Parejas abiertas, ¿funcionan?

En la cultura de los indios mohave de Norteamérica, las mujeres casadas no tienen impedimento en mantener relaciones con otras. Los kuikuru, habitantes de la selva brasileña, asumen la libertad sexual como parte fundamental de la convivencia



Parejas abiertas, ¿funcionan?
Sábado.14 de diciembre de 2013 126 visitas Sin comentarios
Hugo de Lucas
Tortuga

En la cultura de los indios mohave de Norteamérica, las mujeres casadas no tienen impedimento en mantener relaciones con otras. Los kuikuru, habitantes de la selva brasileña, asumen la libertad sexual como parte fundamental de la convivencia. Entre algunos pueblos esquimales existe la llamada hospitalidad femenina, por la que las esposas pueden acostarse con terceros para estrechar vínculos de amistad. En Magaia, una isla ubicada en el Pacífico, los jóvenes se inician en el sexo siempre con mujeres casadas, con el consentimiento de sus parejas. Una costumbre secular en otra tribu americana es que la esposa encinta elija entre sus amigas quién la sustituye en el lecho conyugal hasta que dé a luz.

¿Qué entienden todos ellos por fidelidad? Es evidente que en su definición no se contempla la exclusividad como pilar de una relación amorosa. Tampoco lo es para quienes en esta sociedad de parejas cerradas a cal y canto han decidido romper códigos y vivir sus afectos con reglas propias. “Más del 50% de los matrimonios acaban en divorcio. Algo no funciona en el tipo de relaciones que establecemos y yo creo que el sexo tiene mucho que ver en ello”, afirma Noelia, casada desde hace 23 años y decidida desde siempre a vivir el amor en libertad. “Nosotros nos lo planteamos en un principio. Nada de sentirnos atados, esclavos sexuales del otro y de los convencionalismos que nos imponen. Los dos necesitamos sentir que tenemos una convivencia feliz, que no concebimos la vida el uno sin el otro, y que cuando estamos juntos es porque queremos, no porque debemos. Lo que hagamos fuera de casa importa poco.”

El doctor José Díaz Morfa, psiquiatra y presidente de la Asociación Española de Sexología Clínica, maneja estudios que afirman que entre el 5% y el 8% de las relaciones estables podrían considerarse como parejas abiertas, en las que el sexo con terceros se consiente. “Ese tipo de unión solo es viable si la forman personas seguras de sí mismas, con un criterio propio poco influenciable y menos dependientes del otro. Y si funcionan es precisamente porque hay un amor profundo y sano que demuestra ante todo respeto”, afirma el especialista. Sin embargo, al igual que en las parejas convencionales, a menudo los vínculos se establecen sobre acuerdos viciados: “Uno de los dos puede admitir que la relación sea libre como una forma de canalizar su inseguridad: ’No quiero perderte, por eso te permito que estés con otros’. En ese caso el conflicto es inevitable y las posibilidades de fracaso se disparan”, añade el doctor.

“En un mundo sin ideas preconcebidas, la libertad dentro de las relaciones sería un elemento enriquecedor.” Marta Ibáñez Sainz-Pardo, psicóloga especialista en terapia sexual El filósofo y pedagogo José Antonio Marina afirma que «somos un híbrido entre biología y cultura», lo que resultaría una respuesta diplomática al debate abierto desde siempre entre los que buscan argumentos para explicar las conductas humanas en los genes o en las costumbres, en la moral o en lo instintivo. El amor y el sexo son campos de batalla para ambos bandos: ¿qué nos impulsa a permanecer fieles, o al menos a intentarlo? ¿Acaso una relación resulta mejor si es exclusiva? Marta Ibáñez Sainz-Pardo, psicóloga especialista en terapia sexual, tiene una respuesta a partir de su experiencia profesional: “Es muy posible que las parejas abiertas sean una opción más natural. La monogamia es solo parte de una convención cultural, que te dice cuál es el amor correcto. En un mundo sin ideas preconcebidas, la libertad dentro de las relaciones sería un elemento enriquecedor. Pero claro, eso es pura teoría, porque la carga de nuestra educación es demasiado pesada”.

“Yo lo intenté, pero no podía evitar los celos y la culpa.” Luisa es divorciada, aunque ella no ha dejado de estar enamorada de su pareja. Lo primero que aclara al relatar su experiencia es que no se sintió obligada por él a establecer una relación abierta. “No, yo también estaba convencida de que era lo más racional y equilibrado. Pero luego la realidad y los sentimientos me desbordaron. Durante mucho tiempo no hubo terceras personas. Fui la primera que probó. Se lo conté, claro, y él lo aceptó perfectamente. Me sentía mal. Luego supe que de vez en cuando se acostaba con una chica del trabajo… Fue muy duro. Le dije que no podía seguir con ese tipo de relación y todo empezó a ir mal. Fue él quien decidió divorciarse.”

Una pareja abierta no significa que no se establezcan normas. “Al contrario, todo hay que tenerlo muy bien atado”, apunta Marta Ibáñez. “El acuerdo entre ambos ha de ser claro y debe recoger los aspectos en los que se van a basar tanto la relación propia como las ajenas.” En el caso de Luisa, ella rompió el acuerdo y eso generó un conflicto. “En última instancia todos tendemos a controlar lo que ocurre a través de un código compartido. ’Sé lo que está pasando y estoy conforme mientras se cumplan las reglas’. No las sociales, sino las que ellos establecen. Cuando no es así, el sentimiento de traición es el mismo que el que produce la infidelidad en una pareja convencional”, subraya Díaz Morfa.

Por la consulta de Stephen J. Betchen, especialista en terapia de familia en la Universidad Thomas Jefferson (EEUU), han pasado varios casos que demuestran cómo las conductas más liberales fijan sus propias líneas rojas. Jan y Tim llevaban ocho años casados y seis de relaciones abiertas, bajo una condición: no podían tener más de cuatro encuentros sexuales con el mismo amante. La crisis llegó cuando Jan no supo renunciar a la intensa experiencia física de una de sus aventuras. Finalmente lo hizo, pero Tim fue incapaz de superar el desconcierto y la inseguridad que le provocó la situación. También les fue bien durante mucho tiempo a Pat y Sean, hasta que ella tuvo sexo con un desconocido en la cama del matrimonio. Sean entendía que su casa y su dormitorio eran espacios íntimos que solo ellos podían compartir. Cambió el mobiliario de la habitación, pero esto no le ayudó a dejar de sentirse traicionado. Fue el mismo sentimiento que Jake experimentó cuando Allison, su mujer, le planteó que además de sexo deseaba compartir sentimientos con otros hombres. Él se negó y ella le dejó.

“Se siente la pareja estable como algo que nos aísla del entorno y nos hace menos atractivos.” Rosario Castaño, directora de Psicología y Sexualidad del Instituto Palacios

La fidelidad, como sinónimo de exclusividad, hace aguas. Aunque quizá siempre las ha hecho. Un estudio de la empresa Sondea realizado hace un par de años establecía que algo más de la tercera parte de la población adulta en España había sido infiel en algún momento. El porcentaje era similar en hombres y mujeres. Esa cifra se elevaría hasta el 50% en ellos y el 40% en ellas en el caso de tener la total seguridad de que sus parejas nunca lo iban a saber. No parece por tanto tan extraño que algunas relaciones intenten convertir una realidad innegable en una normalidad que no perturbe su vida en común, eliminando obligaciones, engaños e hipocresías que condicionan el amor.

“Se vive con la obsesión de seducir y de mostrar lo mejor de cada uno, por eso con frecuencia se mira hacia fuera de la pareja con la sensación de estar perdiéndose algo interesante”, afirma Rosario Castaño, directora de Psicología y Sexualidad del Instituto Palacios. “Se siente la pareja estable como algo que nos aísla del entorno y nos hace menos atractivos.” Cambiar esa percepción requeriría reformular de alguna manera las relaciones: “Observo en mi consulta que las personas con capacidad para tolerar la frustración; para confiar en sí mismos y, por lo tanto, en la pareja; de ser empáticos y de explorar emociones propias a través de la intimidad tienen más posibilidades de crear vínculos afectivos y una relación sólida. Así funciona también en una pareja abierta, que tiene tantos riesgos de fracaso como cualquier otra. Lo importante son las reglas entre ellos, sobre todo las inconscientes, que son las que más influyen”.

Noelia comparte esa visión: intimidad, complicidad, respeto al código acordado. “Esa manera de entender nuestro amor nos llevó a no poner límites donde no era necesario, o a volverlos a establecer cuando lo consideramos oportuno. Nuestra pareja se convirtió en exclusiva al tener a los niños. Pensamos que nada nos podía distraer de la tarea de ser padres. Cuando ellos han crecido, la hemos vuelto a abrir. Eso no quiere decir que nos hayamos lanzado a buscar sexo fuera, solo que si surge no lo rechazamos. De hecho, hace dos años que ni busco ni surge ni lo necesito.”

Como suele decirse, cada pareja es un mundo con leyes propias en el que no existen fórmulas de éxito ni seguros contra el fracaso. En efecto, así lo demuestra el incremento casi continuo de separaciones. Quizá el mayor problema radique en ofrecer una sola horma en la que todos encajen. “Poseemos unas ideas sobre la pareja que no se corresponden con lo que necesitamos en realidad”, concluye la psicóloga Marta Ibáñez. “Es lógico que se busquen nuevos caminos, que se llegue a otros acuerdos. Alcanzarlos solo tiene una senda: hablar para entender y complementarse de verdad.”