Alfredo López Austín, maestro en jefe

Lee y escribe ese pasado indígena que permanece tenaz como nada en México, el auténtico profundo.



Alfredo López Austin, maestro en jefe
Hermann Bellinghausen
La jornada

Nadie como él para descifrar los mitos de los antiguos mexicanos, su pensamiento y su probable realidad cotidiana. Paciente y generoso, reparte su lucidez con erudición y escritura privilegiada. Lector aventajado de Bernardino de Sahagún y sus informantes, de Francisco Hernández y los cronistas de la Conquista, habitante espiritual de los códices prehispánicos, siempre ha estado de lado de los pueblos vivos. Lee y escribe ese pasado indígena que permanece tenaz como nada en México, el auténtico profundo que conceptualizó Guillermo Bonfil. La aventura intelectual de López Austin se cuenta entre las más emocionantes del México contemporáneo, siendo su obra cardinal Cuerpo humano e ideología. Las concepciones de los antiguos nahuas (UNAM, 1980). Perseguidor del Mito y sus consecuencias, a partir de que explicó la cosmovisión del concepto físico que tenían los nahuas de sí mismos, afianzó el pulso que gobierna su amplia producción intachable. Esa que arranca en 1961 y lo hace prófugo de la abogacía: La constitución real de México Tenochtitlan. Habría de ubicarse en una academia específica, la historia, pero tendió vasos comunicantes con la antropología, la sociología y la arqueología.

Ante un maestro que nunca nos abandona, sus lectores tenemos derecho a ponernos personales. Yo andaba en mis trece cuando pedí como regalo de Navidad un libro llamado La literatura de los guaraníes, con mitos y relatos en versión de León Codogan, edición y revelador prólogo de Alfredo López Austin. Corría 1966. Hace 50 años que me acompaña la impresión causada por dicho libro, publicado un año antes por Joaquín Mortiz en su colección El Legado de la América Indígena que, dirigida por el precursor de López Austin, Miguel León-Portilla, divulgaba esa suerte de lecturas. Sólo le ganan en mi antigüedad de lector Verne, Stevenson, Salgari, Twain & Co. Entonces entendí lo que significa el jaguar y su afición por la carne humana una vez que la ha probado. Confirmando la vigencia de los mitos, López Austin publica en 2015 Los mitos y sus tiempos con el peruano Luis Millones.

Por azares consecutivos se atravesarían en mi camino Cuerpo humano e ideología y Una vieja historia de la mierda, del mismo autor que editó Textos de medicina náhuatl en 1973; cuando aquel año entré a la Facultad de Medicina lo llevaba en el morral. No deja de resultar sugerente que el delicioso (es la palabra) librillo sobre la mierda, ilustrado por Francisco Toledo en su gustada vena escatológica (1988) sea producto digestivo de Cuerpo humano e ideología. De las sobras del cuerpo a la mierda como obra de arte.

Para entonces Alfredo ya está instalado en la persecución de los mitos. Del mito de todos los mitos, a partir del inevitable tlacuache, marsupial padre y señor de la fantasía mexicana. Y poco después El conejo en la cara de la luna (1994), colección de ensayos brillantes, modernos, accesibles, muy bien escritos, que aparecieron originalmente en una publicación de Japón (en japonés) y en Ojarasca desde cuando se llamaba México Indígena, dentro de la columna que mantuvo de 1990 a 1992 con el nombre de “Mitologías”. Sigue siendo una lectura que nadie con esqueleto merece perderse; hoy es muy accesible pues se acaba de incluir en la colección Bolsillo Era (2016).

Con el rigor de su cacería del relato, López Austin estimula la imaginación de los escritores indígenas desde el fin de siglo. Parecido efecto han tenido su maestro León-Portilla y su discípula Elisa Ramírez Castañeda. No se quedó en la ruta iniciada por Frazer en La rama dorada. Ante todo, sistematiza sin reposo un empático desciframiento de la mentalidad (alma) mexicana-mesoamericana tal como la encontraron los conquistadores al momento de destrozarla. ¿Qué tan lejos había llegado aquella civilización? El daño invasor afectó las fuentes históricas y la cadena de transmisión de los conocimientos.

Historia es la pasión de López Austin. Véanse Tamoanchan y Tlalocan (1994) y su indispensable El pasado indígena (1996) escrito al alimón con su hijo Leonardo López Luján, arqueólogo estrella de la nueva generación (pero así quién no: imagine el lector tener como padres a Alfredo López Austin y Martha Luján, colaboradora del arqueólogo mayista Alberto Ruz; un trabuco familiar dedicado a entender y documentar qué chingados pasaba aquí antes de la anexión colonial a Europa).

López Austin es una de las más dichosas creaturas que ha dado la Universidad Nacional; batea en la liga de los Vasconcelos, Barros Sierra, Caso, Bonifaz Nuño, González Casanova, Villoro. La legitimidad de su opus se cimienta en su compromiso con los indígenas de carne y hueso. Consejero de los zapatistas y de los pueblos originarios que participaron en los Diálogos de San Andrés (1995-1996), en 1999 fue capaz de comprender “la huelga del fin del mundo” en la UNAM, la primera que no venía de las clases medias. Pocos maestros supieron respetar aquella desesperación juvenil.

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