas, compiladas y presentadas por juglares y bardos, que las recitaban o cantaban acompañados de una cítara o algún otro instrumento. Esos trovadores vivían viajando y así podían acceder a diferentes historias de variados pueblos. El tema es que las leyendas subversivas solamente podían relatarse en las comunidades de los bandidos de los bosques, montañas y mares, de donde salían pícaras y atrevidas canciones en contra de los señores, pero Ay! de quien la cantase en la plaza del pueblo, pues para eso estaba la guardia que se encargaba de cautelar las “buenas costumbres”. A no dudarlo más de uno pagó con su cuerpo y su vida el atrevimiento de haber recitado odas a la libertad y a la vida de los alegres bandidos de los bosques.

Sin embargo la tónica era subordinar las historias contadas a las restricciones del poder de la nobleza, consiguiendo a veces la fortuna de ser invitados a la corte a hacer las delicias de los nobles y las señoras cortesanas. Suponemos que allí las historias no eran tan tiernas como la Caperucita Roja y Rapunsel, sino que debían subir un poquito de tono, por ejemplo mostrando las aventuras de los don juanes que debían escapar de los aposentos principescos con los pantalones en la mano, o Robin Hood, el bandido que no era tal, sino base de apoyo del rey bueno contra el rey malo. Obligatorio era el relato de los caballeros andantes, guerreros estilo Rambo de la época que iban de castillo en castillo ofreciendo su espada para colocarla al servicio del poderoso de turno, verdaderos mercenarios sobre los cuales se han tejido leyendas bondadosas para ocultar su carácter de asesinos a sueldo de los señores feudales, obviamente.

Las princesas eran las menos felices en la realidad, pues ni eran tan lindas como las pintan ni se casaban con hermosos especímenes del género masculino, sino más bien con viejos decrépitos con los cuales sus padres establecían pactos o negocios suculentos. Las damas aquellas eran prácticamente encerradas en una torre a coser y clavarse los dedos con las malditas agujas o telares que las esclavizaban, so pena de ser enviadas a un convento, de donde sólo se podía salir en ataud. Las que conseguían gozar de alguna libertad o echarse una canita al aire, rápidamente eran quemadas en la hoguera por brujas, y ahí si que eran feas en las historias, en que el maniqueismo relacionaba la belleza con la bondad y la fealdad con la maldad, conceptos que no son posible de vincularse de esa manera, pues son ámbitos diferentes que se mezclan de forma manipuladora para conseguir el efecto deseado, esto es, clasificar a las personas, perfilar las categorías, roles y status.

Las princesas en los cuentos son prácticamente como la Barbie, altas, anoréxicas, rubias, nórdicas. Esa belleza se presentaba junto a la bondad, mientras los morenos y pobres automáticamente eran catalogados como “bajos”, “villanos”, “feos”, “malos”. Los nobles de palacio eran los buenos y bonitos, los habitantes de las villas eran los villanos y malvados. Si el cantaor no destacaba eso, no se le abrían las puertas de la ciudad y menos del castillo, perdiéndose la oportunidad de degustar sabrosas perdices cazadas en el coto señorial o carne de ciervo del mejor, o aún jabalí, que estaba como para golpearse la cabeza contra la pared. Sólo los bandidos de los bosques podían darse esos gustos, pues generalmente entraban y salían de los cotos de caza privados de los nobles llevándose algunos ciervos y jabalíes que permitían una buena cena irreverente dejando tras de si a los guardias que se arrancaban los pelos de impotencia ante tanto desplante.

De la princesa prisionera que soltaba la cabellera para que suba el Don Juan se pasa a la niña pobre pero hermosa e inocente con delicados bucles dorados que enmarcaban su rostro de ángel acechada por el lobo. Así los lobos y las brujas eran las dos caras de la moneda. Las brujas ofrecían manzanas para dormir cien años, los lobos se comían a las abuelitas y a las nietas. Si bien la Caperucita se adentraba en el bosque para ir a ver a la abuelita, lo mismo, pero huyendo de la maldad de casa, habían hecho los hermanitos Hansel y Gretel, que fueron prisioneros de la bruja que los alimentaba para comérselos. Así las brujas eran el modelo de la conducta que no debía seguirse, había una fuerte sanción moral para quienes miraban hacia donde no debían. El bosque, el refugio natural de los rebeldes, fue estigmatizado llenando de miedo a los niños para que no fueran a querer vivir la libertad de las comunidades libres. Ir al bosque era el grito de libertad, por más que ya todos sabían por las leyendas que ahí cualquiera se comía a los niños. Romper la fila era la consigna, por más que todos sabían que serían enviados a la hoguera.

El poeta mercenario escondía las realidades y pintaba las cosas de color celestial. La única y gran solución era el poder real y nobiliario. Las chicas soñaban con casarse con el hijo del rey, el príncipe. Alguna vez era un sapo a quien bastaba besar en la boca para que apareciese, otras era un miserable gato campestre que inventaba al marqués de Calatraba burlándose de la realeza y vendiendo gato por liebre y huevo de pato emborrachando la perdiz con su labia y picardía popular, casi como Pedro Urdemales que engañaba hasta al diablo. El choque cultural era indudable, sin embargo el gato y su dueño llegaban a las más altas esferas del poder consiguiendo territorios y título de nobleza. La Cenicienta consigue desposar al príncipe ante la ira y frustración de su madrastra y hermanas. Ella no parecía hermosa, más bien llena de polvo y ceniza del fogón, sin embargo con un vestido muy sofisticado, un peinado que no se quedaba atrás, zapatos a la pinta y una carroza especial, terminó por seducir al hijo del rey, con quien se casó y la historia no quiere mostrarla encerrada en una torre clavandose la aguja.

Lo primero que hay que hacer frente a este abuso de cuentos, es promover la escritura o compilación y circulación de cuentos desde otros puntos de vista, de la vida comunitaria, de los bandidos de los bosques, de las comunidades mapuche, de las culturas andinas. No es posible que estemos criticando la cultura europea y al mismo tiempo sumerjimos a los niños en historias ridículas que alaban al poder.

Habrá que inventar con los niños en el barrio la sesión del cuento, donde podamos contar acompañados de títeres, payasos, máscaras, instrumentos y otras expresiones, tal vez una por vez o a veces ninguna. Podemos poner a prueba la comunicación y despliegue de la imaginación en conjunto, por ejemplo si es verdad o no es verdad lo que se cuenta, que qué importancia tiene eso, que sólo estamos volando hacia adentro, hacia nuestras mentes y corazones, que podemos inventar pájaros extraños y peces desconocidos, que eso es creación artística.

Podemos hacer elaboración de cuentos sobre historias del barrio, en que los niños pregunten a los adultos, escuchen a los viejos, tomen notas sobre leyendas e historias, las animitas y acontecimientos significativos. No hacer concursos, pues la competencia no es sana, sino construcción de un cuento entre varios. Luego imprimirlo y fotocopiarlo tipo fanzine para distribuirlo en el barrio y las escuelas próximas. Tratar de que sean cuentos de raíz, o sea, no de posibilidades de futuro, sino de profundización del conocimiento y respeto hacia las raíces, la identidad local, la memoria histórica del barrio, la cultura popular, el inconciente colectivo, el imaginario territorial.

Bueno, esto es sólo un cuento para leer al calor de la nieve y del frío del sol sentados en sillas de paja en medio de un terremoto que derrumba casas e ilusiones.

Abrazos
Profesor J
profesor_j@yahoo.com


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