El prosaico mundo efectivo

La vida es paradójica; es, la vez, memoria genética o, pluralmente, memorias genéticas, por lo tanto programaciones, aparentemente teleologías inherentes, así como, en contraste, aleatoriedad, en pleno sentido de la palabra; constelaciones de contingencias incontrolables, que, de todas maneras enriquecen a la memoria genética. En este sentido, desde esta perspectiva, la vida es creación, recreación, invención y reinvención constante



El prosaico mundo efectivo

Raúl Prada Alcoreza

Todo, es decir, lo que ocurre, quizás tenga que ver con algo más pedestre, más cotidiano, más ordinario, que con algo parecido a lo que nos cuentan las narrativas. Las narrativas convierten lo pedestre, lo cotidiano, lo ordinario, las miserias humanas, las pequeñeces, en grandes tramas, en grandes tragedias, en sucesos trascendentes, que cambian el decurso de la historia. Las narrativas nos han acostumbrado a enaltecer la historia, la historia universal, las historia nacionales, a encontrar en la historia de los gobiernos historias de pugnas, historias que marcan hitos; a partir de los cuales, los gobiernos cambian o adquieren otro perfil. Ciertamente, de lo más conocido son las narrativas que retoman el mito, convierten a caudillos en mito, presentando al poder con rostro y perfil personal, un poder encarnado. Sin embargo, este es el mundo como representación; este es el mundo configurado por las narrativas, por las representaciones, por la “ideología”, por el mito, por la historia. Quizás es conveniente salir de estas tramas para poder visualizar el mundo efectivo.

Hipótesis
El mundo efectivo está compuesto de aconteceres singulares. Aconteceres que no son ni exteriores ni tampoco interiores; el acontecimiento no comprende esta diferenciación entre el afuera y el adentro. Recurriendo a la representación, para el acontecimiento todo acontece; si se puede mantener todavía, provisionalmente, estos referentes duales, binarios, tanto afuera como adentro, tanto en exterior como interior, a la vez. Si bien, no es adecuado hablar de afuera ni de adentro, ni del exterior ni del interior, el acontecimiento acontece en un tejido espacio-temporal único. El espacio-temporal de la irradiación y del recogimiento, a la vez, espacio-temporal de la energía, desplegada y plegada en sus múltiples formas adquiridas. Tejido espacio-temporal sensible, perceptible; por lo tanto, con capacidad de fijar la experiencia, la información, retenerla, codificarla y decodificarla. Tejido espacio-temporal de las memorias inscritas, acumuladas, dinámicas, en constante actualización. El mundo efectivo se encuentra en contante devenir; habría que decir, consecuentemente, que se trata de mundos en constante devenires. No son exactamente mundos sino transformaciones, mutaciones, si se quiere, manteniendo la metáfora, mundanas. Estamos ante mundos que nunca son los mismos, siempre son distintos, aunque conserven memorias de lo ocurrido, que llaman pasado. Es en las memorias donde los mundos son los mismos; sin embargo, no lo son efectivamente. Las composiciones singulares han cambiado, han mutado; se han dado lugar nuevas composiciones; por lo tanto, resulta imposible hablar de mundo, salvo como representación referencial. Lo importante no es solo comprender el devenir, los devenires, sino sobre todo las singularidades, los singulares aconteceres, que son composiciones de asociaciones de singularidades, en distintos planos de intensidad. Lo importante es comprender que lo que llamamos mundo o, si se quiere, mundos, manteniendo la provisionalidad de esta representación referencial, está o están compuestos de estas singularidades, de estos aconteceres singulares; de estos detalles, expresándonos puntualmente. Para facilitar la exposición diremos que se trata del mundo efectivo producido y realizado como efecto masivo, aleatorio, de multiplicidades de aconteceres singulares. En el saber popular se dice que en el detalle está el diablo; esto es como decir que en el detalle esta la clave. En términos teóricos sería aconsejable decir que, el mundo efectivo no es la trama de las narrativas sino precisamente la aleatoriedad de los aconteceres singulares. El mundo efectivo es prosaico, no es dramático, menos es trágico. Efectivamente no se parece o se parece muy poco o las tramas de las narraciones, sean estas teóricas, filosóficas, descriptivas, incluso sean estas estéticas. En el primer caso se trata de representaciones, en la mejor acepción, se trata de interpretaciones. En el segundo caso, el estético, que no es exactamente una construcción, incluso no es una producción, sino una creación, se trata de mimesis o de rebeliones lúdicas. Sin embargo, el mundo efectivo tampoco es esta maravillosa creación estética; es una maravillosa creación vital. La vida es paradójica; es, la vez, memoria genética o, pluralmente, memorias genéticas, por lo tanto programaciones, aparentemente teleologías inherentes, así como, en contraste, aleatoriedad, en pleno sentido de la palabra; constelaciones de contingencias incontrolables, que, de todas maneras enriquecen a la memoria genética. En este sentido, desde esta perspectiva, la vida es creación, recreación, invención y reinvención constante; moviéndose en la paradoja inscrita en sus ciclos vitales. Lo que llamamos mundo, que es como la representación de una totalidad aparente, se sostiene en esta impetuosa paradoja. Yendo a los terrenos, por así decirlo, nuevamente usando metáforas de espesores corporales, que tomamos como tópicos problemáticos, seleccionados entre muchos otros, por razones activistas, podemos sacar ciertas consecuencias importantes. No es que el Estado sea solamente una institución imaginaria de la sociedad, sostenida en la materialidad de las mallas institucionales de captura, sino que este acontecimiento de poder responde efectivamente a las miserias humanas, a prácticas pedestres, a recurrencias prosaicas, a habitus adquiridos. El Estado no es el monstruo, el levitan, imaginado por Hobbes, tampoco es el enemigo absoluto imaginado por los anarquistas; el Estado es el efecto masivo, molar, de múltiples aconteceres prosaicos; si se quiere, costumbres, habitus, prácticas reiteradas, inclinaciones conformistas de las mayorías. El poder tampoco es el drama o los dramas, la tragedia o las tragedias, sufridas por las sociedades, los pueblos, las poblaciones diversas, el poder o las formas de poder son el efecto perverso de multitudinarias aceptaciones de esta relación se subordinaciones. No vamos a poner esta aseveración en los términos conocidos, desde Wilhelm Reich, del deseo del amo, tampoco en términos de Deleuze y Guattari como deseo del deseo o flujos de deseos, pues ambas enunciaciones suenan dramáticas. No es exactamente esto lo que puede expresar más adecuadamente el acontecer del poder, sino esa paradójica situación de los comportamientos y las conductas humanas, que, a la vez, se inclinan por la desobediencia y por la rebelión, por lo tanto, por la subversión, por la emancipación; y en contraste, por la obediencia, la sumisión, la subordinación. Nos referimos a prácticas prosaicas, extremando los términos, dependiendo del caso, prácticas miserables, que persiguen el aprovechamiento de la oportunidad. Sobre todo, esta inclinación, que, obviamente no es única, sino que comparte y combina con otras inclinaciones, por la inclinación por repetir las costumbres. Lo anecdótico expresa mejor estas singularidades donde le poder se manifiesta y realiza. El poder aparece de cuerpo entero, por así decirlo, descarnado, en los asombrosos contrastes de déspotas solitarios, de violentos gobernantes, amenazantes, completamente vulnerables, temerosos de todo, paranoicos. El poder aparece de cuerpo entero, desnudo, en las escenas donde los poderosos terminan apostando a la riqueza fácil, encubriendo compromisos paralelos, no legales ni legítimos, enredados en gestiones dignas de crónicas amarillas. Aunque parezca contradictorio, el poder no es poderoso; como lo representa la narrativa política, sino un personaje, recurriendo a la figuras de la literatura, controversial, vulnerable, inseguro, impotente, a pesar de su posibilidad de desatar la violencia más desmesurada y calamitosa. Precisamente por esta característica el poder resulta peligroso. El problema de las interpretaciones del poder radica en que las versiones no solamente oficiales, no solamente institucionales, estatalistas, incluso contra-estatalistas, sino las versiones popularizadas, conciben al poder desde las narrativas dramáticas, desde las narrativas trágicas, desde las narrativas que conciben al poder como una necesidad, en el caso de los discursos conservadores; como una condena, en el caso de los discursos revolucionarios; como un monstruo, en el sentido de una representación sublime absoluta; como el enemigo absoluto, en el caso del planteamiento anarquista. Efectivamente el poder no es ninguna de estas representaciones, es, más bien, un efecto molar prosaico. Las miserias humanas, como sumándose, ocasionan un efecto de masa, un efecto molar, un efecto institucional, donde estas miserias se realizan en el escenario más adecuado a las representaciones, el escenario del teatro político, el escenario del drama del Estado. Sin pretender ningún discurso denunciativo, tan solo buscando descripciones, se puede decir que los poderosos son corruptos, los gobernantes son corruptos, salvo honradas excepciones, que confirman la regla. El supuesto poder, la supuesta disposición de fuerzas, acumuladas, es usado para algo tan pedestre como hacerse rico. Si el poder sirve para eso, se trata de un poder no temible, arrogante; pero, prosaico, elemental. Lo temible de los poderosos, de los gobernantes, es imaginario; es construcción de los imaginarios de las colectividades. Las multitudes agobiadas construyen estos caudillos, estos poderes omnipresentes, para explicar dramáticamente sus dramas, sus historias de vida sufridas. El poder; es decir, la dominación, tiene como complemento paradójico a la víctima. El déspota y la víctima conforman el cuadro de la trama de la narrativa política. Así como el amigo y el enemigo conforman también la otra parte de la composición de la trama de la narrativa política. Para decirlo de una vez, el poder existe en la narrativa política y en otras narrativas; efectivamente, el poder no existe, salvo como representación asumida. Lo que efectivamente se da son estos singulares aconteceres donde el temor y el miedo, que también son representaciones, empujan a los humanos a buscar seguridad en las costumbres, en los habitus, en la inclinación conservadora a concebir la realidad dada, no como dándose, menos como creación. El circulo vicioso de la política, entendiéndola como drama y representación, es que se concibe a sí misma desde las tramas de las narrativas; es incapaz de pensarse desde los aconteceres efectivos, singulares, prosaicos, de la política como institución y de lo político campo campo de fuerzas. Al hacerlo desde la narrativa, confunde la realidad efectiva, es decir, la complejidad, con la simplicidad de la trama. Entonces busca la soluciones en el sentido de la epopeya o en el sin sentido de la novela. No se trata de abandonar ni de condenar la epopeya y la novela como arte, como literatura; de ninguna manera. Se trata de recuperar de la epopeya, sobre todo de la novela, de las narrativas primordiales, la capacidad de ironía, el humor desplegado respecto al asombro de las conductas y los comportamientos humanos. Se trata de reírse de los delirios de grandeza de los humanos, de sus centrismos, de su esencialismo y sustancialismos. Se trata de colocar al humano en el lugar de todos los seres, en el lugar equivalente de la aleatoriedad de las pluralidades azarosas, que acontecen desde el big-bang. Par lograr resolver los problemas que llama fundamentales la humanidad, problemas pendientes, acumulados, graves, es menester, dejar de interpretar la complejidad de lo que acontece desde las narrativas dramáticas, trágicas, que convierten en personajes a las instituciones, sobre todo a las instituciones consideradas estratégicas y centrales, en tramas donde el ser humano es el protagonista de un historia universal. Es indispensable asumirse como casualidad, junto a todos los seres del universo, diciendo esto manteniendo la representación de la totalidad. Es indispensable amar esta creatividad que se realiza aleatoriamente, en sus singularidades, en sus detalles, en sus anécdotas sintomáticas. En esta aleatoriedad la oportunidad de la humanidad es maravillosa; puede incidir en esta compulsión creativa de la vida, puede darse tareas creativas, inventivas, estéticas, a la altura del tejido espacio-temporal del universo, totalización des-totalizada de múltiples planos de intensidad. El problema o la limitante aparece cuando la humanidad prefiere inclinarse a la narrativa donde aparece como protagonista, donde los pretendidos verdaderos protagonistas aparecen como los representados “ideológicamente” civilizados, por lo tanto los encargados de llevar adelante el desarrollo y la evolución. Esta pretensión enceguece a la humanidad, la encarrila a los límites de sus propias miserias, inhibiendo precisamente sus capacidades de la potencia social. Hay que aprender reírse de uno mismo. No tomar en serio las representaciones, tampoco las identidades, hay que aprender a deleitarse con las anécdotas que se dan, como aconteceres anacrónicos y paradójicos. Hay que aprender a aceptar que da lo mismo si hubiéramos estado como si no hubiéramos estado, que lo sugerente de estar es tener la oportunidad de jugar con la potencia a la creación de distintas composiciones alternativas. Esto no es otra cosa que amar la vida, que vivir amando esto que es la vida, contante creación, constante devenir. Amar sus detalles, sus singularidades, amar a la gente, amar a los seres.