Ante la amenaza a Venezuela y la región: La defensa de los pueblos

En el caso de la crisis de la revolución bolivariana de Venezuela, el esquematismo dualista supone, de antemano, el dilema de o la defensa a ciegas de la “revolución” o el neoliberalismo; en escala mundial, o el imperialismo. Este dilema solo puede ser considerado en una dimensión unidimensional; incluso en este caso, no pierde su condición paradójica: los enemigos resultan cómplices de la reproducción del poder, por lo tanto, de las dominaciones polimorfas, en los perfiles políticos en que los dos “enemigos” se confrontan.



08.04.2017
La defensa de los pueblos

Raúl Prada Alcoreza
http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/la-defensa-de-los-pueblos/

El esquematismo dualista empuja a considerar el dilema de lo uno o lo otro, que serían opuestos, en una visión unilineal; sin embargo, siempre hay otras alternativas. El esquematismo dualista no concibe otras dimensiones, como la bidimensional; es más, como la tridimensional y la tetra dimensión; mucho menos otras dimensiones complejas. El esquematismo dualista político del amigo y el enemigo considera estos opuestos como antagonismo dramático; el dilema sería que hay que escoger en ser amigo o enemigo. Por ejemplo, en el caso de la crisis de la revolución bolivariana de Venezuela, el esquematismo dualista supone, de antemano, el dilema de o la defensa a ciegas de la “revolución” o el neoliberalismo; en escala mundial, o el imperialismo. Este dilema solo puede ser considerado en una dimensión unidimensional; incluso en este caso, no pierde su condición paradójica: los enemigos resultan cómplices de la reproducción del poder, por lo tanto, de las dominaciones polimorfas, en los perfiles políticos en que los dos “enemigos” se confrontan.

En un “mundo” bidimensional el dualismo se rompe, se abre a otras posibilidades. Por ejemplo, siguiendo la lógica, se puede conjeturar otra salida al dilema: ni lo uno ni lo otro, otra opción política, incluso económica y social. En un “mundo” tridimensional, en el “mundo” voluminoso, no hay posibilidad solo de dualismos y solo de terceras u otras opciones, sino de múltiples salidas, opciones, resultantes; es más, se dan composiciones y combinaciones más abiertas y de configuraciones voluminosas. En un “mundo” tetra-dimensional, el que concibe la física relativista, el del espacio-tiempo, donde no hay tiempo absoluto, ni espacio absoluto, sino tejidos del espacio-tiempo, la configuración de la complejidad se abre a las plurales posibilidades de la potencia creativa. No pondremos el ejemplo de un mundo de más dimensiones, que supone la física cuántica y la teoría de las cuerdas, que llega, en el último caso, a calcular consistentemente once dimensiones; cuatro desplegadas, las del espacio-tiempo relativista, y siete dimensiones plegadas. Sin embargo, la condición efectiva del mundo parece ser, mas bien ésta, la de la teoría de las cuerdas.

Entonces el dilema dualista al que pretenden someter a los pueblos es falso; nunca es o lo uno o lo otro; dicho de otro modo, o conmigo o con lo enemigos. Este es el dilema de las dominaciones, del poder, de la efectuación de sus diagramas de poder, del funcionamiento de sus cartografías políticas. Al final, los enemigos se necesitan, se requieren, como tales, para existir, dominando, sustentados por el monopolio del poder, se de una manera u otra, ungido de pretensiones de verdad, por una forma ideológica u otra. Este dualismo es el dualismo del poder; es un chantaje de las dominaciones institucionalizadas.

Los pueblos no tienen por qué responder a este chantaje del poder, provenga de uno o del otro, de un discurso ideológico o de otro, de una forma de gubernamentalidad o de otra, del gobierno, que se pretende “revolucionario” o del gobierno que se reclama “defensor de los derechos humanos”, desde la posición de dominación mundial, desde el locus de la globalización lograda. La tarea de los pueblos es la emancipación del poder, de todas las formas de poder, la liberación de la potencia social. Reincorporar a las sociedades humanas a los ciclos vitales, a los ecosistemas, a las complementariedades complejas con las sociedades orgánicas, a la armonización ecológica del planeta. La tarea del pueblo, que ha sido la emergencia de la movilización anti-sistémica, que ha encumbrado y trasladado en la cresta de la ola, al “gobierno progresista”, que como toda revolución cambia el mundo hasta donde puede y luego se hunde en sus contradicciones, es continuar la revolución, sin los provisionales acompañantes gubernamentales y estatalistas. La tarea del pueblo del Estado dominante mundialmente, llámese imperialismo, en la versión de las condiciones histórico-políticas-económicas del siglo XIX y parte del XX, llámese imperio, en las condiciones histórico-políticas-económicas de fines del siglo XX y comienzos del siglo XXI, es la solidaridad con los pueblos agredidos, la alianza con estos pueblos, para que juntos se liberen de las formas y estructuras de poder que los agobian, de la deuda infinita a la que han sido sometidos por el sistema-mundo capitalista en su etapa decadente, la de la dominancia de capitalismo financiero y especulativo.

Las declaraciones del almirante Kurt Tidd de que “la creciente crisis humanitaria en Venezuela podría acabar exigiendo una respuesta a nivel regional” son confesiones de esta predisposición de la armada estadounidense, del pentágono y ahora, más que antes, del gobierno de la hiper-potencia del Norte. Esta posibilidad en ciernes coloca a los pueblos no en un dilema, como el mencionado anteriormente, sino ante la obligación de la defensa. Una cosa es ir más allá del amigo y enemigo, en la perspectiva de la complementariedad dinámica entre los pueblos y en el horizonte de la gobernanza mundial de los pueblos; otra cosa es el ataque de la hiper-potencia, gendarme del imperio, garante de la dominación mundial y de la explotación destructiva del planeta por parte del sistema-mundo capitalista. En este caso la defensa no solo es una obligación de los pueblos, sino una demanda existencial. Los pueblos no pueden abalar la continuidad sistemática de la guerra, dada en sus distintas formas, escalas y alcances, en la historia de la modernidad, menos, ahora, cuando se encuentran amenazados por armas de destrucción masiva, en manos de gobernantes paranoicos y generales presurosos de mostrar sus fuerzas demoledoras.

Como lo dijimos antes, defender a Venezuela es defender la Patria Grande, aunque todavía sea una utopía; no es la defensa de un régimen que se ha hundido en sus contradicciones, que busca ocultar desesperadamente con discursos exasperados, chauvinistas y atiborrados de chantajes emocionales. Como la defensa de la revolución bolivariana, que no puede ser sino crítica, no es la defensa de un populismo tardío y de un pretendido socialismo renovado, sino la defensa de procesos sociales y políticos abiertos por la movilización popular, la defensa de la posibilidad de continuar con las transformaciones, de continuar con la revolución, de luchar contra el termidor de la revolución, que, paradójicamente se convierte el gobierno que dice representarla.

Los pueblos del mundo estamos exigidos por las circunstancias, más aún si se da una intervención a Venezuela, a defenderla contra la intervención imperialista o policial del imperio. No hacerlo equivale a renunciar a un mundo alternativo o mundos alternativos; significa renunciar a la propia potencia social, dejándose atrapar por las mallas institucionales de captura, por las máquinas de poder, por las redes del orden mundial de la acumulación destructiva del planeta. El secreto del poder no está en los que monopolizan los instrumentos de poder, en los que manejan las máquinas de guerra, en los que dominan al mundo por medio de las telarañas del sistema financiero; todos ellos son los sujetos dominantes constituidos por el sistema-mundo capitalista, sistema-mundo extractivista, son los ejecutores privilegiados de la destrucción de la vida en el planeta. Todos estos dispositivos de poder son los engranajes de una heurística de muerte. Ellos y éstos son construcciones sociales institucionalizadas, son productos de las fuerzas sociales capturadas, son objetos producidos por las sumisiones a las que han sido sometidos los pueblos. Entonces, el secreto del poder se encuentra en la renuncia de los pueblos a seguir luchando, la renuncia a ser libres, la renuncia a su potencia social creativa.

Usando un término antiguo, para ilustrar, el imperialismo norteamericano, en la situación de premura en la que se encuentra, agobiado por su debilitamiento económico, por su secundaria posición en el cuadro económico mundial, atravesado por contradicciones internas, que ya no puede paliar ni dilatar por más tiempo, interpelado socialmente por parte de su pueblo, sin horizontes claros, tampoco estrategias convincentes, salvo las simulaciones conspirativas de los pretendidos “estrategas” y los patéticos servicios de inteligencia, busca desesperadamente recuperar su posición perdida, erigirse nuevamente como conductora del mundo, aunque ya no tenga qué ofrecer. Cree encontrar salidas mediante intervenciones militares, groseramente encubiertas con excusas ingenuas. Se equivoca, lo único que ocasiona es apresurar su desmoronamiento. Hasta ahora no ha entendido, para decirlo en esa figura de imperialismo, que no es sujeto, que las dominaciones logradas y realizadas por el capitalismo, en sus distintos ciclos largos, no se deben al monopolio de las armas, sino a condiciones de posibilidad históricas-políticas-económicas-culturales combinadas, que dieron lugar al nacimiento de la civilización moderna propiamente dicha; que no nace en Europa, como acostumbra decir la historia universal y también las ciencias sociales y humanas, es decir la ideología, sino después de la conquista de Tenochtitlan.

No entienden los llamados “estrategas”, los servicios de inteligencia inverosímiles, por ende los gobernantes y los partidos gobernantes del imperio, que las máquinas de guerra son instrumentos, que su eficacia depende de la adecuación de las herramientas a la configuración de los problemas. Los problemas a resolver no son los relativos a la primera y segunda guerra mundial, tampoco los que afrontaron los imperialismos en la guerra de Corea y en la guerra de Vietnam; cuando ya se evidenciaron los límites de estas máquinas de guerra. Pues una guerra, la primera, para decirlo toscamente, la empataron, y la otra guerra, la segunda, la perdieron. Sus intervenciones policiales en las guerras del Golfo, en Afganistán, en Yugoeslavia, en Libia, en Irak y en Siria, son elocuentes muestras de su ineficacia e incapacidad. Entre otra cosas, relativos a la estructura de su ineficacia, la hipertrofia de sus instrumentos de guerra resulta en la inadecuación operativa para atender estos conflictos. La sandez de estos “estrategas” se desprende de su premisa heredada; del esquematismo político dualista del amigo y enemigo, que repite el esquematismo religioso dualista del fiel y el infiel. Están lejos de vislumbrar la complejidad del mundo efectivo, del devenir del mundo. Están lejos de entender las estructuras y configuraciones de los problemas que enfrentan.

Las intervenciones militares ocasionan demostraciones de fuerza, espectáculos de musculatura tecnológica de destrucción; nada más. Una vez que pasa, ni consiguen restablecer su dominación añorada, ni en el mundo, ni en los países ocupados, que quedan como cementerios y ruinas; testimonios mudos de la destrucción inútil y sin sentido. La única opción que tienen los jinetes del apocalipsis es llevarse al mundo con su propia caída y desmoronamiento. Esta fue la voluntad nihilista de Adolf Hitler ante la derrota de la Wehrmacht; que el pueblo alemán se inmole y se sacrifique en la última batalla, la batalla de su propia destrucción y muerte. Esta parece ser la voluntad nihilista inherente en el despliegue celoso de máquinas de guerra imperiales, que deambulan en los siete mares, en todos los cielos, en numerosas bases militares territoriales, perdidas en un mundo efectivo que no comprenden.

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