Crónica de una mujer que vive en una montaña de oro

Ceerley Vergara vive en La Toma (Cauca), una comunidad que pelea por su territorio ancestral.



Crónica de una mujer que vive en una montaña de oro
Lunes 08 de Abril de 2013 00:00

Ceerley Vergara vive en La Toma (Cauca), una comunidad que pelea por su territorio ancestral.
Censat - Agua Viva

El lugar era un infierno burbujeante, rojo, tóxico. Algo así: una sopa caliente y espesa bombardeada por rocas que caían veloces del cielo, algunas cargadas con un metal pesado, dúctil y de color amarillo: oro. La vida en la Tierra entonces era imposible. Hoy, cuatro mil millones de años después, la vida ya no es imposible, solo es muy difícil, y una mujer llamada Ceerley Vergara -mamífero, del orden de los primates, de la familia de los homínidos, de la especie humana; es decir, exactamente como usted y como yo- lleva varias horas doblada sobre una batea que mueve en círculos hasta que descubre, entre la arena plomiza, el ínfimo destello de 0,08 gramos de ese metal pesado, dúctil y de color amarillo. Entonces sonríe -ahora tiene lo que se convertirá en 6.000 pesos, el primer pago por una semana de trabajo- y también suda. Mucho. (Vea en imágenes: Crónica de una mujer que vive en una montaña de oro).

En el corregimiento de La Toma -Cordillera Occidental, departamento del Cauca, municipio de Suárez- las cosas parecen estar siempre cuesta arriba. El lugar es un caserío regado en el lomo de una montaña, y Ceerley sube jadeando. El panorama ofrece una carretera arcillosa, abismos verticales, una represa abajo -La Salvajina- y las construcciones miniaturizadas de un pueblo en la distancia -Suárez, la cabecera municipal-. La mujer se detiene, resopla, levanta el dedo índice, señala el horizonte haciendo un semicírculo y dice, ahogada, “todo esto es nuestro territorio ancestral, pero ahora nos lo quieren quitar por el oro”.

Aquí hay casas pobres, gente pobre, perros flacos. Caminantes que suben lentos. Hombres fibrosos de piel negra, mujeres que salen a ver quién llega, ancianas que surgen del monte y te ofrecen mangos solo porque te ven cansado. La camiseta de Ceerley, quien es vicepresidenta del Consejo Comunitario, dice en letras negras y gordas: “Mi cuerpo es mi casa, mi casa es mi territorio, no entrego las llaves”. Aquí hay, también, una comunidad que resiste, desde hace cuatro siglos, y se niega a dejar su territorio a pesar de las presiones de multinacionales, particulares y grupos armados.

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El oro nace bajo unas presiones enormes. Para que este metal se forme es necesario que una estrella -en realidad, una supernova- agonice, que consuma sus reservas de hidrógeno y helio y, entre fusiones nucleares, comience a producir elementos cada vez más pesados hasta llegar al hierro y luego, si tiene la masa suficiente, a otros como el oro, el plutonio y el uranio. Es necesario que esa estrella colapse y estalle. Es necesaria cierta violencia cósmica.

La extracción de oro de una montaña -en esta y en otras muchas- también está rodeada de presiones enormes y de cierta violencia. Por la carretera pasan veloces y en fila siete motos que dejan una bruma densa. Ceerley, a un lado del camino, se detiene en seco y su cuerpo se pone rígido como tabla. Su boca dice, como quien habla consigo misma, “no pasa nada”. Sus ojos dicen otra cosa. La mujer avanza unos metros, las motos desaparecen en la siguiente curva y con una sonrisa esforzada suelta, en un tono apenas audible, “es que con todo lo que ha pasado, una se pone como nerviosa”. Y todo lo que ha pasado es esto: amenazas en panfletos o vía mensaje de texto contra los líderes locales -”por oponerse al desarrollo”-, cortesía de Las Águilas Negras y la masacre de ocho mineros artesanales en abril del 2010.

Es un asunto elemental: si no cedes el elemento oro (Au) que hay en tu tierra, otros podrían obligarte dándote otro elemento: plomo (Pb). Hay noticias: este país logró lo que los alquimistas soñaron: convertir el plomo en oro y, más aún, el oro en plomo.

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De entre los trastos arrumados al fondo de la cocina, Ceerley saca una pequeña batea. Es pequeña porque será usada por las manos -pequeñas- de su hija, Ángela Sari, que aún no cumple un año de edad. “Esta es para la niña, para cuando pueda irse a meter a la mina”, cuenta Ceerley, que pasa sus dedos suavemente por la superficie del recipiente de madera oscura y, enseguida, suelta en un solo resoplido: “Cuando uno nace la batea está debajo de la cama; aquí nunca hace falta una”. Luego comienza a lavar los platos, los sumerge en el agua de una vieja ponchera, por sus manos rocosas baja la espuma y ella se queda mirándola con sus ojos grandes, negros. Se va muy lejos en un viaje de dos segundos. Luego vuelve y despliega una sonrisa alargada, casi privada, y suelta: “Yo quiero que aprenda a minear, pero también quiero que estudie, que tenga una profesión y que ojalá la pueda ejercer aquí mismo, que le pueda servir a la gente”.

La casa es una modesta construcción de ladrillo con tres habitaciones pequeñas, un baño y una cocina. Afuera hay un pozo de donde se surten de agua ella, su madre, su hija y un sobrino. También hay gallinas y cultivos de café, naranja, tomate y plátano y, abajo, un riachuelo en el que se bañan y lavan la ropa. Así es y así fue. Ceerley es su madre, su madre es su abuela. Si naciste en La Toma, seguramente serás minero, agricultor y pescador. Crecerás entre bateas, tu piel será negra y la tierra te dará lo que necesites. Y no faltará quien quiera arrebatártela.

Durante siglos la vida en este lugar se ha vivido de la misma manera. Un resumen de la historia de La Toma diría que aquí llegaron esclavos y amos, los primeros ejercieron la minería y los segundos se llenaron los bolsillos. Más tarde, con la abolición de la esclavitud en 1851 en Colombia, los que una vez fueron esclavos se convirtieron en campesinos y los que fueron amos en terratenientes. Y los primeros fueron obligados a pagar renta y los segundos se volvieron a llenar los bolsillos. Más tarde, a comienzos del siglo XX, los terratenientes quisieron todo. Y todo era oro y tierras, por lo que intentaron sacar a la población negra por la fuerza, pero la población negra resistió, otra vez. Y ahora, siglo XXI cambalache, el presente, por supuesto, no ofrece muchas sorpresas. El último intento de desalojo por vías legales ocurrió en agosto del 2010, cuando Héctor Jesús Sarria, quien tenía títulos mineros para explotar 99 hectáreas, exigió la salida de siete familias que vivían allí. Entonces comenzó una batalla legal que terminó con una tutela interpuesta por Francia Márquez, una líder local, en la que la Corte Constitucional ratificó este como territorio ancestral mediante la sentencia T-1045 y, además, ordenó suspender “la o las licencias de explotación minera en el proyecto del señor Héctor Jesús Sarria o cualquier otro en el corregimiento La Toma de Suárez, Cauca, hasta tanto se realice la referida consulta previa -requisito para llevar a cabo este tipo de proyectos con comunidades negras o indígenas en territorios ancestrales, en el que la comunidad debe dar su permiso-, de manera adecuada y se llegare a expedir la licencia ambiental respectiva, por las razones y en los términos que han quedado expuestos en este fallo”.

Ceerley más tarde explicará que “La Toma tiene 7.000 hectáreas y hay 6.500 concedidas -entre particulares y multinacionales- para minería. En pocas palabras, todo el corregimiento está concedido”, aún cuando la consulta previa no se ha hecho de manera apropiada.

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Luego, las cosas solo empeorarían. Francia Márquez cuenta que los intereses de empresas privadas y particulares se agudizaron y que la minería ilegal también se afincó en la zona, que las amenazas aumentaron y que ella misma tuvo que escapar de su casa y refugiarse en el monte en un par de ocasiones, cuando un grupo armado fue a buscarla a su puerta. Francia tiene 31 años, dos hijos y ahora vive en Cali. Desde su casa en Aguablanca -barrio pobre y duro- su voz es un arrullo cansado. Ella fue minera, luego empleada del servicio, más tarde líder y ahora estudia Derecho para defender a su gente. Y a veces parece que en lo que dice hay más coraje que esperanza: “Cuando uno ha visto cómo matan a los jóvenes, cuando uno ha visto cuántos líderes matan en este país, uno sabe que se va a morir. Tengo eso claro y sé que tengo dos hijos, pero yo no les veo futuro si no tienen un territorio”.

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El día muere en La Toma. Afuera la luz apenas limita las siluetas, la radio transmite una salsa mal sintonizada y los insectos y las ranas reverberan en la distancia. Ceerley se sienta con su hija en una butaca a ver fijamente cualquier cosa, a hablar de pasados y futuros que siempre tienen que ver con esta tierra. “Yo digo: ¿qué les vamos a dejar a los que vienen naciendo? Yo veo aquí a mi hija, y si yo no peleo y no hago que se respete este territorio, entonces ¿qué le voy a ofrecer a ella?, ¿qué le voy a decir?, ¿le voy a decir: ‘mija, no tengo nada que ofrecerle porque vinieron y nos lo quitaron todo así como así?’”. Ceerley se queda en silencio, mira a Ángela y la aprieta contra su pecho.

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Todo el oro extraído en la historia de la humanidad suma 163.000 toneladas que apenas llenarían tres y media piscinas olímpicas. La mitad se ha sacado en los últimos 50 años y, según el World Gold Council, cerca del 17 por ciento de ese oro corresponde a lingotes o monedas para inversión, el 18 por ciento a las reservas del sector oficial (bancos centrales o instituciones), el 51 por ciento a joyería y apenas un 12 por ciento tiene un uso industrial. Lo que quiere decir que el 86 por ciento no se consume; solo se guarda o se luce.

Ceerley Vergara no tiene nada de oro -ni anillos ni collares ni aretes ni dientes-, aunque por sus manos han pasado muchos gramos de esas 163.000 toneladas, y hoy se apresta a sacar un poco más.

Desde la puerta de su casa, la niebla de la madrugada es una capa de algodón sobre la superficie vegetal. La mujer desayuna un café y un pan, se pone las botas de caucho y una pañoleta sobre la cabeza. Recoge su batea y sale con rumbo a la Montañita, la mina en la que trabajan unas 80 personas que pertenecen a las familias Vergara, Ararat y Agrono -las distintas minas no tienen un dueño único y cada una es explotada por varias familias.

La ruta es una repetición: se sube y se baja por un camino jabonoso durante una hora y, al final, la trocha se convierte en un declive sin escalas, que se adelgaza lo suficiente para que solo quepa una persona. Desde arriba la zona minera es un puñado de mordiscos grises a la montaña rodeados por monte. No es un panorama lunar. La devastación asociada a esta actividad aquí no parece tan contundente y eso se debe a que durante centurias la minería en este lugar se ha hecho de manera artesanal. Tatiana Rodríguez, coordinadora del área de minería en la ONG ambiental Censat Agua Viva, lo dice mejor: “Allá la minería es una actividad tradicional y totalmente ligada con la subsistencia. No hay nadie que esté pensando en hacerse rico, en exportar. No. Esta es una actividad de subsistencia, tal como lo es la agricultura, y por eso el medio ambiente se ve menos afectado”. Y luego agrega: “La minería verdaderamente artesanal tiene un conocimiento tradicional asociado. La gente allí aprendió a limpiar el oro con plantas, sin usar mercurio o, en el caso de la minería a gran escala, sin usar cianuro”.

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El sol revienta con todo ímpetu y la luz caliente se mezcla con el polvo. El lugar es un hervidero de actividad. Unos entran en las minas, otros salen encorvados y cargados con bultos de arena, otros más lavan lo extraído en bateas. Hombres, mujeres, niños y ancianos transpirados se riegan por todas partes. Los motores de los tambores que trituran las piedras traquetean. El vapor de las ollas del almuerzo se eleva.

Hace tres días, Ceerley se internó 200 metros a picar las entrañas de la montaña y luego empacó lo recolectado -piedra y arena- en 15 costales. Entre anteayer y ayer hizo 15 viajes por estaciones para llevar los costales -con un peso aproximado de 25 kilos cada uno- hasta su pozo, que queda a unos 500 metros. Hoy comenzó a lavar el balastro -la piedra y la arena- en su batea y encontró el brillo ínfimo de 0,08 gramos de oro que separó de la tierra con la baba de un puñado de plantas trituradas. Espera tener más suerte mañana y llegar al gramo, por el que cobrará 66.000 pesos. Por ahora envuelve su mínimo botín en un pequeño plástico y regresa a casa.

A la vuelta la espera su hija. Ceerley la carga y la besa. El cielo está despejado, pasa una brisa serena y hay un silencio cansado que luego de un momento la mujer interrumpe: “¿Sabe por qué me siento arraigada a esta tierra? Porque aquí nací yo. Aquí está mi ombligo, aquí nacieron mis padres, en estas tierras los que fueron esclavizados fueron libres. Lo puedo decir así: La Toma soy yo”.