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La función intelectual de arriba. Razonando fuera de la bacinica

26.05.10

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I
Al consultar los diarios en semanas recientes nos encontramos
que, en medio de la profunda crisis en la
que se encuentra sumido el país, gran parte de la intelectualidad
mexicana parece que se halla navegando
en un barco a la deriva. Unos, ante el fracaso de la izquierda
electoral, sin más, manifiestan su pesimismo,
confiesan su desilusión y ocupan su columna como
diván para trabajar su depresión. Otros, los siempre
anexos al poder y ante el fracaso del sistema económico
y la profunda degradación de la clase política,
se juntan para marcar su distancia con el desgobierno
en turno y escribir “grandes ensayos” donde profetizan
el progreso del país, si y sólo si, se profundizan y
aceleran las políticas neoliberales.
Y qué decir de los “líderes de opinión” de la pantalla
chica, cuyas barras y “debates” televisivos se parecen,
cada vez más, a la pista de un circo con todo y
payasos (disfrazados y sin disfraz), enanos (de pensamiento),
saltimbanquis de las ideas y maromeros de
la argumentación. Los medios electrónicos de comunicación
“lejos de ser sólo un eco de lo que la clase
política dice, (…) adquieren voz propia y, sin que
nadie lo cuestione, se convierten en la voz principal”
(Subcomandante Insurgente Marcos, La P.D. propone
otra ventana, marzo de 2000). En la medida en que estos
“intelectuales” del poder —articulistas, columnistas,
opinadores, periodistas y “cabezas pensantes”—
forman parte de la podredumbre política de arriba,
reproduciendo su pobreza discursiva y definiendo los
temas de la agenda nacional con los mismos criterios
con los que definen la escaleta de los programas de
chismes del espectáculo, se alejan proporcionalmente
de los problemas comunes y cotidianos del abajo social.
Para ellos, lo que no sale en la tele no existe.
“Allá arriba, me dijo Elías Contreras mirando hacia abajo con rencor, no sólo se
inventan una religión donde vale el que tiene y no el que es. También hacen unos
como sus sacerdotes que escriben y predican la doctrina del poderoso entre los de
arriba y entre los de abajo. Pero son como sacerdotes pero también como policías
y vigiladores de que nos portemos bien, que sea que nos aceptemos la explotación
y estemos como mansitos, con la cabeza diciendo ‘sí’ o ‘no’ según la orden. Que
sea que el poderoso te chinga también con el pensamiento. Y esos sacerdotes del
pensamiento de los de arriba son los cabezas grandes que se venden al dinero”.
(Subcomandante Insurgente Marcos. ¿Otra teoría?)
Sofía Estelí Montoya, Edmundo Camacho
y Benjamín Becerra
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En la azotea de la “intelectualidad” mexicana están
desesperados y frustrados ante la incomprensión
total de lo que está pasando y la incapacidad de definir,
desde arriba, un rumbo claro para el país. Al inicio del
año, el periódico Reforma, en su suplemento Enfoque,
realizó un “ejercicio intelectual” convocando a diecisiete
personalidades para que, como todos unos cosmólogos
profesionales, realizaran predicciones para
este 2010. La mayoría, mostrando su pesimismo e
incapacidad de entendimiento, se conformaron con
que no sea un año peor que el pasado, y aseguraron
que la crisis económica opacará los
festejos del bicentenario. Reproducimos a
continuación un pequeño fragmento de lo
que opinó Fernando del Paso en este
suplemento, creemos que es un
botón de muestra de la frustración que envuelve a los
intelectuales de arriba: “No soy muy optimista; creo
que vamos a seguir igual, lo cual es lo mejor que nos
podría pasar, y no peor. Uno ya no puede confiar en las
afirmaciones de los funcionarios públicos que decían
que a México no le iba a afectar mucho la crisis y luego
resultó uno de los países más afectados de América
Latina. Ahora dicen que nos vamos a recuperar pronto,
yo no creo nada. Como decía Carlos Monsiváis, yo
ya no sé si no entiendo todo lo que pasa o si ya pasó lo
que estaba yo entendiendo”.
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II
De todo el conjunto de contradicciones capitalistas,
hacemos énfasis en la división social del trabajo,
cuyo rasgo característico es la separación entre el
trabajo manual y el intelectual. La génesis de esta
división corresponde al despojo histórico del productor
de las condiciones de trabajo y de sus medios
de subsistencia.
Desde la ideología capitalista se ha impuesto
el mito de que el trabajo intelectual es “superior”
al trabajo manual. Esto ha llevado, entre otras
consecuencias, a que exista una contradicción
entre la teoría y la práctica, así como la separación
entre el saber y el hacer.
Pero, más importante
aún, la división
entre trabajo intelectual y manual, desde la ideología
capitalista, ha monopolizado el saber y establecido jerarquías
que han consagrado la expertocracia.
Esta condición de la ideología capitalista ha desarrollado
una “élite de pensadores” que se ubica por
encima de la clase trabajadora, la gran “masa” de la
sociedad. Muchos de estos “pensadores”, al tratar de
interpretar la realidad, olvidan que es la naturaleza
del objeto de estudio lo que determina los
métodos y herramientas para su
análisis, estudio y comprensión,
y hace tiempo
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que eligieron sus modelos para “interpretar” esta realidad.
Terca como es, la realidad constantemente salta
y escapa a sus sesudas profecías. Pero estos intelectuales
insisten: mutilan la realidad, la modelan con
tal de que encaje en sus esquemas interpretativos y
deforman, omiten o calumnian lo que les resulta incómodo.
Para ellos, la naturaleza del objeto de estudio
depende, nada más y nada menos, que de su modelo
de análisis.
Gramsci afirmó que: “todos los hombres son intelectuales,
pero no todos los hombres tienen en la sociedad
la función de intelectuales” (Antonio Gramsci,
Los intelectuales y la organización de la cultura). En
cualquier trabajo físico, incluso el más mecánico,
existe un mínimo de calificación técnica, es decir, un
mínimo de actividad intelectual creadora. Es en este
sentido que Gramsci nos habla de la potencia intelectual
en todos los hombres, sin embargo, Gramsci
especifica que todo trabajo, incluido el intelectual,
está determinado por el conjunto de sistemas de relaciones
sociales en que éstos se encuentran.
La función intelectual no responde a lógicas e intereses
propios de los individuos que la ejercen, sino
a presiones de fuerzas sociales que se producen desde
arriba o abajo, es decir, desde el poder o desde el movimiento
social. La historia es un terreno de lucha y la
posición de los intelectuales frente a la realidad, está
en función de la intensidad y debilidad de estas fuerzas
sociales en conflicto: si el movimiento social es
fuerte, los intelectuales voltean hacia él, claro, siempre
manteniendo la “debida” distancia.
Esta relación entre la función intelectual y las
fuerzas sociales en conflicto, puede verse claramente
en el proceso del movimiento social mexicano. En
los momentos en que la presión del movimiento social
era muy fuerte, se generaron alrededor de él corrientes
de pensamiento muy sólidas y personajes influyentes
para el movimiento. La guerra de reforma, la
revolución, el nacionalismo cardenista, el movimiento
del sesenta y ocho, etcétera. No nos detendremos
ahora en el análisis de cada uno de ellos, sin embargo,
queremos rescatar algo que nos parece importante en
este proceso de la función intelectual.
La caída del Muro de Berlín representó también
la crisis del pensamiento, el programa y la práctica de
las corrientes socialistas, en especial de aquellas que
veían en esos países un modelo. Se implantó “el fin
de la historia” y el Poder arrinconó a los intelectuales
de izquierda, fue un momento en que
la balanza de las fuerzas en conflicto
se inclinó a favor del arriba social. La
profunda depresión y la falta de sustento
en el movimiento social mundial
marcaron a una generación de intelectuales
que se encontraron totalmente
aislados.
El levantamiento armado del
Ejército Zapatista de Liberación
Nacional (EZLN) significó una descarga
eléctrica al corazón de la historia,
que yacía moribunda por las teorías
neoliberales que anunciaban su fin con
la caída del llamado bloque socialista.
Significó una bocanada de aire para
esos intelectuales que inmediatamente
respondieron a la presión ejercida
por el zapatismo. El pensamiento de
izquierda resurgió y volteó su mirada
hacia la justeza y honestidad del proyecto
zapatista y la causa indígena.
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Sin embargo, gran parte de estos intelectuales progresistas
iniciaron su alejamiento del zapatismo cuando
la insurgencia indígena denunció las traiciones,
las inconsecuencias y el camino deshonesto y cínico
que emprendió la izquierda electoral. Pronto surgieron
las plumas en defensa del Ingeniero Cuauhtémoc
Cárdenas, de Rosario Robles, de las alianzas vergonzosas
e inconsistencias en los planteamientos y
la práctica política del Peje… y muchos de ellos se
siguieron de largo y, contra toda evidencia, sostienen,
argumentan y hacen malabares para propagar la mentira
de que Marcelo Ebrard y su gabinete de expriístas
son de izquierda. Allá ellos.
III
Con la ambición, el arribismo y el oportunismo tan
característicos de los intelectuales de arriba, y con el
dogmatismo neoliberal y la desmemoria como herramientas
de su modelo de interpretación de la realidad,
los suspirantes por ocupar el lugar privilegiado dejado
por Octavio Paz al lado del Príncipe, reparan en
que el trono está ocupado por un burócrata gris igual
que ellos, y percatándose de las profundas grietas en
el castillo del Poder, se deslindan de este rey chiquito,
le dan la espalda y empiezan a ofertar sus “serios
análisis” a los posibles sucesores de aquél y a buscar
nuevo amo. Ante esto, dos personajes de corta memoria
y larga historia de traiciones, escriben un ensayo
titulado “Un futuro para México”, publicado por la
revista Nexos. Los autores, Aguilar Camín y Jorge
G. Castañeda, nos prometen un camino lleno de progreso
y bienestar, siempre y cuando se apliquen las
doctrinas neoliberales impuestas desde arriba. No importa
quién lleve a la práctica las brillantes propuestas
contenidas en ese “ensayo penetrante y provocativo”:
“cualquiera puede —dice Jorge G. Castañeda,
en entrevista pública—, Peña Nieto puede, Beltrones
puede, los del PAN pueden, el Peje tengo mis dudas,
Ebrard puede”. Y así, parados en las esquinas del
espectro radioeléctrico, el actual intelectual de los
paramilitares asesinos de mujeres y niños de Acteal
y un destacado émulo de Brozo aguardan la llegada
del cliente que compre las propuestas con las que “no
sólo pueda ganar, sino que va a ganar para algo”.
Después de lamentar que el “salto a la modernidad
[salinista] de los noventa” haya sido frustrado
por la rebelión zapatista, los magnicidios y la crisis
económica, Aguilar Camín, el “demócrata” entusiasta
apoyador de los fraudes electorales de 1988 y 2006,
y el ex izquierdista y ex canciller foxista Jorge G.
Castañeda, proponen olvidar la “historia acumulada
en la cabeza y en los sentimientos de la nación” que
“obstruye” el camino del país hacia el “futuro”, y
plantean acelerar la privatización de los recursos naturales
(“la tierra, el agua, los bosques, el subsuelo
mineral, la infraestructura, la electricidad, el petróleo”)
y de los servicios de salud y educación, profundizar
la flexibilización laboral, aumentar impuestos e
incrementar la intervención de Estados Unidos en la
guerra contra el narco. La función “multiusos” de los
intelectuales de derecha en la globalización, de la que
habló el Subcomandante Insurgente Marcos, vuelve a
quedar de manifiesto: “sepultureros del análisis crítico
y la reflexión, malabaristas con las ruedas de molino
de la teología neoliberal, apuntadores de gobiernos
que olvidan el ‘script’, comentaristas de lo evidente,
porristas de soldados y policías, jueces gnoseológicos
que reparten etiquetas de ‘verdadero’ o ‘falso’ a
conveniencia, guardaespaldas teóricos del Príncipe,
y locutores de la ‘nueva historia’ (Subcomandante
Insurgente Marcos, ¡OXIMORON!. La derecha intelectual
y el fascismo liberal, abril del 2000).
Pero la crisis se hace más evidente entre la intelectualidad
progresista. En 1998, Carlos Monsiváis
escribió en Intelectuales mexicanos de fin de siglo que
entre éstos “ya sólo los fundamentalistas de derecha
ensalzan el neoliberalismo tan recomendado como
solución universal”. Doce años después, a contracorriente
de la realidad y en plena crisis ya no del modelo
neoliberal, sino del sistema capitalista, no sólo los
creyentes del mesianismo neoliberal siguen firmes en
su defensa de la verdad única, sino que gran parte de
los intelectuales, alguna vez críticos, se posicionaron
al lado de uno de los sectores de la clase política en
crisis e hicieron suyo el proyecto de “limarle las aristas
más agudas al neoliberalismo”.
Convertidos en una “triste plañidera de las derrotas
y fracasos de una parte de la clase política que ya
lleva varios años muerta”, muchos de los miembros
de la intelectualidad progresista —para los cuales
“las encuestas, el rating y las aglomeraciones de masas
o de votos” fue el sustituto del referente ético— se
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convirtieron en “los justificadores, y no pocas veces
los aduladores, del quehacer de una ‘izquierda’ tan
entre comillas y tan a la derecha” (Subcomandante
Insurgente Marcos, Dos políticas y una ética, julio
de 2007).
Hoy, y desde hace varios años, estos intelectuales
convertidos en neocomisarios —¡¿quién lo dijera?!—,
acusan de hacerle el “juego a la derecha” a quienes
no se alinearon con su “gallo”, un gallo que se movía
discursivamente por el centro del palenque, que creyó
ilusamente tener amigos y aliados entre las aves
de rapiña, que hizo alianza con caciques como Juan
Sabines. Un gallo que, como gobernante de la Ciudad
de México, impulsó la privatización del agua, puso en
manos de Slim el Centro Histórico, se hizo asesorar en
temas de seguridad, con costo al erario, por el policía
Giuliani para criminalizar la pobreza, etcétera.
Ahora, sin que siquiera les pase por la cabeza
cuestionar en el fondo al capitalismo, un sistema que
a todas luces está en una grave crisis y que tiene inmerso
al planeta en una crisis ecológica grave, tanto
los intelectuales del sistema, como los que venden sus
servicios con la etiqueta de “críticos pero responsables”,
tiempo hace que no aciertan a explicar a “su
amable auditorio” el porqué el país entero es una zona
de desastre. Los primeros sostenían que la alternancia
y la tan mentada transición a la democracia llevarían
a México por el camino de la prosperidad, mientras
que los otros le apostaron todo a una forma de hacer
política, que hizo a un lado la ética en función del
pragmatismo y que ahora también está en crisis.
IV
¡Ah, los intelectuales del Poder! Siempre esforzándose
por comprender y absolver a los de arriba
y por juzgar y condenar a los de abajo.
(Subcomandante Insurgente Marcos.
29 de diciembre de 2002)
La función del intelectual arriba, sea de derecha o izquierda,
es presentar un mundo en cuyo horizonte no
existe nada más que el capital, las mercancías, el mercado
y el poder financiero. Hoy, la capa de intelectuales
pronuncia palabras que no encuentran oídos, analiza la
realidad sin saber si ellos tienen que adaptarse a ella,
o la realidad se adapta a sus análisis. Los intelectuales
de arriba ya no le dicen nada a la gente de abajo. “Las
letras muertas que dibujan, sus nexos intelectuales y
sus zonas abiertas no tienen como destinatario a nadie
que no sean ellos mismos. En estos lugares se comentan
entre ellos mismos, se leen entre ellos mismos,
se ‘critican’ entre ellos mismos, se saludan entre ellos
mismos, y, al hacerlo, se dicen mutuamente: ‘somos la
conciencia del nuevo poder, somos necesarios porque
nosotros decimos que somos necesarios, el Poder necesita
alguien que ponga en prosa y en verso intereses
económicos y sus facturas, lo que nos hace diferentes
de los bufones es que nosotros no contamos chistes, los
explicamos” (Subcomandante Insurgente Marcos, La
P.D. propone otra ventana, marzo de 2000).
El sistema capitalista ha vaciado de ética a la palabra,
ha exentado de todo compromiso a aquel que,
desde arriba, la enuncia. La palabra en el discurso
capitalista pierde su cualidad de garante de un compromiso
social, haciendo del discurso un conjunto de
palabras vacías, mentiras y decires perdidos en el olvido
y la desmemoria.
La palabra, en cambio, para los que queremos un
mundo donde quepan muchos mundos es la constante
acción en nuestro caminar. A través de nuestra palabra,
comprometemos la vida: sueños, sentimientos y
compromisos que hablan de la memoria colectiva que
nos hacen ser y vivir. Con la palabra abrazamos la
dignidad, mantenemos presentes la justicia y el respeto
para transformar lo que creemos es necesario.
“Nosotros creemos que la palabra deja huella,
las huellas marcan rumbos, los rumbos implican definiciones
y compromisos. Quienes comprometen su
palabra a favor o en contra de un movimiento, no
sólo tienen el deber de hablarla, también el de ‘agudizarla’
pensando en sus objetivos. ‘¿Para qué?’ y
‘¿Contra qué?’ son preguntas que deben acompañar
a la palabra. No para acallarla o bajar su volumen,
sino para completarla y hacerla efectiva, es decir,
para que se escuche lo que habla por quien debe escucharla.
Nosotros creemos que un movimiento debe
producir su propia reflexión teórica (ojo: no su apología).
En ella puede incorporar lo que es imposible
en un teórico de escritorio, a saber, la práctica transformadora
de ese movimiento” (Subcomandante
Insurgente Marcos, El mundo: siete pensamientos
en mayo de 2003).

http://revistarebeldia.org/revistas/numero69/06intelectuales.pdf


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